06 oct 2013

El NO cambió la historia

Las fuerzas del bloque opositor a la dictadura, a comienzos de 1988, se agruparon primero en el Comando por el NO y luego dieron vida a la Concertación de Partidos por la Democracia. Con ello se dio un paso decisivo hacia la histórica victoria democrática que conmemoramos en estos días: el triunfo del NO a la perpetuación de Pinochet y  el término del atropello a la dignidad de la persona humana que significaba ese régimen.

En Chile, desde el punto de vista social, se habían configurado las condiciones para un amplio rechazo a la situación imperante; sin embargo, ello no bastaba para abrir paso a la recuperación de la democracia.

Era también una tarea esencial, la configuración de los requisitos políticos para avanzar hacia el tan preciado anhelo de rehacer una convivencia en paz y libertad.Los partidos de la Concertación hicieron esa labor, la de instalar ante el país una alternativa política viable, que fuera capaz de gobernar y, al mismo tiempo, de desmentir el tan socorrido argumento de la dictadura, que después de la misma venía el “caos”.

En estos días resulta fácil “cuestionar la cuestión”.Apareció un grupo de “sabelotodo” que encuentra que todo se hizo mal.El trasfondo es bien simple, si a estos “críticos” les hubiese tocado aquella encrucijada, sin duda, lo habrían hecho mucho mejor.Son lo que tienen el complejo de querer hacer “algo grande”, pero siempre llegan tarde.

Lamentablemente para ellos, los desafíos de la historia no se domicilian en sus residencias, desde las cuales quisieran “rehacer” el mundo.

Con una voluntad política concreta, terminar la dictadura, una movilización multitudinaria del pueblo de Chile, orientada y conducida por la Concertación, logró lo que parecía imposible: derrotar a Pinochet en el mismísimo escenario que él había preparado para su perpetuación en el poder.

Hasta entonces a ningún dictador de ese tipo se lograba derrotar en su propia cancha.En nuestro Chile así ocurrió. Y ese mérito histórico no podrá ser borrado jamás, aunque a muchos le pese.

Después de los hechos es mucho lo que se puede escribir. Los teóricos podrán atosigarse de tesis sobre las materias que estudian, pero acertarle al curso del proceso histórico solo lo consiguen unos pocos.

En nuestro caso, la conducción concertacionista, liderada por don Patricio Aylwin, fue correcta en lo fundamental y decisiva.

El plebiscito creaba un momento en que el uso de la fuerza que detentaba la dictadura quedaría anulado por la conjunción de los factores políticos, sociales e institucionales que, actuando de manera simultánea, haría imposible cualquier pretensión de desconocer la voluntad democrática de la nación.

Para bien de Chile, así fue.

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06 oct 2013

Protagonismo de Piñera invisibiliza a Matthei

El principal problema de la derecha es la incomprensión cultural del cambio que se ha producido en la sociedad chilena y de allí que la memoria de los 40 años, vivida con extrema intensidad por la mayoría de los chilenos, haya encontrado a la Alianza y a su candidata no preparados, confundidos, sin relato, sin autocrítica, sin disposición alguna a condenar el golpe y lo ocurrido posteriormente, a tratar a Pinochet y a su régimen como una dictadura y a generar hechos que los separaran de esa herencia y del terror que implicó ese período para el país.

La derecha creyó que este era un aniversario más y que podía continuar viviendo en la burbuja de la democracia limitada que durante 24 años le han impuesto al país sin dar ninguna explicación ni pagar ningún costo político.Incluso, en los Presidentes de los partidos de la Alianza, la consigna era bajar el perfil a los 40 años y que este aniversario pasara lo mas desapercibido posible.

Quien sí entendió que detrás de los amplísimos reportajes, ficciones, debates, recreaciones e imágenes no exhibidas antes y que ahora mostraban ampliamente la TV y los medios escritos había una explosión de emotividad y crítica de una población liberada del temor y de los límites impuestos por el realismo y las paralizantes razones de estado durante los años de transición, fue el Presidente Piñera quien si tuvo libreto y reaccionó buscando canalizar hacía su liderazgo personal dicha emotividad.

Para ello, tuvo que colocar en extrema dificultad a su propia alianza. Los “cómplices pasivos” son muchos de sus Ministros, parlamentarios, dirigentes de partidos, empresarios enriquecidos con las privatizaciones del régimen militar y que han sido el sostén económico de la derecha y de este gobierno.

El cierre del Penal Cordillera, debate surgido en lo inmediato consecuencia de las declaraciones de Manuel Contreras y del intento de asado de Krasnoff que fueron una burla y un agravio a las víctimas y a cualquier persona digna de este país, le valió al Presidente separarse de los militares golpistas y de la derecha extrema, para recibir la aprobación de la mayoría de los chilenos que siente que después de este gesto del traslado de la cúpula de la DINA – CNI a Punta Peuco hay un poquito más de igualdad ante la ley y de justicia.

Sin embargo, lo que lejos representa el mejor momento de Piñera en estos casi 4 años de gobierno ha sido un martirio para Evelyn Matthei y para la Alianza porque la candidata y la mayoría de la derecha no solo estima que los juicios del Presidente han sido impertinentes, imprudentes e inoportunos sino que no los comparten y consideran que ellos dañan la identidad de la derecha de la cual se sienten orgullosos.

La que mayor costo paga, la verdadera víctima del nuevo el protagonismo de Piñera, es Evelyn Matthei. Ella ha sido criticada y corregida por el Presidente públicamente, sus declaraciones han sido estimadas como profundamente desatinadas en el clima cultural que vive el país y durante estas últimas semanas ha sido opacada, y por muchos momentos completamente invisibilizada, por el despliegue del Presidente y la audacia de sus declaraciones.

Lo claro es que el Presidente ha marcado un quiebre con la derecha que continúa apoyando los símbolos y la memoria de la dictadura y ha corrido las estacas culturales sin que Matthei y los partidos de la Alianza estén, a cuarenta días de la elección presidencial, en condiciones y en disposición política de hacer suyas esas reflexiones, lo cual provoca claramente una crisis de proporciones en la campaña y entre los partidos, el Presidente y su gobierno.

Se piensa distinto, se han roto grados de confiabilidad mínima, hay importantes candidatos a parlamentarios que abandonan la propaganda con Matthei y otros, que con mayor deslealtad, le borran los rayados murales para colocar solo sus nombres.

Frente a la conmemoración del 5 de Octubre y de la victoria del NO en el plebiscito la incomodidad de Matthei y de la Alianza es aún mayor ya que el Presidente exhibe con orgullo el haber votado contra Pinochet hace 25 años y Matthei reaparece incansablemente en las imágenes televisivas de 1988 como rostro de la Franja del SI que buscaba perpetuar a Pinochet hasta el año 97.

Lo claro es que queda la sensación de que el Presidente y sus colaboradores más cercanos a su posición han dejado caer la campaña de Matthei y lo que buscan es establecerse en un eje de protagonismo y popularidad de Bachelet, que gana las elecciones y asume, y de Piñera que sale con un apoyo en las encuestas muy superior a la votación que la candidata de la Alianza saque en las elecciones de noviembre.

Ello, ciertamente, instalaría de manera indiscutible el liderazgo de Piñera en la derecha más abierta hacia el futuro, pero esto, como ya ocurrió con Bachelet que salió de La Moneda con una alta adhesión ciudadana, no logra transferirse automáticamente menos a una candidata que es notoriamente, por historia y pensamiento, muy lejana a las recientes posturas políticas del Presidente.

Lo que sorprende en la actitud de la derecha es que aún no asuman que si Piñera fue elegido Presidente en buena medida ello ocurrió porque no era parte de la derecha pinochetista y representó un sentido de cambio y alternancia frente a una Concertación debilitada por los veinte años de gobierno y la falta de recambio.

Sorprende, además, la incapacidad y una cierta soberbia para asumir que el país cambió y que los códigos culturales dominantes con los cuales la derecha ha inspirado su política en estos últimos 25 años están en crisis y en profunda contraposición con la subjetividad de la enorme mayoría de los chilenos que quiere más democracia, ciudadanía participante, más derechos, más libertades, legitimidad de la Constitución y de las instituciones, ley electoral que respete la soberanía popular, educación de calidad y abierta a todos los sectores de la sociedad y cambio a un modelo económico al cual la derecha no está dispuesta a renunciar ni un milímetro.

Sin embargo, las afirmaciones del Presidente, y también las del Ministro Hinzpeter, que tocan la debilidad ética de la derecha en torno a la condena categórica de las violaciones de los derechos humanos y a la existencia misma de la dictadura, que buscan renovarla y desligarla del pasado dictatorial e instalarla en un discurso democrático coherente, no son, por ahora, más que un conjunto de afirmaciones, importantes y valiosas, hechas en circunstancias extremas.

Ello no es aún un relato, ni estas ideas congregan a un sector significativo y mucho menos son parte o inspiran el programa de Matthei que más bien simboliza a la vieja derecha.

Por el contrario, el Presidente Piñera ha quedado muy solo y ha sido víctima de ataques furibundos de la llamada “familia militar pinochetista” pero también de numerosos dirigentes y parlamentarios de la UDI que sienten, en lo que para Piñera son desafíos de futuro, una verdadera traición al sector.

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06 oct 2013

Veinticinco años después, ¿una promesa incumplida?

Al cumplirse veinticinco años del triunfo del “No” en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, que derrotó -al menos en las urnas- a la más brutal tiranía que haya existido en la historia de Chile, debo decir que ese triunfo representa para mí el más hermoso recuerdo que conservo de mi adolescencia.

Yo tenía quince años de edad recién cumplidos, había nacido poco más de un mes antes del golpe de Estado, en el seno de unos padres pertenecientes a una emergente clase media, de primera generación con estudios universitarios, que me enseñaron desde muy pequeño el valor del respeto por las demás personas y la virtud de la tolerancia con las ideas ajenas. Pero también me advirtieron del peligro que significaba expresar opiniones contrarias al gobierno dictatorial de aquella época. Éramos una de las tantas familias chilenas que estaban sometidas a la cultura del miedo.

De ahí que las imágenes de la franja del “No” en la televisión –que se transmitía por apenas quince minutos cada noche de lunes a viernes, después de los programas estelares, y los sábados en la mañana- me causaran una gran impresión.Porque después de tanto temor a la disidencia, era realmente impresionante ver en la pantalla a artistas, políticos, animadores y gente común y corriente expresarse con valentía en contra de la dictadura, entre ellos a Patricio Bañados como conductor de la franja opositora, con ese temple democrático que nos hacía tanta falta.

Después de quince años de silenciamiento y represión, era increíble ver a toda una ciudadanía movilizarse sin miedo, sin odio y sin violencia con la esperanza de derrocar a un régimen de terror a través del sufragio, bajo el sonido de un hermoso himno lleno de optimismo: “La alegría ya viene”, “hasta cuándo ya de abusos, es el tiempo de cambiar”, “porque sin la dictadura la alegría va a llegar”… “terminemos con la muerte, es la oportunidad de vencer a la violencia con las armas de la paz”.Todo ello no deja de conmoverme hasta el día de hoy.

Fue en medio de esa gran conmoción, que decidimos con mi hermano menor, que tenía apenas 11 años de edad, hacer unos afiches del “No” con lápices de colores e ir a pegarlos a un panel instalado sobre unos pilares de dos metros de altura, ubicado en una plaza de nuestro barrio, donde sólo habían afiches en el lado del “Sí” y ninguno en el sector reservado para el “No”. Lo que nos parecía inconcebible.

Mientras mi hermano y yo estábamos en esa plaza, unos estudiantes universitarios, sentados en una banca, nos observaban entre risas cómo intentábamos encaramarnos infructuosamente en aquel panel. Luego ellos se acercaron a ayudarnos, haciéndonos pisaderas con sus manos.Gracias a esos estudiantes logramos pegar nuestros artesanales afiches alusivos al “No”.

También recuerdo que fue particularmente divertido cuando en pleno período de fiestas patrias, en un baile de colegio en el que yo participaba con mucho entusiasmo, repentinamente se produjo un corte de luz. Acto seguido comenzaron a manifestarse mutuamente los del “Sí” contra los del “No”, en un eufórico intercambio de gritos y palmoteos que no había vivido nunca.

Y ya en la madrugada del 6 de octubre de 1988, después que Pinochet por fin había aceptado a regañadientes su derrota frente a sus pares, cuando el subsecretario del Interior confirmaba frente a todos los medios de comunicación social que el porcentaje de votos “No” había superado el 53%, todos en mi casa gritábamos de alegría por aquel triunfo, que nos parecía de lo más increíble. Ese mismo día, con varios de mis amigos nos repartimos efusivos abrazos. Por fin la dictadura llegaba a su término.

Podrá decirse que el plebiscito del 5 de octubre de 1988 permitió instalar el modelo neoliberal y autoritario, que Pinochet y sus partidarios plasmaron en su constitución, impuesta ocho años antes a través de un fraudulento plebiscito en 1980: sin registros electorales, con mesas compuestas únicamente por sus partidarios, sin libertad de expresión para los opositores y con los agentes de la CNI votando varias veces. Ello es plenamente cierto.

Así como también es cierto que, veinticinco años después, sigue imperando la misma constitución que la dictadura impuso para legitimar su proyecto ideológico, y que pese a sus más de cien modificaciones, todavía mantiene la misma estructura de capitalismo ilimitado con una democracia restringida, incapaz de generar cambios sustanciales a la excesiva privatización heredada de la dictadura, que quebrantó el acceso y la calidad de la educación y salud públicas, el derecho a la sindicalización y los espacios púbicos de participación social.

Pero no es menos cierto que el triunfo del “No” fue la única posibilidad real que tuvo la oposición pacífica, en aquel entonces, para que se reabrieran las puertas de un régimen de elecciones libres, periódicas e informadas.

Y aunque la democracia no se agote en el sufragio universal, sino que se nutre del respeto y protección de aquellos derechos fundamentales, conocidos modernamente como Derechos Humanos, sin los cuales el régimen democrático resulta imposible, la campaña del “No” tampoco prometió más que la libertad del pueblo para elegir a sus gobernantes, como efectivamente ocurrió catorce meses después.

Por ello, nada más injusto que calificar al triunfo del “No” como una promesa incumplida.Porque fue gracias a ese triunfo, a la apertura de esas mínimas condiciones de democracia formal, que hoy podemos pedirle cuentas a la clase política por sus promesas incumplidas en los últimos veinticuatro años, de democratización de las instituciones políticas, de verdad y justicia ante las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura, y de cambios sociales hacia una mayor igualdad en las condiciones de vida de las personas.

Pero no obstante nuestras legítimas reivindicaciones ante las promesas incumplidas de los gobiernos democráticos, también debemos recordar, como bien dijo el gran escritor mexicano Octavio Paz, que “la democracia no es un absoluto ni un proyecto sobre el futuro, es un método de convivencia civilizada. No se propone cambiarnos ni llevarnos a ninguna parte; pide que cada uno sea capaz de convivir con su vecino, que la minoría acepte la voluntad de la mayoría, que la mayoría respete a la minoría y que todos preserven y defiendan los derechos de los individuos.”

Por lo tanto, la democracia no es perfecta, y siendo ella nada más que un método de convivencia civilizada, nuestra aspiración por una Nueva Constitución, que se ha manifestado con mayor fuerza en estos últimos dos años, en vez de buscar una nueva ideología o un “modelo alternativo de desarrollo”, ¿no debiera enfocarse a establecer un orden democrático pluralista, que garantice aquellos principios y reglas fundamentales, que nos permitan a todos y entre todos una auténtica deliberación ciudadana, y de este modo dejar abiertas las posibilidades de transformación?

En otras palabras, ¿no sería más interesante aspirar a una Nueva Constitución, que siente las bases de una auténtica democracia: representativa y participativa, deliberativa y pluralista?

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05 oct 2013

Recuerdos del No

Revisando algunas columnas que escribí en el desaparecido periódico Fortín Mapocho, puedo recuperar algunos recuerdos de aquella jornada épica que significó el plebiscito hace veinticinco años atrás, cuando una mayoría ciudadana, armada de un simple lápiz, de manera contundente trazó la cruz del NO para poner término a una dictadura con armas.

¿Quiénes concurrieron al plebiscito con su apuesta democrática por el NO y qué aspiraban? fueron parte de las preguntas que me formulé en esas columnas para tratar de entender el proceso que debería liderar una oposición que aspirara a conducir la recuperación democrática y la reconstrucción de una sociedad escindida por tremendas grietas sociales.

Por ese entonces había serias aprensiones sobre el papel que jugarían las mujeres que, según los analistas de la época, representaban históricamente las expresiones más conservadoras de la sociedad.

Si bien para muchos de quienes trabajábamos en centros de estudio y ONG’s de acción social, tales apreciaciones eran contradictorias con las prácticas transformadoras que estaban realizando masivamente las mujeres organizadas en estrategias de supervivencia, de promoción de derechos civiles y sociales, en defensa de derechos humanos y varias formas de representación social, el comportamiento político en el plebiscito se mantenía como una incógnita.

El análisis de los resultados en las mesas de mujeres logró demostrar, a diferencia de lo que se suponía, que la votación femenina fue mayoritaria por el NO.Pero más sorprendente aún fue que las mujeres, alterando una tradición electoral, superaron en más de doscientos mil al electorado masculino.

También por esas fechas, los analistas describían a los jóvenes con dos tipos de conductas antagónicas que llevaban a un mismo resultado de marginación del proceso electoral.

Por un lado, los análisis enfatizaban la apatía y la indiferencia como rasgo de una juventud sin voluntad para inscribirse en los registros electorales y, por lo mismo, que no participaría en el plebiscito.Por el otro, estaba la caracterización de una juventud que priorizaba la violencia y, consecuentemente, distante del ejercicio electoral.

Y el análisis de lo acontecido en el plebiscito rompió también las estereotipadas imágenes de los jóvenes.

En primer lugar, y lejos de las previsiones, los jóvenes concurrieron masivamente a inscribirse en los registros electorales y, posteriormente, se inclinaron mayoritariamente por el NO, como se pudo deducir de la contundente victoria que obtuvo la opción por el NO en las mesas de reciente constitución y donde se concentró la tardía inscripción juvenil.Pero no sólo eso, pues los jóvenes tuvieron un rol fundamental en el desempeño del plebiscito, integrando masivamente la red de apoyo de las fuerzas opositoras, actuando como apoderados de mesas, como enlaces y en los centros de cómputos paralelos que instaló la oposición.

El NO fue mayoritario prácticamente en todo el territorio nacional, pero su votación fue especialmente alta en centros poblacionales de capas medias y de sectores populares, así como en áreas territoriales de concentración de trabajadores.

En ciudades donde estaban concentrados los mineros del cobre y del carbón y en áreas exportadoras -Rancagua, Calama, Lota, Coronel, Puerto Montt, Copiapó, sólo para señalar algunas de ellas- el NO recogió más del sesenta por ciento de adhesión.

En la Región Metropolitana, con excepción de Vitacura, Las Condes y Providencia, en todas las restantes comunas populares como San Miguel, Cerro Navia, La Pintana y la Granja, dos terceras partes del electorado estuvo por la opción del NO, mientras en comunas de capas medias como Macul, Ñuñoa y Santiago la mayoría prefirió el NO.

Esta composición de una mayoría democrática plural expresada en el plebiscito fue el antecedente para la conformación de una fuerza política de amplia representación para la reconstrucción democrática, en el que pudiera sintetizarse una recobrada identidad nacional capaz de recoger especificidades e intereses particulares de mujeres, jóvenes, trabajadores, sectores populares urbanos y rurales, así como capas medias.

En las semanas y meses que siguieron al plebiscito la preocupación central de la concertación opositora fue definir los mecanismos de designación de la candidatura presidencial y su programa de gobierno.

Tal como todas las encuestas de esas fechas indicaban, las preferencias ciudadanas aspiraban a un candidato único capaz de expresar un común programa de gobierno para la transición democrática. En todas las encuestas primaba la opinión que importaba, tanto o más que el programa de gobierno, una candidatura única que lo representara de manera creíble.

Y los estudios de esa época ya mostraban, tempranamente, la apuesta por los cambios de parte de quienes se habían pronunciado por el NO, por contraste con el inmovilismo social y la continuidad de las condiciones políticas y económicas que promovían aquéllos que habían hecho la opción del SI en el referendo de octubre.

Los estratos medios y de bajos ingresos, sin distinción de sexo, con importante presencia juvenil, pero también de adultos sobre los 30 años de edad, mostraban de manera persistente, en todas las encuestas de opinión realizadas con posterioridad al plebiscito, que seguían adhiriendo a la postura que representaba el NO e identificándose con el antiautoritarismo. Esta adhesión cubría a un amplio arco político que abarcaba desde algunos sectores auto identificados con la centroderecha hasta la izquierda.

Todos estos sectores aspiraban a una oposición unida en torno de una candidatura única, moderada y flexible, que tuviera como ejes orientadores de su quehacer la recuperación de la democracia y la resolución de los graves problemas sociales que se heredarían de la dictadura.

Las mismas encuestas mostraban que, así como la demanda mayoritaria se inclinaba por un liderazgo presidencial moderado, capaz de negociar y dialogar, ello no se oponía a una fuerte demanda por cambios que priorizaban la disminución de la pobreza y el desempleo, una mejor distribución del ingreso, el acceso a la salud y la defensa de los derechos humanos, sentidos mayormente como los problemas más acuciantes a ser resueltos por el futuro gobierno democrático.

El balance de los veinticinco años no puede ignorar estos antecedentes y nos muestra que el éxito del proceso opositor para recuperar la democracia fue haber iniciado un esfuerzo por articular la política con la diversidad de rasgos y demandas sociales.Esfuerzo de articulación que, con el paso de los sucesivos gobiernos, se perdió.

Y esa es una lección de futuro: cómo revincular la política con una ciudadanía diversa para la exigente agenda de cambios de los próximos años.

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05 oct 2013

La NO violencia

A comienzo de los años ochenta el director de cine Richard Attenborough donó el estreno de la película Gandhi al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF. Por ese motivo me correspondió organizar la presentación en Chile, Argentina y Uruguay, países donde la propuesta de la No Violencia Activa era abrazada por millones de demócratas que no estaban de acuerdo con la vía armada para derrocar a los regímenes militares.

A diferencia de la simple pasividad, la No Violencia Activa fue el método que utilizó Gandhi en la India para luchar contra el imperio británico. También caracterizó las luchas de Martin Luther King en los Estados Unidos; Nelson Mandela en Sudáfrica; Lech Walesa en Polonia y de Adolfo Pérez Esquivel en Argentina, entre otros.

Recuerdo como si fuera ayer la llegada de Patricio Aylwin al cine Pedro de Valdivia y emocionarse, al igual que miles de chilenos, con la puesta en escena de la biografía de Mahatma Gandhi, magistralmente interpretado por Ben Kingsley.Eran tiempo en los cuales abríamos espacios culturales para mantener vivo el espíritu, cultivar las ideas y fortalecer las propuestas libertarias.

No me cabe duda que don Patricio -inspirado en los valores del humanismo cristiano y convencido de que el camino no violento era el único capaz de derrotar verdaderamente a la dictadura- debe haber encontrado inspiración en Gandhi, al igual que Martin Luther King, quien dijo que gracias al hindú se dio cuenta por primera vez de que la doctrina del amor, de la no violencia activa, “es una de las armas más potentes de las que dispone un pueblo oprimido en la lucha por la libertad”.

Propuso en cambio amar a nuestro enemigo, lo cual no significa aceptarlo como es con sus partes de injusticia e inhumanidad, sino buscar cambiar la situación de opresión sin destruirlo .”Si logramos llevar nuestra batalla —decía King— con amor y dignidad, la posteridad dirá que hubo una vez un gran pueblo, el pueblo negro, que inyectó en las venas de la civilización una nueva sangre de dignidad y de ideales”.

En Chile, Aylwin fue el líder que convenció – incluso a adversarios del pasado-, que debíamos aceptar el reto al que nos convocaba la dictadura.Se apostó a triunfar por la mejor arma de la democracia: el voto y avanzar en forma pacífica, sin exponer al pueblo a nuevas violencias, sufrimientos y pérdidas de vidas, sin grandes traumas hacia la democracia, aunque eso significara moverse en el estrecho margen que dejaba el dictador con los amarres jurídicos inventados por los civiles del régimen.

Trabas todas abiertamente anti democráticas, algunas de las cuales subsisten hasta hoy.

Así, sin odio, sin violencia, se venció a la dictadura y se le impidió eternizarse en el poder.Desterrando el predominio de la fuerza sobre la razón, permitiendo gritar desde lo más profundo de las convicciones humanistas.¡Nunca más! ¡Nunca más atropellos a la dignidad humana!¡Nunca más odio fratricida!¡Nunca más violencia entre hermanos!

Y volvieron a imperar los valores de amor a la libertad y el rechazo a toda forma de opresión, la primacía del derecho sobre la arbitrariedad, la tolerancia a las opiniones divergentes y la tendencia a no extremar los conflictos, sino procurar resolverlos mediante soluciones consensuales.

También recuerdo como si fuera ayer el 5 de octubre de 1988, cuando de madrugada partimos a los recintos de votación a defender los votos. Miles en las mesas, otros tantos miles en los sistemas de cómputos que permitieran rebatir con argumentos serios a los ” yes men” de palacio que quisieron hacer el mismo fraude de la consulta nacional de 1980.

Los triunfos no lo logran hombres solos, pero siempre hay líderes que encabezan los procesos.Aylwin tuvo junto a él a una decena de partidos políticos que es bueno recordar: Democracia Cristiana, Socialista-Almeyda, Socialista Histórico, Socialista-Mandujano, Socialista-Núñez, Unión Socialista Popular (USOPO), Partido por la Democracia, Partido Radical, Partido Radical Socialista Democrático (Facción Sule/Luengo),Partido Social Democracia de Chile, Izquierda Cristiana, Movimiento de Acción Popular Unitario (MAPU),Movimiento de Acción Popular Unitario Obrero Campesino (MAPU-OC),Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR),Partido Comunista de Chile (PCCh), Partido Democrático Nacional (PADENA),Partido Humanista de Chile, Liberal, Partido Los Verdes, Partido Nacional por el NO.

También estuvieron allí los sindicatos, el movimiento estudiantil, las organizaciones vecinales, los comerciantes, las iglesias, la Masonería y millones de chilenos que desde siempre han adherido a la No Violencia Activa.

Todos ellos dieron su respaldo al camino propuesto, permitiendo así que el 5 de octubre de 1988 los chilenos en las urnas derrotaran a la dictadura más cruel e ignominiosa de nuestra historia.

Todos ellos merecen el reconocimiento por haber construido la paz. Si existiera un premio de la Paz colectivo, debería dársele al pueblo chileno.

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04 oct 2013

Piñera y la jefatura del Estado

A pesar que el señor Presidente ha dicho en una última entrevista que prefiere gobernar e interiorizarse de todo lo que pasa en el país, lo que resulta muy meritorio, pero desgastante, nos ha sorprendido en los últimos días con diversas resoluciones en distintas materias que demuestran claramente que después de un largo ejercicio presidencial ha adquirido plenamente la estatura de un Jefe de Estado.

La más conocida de sus actuaciones se refiere al cierre del Penal Cordillera que ha sido muy analizada y comentada. Se le ha acusado injustamente de realizar aquello por razones electorales y personales, que más bien apuntan a una hipótesis un poco aventurada.

En realidad la actuación del Jefe de Estado se produjo como necesaria y casi única respuesta a una entrevista de quien fuera jefe de la Dina, que sin la menor discusión constituía en sus dichos y contextos una absoluta falta de racionalidad y un completo desprecio por todos los chilenos y en particular por quien actúa como Jefe de Estado.

Dar una entrevista en los términos que se hizo era literalmente reírse de todo el país y particularmente de la primera autoridad y por ello recibió la condigna respuesta con su traslado a un penal menos exclusivo.

Por otra parte un organismo dirigido por un funcionario de la estricta confianza del señor Presidente ha develado una increíble trama en relación con las operaciones de Bolsa en las sociedades Cascadas del ex yerno de Pinochet controladoras de Soquimich y que constituían una situación completamente inaceptable en una economía libre y respetuosa de los derechos de quienes realizan transacciones en la llamada Bolsa de Comercio de Chile.

Esta actuación de un subordinado del Presidente no es un acto aislado y debemos recordar lo ocurrido el año pasado con el caso Enersis y otros menores, pero igualmente graves.

El Jefe de Estado a través de sus autoridades de confianza inicia así un proceso de depuración de las actividades mercantiles que llevaban a la vista de todos demasiado tiempo. Curiosamente se ha aceptado y aún todavía ocurre que la propia Bolsa de Comercio es dirigida por un presidente de empresa que transa en ella o por representantes de corredoras de bolsa que hacen negocios habitualmente sin la necesaria transparencia.

Asimismo, la autoridad bancaria ha dictado normas que ponen fin a situaciones de bancos que transfieren fondos a empresas relacionadas del dueño como el caso de Unimarc y Corpbanca a través de triquiñuelas financieras que demuestran que algunos que conocieron la crisis de 1983, aunque eran académicos, no han entendido que los países no se pueden construir sobre la base de eludir o usar resquicios que hagan inaplicables las leyes.

Estos tres hechos referidos nos permiten afirmar que Sebastian Piñera, ha actuado como un verdadero Jefe de Estado.Eso no solo le puede convenir a él, sino que por sobre todas las cosas es útil y necesario para indicar caminos claros de la forma como se ejerce el poder y que nada importa a la hora de respetar la majestad de la ley si quienes se ven afectados son amigos, compañeros de ruta o partidarios de un mismo sector político.

Ad portas de una elección presidencial lo obrado por el actual mandatario pone en evidencia que más allá de leyes y decretos la voluntad y decisión son lo fundamental para ejercer con plenitud la primera magistratura.

Co autor de la columna es el abogado Hernán Bosselin C.

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04 oct 2013

La gesta del 5 de octubre, lecciones para el futuro

Este 5 de octubre se cumplen 25 años del triunfo del No, esa hermosa gesta colectiva que nos permitió reencontrarnos con la libertad y la democracia. Ese día del año 1988 millones de chilenas y chilenos definieron, pacíficamente y sin temor, el rumbo de la Nación al cabo de más de 15 años de dictadura, la que, a su vez, pretendía eternizarse en el poder.

Mucho antes, las fuerzas democráticas habían comenzado un proceso de reencuentro. Se inició con la conformación de la Alianza Democrática, continuó con la firma del Acuerdo Nacional, la constitución del Comité por las Elecciones Libres y culminó con la fundación de la Concertación de Partidos por el No.

Fue un largo período de reconstrucción de confianzas, en el que fuimos reconociéndonos, cultivando la amistad cívica, aceptándonos y respetándonos en nuestras diferencias, y asumiendo los errores cometidos antes del golpe de estado.Entendimos que por sobre los dolores, recelos y sufrimientos había llegado la hora de la cooperación, del entendimiento y del espíritu constructivo para que Chile recuperara su trayectoria democrática.

Todos sabemos lo que ocurrió ese 5 de octubre. Por eso hoy junto con conmemorar es el momento de evaluar y proyectarnos hacia el futuro.

¿Qué trajo al país la victoria del No? Entre otros avances y conforme a nuestra tradición histórica, volvimos a la democracia como forma política legítima de convivencia y restauramos la plena vigencia de los derechos humanos; duplicamos el tamaño de nuestra economía y nos reinsertamos en el mundo participando activamente en los procesos de la globalización; modernizamos nuestra infraestructura vial, social y productiva y disminuimos significativamente la pobreza.

Pero cuidado. La democracia es aliada necesaria de la verdad. Una política sincera no puede ocultar las verdades fundamentales, ni tampoco evitar que a las cosas se les llame por su nombre.Yo tengo claro que aún hay demandas insatisfechas, inseguridades y temores, así como también sé que han surgido nuevas preocupaciones en Chile.

No se trata de ser autocomplaciente o autoflagelante, sino de entender que el proceso de construcción de la obra que iniciamos en los años ochenta, más allá de sus logros y vacíos, no acaba nunca. Por el contrario, nos exige una permanente revisión y un imprescindible perfeccionamiento, para lo cual requerimos de mucha perseverancia para avanzar cada día, sin desmayo, en una paciente labor.

Por eso, y muy especialmente en un momento en que se cuestiona legítimamente la representatividad de nuestro sistema democrático, y cuando la política, sus actores e instituciones han caído en el descrédito, se hace necesario más que nunca recuperar el coraje, la generosidad y desprendimiento con que actuamos en jornadas épicas como la del 5 de octubre para recuperar la fe en nuestra democracia.

¿Por qué no atreverse a pensar que el entusiasmo que recorrió a nuestro pueblo cuando triunfó el No, dando paso así a la democracia, puede reproducirse en otras gestas cívicas como dotarnos de una nueva Constitución, o mejorar la calidad de la educación, o derrotar la pobreza y la desigualdades?

Para ello hoy necesitamos, por sobre todo, una estrecha unidad entre nuestros ideales y nuestras acciones. Que nuestras palabras estén acompañadas por hechos, que nuestro quehacer político diario esté animado por convicciones, que nuestros valores se expresen en políticas concretas y realizaciones palpables. Ésa es la exigencia de la hora presente y que debe estar en el centro de nuestras preocupaciones.

En definitiva, se trata de que con la misma unidad política y moral con que recuperamos la democracia, hagamos que esta democracia sea plena, eficiente y al servicio de todos los chilenos.

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04 oct 2013

5 de octubre, ¿qué se puede pensar 25 años después?

La jornada del 5 de octubre de 1988 fue el momento fundacional de un camino que llevó a la transición y al tipo de democracia actualmente vigente. A ese título es vista hoy con frecuencia con la lógica del desencanto. No obstante, su evaluación debe ser más compleja.

Declaremos desde ya que “la alegría vino”, pues derrotar a Pinochet en un plebiscito convocado por él mismo le provocó sonrisas hasta a los más indiferentes.Y ciertamente a los millones que se jugaron por dejar atrás a la dictadura y votaron por la opción NO y decididamente a las más de 60 mil personas que organizaron el control de los resultados del plebiscito, con alma y pasión, y que pudieron contar más del 90% de los votos de manera independiente del Estado.

Esa movilización social y civil convocada por los partidos democráticos, sin parangón en los procesos electorales modernos, contribuyó a disuadir a todos los que quisieron esa noche desconocer el resultado. Sabemos hoy que eso incluyó el intento de declaración de Estado de Sitio por Pinochet y su ministro del Interior Fernández (una vez más la sombra de la UDI), que fue rechazado por el resto de la junta militar y de la derecha política, que intuía que el camino del desconocimiento podía terminar mal para ellos, al estilo de Ferdinand Marcos en Filipinas.

Pero para quienes esperaban superar a breve plazo todos los dolores individuales y sociales acumulados en 16 años de dictadura, ciertamente la alegría no vino ni, agrego por mi parte, difícilmente podía llegar, pues la heridas humanas eran demasiado profundas y la regresión social demasiado severa.

Es obvio, además, que la alegría simplemente no es un estado permanente.Convengamos,entonces,que la ironía amarga del tipo “¿no era que iba a venir la alegría?” frente a cada problema de los últimos 25 años, es no saber apreciar una victoria democrática colectiva que merece ser celebrada y recordada como uno de los grandes momentos de la historia contemporánea de Chile.

En la configuración de la arena del 5 de octubre de 1988 confluyeron los que querían una nueva legitimación de la dictadura, los que querían un tránsito a una democracia doblemente tutelada militarmente y por las oligarquías económicas y los que queríamos derrotar y desbordar políticamente a la dictadura desde la oposición de centro y de izquierda para construir una democracia moderna y progresista.

Los que en la izquierda promovimos la llamada “renovación socialista” fuimos tempranos y activos partidarios de configurar esa arena de lucha política, y fuimos denostados por la izquierda sectaria,“inscripción=traición” escribían en los muros, incluidos algunos de los hoy organizadores de las celebraciones de los 25 años que nunca se identificaron con el arco-iris.

Apreciábamos entonces que debía construirse una línea de derrota política de la dictadura a través de un proceso de desobediencia civil generalizada y de alianzas partidarias amplias (incluso con quienes habían contribuido decisivamente a derrocar al Presidente Allende en 1973 y colaborado inicialmente con la dictadura en una actitud que no los enaltece históricamente) y no una línea de acciones militares sin viabilidad en las condiciones de la dictadura chilena, y que en caso de éxito prefiguraría, habíamos concluido después de amargas experiencias, un autoritarismo contrario a los propósitos democratizadores.

Además, se trataba de definir sin equívocos, y no como una cuestión táctica en la vena leninista, que la democracia sería el espacio y límite de la acción política futura, en un contexto de plena autonomía de la sociedad civil y con una ruptura clara con cualquier alineación con los llamados “socialismos reales”. El proyecto de cambio debía ser progresivo y estar sujeto a la obtención de las mayorías populares y ciudadanas suficientes.

La opción alternativa era prolongar los intentos de lucha armada, legítimos frente a una tiranía, pero ahora en una escala mucho mayor, y confrontar a la dictadura donde ésta era más fuerte, en el terreno militar, y no en el terreno del desborde social y político, donde era más débil, como terminó demostrándose.

Mi compañero de colegio Raúl Pellegrin, no lo entendió así, y quiso relanzar con su FPMR la lucha armada apenas dos semanas después del 5 de octubre. Pagó con su vida en manos de una represión inhumana el postrer intento de replicar la revolución cubana y nicaragüense en Chile.

Así, entre la continuidad de la dictadura y los sufrimientos de una lucha armada prolongada con miles de muertos adicionales,o bien abrir un proceso incierto de transición a la democracia, hubo quienes pensamos que más valía lo segundo.Y así actuamos.

Pero era una tarea exigente, si el objetivo era el horizonte de la democracia política y social, que implicaba luchar (“la política es lucha” decía Max Weber) contra el doble condicionamiento constituido por la tutela militar y la tutela de las oligarquías económicas sobre la soberanía popular, ambas contenidas en la constitución de 1980. Se trataba de acumular fuerza política, social y cultural a partir de una situación adversa, y con una derecha y un pinochetismo electoralmente fuertes.

En materia de tutela militar, después de sinuosos e inesperados caminos, como la detención de Pinochet en Londres, el proceso fue definitivamente exitoso, lo que terminó de consagrarse en el gobierno de Ricardo Lagos, lo que la historia alguna vez le reconocerá, pese a sus detractores altisonantes, así como a los mandos que cambiaron la doctrina del Ejército.

Quien no quiera admitirlo, simplemente comete un error de hecho: los militares no determinan el curso político en el Chile de hoy y son probablemente menos intervencionistas que en cualquier otra etapa de la vida republicana.

Decenas de oficiales detenidos en Punta Peuco están para demostrarlo,dicho sea de paso, una cárcel sin privilegios pero segmentada es una opción que defendí y sigo defendiendo, aunque las voces de los tiempos digan otra cosa.

En todo caso, es una curiosa discusión sobre la impunidad militar la que consiste en deliberar acerca de dónde deben estar prisioneros los violadores a los derechos humanos condenados por la justicia.

Los tribunales, desde inicios de este siglo, aluden la prevalencia de los tratados internacionales firmados por Chile en materia de derechos humanos para declarar los crímenes contra la humanidad inamnistiables e imprescriptibles. Esto se debe a la reforma constitucional pactada y plebiscitada en 1989, que consagró el actual artículo 5ª de la constitución vigente. No es poca cosa.

La segunda gran tarea, levantar la tutela de las oligarquías económicas sobre la democracia, ha sido, en cambio, un resonante fracaso.

La economía está más concentrada que nunca, los ingresos permanecen distribuidos de manera escandalosamente desigual y la explotación de los recursos naturales y sus frutos está como nunca en manos de privados y transnacionales rentistas y no de la Nación chilena.

Esto se debe a la mantención de senadores designados durante 16 años y, todavía, del sistema binominal y los quorum antidemocráticos de leyes orgánicas, muy equivocadamente concedidos estos últimos en 1989.Y a dos fenómenos adicionales.

Primero, en la esfera intelectual, al proceso de personas influyentes que fueron primero doctrinarios ortodoxos marxistas-leninistas o bien humanistas cristianos y que se adscribieron luego a la visión neoliberal.

Segundo, a la reconversión de una parte significativa de la dirigencia política de centro y de izquierda al pragmatismo puro y simple y el abandono del impulso reformador original en beneficio de una conducta meramente adaptativa para ocupar espacios de poder burocrático, o simple y tristemente para obtener un reconocimiento por los factores de poder existentes en la sociedad chilena.

Asumir que la transición a la democracia y el establecimiento en Chile de un Estado fuerte capaz de gobernar el mercado y ganar derechos sociales extendidos resultó ser mucho más complejo y largo que lo que preveía el diseño inicial, no implicaba, al menos para algunos de nosotros, abandonar la vocación de transformación radical de la sociedad desigual, excluyente y polarizada que construyó la dictadura.

El proyecto político de “crecimiento con equidad” que tuvo origen en la Concertación, dio un fuerte giro hacia políticas de subordinación al mercado y a los intereses de las grandes corporaciones, dejando de lado las reformas estructurales igualitarias que eran el núcleo crítico que debía acompañar el cambio de régimen político.

Se terminó pactando con la derecha en temas esenciales,como la privatización del cobre, del litio, de las aguas y las sanitarias, contra la opinión de algunos de nosotros, los “autoflagelantes”, que fuimos derrotados.

Se autorizó el financiamiento de las empresas a las campañas electorales. Incluso en la oposición se hizo concesiones inaceptables, como en materia de sistema escolar y de royalty minero en 2010 y2011, con la consecuencia de ceder espacios a la privatización educacional y la pérdida de soberanía sobre las rentas del cobre hasta 2024. Estas conductas no fueron congruentes con el espíritu del 5 de octubre.

¿Cuál es la agenda pendiente? Desarrollar la democracia para hacer efectivo el rol de los poderes públicos en la vida económica, con un Estado Social de Derecho capaz de organizar la cohesión de la vida colectiva y el respeto del ambiente, así como consagrar un rol igualmente decisivo para la auto-organización de la sociedad civil.

Esto requiere de una nueva constitución, cuya elaboración históricamente más civilizada e institucional es la que puede realizar una asamblea constituyente elegida especialmente para el efecto, en base a un pronunciamiento de los ciudadanos en un plebiscito convocado por el gobierno con el aval del parlamento.Los que descalifican el camino de la asamblea constituyente como un desvarío chavista no se detienen a pensar que ha sido el gran factor de estabilidad democrática en países como Brasil y Colombia.

La izquierda democrática chilena debe en definitiva recuperar su rol histórico sobre la base deplantearse viabilizar cinco grandes temas.

- Una nueva institucionalidad democrática para nuevos derechos civiles, participación política equitativa y descentralización.

-Una política económica desarrollista, con énfasis en infraestructura, I+D, política industrial, expansión de energías no convencionales, con desconcentración de mercados, diálogo social, derechos laborales que incluyan negociación colectiva inter-empresas y participación en las utilidades, acceso al crédito a las pymes, derechos colectivos de los consumidores, reforma tributaria progresiva, el control nacional de la renta minera y una política monetaria con tarea antiinflacionaria y además de promoción del empleo en el manejo del ciclo económico.

- Una nueva política social contra la desigualdad que a) sustraiga la educación y la cultura del mercado, b) sustituya la mercantilización de la protección social en salud, pensiones y desempleo por sistemas públicos y sociales universales, es decir una propuesta hacia las clases medias y populares y c) elimine el “clientelismo bonista y de subsidios”, con integración por el empleo en formas de economía social y cooperativa local y por derechos de ingreso de ciudadanía para las personas en condición de precariedad y marginación.

- Una nueva política de desarrollo territorial, con programas de intervención urbana que amplíen el espacio público y mitiguen la fractura social espacial y la privatización de la vida cotidiana, junto al eco desarrollo de los espacios urbanos y rurales y la protección de los recursos naturales.

- Una política exterior autónoma, que promueva la integración vecinal activa (con ampliación de nexos con Argentina, acuerdo equitativo de salida al mar para Bolivia y mejoría de relaciones con Perú, incluyendo un proceso de desarme compensado), una mayor integración política en seguridad colectiva, económica y migratoria sudamericana y una articulación latinoamericana en la gobernabilidad global.

En vías de terminar el corto ciclo gubernamental de la derecha, incapaz de ofrecer un proyecto inclusivo de país, es de esperar que no vuelva por sus fueros la continuidad del método político de no analizar las causas de las derrotas, señalizar para un lado y virar para el otro, no plantear temas controversiales en las campañas porque alejan electores ni aplicar luego los programas en el gobierno porque afectan la estabilidad.

Esa es, a estas alturas,la mayor garantía de inestabilidad futura, de deterioro de la democracia y de alejamiento de la esperanza abierta el 5 de octubre de 1988.

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04 oct 2013

Un cuarto de siglo después

No fui partidario de la estrategia de incorporarse al esquema de Guzmán y Pinochet cuando, desde 1985, muchos dirigentes opositores comenzaron a hablar del plebiscito que la dictadura cívico-militar tenía preparado para consolidar su modelo. Siempre he creído que a las dictaduras se las derroca y no se las derrota, como dijo alguna vez Belisario Velasco.

La discusión opositora encontró tres bandos: los que querían seguir este camino; los que queríamos la opción de la desobediencia civil y la no violencia activa y los que optaban por la vía armada.

Manipulados por los medios de comunicación y debidamente atemorizados en sus diálogos con aquella derecha que sirvió de sustento “moral y político” a la dictadura, los dirigentes opositores desarrollaron una conducta que en las páginas de ANÁLISIS llamé “ochentaynuevismo”, que se expresaba en la debilidad para confrontarse con la dictadura y la necesidad de acomodarse para buscar un espacio en el diseño de democracia restringida (“protegida” dijeron ellos, “aparente” la he llamado yo) de la ilegítima constitución vigente, de modo de lograr un pacto que les asegurara la posibilidad de un gobierno, aunque no el poder real.

Si en 1985 hubiésemos acordado una estrategia política confrontacional, sin mediar el atentado contra Pinochet que asustó a pinochetistas y opositores, el rumbo de los acontecimientos habría sido distinto. Pero no lo fue, porque el miedo de esos dirigentes era morir en el intento, no sólo morir físicamente – que hubiese sido lo de menos en un Chile con tantas víctimas – sino morir en el sentido de no garantizarse sus espacios para vestirse de los oropeles de los cargos.

Me inscribí en los registros electorales el último día. Acepté votar. Recuerdo haber explicado a un pequeño grupo de militantes DC mi postura.

Sucederá, les decía, que con esta opción tomada, el triunfo del SI tendrá como resultado que no podremos luchar por derrocar al dictador que haya ganado en las urnas y el triunfo del NO garantiza a los partidarios de la dictadura la vigencia de su Constitución en lo fundamental, la consolidación del modelo político, económico y social y el control del poder real.

Expresaba en aquella oportunidad mi inquietud por el curso de los acontecimientos: una generación de jóvenes frustrados, la pérdida de la esperanza, el descrédito de la política, la dificultad para hacer reformas verdaderamente significativas. Veía un cuadro de agitación y desesperanza.

Alguien me dirá, pero es que en 1988 no había otra posibilidad, ¿qué hubieras hecho tú? Por cierto, en ese momento era así, ya era tarde. Una estrategia por construir una democracia verdadera debía adoptarse antes, pero sus dirigentes no quisieron y prefirieron negociar. Lo propusimos, pero nos acallaron.

Porque ya no había otra opción y había que optar por el mal menor, me inscribí en los registros electorales; por eso ayudé en algo – no mucho – en la campaña electoral y por eso el día del plebiscito estuve activo como coordinador (en mi sector territorial) del comando del NO con las fuerzas militares.Esa noche salí a recorrer las calles. No me sentía contento. Al día siguiente fui a trabajar y no salí a celebrar en la Alameda. Fui al Parque dos días después, pero estaba inquieto.

E inquieto he estado todos estos años. Porque el pacto entre esos opositores y los partidarios del modelo de Pinochet y Guzmán sacrificaba mucho, aunque también significara avances.

Es verdad que algunos de esos progresos han sido muy importantes, pero un cuarto de siglo después seguimos constatando que hay un alto porcentaje de chilenos que sigue adhiriendo a los postulados del pinochetismo más duro, revestido hoy de caras sonrientes. Y que una generación de adultos jóvenes vive ciertas frustraciones y descontentos básicos.

¿Votaste por el SI o por el NO? Es decir, ¿querías que Pinochet siguiera tan campante o que su régimen se consolidara sin él en el mando total? ¿Esa era la opción del pueblo? No, por supuesto que no, porque los dirigentes revistieron su estrategia con una linda propaganda y promesas que siempre supieron que no iban a cumplir. Si un mérito tiene esa campaña es que disminuyó el miedo.

Pero no magnifiquemos, no fue el fin de la dictadura, no fue el fin de Pinochet. Se ha dicho que el plebiscito ponía término a la dictadura. Eso no fue cierto.

Y aquí está el régimen consolidado, con la mitad del Congreso Nacional defendiéndolo y una buena parte de la otra mitad buscando mantenerse en los cargos por la mayor parte del tiempo, no dispuestos a renunciar a espacio alguno ni a las nuevas ideas ni a las nuevas generaciones ni a otros sectores culturales.

Dirigentes que tendrían que haberse inhibido de participar en una democracia por sus conductas en torno al tema de los derechos humanos, han sido – son todavía – ministros, senadores, diputados, alcaldes, concejales y quieren seguir en lo mismo.

Mientras, las esperanzas de un pueblo de que las cosas sean diferentes, que haya justicia, trabajo digno y bien pagado, libertad real para todos, siguen pendientes. Los enclaves de los mismos de siempre les siguen garantizando riqueza y bienestar a sus pequeños grupos.

Hemos avanzado en estos 25 años. Pero no hemos construido la democracia de verdad ni tenemos la justicia necesaria.

La campaña de 1988 fue estética, bonita, valiente para personas como Patricio Bañados, aliviadora para los que vivíamos el estrés de los derechos humanos. Pero pudo haber sido mejor.

Hoy es posible dar saltos. Por ejemplo, 25 años después, podremos votar por quien queramos y no por males menores. Ya no tendremos que elegir entre opciones desesperadas y pensar que si no votamos podemos legitimar la continuidad del tirano.

Hoy podemos votar, después de 25 años, para expresar rebeldía. Y tal vez esperanza. No para esta elección, que la ganarán los mismos de siempre – mismas se debiera decir -, sino para mirar la esperanza de un entendimiento de otra naturaleza, donde nos pondremos de acuerdo en cosas trascendentales para construir una democracia en la que el poder se transforme en participación.

Pero reconozcamos, 25 años después, ahí estamos con los de siempre. 25 años después, no todo es alegría.25 años después dan ganas de soñar de nuevo y, sin volver atrás en la historia, dar un salto para sentir que la primavera vuelve a abrirse paso.

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04 oct 2013

No

Latinoamérica entera estaba sumida en las peores dictaduras militares que recuerde la historia. Todas ellas amparadas y protegidas por el Pentágono y la CIA norteamericana.Chile en este contexto no era la excepción.

Pinochet gobernaba con mano dura y cruel, desde el fatídico 11 de septiembre de 1973 y quería continuar con el poder absoluto por 8 años más.

Para concretar estos siniestros propósito llamó a un plebiscito el 5 de octubre de 1988, con la total certeza , según sus asesores , que obtendría un triunfo arrollador. Simplemente las encuestas se equivocaron una vez más , para bien de todos y todas.

Ese día fue el principio del fin, cavó su propia tumba sin que se le pasara por su mente, un resultado adverso, nunca entendió, ni comprendió que la gente estaba hastiada de tanta humillación ante el gobierno corrupto que encarnaba.

Han transcurrido largos 25 años de aquella epopeya, hazaña histórica inigualable.Única en un contexto electoral, dado que nunca un régimen de facto había sido derrocado por la fuerza moral y ética del voto popular, la ciudadanía se expresó mayoritaria y contundentemente por la opción NO.

Con toda la alegría que significó el triunfo, la tarea fue titánica, antes, durante y posterior al proceso , dado a la enorme incredulidad que existía en la población, respecto a si se respetarían los resultados, por unas fuerzas armadas que durante 17 años , mantuvo a la gente sumida en el terror absoluto.

Era imposible confiar, sobre todo si vivíamos atemorizados, por un miedo que recorría la espina dorsal del país de norte a sur.Diariamente conocíamos sobre las detenciones arbitrarias e ilegitimas, de aquellos pocos que al comienzo, éramos capaces de hacerle frente a la represión y denunciar los continuos atropellos a los derechos humanos y civiles.

En consecuencia “era de loco participar”, si los registros electorales, de más de 6 millones de electores fueron incinerados, con el objetivo de que chilenos y chilenas, nunca más fueran ciudadanos como lo establecía la espuria constitución del 80.

Era de una ingenuidad, pretender ganar si los partidos políticos, estaban clausurados unos y otros en receso, cuando no fuera de la ley.

Era una ilusión hasta casi patética, cuando la mayoría de la prensa radio, diarios y canales de TV era afín al régimen, con una obsecuencia cómplice, como fueron las cadenas del Mercurio y La Tercera. Los escasos medios opositores eran censurados y sus valientes periodistas y reporteros gráficos detenidos o silenciados, tras el calvario de la tortura, desaparición o el brutal asesinato.

Era casi imposible obtener un resultado meridianamente confiable si todo estaba controlado por los organismo de seguridad, con el beneplácito de capitán general, “donde no se movía una hoja sin que él no lo supiera” con un país absolutamente sumergido, castrado en sus elementales condiciones de persona humana.

En este estadio de tanta adversidad dimos una lucha muy desigual. Primero extirpando el miedo, rescatando la confianza, construyendo la esperanza, alimentando un sueño, tarea nada fácil, por el escepticismo reinante, donde algunos considerábamos que era la única forma de salir de la dictadura y otros ilusamente propiciaban la vía armada.

Aquellos que la practicaron constataron que sus resultados fueron desastrosos y la venganza o respuesta por esas acciones culminaron con una estela de macabros asesinatos.

Espero que nadie se confunda, la masiva respuesta con un resultado imprevisible, ganador para el No fue muy duro de reconocer por el Dictador; hasta altas horas de la noche, el subsecretario de interior Alberto Cardemil, se guardaba la información, incluso se pensó hasta en un decreto de volver a declarar el Estado de Sitio en toda la Nación.

La lúgubre idea no prosperó, solo podía nacer del insano déspota que acorralado y desesperado lo propuso a los demás miembros de la Junta, los cuales se negaron a tales viles e impresentables propósitos, dejándolo por primera vez solo, con su derrota personal.

La única fuerza que inspiró a miles de compatriotas fue su arraigado sentido cívico, su espíritu libertario, su anhelo de vivir y construir todos junto una democracia, que aunque todavía es incompleta, imperfecta, sin duda es mucho, mejor que nada.

Que esto no se nos olvide, para no repetir los errores y horrores del pasado. Fue una lección demasiado dolorosa, donde nunca jamás podrán restañarse las heridas causadas, a tantos inocentes que bridaron sus vidas por un mañana en libertad.

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