20 ago 2013

Sherezade en Dinamarca

“Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte. Durante el día te sentías cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.”

Así comienza Lejos de África, inspirada crónica sobre cuya base descansa en buena medida la fama de su creadora. Karen Christenze Dinesen, artífice de este drama acerca de la pérdida de un paraíso agreste y el trágico final de sus amores con Denys Finch Hatton, nació en Rungstedlund, en 1885. Nunca pisaría una escuela, gracias al socorro familiar la madre pudo educarla con exigentes institutrices.

Su padre, el capitán Wilhem Dinesen, había vivido un tiempo entre los Chippewa, indígenas norteamericanos que lo apodaron Boganis. Posteriormente, agobiado por la sífilis, se ahorcó cuando la hija apenas tenía diez años; de él Karen heredaría su inventiva aventurera y las inclinaciones literarias.

Transformada en Karen Blixen, al casarse con un primo lejano, el barón Bror Blixen, juntos comenzaron una plantación de café en Kenia, The Karen Coffee Company.

El marido coronó el primer año de difícil himeneo contagiándola con la pavorosa Treponema pallidum. Karen, divorciada tras seis años de mal vivencia y harta de infidelidades, quedó a cargo de la finca. Aprendió lenguas aborígenes y conoció a fondo las costumbres locales; «hermana leona» le decían afectuosamente los nativos por su precisa puntería y coraje cazando fieras predadoras del ganado.

En Nairobi conoció a Denys, iniciándose un apasionado romance, laberíntico por la irrevocable independencia del amante, y abruptamente concluido al estallar en llamas el avión Gipsy Moth que éste pilotaba.

Notable es que la baronesa, en ese primitivo entorno, lograra crear una floreciente atmósfera cultural, acrecentada por curiosos e ilustrados visitantes que otorgaron a la casa “una elevada categoría en vinos, tabaco, libros y discos”. El propio Denys era un esteta formado en Oxford. Y hasta el Príncipe de Gales admiró en su mesa la salsa Cumberland preparada por Kamante, el chef kikuyu formado por ella.

A la muerte de uno de esos camaradas, Berkeley Cole, anota emocionada y sutil: “Faltaba la levadura del pan de la tierra. Desapareció una presencia llena de gracia, de alegría y de libertad, un factor de potencia eléctrica. Un gato se había levantado y abandonado la habitación.”

La manipulada caída de los precios del café marcó el epílogo de aquellas andanzas. Obligada a vender, regresó a su país.

Ya no volvería al continente en el cual “Dios y el Diablo son uno”, “el descubrimientos de las razas de piel oscura fue una magnífica ampliación de mi mundo”, y las jirafas “de curiosa e inimitable gracia vegetal” le sugerían no una manada de animales “sino una familia de flores enormes, raras, de tallos largos y moteados, que avanzaba lentamente.”

Arruinada y anacrónica en la sombría vida europea, comienza una segunda gran aventura, producir una literatura original y ajena a los estilos de la época. Entonces, aislada en Rungstedlund -refugio para su enfermedad- concluye Siete cuentos góticos.

Libreros daneses y británicos rechazaron el manuscrito: ¡Una aristócrata cincuentona enviando su ópera prima! No se amilana y con seudónimo masculino remite el texto a EEUU.

La crítica neoyorkina, en 1934, proclama a Seven Gothic Tales obra maestra, rubricando de este modo el acta de nacimiento de Isak Dinesen. Poco después, el volumen sería impreso en Copenhague como Syv fantastiske fortællinger, no obstante fue displicentemente recibido: el exotismo y elegancia algo demodée no calzaron con el gusto imperante.

Cuentos de invierno, editado en Dinamarca durante la ocupación alemana, repitió éxitos anteriores. Eludiendo el hábitat gótico, africano y aristocrático de pasadas publicaciones, ahora se aproximaba a la tradición narrativa danesa. Y la cercanía con el folklore nórdico dio al libro valor simbólico en la resistencia cultural contra el nazismo. Tiradas clandestinas circularon entre los soldados que combatían a Hitler.

El único reparo a Isak Dinesen, se ha dicho con sana envidia, es el exuberante brillo expresivo de esas fábulas plenas de mudanzas y desvíos inesperados, donde el afecto por la narración domina al interés por la forma. Avezada en la técnica de la caja china —historias dentro de historias—, en ocasiones sorprende por el tono humorístico utilizado para referir, en clave de minucias cotidianas, increíbles brutalidades y bellaquerías.

Los temas, de preferencia autobiográficos, originan una amplia galería de personajes: adolescentes malvadas o angelicales, brujas, princesas, cocineras, divas operáticas, bandoleros, amazonas, reyes, purpurados, pintores, gitanas, poetas o nobles medievales.

Acusada de “decadente” por la ambientación pretérita y sus extraños protagonistas, respondía: “Los decadentes confunden los géneros y recargan las relaciones con mensajes, reivindicaciones sociales y filosofía. Solamente soy cuentista. Es la historia lo que me atrae, y la manera de contarla”. “Sin el menor apego por las cuestiones sociales ni lo freudiano”, sólo quiero “inventar bellos relatos”. Y se mantuvo fiel a sí misma y a Sherezade, su modelo.

La escritura comprometida tendrá virtudes, pero a una saga aburrida no la salva nadie. El artista divirtiendo con la imaginación puede satisfacer una remota afición humana, el deseo de fantasía.

El cine no siempre atina recreando grandes cuentos, dramas o novelas. En su caso, con discutible ventura, destacados directores consideraron sus escritos.

Orson Welles decepcionaría con Una historia inmortal; Emilio Greco hizo una efímera Ehrengard; Sidney Pollak en la hollywoodense, antojadiza y racista África mía ofrece una edulcorada y bucólica visión de un escenario bronco, rústico y tenso; Gabriel Axel en El banquete de Babette, admirable en diversos sentidos, malogra la suntuosa anécdota con cierta monotonía, y obviando lo político disminuye a la enigmática y profunda cocinera.

Más bien habitante de los siglos dieciocho y diecinueve, aunque sus amigos sospechaban que tenía “tres mil años de antigüedad”, esta insólita hidalga sumó a los homenajes literarios el astronómico: honrándola, el asteroide Blixen circunda el firmamento.

También una especie de fragantes rosas blancas lleva su nombre.

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  • CARLOSMARISCAL

    Notable artículo, como siempre este columnista, y es muy cierto que la película África mía no tiene nada que ver con el libro. Típicas traiciones de Hollywood a los grandes escritores. Si no, recordemos ese bodrio de Desayuno en Tiffan’ys.