19 sep 2012

El mito de Chile

“Estar atento a los mitos es un acto de creatividad”, me dijo un día un profesor de historia de la Universidad de Valparaíso.

Al ser una herramienta inventada por los seres humanos, los mitos son para el uso práctico. Relatos simples, con pocos personajes y tramas sencillas, cargados de una cantidad impresionante de significados.

Los mitos tienen múltiples lecturas, todas válidas. No se agota el mito en una explicación. Lo importante, es que hagamos una lectura positiva sobre ellos, me dijo.

Y me dio como ejemplo, el mito del Minotauro.

La diosa Afrodita, diosa del amor, es entregada contra su voluntad a Hefesto, el dios herrero. Ella está enamorada de Ares, el apuesto dios de la guerra.Afrodita es infiel a Hefesto. Éste a pesar de ser semi ciego, logra ver a los amantes gracias al espectacular brillo del sol. Hefesto, entonces, fabrica una red de hierro, los captura y expone ante el resto del Olimpo para humillarlos.

Afrodita se venga del sol con sus armas, hace que una hija de éste y reina de Creta, Pasifae, se enamore de un toro. El toro obviamente no le corresponde, para tortura de la joven. Era un toro muy apuesto, dicen.

Pasifae le cuenta su desventura. Dédalos, inventor del serrucho, quien le fabrica un disfraz de vaca, hueco, hecho de bronce, que le facilita a la reina ser poseída por el toro. De esos amores, surge el Minotauro, símbolo de la isla de Creta.

Una lectura posible de este mito, es que la identidad de Creta parte de una fusión amable. Según el profesor, la civilización cretense, es una de las pocas que no evidencia un aplastamiento de los ganaderos nómades y guerreros por sobre los agricultores sedentarios y prósperos. El Minotauro, sería una simbiosis amorosa entre esos dos mundos, con auxilio de los metalurgos.

El mito es un continuo. Cada vez que soñamos, lo hacemos en mitos. Por ello, es fácil encontrar una relación entre el sueño de cada noche con algún mito clásico.

Jung, alcanzó a conocer tribus no contaminadas culturalmente y sus estructuras básicas de los mitos y sueños eran casi idénticos a las experimentadas con las civilizaciones conocidas.

En nuestra cultura, los cuentos infantiles refuerzan la información de los mitos clásicos.La TV muestra dibujos animados japoneses cargados de mitos clásicos.

Se dice que Chile sería muy pobre en mitos. El docente en cuestión, no está de acuerdo, nuestro país, podría acceder a un buen stock de mitos nacionales que serían, en su mayoría, comunes con los que posee occidente.

El inconciente colectivo chileno, percibió los elementos clásicos del mito en el habla sobre la forma geográfica de nuestro país. El nuestro, es el flaco espigado del barrio.

¿Por qué sólo Chile quedó limitado entre la cordillera y el mar? ¿Tan atrapado en un determinismo simbólico? Muchos países comparten el rasgo de estar constituidos entre mar y cordillera, pero ello no implica una forma similar a la de un camino. ¿Un camino hacia dónde?

Valdivia y Ercilla serían nuestros Homeros. La idea de Chile es una creación de Valdivia y Ercilla para el historiador.

Pedro de Valdivia quería llegar al Estrecho de Magallanes. En sus cartas, evidenció la ambición de lograrlo, pero no se le fue concedida políticamente en primera instancia.El Chile que se le entregó, era un Chile corto y ancho. Que iba desde Copiapó hasta el paralelo donde está Llanquihue y con la mitad de largo, pasando la cordillera de Los Andes.Chile era dos veces más ancho al lado argentino.

Valdivia, no conforme logró que la corona le concediera el derecho de llegar hasta el estrecho y de continuar más allá. ¿Por qué insistió tanto en ello?

En los mapas del siglo XVI había al otro lado del estrecho, una tierra enorme llamada Terra Australis Incognita, que daba toda la vuelta al globo.

Ahora, debemos considerar que la mente occidental, está construida para aceptar la existencia de la maravilla en el seno de la magnitud. Para nuestra mente, los tesoros sólo se pueden encontrar en sitios espectaculares y no vulgares o rutinarios, como el barrio.

Colón, que desató todo el proceso de la conquista, fue un heredero de la idea del paraíso terrenal. El modelo de Paraíso terrenal para Colón y Valdivia era el que describió Dante: una montaña gigante en el centro del Edén.

Dante, dio pistas maravillosas sobre la posible ubicación en el globo terráqueo de este jardín. Dijo, que debería encontrarse en la antípoda de Jerusalén. Ello porque, esa ciudad es el peor sitio en la tierra. Ahí, la humanidad cometió el delito máximo: el crimen del hijo de Dios.

El Paraíso, según Dante, debería estar en una antípoda geográfica de Jerusalén.

Valdivia, era un hombre del siglo XVI y tenía conciencia entonces de que iba avanzando hacia la quimera simbólica de su época. El oro que buscaba, tenía que encontrarse en las proximidades de ese Paraíso.

Esa maravilla, sólo podía estar en el seno de una magnitud como la Terra Australis.

Entonces podemos aceptar sin grandes resistencias que Chile es un camino largo y angosto hacia la Terra Australis, hacia la magnitud que esconde la maravilla. Un camino hacia el paraíso.

Debemos seguir profundizando nuestro Sur, pues forma parte de ese último tramo del hombre hacia lo desconocido, hacia el abismo.

Depende de nosotros hacer una lectura positiva de este mito.

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19 sep 2012

Independencia y soberanía popular

La celebración de fiestas patrias es desde hace tiempo la suma de unos feriados, unos tedeum, una parada militar y muchas ramadas. Es la llegada de la primavera y un momento de expansión. Muy bien. Pero no es un momento de reflexión, como también debiera ser.

Es probable que la causa sea que para las oligarquías dominantes (concepto que prefiero al de élites, demasiado ascéptico e impreciso, oligarquías que son como las brujas: de haberlas, las hay, y son económicas, políticas y mediáticas) no sea del todo bienvenido recordar que la independencia fue un proceso emancipador. Y que incluyó luchas insurreccionales, conflicto social y político, choque de intereses, retrocesos y nuevos impulsos, con un desenlace que marcó la ruptura con los privilegios del orden previamente existente. En suma, una revolución.

El 18 de septiembre de 1810 no es el día de la independencia: es el día de la declaración de lealtad a un rey español depuesto por Napoleón, realizada por una junta que declaró haber “prestado el juramento de usar fielmente su ministerio, defender al reino hasta con la última gota de su sangre, conservarlo al señor don Fernando Séptimo y reconocer al Supremo Consejo de Regencia”. Nada muy heroico, aunque fue un primer paso.

La independencia vino en realidad años después, en 1818, cuando maduró aquella aspiración firmada en la ciudad de Concepción, en enero de 1812, entre los plenipotenciarios de la Junta de Concepción y los representantes de la Junta de Gobierno de Santiago, en la llamada Convención de Concepción: “La autoridad suprema reside en el pueblo chileno”. Llegaba para quedarse, y para ser cuestionada desde entonces por las mentadas oligarquías, con frecuente éxito, la decisiva y noble idea de la soberanía popular. Frente a ella el rey Fernando VII, repuesto en el poder en diciembre de 1813, no quiso hacer concesiones, a pesar de la Constitución liberal de Cádiz elaborada en su ausencia. Esto provocó finalmente la pérdida de su imperio americano.

Pero es solo después de muchas vicisitudes, el 1 de enero de 1818, cuando Bernardo O’Higgins termina proclamando la independencia de Chile en Concepción, en el fragor del combate y frente a un nuevo desembarco de tropas españolas, cuyo texto es aprobado de forma definitiva, corregido y firmado por el Director Supremo, el 2 de febrero de 1818 en Talca.

Poco después se consolidaría la declaración en los hechos en la Batalla de Maipú, en la que bajo el mando de San Martín los patriotas derrotaron para siempre, el 5 de abril de 1818, al ejército realista. ¡Que poco se conoce y se asume lo allí expresado!: “La fuerza ha sido la razón suprema que por más de trescientos años ha mantenido al Nuevo Mundo en la necesidad de venerar como un dogma la usurpación de sus derechos y de buscar en ella misma el origen de sus más grandes deberes. Era preciso que algún día llegase el término de esta violenta sumisión”. Sostenía O’Higgins que el sentido de la declaración de independencia era “que entiendan las naciones que ya no existe la debilidad que nos ha mantenido en forzosa sumisión; que debe esperarse un manifiesto de la justicia que nos asiste para nuestra heroica resolución; que tenemos fuerzas bastantes para sostenerla con decoro; y que jamás nos sujetaremos a ninguna otra dominación”.

La independencia se hizo contra dogmas sostenidos por la fuerza y para no aceptar la sujeción a dominaciones por encima de la Nación y de la soberanía popular, según nuestros textos fundacionales. Se entiende así tal vez mejor por qué se habla tan poco de esta lección primigenia de la independencia nacional.

Y de otro hecho que no resulta casual: el acta original, con las correcciones de O’Higgins, quedó destruida el 11 de septiembre de 1973, cuando un valiente Presidente de Chile decidió no aceptar la renuncia que los militares alzados contra la democracia le exigían y optó por resistir el bombardeo destemplado del Palacio de La Moneda, que destruyó hasta el Acta de Independencia, aunque esto lo obligara luego a quitarse la vida, pues su título provenía del pueblo y no estaba dispuesto a que fuera mancillado por la fuerza de la brutalidad.

Así, las naciones se construyen con valores que constituyen su cimiento. En el caso de las naciones modernas y democráticas, con el valor de la soberanía popular como supremo origen del poder. Y con el ejemplo de resistencia y rebeldía de sus líderes frente a la injusticia manifiesta. No es entonces de extrañar que surja con vehemencia creciente, pues proviene del origen de la Nación y de sus momentos más significativos, la consideración de que la actual configuración constitucional no es aceptable.

Solo unos cuantos interesados en mantener sus privilegios y unos pocos necios pretenden negar que el actual orden constitucional carece de legitimidad de origen, a pesar de sus 31 procesos de enmienda, y de legitimidad de ejercicio suficiente, precisamente por no permitir la expresión de la soberanía popular.

Lo impide el sistema de elección del parlamento y los quorum que dan poder de veto a la minoría en desmedro de la voluntad mayoritaria en materias decisivas. Al día de hoy, disponemos de un régimen de libertades pero de poco más que de una democracia interdicta por una configuración de oligarquías económicas y políticas para lo que verdaderamente importa: los derechos civiles, políticos y sociales, el nivel y estructura de los tributos para financiarlos, las regulaciones económicas y ambientales.

Las oligarquías políticas se han consolidado e incluyen a las que representan directamente a las oligarquías económicas y a las que han sido cooptadas por estas últimas, con ayuda del sistema de financiamiento de las campañas por las empresas. Esta interdicción se origina en una transición que algunos tomaron como punto de llegada, mientras para la mayoría de los participantes en la gesta de octubre de 1988 era un mero punto de partida hacia un orden democrático y civilizado que gradualmente debía establecerse respetando los derechos de las minorías pero haciendo prevalecer la voluntad mayoritaria.

Esa fue la promesa de 1990 y no el gatopardismo -que todo cambie para que nada cambie- según puede leerse expresamente en el primer programa de la Concertación, que en todo caso ha tenido cumplimientos parciales de gran relevancia. Pero no en la promesa de establecer en Chile la soberanía popular.

Los “realismos” en esta materia que duran ya 22 años son a estas alturas insostenibles, pues en realidad se llaman renuncias. Estas no tienen apoyo en la sociedad y menos en las nuevas generaciones, que observan una radical distancia con el orden actual y su sociedad de mercado, por mucho que quieran convencernos de lo contrario quienes hicieron de necesidad virtud y se explayan con abundante eco en los medios, como si representaran algo más que sus personales reacomodos.

Se requiere un cambio de folio en la vida institucional del país, salvo que se quiera mantener el statu quo de desigualdad, marginación de las mayorías, crisis de representación y… creciente ingobernabilidad.

Renunciar por consideraciones subalternas de poder a dar curso a un nuevo proceso constituyente, y por algunos que no debieran en nombre de la gobernabilidad precisamente puesta en cuestión por la sobrevivencia de un orden institucional que bloquea la representación de una sociedad más plural y exigente, es a estas alturas propio de incivilizados y de miopes.

Prefieren provocar a la juventud activa del país y a vastos sectores medios y populares, que juntos constituyen la mayoría, y de paso aumentar la anomia y violencia social que nada bueno augura, antes que escuchar a un insigne conservador, Winston Churchill: “el principio central de la Civilización es la subordinación de la clase dirigente a las costumbres establecidas de la población y a su voluntad expresada en la Constitución”. Nunca mejor dicho.

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18 sep 2012

Estado y comunidad

En una columna definía Estado como la organización para el bien común de un pueblo. Varios criticaron la definición mencionando a la ex Unión Soviética, Cuba, Venezuela de Chávez, regímenes fascistas, etc., temían un “estatismo” que no precisan.

La Educación Cívica en Chile es misérrima. Confunden estatalidad con estatismo. Es urgente recuperar esta asignatura en la enseñanza básica y media. Se cometió un grave error inscribiendo a todos en los registros electorales sin pedirles su consentimiento (acto fascista) y sin educarlos en lo que eso significaba.

Quien discrepa de la Constitución fascista (o autoritaria) de Chile, que privilegia la propiedad sobre las personas y excluye por lo tanto a las concepciones de mundo amerindias, no puede, por ética (que, para ellos, política y económicamente no existe), ser inscrita forzadamente en los registros electorales.

En vano he preguntado a miles de alumnos universitarios las diferencias que hay entre estar inscrito, votar, votar nulo, votar en blanco y todas las alternativas de voto. Chile es una pseudo-democracia farandulera.

La ex Unión Soviética, Cuba, Chile, Venezuela y otros países mencionados han reducido o hecho desaparecer el Estado descrito. La Unión Soviética se derrumba por no poseer Estado y Cuba está en el mismo problema actualmente. El chavecismo camina hacia allá.

El Estado es el cuerpo autónomo, independiente de los partidos políticos, confesiones religiosas o filosóficas, poderes fácticos principalmente económicos nacionales o internacionales o grupos de poder, que programa, realiza, y regula el desarrollo del pueblo al que pertenece.

En educación o en salud el Estado debería ser un cuerpo de las personas más capacitadas de un país para generar la política de educación o salud, y establecer los sistemas de evaluación y corrección de esas políticas.

Los gobiernos, poderes económicos fácticos o partidos políticos le tienen terror a que se generen estos cuerpos independientes que le den al país educación o salud equitativa al menor costo posible. Se les acabaría el negocio. Su ineptitud como empresarios o políticos queda de manifiesto.

En una sociedad sana, aunque hubiese educación y salud de la más alta calidad y equitativa para todos, siempre habrá lugar para dar educación y salud de tan buena calidad pero con particularidades especiales por las religiones, ideologías, hotelerías, etc., para los que quieran esos lujos.

La avaricia y glotonería corto-placista del empresario chileno le hace querer tener a todo el país necesitado de educación y salud bajo su imperio y que le pague tributo a costa de la inequidad (o mejor iniquidad) en esos “servicios” prestados.

Son dos concepciones de mundo que no caben en el mismo saco. Chile instaló el núcleo de su Estado en el siglo XX desde los años 30 hasta los 80 donde apareció el Servicio Nacional de Salud, la Educación de Estado y la Corfo, por mencionar los más evidentes.

El país superó en esas áreas los problemas más fundamentales de un país muy pobre y se proyectó como una nación competitiva en salud y educación con el mundo desarrollado.

Sin embargo, estos servicios llegaban a todos equitativamente y no dejaban lugar para la instalación de las empresas ramplonas que querían apoderarse de esas áreas para optimizar sus lucros.

Repitamos una vez más, no hay en el mundo una empresa más productiva que la empresa chilena Servicio Nacional de Salud que en 30 años logró transformar la estructura de morbi-mortalidad de un país casi miserable en la de un país desarrollado. Observamos durante nuestra educación médica de pregrado y posgrado esta transformación.

Los partidos políticos, la Dictadura Militar, la Concertación y la Alianza han hecho lo indecible para destruir ese Estado exitoso y equitativo y borrar de la mente de los chilenos esa posibilidad, es decir han superado a los partidos comunistas de los regimenes soviético y cubano, tratando de convencer a todos, con la mentira, que una realidad palmaria de éxito logrado, es imposible.

La historia los condenará por la venta a precio vil y destrucción de todas las organizaciones de bien común del pueblo de Chile y que no han sido capaces de superar con el privado.

Creen que el aumento de la producción, que habría ocurrido con cualquier modelo socioeconómico, es atribuible a esa destrucción, pero deberán dar cuenta del asesinato del alma comunitaria, respetuosa de la dignidad humana, educada, buscadora de la paz, trabajadora en silencio sin aspavientos, formadora de familia humana en la sociedad chilena.

Destruyeron la carrera académica, la carrera docente, la educación normalista y en fin toda educación verdadera formadora de personas autónomas.

La destrucción de la educación chilena la vemos a cada rato en los medios de comunicación masivo. Cuando escribo estas letras un alumno del curso de evolución (Medicina) toca a mi puerta y me dice que no va a venir al seminario, le digo que agradezco su deferencia, y me pregunta casi ofendido ¿qué significa eso?

Escuchamos las conversaciones de miles de universitarios con un pobre vocabulario y en las que cerca de la mitad de los términos son entrepiernescos, lo que también sucede en televisión. No importa tanto la localización anatómica pero si la carencia de términos precisos que desgraciadamente no manejan. Entonces todo diálogo es estéril.

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17 sep 2012

Made in Chile

¡Aro, aro, aaroo!… Muy bien, ahora que ya he llamado su atención, permítame distraerlo de sus obligaciones propias de la ociosidad que, merecidamente, le ha arrebatado a su enfurruñado jefe (claro, crecemos al cinco por ciento, bajó la pobreza y estos desagradecidos que no dejan de quejarse), para dimensionar el sentido de la fiesta que ya, era que no, ha estado celebrando con tantas ganas desde hace rato. Quizás hay muchas cosas que desfilan por su cabeza, quizás mucho le han dicho sobre ella y, que probablemente poco le importa si hay un trozo de asado y un vaso de vino, aunque sea litreado, cerca.

¿Qué importa que nuestro primer acto soberano fuera el de un grupillo de ilustres vecinos criollos ofreciéndose a cuidarle el fundo al coronado patrón español en su ausencia, víctima de la paliza napoleónica, en medio de la desconfianza (¿aturdida?, ¿lúcida?) del pueblo, protagonista muy posterior y, algo renuente, de nuestro proceso emancipador que empezó mucho después?

¿Qué importa que la voz de ese pueblo tan entusiasta con la fiesta y la bandera, su verdadera voz que trabajó la tierra y peleó en las guerras que forjaron su identidad, no se escuchara por siglos y que la expresión verdadera, popular de la chingana y la fonda fueran proscritas tantas veces, por atentar contra la moral y las buenas costumbres, legisladas por una minoría oligárquica que hacía la vista gorda de sus propias prebendas y que los silenció bajo la culpable falacia de que sólo brutalidad y violencia salían de sus ebrios labios y que la razón sólo era patrimonio suyo?

¿Qué importa que, salvo honrosas excepciones, la historia siempre la escribieron en Chile los vencedores?

¿Qué importa que la buena cueca zapateada y escobillada como Dios manda haya sido una modificación autóctona de un baile afuerino?¿Qué importa el hecho de que numerosos y píos legisladores intentaron prohibirla una y otra vez por sus “lascivos” movimientos y que nada menos que un decreto del Régimen Militar recién la convirtió en baile nacional a mediado de los setenta?

¿Qué importa que nos esforcemos tanto por aprender sus pasos si a los veinte minutos el fondero va a reemplazar sus síncopas picarescas por la cumbia y el burdo reggaetón más rentables y que le aseguran casa llena por tres horas?

¿Qué importa que ni la empanada sea invención local, ya que existía a lo largo de todo el Mar Mediterráneo y que forme parte de la larga lista de cosas que, salvo el tostador y el pilucho de guagua, no hemos creado y que nos hemos apropiado con entusiasmo de otras culturas?

¿Qué importa que, por un rato, nos gusten las payas y nuestra habla popular y dejemos un rato de lado el delivery, el trendy topic, lo hot, las sales, el running o el outsourcing?

¿Qué importa que no tengamos ni carnaval ni corridas de toros porque fueron asimismo vetadas por decretos coloniales, pero que se haya librado ese resabio bárbaro y tan popular y multiestratificado que es el rodeo, pese a su notorio carácter de matadero en cámara lenta y en vivo?

¿Qué importa que más de algún vociferante patriotero, que, como ha ocurrido antes, odiará estas notas, escoja estas patrióticas fechas para escaparse al Caribe o a Estados Unidos donde claramente no bailará “el costillar es mío” ni va a degustar un anticucho con un “terremoto”?

¿Qué importa si no te disfrazaste de huaso en la previa de tu trabajo, si pocos citadinos han experimentado realmente la vida del campo, y que debes admitir que tu bucolismo ocasional es más bien impostado?

¿Qué importa si sólo ahora te acuerdas de la payaya, de los volantines y el trompo que insistes en poner entre las manos de tu hijo que protesta porque tiene que dejar de lado el play o la pelota firmada por Alexis, porque el que recuerda borrosamente su infancia eres tú y lo fuerzas a él a escenificarla?

Si un pueblo sabe realmente quién es, si entiende el devenir de su cultura, si realmente aprendimos algo de tolerancia, de respeto, de igualdad, libertad y fraternidad estos 202 años, si aceptamos que el nuestro aún es un país joven, una nación a medio terminar, pero que conoce su historia y se enorgullece auténticamente de ella, entonces disfrutaremos realmente estas fiestas, miraremos Chile con otros ojos, así como a su gente y sus costumbres.

No como una bandera, un baile o un traje elegante congelados en el tiempo, sino como algo vivo y real, en permanente cambio.

Si no lo tienes claro, ahí están los libros, y tus antepasados, si lo tienes claro, ¿qué esperas que no vas a buscar esa copa y brindas por el país que todavía nos falta?

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17 sep 2012

Sin conciencia de mal

Los medios nos han informado en las dos o tres últimas semanas, casi obsesivamente de episodios delincuenciales, de gran connotación. Basta recordar lo ocurrido en la discoteca “Puerto 23”, en Quilicura, con consecuencia de muerte violenta, el asalto en la comuna de Vitacura donde además hubo un cobarde ataque sexual y el reciente crimen en contra del cabo de carabineros Cristián Martínez.

El denominador común de estas noticias tan impactantes, es que son llevadas a cabo, en su mayoría, por adolescentes. Es preocupante la violencia sin límites que ejercen estas personas cuando cometen tales fechorías.

Estas actitudes, absolutamente normales para una gran mayoría de quienes sin familia constituida, ni valores , ni principios, los lleva a actuar en un desenfreno tal, que todo podría parecer aceptable.

Esto es gravísimo, pero se fundamenta en una historia personal desgarrada, de miseria, de violencia, de ausencias parentales, que sobrecoge.

Hay una rabia oculta y un espíritu de venganza que no tiene parangón y todo este proceder descansa en una visión de la vida en que todo está permitido y cuando uno los adentra en la reflexión para que vean los hechos desde otra perspectiva, parece ser que el diálogo no logra ningún objetivo ni sentido.

Lo anterior, aunque pueda parecer muy drástico, lo digo porque he tenido la oportunidad de conversar con algunos de estos jóvenes. En realidad cuando uno los aborda se da cuenta que, muchas veces, no calibran la profundidad de lo sucedido, es más, algunos de ellos relatan la experiencia justificándola y con ningún signo que demuestre que hubo conciencia de mal.

Considerando lo que se ha dicho precedentemente parece urgente abordar el conflicto que parece adueñarse del corazón humano, desde la perspectiva técnico científica, pero con especial atención en lo que respecta al ámbito moral, espiritual y religioso. Es fundamental considerar al sujeto que comete estos delitos como alguien aguijoneado por una historia personal marcada a fuego por experiencias traumáticas, de impresiones negativas, violentas y de extremo dolor.

Con esta carga creció, es un sobreviviente, amenazado por desconocidas corrientes que emergen desde lo profundo que acechan, embisten y agreden.

Así las cosas, nos parece necesario que las instituciones, tanto Judicial, de Gendarmería y Sename, establezcan un protocolo terapéutico que permita ayudar a sanar o por lo menos a minimizar las consecuencias que arrastran muchos de los jóvenes que se encuentran privados de libertad. Estas huellas históricas, altamente peligrosas, son las causantes de acciones delictuales de gran impacto social.

Si se cree que basta y es suficiente la pena corporal para recuperar a un individuo del ámbito delictual, es una gran equivocación, porque al priorizar el encierro sobre lo humano y sus conflictos, se precipita al país, en un futuro próximo, a nuevas y desconocidas acciones delictuales, cada vez más cruentas, violentas y perversas.

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17 sep 2012

Carta abierta a Camilo Escalona

Estimado Camilo,

Quisiera compartir algunas reflexiones en torno a tu reciente descalificación de la demanda por una Asamblea Constituyente. Me parece basada en un error de apreciación serio, que de imponerse en el seno de la oposición, puede conducir al poderoso movimiento progresista que se levanta en el país a un despeñadero.

Desde luego, tu opinión que no hay crisis institucional sino apenas un “desencanto político,” a estas alturas resulta curiosa, por decir lo menos.Debes ser el único que opina eso. Desde luego, no se sabe de ningún otro político opositor que sostenga algo parecido. El movimiento social es unánime en denunciar dicha crisis. Más allá de ellos, la misma resulta bien evidente para todo el mundo.

Ascanio Cavallo, analista político que no acostumbra hacer apreciaciones tremebundas, afirma: “el descrédito de las instituciones, los partidos y los dirigentes políticos se acerca a los bordes de una crisis de legitimidad.”

Pilar Vergara, periodista de El Mercurio, escribe: “Confianzas en cortocircuito. La conclusión a la que uno llega es que el gran cambio social que vivimos y se siente, en realidad es un rebaraje del poder.”

Bernardo Larraín, Presidente de Colbún y vocero del Grupo Matte, que acaba de suspender el proyecto HidroAysén precisamente por este motivo, ha afirmado: “Para que el resultado sea el legítimo, es necesario que la institucionalidad tenga legitimidad. Sin embargo, esto no está ocurriendo. No se están dando equilibrios entre las empresas y la ciudadanía.” Cabe subrayar que dicha falta de legitimidad ha paralizado los dos proyectos hidroeléctricos que en conjunto cubren la mitad de la demanda de las décadas venideras. Eike Batista, inversionista brasileño que impulsa el segundo de los mismos, declaró: “Se está volviendo imposible invertir en Chile.”

Ciertamente, quien mejor lo ha expresado es el célebre editorial del diario británico Financial Times, del 24 de agosto del 2011: “Diseñadas para salvaguardar el modelo económico y social heredado de Pinochet, su fosilización ha ahuecado las instituciones estatales de toda representatividad.”

Es decir, es una situación que no da para más. Resulta imperioso encontrar una salida. Sin embargo, al revés de lo que afirmas en tu entrevista, la actual institucionalidad no permite hacerlo. Incluso, el solo cambio del binominal no parece resultar suficiente, aunque ciertamente constituye una apertura importante.

Necesariamente, por lo tanto, debe generarse una ruptura. Se pueden imaginar muchas formas en que ello puede cursar, como la aprobación de un plebiscito vinculante con iniciativa ciudadana, por ejemplo. Sin embargo, cuando se encuentre la salida, lo que resulta inevitable y ocurrirá más temprano que tarde, probablemente la misma resultará insospechada.

Lo importante, sin embargo, es representar claramente a la ciudadanía la imperiosa necesidad de realizar este cambio. Ese es precisamente el contenido de la demanda por una Asamblea Constituyente: ciertamente la salida más democrática y civilizada para una situación imposible.

Lo que está en crisis no es sólo la institucionalidad, sino “el modelo económico y social heredado de la Pinochet”. Lo esencial al respecto es renacionalizar el cobre y los recursos naturales, puesto que el monopolio sobre los mismos por parte de un puñado de grandes conglomerados rentistas, extranjeros los mayores de ellos, es la base principal de todas las distorsiones de la economía y la sociedad.

Los grandes grupos que operan en Chile no invierten en la gente, puesto que no obtienen sus ganancias del valor agregado por el trabajo de los chilenos y chilenas, sino de la renta de los recursos con que la naturaleza ha bendecido a nuestro territorio, pero que en sus manos se han convertido en una verdadera maldición.

Por esta razón, principalmente, las políticas de las últimas décadas han desprotegido la producción interna de bienes y servicios, la que se desarrolla con relativa debilidad en relación a otros países emergentes.

Esta es la causa de fondo de la precariedad del empleo, puesto que más de la mitad de la fuerza de trabajo está ocupada en comercio o servicios que producen escaso valor agregado. Por esta misma razón, se ha consentido en el desmantelamiento de la educación pública: la fuerza de trabajo importa poco para los grandes rentistas que hegemonizan la elite.

También, ciertamente, es la causa principal de la escandalosa inequidad. No solo de aquella que se verifica al interior de la fuerza de trabajo, que es la que mide la CASEN, que también resulta peor que en la mayoría de los países. La desigualdad de verdad, sin embargo, es entre el 99 por ciento de la población que representa la CASEN y el uno por ciento verdaderamente rico que ni siquiera se digna responderla, lo que no le impide apropiarse de la mitad del PIB; consume nada menos que un 27 por ciento del mismo e invierte el resto, para ganar más todavía en la otra vuelta.

La renacionalización de los recursos naturales resolverá de una plumada estas gigantescas distorsiones.Es el equivalente de la reforma agraria, que hace cuatro décadas barrió con las trabas que frenaban el progreso del país.Permitirá redirigir la economía hacia la producción de bienes y servicios, en base a la mano de obra nacional, garantizando una verdadera competencia en todos los mercados y reorientada a su vez hacia adentro de una América Latina crecientemente integrada.Junto a ello, hay que terminar con el lucro en la educación, las ISAPRE y AFP y reconstruir los grandes sistemas públicos de educación, salud, previsión y transporte, para ofrecer una adecuada calificación, seguridad y comodidad a la población.

Esas grandes medidas no constituyen un asalto al cielo ni mucho menos.Sencillamente, se trata de corregir las distorsiones acumuladas tras cuatro décadas de extremismo neoliberal, que han favorecido principalmente a un puñado de grandes corporaciones rentistas.Permitirán el desarrollo sin trabas de la auténtica producción capitalista en el país, como ocurre en las potencias emergentes más dinámicas, con grados mucho mayores de respeto y equidad para los trabajadores: la verdadera fuente de la moderna riqueza de las naciones.

Sin embargo, no se trata de tareas sencillas. Los sectores afectados son ínfimos en número, pero hoy por hoy controlan el país a su amaño. No podemos caer nuevamente en la ingenuidad de pensar que no harán todo lo que esté a su alcance para mantener sus privilegios.Pero es posible.Principalmente porque se trata de medidas nacionales, indispensables para que el país continúe progresando. También, porque la situación actual no da para más. La abrumadora mayoría del país está de acuerdo con estas medidas, puesto que benefician a todos. Incluso a la segregada elite que hoy vive aislada y atemorizada, en un Apartheid que sabe que no puede continuar.

Ciertamente, al igual como ocurrió a lo largo de buena parte del siglo pasado, esta gran transformación solo puede ser dirigida por el Estado, conducido por una nueva coalición desarrollista, de trabajadores, empresarios y funcionarios, civiles y militares. También los trabajadores independientes, pescadores y campesinos; no pocos de estos últimos se identifican en medida no menor con las comunidades de pueblos originarios amenazados por la voracidad de los grandes rentistas.

Al igual que ha venido ocurriendo con todos los grandes avances de nuestra sociedad a lo largo del pasado siglo, una transformación de esta magnitud solo resulta posible en el marco de una renovada participación masiva de la ciudadanía en los asuntos políticos. Felizmente, es bien evidente que ello está sucediendo nuevamente.

Esto lo conocemos bien, porque hemos sido actores en los últimos grandes ciclos de auge de la movilización popular: el que se extendió desde la segunda mitad de los años 1960 y hasta 1973, que hizo posibles las grandes e irreversibles transformaciones progresistas de los gobiernos de los Presidentes Frei Montalva y Allende. También en aquel que en el curso de los años 1980 permitió terminar con la dictadura.

Aprendimos asimismo, que cuando la movilización va al alza, hay que adecuar las consignas, adelantándolas para que se encuentren con el movimiento de masas en ascenso. El peor error en estas situaciones, consiste en quedarse atrás del movimiento en alza; sencillamente, este último nos pasaría por encima. Es lo que Lenin denominó “cretinismo parlamentario,” aludiendo a los políticos que pretenden seguir actuando en los momentos de auge igual como lo hacían en los largos y exasperantes períodos de calma chicha, durante los cuales la política se ve reducida a la manida “medida de lo posible” de los consensos en los corredores parlamentarios.

También aprendimos dolorosamente, que estos grandes ciclos de actividad política masiva no duran para siempre. Cumplidos sus objetivos principales, la gente común y corriente, cuya fuerza colectiva de millones los hacen posible en primer lugar, se cansan del inevitable caos en que transcurren y añoran que se restablezca el orden para poder regresar a sus asuntos cotidianos.

La joven generación de socialistas de la cual formas parte, se grabó a fuego el gran error de 1973, cuando la dirección de tu partido promovía frívolamente “avanzar sin transar,” sin percatarse que el gran ciclo de movilización popular había empezado a declinar. La generación de comunistas de la cual yo formo parte, aprendimos la misma lección a fines de los años 1980, cuando pretendimos seguir impulsando “a pulso” el derrocamiento de la dictadura, sin parar mientes que la gran ola de protestas populares había empezado a declinar desde mediados de 1986.

En ambos casos, fuimos presa de una suerte de “cretinismo parlamentario al revés.”

Precisamente porque aprendimos juntos todas estas cosas a lo largo de todos estos años, es que te escribo esta carta: tus declaraciones recientes parecen indicar que no aprecias la situación que se vive con realismo. Pareces tener una sola idea en la cabeza: ganar las próximas elecciones presidenciales y asegurar la gobernabilidad del segundo mandato de la Presidenta Bachelet.

Ciertamente, concuerdo plenamente en la necesidad de ganar las próximas elecciones presidenciales y obtener la mayor representación parlamentaria que resulte posible. Asimismo, será necesario garantizar la gobernabilidad del gobierno de Bachelet. Lo primero parece bastante asegurado, porque la gente votará por Michelle para poner término al gobierno de la derecha, tal como votó por Piñera para poner término a los gobiernos de la Concertación. Así de sencillo. De ahí se verá.

Sin embargo, lo más probable es que lo segundo, sólo resulte posible poniéndose a la cabeza del movimiento ciudadano en alza. No sería de extrañar que el futuro gobierno de Bachelet desate una importante movilización popular. Hasta ahora solo han entrado a la pelea los sectores medios, pero ello no significa que el pueblo ya esté arreglado, como ilusamente ha planteado el ex presidente Lagos. Muy por el contrario, el descontento popular es explosivo, solo que nunca empiezan la pelea, esperan pacientemente al momento preciso para lanzarse al ruedo, porque saben que al final pagan los platos rotos.

Para asegurarse la conducción de dicho movimiento hay que hacer ahora lo mismo que hizo la Unidad Popular: levantar un programa decidido, que diga claramente lo que hay que hacer. Luego, hay que avanzar apoyándose en la movilización en alza, con cautela para no quedar en el vacío, con paciencia para no precipitarse, pero con toda decisión en la medida que las condiciones para avanzar vayan madurando.

Luego, asegurarse de estar muy atentos al momento en que la movilización empiece a declinar, para restablecer el orden y consolidar lo avanzado, antes que la inevitable reacción asuma este desagradable papel. Esto último es lo que no hicimos con Allende.

Acá es donde entra la demanda de una Asamblea Constituyente. Ésta debe ser la consigna central de la campaña de Bachelet. Al mismo tiempo, hay que decir que no vamos a poder lograrla si no obtenemos una mayoría importante en el parlamento y/o la movilización social no irrumpe para exigirla.

Si el gobierno de Bachelet no se propone actuar de este modo, corre el riesgo de ser sobrepasada absolutamente por los acontecimientos. Éstos, por otra parte, seguirían un curso impredecible al no tener adelante una fuerza política experimentada, capaz de conducirlo.

Su segundo gobierno sería un desastre. Sencillamente no podría gobernar y podría terminar muy mal, en la impotencia total. ¡Una suerte de madrugada del 27 de febrero extendida a los cuatro años de gobierno!

Estoy seguro que eso sería lo último que desearías para ella y para el país. Por este motivo, te sugiero consideres revisar tu posición respecto de la justa consigna de la Asamblea Constituyente.

Te saludo con un abrazo fraternal.

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17 sep 2012

Una lenguaraz ministra de Estado

El episodio de la ministra Benítez, quien se hizo famosa al criticar muy suelta de cuerpo el fallo de la 5ª Sala de la Corte Suprema en contra de la central termoeléctrica Castilla de la empresa MPX, es uno más de los tantos malos comportamientos del actual gobierno, el que se ve agravado porque varios altos funcionarios de la Administración, cuyas oficinas están en el Palacio de La Moneda, la han apoyado sin reservas invocando la libertad de expresión garantizada que tenemos todos los ciudadanos.

La locuaz colaboradora de Piñera se excedió brutalmente en sus dichos porque llegó a decir que en materias “técnicas” sólo la institucionalidad ambiental tiene competencia para resolver, lo que es una falacia para aquellos que conocemos las prácticas y, digámoslo con claridad, el prontuario de la ex CONAMA y del actual Ministerio del Medio Ambiente, organismos que siempre se han esforzado para apoyar en las tramitaciones de los permisos al sector empresarial, en perjuicio de las comunidades.

No podemos perder de vista el vergonzoso caso de la termoeléctrica Campiche de la norteamericana AES Gener que contó con una rbesolución de Calificación Ambiental.Favorable de la ex Corema de la V Región de Valparaíso, a pesar de que la edificación estaba emplazada en un terreno área verde, definido como tal tanto en el instrumento regulador urbanístico regional como en el comunal de Puchuncaví.

Este “detalle” que hacía legalmente inviable el proyecto, estaba en conocimiento pleno de todos los miembros de esa ex Corema.

Recordemos que la Corte Suprema había declarado su ilegalidad, al igual que la Contraloría General de la República y si hoy en día esta planta está en operaciones se debe exclusivamente a la intervención de un ex embajador de EEUU, quien presionó indebidamente a las autoridades de entonces para que éstas cambiaran el marco regulatorio, lo que solícitamente hicieron un 31 de diciembre, cuando todo el país estaba preparándose para celebrar la llegada del nuevo año.

Ahora bien, el mundo empresarial está preocupado por lo que ellos llaman “judicialización” de los proyectos que son evaluados ambientalmente. Pero no dicen que la Justicia ha tenido que dejar sin efecto varias iniciativas de inversión porque sus titulares han sido negligentes en las tramitaciones, los funcionarios han sido obsecuentes y porque los jueces han corroborado los tráficos de influencia detectados oportunamente por los afectados de esos contaminantes proyectos.

Volviendo al caso de Castilla del brasileño dueño de MPX, quien se enojó con la contundente sentencia judicial, llama la atención que los dardos de los indignados grupos de poder chilenos están dirigidos en contra del juez Sergio Muñoz, presidente de la Sala que tuvo el deber de fallar en derecho, aunque sus integrantes sabían que esta decisión significaba postergar por un buen tiempo una millonaria inversión privada orientada a entregar energía a las compañías mineras del norte.

Las imprudentes declaraciones de la ministra en el diario El Mercurio, compartidas por el establishment, tenían como objetivo principal amedrentar al Poder Judicial, lo que no se consiguió a la luz de la enérgica respuesta de los ministros de la Suprema, quienes en su declaración pública hicieron notar la diferencia entre la legítima crítica y la intromisión indebida e inaceptable hecha por la secretaria de Estado quien se aventuró a afirmar que la sentencia judicial incurría en errores (sic).

Ante la paralización del proyecto Castilla su titular tendrá dos caminos: se va con sus miles de millones de dólares a otros países o bien contrata a competentes profesionales que estén en condiciones de presentar un nuevo Estudio de Impacto Ambiental cuyas emisiones sean, a lo más, verdaderamente “molestas” y no “contaminantes” para que así se respecte el texto constitucional que nos garantiza el derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación.

Debemos tener presente que la misma Constitución dice que es deber del Estado velar para que este derecho no sea afectado y todos debemos acatar este mandato de superior jerarquía aunque su aplicación deje en entredicho los proyectos de algunos privados acostumbrados al laissez faire.

Ahora esperamos que, con la puesta en marcha de los tribunales ambientales, prevista para diciembre próximo, sus miembros tengan el mismo celo profesional demostrado por los ministros de la Corte Suprema.

Por último, una consideración de fondo: si en nuestro país tuviéramos legislaciones de ordenamiento territorial y de manejo integrado de cuencas hidrográficas posiblemente esta columna no se habría publicado.

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17 sep 2012

Zapateando

El largo jolgorio de Fiestas Patrias actúa como eficiente anestesia que hace olvidar el Chile de cada día.Apenas comienza el “tiqui tiqui tiquiti”, una avalancha de vehículos se desplazan por esas carreteras atestadas de la modernidad “chilensis” y un sinfín de fondas o ramadas provocan un paréntesis inevitable en el ajetreo de las familias y del país.

Además, ya forma parte del paisaje dieciochero la hostigosa presencia mediática de la autoridad de turno, la misma que con bailes de dudosa destreza, coplas de gusto discutible y generosas entrevistas de auto elogio se empeña en convencer que su paso por el poder ha traído las venturas y parabienes que largas décadas de sus predecesores no fueron capaces de lograr.

A la cancha las parejas, los jóvenes al “carrete”, los “curaitos” a la chicha y la autoridad a vanagloriarse.Hubiésemos sido el país perfecto, si no fuera por el resultado Chile-Colombia y por esas horas interminables en que los automovilistas quedaron atrapados en un “taco” descomunal, sin precedentes, que vino a decir con su desagradable presencia que los problemas-país no se arreglan con pura labia y dejando semi mudo a un presidenciable que solo atinó a pedir paciencia.

Sin embargo, pocas horas antes de la estampida dieciochera, al termino del fatídico día “once”, la violencia irracional cobraba la vida de un joven carabinero. La miopía política de la autoridad la indujo a intentar trasladar la responsabilidad a la oposición. Esa torpeza cayó por su propio peso.

Según los medios de prensa, los testimonios recogidos en el lugar señalan que el menor imputado por este crimen gritaba: “me pitie un paco”, “me pitie un paco”, y luego él o sus cercanos se habrían apoderado del casco y el escudo del fallecido para mostrarlos como “trofeos de guerra”. Hay que constatar, entonces, que existe una falla de enormes dimensiones en nuestra convivencia.

Entendíamos como país, que la gran lección moral del “once”, de las crueles y masivas violaciones a los Derechos Humanos, significaba que no hay nada que pueda estar por encima del valor de la persona humana, de su vida y dignidad, como patrimonio inalienable de esa condición humana.

¿Qué nos pasa ahora como nación?, porque este tiroteo no fue el único y hace años que se produce una espiral de violencia en las poblaciones.Pareciera ser que los segregados y marginales se quisieran cobrar revancha sin reparar en costos o daños.

Estamos ante un círculo de violencia altamente preocupante.

Un Estado protector de las familias debiese ser el comienzo de la respuesta. No se saca nada tratando de culpar a los opositores. La seguridad de los pobres, en barrios segregados por la droga y la delincuencia, es una responsabilidad que el Estado no puede eludir.

Mientras la autoridad zapatea en la Fonda correspondiente a cada año, la exhibición de poder y capacidad de consumo agrava la irritación y el sordo malestar que se traduce en brutal violencia callejera.

Una patria dividida no fue el sueño de O’Higgins, de aquel que abolió los mayorazgos, combatió la esclavitud y se enfrentó a los terratenientes de su época. Vale la pena restablecer sus valores republicanos.

Por la integridad y el futuro de la nación chilena.

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17 sep 2012

Entre el “11” y las Fiestas Patrias

Los componentes básicos del 11 de septiembre son la coordinación radial de los golpistas, un Presidente que rehusó rendirse ante los sublevados y el bombardeo a La Moneda. Con ello no sólo se destruyó el gobierno de Salvador Allende, sino también la República que imperaba en Chile desde 1925.

Han pasado 39 años y a pesar del “Nunca Más” de Cheyre -repetido en estos días por el Presidente del Senado-, la tragedia del 11 y su eco en el imaginario popular no han podido ser aplacados, y son alimentados cada vez que alguien recuerda que el país carece de una constitución legítima. Porque, en breve, es la Constitución –aunque reformada- de los vencedores del “11”.

Semanas antes se había iniciado una discusión en los medios sobre la Asamblea Constituyente. Un debate que impulsaron las declaraciones del presidente de la DC al mostrar apertura a la idea. La derecha expresó su horror a lo que denominó “el asambleísmo constituyente”, sin apenas notar que en el mes de la patria se celebra la primera asamblea constituyente del país.

En la antigua república, septiembre era un mes de ritos democráticos: se votaba el 4 y, vencedores y vencidos se iban a bailar cueca el 18. En su intento por cambiar la tradición, la dictadura trasladó las votaciones para octubre y diciembre, y segunda vuelta en el pleno verano de enero.

Ningún rito de la actual democracia ha quedado para septiembre. Un mes en que ya superados los rigores del invierno, se ve invadido por los cálidos vientos primaverales y acostumbramos a inflar el pecho de patriotismo

Esta necesidad comunitaria es alimentada por el sistema escolar para reconocer como propio el país en que se habita. Chile es de los chilenos, una tautología que no repara en el hecho que celebramos la reunión de una asamblea constituyente que eligió una Junta Nacional, presidida por un monárquico.Un conde cuyo acto más sentido de gobierno fue reconocer la legitimidad del Rey de España, a quién debía su título de nobleza. Nadie se acuerda que solo el 1º de enero de 1818, O’Higgins proclamó la Independencia Nacional en Concepción.

Vivimos con algunas hipocresías que solo los chilenos somos dados a explicar. Es que al “11” lo declararon un día normal porque como feriado dividía profundamente a los chilenos: como para que se note que hicimos un esfuerzo. Algunos exageran y afirman que fue la contribución más relevante de Pinochet como senador vitalicio, antes que los socialistas con la complicidad de los laboristas británicos, lo rescataran de su arresto en Londres.

Nos hemos apañado bien, todo al final lo arreglamos en casa. Total, para eso somos todos chilenos y septiembre nos recuerda eso: la conciencia del ser nacional. Un ser que en sus complejas acciones históricas debe ser explicado al mundo. Un mundo que no sólo compra más de la mitad de lo que los chilenos producen, sino que muchos se esfuerzan por entendernos.

Mientras nos alejamos de las odiosidades que despierta el “11” en el alma nacional, nos acercamos al espíritu patriota. Es un espíritu parrandero que busca reunirse en familia, comer asados y tomar vino.

En todas las comunas del país hay desfiles patrióticos de los colegios y los marchantes son homenajeados en el ambiente familiar. Banderas tricolores flamean en los edificios, las casas y los autos, siendo prácticamente obligatorios los asados laborales y los aguinaldos diciocheros. En los extremos del país hay más fervor, ya que en el centro la mayor parte vuelve a sus raíces y sus barrios; los otros que pueden se van de turismo hacia aguas más cálidas.

Las ceremonias terminan con el desfile militar de las FFAA. Un recordatorio de lo que nos cuesta la Independencia. Soldados, oficiales, armamento, carros de combate, aviones desfilan ante la tribuna oficial con prestancia y orgullo. El público aplaude las novedades.

El general a cargo pide permiso al Presidente para retirarse y concluye la fiesta de la República. En el parque o en el televisor, todos comentan la presentación. Nos reflejamos por un instante en un Chile tricolor, donde los adversarios son también parte de la bandera.

Pero no hay que engañarse, la sombra del 11 de septiembre nos acompañará hasta el día en que entre a regir en Chile una Constitución legítima.Una Constitución que debe ser ratificada por el pueblo en plebiscito o referéndum. El fin del binominal y la Asamblea Constituyente son solo medios. El primero del Congreso y el segundo del pueblo de Chile.

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17 sep 2012

Sobre la muerte, la vida y el goce

Esta sociedad es reacia a la muerte. Y es curioso, ya que la muerte nos rodea a diario y descarnadamente. Guerras, enfermedades, crímenes, muertes accidentales, muertes naturales, muertes por todos lados, en cada segundo y en todo lugar.Pero, insisto, esta sociedad le es reacia. La muerte es aquello de lo que no queremos hablar, ni aventurar, ni siquiera imaginar. Ni la propia muerte ni la de los que nos rodean ¿A qué se debe?

Muchas razones y muchas explicaciones. En principio, podemos decir que nuestra mortalidad solo se hace posible en la medida que la muerte se ve de lejos. No vivimos pensando en morir, y eso, de algún modo, supone que le da sentido a la proyección y al futuro. Pero en el futuro, la muerte advendrá, inevitablemente. Y después de la muerte, quién sabe. Nada, tal vez.

Este amor por la vida y esta negación de la muerte se nos ha tornado patológica. Se nos ha impuesto y se nos ha convencido que la vida es lo único que importa. Y no hay problema con valorar la vida, sin duda. El problema es que nuestra sociedad ha construido un culto a la vida por sobre nuestra naturaleza. Y no sólo eso. Ese culto a la vida, es a cualquier precio. Si ese precio es la propia dignidad, que así sea.

Nadie tiene derecho a elegir morir. Nadie tiene derecho siquiera a la dignidad en la muerte.Nadie tiene derecho realmente sobre su existencia, menos sobre su cuerpo. Eutanasia, aborto, ni hablar.

Junto con esto, esta maravilla de la vida está rodeada de consignas contradictorias que nos atrapan. “Vive, vive lo más posible”, nos dicen, “pero ojo, no de cualquier manera”. Debes vivir a la manera que dicta la sociedad, o dios.

El cómo vivir no está en nuestras manos. Somos una sociedad prohibitiva. Se nos restringen y se nos prohíben los goces.“Vive mucho, niega la muerte, pero no goces” parece ser la consigna social. El goce es la ingobernabilidad, pareciera ser. Sin ir más lejos, somos capaces de sentirnos felices (según algunos estudios en Chile) sin siquiera tener noción de la insatisfacción.

El problema, para todos, es que nuestra existencia es irremediablemente gozadora.Somos sujetos deseantes y con una capacidad de disfrutar infinita. Y, además no hay vida si no se goza. Sin goce, quedamos suspendidos. Y la vida, no se resume en cantidad de años, sino que en cómo lo hemos hecho. La vida puede durar segundos, días, años… quién lo sabe. Pero la vida es vida en cuanto se experimenta hoy.

Nos han convencido de que debemos restringir el goce, y que eso nos será recompensado, algún día. Es más, para algunos, les será recompensado después, en la muerte.

La postergación del goce y la satisfacción es una capacidad humana superior necesaria para la convivencia social. Eso es indudable, pero se nos ha pasado la mano.

Nos hemos convertido en superdotados de la postergación. Y postergamos por culpa, por miedo, por creencia, por muchas razones de las que ni siquiera somos conscientes. Y si postergamos tanto, ¡tanto!, es porque no incorporamos la muerte a nuestra vida.

Sin consciencia de la muerte, la vida es eterna. Ergo, puedo seguir postergando. Pero el tiempo es finito. Moriremos. Sí, moriremos irremediablemente.

Entonces, simplemente, invito a pensar lo siguiente: si la vida es finita, si moriremos, si no sabemos cuándo ocurrirá, si, además, los que nos rodean también son finitos, ¿No será momento de replantearnos un par de cosas?

Esto no es un llamado a restarnos de la convivencia social, ni un llamado al individualismo máximo.Es justa y precisamente lo contrario.

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