09 sep 2013

La reconciliación nacional, desafío pendiente

Cuarenta años se cumplen del golpe de estado, el que no sólo interrumpió la vasta trayectoria democrática que hasta entonces ostentaba nuestro país y que nos distinguía en América Latina, sino además dio inicio a uno de los periodos más oscuros y trágicos de nuestra historia.

Las causas del quiebre democrático son hasta hoy objeto de estudios, análisis y discusiones. No pretendo entrar en ese debate, pero sí considero importante señalar que cualquiera que sean los hechos que hayan desencadenado el derrocamiento del gobierno del Presidente Allende, la verdad es que nuestra vieja democracia llevaba varios años experimentando un progresivo proceso de erosión.

Contribuyeron a ello la extrema ideologización y polarización de los partidos, la incapacidad de la clase política para construir acuerdos, la opción de la vía violenta que escogieron tanto grupos de izquierda como de derecha y el deterioro de nuestra economía.

Todos esos factores causaron un fuerte debilitamiento del consenso político, social y cultural que había caracterizado a Chile en los últimos 40 a 45 años y terminó –como ya sabemos- de la forma más brutal que hubiéramos podido imaginar.

La experiencia del régimen militar fue dramática. Fueron diecisiete años en que prácticamente la actividad política fue desterrada de la vida nacional, en los que fueron restringidas las libertades y derechos de las personas, y en los que se cometieron las más horrorosas violaciones a los derechos humanos.

Sin duda, se trata de una herida abierta en el alma de Chile. Tal vez nunca va a cerrar, pero sí puede dejarnos valiosas enseñanzas para el futuro de nuestra Nación. En este sentido, considero que ya asimilamos una lección no menor: la revalorización de los derechos humanos como un valor esencial de nuestra convivencia democrática.

No obstante, aún tenemos un desafío pendiente: la reconciliación nacional. Desde que se restauró la democracia, todos los gobiernos se han propuesto alcanzar ese objetivo. Sin embargo, no ha sido fácil.

Cada cierto tiempo se producen acontecimientos que han puesto de manifiesto que nuestro pasado nos persigue una y otra vez, removiendo heridas y sacando a flote los resentimientos acumulados durante tantos y tantos años.

Esas experiencias nos demuestran que no podemos desconocer que el reencuentro entre todos los chilenos exige aclarar los crímenes de lesa humanidad y que se castigue a los culpables de tales delitos. Es fundamental emprender esta tarea. De lo contrario, seguiremos divididos.

Pero además del imperativo de la verdad, debemos tener claro que la reconciliación se construye primordialmente día a día, con un espíritu de reciprocidad y de cooperación, en múltiples actitudes que van creando un vasto y amplio tejido de lazos fraternos, que nos permitan compartir sin temores ni recelos.

En este sentido, lamento que quienes cometieron las violaciones a los derechos humanos hayan sido incapaces de pedir perdón por el daño que causaron o siquiera de manifestar un asomo de arrepentimiento por los hechos en que participaron.

Asimismo, cuesta entender que actuales dirigentes y parlamentarios de los partidos políticos que respaldaron a la dictadura, muchos de los cuales trabajaron en ella, jamás –salvo uno- hayan tenido el coraje de reconocer que se equivocaron y que no les importó o que fueron indolentes ante el sufrimiento de miles de familias chilenas.

La reconciliación sigue siendo una tarea pendiente y, tal vez, sólo se logre cuando las generaciones posteriores a las nuestras miren los hechos de nuestro pasado reciente con la suficiente distancia como para no sentir ira y dolor, pero –ojalá- sin olvidar nunca sus trágicas consecuencias, pues la verdad y justicia son factores clave para lograr la unidad nacional y enfrentar el futuro.

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09 sep 2013

No me declaro neutral

¿Por qué los acontecimientos desencadenados a partir de septiembre de 1973 siguen tan presentes en Chile y tan vivo el dolor que provocan? Los que vivimos en el exilio en Europa no percibimos una situación semejante respecto de la segunda guerra mundial, por ejemplo, cuando llegamos allá unos treinta años después de su término.

Los sufrimientos humanos habían sido gigantescos, pero los responsables históricos estaban claros, se había hecho justicia y probablemente eso permitía que la sociedad pudiera mirar adelante en base al ideal democrático y de integración.

¿Será que, en cambio, el tema del golpe de 1973 funciona en nuestro país como lo que el sicoanálisis denomina un trauma no superado, que se transmite además a las nuevas generaciones? La hipótesis de que en Chile nuestro trauma, grave, pero de una magnitud no comparable con una guerra mundial, no ha sido adecuadamente procesado, en detrimento de la convivencia en el presente, es digna de ser explorada.

Primero, el reconocimiento de los hechos es equívoco y con ribetes perturbadores.Los autores militares del golpe y los autores civiles y sus herederos suelen minimizar y justificar lo que hicieron, con la notable excepción parcial del Ejército que en 2003 enunció una posición institucional que reafirmó la sujeción al orden democrático y el compromiso de no repetición de violaciones de derechos humanos.

Los civiles de derecha no mencionan el hecho histórico bastante bien documentado de que en los planes de personeros como Jorge Prat y Sergio Jarpa, al menos desde los años de la reforma agraria de Frei, como también en la mente de los jóvenes integristas agrupados por Jaime Guzmán, estaba establecer una dictadura de tipo franquista en Chile.

Lo propio ocurría con corrientes militaristas al interior de las FF.AA.No nos olvidemos que intentaron realizar un golpe en 1969 contra Frei y luego otro en 1970 para impedir que asumiera Allende.

Estos actores de la vida política vieron realizado en 1973 su proyecto y lo abrazaron con entusiasmo, pues terminar con la democracia era su propósito.

Su convicción, en medio de la guerra fría, era que la democracia era débil para confrontar “los avances del comunismo”, con el trasfondo de pérdida de hegemonía social de las oligarquías tradicionales desde los años 20. Jarpa y los del Partido Nacional no han hecho reconocimiento alguno al respecto.

La UDI tampoco, aunque sus miembros fueron un soporte principal de la dictadura y de su intento de prolongación a través del diseño de una “democracia protegida”. En 2003 hizo un planteamiento equívoco sobre derechos humanos, proponiendo una medida tan éticamente inaceptable como la indemnización económica a las víctimas a cambio de renunciar a la justicia, que era lo que en definitiva les interesaba.

Y han insistido en que algunos de sus líderes algo intentaron para proteger a conocidos suyos que eran violentados, generando al parecer la molestia del jefe de los torturadores, lo que contrasta con la defensa gremialista acérrima del régimen de fuerza y de sus aparatos de represión, según se puede comprobar con una simple revisión de la prensa de la época.

La negación de hechos dolorosos, siempre según el sicoanálisis, permanece en el inconsciente individual y a la larga vuelve a manifestarse y provocar sufrimiento. Eso es parte de lo que pasa socialmente en Chile hasta hoy, con una variante que aumenta el trauma: el exasperante intento de transferirla responsabilidad de los victimarios a las víctimas.

Leo el 2 de septiembre de 2013 (sí, cuarenta años después) al senador Espina de RN que declara: “nosotros debemos ser claros en decir que la izquierda fue culpable de lo que ocurrió el 11”. Esto es trastocar de manera perturbadora la realidad histórica: los responsables del golpe fueron los golpistas, no el gobierno que fue víctima del golpe ni sus partidarios. Sin ese punto de partida nunca será posible procesar civilizadamente nada en esta materia.

Reconozcamos los hechos antes de hacer interpretaciones.

a) Hubo un golpe de Estado cuyos autores fueron los golpistas que conspiraron y lograron conformar una junta militar e instigadores y cómplices que le prestaron apoyo (la derecha civil,la gran mayoría de la Democracia Cristiana, el gobierno de Nixon y la dictadura brasileña).

b) Este golpe tuvo como finalidad interrumpir violentamente el régimen de libertades propio de la tradicional democracia chilena, para algunos por tiempo indefinido, para otros temporalmente.

c) Hubo quienes lo apoyaron y hubo quienes lo rechazaron, empezando por el Presidente Allende -que prefirió soportar un bombardeo y finalmente suicidarse antes que rendirse a los golpistas- y por sus partidarios, así como por un Comandante en Jefe y un Director General respetuosos de la Constitución (el Almirante Montero y el General Sepúlveda Galindo), así como por muchos oficiales y soldados que no dudaron en ceñirse a la tradición constitucionalista de las FF.AA. en contra del golpismo militar.

Los que no lo hicieron no pueden escudarse en que no tenían otra opción, porque si la tenían, como lo demostraron con coraje parte de sus camaradas de armas.

Que el contexto histórico influyó en la conducta de los actores políticos de la época, que todos fueron parte de la polarización y todo lo demás, por supuesto que es relevante (aunque muchos nos podrían ahorrar ahora sus perdones personales balbuceantes y televisivos que no vienen francamente al caso).

La insistencia en el contexto es digna de discusión, incluyendo el análisis de los desórdenes políticos y económicos que el conflicto de la época agudizó al extremo, la fiereza y violencia de la oposición, el boicot norteamericano, las incoherencias de la UP,la expansión inmanejable de la demanda de consumo,la exasperación de las clases medias frente a la escasez, la ausencia de firme acotamiento de los cambios de propiedad,los desbordes de ocupación de pequeñas propiedades por la extrema izquierda, todos temas que el gobierno debiera haber enfrentado con una eficacia que no demostró.

Todo esto fue más tarde objeto de interminables debates y autocríticas en la izquierda y ha sido una lección razonablemente aprendida. Pero este debate no debe esconder que quienes quisieron e hicieron el golpe fueron unos y quienes se opusieron a el e intentaron evitarlo fueron otros.

Segundo, hay quienes combinan la negación o el intento poco ético de querer trastocar las responsabilidades con una variante: la idea de la legítima defensa. Lo más persistente sigue siendo atribuirle al Partido Socialista que preparaba desde 1967 una insurrección.

Es cierto que una resolución en un congreso de ese año señaló que “las formas pacíficas o legales de lucha (reivindicativas, ideológicas, electorales, etc.) no conducen por sí mismas al poder. El Partido Socialista las considera como instrumentos limitados de acción, incorporados al proceso político que nos lleva a la lucha armada”.

La idea simplista de que el Estado es burgués por esencia, que sus cuerpos armados siempre actúan a favor de los intereses de los privilegiados y de Estados Unidos, que inevitablemente reaccionan con violencia ante procesos de cambio que promovieran los intereses de la mayoría popular, estaba presente en el PS y en parte de la izquierda.

La conclusión era procurar acumular una fuerza equivalente o superior a la del Estado para derrotar la fuerza armada de las clases económicamente dominantes.La guerra de Vietnam y el avance de las dictaduras militares en América Latina (Brasil, Argentina, Bolivia, entre muchas) abonaban este análisis que creía que un golpe vendría a la brevedad en Chile.

Pero prevaleció otra respuesta, la de que en Chile tenía sentido que la izquierda recorriera el camino democrático, argumentando que las FF.AA. tenían un componente constitucionalista, que no necesariamente estaban al servicio de la clase burguesa o del imperialismo externo, y que se debía construir mayorías en contextos institucionales para hacer avanzar unos cambios que Eugenio González llamada “revolucionarios en sus fines y democráticos en sus métodos”, básicamente una reforma agraria, una nacionalización del cobre y crear una industria nacional para sustentar mejorías del nivel de vida de la mayoría popular.

Se trataba del proyecto del socialismo histórico chileno expresado en el programa de 1947, encarnado por González y Ampuero , que Allende sintetizó en 1971 en la idea de la “vía chilena al socialismo”.

De hecho, en el PS ya en 1967 no prevalecieron sus sectores ”trotskistas” o guevaristas, pues eligió para dirigirlo al experimentado parlamentario Aniceto Rodríguez, cuya tarea no fue organizar la lucha armada sino,con éxito,una política consistente en persistir en la vía legal para alcanzar democráticamente el gobierno, con una amplia alianza en pleno respeto de las normas constitucionales.

Desde 1971, el sector reformista fue desplazado, el PS pasó a promover el “avanzar sin transar” y mantuvo una estructura armada de poco alcance que proveía protección al presidente Allende (el GAP) y a algunos de sus dirigentes, bajo control del sector llamado ELN, ajeno a conductas ultraizquierdistas.

En un contexto de gran tensión política,esto no significaba promover la lucha armada sino mantener una capacidad de autodefensa, que resultó ser bastante mínima (el MIR por su parte solo tenía una pequeña “fuerza central” con muy pocas armas), aunque abundasen las declaraciones de beligerancia y las expresiones de verbalismo revolucionario en el propio partido del presidente, lo que provocaba su recurrente irritación y le llevó a promover el reemplazo de la dirección en un congreso a realizarse en 1974.Esta retórica contribuyó a generar una percepción de amenaza inexcusable.

Pero no nos equivoquemos en el análisis: los que preparaban el golpe no eran los socialistas ni la izquierda. La pretensión de que la responsabilidad de los actos propios es de terceros, es simplemente inaceptable desde el punto de vista de la ética pública.

Lo es también en el derecho penal: el que asesina voluntariamente a alguien es objeto de atribución de responsabilidad, por mucho que el contexto explique su acto, incluyendo una eventual insoportable provocación de la víctima. El asesino es el asesino y la víctima la víctima y la justicia debe actuar en consecuencia. Es la distinción entre justificar y explicar.

El golpe de 1973 tiene muchas explicaciones. Lo que no tiene es justificación, al menos desde las convicciones democráticas.Distingamos entre ser responsable del golpe y contribuir a la polarización y dar pretextos a los golpistas, de lo que el PS de la época sí es responsable y ha admitido a la postre formalmente. Una declaración de la Comisión Política en 2003 así lo hizo con claridad. Pero reiteremos, del golpe son responsables los que lo hicieron.

Estos construyeron en la época –y hay quienes todavía lo sostienen- el mito del golpe de Praga que el PS y Allende habrían estado preparando. Se aludía no a la invasión soviética a Checoeslovaquia de 1968, como recientemente mencionó Allamand (basta mirar un mapa para darse cuenta de lo absurdo de la idea, no obstante utilizada en la campaña del terror de 1964 cuando se difundía que con Allende llegarían los tanques rusos a Chile, lo que provocó el quiebre de la amistad entre Allende y Frei) sino a la toma del poder por los comunistas checos que dominaban el gobierno en 1948 frente a una elección que iban a perder.

En especial, Frei y Aylwin temían que el general Prats se prestara para algo que por lo demás el Presidente Allende, ni nadie en la izquierda, jamás le propuso ni éste hubiera aceptado. Prats sí estaba dispuesto a destituir masivamente a los oficiales golpistas, a lo que Allende se negó porque consideraba que podía llevar a una guerra civil, según testimonio de Jaime Gazmuri en sus memorias, con lo que Prats terminó por renunciar, junto a una reacción frente a la deslealtad de muchos de sus generales.

El presidente Allende no podía estar más lejos de la idea de precipitar una guerra civil o un golpe de Praga. Se aprestaba a llamar a un plebiscito el 11 de septiembre –lo que incluso llevó a Miguel Enríquez, advertido por Allende, a desmovilizar al MIR en los días previos- a propósito de la promulgación de una ley sobre áreas de propiedad (llamada Hamilton-Fuentealba) sobre la que había ejercido un veto.

Hecho a tiempo (hubo una demora en la respuesta del PC, que fue positiva, contrariamente a la del PS), el anuncio hubiera evitado probablemente el golpe. Este se adelantó por los conspiradores, a los que se sumó a última hora Pinochet,para evitar una salida política que se hubiera encaminado a partir del discurso de Allende previsto para el martes 11 en un acto en la Universidad Técnica del Estado.

Este adelantamiento no se produjo como lo señala una cierta leyenda por la irritación provocada por el senador Altamirano al reconocer que había sostenido una reunión con marinos antigolpistas. En caso de derrota en el plebiscito, lo que era probable, esto hubiera llevado al Presidente Allende a renunciar y a convocar a una nueva elección. Allende buscó hasta el final una salida política para evitar el golpe.

La lógica del golpe de Praga y el mito de los miles de guerrilleros extranjeros fue, por su parte,la justificación de la mayoría DC para justificar entonces el golpe: “el gobierno de Allende, movido sobre todo por el afán de conquistar de cualquier modo la totalidad del poder, había agotado en el peor fracaso la llamada vía chilena al socialismo y se preparaba para consumar un auto golpe de fuerza que habría sido terriblemente despiadado y sangriento, para instaurar una dictadura comunista”, según un documento del Consejo Nacional del 27 de septiembre de 1973.

Esto fue reconocido más tarde por el Presidente Aylwin en su libro de 1998 como un error de hecho: aunque las irresponsables amenazas públicas de algunos líderes izquierdistas, sus simpatías con el régimen cubano, la existencia de brigadas populares armadas y la cercanía de algunos jefes militares al gobierno de entonces daban pábulo a esa opinión, los hechos demostraron que ese temor carecía de todo fundamento”. De paso, mencionemos que los archivos soviéticos dejan en clara evidencia que la URSS no apoyaba que en Chile se constituyera un gobierno satélite y que no podía sostenerlo.

Nadie en la izquierda estaba preparando un golpe. Nadie. Algunos se prepararon para resistir un golpe, y me incluyo entre ellos, aunque era un adolescente militante del MIR de 16 años, pero esa es harina de otro costal.

Hasta donde conozco, esto ocurrió puntualmente sólo en La Moneda -donde resistieron 27 personas el bombardeo-, en un par de fábricas de los cordones Vicuña Mackenna y Cerrillos, en la población la Legua, en Renca, en Valparaíso y en Macul, donde me encontraba, con medios patéticamente desiguales.

A partir de ahí, los golpistas y sus cómplices transformaron a sus adversarios políticos (la izquierda política y social) en enemigos a eliminar por cualquier medio. Construyeron una idea de defensa propia – ellos o nosotros- frente a un supuesto diseño de exterminio, el completamente falso llamado “plan zeta”.

Generaron el pánico en sus filas y a partir de él procedieron metódicamente al exterminio de la izquierda, sin tasa ni medida, brutalmente, asesinando, torturando, violando mujeres, encarcelando, exiliando.

Esos son los hechos. Negarlos o justificarlos no podrá ser nunca la base de una pacificación de los espíritus que dé lugar poco a poco a una superación del trauma y a una convivencia civilizada.Cuando las víctimas son designadas como responsables de sus sufrimientos por sus victimarios y por sus cómplices pasivos o activos, los que además los invitan a “reconciliarse”, estamos simplemente frente a una forma de perversión.

No nos extrañemos entonces que las heridas no cierren.El camino por recorrer es aún largo para no quedar prisioneros de nuestro pasado. El dicho bíblico “solo la verdad nos hará libres” (Juan 8,32) es tal vez el que mejor resume, incluso para un ateo irremediablecomo el que escribe estas líneas, la tarea que a todos nos debe seguir convocando.

Declaro para claridad de las cosas que no soy neutral frente a estos hechos, como ningún chileno que haya vivido esa época. Mi familia formaba parte de los partidarios del Presidente Allende.

Por lo demás, mi padre fue su ministro de planificación durante los tres años de la Unidad Popular, y heredé su testimonio de los esfuerzos incansables del Presidente Allende por evitar el golpe.

Mi padre participó en la redacción del discurso previsto para el martes 11 y fue parte de la discusión de escenarios en caso de perder el gobierno el plebiscito, de lo que también testimonia Joan Garcés.

Sobre quien ejercía violencia en Chile en ese momento, puedo decir que la bomba puesta en nuestra casa familiar en la noche del 2 de septiembre, que destrozó una parte en la que me encontraba segundos antes, no fue puesta precisamente por la izquierda sino por los violentistas de derecha.

Al rato llegó el Presidente Allende a solidarizar con mi padre y nuestra familia, en una escena para mi impresionante e indeleble. Al día siguiente, en una asamblea de mi colegio en que se discutía llamar a paro indefinido contra el gobierno, mencioné el bombazo y muchos lo aplaudieron. Así actuaban los adolescentes de derecha en esa época, azuzados por sus líderes.

En todo caso, en mi colegio nunca lograron una mayoría para paralizar las clases, pequeño triunfo del que me siento hasta hoy orgulloso, aunque después del golpe no pude volver a clases, claro.

¿Quién podrá convencerme, y como yo a tantos, que la violencia asesina no era de ellos, los golpistas, sino de nosotros, la izquierda?

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09 sep 2013

El día que los periodistas pedimos perdón

Algunos periodistas cometieron horrores. Ellos trabajaban para medios de comunicación que eran los dueños de las grabadoras y las cámaras. Otros eran quienes decidían el acceso a la pantalla y las rotativas.

Dos fallos del tribunal de ética del Colegio de Periodistas probaron (a 33 años del golpe) el colaboracionismo de periodistas de diferentes medios con la DINA, informando crueles asesinatos como “enfrentamientos”.

El primer fallo fue “Montaje Rinconada de Maipú”. Periodistas de TVN y Canal 13 mostraron “en vivo” un “enfrentamiento” inventado por la DINA para justificar la muerte por torturas de 6 detenidos en Villa Grimaldi. Algunos de los miembros de equipos de prensa incluso aconsejaron a los agentes de seguridad como ubicar los cuerpos y casquillos.

El segundo,la prensa en la llamada “Operación Colombo”. Montada en 1975 buscaba encubrir la desaparición 119 personas. Se fabricaron incluso revistas apócrifas en Argentina y Brasil para servir de “fuentes de información” a los diarios chilenos. En este contexto La Segunda publicó el tristemente célebre titular de portada “Exterminados como ratones”.

Aquí fueron sancionados periodistas de El Mercurio y los directores de La Tercera y Las Últimas Noticias. Entre ellos estaba el presidente del Colegio de Periodistas de la época.En 2007 el director de La Segunda ya estaba fallecido y nunca fue observado éticamente por sus colegas en forma oficial.

En estos fallos, el tribunal de ética nos sugirió a los dirigentes del Colegio de Periodistas en 2007 pedir perdón a los familiares de las víctimas(*), que además del dolor y la pérdida, debieron sufrir durante años la afrenta de una prensa agresiva, mentirosa y humillante.

Más de un año pasó para que los fallos de primera instancia quedaran a firme, tiempo suficiente para producir un amplio debate sobre el perdón institucional.

Finalmente, ese 21 de junio de 2008, cumplimos con el mandato del Tribunal de Ética y en una ceremonia citada especialmente, pedimos perdón.

Dijimos que llegábamos a ese acto de perdón con un profundo dolor por el daño causado y también con dolor por quienes lo causaron. Al fin y al cabo eran o son nuestros colegas, eran o son parte de la Orden, eran quizás quienes más requerían de una claridad, un compromiso y una voluntad que como gremio -dijo el tribunal- no tuvimos. Los periodistas fallamos cuando más nos necesitaban.

Dijimos también que en el caso del periodismo, quien mira para el lado, quien abandona su rol de servicio, quien olvida su deber de solidaridad y verdad, abandona la esencia, la base y el fundamento de nuestra profesión. Y qué duda cabe que durante la dictadura algunos de los nuestros dejaron de servir al periodismo, a la verdad y a la humanidad.

En la “Comisión Verdad y Periodismo”, el Colegio de Periodistas estableció que entre 1976 y 1986 fue política editorial de la prensa chilena evitar el tratamiento periodístico del tema de los derechos humanos. Los mismos periodistas que declararon en estos sumarios señalan que era política editorial de sus medios no chequear la información oficial, reproducirla sin cuestionar.

Las excepciones obvias estuvieron en la prensa opositora al régimen militar, APSI, Análisis, Fortín, Cauce, La Época y las radios Cooperativa, Chilena, Santiago.

Es ridículo señalar hoy que la prensa opositora a la dictadura pudo existir porque otros fueron obsecuentes o simplemente partidarios del horror. La mala justificación se constituye como una ofensa a la inteligencia colectiva.

No se humilla quien reconoce error. Y a mi juicio se empequeñecen aquellos que después de tantos años continúan pidiendo cuentas a todos, siendo fiscales de todo, sin sacar la tierra de debajo de su propia alfombra. La reconciliación y el reencuentro pasan por gestos que no se pueden exigir, que deben nacer del alma y del corazón, y que seguimos esperando.

Los periodistas y los medios nos sentimos autorizados a pedir cuentas a todos, a exigir transparencia a todos, a inmiscuirnos en la vida de todos. Lamentablemente aún no se ven con la frecuencia que debiera nuestras propias cuentas públicas, la cuentas de los medios, los defensores del lector y del auditor. Aún no observamos una actitud socialmente responsable de rendición de cuentas en la prensa chilena.

Nada en Chile, creo, podía prevenirnos en los 70 del horror que cubrió el país y que tiñó también a la prensa. Sin embargo, los actos de perdón, tan de moda las últimas semanas, tienen la virtud de ir haciendo patente lo impresentable que es haber sido parte o partidario de un gobierno de facto, brutal e inhumano.

Nada puede reparar a las víctimas. Pero un consenso amplio sobre lo injustificable de apoyar el atropello a los derechos humanos, incluso siendo un “cómplice pasivo” como dice Sebastián Piñera, puede ser una buena prevención hacia el futuro.

El sentido de pedir perdón es un compromiso con el nunca más, para que las futuras generaciones puedan comprometerse más profundamente con la verdad y la paz.

(*) El texto del perdón del Colegio de Periodistas a las víctimas de montajes durante la dictadura forma parte de la colección del Museo de la Memoria gracias a la gestión de la periodista Marcia Scantlebury y que puede verse en http://conejeros.wordpress.com.

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09 sep 2013

Los cuarenta golpes

De acuerdo, lector, el que suscribe no había nacido para entonces, no fue víctima de las colas, el desabastecimiento, los campos e industrias en paro permanente, la inflación escandalosa, y, en general, un gobierno, indeciso entre la toma total del poder o el respeto por una constitución de ininterrumpida continuidad desde 1925.

No sabe de lo que nos libramos con el Golpe. No opine entonces, me decía un tío mío, partidario rural entusiasta de la dictadura, extendiendo una mirada fulminante que nos obligaba a callar ante la pregunta indiscreta, que motivaba a nuestra atenta tía a ofrecerme otro trozo de carne asada dominical.

Usted no estaba ahí, no sabe. Según esta recurrente falacia, tampoco usted, querido lector sexagenario, podría opinar ni de Auschwitz, Babi Jar o Hiroshima porque tampoco estaba ahí o apenas era un infante cuyo llanto competía por la atención de sus padres con la venerable radio a tubos donde se enteraban de los avances o retrocesos de la Wehrmacht en la Segunda Guerra.

No ser un mero testigo presencial, nunca me ha parecido invalidante para formarse una opinión, más bien quien realmente vivió en una época dada, prejuiciado por los vaivenes de la coyuntura del minuto y oscuramente detentor de intereses creados, tiende, en ese instante, a no ver más allá de sus narices.

Todos tenemos historias de aquellos años en los cuales pasado y futuro se enfrentaron a muerte.El sueño despeinado, atarantado e ineficaz de la Unidad Popular sucumbía al sabotaje deliberado de una derecha que había dejado de creer en la democracia y también a su propia indolencia.

Ante la retórica deslenguada, ante la pérdida total de respeto por el adversario en la cual decayó una democracia reconocidamente estable, se erigió la más brutal acción militar que el país haya tenido memoria. Nadie esperaba ni el bombardeo ni la represión, nadie las torturas y desapariciones.Nadie la auténtica revolución, como lucidamente ha advertido Tomás Moulian.

La verdad, todos tenemos grandes o pequeñas historias que recordar cuarenta o menos años después. Yo nací en 1974, mi infancia transcurrió bajo los diecisiete años de dictadura. En voz alta del tema no se hablaba. Allende, la UP, parecían un mito, un cuento de hadas para asustar a los niños y hacer llorar a los abuelos, nunca te explicaban sus lágrimas.

La censura en la TV era absoluta, a cambio de la mentira y el silencio veíamos muchas series de EEUU, dibujos animados de la guerra fría y animé japonés, cuyas canciones aún cantamos. Eso, aparte del pop anglo, era lo único bueno que teníamos.

Un día después de la lluvia salí a la calle a jugar, vi las murallas, cuya feble pintura cedía al implacable lavado de la jornada anterior, extraños símbolos aparecieron en ellas, nombres olvidados, viejas consignas.

“Brigada Ramona Parra”, “Allende Presidente, ”Volodia senador”, “La pelea es contra los ricos…”. Entonces llevé a mi familia ante esos letreros y pregunté quiénes eran, qué querían decir, quién las había escrito. La única respuesta eran más lágrimas y silencio.Algún vecino mascullaba entre dientes, “no te metai, cabro”.

Caminé más y más cuadras, descubrí más y más murallas, nombres y signos. Tenaz, seguí preguntando, empezaron a surgir respuestas. Aparecía, bajo marciales compases, la figura adusta del Dictador en la pantalla de Televisión Nacional, mi abuela murmuraba un insulto. Alguien me pasó un par de libros de historia, de uno y otro bando.

Leía furtivamente las revistas APSI, Análisis y Cauce que algunos parientes se atrevían a adquirir cuando no había que hacerlo. Finalmente mi madre cedió a mi curiosidad y comenzó a relatarme la historia reciente de mi país.

Tenía apenas diez años y ya sabía de la CNI, los cuarteles de muerte y violencia, de las expoliaciones a los trabajadores, de la riqueza sin límites de unos pocos y la pobreza del enorme resto de nosotros, supe de la complicidad y la mentira de los ganadores, supe del ejercicio selectivo del miedo, el amedrentamiento, las esporádicas y horribles ejecuciones.

Las aún más furtivas audiciones que hacía de madrugada de Radio Moscú bajo mi cama confirmaban el cuadro que empezaba a formar en mi cabeza infantil.

Por supuesto que otros familiares míos, no vacilaban en defender lo que llamaban la “obra” del régimen militar, con la conocida parábola de la tortilla no sólo para explicar, sino para celebrar, el exterminio de sus adversarios.

Exaltaban una modernidad y prosperidad sin límites, que hacía palidecer al Chile del pasado. AFPs, ISAPREs, caracoles y los nacientes shoppings hacían olvidar los auténticos traumas para ellos: el desabastecimiento o el mercado negro. El horror posterior de diecisiete años no era purga suficiente para tres años de desaciertos según mis rudos interlocutores.

Entonces fui a las fuentes reales, leí todavía más libros, fatigué documentales y revistas revisionistas de todos los lados, pasé tardes enteras en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, leyendo toda la prensa de ese trágico 1973 y supe que ya nadie podía contarme cuentos.

Supe que el fracaso de Allende y el éxito de Pinochet (incontestable, cotidiano, doloroso, con un alto coste social que poco te importa) no fueron casualidades, ni mucho menos eran evitables.

Como si hubiesen seguido el argumento de una tragedia griega, cada actor tuvo un rol detonó el desastre, el que tus padres y los míos, del lado que sea, ayudaron a gestar.

De la pequeña rencilla de barrio hasta el dirigente sindical que quería hacer trabajar a la empresa en toma, desde el secreto conciliábulo de generales traidores y rastreros hasta el Paro de Octubre, de la retórica irresponsable de un Altamirano a la sutilmente golpista de Jaime Guzmán. Mi historia es ésa, como logré entender y asumir, mi propia historia.

Mi abuela me contó la última vez que vio a Allende. Una fría tarde de 1973, ella, partidaria acérrima de la Unidad Popular, corrió con muchos a vitorear el tren presidencial. El presidente iba en el último vagón, agitando un pañuelo. Qué triste está, pensó, se esta despidiendo. Semanas después vino el Golpe que lo vería morir dentro la Moneda en llamas. Mi abuela acertó.

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09 sep 2013

Sobre el quiebre democrático y el horror de la dictadura

La memoria de los cuarenta años del golpe de Estado en Chile y de la dictadura militar que le sucedió se vino con todo. A través de los medios de comunicación social, hemos visto y oído un sinnúmero de declaraciones de diversos personeros políticos y actores sociales, documentales y programas de conversación, incluso entre los “opinólogos” de la farándula, intercambios de opiniones por las redes sociales y una gran cantidad de libros lanzados y re-lanzados, que tratan o retratan este tema desde los más variados aspectos, enfoques y géneros.

A diferencia de la conmemoración de los veinte años del golpe, durante el primer gobierno democrático de Patricio Aylwin, y de los treinta años del mismo, cuando el presidente Ricardo Lagos, en un emotivo acto, reabrió la puerta de Morandé 80, ubicada al costado norte del palacio de gobierno, por donde fue sacado sin vida el cuerpo del presidente Salvador Allende, esta conmemoración de los cuarenta años ha reivindicado una fuerza sin parangón en nuestra historia reciente.¿Por qué? ¿Qué particularidad tiene ella en comparación a la de los dos decenios anteriores?

La explicación más acertada, a mi modo de ver, la ha dado el jurista y analista político Carlos Peña (diario El Mercurio, domingo de 25 agosto, pág. D-19), quien señala que la presencia del pasado depende de la visión de futuro que tengamos ante nuestros ojos.De modo que si el futuro que vemos es opaco o estático, el pasado aparece “en sordina”, con la timidez propia de una época en la que se cree conveniente mantener todo inalterable, como sucedió durante los primeros años de democracia.

Pero cuando apreciamos el futuro como una posibilidad abierta para que las cosas puedan ser distintas, como actualmente acontece, según Peña, “el pasado retorna con bríos y todo lo que pasó y que parecía haber quedado a las espaldas, exige ser tomado en cuenta, explicado o justificado”. Y es entonces cuando tomamos conciencia de que la memoria va de la mano con la responsabilidad. El simple paso del tiempo no nos permite curar las heridas ni superar las frustraciones.

A este respecto, vuelvo a recordar “El secreto de sus ojos”, esa maravillosa película del realizador argentino Juan José Campanella, que nos muestra claramente que la presencia del dolor por aquello que todavía puede y debe ser resuelto –en términos de responsabilidad, no sólo jurídica y política, sino también de moral pública- no es propiamente un pasado, sino un presente que nos abre sus puertas.

Porque sólo en la medida que nos atrevemos a reconstituir lo que sucedió, analizar cómo pudo haberse evitado el horror y establecer quiénes fueron sus responsables, podemos esforzarnos por curar nuestras heridas y superar nuestras frustraciones, y así proyectar una vida digna, que nos permita seguir inventándonos, individual y colectivamente, a través de nuestras propias decisiones.

Es por ello que no puedo sino repudiar ese burdo intento, con el que todavía insisten ciertos personeros de la derecha chilena, de empatar los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura con el “contexto histórico” anterior o, derechamente, con los “excesos” cometidos por el gobierno de la Unidad Popular.

Porque tal como nos lo recuerda el periodista Javier Rebolledo –autor de dos escalofriantes libros testimoniales sobre la infamia de la tortura-, dicho empate sólo busca que tal “contexto histórico” sirva de excusa o justificación del horror. Lo que constituye una auténtica inmoralidad de parte de esos personeros del mundo conservador.

Sin embargo, tampoco me parece suficientemente certero, desde la perspectiva de la memoria y la responsabilidad, confundir la distinción con la separación entre los antecedentes del quiebre de la democracia en Chile, por un lado, y la espantosa experiencia de la dictadura militar, por otro. Porque siguiendo al profesor Agustín Squella, distinguir no es lo mismo que separar.

“Distinguir –como explica Squella- es una acción que tiene que ver con descubrir y hacer visible la diferencia que hay entre una cosa y otra, mientras que separar constituye una acción que de manera deliberada pone distancia entre dos cosas”.

En este sentido, estoy plenamente de acuerdo que los antecedentes del quiebre democrático y los horrores de la dictadura son dos episodios completamente distintos, y que por ser incomparables, empatarlos resulta moralmente ilegítimo. Pero ambos episodios tampoco son separables.

Si lo fueran, no tendríamos que lamentar el quiebre democrático del 11 de septiembre de 1973, y sólo tendríamos que lamentarnos por los horrores acontecidos desde esa fecha. Lo que no es posible ni deseable.

No es posible, porque un golpe militar necesariamente conduce a una dictadura militar, o al menos a un breve “período autoritario de excepción”, donde quienes detentan un poder ilimitado inevitablemente cometen atropellos. ¿No fue lo que ocurrió en Perú el año 1992 tras el autogolpe propiciado por el entonces presidente Alberto Fujimori, hoy felizmente condenado por crímenes de lesa humanidad?

Pero tal separación tampoco es deseable, porque las violaciones a los derechos humanos cometidas bajo el régimen de Pinochet fueron parte integrante de un mismo clima de hostilidad e intolerancia ideológica, que le sirvió de excusa o justificación a los partidarios de ese régimen para legitimar sus aparatos represivos y su proyecto político-económico de capitalismo sin anestesia, con democracia anestesiada, plasmado en la constitución que ellos dictaron en 1980, y que todavía sigue vigente.

De ahí que la “reconciliación” como objetivo final del esclarecimiento de la verdad y de la aplicación de la justicia por estas violaciones constituya el mayor de los absurdos.

¿Acaso alguna vez la sociedad chilena estuvo “conciliada” antes del golpe?Incluso más, ¿por qué las víctimas sobrevivientes de la represión y sus familiares (entre quienes me incluyo) tendríamos que “reconciliarnos” con los asesinos y torturadores, o con quienes hoy siguen excusando o justificando estos males universales?

Es por ello que, desde una perspectiva ético-política, la reconciliación tampoco resulta posible ni menos deseable. Lo que debemos recoger del catastrófico quiebre democrático y del horror de la dictadura es una lección moral, que se traduzca en una política pública concreta, cual es la promoción de una auténtica cultura de la tolerancia y del respeto por las ideas del otro desde la educación, en su más amplia dimensión y a través de todas las ramas de conocimiento humano.

Porque el problema nunca ha sido la división, menos todavía en una sociedad compleja y plural como la nuestra, en la que el conflicto es su elemento constitutivo.El problema es cómo reconducimos esa división a través de la empatía, del esfuerzo de ponernos en el lugar del otro, y así buscar puntos de apoyo comunes para una convivencia civilizada.

Después de todo, ¿no es la convivencia civilizada, acaso, la finalidad última de una democracia verdaderamente constitucional, respetuosa de todos los derechos humanos para todas las personas por igual, que tan urgentemente demandamos a través de una Nueva Constitución?

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09 sep 2013

Pueblos indígenas y campañas presidenciales

La coalición Nueva Mayoría ha constituido una comisión programática para abordar el tema de los Pueblos Indígenas del país.Estas comisiones normalmente realizan debates y analizan propuestas concretas, escuchan a la sociedad, construyen un marco teórico-práctico y entregan a sus candidatos/as un planteamiento con variadas ideas.

Hace unos días, en un importante evento convocado por las Mesas Hurtadianas 2013 (de las obras sociales de la Compañía de Jesús), se reunieron representantes de los nueve comandos presidenciales para recibir un Estudio y Propuestas que comprenden los temas de Pueblo Mapuche, Migrantes y Pobreza multidimensional. Estos intercambios son fundamentales.

En las campañas presidenciales los candidatos formulan propuestas resumiendo los objetivos que cumplirán en sus gobiernos luego de escuchar a muchas personas.

Hoy se dan nuevas condiciones históricas para las relaciones con los Pueblos Indígenas.El concepto inicial ya no es el de pobreza y ruralidad. Hoy emerge un enfoque de derechos, así señalado por la Declaración Universal de Derechos de los Pueblos Indígenas (ONU, Septiembre 2007) y suscrita por más de 140 gobiernos del mundo, incluido Chile. Además, está vigente el Convenio 169 de la OIT, cuyo eje está radicado en los derechos colectivos.

En los últimos años se han instalado también en el debate social conceptos como “autodeterminación territorial” y “sociedad pluricultural”, ideas que expresan mejor los conceptos de “inclusión” e interculturalidad. Esto representa un salto cualitativo en el proceso de auto afirmación indígena.

La relación entre propuestas y realidad es muy importante.En un período de cuatro años las posibilidades de cumplir todas las necesidades que los ciudadanos manifiestan serán limitadas. Por lo mismo hay que establecer prioridades.

Lo importante es la perspectiva histórica.Desde 1989, cuando se suscribió el Pacto de Nueva Imperial, al 2013 han transcurrido 24 años con aciertos y errores. Los hitos más relevantes son la CEPI, la Ley Indígena, la creación de Conadi, el proceso de recuperación de tierras en virtud de la Ley 19.253, el Informe de la Comisión de Verdad y Nuevo Trato, el Programa Reconocer, los diversos diálogos nacionales y la aprobación del Convenio 169. En el último período (2010-2013) no hay iniciativas relevantes.En cierto modo el Gobierno actual introdujo un paréntesis en la política pública indígena.

De ahí que la mirada de futuro habrá que ponerla en un nuevo decenio, teniendo en consideración aciertos y errores, y las bases o pilares de una nueva relación del Estado con los Pueblos Indígenas se tendrán que asentar en el próximo cuatrienio con una mirada y una voluntad política renovada.

Hoy, esto es posible, porque hay mayor conciencia ciudadana de la importancia de reconocer y valorar a los Pueblos Indígenas. La candidata presidencial Michelle Bachelet ha dado un paso importante, al anunciar en Nueva Imperial el 5 de septiembre pasado, con motivo del Día internacional de la Mujer Indígena, la reposición del proyecto que crea el ministerio de Asuntos Indígenas.

Canalizar estas nuevas realidades por caminos políticos y con un sentido de paz y de justicia reparativa es fundamental.

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08 sep 2013

Así viví el 11 de septiembre hace 40 años

Era estudiante de sociología de la Universidad de Concepción, Secretario General de la FEC, y el 11 de Septiembre mi día comenzó con una llamada del presidente regional de las JJCC, de las cuales yo era miembro de su Comité Central, a mi pensión en calle Bulnes, para avisarme que se había levantado la Armada en Valparaíso.

Habíamos recibido la noche anterior, desde Santiago, la información de que había extraños movimientos de tropa y muchos soldados acuartelados cosa que también ocurría en la Tercera División de Ejército de Concepción. Incluso el diario El Siglo titulaba con la inminencia del golpe de estado y llamaba a cada cual a estar en su puesto de trabajo para defender al gobierno popular.

Partí al campus universitario y al llegar me percato que se encontraba ocupado por los militares y que ya habían sacado con violencia a los estudiantes que pernoctaban en los hogares universitarios dentro del campus, que estaban tendidos boca abajo con las manos en la nuca, mientras se comenzaban a allanar las escuelas del barrio universitario.

Sin embargo en algunas Escuelas e Institutos las primeras horas de clase había comenzado normalmente. Los militares habían tomado periodismo, sociología y el edificio Virginio Gómez, destrozaban muebles y paredes en busca de armas.

Con los dirigentes de la FEC de las JS , de las JJCC y del MIR que habíamos podido llegar al Barrio universitario – otros ya estaban detenidos -realizamos micro mítines en las afueras de las Escuelas e Institutos, hablamos utilizando el sistema de parlantes que tenía la Federación de Estudiantes colocados en el barrio llamando a resistir lo que ya evidentemente era un golpe de estado, intentamos convocar a una Asamblea en el Foro a mediodía que tuvimos que terminar abruptamente ya que una patrulla militar comenzó a golpear indiscriminadamente a los estudiantes.

Mientras comenzaba a hablar, me sacan en andas 3 dirigentes del MIR que me dicen “vamos guevón, te van a matar, esto es un golpe de estado”.

Decidimos llamar a los estudiantes, mayoritariamente de izquierda, a abandonar el barrio ya cercado militarmente e irse a las poblaciones populares para organizar una eventual resistencia.

Esto ocurrió muy parcialmente porque los militares decretaron el estado de sitio y, muy temprano, el toque de queda, coparon las ciudades y controlaron los medios de comunicación.

Estudiantes que venían de diversos lugares de la ciudad nos informan que centros industriales y las principales poblaciones populares estaban ocupadas igual que la Universidad y que camiones militares transportaban, como carga humana, a decenas de detenidos tempranamente y llevados al Estadio regional de Concepción que se había abierto como campo de prisioneros esa misma mañana.Quien comandaba directamente los allanamientos y los arrestos masivos en la ciudad era el coronel, ligado a Patria y Libertad, Luciano Díaz Neira.

Me informa un dirigente del PC, con el cual me reúno en la U, que el Intendente Fernando Álvarez había sido detenido muy temprano en su casa y trasladado a la Isla Quiriquina. La misma suerte habían sufrido sus asesores y, por tanto, la Intendencia de Concepción estaba totalmente en manos de la Tercera División del Ejército.

Recibimos la información de que los mineros del carbón venían caminando desde Lota y Coronel con dinamita y que había sido amenazados de bombardeo por los Hawker Hunter apostados en Carriel Sur. No habían logrado llegar a Concepción y había comenzado una represión brutal en la zona del carbón y el arresto de los principales líderes de la zona minera.

A esa altura nos dábamos cuenta que el golpe, al menos en Concepción, era total y que el Ejército y la Marina controlaban las principales comunas. No sabíamos la dimensión del golpe de Estado en Santiago y esperábamos, que tal como había ocurrido con el tanquetazo, una parte de las FFAA se mantuviera leal al Presidente Allende. En ello creímos incluso después de conocer que La Moneda había sido bombardeada.

Todo cambió cuando nos enteramos de la muerte del Presidente Allende y, después, con el primer bando militar que eliminaba todo tipo de libertades y derechos constitucionales.

La indicación ya en las primeras de la tarde era replegarse, no entregarse, dado que un bando militar llamaba a hacerlo a algunos dirigentes políticos y sociales. Yo me refugié, junto al “rucio” un compañero estudiante de ingeniería que estaba a cargo de mi seguridad y que con un heroísmo a toda prueba me había seguido durante todo el día, en la casa de un profesor inglés del Instituto de Economía que me cobijó convencido que por su calidad de extranjero su casona en la calle Víctor Lama era segura.

Estábamos equivocados. Todo el barrio, considerado rico en aquel tiempo, fue cercado,rastrillado, y yo y mi acompañante fuimos detenidos ya anocheciendo por carabineros, subidos violentamente a un micro policial donde habían decenas de estudiantes caídos en la redada y violentamente golpeados en la propia micro.

Yo recibí un culatazo en la cara, que prácticamente me cerró un ojo, otros en la espalda que me dejaron sangrando y nos llevaron a la base naval de Talcahuano. Seguramente alguien me vio en ese estado porque semanas después el diario Crónica de Concepción publicó que yo estaba detenido en la Isla Quiriquina y que había perdido un ojo. Durante mi detención estuvo presente el mayor de Carabineros Fernando Pinares quien personalmente me golpeó.

Al llegar y ver el estado en que nos entregaban, por iniciativa de un oficial de sanidad, varios fuimos conducidos a la enfermería. A mí me colocaron yodo en las heridas y una inyección para disminuir la inflamación de la cara y los dolores. Sin embargo, insólitamente, porque me habían curado las heridas, pocos minutos después, un oficial de inteligencia me reconoce en la galería, me saca del gimnasio de la base y me practica el primer interrogatorio con aplicación de golpes y electricidad.

Me preguntan por armas y armas no teníamos y después de un rato que me pareció eterno me dejan en el mismo catre donde me habían aplicado electricidad durmiendo hasta el día siguiente en que me trasladan, junto a un gran número de detenidos del mismo 11, a la Isla Quiriquina.

El Gimnasio de la Escuela de Grumetes de la Armada estaba convertido ya en un verdadero campo de concentración. Rodeado de alambres de púa, metralletas apostadas en torres de vigilancia y centenares de presos traídos de toda la región que apenas cabíamos en el recinto y que dormíamos uno al lado del otro tirados en el suelo.

En la noche alumbraba un foco que pasaba sobre nuestras cabezas y nadie podía levantarse. En el día era más relajado y nos sacaban por turno a caminar dentro de la piscina vacía y allí permanecíamos una parte de la jornada.

Habían interrogatorios en celdas especiales, entraba y salía gente de la Isla, ya que las detenciones había sido indiscriminadas, y poco a poco fueron filtrando a la gente más conocida y que ellos suponían tenían mayor poder político. Nos encontramos con dirigentes estudiantiles de la FEC, entre ellos Darío Villarroel y Francisco Feres. Habían hombres y mujeres, dirigentes sindicales, alcaldes, regidores, dirigentes estudiantiles, profesionales, médicos, abogados, académicos de la Universidad y varias decenas de policías de investigaciones que los militares suponían eran fieles al gobierno constitucional.

Recuerdo a Alejandro Witker, a Octavio Ehijo, que había sido Capitán de Navío de la Armada, al Dr. Gunter Selman. Ellos tres escribieron valiosos libros sobre la experiencia en la Isla. Al Gimnasio llegó también el Intendente de Concepción Fernando Álvarez.

Con nosotros estaban en el gimnasio el obrero Isidoro Carrillo, Gerente General de ENACAR, Danilo González, alcalde Lota, y los dirigentes sindicales del carbón Bernabé Cabrera y Vladimir Araneda. Había un gran respeto y cariños por ellos.

Un día fueron sacados de la Isla y llevados a un Consejo de Guerra acusados de constituir grupos armados, usar y esconder dinamita. El Consejo de guerra no tenía competencia por hechos anteriores al 11 de Septiembre, pero la ley no valía nada. El Auditor Coronel Fernando Urrejola, pidió inicialmente para ellos una pena de 15 años de cárcel. Pero la decisión era otra. Se trababa de amedrentar a la zona del carbón y de crear un clima de miedo en la región.

Por orden directa de Pinochet, el general Washington Carrasco, decidió la pena de muerte y frente al estupor de toda la región, incluso de gente y medios partidarios del régimen, fueron fusilados después de ser torturados salvajemente para que firmaran una absurda confesión.

Al día siguiente el diario El Sur que llegó a la Isla traía una página con la noticia. Parado en una silla en el gimnasio, Fernando Álvarez, con su voz de locutor, leyó toda la crónica.Todos llorábamos, incluso algunos conscriptos y oficiales estaban emocionados.Nadie esperaba un crimen de esta naturaleza. Comprendimos que todos, cualquiera podía morir.

Poco tiempo después llegó la orden de trasladar de la Isla a Concepción al Intendente Fernando Álvarez, al Dr. Jorge Peña y al dirigente socialista Eliecer Carrasco. Álvarez se veía jovial y tranquilo, pero al abrazarnos me dijo al oído “tengo un mal presentimiento”.

Los llevaron al Cuartel de Carabineros de Salas 329 de Concepción. Los interrogaron con brutales torturas. Fernando no resistió, le provocaron un hemotórax, una ruptura de vasos sanguíneos que inundó su pulmón.Peña y Carrasco quedaron casi inválidos de las torturas por largo tiempo.

Fue Alonso Moena, su jefe de gabinete, detenido también en la Isla, el que recibió la noticia y me llevó para un lado, en la piscina donde caminábamos, y me dijo llorando “mataron a Fernando”.

Fernando era una persona muy querida y esto provocó tal indignación en la región que el Alto Mando de la Segunda Zona de la Armada se vio obligado a emitir un comunicado desligando toda responsabilidad en el crimen, diciendo que el Intendente había salido de la Isla en perfectas condiciones y desmintiendo que en ella hubiera sufrido apremios.

Después de estos y otros asesinatos Pinochet debió sacar de la Intendencia a Washington Carrasco, marcado por la dureza extrema de la represión de los primeros meses, y traer al general Toro Dávila. La dictadura tuvo que de esta forma hacerse cargo del malestar en la región donde ya comenzaban a aparecer rayados y panfletos pidiendo la libertad de los presos políticos.

En la Isla, después de rememorar a nuestros muertos, la vida seguía y también los apremios e interrogatorios. En las noches comenzaron a sacar detenidos para interrogarlos violentamente.Dormíamos con temor y rogábamos que amaneciera pronto.

Una noche me tocó el turno, me llamaron y al llegar al portón del gimnasio me colocaron una capucha de goma en la cabeza y me condujeron a lo que supongo era el polígono de la isla.

Me desnudaron, aplicaron electricidad en los genitales, me colocaron en el submarino hasta casi reventar los pulmones, me mordió un perro que tenían para amenazar en los interrogatorios y me produjeron, con un cuchillo que usan los infantes de marina, una herida en la zona izquierda del pecho donde posteriormente me colocaron diez puntos en la enfermería de la Isla. Conservo aún, casi 40 años después, la cicatriz y otros efectos físicos de las torturas que en todos se mantiene ya como parte de uno mismo.

Me condujeron a una celda especial cercana al gimnasio en la cual nos recluyeron a mi amigo Darío Villarroel, y a los ex intendentes de Chillán Juan de Dios Fuentes, Santiago Bell y Jaime Quezada. Ellos habían sido torturados en largos interrogatorios y todos estábamos afectados por el temor y la angustia, pero también por las vejaciones. Fuimos interrogados varias veces y permanecimos incomunicados por un período.

Muchos prisioneros del gimnasio fueron torturados, algunos llevados al Fuerte Rondizzoni donde se aplicaban las torturas más demenciales. Otros eran trasladados y se les aplicaba la ley de fuga o se montaban supuestos enfrentamientos y desaparecían.

Las mujeres detenidas fueron seguramente las más afectadas. Las desnudaban, les aplicaban electricidad, eran permanentemente vejadas en los interrogatorios y me consta por sus propios relatos que varias fueron violadas por los infantes de marina. Eran el alma del campo de concentración, un ejemplo.

Resistieron con heroísmo y dignidad y apoyaban a los presos hombres dándonos ánimo y fuerza.Allí estaba Mireya García, socialista, Vice Presidenta de la Agrupación de Familiares de Desaparecidos, que fue detenida a los 17 años, siendo aún estudiante del Liceo de Talcahuano y que vivió los apremios y el terror que ella relata en su emotivo testimonio ante la Comisión Valech.

Responsable de lo que ocurría en la Isla y del infierno del Fuerte Rondizzoni estaba el amirante Jorge Paredes, secundado por el capitán de Fragata Eduardo Young y los famosos capitanes Kohler y Silva que gozaban golpeando a los presos que simplemente pasaban cerca de ellos.

Algunos meses más tarde y después de habernos obligado a trabajar duras jornadas en la construcción de una cárcel dentro de la Isla, comenzamos a ser trasladados de la Isla.

Unos enviados al norte, otros fuimos como prisioneros al Estadio Regional de Concepción, cuya custodia estaba en manos del Ejército, y donde para muchos comenzaron de cero los interrogatorios.

Allí conocí a dos seres humanos muy distintos: el mayor Sánchez, que con arrogancia, brutalidad y humillando a los detenidos manejaba este campo y al sacerdote Camilo Vial Risopatrón, que después sería Obispo y Presidente de la Conferencia Episcopal, que nos alentaba humana y espiritualmente y convivía con los presos sus dolores.

Desde el Estadio regional se sacaba a los detenidos para torturarlos a las comisarías de Carabineros y a Investigaciones y muchas veces no los volvíamos a ver. Algunos de los presos fueron trasladados desde el estadio a Chacabuco en el norte del país, entre ellos otro de los ex Intendentes de Concepción Luis Contreras, padre del químico farmacéutico y regidor de concepción Carlos Contreras Maluje a quien la dictadura detiene y hace desaparecer en Santiago el año 75.

Después, con Darío Villarroel, los abogados Julio Sau, Samuel Fuentes,Marco Antonio Enríquez, hijo del Rector Edgardo Enríquez y hermano de Miguel y Edgardo, asesinados por la dictadura , y muchos otros compañeros ,fuimos trasladados a la cárcel de Concepción donde los torturadores llegaban a interrogar de día, en la guardia de la cárcel habilitada para tal efecto, y en la noche se retiraban y podíamos respirar con más tranquilidad ahora controlados por el personal de gendarmería con experiencia en trato y con mucha más humanidad que nuestros anteriores captores, aunque en condiciones de infraestructura muy precarias ya que la vieja cárcel de Concepción, ya con hacinamiento en aquel tiempo, había sido dividida para acoger a los presos políticos. Allí estuvimos un largo tiempo.

Después para muchos, para mí también, vino un largo exilio impedidos de retornar a Chile.

Algunos no volvieron nunca choqueados de lo vivido, muchos nos reintegramos al país después de 15 años de exilio y otros , como mis amigos Santiago Bell, el senador Valenti Rossi y tantos otros murieron en los países que los albergaron. Como ha dicho el ex Presidente Ricardo Lagos nos quitaron 17 años de nuestras vidas y a miles la vida misma.

Así vivimos muchos de nosotros, que como Evelyn Matthei teníamos 20 años, los días del golpe de Estado militar y el inicio de la dictadura.

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08 sep 2013

Allende siempre

El triunfo de Salvador Allende fue el hecho político, nacional e internacional más importante en la década de los ’70 y se proyectó en el mundo con un impacto capaz de remover la situación a escala planetaria, mucho más allá de los límites de nuestro pequeño país.

Partidos poderosos, en Francia, en Italia, pensaron también en la posibilidad de iniciar un camino socialista en democracia, pluralismo y libertad.

Y, por ello, la revolución que propuso a Chile Salvador Allende tuvo que hacerse cargo, de inmediato, de una conspiración orquestada desde Washington, que tenía como propósito, de acuerdo con una investigación del propio Senado de Estados Unidos, “hacer crujir” la economía chilena para precipitar el fracaso de nuestra experiencia revolucionaria.

El llamado “Comité 40”, encabezado por Richard Nixon, ordenó de inmediato la acción de la CIA para bloquear y colapsar el proceso de cambios que tenía lugar en nuestro país.

Pocas semanas después, un comando de jóvenes ultraderechistas, en la calle Martín de Zamora en Santiago, asesinaba al Comandante en Jefe del Ejército, René Schneider, con el propósito de generar una respuesta uniformada que bloqueara la designación del hasta ese momento, candidato de la primera mayoría Salvador Allende, por el Congreso Pleno como el Presidente Electo, que debía asumir el 3 de noviembre de ese mismo año.

Schneider, un hombre de uniforme, un soldado profesional, un general que entregó su vida por su compromiso inquebrantable de respetar la Constitución y la ley. Lo mataron, precisamente, porque él puso los cimientos de la llamada “Doctrina Schneider”, aquella que proclamó que el Ejército de Chile tenía como su doctrina esencial el respeto de la Constitución y de la ley.

Y su sucesor, el general Carlos Prats González, poco más de tres años después también fue asesinado en Buenos Aires por la misma razón.

Pero no sólo ellos fueron asesinados en la etapa previa al Golpe de Estado. Lo fue también un hombre de la Armada de Chile, el capitán de navío Arturo Araya Peters, Edecán Naval del Presidente Allende, asesinado en Santiago pocas semanas antes del golpe, con el propósito también de provocar una reacción de los uniformados.

Y en Concepción, en las cercanías de la antena de transmisión de Canal 13, moría por los efectos de una bomba colocada por Michael Townley, un humilde trabajador que cuidaba el predio en que estaba enclavada esa torre de alta tensión.

Luego, a partir de la madrugada del 11 de septiembre de 1973, miles de chilenos y chilenas fueron víctimas de la brutalidad del golpe de Estado, hecho para derribar la revolución de Salvador Allende.

El Presidente Allende había señalado en Curanilahue, ante un bosque de banderas rojas de los militantes mineros del PS y del PC, que la revolución chilena, para ser posible, no podía ser ni como la revolución en Rusia, ni en Cuba, ni en China, sino que para que fuera posible esa revolución chilena “con sabor a empanadas y vino tinto”, tenía que responder profundamente a las realidades y circunstancias de nuestro país.

Lamentablemente, esta reiterada advertencia del Presidente Allende no fue comprendida en toda su profundidad.

No se trataba sólo de los aspectos formales o de la estética, o de las raíces folclóricas o culturales de nuestro pueblo, se trataba de una camino distinto, de hacer posible que en democracia se viviera en realidad los ideales del socialismo, construir la justicia social en democracia, sin alterar la libertad de expresión, con respeto a las fuerzas políticas, con pleno funcionamiento del Congreso Nacional, con alternancia en el poder, con realización periódicas de elecciones, con plenas garantías para quienes participaran en ellas, con un área social de la economía y no exclusivamente con una economía estatal, con pluralismo en el ámbito de las ideas, con el respeto a las opciones diferentes.

Allende murió porque fue consecuente hasta el final con un camino chileno para la revolución chilena. Su proyecto no era establecer una dictadura de izquierda haciendo uso de las armas. Por eso, incluso, confió en el general Prats, cuando este cometió el error de proponer a Augusto Pinochet como su sucesor en la Comandancia en Jefe del Ejército.

El Presidente Allende partía de la base que no se trataba de quebrar la institución militar, sino que asegurar un camino institucional en el cual mantuvieran plenamente su vigencia las libertades públicas y los derechos ciudadanos.

Por eso que informó al propio Pinochet, el sábado previo al golpe, como lo relata en detalle un libro hace poco reeditado, “El día que murió Allende”, del periodista Ignacio González, que Allende comunicó al traidor y futuro dictador, que iba a convocar a un plebiscito a través del cual la voluntad popular se pronunciara respecto del camino que iba a seguir el país en medio de la crisis política que se había generado en nuestra nación.

Allende fue un visionario que se adelantó a su época. Sus ideas hoy son de fácil comprensión. Sería muy difícil hoy que alguien pudiese contradecir la esencia de su mensaje, en el sentido que no puede existir el socialismo sin la democracia.

La historia, en ese sentido, dio su palabra. La Unión Soviética, una revolución realizada en 1917, que soportó ni más ni menos que los horrores del estalinismo, de un pueblo que derrotó la invasión de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, al costo de 20 millones de vidas humanas, una nación que había construido el socialismo soportando las mayores penurias, por la ausencia de democracia, el Estado se derrumbó de una manera que muy pocos podía prever, porque no contaba con los cimientos sociales, con la conciencia ciudadana, con los valores cívicos, que alimentaran la resistencia de una sociedad ante la embestida de quienes siempre han pensado que la sociedad la tiene que mandar un puñado de hombres poderosos dueños de la riqueza y del poder.

También en otras naciones pasó algo parecido.

Es decir, la fuerza de la idea socialista radica en su esencia profundamente democrática.

Así nos había enseñado a los socialistas chilenos uno de nuestros fundadores, Eugenio González, al que tal vez no leímos con suficiente atención y al que tal vez una generación olvidó, seguramente atraída por la gesta heroica de Ernesto Guevara en Bolivia que, con un puñado de hombres incondicionales, fue capaz de entregar su vida tratando de abrir un nuevo camino de liberación para los pueblos de América Latina, sometidos tantos siglos a la humillación y la explotación.

Seguramente, hubo un momento de la historia que nos hizo pensar que la revolución era más fácil de hacer de lo que, efectivamente esta significaba y de los desafíos que ella conllevaba para poder echar raíces y establecerse firmemente en los suelos de nuestra nación.

En lo personal, tengo ya casi 40 años desde que corría por una calle de Santiago arrancando de un helicóptero de la FACH y he pensado, una y otra vez, en cómo no fuimos capaces de comprender el sentido profundo de la revolución de Allende, que era nuestra revolución, no la de terceros países, no la de otras realidades, por heroicas que estas fuesen, sino que se correspondía profundamente con lo que nosotros somos, con la singularidad y fisonomía de nuestra nación.

Por eso es que considero que estamos en deuda con Allende, que quedamos al debe con su proyecto y con su filosofía política y con su mirada visionaria, que le hizo siempre pensar que en democracia era donde se tenía que sembrar la semilla de una nueva sociedad, porque él con orgullo siempre mostraba la dedicatoria que le hizo el “Che” Guevara en el libro “La guerra de guerrillas en Cuba”, que decía: “A Salvador Allende, que busca por otros medios los mismos fines”.

De manera que hoy, pienso que tenemos que fundar nuestra ética y nuestra mirada de futuro sólidamente en la herencia que Allende ha dejado a los socialistas chilenos.

No hay otra fuerza política que pueda tener en Chile un legado tan profundo y valioso como el de aquel hombre que, pocos minutos antes de morir, llamó al pueblo de Chile a no dejarse masacrar ni humillar, el hombre que supo en las circunstancias más difíciles distinguir que al horror del fascismo debíamos saber replicar con una estrategia política que no pretendiera enfrentarlo en su mismo terreno, sino que tenía que ser capaz de rehacer la unidad de los demócratas chilenos, refundar el compromiso que se había roto de poder tener una nación de hermanos, de reinstalar una perspectiva de fraternidad y de colaboración entre todos aquellos que tenemos como proyecto político el poner al ser humano en el centro de la preocupación del Estado y que, en consecuencia, aun cuando Allende sabía que en pocos minutos más iba a morir, supo convocarnos, a Chile, a un nuevo proyecto político que se hiciera cargo de reinstalar la democracia y mantener siempre la perspectiva de la justicia social, como el valor irrenunciable de nuestro proyecto político.

Hoy, cuando aspiramos a que Michelle Bachelet esté nuevamente instalada en La Moneda, debemos pensar en Allende, en la revolución de Allende, en aquella que él diseñó “con sabor a empanadas y vino tinto”, en una inspiración auténticamente chilena, para enfrentar la desigualdad, para enfrentar los abusos, para terminar con los atropellos y la discriminación y para que en Chile vaya surgiendo una nueva relación social entre hombres y mujeres, entre ciudadanas y ciudadanos, una nueva perspectiva de sociedad, en que el hombre deje de ser el lobo del hombre y se transforme en su hermano.

Con auténtico fervor allendista, con el sentido humano y transformador que él supo inspirar permanentemente en su vida política, podemos enfrentar las batallas futuras.

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08 sep 2013

Premios y reconocimientos en las Artes

El mes de septiembre suele ser el momento en que recordamos y festejamos lo nuestro, en diferentes ámbitos y de diversas maneras.

La Sociedad Chilena del Derecho de Autor (SCD) entrega este mes el premio a la “Figura Fundamental de la Música Chilena”, con el que se reconoce el trabajo de músicos en diferentes géneros, que han contribuido con su labor al desarrollo de nuestro patrimonio musical.

Desde Luis Advis a Lucho Gatica, pasando por Fernando Rosas, Palmenia Pizarro, Margot Loyola, Los Jaivas, Vicente Bianchi, Antonio Prieto, Isabel y Ángel Parra, Los Huasos Quincheros, Tito Fernández entre muchos otros han sido reconocidos con este título que a la fecha suma 26 distinciones, entre creadores, intérpretes solistas y grupos homenajeados.

Por otra parte, y como lo determina la Ley de Fomento de la Música Nacional, anualmente se entrega el Premio Presidente de la República por parte del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes a músicos del género folclórico, popular y clásico, que se han destacado durante cada año.

Sin embargo, en el país, el máximo reconocimiento que puede recibir un artista y, en este caso un músico, es el Premio Nacional de Artes, instaurado como concepto general en 1942, pero que en 1992 -gracias a una modificación a la Ley 19.169- se separó por disciplinas, entregándose el Premio a las Artes Musicales cada dos años, justo antes de iniciar el mes de septiembre.

A pesar que en sus bases no está estipulado -como requisito o condición- el premio ha tenido históricamente una tendencia hacia la música desarrollada por las instituciones académicas, obviando casi por completo a una inmensa mayoría de músicos populares, que con su trabajo han hecho un aporte sustancial al desarrollo de nuestra música.

En la lista de los últimos 11 premiados, solo Margot Loyola emerge como la representante del mundo popular: los otros diez nombres –entre ellos Carlos Botto, Cirilo Vila, Fernando García y Miguel Letelier- representan al mundo académico en tanto creadores mientras que, Elvira Savi, Carmen Luisa Letelier, Juan Pablo Izquierdo, entre otros, como intérpretes.

Más allá de los constantes cuestionamientos que ha recibido la estructura de este premio, que se basa en la opinión de un jurado compuesto por sólo cinco personas -constituido obligatoriamente por el Rector de la Universidad de Chile, el Ministro de Educación, un representante del Consejo de Rectores, un representante de la Academia de Bellas Artes y el último galardonado- todos representantes de la institucionalidad académica, vale preguntarse el motivo por el cual este premio parece no estar considerando a todas las músicas, incluyendo a la popular como categoría musical válida y digna de ser reconocida y premiada a nivel nacional.

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08 sep 2013

La DC y el gobierno de Allende

A 40 años del golpe militar, algunos cómplices de la dictadura eluden asumir sus responsabilidades propias en los horrores de ese tiempo, justificándose en los errores de la UP y mintiendo sobre el papel jugado por la DC.

Asimismo, sectores de la ex UP, son reacios a reconocer la importante cuota de responsabilidad que tienen en ese desplome y se banaliza el serio proceso de autocrítica que algunos líderes de ese sector han hecho o hacen en estos días.

Como no es un fenómeno nuevo, escribí hace diez años un libro con el título de este artículo sobre el tema y pedí a Mireya Baltra, Jorge Arrate, Patricio Hales y Luis Riveros su participación , para que pudieran conocerse opiniones más amplias sobre una materia que aún tiene tanta sensibilidad para muchos.

El texto, que circuló muy poco, se puede leer en la página del libro digital de la biblioteca de la Universidad de Chile y será relanzado el próximo mes, con la valiosa colaboración de mi amigo Jaime Hales.

I.- No soy un observador neutral

Reconozco, desde la partida, que fui decidido opositor de la UP, presidí la JDC, la organización política juvenil más poderosa de la época. Con las manos limpias y a cara descubierta, trabajamos para profundizar los cambios sociales por las vías democráticas.

La UP perdió en todas las federaciones de enseñanza media, integradas por jóvenes entre 12 y 18 años, que escogían a la JDC como el mejor instrumento para colaborar en la construcción de un Chile más justo.

Fuimos la primera fuerza de nuevo en las Universidades, en los campesinos, en los Colegios Profesionales y, por primera vez, en la CUT. El corazón y la mente de la mayoría de los jóvenes chilenos se comprometieron con nuestros argumentos sólidos, con las propuestas apropiadas, con los ejemplos de vida que dimos y porque jamás cedimos ante las llamadas de la derecha.

Por el contrario, pusimos siempre de manifiesto su falta de fe democrática y su cultura egoísta y explotadora.

II.- El marco global

Chile fue otro escenario de la Guerra Fría. El gobierno de Nixon se indignó con el gobierno DC, que condenaba las intervenciones de USA en Vietnam, República Dominicana, se atrevía a cambiar el voto en Naciones Unidas, para permitir el ingreso de China comunista a esta entidad y promovía la integración latinoamericana.Por cierto, el gobierno y la DC condenaban de igual modo las acciones de la URSS en la entonces Checoeslovaquia u otros lugares.

Entre tanto, la URSS ganaba influencia en el gobierno peruano que lideró el general Velasco, proporcionando los equipos bélicos que alimentaron el afán revanchista de algunos sectores de ese país.

En 1975, el riesgo de una invasión peruana se percibía como inminente, hasta que el propio ejército peruano abandonó esa peligrosa estrategia.

Influencia de la Revolución cubana

Las guerrillas surgieron en varios países de América Latina imitando el modelo. Los grupos armados rurales y urbanos potenciaron su accionar. En 1969 el Partido Socialista asume la lucha armada como la única forma válida de llegar al poder. El PC mantiene su concepción que hay un camino para construir el socialismo: la Dictadura del Proletariado.

Darcy Riveiros, intelectual brasileño, asesor muy cercano a Allende, escribió: “para los desvariados, no existía ninguna vía chilena. En la ceguera de sus ojos sólo querían convertir a Chile en Cuba, concebida como único modelo posible de acción revolucionaria”. Y agrega: “lo más doloroso de mi experiencia chilena fue ver la soledad de Allende”.

III.- El cambio ideológico de la derecha

Por varias décadas en el siglo XX, la derecha mostró una sensibilidad social y un compromiso democrático. Pero a partir de los cambios impulsados por la DC, esa fase terminó y asumió el golpismo y la violencia criminal.

Miembros destacados de esa clase social o mercenarios, ponían bombas, conspiraban con militares, asesinaron a Hernán Mery, militante DC, al General Schneider y al Edecán Naval de Salvador Allende.

Hasta nuestros días, una buena parte de la derecha defiende la dictadura, asume una ideología totalitaria, abierta a todos los métodos de lucha. Incluso el Presidente Piñera ha fracasado en su afán de crear una nueva derecha democrática, lo que no significa desconocer que él es factor importante para defender la democracia por principios y no sólo porque aspira a ser candidato el 2018.

IV.-Las fuerzas armadas

El intento de golpe contra Frei de 1969, escondido en un afán reivindicatorio “gremial” demostró que la adhesión a la democracia se debilitaba. El clima de enfrentamiento, la violencia y el fracaso económico del gobierno, fortalecieron el adoctrinamiento de USA y los gorilas del continente en la denominada doctrina de la Seguridad Nacional, que consideraba a los marxistas un enemigo principal. Las acciones guerrilleras de la izquierda, sus amenazantes discursos, los intentos de infiltración y el tráfico de armas, daban sustento a esas enseñanzas.

A pesar de los cuidados especiales de Allende con uniformados, fue traicionado por personajes en los que confió, como Pinochet, por ejemplo. Una de sus hijas contaba que el 11 en la Moneda, el Presidente se preguntaba “qué será del pobre Augusto”.

Transcurridos más de 20 años, es evidente que el pensamiento político de derecha sigue perturbando la relación civil y uniformada. Sus altos mandos se involucran en candidaturas derechistas o en altos cargos en el actual gobierno, y siguen sin romper con una época oscura, que pretenden se olvide sin sanciones.

La exigencia moral de verdad y justicia les resulta una provocación y no ven que ese es el camino para restablecer el indispensable respeto y cariño que estas entidades requieren para cumplir adecuadamente su relevante misión de defender la integridad de la Patria.

V.- Las propuestas del PDC

1.-La unidad política y social del pueblo

Considerando el intento de golpe de estado de 1969, la situación internacional con los vecinos y la necesidad de profundizar los cambios sociales, llevaron a la JDC primero, a Tomic luego y finalmente a la DC a proponer la estrategia de unir a todas las fuerzas políticas. La izquierda contestó “con Tomic ni a Misa”.

El autor de esa frase, entonces Secretario General del PC, reconocería 40 años más tarde que “la embriaguez de la victoria y el sectarismo que acorta la vista, nos impidieron ver con profundidad y en la perspectiva del tiempo, la magnitud y seriedad de las responsabilidades que asumíamos y la necesidad de buscar un gran acuerdo con la DC”.

2.- Segunda vuelta electoral

A pesar de tener la mayor fuerza parlamentaria, la DC propuso un proyecto de ley para crear la segunda vuelta electoral, que posibilitaba un acuerdo posterior de apoyo entre Allende y Tomic, no tuvo acogida. Como ha escrito Nicanor Parra,”la Derecha y la Izquierda Unidas, jamás serán vencidas”.

VI.- Conducta de la DC después de la elección

Esa noche, en Alameda 1460, nos reunimos miles de DC, tristes pero esperanzados.Habíamos perdido la elección, pero la mayoría de los jóvenes, los trabajadores y los profesionales habían confiado en Tomic. Allende obtuvo menos votos que la UP en 1969. Hasta nuestra sede llegó una marcha del PS, que vaciló al ver tantos DC. Lanzamos dos consignas que, acogidas por los allendistas, sirvieron de marco a los abrazos fraternales. “Viva el 1, viva el 3”y nuestra consigna principal, plenamente vigente: El pueblo unido, jamás será vencido, que rompía la excluyente “La izquierda unida jamás será vencida”.

VII.–Los hechos que no pueden negarse

Tomic y la JDC visitan al día siguiente a Allende, el candidato con más votos, ya que no estaba electo.

La DC y el propio Frei no aceptan las maniobras para permitirle volver a ser Presidente, según lo recuerda uno de sus amigos más cercanos, el Cardenal Raúl Silva Henríquez.

Todos los parlamentarios DC votan por Salvador Allende, sin exigir nada para el PDC, sólo un compromiso jurídico de la UP de respetar la democracia.

La DC rechaza el primer año acusaciones constitucionales presentadas por la derecha.

No existe ningún acuerdo emanado de los órganos de dirección del PDC que haya llamado a un Golpe de Estado. Por el contrario, los acuerdos de la institucionalidad partidaria buscaban soluciones, diálogos y acuerdo concretos.

La JDC fue decidida adversaria de toda salida golpista. El 29 de junio del 73, muy temprano en Radio Santiago rechazamos el intento de golpe de Patria y Libertad y su brazo uniformado. El 10 de septiembre del 73, Juan Carlos Latorre, como Vice presidente de JDC, ratificaba nuestra oposición al gobierno, nuestro repudio a un golpe de Estado y adheríamos a la decisión del PDC de pedir nuevas elecciones en el país.

El 9 de septiembre del 73, Patricio Aylwin, rechazó con energía una propuesta para llamar a las Fuerzas Armadas a intervenir y ratificó su disposición a buscar salidas democráticas.

Es innegable que la mayoría de las bases y el mayor número de parlamentarios del PDC celebraron el golpe, aunque un número muy reducido, participaron en su gestación.

Aylwin, después del golpe, hizo declaraciones a los medios que fueron consideradas por él mismo como equivocadas, reconociendo que la hecha por los 13 DC que encabezó Leihgton, fue más apropiada. Este es un gesto moral y político que muy pocos tienen la fuerza interior para concretar.

¿Qué pasó, para que eso ocurriera con esos demócratas?

-Luis Corvalán escribió “en el mes de agosto (1972) el costo de la vida subió tanto o más que en los siete primeros meses del año. Si en ese momento hubiese habido un gobierno reaccionario el pueblo lo habría echado abajo”. En septiembre del 73, Allende reconocía que había harina solo para algunos días, lo que indicaba que la situación era peor por la escasez y la violencia .

-El 8 de septiembre de 1973, Allende le informa al General Prats, que llamará a un plebiscito el lunes 10 de septiembre. Le dice que sabe que lo perderá, pero le parece mejor optar por ello para evitar la guerra civil. Prats replica que eso no servirá. El Presidente Allende le pregunta, ¿entonces, que salida ve usted? Prats contestó: “El lunes 10 pida permiso constitucional por un año y salga del país. Es la única fórmula que queda para preservar la estabilidad de su gobierno, porque volverá en gloria y majestad a terminar su período”. Prats narra que Allende no le contestó con palabras, pero que su rechazo era categórico.

- El 9 de septiembre, Allende recibe a la dirigencia del PC y estos recuerdan que el Presidente “veía como inminente un golpe de estado. Nos contó que había examinado con el general Prats la posibilidad de instalarse en un regimiento para resistir desde allí cualquier asonada facciosa. El general Prats le había dicho que esa posibilidad ya no existía”.

En marzo de 1973, en su rol de profeta y analista, Radomiro Tomic escribió que de seguir el antagonismo entre la UP y la DC “primero, no hay revolución. Segundo, se desencadena un inevitable enfrentamiento entre civiles, luego violencia generalizada en el país y finalmente dictadura militar impuesta por la necesidad de pacificar, por el cumplimiento constitucional de las Fuerzas Armadas.” 17 años de horror confirmaron su proyección.

Esperanzas renovadas

Hoy, Chile necesita con urgencia cambiar el rumbo. No es posible seguir con el poder que tienen los grupos económicos, poner fin al imperio del lucro en Educación, Salud y Pensiones es una tarea política exigida por la ética, para crecer redistribuyendo la riqueza que se crea por todos.Ampliar la participación de los ciudadanos en todos los ámbitos es indispensable.

La Nueva Mayoría es la aplicación práctica de nuestra propuesta del año 1969, ella debe introducir un nuevo proyecto, que profundice la democracia, imprima valores solidarios y haga propuestas apropiadas para recoger el legítimo anhelo ciudadano.

Michelle Bachelet es la abanderada de tantas esperanzas y la que concreta una antigua aspiración DC, la unidad política y social del pueblo, ¿Cómo no votar por ella?

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