23 ago 2013

Cheyre y el futuro

El simbólico encuentro en un programa de TV de personas que representan posiciones antagónicas en la situación creada a consecuencia del genocidio desatado por el brutal golpe de Estado del 73, reiteró que las heridas siguen abiertas, que no hay reconciliación posible, que no es un asunto del pasado y que si de veras aspiramos en el futuro a la estabilidad democrática y al desarrollo social, no hay otro camino que enfrentar la verdad y buscar la justicia.

No será posible el “nunca más” en brazos del olvido y la impunidad como de algún modo, más o menos evidente, se ha intentado en las últimas décadas al impulso de los mismos centros de poder, nacionales y foráneos, que desataron la peor tragedia de nuestra historia.

Este es, en nuestra opinión, el tema central de la controversia protagonizada por una parte por Ernesto Lejderman Avalos, cuyos padres fueron asesinados delante suyo por una patrulla militar cuando tenía poco más de 2 años en septiembre del 73 en el sector de La Aguada, Gualliguaica, cerca de Vicuña y, por otra parte, el hasta hace poco presidente del Servel, general ® Juan Emilio Cheyre quien ostentó algunos años la calidad de Comandante en Jefe del ejército chileno.

Como muchos compatriotas que vieron el debate, sentí que de un lado estaba la simpleza y la fuerza de la verdad en las palabras de Ernesto y, por otro, el rebuscado ocultamiento de la verdad en defensa de lo indefendible en las palabras del ex uniformado.

Debo aclarar que, en mi personal opinión, Cheyre no es la imagen grotesca del típico militar torturador, inculto, agresivo por encima de todo ; sé que es una persona ilustrada, sé que ha declarado en tribunales, conozco perfectamente los expedientes judiciales en los que ha debido comparecer o ha sido citado y por supuesto no ignoro que no fue procesado ni condenado en ninguno de esos procesos penales a los que concurrió.

Sin embargo, nada de eso lo exculpa ética y moralmente y, desde mi perspectiva, tampoco lo excusa en el plano jurídico penal. Que los tribunales no lo hayan condenado ni procesado no significa en modo alguno su inocencia.Lamentablemente, la justicia en nuestro país está todavía muy, muy lejos, de ser plena, correcta y suficiente.

En efecto, sin negar los avances logrados gracias a la tenaz lucha de las organizaciones de familiares de las víctimas y de los defensores de derechos humanos, prevalece la sensación justificada de impunidad, de falta de rigor del poder judicial.

¿Hay un mejor ejemplo de que el propio dictador, Pinochet, murió sin ser condenado?A lo más pudimos lograr su desafuero, procesamiento y detención domiciliaria en Chile ; también estuvo preso en Londres en mérito de la jurisdicción universal.Pero en nuestro país no fue condenado.

¿Y acaso han sido condenados los autores, instigadores, cómplices y encubridores civiles del golpe? ¿Han sido requeridos los ex ministros y ex subsecretarios de Pinochet, o los dueños de medios de comunicación golpistas, o periodistas que colaboraron con la Dina, o el líder del grupo terrorista “Patria y Libertad”?

Argucias legaloides como la llamada “media prescripción” y la aplicación de penas ridículamente bajas o de beneficios arbitrarios a asesinos como los degolladores de Guerrero, Parada y Nattino, completan el cuadro de impunidad.

Dicho lo anterior, volvamos al general Cheyre, sus antecedentes y sus declaraciones.En el caso específico del matrimonio formado por Bernardo Lejderman, argentino, de 30 años y María del Rosario Avalos, mexicana, de 24 años, padres de Ernesto, ellos fueron fusilados cuando intentaban salir por la cordillera hacia Argentina huyendo con su pequeño del clima de terror impuesto por los militares en La Serena y pueblos aledaños. La orden provino del regimiento “Arica” a cargo del oficial Ariosto Lapostol, otro impune hasta hoy.

¿Quién era su hombre más próximo? Su ayudante Juan Emilio Cheyre. Tan próximo que fue precisamente a él a quien, tras el crimen, le encomendaron la tarea de entregar al menor a las religiosas.

A la luz de los hechos concretos y del conocimiento de los deberes militares establecidos entre otros en los artículos 131 y 134 del Código de Justicia Militar, ¿puede haber alguien que comulgue con el peregrino argumento de que el ayudante del comandante del regimiento que da la orden y al que pertenecen los asesinos no tuvo conocimiento del crimen y angelicalmente creyó que el matrimonio se había inmolado o había muerto en un enfrentamiento?

¿Que sólo descubrió la verdad al iniciarse los procesos judiciales 30 años después?¿No hubo entonces un sumario, una investigación interna militar? ¿Le daba lo mismo cómo habían muerto los padres del niño? Francamente, no hay quien lo crea.

Técnicamente por tanto sostengo que en conocimiento de los hechos y, es más, dada su posición, en dominio del hecho, por la participación que tuvo, sin descartar la probabilidad de que incluso haya estado presente cuando la ejecución de las víctimas, el sr. Cheyre debió necesariamente ser procesado como cómplice o encubridor como se desprende de la simple lectura de los artículos 15 y siguientes del Código Penal.

Es verdad que existió un juicio y hubo una condena, pero bajísima y sólo a 3 de los asesinos, salvándose los oficiales Mario Larenas, el propio comandante Ariosto Lapostol y sin afectar para nada a su ayudante, Cheyre. La Corte Suprema fue la encargada del capítulo final y rebajó las penas a sólo 5 años mediante la “media prescripción” y negó además toda indemnización a la víctima por parte del Estado. Entiendo que el caso se ve ahora en la Comisión Interamericana de justicia.

Pero, hay más elementos. Digamos a propósito del aludido oficial que en el proceso judicial sobre el episodio La Serena de la llamada “caravana de la muerte”, el ex oficial Pedro Rodríguez Bustos, hizo presente al tribunal que fue Juan Emilio Cheyre quien disparó el tiro de gracias a los 15 ciudadanos sacrificados la noche del 16 de octubre del 73.

El horror desatado en la ciudad nortina los primeros años del golpe fue de los peores del país, incluidos los macabros asesinatos de notables músicos, como Peña Hen y científicos como Vincenzio. ¿Se habrá enterado el asesor del comandante del regimiento de La Serena, desde donde emanaban las órdenes?

Tiempo después este mismo oficial fue inculpado por la muerte de otros 2 menores, Rodrigo Javier Palma, 8 años y Jimmy Christie Bossy, 9 años, en La Herradura, Coquimbo.Pero fue igualmente sobreseído

Tengo a mano una copia de la sentencia del consejo de guerra de La Serena de 17 de septiembre de 1975, de la causa rol nº 61 – 73 que condenó a una decena de chilenos a presidio perpetuo luego de haber sido sometidos durante más de un año a todo tipo de suplicios físicos y psíquicos.

De ese ignominioso “consejo” formaba parte don Juan Emilio Cheyre. ¿Se le habrá olvidado también?

Podrá decirse que integrar un consejo de guerra no es un delito en sí. Sin embargo, cabe recordar que esa farsa de los consejos fue consecuencia de un operativo montado por la dictadura. Más claro la declaración de “estado de guerra interno” decretado por la Junta golpista el 12 de septiembre del 73 para justificar sus crímenes ante la opinión pública internacional, precisamente amparándose en esos supuestos juicios militares de tiempos de guerra.

El pequeño detalle es que nunca hubo guerra. Por tanto esos “consejos de guerra” fueron parte del montaje para encubrir el genocidio, un elemento de la máquina de exterminio. Formar parte de ellos está muy lejos del honor y la dignidad.

Se equivocó por tanto el gobernante que con tales antecedentes le designó comandante en jefe del ejército aunque debamos reconocer que no había muchas opciones mejores y se equivocaron quienes le designaron, sin votos en contra en el Senado, a cargo de un proceso eleccionario legal.

Es una evidente contradicción. El general no ha cambiado. En su carta renuncia a la presidencia del Servel habla de una “brutal incomprensión del actuar militar”, cuando lo brutal ha sido precisamente el actuar militar. Dijo además tener su conciencia en paz.

A estas alturas cabe tener presente que el origen de esta polémica fue una publicación de prensa.Es posible que quizás el columnista y rector de la UDP don Carlos Peña, no imaginara la repercusión y consecuencias de su comentario acerca de Cheyre que fuera publicado el pasado día 18. Pero en esencia tenía la razón.

Mi diferencia con él es que estimo que no son asuntos del pasado, sino del presente y del futuro.Todo está vivo. Es más, cada vez más sorpresas. Como la denuncia del periodista Mauricio Weibel acerca de la existencia en manos de la dictadura de gran cantidad de sustancias tóxicas mortales lo que nos lleva directamente a pensar en casos como el asesinato del ex presidente Eduardo Frei, o de Pablo Neruda, o el cuartel de Simón Bolívar.

Toca ya un cambio verdadero en nuestro país. Es hora de quitarnos de encima todo lo que huela al terrorismo de Estado implantado en 1973, empezando por la Constitución heredada de la dictadura que nos avergüenza.

Son demasiados años sin toda la verdad y todala justicia, sin los que no estará seguro el porvenir.Es mucho tiempo bajo un sistema político, económico y social tan injusto.

Lograrlo sería el mejor tributo a las víctimas de la dictadura.

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23 ago 2013

30 años

Hace 30 años, un día como hoy 23 de agosto, en un extraño día de verano en Roma nació mi amado hijo, Manuel Francisco. Ese día nublado, devino en lluvia tormentosa con truenos y relámpagos. La noche anterior partí al hospital San Giacomo, en plena Vía del Corso y muy cerca de la Plaza del Pueblo para tener a mi primer hijo, ya sabía que era hombre. En ese tiempo las ecografías que me entregaba el sistema público de salud italiano eran como se entregarían muchos años después en Chile: con fotos detalladas, con datos del largo del fémur, ancho del tórax, largo de piernas, todo muy avanzado.

Esperé horas por el nacimiento de mi hijo y ¡no pasaba nada! No había dilatación, y con las horas vino el dolor insoportable. Afuera de la sala de parto Manuel y mi mamá recibieron la noticia de que la espera sería larga, que mejor se fueran, que los llamarían.

En la sala de parto no había cabida para padres expectantes, menos para abuelas ansiosas.En esa soledad él apuró su llegada y aumentó mi sufrimiento ¡ayuda! gritaba en un pasillo al lado del quirófano a la espera de una firma que autorizara la cesárea. Llegó mi niño, con complicaciones.

Años después vi el test de Apgar y como al momento de nacer sólo un punto daba cuenta de su pequeña vida. Cuando salí de la anestesia el viento hacía azotar la celosía y los truenos sonaban, no estaba bien, a mi lado una madre lloraba, tenía una rosa azul amarrada a un extremo de la cama, igual a la mía. Significaba que había nacido un niño, el de ella había fallecido de inmediato.Lloraba, lloraba, lloraba.El mío fallecería 20 años después, exactamente 20 años, seis meses y doce días después. Desde entonces lloro, lloro mucho.

Yo no pude ir a abrazar a mi niño de inmediato, varias mangueras conectadas a mi brazo lo impedían. Cuando pude hacerlo vi a un niño fuerte, decidido, reclamando por lo suyo.

Era mi Manuelito, mi amado niño. Trajo una inmensa “marraqueta” bajo su brazo: la noticia de que él, yo y su papá, Manuel Bustos Huerta, dirigente sindical desterrado de su patria, el hombre más inteligente que yo haya conocido en mi tránsito por la vida (y puchas que he estado en varios lugares) podíamos regresar a Chile. El exilio quedaría atrás.

Nos subimos a un avión su abuela, él y yo. Manuel retornaría días después. En el aeropuerto mi bebé hermoso lloraba y lloraba, no sabía qué hacer para calmarlo: alivianar su ropa, darle “agüita de yerbas en un patito”, suficiente para que una pasajera argentina supiera decirme ¡chilena!, y apuesto que lleva un “pilucho” me dijo.Y, sí, mi mamá cuando viajó para acompañarme en las últimas semanas de espera llevó piluchos y un patito. Así fueron los primeros días del hombre que más he amado en mi vida, mi hijo.

En Chile sus días fueron como la de la mayoría de los niños: regaloneado, querido (era el primer nieto y sobrino por mi lado). Llenaba nuestras vidas. Fue al jardín, al colegio, creció, tuvo amigos. Todo giraba en torno a él. Años más tarde fui madre nuevamente, esta vez fue una niña.Tuvo algo de mágico, supe de inmediato que sería madre y que esta vez sería mujer. Llegó mi princesa Myriam Andrea, futura colega, bella e inteligente niña de 21 años.

Nunca supe por qué pero la forma de relacionarme con ambos fue tan diferente.Con Manuelito cada resfrío, cada caída, cada tropezón significaban para mí una angustia y agonía indescriptible, pareciera que siempre supe o temí perderlo.¡Cómo te amaba y te cuidaba hijo!

No fui por supuesto una madre perfecta, ni siquiera lo intenté porque eso está fuera de mis posibilidades, pero trabajé por ser buena, por cuidarte, por guiarte, por ayudarte.

Cuando murió Manuel, siendo ya diputado (lo fue sólo un año y medio, una ley lleva su nombre y donaba casi toda su dieta) viviste la etapa de la inseguridad, del miedo a no poder seguir en el colegio, perder nuestra casa, pero pasaste rápidamente a la pro actividad y buscaste cómo aportar, a trabajar y estudiar.

Cariño no puedo evitar imaginar en qué podrías estar ahora. ¿Estarías viviendo junto a mí todavía como me lo anunciaste un día? ¿Trabajando en algún organismo internacional o una ONG ayudando a los más pobres del mundo? ¿Acaso sería una dichosa abuela?

Te recuerdo en las misas en memoria de tu padre, hablando desde el altar dando las gracias a amigos y amigas por acompañarnos; te recuerdo enrostrando a quienes usaban el nombre e historia de tu padre para hacer un discurso y hacer lo inverso; denunciando el abandono de los trabajadores, te recuerdo haciendo un duro discurso contra los satisfechos, te recuerdo tan amigo de tus amigos, te recuerdo como hermano amoroso, tierno con nuestra Andy, como nieto amoroso, ¡te recuerdo tanto hijo!

Debo contarte que mis lágrimas son distintas por tí. Mucho me ha tocado llorar, pero cuándo son por tí son diversas, huelen distinto, marcan más mi rostro. Recuerdo que tras tu fallecimiento alguien me regaló un libro de una periodista mediante el cual se pretende enseñar a superar el dolor, la pena y yo no quiero. No quiero dejar de sentir como mi corazón, mi vientre, mi cabeza se contraen de dolor. Quiero con ese dolor seguir caminando hasta que Dios lo quiera, trabajando en la más hermosa tarea que me haya sido asignada, la de ser madre.

Madre doliente, pero también madre orgullosa, aguerrida para defender, ayudar, proteger a tu linda hermana.

Estos días he leído una frases de padres que también tuvieron la pena de perder a sus hijos. Fernando Castillo Velasco quien decía que su hijo “Javier estará muerto el día de mi muerte” y del poeta Cristián Warken a propósito del fallecimiento de su pequeño hijo Clemente quien recuerda un pasaje de El Principito “es tan misterioso el país de la lágrimas”.

Cariño mío, vivo en el país de las lágrimas, quizás quienes me ven en el trabajo o en acciones políticas como la Asamblea Constituyente y la DC les resulte difícil creerlo, pero es mi realidad.

Cada día paso por algún lugar que recorriste, o siento tu aroma, o visualizo fugazmente cruzando una calle un cuerpo de un joven, parecido a ti: moreno, delgado, duro, fuerte, de manos bellas.

Y de nuevo, en esta fecha, se me vuelve a hacer patente una frase que me acompaña desde hace tanto tiempo: quien ha llorado mucho tiene ojos más claros para escrutar las estrellas y ojos más profundos para las cosas de todos los días. Al menos eso intento, cariño mío.

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23 ago 2013

El “mejor” censo de la historia

Durante el año 2012 tuvo lugar el XVIII Censo Nacional de Población y VII de Vivienda, lo que tradicionalmente se viene haciendo cada década en nuestro país. La información que estas muestras entregan es muy importante para la planificación de políticas públicas y la elaboración de programas sociales.

Pues bien, el actual Gobierno, con su habitual lenguaje auto referente y grotesco, señaló que iba a hacer el mejor censo de la historia, apostando, además – en otra de sus obsesiones – a innovar y realizar por primera vez la encuesta bajo una nueva modalidad.

En lugar del día feriado y los encuestadores voluntarios tradicionales, esta vez se haría en varios meses, sin declarar feriado y con censistas pagados. Se dijo que ello ahorraría al país unos 200 millones de dólares al no perderse un día laboral.

Ya durante el desarrollo del censo comenzaron a percibirse las dificultades. A los problemas de contratación de los encuestadores y pago de remuneraciones siguieron las miles de denuncias acerca de viviendas no censadas, encuestas mal hechas y otras irregularidades. Ello hacía temer por la confiabilidad del muestreo, pese a que las autoridades llamaban a la calma.

Al entregarse los resultados se confirmaron las sospechas. La población cuantificada era mucho menor que la prevista. Asimismo, se reparó en que las cifras no eran un resultado exacto sino una mera proyección que, sin embargo, era presentado como resultados oficiales. En buen chileno, no teníamos un cómputo cabal, sino una estimación “al ojo”.

La gravedad de la situación llevó al Presidente de la República a remover al Director del Instituto Nacional de Estadísticas, a convocar a una comisión de expertos que analizara lo ocurrido y propusiera soluciones y a enviar al Parlamento un proyecto de ley para reestructurar el INE.

Paralelamente, la Fiscalía iniciaba una investigación por falsificación y adulteración de instrumentos públicos en contra de su ex director.

Pues bien, tras meses de análisis, la Comisión Externa que evaluó el censo entregó sus conclusiones. Estas son lapidarias y vergonzosas.

Comprobó que un 9.3% de los hogares no fueron encuestados, cifra que llega al 20% en algunas comunas y recomendó, en consecuencia, hacer un nuevo censo abreviado el 2015 y no utilizar los resultados del 2012 en ninguna estadística oficial.

El mejor censo de la historia resultó, entonces, un fiasco. El Gobierno de la excelencia dio una nueva muestra de total ineficiencia.

Lo ocurrido es muy grave para el prestigio de Chile, para la credibilidad de nuestras cifras y mediciones, y sobre todo, para el diseño y evaluación de programas públicos, especialmente los destinados a enfrentar la pobreza y necesidades sociales.

Con esos datos, por ejemplo, pueden estimarse los beneficiarios y con ello los costos de las diversas medidas, entregar recursos a las comunas y planificar las metas e inversiones públicas.

La magnitud del problema es tal que ni siquiera da tiempo para quedarse en la crítica y la denuncia. Contar con estos datos a la brevedad es urgente. No podemos esperar hasta más allá del 2015. Es imprescindible encontrar una fórmula más rápida y expedita.

Nuestro país merece una explicación y, sobre todo, una solución para este escándalo.

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22 ago 2013

Las declaraciones del general Cheyre

El tema de derechos humanos puesto a la discusión pública por la columna de Carlos Peña el pasado domingo pone en evidencia una vez más la pobre “solución” (¿sería mejor decir “disolución”?) que ha tenido en Chile este tema.

La magnitud de los hechos de barbarie perpetrados por las Fuerzas Armadas que fueron puestos a la luz por el informe Rettig, el informe Valech, por los Archivos de la Vicaría de la Solidaridad y por los juicios que se han llevado a cabo a lo largo de los años, no guarda ninguna relación con el número de uniformados sometidos a juicio, ni tampoco con las sanciones que éstos han recibido.

Y lo peor de todo es que a pesar de todos estos hechos que ya forman parte de la historia de nuestra país por estar autentificados en forma incuestionable, no ha habido la reacción que hubiera debido esperarse por parte de las instituciones que los llevaron a cabo, las que mantuvieron siempre un silencio encubridor con la esperanza de que el tiempo borrara lo que hoy día solo podría causarles vergüenza.

De ahí que el cuestionamiento actual del general en retiro Juan Emilio Cheyre por los hechos que han salido a la luz resulta un asunto bastante curioso cuando se tiene en cuenta la magnitud de los crímenes que han quedado denunciados en los informes citados y que ya nadie puede ignorar.

En realidad, sin ánimo de minimizar el dramatismo y la violencia del hecho, este problema que genera ahora tanto repudio es una parte muy menor de las atrocidades que se cometieron durante la dictadura Militar.

Y uno se pregunta cómo este hecho que dentro de tamaña tragedia es un simple ejemplo, puede haber llegado a adquirir tanto repudio en un país ya acostumbrado a que le hablen de asesinatos, degollamientos, torturas, etc.

Si nos ponemos a hacer el recuento de las historias vividas durante esa época vamos a encontrarnos con un informe exhaustivo de las peores crueldades, violencias, arbitrariedades, actos deshonestos, monstruosidades, cometidas en toda la historia de Chile.

Por eso, para explicar esta reacción algunos dirán que se trata de un fenómeno mediático, aunque sea fácil comprender que no se trata de eso y que el fondo de la cuestión sigue y seguirá siendo la debilidad con la que la justicia ha enfrentado este problema y la falta de autocrítica de las instituciones involucradas en el horror.

Escuchando a Cheyre, uno se encuentra con afirmaciones extrañas, que deberían haber significado cuestionamientos muy severos en las Fuerzas Armadas frente a lo que la Dictadura generó al interior de ellas mismas, cosa que nunca ha ocurrido.

Por ejemplo, decir que dentro de la institución operaban en esa época grupos que no respondían a las líneas de mando, que actuaban por su cuenta y sin entregar información a las autoridades de los regimientos, es algo que debería haber generado en el Ejército una crítica muy radical, pues con eso, lo que se está diciendo es que la Dictadura intervino en la estructura misma de la institución pasando a llevar no solamente la ética del buen soldado, sino además su organización.

Como parte del golpe – todo el mundo lo sabe – hubo un golpe en el ejército, una situación de violencia en la que quedaron rotas las propias estructuras de la institución que al parecer, fueron reemplazadas simplemente por la complicidad y la lealtad malentendida.

Esto de alguna manera había aparecido ya en el juicio a Víctor Jara, en el que nos enteramos que algunos de sus asesinos eran oficiales del ejército que habían sido dados de baja por su participación en el “tancazo” (Edwin Dimter, Roberto Souper y Raúl Jofré) y que aparecieron en el Estadio Chile con don de mando como si nada hubiera pasado.

¿Cómo esos oficiales recién salidos de la cárcel volvieron a ocupar sus cargos sin que ninguna autoridad del Ejército dijera una sola palabra ni en el momento, ni después?

¿En qué horda de asesinos llegó a transformarse el Ejército en unas pocas horas y sin que eso tuviera posteriormente ninguna consecuencia?

¿Cuáles eran las reglas internas del ejército que hicieron posible tamaños desacatos?

¿Cómo se instaló la mentira como regla ante la información de todos los crímenes que se cometieron en esa época?

La explicación del general Cheyre es que a él lo mandaron en una misión que cumplió sin mayores cuestionamientos. Además, nos dice que quienes le entregaron la información sobre la muerte de los padres del niño, le mintieron.

¿Qué pasó con esa mentira cuando fue revelada como mentira? ¿Y qué ocurrió dentro del ejército cuando se descubrió que no se trataba de un suicidio sino de un asesinato? ¿Hubo alguna denuncia? ¿Se hizo un juicio militar? No pasó nada.

Y tampoco pasó nada con los miles de casos de derechos humanos que han sido denunciados.

Entonces, de las palabras explicativas de Cheyre lo que se concluye es que las bases mismas de la institución fueron corroídas y que, incluso hoy día, nadie ha sido capaz de asumir las consecuencias.

El golpe dentro del ejército desquició la institución, pero ésta siguió fiel a Pinochet tragándose todas las ruedas de carreta que éste les hizo ingerir.

El general Cheyre no es de los peores, es cierto. Pero lamentablemente ni siquiera los mejores han sido capaces de salir de esa lealtad malentendida que ha impedido que se restablezca sobre bases firmes y estables la confianza de la ciudadanía en las Fuerzas Armadas.

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22 ago 2013

La indolencia con los privados de libertad

Es tan poco el peso político que tienen las condiciones carcelarias de los privados de libertad como asunto de interés público, que bastó que no hubiera muertos en el cuasi motín y posterior incendio en el Centro Penitenciario de Quillota, para que el tema abandonara la agenda al otro día de ocurrida la noticia.

Peor ocurrió con la huelga de hambre que antecedió a la riña, cuyo petitorio –que pedía apenas condiciones mínimas de subsistencia, como raciones de comida en cantidad suficiente- casi ni se conoció.

A casi dos años de la tragedia de la Cárcel de San Miguel en que murieron 81 reos, se han impulsado reformas para reducir la sobrepoblación y el hacinamiento carcelarios,incluso con la construcción de nuevas cárceles que, contrario a la tendencia de concesionar los recintos penitenciarios, serán manejadas por el Estado, logrando reducirla de 42,3% en 2011 a 23% el año pasado.

Sin embargo, no se ha avanzado de igual manera en entender que las personas privadas de libertad tienen derechos humanos y que es el propio Estado quien tiene el deber de brindarles protección, por cuanto se encuentran en un estado de indefensión y en una condición de gran vulnerabilidad.

La propia ciudadanía tiene una percepción de inseguridad que alienta el uso de la pena de cárcel, que se traduce en una de las tasas más altas de prisionización de América Latina, a pesar de que los índices de criminalidad violenta son de los más bajos de la región latinoamericana, según consigna el Informe de Derechos Humanos 2012 de la Universidad Diego Portales.

Por su parte, el Informe Anual 2012 sobre la Situación de los Derechos Humanos en Chile del INDH señala que la irracionalidad en el uso de la pena privativa de libertad, el hacinamiento, las malas condiciones carcelarias y la privación generalizada de derechos para los internos dificulta que las políticas penitenciarias efectivamente se orienten hacia la rehabilitación e integración.

La sanción de privación de libertad se usa de manera desmedida y criminaliza a sectores de la población más desventajados, que poseen menos instrucción y recursos.

Lejos de lograr la rehabilitación en los recintos carcelarios y la reinserción social tras salir de ellos, se exponen a vejámenes que atentan contra su dignidad humana e, incluso, a torturas, tratos crueles, inhumanos y degradantes. En la práctica, el encierro profundiza la situación de vulnerabilidad y segregación contra personas previamente discriminadas en su condición de pobreza y marginalidad.

Una persona que haya cometido un delito sólo debe ser privada de su libertad, no del respeto de sus derechos fundamentales por parte de los agentes del Estado.

El derecho internacional de los derechos humanos considera que la privación de libertad es un momento sensible al cual los agentes del Estado debe estar alerta, por cuanto en los centros penitenciarios o de detención se alcanza el más alto riesgo de torturas, trato denigrante, golpizas e incluso la muerte.

A pesar de ello, los reclusos no son prioridad de la política pública porque la política criminal sigue basada en un criterio de populismo penal, que incluso es alimentado por el gobierno al cuestionar el garantismo de los tribunales de justicia, lo que hace un tiempo implicó una intromisión del ministerio del Interior en el quehacer de la Corte Suprema y del Ministerio Público, contraviniendo el principio de independencia de los poderes del Estado.

Incluso se podría argumentar que también influye el hecho de que los privados de libertad, al no tener derecho a voto, no pueden ejercer presión política sobre sus representantes como -en teoría- sí pueden hacerlo los ciudadanos.

En Chile, las personas privadas de libertad se ven impedidas de ejercer su derecho a voto por mandato constitucional.

Los artículos 16 y 17 de la Constitución establecen que el derecho a voto se suspende en el caso de personas que estén acusadas de haber cometido un delito que merezca pena aflictiva, por conducta terrorista o tráfico de estupefacientes. Para el primer caso, la calidad de ciudadano se recupera con la extinción de la responsabilidad penal, mientras que para el segundo y tercero, las personas tendrán que solicitarlo al Senado una vez cumplida la condena.

Pero ello no ocurre así en otros países como Canadá, Ucrania, Sudáfrica o Irán, donde los privados de libertad pueden mantener su derecho a voto, y en otros como Finlandia, que prohíben votar a los presos sólo por algún tiempo después de finalizado su encarcelamiento.

En función de la necesaria democratización social y la expansión de espacios de deliberación ciudadana, se puede entender que al eliminar el derecho a voto para los privados de libertad se incrementa la desigualdad e injusticia y  se acrecienta la distancia social entre éstos y la comunidad. Por el contrario, el recuperarlo permitiría favorecer su rehabilitación y reinserción social.

Hechos recientes como el cambio de la plana mayor de la Cárcel de Valdivia, por casos de maltrato a reos al interior del recinto (que generaron huelgas de hambre incluso con reos cosiéndose los labios) denunciados por el INDH, alumbran el camino hacia el respeto de los derechos humanos de los privados de libertad, que sólo deben ver restringida su libertad, pero en ningún caso su dignidad humana.

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22 ago 2013

¿Qué te pasó ME-O?

La inscripción de nueve candidatos a la presidencia de la República no sólo es un record sino que también un gran número. Esta ampliación de candidatos, en mi parecer, es un gran fracaso para la candidatura de Marcos Enríquez-Ominami.

Veamos. La aparición de candidatos de nicho no es nuevo en nuestra historia electoral pos dictadura. Ya el año 93 hubo cuatro candidatos que desafiaron a los dos bloques mayoritarios enarbolando la representación de intereses o sectores específicos.

Por una parte, desde la izquierda, compitieron Manfred Max Neef, Cristan Reitze y Eugenio Pizarro. Desde la derecha, el “independiente” José Piñera tomaba la posta discursiva (más bien la monserga retórica), enarbolada por Francisco Javier Errázuriz cuatro años antes, del derechismo disfrazado de centrismo y apelación a lo popular y/o ciudadano, que despotrica en contra del establishment político (lo que siempre asegura algún grado de éxito), y que en esta elección presidencial está representada por Franco Parisi.

Igual cantidad de seis candidatos se presentó en 1999, reduciéndose en el 2003 a cuatro, en que RN y la UDI fueron separados a primera vuelta, mismo número que se mantuvo el 2009 donde la derecha fue aglomerada desde un principio, mientras que de la propia Concertación surgían dos candidaturas disidentes de la oficial, con Jorge Arrate, apoyado por el PC, la IC y el MAS, y Marcos Enríquez-Ominami que se suponía apoyado por una serie de organizaciones políticas y movimientos alternativos a los partidos tradicionales (ecologistas, pobladores, estudiantes, trabajadores, indigenistas).

Sin duda la performance de ME-O fue muy buena, obteniendo más del 20% de los votos en la primera vuelta electoral y quedando a sólo 9 puntos del candidato de la Concertación.

Dicho resultado hacía presumir que el 2013 tendríamos a un ME-O más consolidado, articulando una amplia gama de sectores ciudadanos, que no se sienten representados por la Derecha ni la Concertación, y que resultaría en una fuerza electoral de gran potencia no sólo mirando a la presidencia de la República sino también al Parlamento. ¿Pero qué tenemos?

Por una parte, una derecha que se vuelve a abrir en dos candidaturas, una la oficial de Matthei y otra la “centrista” de Parisi. Además, muchos de los que están detrás de la candidatura de Ricardo Israel procurarán que esta sea funcional a los intereses electorales de la derecha.

Por la otra, la ex presidenta Bachelet, que no sólo aunó a toda la Concertación (lo que no es nada menor) sino que sumó al PC, a la IC y al MAS, conformando lo que se espera sea una nueva mayoría, y seis candidatos más, de los cuales al menos tres -Roxana Miranda, Alfredo Sfeir y Marcel Claude-, expresan el sentimiento de fuerzas que antes estaban de algún modo representadas por ME-O y que muy difícilmente se hubieran sumado en primera vuelta a la ex mandataria.

Ello me hizo acordar del título de un libro que alcanzó gran notoriedad en los ochenta y que llevado a hoy podría ser: “¿Qué te pasó ME-O?”.

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22 ago 2013

Para que nunca más en Chile

He vuelto a recordar. En mi memoria siempre estuvo presente, pero parecía olvidar a ratos. En la postrimería de la Dictadura de Pinochet, recuerdo haber tomado un tarro de leche y una cuchara de palo, y salir a la puerta de la casa junto a mi vieja, quien con una olla en mano, la golpeaba con un cucharón. Era 1987. Algo parecía acabar. El sonido de tantas ollas, así como otros tantos tarros, no pedía más que justicia y paz. Sí, justicia y paz.

No estábamos solos. Eran millones de ollas y tarros sonando. Recordé, tengo memoria, pero no es sólo la individual acerca de ese episodio. Es una memoria social sobre la violación sistemática de los derechos humanos.

¿Cómo olvidar? Imposible cuando conocemos, en primera persona, los escabrosos detalles del caso de Bernardo Lejderman y María del Rosario Ávalos, padres de Fernando Lejderman, quien, tras el asesinato de estos es apartado de la verdad, recibiendo una respuesta judicial irrisoria, con desentendimientos y silencios que duran hasta el día de hoy.

¿Será que Juan Emilio Cheyre, ex Comandante en Jefe del Ejército, y teniente del Regimiento “Arica” para ese entonces,  no es capaz de recordar en suficiencia?

Qué valor y dignidad la de Fernando Lejderman al decirle, en su cara, a cara y manos limpias, en un programa de TV hace algunos días, “lo invito a que rompa los pactos de silencio y cuente donde están los cuerpos de los detenidos desaparecidos, qué pasó con mi papá y mi mamá. Lo invitó a que le dé contenido a sus palabras”.

Por este caso, como miles de otros, fortalecemos con mayor profundidad y sentimiento, aquello que Maurice Halbwachs indica como la “continuidad que no tiene nada de artificial, puesto que retiene del pasado lo que aún está vivo o es capaz de vivir en la conciencia del grupo que la mantiene”, al referirse a la Memoria Social.

Es decir, no olvidamos nada de lo que entendemos vivo, de aquello que aún sentimos presente, por medio de la impunidad e incapacidad institucional para responder, no sólo a las víctimas, sino a un país completo que merece reencontrarse en la verdad, sin dobleces ni historias ásperas y artificiales.

La televisión chilena nos ha querido nutrir, en el formato periodístico, desde lo artístico hasta lo artificial, de imágenes, recreaciones y recuentos. No basta eso para hacer de la Memoria Social un asunto de trascendental importancia.

Lo sucedido está en la retina, está en el dolor de sus víctimas, de familiares y amigos. Su constante repetición no nos hace justicia, aunque sí contribuye a que el olvido no nos inmovilice.

Relevar la Memoria Social es generar vínculos, aquellos que permitan que el recuerdo se transmita a otros, aun cuando no hayan vivido los paisajes de la historia reciente. Surge de manera espontánea, en el dialogo afectuoso y sincero de una madre a su hijo, de compañeros, y también camaradas, al narrar temores, amores, pasiones, derrotas, fracasos y muertes.

La Memoria Social va construyendo nuestra Memoria Política, sin necesidad de acuerdos explícitos, de consensos en los pasillos del poder, sin arreglos. Lo único necesario, para que definamos con certeza el futuro, con la convicción de que estos hechos no pueden volver a repetirse, es hacer justicia, justicia efectiva con sanciones ejemplares, más no el ocultamiento de información, incluso del paradero donde fueron depositados los cuerpos.

Chile, como sociedad pos-dictadura, a 40 años del Golpe de Estado, no fue capaz, fracasando en el diseño de su democracia, sin conciliar su fortalecimiento y calidad, con la elemental tarea de a la luz del Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (Informe Rettig), proceder a esclarecer judicialmente, de manera cabal, cada uno de los casos, determinar la condición de cada víctima y reparar el daño causado, más allá de subsidios y transferencias.

¿Qué hicimos mal? También, la necesidad urgente, antes y ahora, de construir colectivamente la Memoria Social, sin miedo a la gente, del valor de su experiencia, de su dialogo sólido en favor de la libertad, así como la preservación inclaudicable de los derechos humanos, pues la Memoria Social es parte fundamental de la cohesión social de una nación.

Sí, he vuelto a recordar. Esa noche de 1987 no fue cualquiera, ese caceroleo tenía una explicación. Días atrás la CNI desplegó lo que conocimos como “Operación Albania”, materializando la “Masacre de Corpus Christi”.

Hoy también, con mayor razón, volvería a sacar el tarro de leche y una cuchara de palo, para golpear con más ganas por verdad, la que tú y yo sabemos pero que ellos ocultan, por justicia, por reparación, y para que las y los que vienen jamás olviden.

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22 ago 2013

¿A qué juega la “U”?

Jugando sin claridad en sus líneas y carente de una idea central de juego y sin siquiera aprovechar su condición de local, la “U” empató 1-1,con dificultades con el modesto conjunto de Independiente del Valle de Ecuador y resignó una clara opción de acceder a los octavos de final de la Copa Sudamericana.

Decididamente no le apuntó la “U” con la contratación de Marco Antonio Figueroa como técnico de su equipo.

Con Sampaoli, el equipo universitario mostró en casi todos los partidos y principalmente en los títulos nacionales y torneos internacionales como característica principal una exigente defensa individual que muchas veces fue con doblaje a los jugadores rivales en la zona defensiva de ellos donde quitaban el balón y nacían fulminantes ataques.

La “U” era sólida en defensa su principal virtud y brillaba en ataque, sorprendiendo a todos sus adversarios y al medio sudamericano.

Con el argentino Darío Franco los azules no exhibieron ninguna idea central, no marcando individualmente, en algunos partidos lo hicieron apenas en zona y el ataque eran apenas constantes centros buscando alguna afortunada volea o un cabezazo providencial. Sus hinchas y la directiva se cansaron y fue cesado obligadamente en el cargo.

Su sucesor, Marco Antonio Figueroa, por no parecer imitando a Sampaoli se ha negado a partir desde la defensa, queriendo transformar a su equipo en un conjunto de permanente ataque, con cuatro y cinco hombres en el mediocampo y tres delanteros y un defensa, que no marca a nadie y que con la diferencia numérica de hombres en ofensiva y defensiva, queda expuesta a contraataques repetidos y a convertirse en un equipo goleado, tanto en el torneo nacional como en el exterior, al extremo de quedar eliminado en la Copa Chile y superado por equipos de ascenso de segunda división.

Anoche en el partido de ida con el modesto equipo ecuatoriano de Independiente del Valle no mejoró en nada sus últimos cometidos.

Buscó desordenadamente con cuatro mediocampistas (Aránguiz, Rojas, Fernández y Lorenzetti) y tres delanteros (Farfán, Díaz y Civelli) imponerse por su ataque, manteniendo tres defensas (Magalhaes, Sills y Rojas). Estos últimos debieron soportar los fulminantes ataques de los ecuatorianos quienes pese a ser dominados en la posesión del balón y perder el primer tiempo 1-0 tras gol de Díaz a los 42 minutos, aprovecharon un obnubilado ataque azul y contraatacaron con tres hombres solos en ofensiva, consiguiendo la ansiada igualdad.

Antes de eso el principal mérito de los ecuatorianos fue el orden en sus filas manteniendo permanentemente cinco hombres en defensa y el resto esperando salir en ataque en velocidad, sorprendiendo y creando dificultades casi siempre al trío de defensores azules y al arquero Herrera.

Asimismo, jugar fuerte y agresivamente cometiendo faltas provocando e intimidando al rival, característica que usaron también sus compatriotas de Emelec de Guayaquil frente a Universidad Católica. La diferencia fue que el arbitraje de la UC con Emelec fue más estricto y Emelec perdió dos hombres, mientras que el paraguayo Quintana que dirigió el partido de la “U” solo mostró tarjetas amarillas y cobro de faltas, permitiendo engaños de jugadores en el suelo y demora en el tiempo de juego.

La “U” no tuvo fallas individuales en defensa como le ocurrió en el empate con Ñublense, pero individualmente, además del débil juego colectivo hubo fallas individuales desde el arquero Herrera reiterando sus malos saques con el pie, las pérdidas constantes de balón de Farfán a quien se insiste como titular por su juventud y el error del técnico de hacer ingresar a Civelli como puntero

Izquierdo, fácil de detener por su lentitud, e insistir en centros sin sentido, en que se advierte falta de preparación para crear una jugada. Todos los centros son iguales, a mitad del área, con Díaz esperando ganar por alto lo que pocas veces logra.

El futuro de la “U” no parece halagüeño, si el técnico no cambia su esquema partiendo con una defensa individual y nutrida que le asegure que no le hagan goles y dejar los demás hombres en ofensiva, buscando penetración y velocidad.

Tendrá que elegir dentro del numeroso plantel que tiene, los mejores en sus respectivos puestos para esa labor. Es de esperar que en Ecuador no arriesgue y consiga el anhelado triunfo para seguir en carrera y desde luego haga urgentes modificaciones para los partidos del torneo nacional de transición, de cuyo título puede despedirse si no logra prontos triunfos.

Si no satisface el argentino Sills debe volver Osvaldo González o Albert Acevedo, y hasta el juvenil Valber Huerta, ya probados y mejores.

En medio campo insistir con Aránguiz, Fernández, Lorenzetti y Rojas, con el joven Sebastián Martínez como alternativa, olvidándose de Videla.

En ataque, incorporar al movedizo Juan Ignacio Duma por Díaz, esperando la recuperación de Gutiérrez y una mejoría técnica y física de Ubilla.

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21 ago 2013

Recordando a Héctor Valenzuela Valderrama

Yo no lo conocí a Héctor, el muy Honorable diputado de la nación.

Sin embargo su biografía, precaria y escueta, me interesó vivamente, puesto que fue seminarista (de ahí viene supongo, su sobrenombre del “Sotana Valenzuela”) experto en Derecho Canónico, diputado DC por el antiguo primer distrito, presidente de la Cámara por los años 1967 y 1968 y polemista destacado contra la izquierda marxista de aquellos años.

Entonces, ¿por qué digo que me interesó vivamente su historia? O más claro aún ¿por qué podría interesarle a otros algo tan obvio como un político cristiano, por tanto hoy políticamente incorrecto, previsible en su ideología y en su acción política, hombre de fe, padre de familia de varios hijos, abogado, no marxista, partidario de la Reforma Agraria, de la Promoción popular, de la Revolución en Libertad, lector de Encíclicas, de Maritain, de Mounier, de Lacroix, de León Bloy, etc.?

Todo un estereotipo del político cristiano de su época. Hoy demodé, pues no se estila creer mucho en Dios.

Obviamente, esto no es novedad para nadie y no merece probablemente un suelto de crónica en un diario mercurial y tal vez tampoco, en este blog que alguno desganadamente pudiera leer, para castigo de sus pecados.

El asunto es que vale la pena desenterrar a Héctor, pues a pesar de su polémica siempre apasionada en contra de la UP de aquellos años, en la hora inexorable de la verdad, nos mostró a muchos el camino del Buen Samaritano, la dura senda de la consecuencia, pues dejando todo hasta arriesgar la vida y la seguridad de la familia, formó como otros abogados el cuadro de honor de la nación.

Fue un decidido jurista, defensor de militantes de izquierda, aquellos que marchaban en total oscuridad por la ruta infernal de la tortura y de la muerte, antiguos adversarios, ante cobardes jueces militares y tribunales fantasmas de la peor de las dictaduras que ha vivido este país.

En algunos procesos militares, avalados por supremos magistrados espurios y prevaricadores, en los que , por norma general , no se aceptaba ningún recurso de amparo, a Héctor Valenzuela y otros insignes abogados de manos limpias y corazón ardiente, solo se les otorgaba un par de horas para defender a esos acusados del infame paredón , que inexorablemente los condenaba a la pena máxima , sin compasión posible en circunstancias que en conformidad a todas las leyes vigentes de esta República, no habían cometido delito alguno.

¡Qué angustias, qué suplicios, qué impotencia para un jurista y un hombre de radical fe cristiana, tienen que haber significado estas antesalas frías, estas esperas inmisericordes ante los cuadrados rostros de la cobardía y la prepotencia, autoproclamados jueces del nuevo Estado totalitario que se nos venía encima!

Héctor Valenzuela Valderrama murió joven, a los 55 años, en febrero de 1978.

No conozco la causa de su muerte. Sin embargo me atrevo a decir que tales hombres apasionados, consecuentes, suelen también morir por el amor a sus semejantes.

Aman entrañablemente a su familia, pero también han dejado el duro testimonio de su amor a los otros, aunque fueran, otrora, sus adversarios.

En esta hora del olvido de los hombres de honor que apuntalaron esta nación, vaya nuestra admiración y recuerdo por este republicano ejemplar, hombre de fe, consecuente abogado de derechos humanos, cuyo testimonio trascendente , hoy anónimo, no debe ser olvidado por este pueblo inundado de farándula y obsesión por La Insoportable levedad del ser( Milan Kundera).

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21 ago 2013

A 40 años del Golpe Militar

La Negación es uno de los mecanismos psíquicos utilizados para evadir aquellas revelaciones que hace el inconsciente y de las cuales poco o nada queremos enfrentar.

Para Freud, cuando un paciente niega, es como si dijera en ese mismo acto, “eso es algo que preferiría reprimir”.

Si pensamos en nuestra sociedad y sus actos –o la ausencia de ellos- no podemos dejar de pensar en la sublime existencia del mecanismo de la Negación en nuestros procesos sociales, partiendo por uno de los más fundamentales: la construcción de la historia y de la verdad social.

Este año se conmemoran 40 años del Golpe Militar.Tantos años y tan frescos sus recuerdos y efectos.

Esta cercanía al dolor, al horror de nuestro pasado, nos hace seguir vivenciando con profunda actualidad lo que paradójicamente se intenta dejar en el olvido (sin lograrlo, debemos agregar).

Estamos marcados por la repetición constante de aquellos hechos que nos dañan y nos dividen como país. Llevamos impreso en la carne sus efectos, fácilmente reconocibles en al menos dos generaciones completas signadas por la obediencia, la obsecuencia, el temor a la reunión y a la diferencia, a la prudencia y al susurro.

Negamos nuestra historia y nos empeñamos en echar tierra a nuestro pasado tenebroso.

Sólo la negación de la historia es lo que permite que en nuestro país aún no se convenga un nombre para lo acontecido los 17 años posteriores al Golpe Militar. Indesmentible dictadura que, no obstante, se desmiente a diario.

Sólo la negación permite salidas dominicales a perpetradores de crímenes de lesa humanidad.

Sólo la negación permite que ex agentes de aparatos del estado represor estén en cargos públicos.

Sólo la negación, nos hace defender una constitución pensada y creada en dictadura, dejándonos amarrados a las botas del general.

Sólo la negación permite a las nuevas generaciones pensar que nuestro “ahora” es igual que el vivido en dictadura.

No queremos reconocernos, y nos poblamos de frases tales como “miremos al futuro” o “Chile necesita avanzar”.

Nos poblamos de recriminaciones de jóvenes que tildan sin conmiseración de traición a cualquiera, sin distinción, sin poder entender no sólo que la historia de Chile no parte con ellos, sino que nuestra historia y su violencia ha tenido efectos perdurables tanto en ellos como en nosotros. Porque de lado y lado hay negación. No es un problema de izquierdas o de derechas, de jóvenes o no tan jóvenes.

Debemos revisar y transitar nuestro pasado, nuestra historia. Y, por sobre todas las cosas, debemos nombrarla, implicando en ese gesto, un pacto de reconocimiento social.

Nombrar la Dictadura y sus horrores sin cosméticas. Sólo una vez hecho esto, podremos tener justicia y verdad.

Si no hacemos ese movimiento como sociedad, estamos condenados a seguir reprimiendo nuestro pasado de una manera ineficiente, a seguir condenados al dolor de las reminiscencias.

Seguiremos invadidos por el retorno de lo reprimido, condenados a una repetición compulsiva y desastrosa de nuestros dolores. Más aún, condenados a que aquello que borramos de la historia, vuelva a pasar. Ese efecto aterrador y violento, está garantizado.

Merecemos recordar, merecemos recorrer nuestra verdad, merecemos la justicia del reconocimiento.

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