24 ene 2012

Metro TV: ¿Cuál es el trato?

Hace años sigo la pista de las omnipresentes pantallas que nos encontramos en andenes y vagones de nuestro orgullo metropolitano, el Metro de Santiago. Nada ha cambiado en ellas.

¿Puede alguien creer que haya gente contenta con la programación de ese engendro de canal? Con los chascarros, con los videos de reggaeton y baladas romanticonas, con los noticieros sensacionalistas y fragmentarios.

Yo no veo televisión y las pocas veces que tengo inevitablemente un televisor encendido frente a mí es en el Metro.

¿Por qué tengo que esperar el tren fumándome a alguna gringa oxigenada, a raperos con dientes de oro o las insoportables novedades de Ricardo Arjona?

¿Por qué esos alienados momentos de espera no son usados de forma inequívoca y completamente dirigida a promover la producción artística chilena?

Metro dirá que tiene interesantes franjas de difusión cultural, pero no pasa de ser un mero cumplimiento del deber, un cuoteo más de los que ya nos tienen acostumbrados.

Eso también lo pueden decir los canales de televisión abierta, cumpliendo con el escaso porcentaje que impone el Consejo Nacional de Televisión, habida cuenta que suman las teleseries dentro de la programación cultural. También lo argumentan muchas radios cuando programan Supernova, Kudai, Alberto Plaza, Pablo Herrera, para rellenar la escueta programación nacional.

Me pregunto en qué mente cabría que un canal de señal cerrada de una empresa pública programe mayoritariamente artistas extranjeros de marcado corte comercial.

Señores, esto no es una aerolínea con su programación de aeropuerto. Esto es un subte, afuera a pocos pasos está la calle, la realidad urbana y confusa de millones de personas a las que intentan adormecer con programación basura.

Sin embargo los músicos tocan en sus accesos junto a los libros usados, al sushi vegetariano, al pan krishna, el cine arte y de un cuanto hay. Todo esto Metro lo tolera, pero en sus pantallas lo niega.

¿Cuál es el trato? ¿Cuál es la lógica que debemos explicarnos? ¿Cuál es el arreglo, quizás, con las multinacionales de la información? ¿El añejo discurso del autofinanciamiento?

Aún así, sea cual sea la respuesta, demasiado fácil entregamos los pocos espacios posibles para difundir a nuestros cultores. De hecho ya no importa la respuesta, simplemente debe cambiar.

Basta de esperar que a algún joven ejecutivo cuiconciente, se le ocurra que sería genial “darle algo a la gente”. Hay que exigirlo todo. Es el ejemplo que nos dan los estudiantes.

En Chile sobran los ejemplos de artistas de gran calidad que no encuentran el más mínimo espacio de difusión de su obra. Ojo, no se engañe, Radio Uno no lo hace. Es una empresa privada que se rige por rating, pero sobre todo se rige por los intereses de ciertos sellos nacionales y de su majestad la SCD, que cuotea a sus artistsaurios para que reciban algo más en sus liquidaciones anuales de derechos.

Metro TV debe dedicarse exclusivamente a la promoción de las artes desarrolladas en Chile.

Y por favor que no vengan con el argumento de que Metro difunde a través de esos paneles en que acumulan afiches en las paredes de los andenes, en que las calidades de los espectáculos promocionados son de una disparidad alarmante, y todo se confunde en un collage incomprensible de pegatinas usualmente desactualizado.

Metro transporta diariamente cerca de 2 millones de personas, lo que lo transforma en una plataforma de difusión en manos públicas sin precedentes.

Estamos hablando de que con bajísimos costos (o con los mismos medios destinados hoy a Metro TV), se podría tener un poder de divulgación cultural de mucho mayor envergadura que en los mejores tiempos de las grandes editoriales chilenas como Universitaria o Quimantú, y sin duda de mucho mejor calidad que la televisión “pública”, entregada sin más a las reglas del mercado, un completo absurdo para cualquier empresa estatal.

Metro TV aún se puede y se debe redimir. No hay mejor momento que este, en que el tren sigue perforando el gruyere en que hemos transformado a Santiago, y pese a los apretujes de la mañana y la tarde, los santiaguinos seguimos prefiriéndolo antes que a esas longanizas voladoras que abren las anchas alamedas, que ojo, también están comenzando a equiparse con pantallas, a las cuales también debemos reclamar la misma función difusora para nuestros artistas.

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24 ene 2012

La vida sin Carlos

Mi vida con Carlos, la película de Germán Berger, recién se pudo exhibir por Televisión Nacional y para el grueso público de Chile el pasado sábado 14 de enero a las 23.45 hrs. El horario de trasnoche conspiraba contra una recepción masiva del film.

También hubo factores disuasivos, como la ínfima promoción, la nula propaganda, la pusilanimidad de las agencias culturales y otra serie de contratiempos.

Sin embargo, la producción fue vista por decenas de miles, tal vez cientos de miles de personas y así lo verifican no solo el rating, sino el contundente respaldo de las redes sociales, que literalmente se repletaron con mensajes de ardorosos espectadores que, por varios días, dejaron sus impresiones en twitter, facebook, YouTube, blogs y otros sitios virtuales.

Si se escribiera un libro sobre el fenómeno, sería un libro rico, variado, extenso, gratificante, que nos proporcionaría una visión más digna acerca de nosotros que la que a diario nos imponen.

Nada de esto apareció en la prensa, ni una sola línea figuró en diarios, revistas o rotativos, ningún comentario mereció la cinta de Berger en los medios de comunicación nacionales.

Como dato esperpéntico, días antes, una dama que reside en un condominio de Chicureo quiso limitar la circulación de las nanas por el complejo habitacional, noticia que a juicio de los directivos de periódicos indicó un trending topic, o sea, una preocupación ciudadana debido a los numerosos textos de twitter que el hecho suscitó.

La obra de Berger, que recibió una atención abrumadoramente superior, quizá no cabe dentro de tal categoría.

Mi vida con Carlos es, desde todo punto de vista, una película extraordinaria, incalificable, completamente excepcional.

Es mucho más que un testimonio autobiográfico, mucho más que un documental y mucho más que lo que casi siempre se ha hecho en el cine nativo al tratar un tema tan terrible como el que aquí se aborda.

Con sobriedad, soltura narrativa, en cuidadas y bellas imágenes, sin que sobre o falte nada, desde la música hasta el montaje, Berger realiza una búsqueda, ética y existencial, de su padre, el abogado y periodista Carlos Berger, asesinado por la Caravana de la Muerte en octubre de 1973.

Germán tenía un año cuando ocurrieron los hechos, por lo que pudo conocerlo únicamente a partir de retazos, fragmentos o historias que, a lo largo de los años, le fueron contando familiares y amigos.

No hay un ápice de resentimiento, odio ni amargura en Mi vida con Carlos. Mucho menos encontraremos truculencia, sensacionalismo o detalles de mal gusto en la notabilísima creación para la pantalla grande.

Esto es doblemente asombroso, porque los sucesos narrados en el film son horrendos y porque jamás ha habido justicia cabal en torno al exterminio genocida perpetrado por la Caravana de la Muerte.

Lo que al joven director le interesa va mucho más allá de la denuncia o una evocación cronológica del pasado reciente y el modo en que ese pasado ha marcado a fuego su existencia.

Lo que le interesa es reconstituir, mediante los pocos antecedentes que posee, a la manera de un exorcismo, la figura pública y privada de su padre.

En una estructura fílmica tensa, concentrada, límpida, logra que conozcamos quién fue, cómo fue, qué es lo que hizo Carlos Berger.

Hay escenas imborrables, secuencias originales y mucha tragedia en la película, pero también se teje un relato presidido por una profunda introspección y una fina dosis de humor.

Son particularmente emocionantes los encuentros con Ricardo y Eduardo Berger, hermanos de Carlos y resultan conmovedores, sin dejar de ser divertidos, los diálogos con Carmen Hertz, esposa de Carlos y madre de Germán.

Fiel a sí misma, Carmen parece inconsciente de su ironía cuando le explica a Germán que ella, ni por un momento, pensó en un “padre sustituto”, ya que el único que pudo cumplir esa función fue Carlos Berger.

Mi vida con Carlos se estrenó, a ambos lados del Atlántico, en España y Estados Unidos, en el año 2010 (en el último país fue presentada por el eximio director Costa Gavras).

Desde entonces, ha dado la vuelta al mundo y ha sido vista en los cinco continentes, obteniendo cerca de una veintena de premios en prestigiosos festivales internacionales.

En Chile, jamás entró en el circuito comercial y antes de su veloz muestra televisiva, solamente se presentó en dos ocasiones, la primera en el Parque por la Paz Villa Grimaldi y la segunda en el Museo de la Memoria.

Esto es, desde luego, una vergüenza. Asimismo, conforma una inaudita falta de respeto hacia un artista que nos ha entregado un aporte de fuerza incalculable, tanto en lo estético como en lo moral, para saber quienes somos y dónde estamos pisando. Y peor aún, es una prueba más de la frivolidad, la amnesia, la insensibilidad, la ignorancia en la que hemos caído con respecto a la verdad de la dictadura que nos rigió durante casi dos décadas.

Mi vida con Carlos no es otro expediente acerca de las violaciones a los derechos humanos cometidas en ese período. Eso se da por sentado y el autor, que conoce muy bien la materia, no se detiene mayormente en ella.

El asunto que subyace en el relato es nuevo, personal y bastante inédito en nuestra cinematografía: indagar en la biografía de un hombre, un personaje, un militante político, un ser humano ejemplar, que no fue ni un santurrón ni un beato, sino nada más y nada menos que eso, un ser humano ejemplar.

Para los que conocimos a Carlos Berger, lo anterior dista de ser una novedad. Aún así, el trabajo de su hijo revela facetas ignoradas y complejas que nos desconciertan y claro está, nos enternecen.

Su muerte bestial, insensata hasta la locura, corrobora, una vez más, el lado peor de este país. Carlos Berger era alguien irreemplazable, pero también lo fueron todos los ejecutados por la Caravana de la Muerte, todos los detenidos desaparecidos de la DINA, todas las víctimas de la CNI y los organismos represivos de la dictadura.

Se liquidó a una generación completa, tal vez la mejor que ha entregado Chile. Se enmudeció a un país entero, se aterrorizó a la población, se destruyeron familias en su integridad.

Nada ni nadie lograrán que vuelvan a estar con nosotros y solo nos resta especular cómo habría sido nuestro vivir de haber seguido ellos existiendo.

La película de Germán Berger, ni qué decir tiene, está lejos de tales elucubraciones.

No obstante, posee el valor implícito de hacernos pensar que la vida sin Carlos Berger y los demás mártires de la dictadura ha sido mucho peor sin ellos y habría sido mucho mejor si continuaran vivos.

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24 ene 2012

El tiempo no miente

El severo cuestionamiento que se hace al sistema político del país, especialmente, por el deterioro que ha generado en su legitimidad la aplicación del sistema electoral binominal, ha producido también un cuestionamiento a los partidos políticos que se funda tanto en criticas veraces como falaces.

El desprestigio de las fuerzas políticas fue objetivo básico del dictador Pinochet, su ataque favorito a los “señores políticos” fue factor esencial de la persecución a los opositores, estos “humanoides” debían ser lo suficientemente despreciables y repulsivos como para justificar el régimen de excepción y el terrorismo de Estado.

Luego, la derecha económica -seguida muy de cerca y gustosamente por la derecha política- mantuvo presente un criterio descalificatorio y de reparo acervo hacia los partidos que se empeñaban en sacar adelante una lenta y compleja transición democrática.

Este “relato” tuvo pocas variaciones a lo largo de dos décadas, determinados centros de poder se asignaron la misión de poner bajo vigilancia el sistema de partidos políticos democráticos, bajo el convencimiento propio del pensamiento autoritario que inevitablemente al llegar al gobierno harían retroceder al país.

Es la vieja idea que la democracia es un alto costo que hay que pagar por obligación y no como un propósito socialmente compartido.

Los autoritarios fueron desmentidos por los hechos, pero ellos siempre se entenderán con el mercado donde imponen su voluntad y no con la ciudadanía democrática, escenario en el cual debiesen convivir e integrar y no excluir para ser parte de un proyecto nacional.

La idea de la democracia protegida conserva vivas sus raíces en muchos “demócratas reciclados”, pero no auténticamente transformados en su matriz autoritaria original; si no fuera así algunos no defenderían a cualquier precio el sistema binominal.

Pero también es evidente que desde los actores políticos se ha facilitado la instalación del discurso autoritario con el morboso exhibicionismo de toda suerte de querellas subalternas e individualistas configuradas como la preocupación principal en muchas conductas, en que los aliados, correligionarios o compañeros se convierten en el enemigo fundamental, la consecuencia es la puesta en práctica de un descontrolado canibalismo político que pretende alcanzar sus metas como sea, otorgando argumentos a quienes sostienen criterios autoritarios.

Sin embargo, los partidos políticos siguen vivos y son parte insustituible de un propósito veraz de profundización democrática, esto es reconocido por la sociedad chilena, aunque se diga o exista la percepción de lo contrario.

En reciente información del Servicio Electoral, el diario La Tercera, señala que 816.014 chilenos y chilenas son parte de un partido político y se encuentran inscritos en alguno de ellos.

En la década pasada, el Partido Socialista, se encumbró a 109.828 militantes, a pesar que se vaticinó que se deshacía o se vaciaba ya que sus miembros emigraban hacia otras formaciones, particularmente, algunas que recién se constituían.

Me enorgullezco haber sido Presidente del PS en tres periodos durante esa década. Como muchas veces señalé el PS era capaz de vencer la prueba del tiempo; no solo a la dictadura sino que a otros proyectos políticos disolventes.

No obstante, lo sobresaliente es que las fuerzas del mercado, aquellas que se proponen una economía sin regulaciones ni contrapesos, que se consideran a sí mismas como preponderantes y esenciales, no han logrado el propósito de anular o liquidar a los actores o partidos políticos, sin los cuales sería muy difícil, si no imposible encauzar el régimen democrático hacia objetivos socialmente mayoritarios.

Además, desde el punto de vista nacional fundamentales para no diluirse en la globalización y garantizar el bien común, en un Estado de derecho, tan eficaz como protector de los más vulnerables.

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24 ene 2012

Las dos distorsiones del binominal

Los sistemas electorales son mecanismos institucionales que tienen como objetivo traducir o transformar la voluntad general del soberano (electores-ciudadanos) en escaños o asientos parlamentarios. Del mismo modo, funcionan para elegir jefes políticos (a nivel del Estado o municipio) o representantes a nivel local (concejales, consejeros, etc.).

El principio en una democracia representativa (y participativa) es que los votos tienen el mismo peso para cada uno de los electores; es decir, para el caso chileno el voto de un elector del norte debe ser igual al de uno de la zona central, del sur o de la zona austral del país. En definitiva, cada voto debe valer (como cantidad) lo mismo.

Si se quiere, un voto debería ser equivalente a un punto en el conteo final. Sin embargo, en el sistema electoral binominal eso no ocurre.

Lo que ha sostenido en el tiempo esa situación que algunos han llamado “cancerígena” no sólo ha sido el cálculo político (del “pacto duopólico”), sino también la tesis de que es un sistema que genera estabilidad y hace posible la gobernabilidad.

Sin embargo, si el binominal ha generado estabilidad, lo ha hecho a costa de una profunda distorsión de este principio básico de la democracia. Es un sistema que ha “distorsionado y torcido” la Voluntad del Soberano durante veinte años y que hoy ha generado una crisis de representatividad, participación y legitimidad.

Dos son las distorsiones que genera el binominal; a) la del empate ficticio y la exclusión de todo lo que no sea “pacto duopólico” y b) la distorsión territorial del voto-elector.

El primer aspecto ha sido ampliamente discutido. Sin embargo, quisiera mencionar que con el 33,3% de los votos una fuerza política (pacto o partido) se asegura el 50% del parlamento. Este hecho es lo que se ha llamado “empate ficticio”. No obstante, esta situación funciona de mejor manera (y ese era el diseño original) en un escenario de dos fuerzas en competencia. No ha sido el caso de Chile.

En relación a la exclusión de sectores minoritarios hay que decir que se trata de partidos o pactos que de las 360 mini elecciones a nivel de los diputados (6*60) sólo en el 20% de los casos (72) han logrado menos del 5% de los votos. Es decir, en el 80% de las veces los votos superan el umbral del 5% y con ello el requisito de un sistema “proporcional corregido”. A nivel del Senado de las 66 mini elecciones el umbral del 5% se ha superado en el 77% de los casos (23).

En definitiva, las minorías que excluye el binominal superan con en muchas ocasiones el umbral del 5% de los votos  y de igual modo, quedan fuera del parlamento.

Mientras las fuerzas del “pacto duopólico” están la mayoría de las veces “sobre representadas” (más escaños de los que le corresponde según la cantidad de votos obtenidos), las fuerzas minoritarias la mayoría de las veces están “subrepresentadas” (menos escaños de los que le corresponde según la cantidad de votos obtenidos).

Por tanto, la primera distorsión genera que no exista correlación entre los votos obtenidos y los escaños logrados.

Esto, sin duda, determina que en unos distritos o circunscripciones los votos de cada elector no tengan el mismo valor.

Un sistema electoral no sólo debe asegurar que el número de votos se exprese “proporcionalmente” en el número de asientos obtenidos en el parlamento, sin también que cada postulante sea elegido con una cantidad de votos similar independientemente del lugar de Chile en que se encuentre. Veamos la segunda distorsión.

Este último caso genera el mismo efecto; pero, en el ámbito de la cantidad de votos necesarios para elegir postulantes. Cualquier reforma del binominal debe considerar este hecho y como consecuencia reformular el mapa territorio-electoral del país. Los datos de esta situación son evidentes y contundentes.

Las cifras a nivel de los diputados muestran según el número de inscritos que en el ’89 se debía elegir un diputado cada 63.000 electores, en el ’93, ’97 y 2001 cada 67.000, en el 2005 se sube a 68.500 y en el 2009 a 69.000 electores.

Si consideramos el número de votos válidos observamos que en el ’89 y en ’93 el número de electores para cada postulante electo debía ser de 56.000, en el ’97 se baja a 48 mil, en el 2001 a 51.000 y en el 2005 y 2009 a 55.000 electores.

Al analizar lo que ocurre en cada distrito y elección observamos cómo esta situación se distorsiona dependiendo del lugar territorial en cuestión. Según los votos válidos los distritos más grandes son el 18 (Cerro Navia, Lo Prado, Quinta Normal), el 20 (Cerrillos, Estación Central, Maipú), el 21 (Ñuñoa, Providencia), el 23 (Las Condes, Vitacura, Lo Barnechea), el 27 (El Bosque, La Cisterna, San Ramón) y el 29 (La Pintana, Puente Alto, Pirque, San José).

Son los únicos seis distritos en los que en las seis elecciones (entre el ´89 y el 2009) se ha superado el umbral de los 150 mil votos válidamente emitidos. El promedio de votos respectivamente (en esas seis elecciones) es de 176.545, 218.069, 181.345, 190.665, 167.884 y 167.282. El promedio de esos seis distritos es de 183.632 votos válidos. ¿Qué ocurre? Suceden dos hechos que distorsionan.

El primero, es que en cada uno de ellos se escogen dos diputados; es decir, en estos distritos concurren en promedio 183.632 electores para elegir sólo dos representantes. La magnitud de la distorsión se observa cuando analizamos lo que ocurre en los seis distritos más chicos. Eso, lo veremos más adelante.

El segundo hecho de la distorsión es que en esos seis distritos con 1.101.790 votos en promedio se eligen 12 diputados. Es una cifra que representa en promedio el 17,1% de los votos válidos a nivel nacional; es decir, con ese total de votos esos mismo distritos deberían tener una representación de 21 diputados. Eso sí, en el contexto de un sistema electoral que no genere distorsión territorial en el que cada voto tiene el mismo valor político.

Veamos lo que ocurre en los seis distritos más chicos. En términos de promedio y según los votos válidos los seis distritos más chicos son el 5 (Chañaral, Copiapó, Diego de Almagro), el 6 (Alto del Carmen, Caldera, Freirina, Huasco, Tierra Amarilla, Vallenar), el 9 (Canela, Combarbalá, Illapel, Los Vilos), el 49 (Curacautín, Galvarino, Lautaro, Lonquimay, Melipeuco, Perquenco, Victoria, Vilcún), el 52 (Cunco, Curarrehue, Gorbea, Loncoche, Pucón, Toltén, Villarrica) y el 59 (Aysén, Chile Chico, Cisnes, Cochrane, Coyhaique, Guaitecas, Lago Verde, O’Higgins, Río Ibáñez, Tortel).

El promedio de votos válidos respectivamente es de 60.070, 42.266, 60.527, 64.157, 62.332 y 37.729. El promedio de esos seis distritos en seis elecciones es de 54.514. Nuevamente, ¿qué ocurre?

Sucede que el peso político y electoral de esos pequeños distritos es igual a lo que observamos en los seis más grandes al elegir también cada uno dos diputados.

Evidentemente, no puede ser lo mismo 183 mil votos para elegir dos representantes que 54.500 para elegir la misma cantidad. Como tampoco un millón cien mil votos para elegir 12 diputados que 327 mil votos para elegir la misma cantidad. Como se observa, el voto de un elector perteneciente a distritos electoralmente grandes no tiene el mismo peso político que el de un elector de un distrito chico o mediano.

Finalmente y como un forma de reforzar la hipótesis anterior, observamos que en la elección de diputados del 2009 el distrito que eligió dos diputados con el menor número de votos válidamente emitidos fue el 59 con 40.961.

Del mismo modo, el más grande fue el distrito 20 que con 241.446 votos válidos también eligió dos representantes. Es decir, el elector del distrito 59 tiene un peso político-electoral seis veces más que un elector de las comunas de Maipú, Estación Central y Cerrillos.

Finalmente, a nivel del Senado la distorsión es mayor. Y ello, al analizar circunscripciones y/o regiones. En efecto, mientras la Región Metropolitana elige 4 senadores con un promedio de 2.542.912 votos válidos, la Quinta lo hace con un promedio de 727.645 y la Décima con 190.022.

Mientras, la Circunscripción segunda elige dos senadores con un promedio de votos válidos de 185.565, la Circunscripción siete (Metropolitana Poniente) lo hace con 1.221.871 y la Circunscripción 19 sólo con 67.856.

Estos hechos son, sin duda, otra distorsión del sistema binominal y que la potencial reforma debe corregir.

Ello, implica, por tanto, reformular y ajustar el mapa territorio-electoral del país. Y ello, pasa necesariamente por aumentar el número de representantes, aun cuando, sea una mala señal para una coyuntura de crisis de legitimidad.

Si se hace, sugiero no subir los costos de la labor parlamentaria.

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24 ene 2012

Palabras versus palabrerío

Escribir con relativa consciencia de lo que se está haciendo, lucidez, si se quiere, acarrea necesariamente una reflexión continua acerca de la palabra y lo que ésta aún puede dar de sí.

La tarea no deja de ser compleja, ardua, y necesariamente, honesta. La palabra tiene historia, origen y destino, y ello no puede ignorarse.

Sin embargo, no falta más de algún avezado, cual pitbull liberado de su bozal en un estanque de patos, que, cede, enfrentado a la pantalla en blanco, a una graforrea instantánea, gratuita y de contenido neuronal computable a cero.

Otros prodigan guirnaldas de gusto más que dudoso a los amiguis (para que los inviten alguna vez a comer a Borderío) y sus columnas acaban oliendo a chiste privado de círculo familiar (harto fome) o rascaje de espinillas en la espalda. Todo ello, pero aún, archivado bajo el rótulo: “Crítica literaria”.

En ocasiones como éstas me vienen a la memoria dos nombres, manoseados por tanto diletante y tan poco leídos. Borges y Enrique Lihn (ejemplo típico, el buen hombre que se cree culto porque cita “Instantes”, poema que Borges, JAMÁS escribió, sólo tradujo en broma).

Con la fina ironía que lo acostumbraba, el autor de “Ficciones” fustigó en varios de sus extraordinarios ensayos el rol del crítico devenido en patético relacionador público, y vindicó una escritura cuidadosamente consciente de los problemas que surgen de su significación en la historia y la cultura.

Ninguna palabra es inocente, tiene un prontuario llamado contexto y es deber mínimo del escritor estar atento a ello. A lo largo del tiempo la palabra va adquiriendo numerosas y enrevesadas asociaciones de sentido. La ambigüedad resultante, nos dice Borges, no es un dilema: es una riqueza.

Así, una palabra como “hipócrita”, viene del griego “actor”, “propaganda” es una reunión de cardenales, “lex”, viene de montón de nueces (Llex) y de ella, grupo de ancianos, magistrados y, obviamente la actual “ley”.

Señala, además, el autor argentino que todo acto del pensamiento humano es, de algún modo, una nueva puesta en escena del eterno conflicto entre Platón y Aristóteles. Ello es fácilmente extrapolable al uso del lenguaje. En algún momento, siguiendo al primero, la palabra genera sentido, en otros, siguiendo al estagirita, simplemente es un indicador de los objetos del mundo.

De postular una realidad y un universo, como ocurrió en la antigüedad, en las invocaciones shamánicas, en el alba de las religiones, se degrada a una mera fábrica de rótulos de frascos.

A nuestros autores que se fingen posmodernos (sin nunca haber sido modernos), les gusta confirmar esta última aserción. Borges, astutamente, finge tomar partido del argumento aristotélico, pero admite que, potencialmente, el sentido de las palabras puede engendrar, vía la imaginación y la fantasía (no siempre son sinónimos) nuevos mundos y nuevas realidades.

El triunfo de la realidad virtual en todos los aspectos del mundo actual parece darle el triunfo al autor de La República. La palabra nombra, en ambos sentidos: señala, rotula, claro, pero designa, da categoría, da identidad, en otras palabras, crea.

La escritura, por tanto, debe hacerse considerando esta doble y opuesta facultad que el instrumento verbal detenta. Las nuevas lecturas que continuamente engendra El Quijote, muchas nunca advertidas por el propio Cervantes, son un ejemplo célebre.

Ignorar, obliterar simplemente este hecho, escribir por la mera vanidad de hacerlo, como una gesticulación más de poder burgués es algo que, a su vez, fustigó Enrique Lihn.

El gran y olvidado poeta chileno escribió, asimismo, varias obras en las cuales ácidamente atacó este vicio cultural tan propio de nuestra vaga idiosincrasia, entre ellas las novelas “La orquesta de cristal” y “El arte de la palabra” (¿cuándo se reeditarán estas dos obras maestras?): La cháchara, ese palabrerío tan único, grande y nuestro, es una sarta recursiva, ebria de lugares comunes que revela o desnuda la pomposidad de una “clase cultural” vacía y, paradójicamente, iletrada que sólo se dedica al mutuo “fomenaje” y exhibir camaraderías del colegio o la universidad en la que estudiaron, que disuelve lo real en base a mascaradas sin fin y que se enreda en su propio absurdo. Nuestra narrativa, crítica y poesía recientes parecen resentidas de lo mismo, repitiendo el mecanismo de esta máquina perversa una y otra vez.

El desprecio gratuito a la palabra y su devenir, el veredicto falsamente complaciente a la otredad, la insulsa y narcisista autor referencia a menudencias gastronómicas y sexuales ahoga a nuestras letras.

Tanta escribanía mediocre acabará generando el contrasentido final: la extinción completa y sin remedio de todo vestigio de lectura.

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23 ene 2012

¿Ser Jefe de Gobierno sin ser Jefe de Estado?

El Presidente de la República hizo un solemne llamado a buscar acuerdos entre los partidos políticos para poder realizar las reformas políticas que el desarrollo de Chile requiere y la mayoría nacional reclama.

Cuando se produjo el acuerdo entre la Democracia Cristiana y Renovación Nacional, el discurso de la Moneda cambió dramáticamente.

Ahora se dice que primero debe haber un arreglo entre los partidos de gobierno y luego con la oposición.Apenas se oculta que el problema es que el Presidente no quiere enfrentar al principal partido de gobierno.

La paradoja es que así el Presidente de la República actúa más como un jefe de gobierno parlamentario, velando por la solidez de su coalición de gobierno, que como Jefe de Estado de un tipo de gobierno presidencial que se debe no sólo a quienes lo eligieron, sino que también a todo el país.

Grave incoherencia que encadena al Presidente con un candado cuya llave tiene el único partido que, a estas alturas, defiende el sistema electoral binominal.

Renunciar a ejercer un rol suprapartidista, especialmente en tiempos de división nacional acendrada, no es una noticia que deba alegrar a los chilenos en este caluroso verano de un año que se anuncia tórrido.

Anotemos que Chile no está dividido por dos mitades iguales. Pues existe una mayoría que pide reformas socio-económicas y políticas de envergadura y una clara minoría que las reprime asilada en una institucionalidad que las impide.

La parálisis decisoria se produce porque nuestro Congreso Nacional ha sido generado por un sistema electoral inicuo y requiere de altísimos quórums para aprobar reformas constitucionales y legales de envergadura. Además, la mayoría que eligió al Presidente de la República es minoría en el Senado y en la Cámara de Diputados sólo gobierna en virtud de un frágil pacto.

Constatemos que esto no sería necesariamente negativo si lo que tememos es una tiranía de la mayoría y una presidencia imperial que al contar con mayoría en el Congreso aplasta a la oposición. Pues en las formas presidenciales de gobierno “el presidente y el congreso son instituciones separadas que comparten el poder”. Pero al contar con un “gobierno dividido” la clave reside justamente en el resorte principal de la máquina: la calidad del liderazgo presidencial.

Este debe jugar todo su poder y prestigio para alcanzar un acuerdo que garantice que los gobiernistas y la oposición reconozcan efectivamente que su democracia es el gobierno de la mayoría con respeto de los derechos de la minoría.

Por cierto, el Presidente tiene alternativas cuando no quiere negociar y opta por intentar quebrar la oposición que le niega sus propósitos. Dos vías surgen para romper la mayoría parlamentaria opositora: la clientelar y la retórica.

La primera consiste en que el presidente y sus ministros, con gran paciencia y habilidad, se dedican a sacar adelante sus proyectos intercambiando recursos públicos a cambio de algunos votos de los parlamentarios opositores menos hostiles o más débiles. Esto lo ha hecho este gobierno con resultados ambiguos. Pero debido a las mayorías que requieren las reformas políticas y económicas que se reclaman, este es un camino incierto y de corto trecho.

El segundo camino es el retórico al que recurre un Presidente que, justamente por haber sido elegido directamente por la mayoría de los ciudadanos y gozar de la más alta magistratura, llama directamente a la nación para superar a los opositores que lo obstruyen. Hay veces que desde lo alto del poder el Presidente amenaza y presiona; invoca a la unidad nacional y condena a los opositores de antipatriotas y no duda en usar la policía y ejército que controla.

Este es un presidencialismo imperial que puede llevar a graves polarizaciones políticas de dudoso resultado para el Presidente y garantizado desastre para la democracia. Por cierto el actual Presidente de Chile no goza de la popularidad que esta vía supone.

Hay veces que el Presidente debe abrirse a una tercera posibilidad: un cierto ejercicio carismático o suprapartidista del poder. Aquí el Presidente entiende que la unidad nacional exige renunciar a ciertos postulados o políticas. En caso de crisis económicas, sociales o militares surge con fuerza este papel. El Presidente de la República es Jefe de Estado y debe arbitrar las diferencias entre bandos hostilmente encontrados que amenazan la paz y salud públicas.

Pedro Aguirre Cerda se enfrentó a su partido hasta lo insoportable, si hemos de dar crédito a su viuda.

Jorge Alessandri buscó el acuerdo con el Partido Radical y estabilizó su gobierno.

Eduardo Frei M. reclamó a su partido lealtad.

Salvador Allende no quiso quebrar su coalición para no ser recordado como un nuevo Gabriel González Videla.

Muchas veces los Presidentes bajo los gobiernos de la Concertación debieron apoyar a algunos de sus partidos en contra de los otros ejerciendo este papel suprapartidista.

Patricio Aylwin y Eduardo Frei sabían de los deberes en materia de derechos humanos que especialmente le imponía el PS.

Ricardo Lagos y Michelle Bachelet sabían que los elementos más laicistas de su pensamiento, que alentaban sobre todo el PPD y el PRSD, debían moderarse ante el falangismo socialcristiano. Pero cuando así actuaban se enfrentaban a sus más directos apoyos en sus respectivas coaliciones. Y, en ciertos casos, como al construirse el Penal de Punta Peuco, o impulsar el Plan Auge, los Presidentes se enfrentaron a parte de su coalición.

Llama la atención que se monte tanta algarabía en contra del acuerdo entre la DC y RN en orden a establecer un régimen semi-presidencial. Se dice que eso debilitaría al Presidente de la República.

Sin embargo alegan justamente quienes presionan, por los diarios, al actual Presidente de la República reclamando que ellos lo eligieron y que sin su apoyo el Jefe de Estado nada sustantivo puede hacer. Tiene derecho a hacerlo, sin duda. Pero más dudosa es la actuación si consideramos que ella debilita en los hechos al presidencialismo que se defiende con las palabras.

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23 ene 2012

¿Transparencia salarial en las universidades estatales?

Golpeó a la opinión pública la disparidad de salarios entre académicos y autoridades universitarias de las universidades estatales.

Algunas autoridades reciben sobre los 8 millones mensuales cuando académicos tope en la carrera reciben menos de 2 millones y muchos funcionarios no académicos reciben 200 mil.

No golpea a la opinión pública, que no se exija transparencia al privado donde un empresario gane 40 millones mensuales (o mucho más) siendo que la mayoría de sus trabajadores están por debajo de los 350 mil mensuales.

Hay injusticia al exigirle a las universidades estatales la transparencia y no exigírsela al privado. Qué bueno sería que todos los chilenos supiéramos y se enseñara en los colegios cuál es el ingreso (no sólo el salario, sino que propiedades, capitales, etc.) de cada persona y cuál es la ubicación de cada uno en la escala de poder, prestigio y dominio.

La situación es más incoherente cuando se acusa a las universidades estatales de estar financiadas por los privados, es decir, por el pago de aranceles de los alumnos y los servicios que prestan y no por el Estado.

Si son privadas por su pago no puede exigirse transparencia, y si el Estado paga, el Estado sabe lo que ganan.

Es grave que los Rectores y autoridades de las universidades estatales hayan accedido a declarar los sueldos o a permitir cualquiera contraloría sobre ellos cuando los sueldos los paga el privado.

El Gobierno y las Contralorías consideran a la Universidades llamadas Estatales, como tales, para todo lo que es control, denigración (justificada o no), obstaculización, ridiculización, pero son privadas para no pagarles y no reajustarles el salario, no pagarles los gastos de funcionamiento mínimo, no pagarles los gastos de operación y no mantener la creación intelectual estética y moral.

Es inmoral, antiético (doble estándar) e inconstitucional que el salario de un funcionario del Estado de Chile no sea pagado y reajustado íntegramente por el Estado de Chile como ocurre con Presidentes, Ministros, Senadores, Diputados y todas las autoridades de Chile, pero también con todos los funcionarios del Estado de Chile, menos los de las Universidades Estatales.

Hay una desigualdad de facto, éticamente y legalmente inaceptable, mandada por la Constitución o las leyes.

Los Rectores de las Universidades del Estado de Chile debieron condicionar la transparencia al compromiso de que el Estado de Chile volviera a ser el que pagara y reajustara salarios y pagara los gastos de operación y funcionamiento básico de las Universidades Estatales.

Pero esto traería una gritería padre al interior del cuerpo de autoridades de la Universidad incluso de las administrativas que pueden ganar sobre los 3 millones mensuales.

Los salarios más altos si los pagara el Estado estarían a lo más en 4 millones mensuales, como en otros servicios públicos (profesores titulares con el grado máximo y con las asignaciones máximas).

Se entiende por qué las autoridades universitarias no quieren batallar para que el Estado pague íntegramente los salarios y el funcionamiento básico de la Universidad.

Si el Estado paga los salarios y el funcionamiento, la transparencia es directa e inmediata, el Estado que es la organización del bien común del Pueblo de Chile sabe cuanto paga a sus miembros.

Es inmoral, porque es un robo, que el Estado le pague a las instituciones privadas, sin el consentimiento de los contribuyentes que somos todos los chilenos, y no les pague el salario discriminadamente a algunas personas en instituciones estatales.

El dinero de todos los chilenos se ha usado para mantener a la banca, a varias empresas privadas y se está hablando que se tendrá que hacerse cargo de la estafa de La Polar.

El problema de Chile es su ideología mas-o-menista, en donde nada es estatal o público y nada es privado o particular, las cosas son más o menos público-privadas, para que siempre gane la oligarquía (que nada tiene de más-o-menos, porque siempre gana más) que está preparada para reinar en esta confusión.

La solución es terminar con este ni-chicha-ni-limonadismo que es en la práctica una chichlimonada, el Estado se hace cargo del Estado con la anuencia y consentimiento de todos los chilenos y el privado se hace cargo del privado con sus propias uñas.

Si una universidad privada quiere tener estudiantes pobres, que ella pague las becas a esos estudiantes pobres.

El Estado debe gastar todo su dinero que el Pueblo de Chile le ha dado en sus instituciones que ha creado con su consentimiento.

Los privados que representan confesiones privadas, ideologías privadas e intereses económicos privados e incluso internacionales, que se sustenten con sus actividades privadas en el libre mercado; pero en el libre mercado y no en el mercado cautivo de seis o siete grandes empresas que dominan todo el mercado chileno cuyos dueños están todos emparentados.

Ya lo hemos señalado Chile no es una República Democrática Pluralista, es una Reprivada Oligárquica Nepótica.

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23 ene 2012

Testimonio a 30 años de la muerte de Frei

Porque conocí muy de cerca a Eduardo Frei Montalva, su muerte me impactó. Me costó creer lo que el pueblo intuyó desde el primer momento: la responsabilidad de la dictadura (y de Pinochet) en la prematura muerte del líder. Y tenía razón, como siempre la tiene el pueblo, aunque a veces creamos que se equivoca.

Conocí a Frei a los 10 años, para la campaña de 1958, cuando yo, con 10 años, salía con mi hermano mayor a pintar “mejor con Frei” y pegaba estampillas con la misma frase en los cuadernos, despertando las iras de mis compañeros de curso, todos alessandristas. Un día le pedí que me diera un autógrafo y escribió una frase de saludo “con la confianza de que la juventud hará grande a Chile”.

La amistad de Frei con mi padre, aunque era mucho menor que él, fue intensa y verdadera.

Pocas veces he visto a alguien reír con tantas ganas, con tanto entusiasmo, con estertores y toses, como a Eduardo Frei celebrando las bromas de mi padre. Esa foto en la que Frei ríe a carcajadas ha sido exhibida muchas veces y mi padre nunca quiso decirme qué fue lo que hizo reír tanto al Presidente.

Eduardo Frei era un hombre íntegro, de inteligencia por sobre lo normal, con visión de Estado y profundas convicciones.

Tuve muchas oportunidades de escucharlo en público y en privado, vibrar con sus discursos (sobre todo esas maravillas del Parque Cousiño en 1964 y el de la noche del triunfo de ese mismo año), seguir sus escritos, sus libros, sus artículos y esas piezas intelectuales que eran sus intervenciones en el Senado, bosquejadas en apuntes con lápiz de grafito y marcadas en rojo o en azul en los bordes. Con su letra clara, precisa, armónica, revelando no sólo la personalidad fuerte sino la voluntad de poder y la convicción de que el llegaría al puerto para el cual se había preparado toda la vida.

En privado era entretenido, ágil de mente y de comentarios profundos, no exentos de cierto sarcasmo.

Si hablaba de política, todo lo que decía estaba bien articulado y no hacía borradores en su mente.

Hablaba en limpio, como decía Jaime Castillo Velasco. Ingenioso, le gustaban los chistes, aunque según algunos de sus amigotes – a quienes conocí de cerca en distintos ambientes – decían que “el suizo” de pronto más parecía alemán. Pero cuando entendía la broma, nadie paraba su risa.

Sufría de verdad con los padecimientos del pueblo y aunque no era de lágrima fácil, sus emociones las expresaba. Daba la mano con fuerza y abrazaba de verdad.

Se sabía los nombres de todos nosotros y aunque yo a veces creía que no sabría quien era yo, lo tenía perfectamente claro y jamás me confundió con mi hermano, ni olvidó el nombre de mis hermanas.

Su solidez era proverbial y aunque exigente consigo mismo, sabía ser indulgente con los demás en los errores, aunque no perdonaba la mala intención ni mucho menos las traiciones.

Si él veía traición en alguien, convertía al sujeto en un enemigo con el que no dejaría de luchar.

Amores profundos, pero también iras del mismo tipo. Implacable a veces, generoso siempre, tenía perfecta conciencia de algunas de sus condiciones superiores para la política. Y miraba el mundo desde esa altura.

Cuando me detuvo la DINA, él fue personalmente a la oficina de mi padre a solidarizar, luego a la Corte de Apelaciones a presentar un amparo y habló con el presidente del Tribunal. Estaba con los suyos y sabía que, más allá de discrepancias en algún momento, los jóvenes demócrata cristianos éramos de los suyos.

Aprendí mucho de él. Trabajé cerca cuando participé del comando juvenil de su campaña de senadores en 1973 y pude comprender los detalles de un hombre leal, comprometido, esforzado, de inteligencia notable, ejemplo de vida. No pedía a los otros lo que él no podía dar. Pero tampoco menos y ése era uno de los problemas principales.

No era perfecto y cometió errores e injusticias, se dejó llevar por afectos tomando decisiones inadecuadas, fue muy duro con sus rivales políticos al interior del PDC y le faltó decisión para confrontar el golpe de Estado, pues estaba convencido de que los militares serían fieles a sus juramentos y, una vez frenado lo que ellos creían un atentado a la seguridad del país, convocarían a elecciones.

Pero cuando se dio cuenta de la realidad, se convirtió en un acendrado opositor, pero siempre pensando en el futuro: por ello organizó el Proyecto Alternativo y dio impulso a los trabajos de jóvenes intelectuales para que pensaran el Chile que habríamos de construir después de la dictadura.

No se pensaba entonces en el pacto que ensombreció al país al permitir que los esquemas político, económico y social de Pinochet perduraran por más de 20 años después de la victoria del 89.

Quizás con Frei las cosas hubieran sido distintas. Quizás no. Pero su estatura moral y su solidez ideológica, más el temple y la decisión de luchar, nos podían hacer pensar que sí.

En todo caso, como él mismo lo enseñó aquel día de 1980 cuando habló a todos los chilenos en el Teatro Caupolicán, la historia del pueblo de Chile no tiene el nombre de una persona, sino de todos nosotros.

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23 ene 2012

Sin terrenos es imposible el crecimiento inmobiliario

El crecimiento de un país va de la mano con el crecimiento inmobiliario.

Lamentablemente la lenta implementación del Plano Regulador PRMS 100, provocará que en varias zonas del sector oriente, dentro de seis años, se acaben los paños disponibles.

Los sitios son escasos, y la demanda por los terrenos ha elevado los valores en más de un 50% desde el año 2008.

Para ser más claros, en la zona de Nueva Costanera y Alonso de Córdova en la comuna de Vitacura, el precio promedio de los terrenos subió de 24 UF/m² a 39,87 UF/m² en los últimos años.

Esto se debe al importante polo comercial que se ha afianzado en el lugar. En este ámbito, el futuro se vuelve incierto, porque la lentitud del plano regulador de la capital hace que el terreno edificable de Santiago se vea fuertemente reducido y los precios van a seguir al alza.

Para hacerse una idea, la comuna de Las Condes fue beneficiada con la extensión de la línea uno del metro hasta la estación Los Dominicos, lo que provocó un alza promedio de 53,6% en el precio de los suelos, entre las calles Manquehue y Vespucio.

En tanto en la zona del Estadio Italiano, ahora a pasos de la estación Manquehue, hubo un alza de 48%. También se registró un aumento de precios del suelo del sector de Américo Vespucio, entre las avenidas Nueva Costanera y Kennedy en Las Condes, donde los terrenos cuestan aproximadamente un 50 % más.

Peor aún es el caso de los barrios industriales, en que los precios han subido hasta un 80%.

En este sentido el plano regulador ha sido mezquino, es urgente que las organizaciones estatales den mayores facilidades para agilizar la incorporación de nuevas áreas para uso industrial.

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23 ene 2012

Un acuerdo de Estado y una mala reacción

En los últimos doce meses hubo solo dos coincidencias en el mundo político social: la necesidad de cambiar rápidamente el sistema binominal y la necesidad, también, de pensar y avanzar en un régimen semi presidencial que para la Democracia Cristiana está entre los acuerdos del Quinto Congreso.

Hay otros conflictos sobre los cuales hay mayorías circunstanciales y variadas pero sólo los elementos mencionados son unánimes

¿Por qué lo anterior? Porque no cabe duda que el país ha entrado en una vorágine social que no tiene expresión en lo político y porque de continuar este encharcamiento político partidario no será venturoso el próximo tiempo. Los signos y síntomas son demasiados parecidos a tristes tiempos que algunos vivimos.

Corregir ambos temas no ha sido posible hasta la fecha puesto que sólo la Concertación asumía ambos requerimientos.

El día miércoles pasado Renovación Nacional aceptó esta necesidad y dio su acuerdo para que, junto con la Democracia Cristiana, se firmara el compromiso de avanzar en ambos temas previo asentimiento tácito de los Presidentes de los otros partidos de la Concertación. Respaldamos este acuerdo, sin perjuicio de eventual mayor finura en el trato con nuestros compañeros de la Concertación.

Lo respaldamos porque Chile requiere avanzar en el desfogamiento de la rigidez política que nos abruma y que sólo sirve para desprestigiar la política, contener las necesidades de cambio y hacer perder de vista el interés superior por encima de los intereses particulares o partidarios.

Dijimos también que este era un apoyo a un acuerdo que fue claramente explicitado en cuanto se refería a estos asuntos y nada menos que a éstos, pero nada más que a estos.

No hay pues cambio de posiciones, cada uno de los Partidos sigue en su sitio de Gobierno y de Oposición. Es lo que se llama un acuerdo de Estado.

Lo que ha sido inadecuado han sido las reacciones posteriores.

La UDI ha reclamado porque no fue ni siquiera informada y puede tener razón, pero es el momento preciso para que ese Partido demuestre su grandura patriótica de la que tanto se ufana.

El Presidente de la República señaló que si había acuerdos que posibilitaran los cambios enviaba el proyecto y es por lo tanto el minuto para que se coloque como líder de Chile, en cuanto que es el Presidente de la República y no sólo el administrador de los dos gendarmes de su alianza.

En la Concertación los presidentes fueron advertidos y me señalaron personalmente que hubieran deseado un conocimiento más preciso pero que entendían que en política, a veces, es necesario mantener formas consistentes con los aliados, pero a veces también con cierto sigilo.

Sin embargo han aparecido declaraciones asumiendo que “si la Democracia Cristiana se amplía a la derecha nosotros tenemos el derecho de ampliarnos a la izquierda”. Creo que han sido declaraciones inadecuadas y carentes de visión global de Chile porque ni nos hemos expandido a la derecha y seguimos en la Concertación, ni ellos pueden jugar al póker al lado y lado.

No es así como operan el valor ético de nuestra Concertación porque hicimos algo que es bueno para todos y cada vez que ellos han propuesto una ampliación de la Concertación yo también los he apoyado pero no en una visión pequeña.

Hemos reclamado, con mucha fuerza, que si somos Concertación trabajemos como tales.

Hasta en el más mínimo análisis apoyar este acuerdo provoca el más pragmático de los éxitos de una oposición inteligente.

Aunque tan sólo fuera por eso vale la pena apoyarlo.

Pero debe entenderse en su recto sentido y por eso lo hemos respaldado en nuestra clara visión que los partidos deben saber colocarse por encima del solo bien partidario, cuando Chile nos requiere.

Nuestra trayectoria política nos da el respaldo para apoyar un acuerdo que creo puede llegar a ser trascendente para el país.

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