11 jun 2012

Negacionismo y Libertad de Expresión: el acto de Pinochet

El evento del pasado domingo 10 de junio en el Teatro Caupolicán, que concentró lo más recalcitrante del pinochetismo y algunos nostálgicos del franquismo, es ciertamente condenable y causó, como era de esperarse, un verdadero “revival” de los años ochenta en las calles de Santiago; pero tuvo el mérito de instalar con fuerza el debate sobre el negacionismo y la libertad de expresión en nuestra sociedad.

Como se sabe, el negacionismo consiste en la negación sistemática de hechos históricos relacionados con violaciones a los derechos humanos con el propósito de proteger a los autores, cómplices o herederos políticos de dichos hechos.

Los más conocidos son la negación del holocausto y del genocidio armenio, pero también se aplica a las violaciones de los derechos humanos en América Latina, en donde a través de intrincadas tesis políticas y falsificaciones históricas se busca contextualizar acciones criminales de manera que parezcan inevitables o al menos excusables.

Algunos países en la década del ’90, como Francia, Alemania, Bélgica, Austria, República Checa, Eslovaquia, Lituania, Polonia, Sudáfrica, Holanda, legislaron considerando el negacionismo como un delito y establecieron penas de cárcel para quienes lo practican.

En España, el Tribunal Constitucional en 2007 consideró que castigar la difusión de ideas o doctrinas que nieguen el genocidio vulnera el derecho a la libre expresión, pero mantiene las sanciones contra quienes justifiquen el genocidio. Estados Unidos, ha optado por privilegiar el derecho a la libertad de expresión considerando que no se puede establecer una censura previa ni sancionar opiniones como delitos.

Resulta sin duda indigesto escuchar los discursos que todavía buscan negar o justificar las violaciones a los derechos humanos en nuestro país.

La justa indignación de las víctimas, se extiende más allá de quienes enarbolan los símbolos pinochetistas para abarcar al conjunto de la sociedad (políticos, medios de comunicación, instituciones) que a su juicio permiten y hasta protegen esa falsificación y esa negación histórica.

Para las víctimas, la tolerancia al negacionismo es sinónimo de ausencia de memoria, de olvido de su sacrificio, de banalización de su dolor. Ello abre el camino a la violencia, como lo hemos visto.

¿Qué valor entonces es el que debe privilegiar la sociedad chilena? ¿La libertad de expresión o la memoria de las víctimas? ¿Es conveniente para el país y para las víctimas de violaciones a los derechos humanos que los negacionistas se victimicen a su vez por la supuesta amenaza o ausencia de libertad para expresarse?

Para responder, lo primero que se debe constatar es la irrelevancia política del pinochetismo en la actualidad. No asistieron al dicho homenaje parlamentarios ni alcaldes, ni siquiera los ex colaboradores del gobierno, con una sola excepción que confirmó la regla: nadie quiere ser asociado a la imagen del dictador y su herencia de corrupción y violencia.

Pareciera entonces que la respuesta a ese difícil dilema está, más que en la censura, en perseverar en la construcción de una memoria social, es decir, en que la sociedad en su conjunto asuma, a partir de la memoria de las víctimas, un relato que parta por aceptar la verdad de los hechos relatados en los Informes Rettig y Valech, que establezca su juicio condenatorio sobre las violaciones de los derechos humanos, que asuma la necesidad de hacer justicia condenando a los victimarios y reparando a las víctimas.

Más que negar el derecho a expresarse de los pocos pinochetistas que van quedando, pareciera que la mejor respuesta sería que los hombres y mujeres públicos, que los medios de comunicación, que el sistema educacional hagan suyos la verdad de las violaciones a los derechos humanos y los valores asociados al Nunca Más.

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11 jun 2012

Codelco: el análisis pendiente

La noticia ya pasó a la bitácora y, lamentablemente, ninguna conclusión pudo sacarse del impasse provocado por la intempestiva renuncia de Diego Hernández a la presidencia ejecutiva de CODELCO. Para el registro quedó la soterrada disputa entre el renunciado y Gerardo Jofré, Presidente del directorio de la empresa.

El primero alega la falta de flexibilidad y poderes para administrar con libertad a la estatal, agobiado por la burocracia interna e interminables obligaciones de reporte. El segundo se apuró en desmentir cualquier tensión entre los personeros, insistiendo que su celo estuvo siempre puesto en monitorear de cerca la gestión de Hernández, lo que constituye su obligación legal como director y presidente de CODELCO. ¿Quién dice la verdad?

Este evento no puede ser dejado pasar sin una reflexión, pues no se trata de un accidente insignificante en un modelo de gestión inaugurado con fanfarria hace poco tiempo, a propósito de la promulgación de la “Ley de Nuevo Gobierno Corporativo de CODELCO”, que muchos aplaudieron sólo leyendo el titular, pero sin atender a su contenido efectivo.

Como he señalado en otras columnas, la cuestión central del gobierno de la empresa, dice relación con la forma en que se conduce la tensión entre la propiedad de ésta y el poder de administración; esto es, finalmente, el control.

En este contexto, la clave para determinar un modelo virtuoso de gobierno empresarial, consiste en aplicar reglas precisas que fijen la posición de obligaciones y derechos entre los dueños y los administradores, a fin de asegurar que los beneficios de la agregación de valor (¡el maldito lucro!) y los riesgos de la gestión (accountability) vayan a parar a quien efectivamente le correspondan, en cada caso.

En el contexto de una empresa de propiedad del Estado, estos parámetros se deforman y difuminan notablemente. En particular, en el caso chileno, se ha evitado explícitamente una discusión acerca del rol empresarial del Estado en la economía y su función subsidiaria, de modo que los parámetros son todavía más confusos.

El gobierno corporativo de CODELCO, plasmado en sus estatutos y leyes del ramo, es epítome de la confusión de estos roles y sus criterios básicos; toda vez que cuesta distinguir con precisión de relojero suizo, la actuación propia del dueño de la del administrador.

Así, toda clase de desentendimientos puede darse en una regulación que yerra en asignar en el directorio de la empresa, funciones propias del dueño –o junta de accionistas- con las del órgano de administración.

En línea con esa confusión, integra normas de responsabilidad de director de sociedad anónima, a los “directores estatales”, que más bien debieran jugar el rol de junta de accionistas. Como nada queda claro, al final esta “junta de accionistas” se transforma en “directorio” y el director ejecutivo, es identificado con el rol de “gerente general”.

En esta neblina estatutaria, no es raro que los representantes del Estado asuman funciones de administradores, el administrador se queje de interferencia en su acción y, finalmente, lo más grave, colisionen dos visiones que, con legítimo derecho, pretenden definir la política estratégica de la empresa.

Esto fue lo que sucedió en CODELCO, en su decisión de ir o no a la conciliación en la disputa con Anglo-American. Cosas que ocurren cuando las normas de gobierno quedan mal reguladas en la ley o en los contratos.

Entonces, ¿de qué trataba la Ley de Gobierno Societario de CODELCO presentada con tanta pompa? Nada más y nada menos que de cómo repartirse los cargos del directorio dándole una validación política, a la usanza de TVN, pero ni hablar de lo que realmente importa, esto es, cómo definir el destino estratégico de la principal empresa de Chile con claridad de objetivo y sin interferencias políticas, y cómo competir en un mercado de gigantes transnacionales.

Quizás el caso Anglo-American nos ayude a reenfocar el análisis y aplicar modificaciones efectivas y eficientes al gobierno corporativo de CODELCO.

¿Cómo? Simplemente haciendo valer la ley vigente. ¿Por qué? Porque si el resultado del litigio con Anglo-American conlleva daños en los derechos y patrimonio de la estatal, a causa del erróneo ejercicio de la opción de compra de Los Bronces, será esperable que los que aplaudieron alegremente la promulgación de la pretendida Ley de Gobierno Corporativo de CODELCO, tengan la misma energía para perseguir la responsabilidad de aquellos que, con sus decisiones, llevaron a la empresa hacia este frustrante final.

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11 jun 2012

¡Hundan a Bachelet!

Lo propio de una campaña presidencial que lleva las de perder es que se centra en lo que hace o deje de hacer un candidato de la competencia. Es lo que le está ocurriendo a la derecha con Michelle Bachelet.

Simplemente, todo lo que hacen sus aspirantes a candidatos, el gobierno y los partidos oficialistas está prendido a las decisiones de la ex mandataria.

Por supuesto, lo que más molesta a la derecha es tener que enfrentar el caso de una candidata que sube en las encuestas guardando silencio, mientras que le ocurre todo lo contrario a Piñera: mientras más habla, más baja en las encuestas. Y, por fin, ahora que el Mandatario ha empezado a moderarse (es decir, a hablar menos), a mostrar gestos de humildad y a confrontarse menos, le comienza a ir mejor.

Pero el oficialismo no está –ni de lejos- en la primera posición en lo que a presidenciales se refiere. Ciertamente esta es una situación desesperante para cualquiera, en particular cuando dispone de casi todo el poder y no ha sabido administrarlo como corresponde y como prometió. Por lo mismo, toda la Alianza pareció empecinada, semana tras semana, en lograr que Bachelet rompa su silencio.

Da la impresión que, mientras menos resultados tenían los sucesivos intentos, más aumentaba el tono agresivo de las declaraciones. Hasta tal extremo se llegó, que la campaña comenzó a ser criticada por los más sensatos desde el propio oficialismo. Era evidente que un ataque tan unilateral e inusitado podía volverse en contra de sus autores, y por eso las voces de alerta aparecieron en la propia derecha.

Sin embargo, la ausencia de una conducción presidencial fuerte está produciendo efectos perniciosos considerables. Aun considerando el repunte recientemente experimentado, las encuestas siguen poniendo a los actuales detentores del poder en una situación difícil.

Pasar del más bajo respaldo antes visto a “solo” un muy bajo respaldo no es como para lanzar fuegos artificiales.

En la Alianza saben que, si no hacen algo, inevitablemente tendrán que abandonar La Moneda. Y cuando faltan los estrategas, es el momento de los tácticos los que, por definición, no son particularmente melindrosos en cuanto a los procedimientos.

A veces las personas hacen confesiones sin pensarlo. El presidente de RN, Carlos Larraín, explicaba hace poco que él se oponía a que los candidatos de la derecha se definieran en primera vuelta. Ello porque “podía haber dos primeras mayorías de izquierda y la derecha quedarse sin candidato”. Esto quiere decir que si la oposición tiene las dos primeras posiciones en primera vuelta y, suponemos, la derecha se queda con las opciones tercera y cuarta, significa desde ya que tienen las de perder porque, en ningún caso, son hoy mayoría.

La situación es más crítica aun debido a dos factores: el Presidente y los presidenciales con menores opciones. Piñera ha demostrado una vez más su enfermiza capacidad de oscilación. La más reciente es haber pasado del llamado a la unidad nacional y de una genérica petición de perdón, a hacerse parte y visar los ataques contra Bachelet. Con esto está todo dicho. El que cambia de conducta con tanta facilidad demuestra que no sabe qué rumbo seguir; lo lleva la corriente como uno más. Por eso es tan mal Presidente.

Objetivamente, Piñera tiene ahora una oportunidad para aumentar su respaldo. Basta con que sea constante, medido, resoluto y coherente con sus compromisos. Pero su verdadera línea han sido las marchas y contramarchas constantes, sin rumbo fijo. Y aun cuando la derecha va camino de recuperar su voto duro, es poco probable que el actual mandatario le sea fiel al tipo de conducta que más lo favorece y que más beneficia al país.

Pero el otro problema que se le presenta al oficialismo es el eslabón débil de la cadena de los presidenciables de gobierno. En este caso, Longueira. Luego de la desatinada intervención del hoy ministro en el caso La Polar, este aspirante se condenó a ser la primera baja en la carrera por suceder a Piñera. Presentó como un hecho histórico el pago de una cifra irrisoria a los afectados por un delito, y con esto pasó el mismo a la historia.

Aquí viene el punto. Como Longueira no tiene nada que perder, está usando el único expediente que le queda a mano y que no es otro que polemizar con Bachelet. En efecto, un candidato que se rezaga y tropieza solo puede remontar si logra que la candidata más ampliamente perfilada en la oposición reaccione ante sus ataques. Por eso se ha inmiscuido en la ridícula situación de entregar él los antecedentes, repetidos y conocidos pero “remasterizados”, que bien pudo entregar por sí mismo el servicial alcalde de Juan Fernández.

Lo que hace Longueira es pedir quedar en el centro de los ataques de la oposición, remontar en la polémica y posicionarse nuevamente, por si resulta. Del ocaso al acaso, podría llamarse este intento. Lo cierto es que el ministro no tiene una verdadera opción: ahora que el gobierno experimenta un repunte en las encuestas, él es un personaje que baja: todo lo contrario de lo que se espera de un buen candidato. Cuando había que hacer el giro hacia la política con altura de miras, hace justo un viraje en reversa. Mal movimiento, mal resultado.

Con todo, hay que decir que la oposición no ha estado en su mejor momento en este episodio. Ha pecado por exceso, se está excediendo en la réplica. Se está bailando mucho al son de la música que pone la derecha y eso no puede ser un buen camino.

Hay que responder a los ataques, pero no todos tienen que pelearse por quién contesta más fuerte y más golpeado. El mejor comportamiento es el que gradúa las respuestas.

Para lograrlo hay que conseguir una buena coordinación y trabajar en equipo. Pero colaborar de esta forma constructiva requiere privilegiar los puntos de consenso opositor, prescindir de las polémicas innecesarias y hacer frente unidos al oficialismo.

Es bueno que la centroizquierda advierta que no le basta tener candidato, también requiere levantar una candidatura común y un entendimiento suficiente para darle gobernabilidad al país. La unidad hace toda la diferencia.

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11 jun 2012

Vergüenza Nacional

Un homenaje a Augusto Pinochet con el pretexto de presentar un documental constituye una vergüenza nacional y es una mancha muy oscura que enloda al actual gobierno.

Hay dos maneras de hacer política, la primera es sentarse a debatir ideas entre diversos actores políticos, eso se llama democracia. La segunda es sacar un arma y asesinar a quien piensa distinto, eso se llama crimen. Un gobierno que posa de democrático no puede, ni debe, permitir que un grupo de violadores de los derechos humanos se jacte públicamente de sus delitos de lesa humanidad.

Una persona decente puede defender legítimamente ideas liberales o conservadoras, pero otra cosa muy distinta es que ampare a delincuentes o a organizaciones criminales como la DINA-CNI, con personajes tan deleznables como el “Mamo Contreras”, el “Guatón Romo”, “Álvaro Corbalán” o el general Pinochet…entre muchos otros. La sola realización de este vergonzante evento hace que la feble democracia chilena descienda un peldaño ético y político hacia la barbarie.

Pretender levantar la figura de Augusto Pinochet en el Chile actual hiere, ofende y humilla a una gran mayoría de ciudadanos que sufrieron bajo un régimen que ha sido repudiado en el mundo entero.

Es de esperar que la ciudadanía pondere las actuaciones políticas de nuestras autoridades a la hora de marcar sus votos en la urna.

El mensaje de tolerancia del gobierno hacia actos reñidos con la convivencia democrática es una afrenta a todo el país y desnuda su demagogia pseudo democrática, mostrando que la derecha no es confiable y sigue siendo la derecha de siempre. La misma que unió su destino al terror aquella lejana y oscura noche entre antorchas en“Chacarillas”.

Un gobierno permisivo y timorato hacia los nostálgicos de la extrema derecha desdibuja el discurso demo-liberal con que ha querido revestirse el gobierno del señor Sebastián Piñera.

Un acto de esta naturaleza, protagonizado por militares en retiro, solo alimenta ecos de un pasado oprobioso dentro de las Fuerzas Armadas, algo que debiera llamar a la reflexión a la actual administración de derechas, ciego a la dimensión ética de sus actuaciones.

Enaltecer la figura de Pinochet y su régimen en el presente, no fortalece en nada la democracia que anhela el país.

Habría que recordar a muchos simpatizantes del extinto general golpista que la impunidad y la libertad que gozan en el Chile de hoy solo ha sido posible por la singularidad de la transición chilena y la innegable negligencia de nuestra “clase política” frente al tema de los Derechos Humanos.

Una cuestión que sigue pendiente en la democracia chilena a la espera de reabrir muchos de sus ignominiosos expedientes. Esta deuda compromete la dimensión ética de nuestra sociedad en lo que atañe, ni más ni menos, a la dignidad humana.

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11 jun 2012

La sombra del dictador

Hace 37 años que murió el dictador español Francisco Franco, y sus partidarios se siguen reuniendo para rendirle homenaje en la Plaza de Oriente, en Madrid, cada 18 de julio, al cumplirse un nuevo aniversario del levantamiento contra la República en 1936.

Hace 59 años que murió el dictador ruso José Stalin, y su retrato todavía es levantado por sus admiradores cada 7 de noviembre en Moscú, para recordar el comienzo de la dictadura que duró más de 70 años en un país que ya no existe, la Unión Soviética.

En la calle Ahumada de Santiago, hace unos días, un piquete de militantes del grupúsculo PC (AP) repartía a los transeúntes la biografía de Kim Il Sung, el dictador norcoreano que gobernó con mano de hierro durante 46 años e inauguró una especie de “monarquía comunista” que se mantiene hasta hoy.

Está demostrado que los dictadores no desaparecen fácilmente y que, a pesar de haber cometido las peores barbaridades, no les faltan partidarios. Se confirma lo anterior con el acto de homenaje a Augusto Pinochet que organizaron algunos de sus incondicionales en el Teatro Caupolicán el domingo 10 de junio, con las consecuencias que hemos visto.

Parecía que su figura se había esfumado, pero no era así.

Es comprensible que el acto pinochetista haya provocado el repudio de amplios sectores.Las heridas que dejó la dictadura han demorado en cicatrizar. Pero más allá de las refriegas callejeras, lo que más debe importarnos es que no vuelva a surgir una tiranía en Chile, de ningún tipo, con ninguna excusa.

Quizás no debería sorprendernos que siga habiendo seguidores de Pinochet, y que estos no sean únicamente militares en retiro y sus familias. Aunque sea doloroso reconocerlo, la mayoría de los chilenos apoyó o aceptó el golpe de Estado en 1973, y no sacamos nada con desconocer ese dato estremecedor, que desajusta cualquier visión confortable de la historia.

Sería menos problemático sostener que hace 39 años se produjo un cuartelazo de un grupo de generales. Pero no fue así. Hubo una fuerte participación civil en los preparativos del asalto al poder y luego en las funciones de gobierno durante 16 años y medio. No sólo eso.

Hubo civiles que fueron más responsables que muchos militares de las violaciones de los derechos humanos: por ejemplo, el abogado Hugo Rosende, que fue ministro de Justicia.

La dictadura contó con un significativo apoyo civil. Esa es la verdad. Muchos abogados no sintieron inquietud alguna por la anulación del recurso de amparo como instrumento humanitario. Muchos hombres de negocios miraron hacia otro lado cuando se enteraron de las cárceles secretas y las hazañas de la DINA.

No está de más recordar que en el plebiscito de 1988, Pinochet obtuvo 44% de los votos.Nos consta que las fuerzas de derecha se alinearon junto a él para que se mantuviera en el poder por lo menos hasta 1998.

Pinochet carga con enormes culpas, pero no estuvo solo, no llegó de otro planeta, no gobernó del modo que lo hizo sin contar con aliados. Incluso no fue el cerebro del golpe.Está comprobado que fue el oportunista que se sumó a la hora undécima a la conspiración cívico-militar de 1973.

La tendencia a concentrar el mal en el tirano tiene la ventaja de las simplificaciones. Al señalarlo como el causante de todos los horrores, la sociedad se libera de la necesidad de examinar el encadenamiento de hechos que condujo al despotismo, la crueldad y el crimen. Si el dictador es la peste -se tiende a razonar-, basta con que él desaparezca para que la sociedad recupere la salud. Pero siempre hay responsabilidades colectivas que no se pueden eludir.

La tragedia de nuestro país no puede explicarse por la sorpresiva irrupción del hijo del diablo. Hubo terreno abonado para que apareciera. El cabecilla del golpe pudo no haber sido Pinochet, y quizás las circunstancias no habrían sido muy diferentes.

Fue tan devastadora la acción de la dictadura que no tenemos derecho a escabullir el bulto respecto de las circunstancias en que se produjo el debilitamiento extremo de una tradición democrática que parecía vigorosa en Chile.

Andrés Chadwick, ministro secretario general de gobierno, declaró el domingo 10 lo siguiente: “Me arrepiento de haber sido partidario de un gobierno que violó los derechos humanos”. Más vale tarde que nunca. Es una declaración que merece valorarse.

Aunque resulte chocante decirlo, tenemos que admitir que Pinochet fue “nuestra criatura”.Nació del vientre de una sociedad saturada por el miedo, la rabia y el odio.

Tenemos, por lo tanto, la responsabilidad de no haber impedido que alguien como él se tomara el poder para hacer lo que hizo. Digámoslo una vez más: la democracia no se defiende sola. Es indispensable que haya demócratas convencidos, que estén dispuestos a sostener sus fundamentos en todo momento, en cualquier circunstancia.

Tenemos que defender la cultura de la libertad, que es al fin y al cabo la base de una convivencia dentro de la cual podamos discrepar sin violencia. Ello supone rechazar sin ambigüedades cualquier forma de fanatismo y fortalecer permanentemente las instituciones democráticas que nos protegen a todos.

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11 jun 2012

HidroAysén: indignante y risible

Colbún patea la mesa, y se genera un terremoto grado 12, que ya lleva más una semana sacudiendo la cúpula político/empresarial. Piñera, acompañado de los Ministros Bunster, Larroulet y Larraín, de Energía, Segpres y Hacienda, reciben en La Moneda literalmente a todo el sector eléctrico de Chile; a las ‘planas mayores’ de Colbún, Endesa, Enersis, Transelec, Chilectra, AES Gener, Suez, Saesa, Pacific Hydro, y Compañía General de Electricidad, es decir, los ejecutivos que administran los rentables negocios de las tres fases de la electricidad: la generación, la transmisión y la distribución.

¡Uau! ¿Qué hicieron y dijeron los Matte para generar este inédito evento telúrico?Simplemente, recomendar, formalmente y sin informar a su socio mayoritario, Endesa, suspender indefinidamente la tramitación de la línea de transmisión del detestado proyecto HidroAysén. Este es el ‘hecho esencial’, presentado ante la SVS.

¿Y qué dijeron? Que en Chile no hay una política energética consensuada democráticamente. ¡Genial! Esto es lo que venimos diciendo, desde la sociedad civil y las organizaciones que trabajamos en torno al tema energético/ambiental, desde los años ’90, desde los tiempos de la defensa del Alto Biobío, y después desde muchas otras campañas ciudadanas semejantes a lo largo de estos últimos 22 años, es decir, desde el retorno a nuestra extremadamente imperfecta democracia cautiva.

Basta chequear nuestras declaraciones, entrevistas, columnas, estudios técnicos planteando alternativas concretas, etc. Hemos dicho reiteradamente que no hay política energética pública, consensuada, con una mirada estratégica de largo plazo, orientada hacia el bien común y la imperativa sustentabilidad ambiental, sino un crudo desarrollo energético entregado al mercado y a las empresas comercializadoras de electricidad.

Así, ésta es la abismante asimetría entre las consecuencias de lo que piensan y dicen chilenas y chilenos, y lo que hacen y dicen los señores feudales, adueñados… por el momento, de nuestro país. Entre indignante, y risible. Estado de las cosas, del cual somos todos responsables, claramente pésimo para el país en su conjunto.

En un país cuyo sistema jurídico completo fue dado vuelta como una tortilla durante la dictadura -con la generosa asistencia de Milton Friedman, y las Universidades de Chicago de EEUU y Católica de Chile- con el objetivo de desempoderar al pueblo y empoderar a las corporaciones nacionales y trasnacionales, resulta patético que los ejecutivos de ex-servicios públicos de energía transformados en negocios multi-millonarios, vengan a lloriquearle al papito Estado/Gobierno para pedir aún mayores facilidades, incluyendo carreteras eléctricas públicas, para seguir lucrando majestuosamente.

¿Y qué alegan? Fundamentalmente que los estamos molestando mucho, que les estamos judicializando sus proyectos. Totalmente cierto, a toda honra. Pero no es ‘bullying’, sino presión social lúcida y legítima para cambiar un status quo que nos está llevando a todos al abismo; es que la ciudadanía del mundo ya vio la luz, y se hastió con el abuso grotesco de las corporaciones, y está actuando cada vez más enérgicamente.

Miremos el estado de la humanidad en su conjunto, los tres mil millones de pobres. Y el del medio ambiente, justamente hoy, como advertencia para Río+20, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente anuncia que “el planeta se acerca peligrosamente a un daño ambiental irreversible” y que “si la humanidad no cambia sus hábitos radicalmente llegará a un punto de inflexión que comenzará a manifestar sus primeros cambios irreversibles en 2020”. Y ni siquiera estamos totalmente de acuerdo.

La profunda degradación socio-ambiental global se está manifestando desde hace mucho rato. Estas son las consecuencias de las últimas décadas del imperio de las corporaciones y del neo-liberalismo, y de los oídos sordos del ‘establishment’ a las demandas de los pueblos y comunidades.

Patagonia Sin Represas, Aysén, los estudiantes, el valle del Huasco, Calama, Freirina, Puchuncaví, el pueblo Mapuche, se levantan pero no se nos atiende con el respeto que nos merecemos.

¿Será porque no tenemos un rey ‘cazador de elefantes’ que nos haga el lobby?¿Qué resultará de la insólita reunión en La Moneda? ¿Algo bueno para Chile, para todos?

Ojalá, porque si no la indignación y la ingobernabilidad seguirán prendiendo como reguero de pólvora.

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11 jun 2012

La edad de oro

El mediático desembarco de Kidzania en nuestras costas, amigables para todo tipo de desmadre foráneo, no deja de llamar la atención, dado el particular estado de los niños en nuestro país.

Este complejo parque mediático, o campo de adoctrinamiento neoliberal ha recibido, como es de esperar, el beneplácito de la prensa oficial, a caballo entre el snobismo tipo Carrie Bradshaw y la cháchara hi-tech. Yo creo ver el influjo de algo más.

Compilar las declaraciones más burdas y rimbombantes que engalanan, con estupidez persistente, el discurso en boga del Chile del siglo XXI, el miembro ordenado, pero ineficaz, de la OCDE, el modelo fiscal que crece al 6%, puede parecer mera arqueología del tedio, remedio para melancólicos o pega cotidiana de publicista de banco. No es peregrino lo que digo.

Desde connotados sociólogos hasta, bueno, Longueira, existe todavía, la necesidad de construir un relato que ilustre, anime, o valide todo proceso cultural vigente. Al final del día, sin embargo, no es un sistema doctrinal coherente lo que sustenta lo que vivimos.

Más bien, se percibe una retahíla de lugares comunes, intercambiables y desechables como el celular que usted tiene en la oreja y que se le va a echar a perder mañana. Lo preocupante, sin embargo, ni siquiera son las florituras del lenguaje o las promotoras que se usan como último recurso. Son sus supuestos destinatarios.

No hay asesor comunicacional que no les eche mano, como desgastado sombrero de mago, para que, en su alocución, el señor político en la sede vecinal, diga algo coherente, precisamente, antes de atorarse con la empanada o la caña de pipeño. Los ingredientes de esta receta retórica incluyen a los ancianos, la cultura, (que no sé por qué aquí se asocia obsesivamente con el teatro), la dueña de casa (la celebérrima y harto manoseada “señora Juanita”) y, por supuesto, los niños.

Ignorados por siglos, víctimas de todo tipo imaginable de abusos, discriminados, desde ser tratados como mera variable estadística, costo asociado o daño colateral por ausencia de preservativos, hasta su cosificación como sofisticados sucedáneos de las muñecas o indolentes y caprichosos entremeses de sobremesa para divertir a “los grandes”, los niños salen al baile de cuando en cuando, buscando el aplauso fácil de la barra pop o la lágrima de la señora que no se pierde la teleserie de la tarde.

No dudo que somos muchos quienes intentamos amarlos y protegerlos. Pero que nos hablen, ojalá que no mucho rato, porque mis intereses o mis vicios son más urgentes. Pero que les demos un espacio de reflexión real, que discutamos como país qué les pasa y qué necesitan no, no hay tiempo, porque la crisis de Grecia y Swazilandia, porque viene la elección de alcaldes y tengo que poner al compadre que me va a dar a mí la licitación, porque…

Las ciudades no están diseñadas para ellos. Los noticieros siguen reportando horrores e infiernos continuos de los que son invariables víctimas. Los tribunales desestiman los recursos que los alejen del pederasta o del cretino borracho con una correa en la mano.

Los adultos los siguen desterrando lejos de las habitaciones, hacia los patios contaminados, las calles tomadas por las pandillas, a los televisores saturados de Yingo y ultra violencia, al computador en cuyo chat lo espera ese amigo tan especial, donde no molesten, donde sean invisibles.

Desde hace pocos lustros cuentan con sus propios derechos. Los profesores hacen coloridos murales que los apoderados apenas miran con indiferencia. Sin embargo, existe otro síndrome ya instalado entre nosotros.

Apenas ayer, entendimos que la letra con sangre no entra, que un argumento racional es mejor que una bofetada, que nuestros regalones sí tienen opinión y que pueden alternarla con la nuestra a la hora de almuerzo, y entonces optamos por el fácil extremo opuesto.

Ahora nos actualizamos. Somos permisivos, relativistas y negligentes. Los traemos al mundo por atavismo, costumbre o ciego orgullo, los atosigamos de golosinas saturadas de azúcar y tecnología barata, los vestimos como adultos con mal gusto y nos divierte que perréen o se agarren a golpes con el compañero del kínder “b”. Si eso es amor…

Decimos ¡no al matonaje escolar!, pero premiamos lo que lo sustenta: la competencia, la brutalidad, las camarillas, el sometimiento y la humillación del otro, del diferente.

No les filtramos nada, ni el reality, ni la farándula soft porno, ni siquiera Los Simpsons, (porque usted cree, señora, que todos los monitos son para niños).

El celo sagrado de la inocencia, uno de los más altos valores universales, nos parece cursi y retrógrado: debemos educarlos, informarlos, tratarlos con respeto, claro que sí, pero… ¿cuál es el siguiente nivel de desarrollo de nuestro espectacular rol de padres cibernéticos?

Los fidelizamos como clientes, los hacemos blanco de nuestro bombardeo, tipo napalm para sus almas, de costoso marketing, los estresamos para que tengan el touch o la última play que su compañero de banco sí tiene (a crédito, obvio) y ahora los vamos a llevar al nuevo centro de entretenimiento masivo, utopía que consagra el Reich de mil años del capital, donde aprenderán, como nosotros, a competir, relegar, segregar, coludirse, evadir, repactar unilateralmente, monopolizar y quién sabe qué vicio ilustre más.

“La edad de oro”, tituló hermosamente José Martí un libro que recopiló especialmente para ellos. Queda claro qué sentido le asigna el mundo actual a esta idea tan inspirada de los años de la inocencia y el aprendizaje, que no dudamos en seguir quebrantando.

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11 jun 2012

Una bofetada

Constatando la distancia que separa a las personas del sistema político, he señalado que sería conveniente abrir un diálogo entre el gobierno y las fuerzas de oposición, con el objetivo de abordar temas prioritarios de interés social y nacional. Ello permitiría avanzar en temas-país y contribuiría a superar la imagen de la política enclaustrada en exclusivas lógicas de corto plazo y recriminaciones mutuas.

Los Partidos de la Concertación han compartido este criterio.

Sin embargo, pareciera que en el gobierno esto se comprende de manera enteramente unilateral.

Es decir, pensando solo en su conveniencia; descartando y excluyendo las reiteradas preocupaciones que, en diferentes temas, se han planteado desde la oposición.

Digo esto al conocer las intenciones gubernativas de enviar un proyecto de ley para rebajar las remuneraciones de los trabajadores y “flexibilizar” todavía más la jornada laboral, con el argumento de una eventual repercusión en Chile de la recesión europea.

Estas prácticas son habituales en Chile y los abusos patronales son totalmente comprobados, dado una cultura inmutable en este aspecto, desde la dictadura a la fecha, por ello estas medidas significan legalizar la precariedad laboral y la desprotección de los trabajadores. De aprobarse una ley en esta dirección, me parecería sencillamente funesto.

Hemos venido insistiendo sobre esta complejísima situación desde hace años. Hace poco en el Senado, dirigentes del salmón explicaron en detalle a la propia ministra su dramática situación.Compruebo que la autoridad no escucha nada.

La promesa de la campaña electoral está enterrada. Hoy los trabajadores tienen una autoridad que está dispuesta a hacer aun más insostenible el trato laboral en las empresas y los servicios, extendiendo la inestabilidad y los bajos salarios a un punto que la ruptura social se hará inevitable. Sin ánimo discursivo alguno, denuncio que una política laboral como la señalada es atentar directamente contra la paz social en Chile.

Cuando tratamos de abrir un espacio, por mínimo que sea, para un diálogo entre gobierno y oposición aparece esta decisión. La siento como una bofetada. Agravar la situación de los trabajadores es total y completamente inaceptable.

Si hay diálogo éste debe abarcar temas de interés de ambos interlocutores y respetar sus sensibilidades fundamentales. Es el caso de la oposición, dialogar mientras a su base social se la sitúa en una posición cada vez más desventajosa y comprometida es a todas luces, una contingencia inviable.

Salvar a los ricos sin importar lo que suceda a los pobres, no está dentro de las grandes coordenadas que se pueden compartir, dentro del amplio ámbito de las políticas de Estado. El Chile de hoy no lo resiste.

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10 jun 2012

Apuntes de apicultura política

Mi cabeza se lleva muy bien con el azar metonímico de internet. Así, interesado por “La Colmena” de Camilo José Cela llegué al texto de un apicultor que se preguntaba simplemente ¿qué hacer con una colmena muy agresiva? …Que me perdone Cela esta vez, pero me pareció más interesante forzar recursos imaginativos con esa pregunta mínima.

Creí -de pronto- estar en presencia de una pregunta que abriría cualquier reunión de un estratega de alta política con ese halo de cientificidad medio absurdo a veces, preocupado por las hordas de ciudadanos indignados.

“En regiones subtropicales y tropicales es muy común trabajar con abejas africanas (Apis mellifera scutellata)” -dice un apicultor- (al que pido disculpas por usar sus palabras). Esta abeja es “manejable” pero siempre aparecen en los apiarios algunas que son muy agresivas y estropean la labor de “manejo” ya que se vuelven muy molestas para el apicultor y para las demás abejas (para las abejas “sofisticadas” diría un “apicultecto” chileno) del colmenar, “que se excitan con el nerviosismo de estas y con el olor al veneno de sus picaduras”.

Es esa falta de “sofisticación” que exhiben algunas abejas “violentistas”, ese malvivir y ese resentimiento tan propio de las clases populares -dicen los apicultores más conservadores.

Además “si las colmenas están cerca de granjas o de viviendas es un verdadero riesgo de accidente”. Podrían levantarse incluso en contra de los intereses del apicultor como en ciertos casos de colmenas revoltosas en Aysén o Calama.

Se piensa que estas abejas han recibido los genes de su ex – reina, y a través de ella, de castas revoltosas de abejas rojas desde los albores de la revolución de las abejas francesas.

Han recibido además características defensivas y fundamentalmente agresivas para sus propios apicultores y sus animales domésticos (un séquito de seguidores del apicultor que han pactado con él ciertas comodidades y servicios a cambio de una cuota de disminución de dignidad).

Por lo general, las abejas agresivas son muy prolíficas, populosas y productivas. Claro, qué menos se podría esperar de abejas tan “libertinas y promiscuas”.

Pero el problema no es tan complejo -acotan los apicultólogos- si la agresividad tiene su origen en la reina, con cambiarla… (a veces “cambiarla” en el lenguaje de apicultólogos chilenos ha sido un eufemismo) se solucionaría el problema.

Pero ¿quién se arriesga a esta operación? –interrogó un dirigente apicultor- (ante la pregunta algunos apicultólogos más viejos se miraron nerviosos).

Cambiar la reina de la colmena, implica soportar estoicamente dolorosas picaduras.

Lo que suele pasar, se quejan algunos rancios apicultólogos conservadores, es que al poco tiempo de reemplazar la reina reaparece una gran colonia zanganera.

Horfanizar la colmena no es tarea fácil. ¡Que no se crea!

Horfanizar la renovada colmena chilena, si pensamos en una psicoanalítica tesis en uso, ya tuvo su comienzo. Pero ahora no se trata de “reemplazar” la reina, sino de saber manejar los tiempos de la abeja de la colmena, la simple abeja numerosa y corriente que usa el Transantiago.

Dice otro experto apicultor (con el que también me disculpo), cuando matamos o retiramos la reina de la colmena, “las abejas pierden su presencia física, que es una de las que indican su existencia, pero no es la única forma de presencia para el resto de la colmena”.

Debemos saber que existen “otras señales” que cohesionan “socialmente” a las abejas, las huellas afectivas por ejemplo, el “vínculo” profundo que une a las crías con su reina. Se trata aquí, si me permiten profundizar la analogía, de lazos históricos y no únicamente de “liderazgos contingentes”.

Un consejo que enfatizan los apicultores reales (más que el conocimiento se los dice la experiencia) es no olvidar que para cualquiera que quiera hacer la introducción sin guantes (para nosotros, horfanizarnos sin engaños), porque estima que es necesario (por las razones que quiera) reemplazar a la reina, primero, debe lograr la mansedumbre de la colmena, esto es, cultivar la confianza de las abejas, porque no puede el apicultor pretender que las abejas acepten una nueva reina (una nueva forma de gobernarlas) mientras las abejas le envenenan la sangre de las manos.

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10 jun 2012

El año en que nací

“El año en que nací” es un montaje teatral que estará en cartelera por pocos días más.¿Cómo explicar lo que ocurre con esta obra?

No se trata de contarla, pero sí podríamos decir que su directora, la argentina Lola Arias, sostiene que el teatro no es un espectáculo, sino una experiencia.

Por ello quizás, en este escenario nos encontramos con que solo algunos son actores y que ni ellos ni los otros repiten parlamentos, sino que cuentan pasajes de sus vidas.

No es terapia, es arte escénica que busca, que transita por lo real, que investiga, que llega a la interdisciplinaridad de lenguajes usados con virtuosa modestia aparte. Y todo cobra gran sentido, como la música, videos, relatos, fotografías y coreografía.

Sobre este montaje, el escritor Alejandro Zambra escribió que al presenciarlo “nos invade una vertiginosa sensación de protagonismo”, porque claro, los actores no son personajes, sino personas que nos hablan desde sí mismos directo a los ojos, contándonos partes de sus vidas, que una mas otra, construyen finalmente nuestra propia historia.

Son once personas que se narran en escena, son jóvenes nacidos en dictadura venidos de los más diversos sectores, como el hijo de uno de los primeros eslabones de Patria y libertad, la hija de una pareja que se fue a vivir el sueño americano o la hija de una mujer mirista asesinada. Son once vidas que con maestría Lola Arias logra reunir y llevar (nos) a todos a un territorio sin juicios, sino de encuentros.

Tal vez por eso, luego del apagón final aplaudimos de pie por largos insistentes minutos y luego salimos del teatro como cuando leemos un libro que no quieres que se acabe, del que guardas las ultimas páginas alargándolas un poco más.

O como cuando salimos del cine con la necesidad del silencio, de caminar porque aún estás con lo que la pantalla en todos sus espectaculares milímetros te acaba de decir.

Pero no se trata solo de ficción, esta obra son Nicole Ítalo Alejandro, Jorge, Fernanda, Ana Laura, Leopoldo, Pablo, Soledad, Alexandra, Viviana, esta obra son nuestros padres, nuestros hijos, somos tú y somos yo.

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