01 ago 2011

Al final de este viaje

Todo vuelve donde partió hace una semana: cruzar la cordillera de Los Andes.

Pero esta vez -es raro decirlo-, hacia mi hogar… en Baires. De verdad, es muy divertido pasar de incógnito por la ciudad de uno (bueno, la ex), sin llamar, sin avisar, sin contarle a los demás que uno está aquí de visita. Felizmente mi contaminado Santiago nos recibió ese sábado con glorioso cielo azul post-lluvia y pudimos dedicarle siete horas de turismo express en el auto pre producido de antemano desde la oficina.

Mientras Osvaldo el chofer nos paseaba, yo me enorgullecía de la cordillera nevada, de las calles limpias, de la ordenada civilidad y quizás de qué otra pelotudez que habré dicho.

Juan se sonreía con esa paciencia suya, y Ruso se lo perdió porque ya conocía the city y se fue directo a la calle San Diego a buscar accesorios para su ciclística vida.

Yo llevé a toda velocidad a Juan a través de La Moneda, el centro y Lastarria ,no por ver mi ex-barrio ondero, sino para tocarle el timbre a Javier, que no estaba; y después nos juntamos todos de nuevo en el Mercado Central, donde de nuevo tuvieron que soportar mi cantinela sobre la corriente de Humboldt y la abundancia de mariscos, y el vino blanco, y toda la payasá. “Desde que te conozco, chileno, nunca te vi más feliz”, dijo Juan.

Bajamos el almuerzo pedorreándonos de lo lindo por el cerro San Cristóbal, en un atardecer magnífico y muuuy frío que sirvió para las últimas fotos. También se siente ajeno ser turista en casa.

A las siete de la tarde ya estábamos técnicamente fuera del país, buscando desesperadamente una tele entre tanto duty free para ver el partido Uruguay-Argentina.

Hasta el último momento, Juan estuvo en contacto con su mujer en el celular (¡gracias, producción!), y él le hablaba, y ella le contaba los penales, y el avión ya corría, y ella relataba, y ajustarse los cinturones, y gol de Uruguay, y… nos quedamos en un suspenso fatal hasta bajarnos en Ciudad de México.

DF, la ciudad que nunca se acaba cuando uno la ve desde el avión.

Apenas tocamos tierra alguien dijo “Argentina eliminado”, y con eso Juan no compuso más la cara, sumado al pequeño detalle de que eran las 4:30am hora local y ya llevábamos viajando, o más bien, despiertos, casi 24 horas.

En el más puro mexican way, nuestro contacto en el pantano del águila no había reservado lo prometido, y allí estábamos muertos de cansancio y con la espalda en la mano esperando una eternidad por nuestras valijas mientras el pobre Juan producía algún hotel pidiendo internet prestado. Por fin hicimos check-in faltando para las 6:00am, hechos mierda, en un City Express que nos costó un huevo y ya nos dejó cortos de presupuesto antes siquiera de comenzar la pega.

Un domingo especial: aparte de tener el cuerpo cortado en pedacitos, nuestra primera salida para estirar la piernas coincidió con la primera versión del Desfile de Verano (o algo así), un nuevo experimento municipal oportunamente auspiciado por una telefonía, para dar inicio a las vacaciones de los chicos.

Pero nosotros no queríamos mirar a Homero sobrevolando Reforma, más bien le dedicamos el día a la misma versión de turismo express que la tarde anterior (aunque relajada, ya conocíamos).

Además, allá estaban desde antes otros tres amigos-colegas de Endemol grabando otra producción, así que después de unos telefonazos estábamos estos cinco argentos y yo enchilándonos, wey, con estupendas micheladas y mi favorita cerveza Indio.

Por la tarde fuimos a Coyoacán, un clásico, que estaba más que repleto de gente, así que le hicimos el quite y terminamos en sus calles más desiertas y exclusivas. El broche de oro fue entrar a los aposentos no-permitidos de la famosa Casa-Fuerte, residencia del célebre Emilio “el Indio” Fernández, ¡ídolo!

Resulta que Matías había hecho un capítulo de “Intervention” con la hija del Indio (alcohólica heavy), y con ese puro dato pudimos entrar a la cocina donde estaba nada menos que Emilio-nieto (según él, ex-alcohólico ahora), un tipo de treinta años con pinta de cincuenta y la mirada perdida de quien tiene que administrar una herencia tan gigante, compleja y oscura como la que el Indio le dejó. Fue un gran momento ese momento.

Por fin el lunes comenzamos a trabajar y la imagen es ésta: a 40 metros de altura, bajando un silo por una escalera marinera exterior, con casco, guantes, antiparras, chaleco reflectante y zapatos de seguridad. Parecíamos los Village People.

Checamos distancias, tiempos, tiros de cámara y todo lo que necesitaremos, en dos días un poco menos productivos de lo que nos hubiera gustado. Había olvidado que en México nosotros “parecemos alemanes” (así nos dijeron la primera vez que fui) por la forma en que trabajamos, que es básicamente rápido y en serio. Para ellos, todo es “ahorita”, lo que tiene un margen de entre media hora y un día.

Esa tarde nos cambiamos de hotel y, para gran coincidencia, terminamos nada menos que en el Milán, sobre Álvaro Obregón, donde hace ¡once! años hospedamos grabando “La Torre De Papel”. En los pasillos me crucé con los fantasmas de Valdés, Marete, Peraldi y Skármeta, y me reí solo. ¡Órale!

El martes terminó el periplo mexicano nada menos que en una parrilla argentina de la colonia Roma, a pasos de la casa de mi amigo Schiff -que en esta vuelta no pude ver; y ahí disfruté la mejor carne argentina que he probado, aunque un poco lejos de su patria.

Con la panza llena de bife y tinto nos despedimos de los endemoles y de Ruso, y enfilamos al aeropuerto, otra vez a sufrir el indigno calvario del pasajero aéreo: eternas esperas, fila para todo, sacarse el cinturón y vaciar los bolsillos, ser revisado como criminal, otra fila en el counter, otra fila en inmigración, otra espera en el bus, otra fila en la escalera, otra fila en el pasillo de la nave, otra espera para salir… y después lo mismo, pero bajando, al amanecer, en Bogotá.

Primera vez para Juan y para mí, así que teniendo apenas dos horas, salimos campeantes y muertos de sueño a que Jorge el taxista nos hiciera nuestro tercer tour express.

Conocimos “el centro” y vimos a los zombies que venían volviendo de la parranda; fuimos al pie del simbólico cerro Montserrate pero no subimos el funicular; y cuando fuimos a la plaza principal caímos en cuenta que era 20 de Julio, día de la independencia colombiana.

Se preparaba un desfile militar a toda pompa, así que apenas divisamos la catedral porque estaba todo cercado. Era el hermoso barrio colonial de La Candelaria, donde pasamos sin querer por la casa que fue la última residencia del Libertador, “de donde partió para no volver jamás”, dice en una placa.

Y otro maldito avión (¿mencioné que odio volar y los aeropuertos?). Pero ahora cortito, y por fin, para llegar -casi- a destino: Valledupar, pequeña ciudad de 350.000 personas (dato que no importa nada), capital del Departamento del César (dato chistoso, pero también inútil), y mejor que todo, capital mundial del vallenato (dato que importa demasiado).

Lamentablemente, no pudimos quedarnos a disfrutar con los herederos de Francisco “el Hombre”, o la Dinastía Zuleta, o Diomedes Díaz, o el “Flaco de Oro” Gutiérrez… tuvimos que conformarnos con algún remedo actual y seguir ¡dos horas más! por tierra, con un taxista que evidentemente no tenía claras las sutilezas del aire acondicionado ni del pedal del acelerador; simplemente les daba con todo.

Y por fin llegamos a la famosa mina El Cerrejón, el tajo abierto más grande de extracción de carbón de Colombia, 69.000 hectáreas de explotación del hombre por el hombre para algunos pocos hombres. Después de lo que pareció una eternidad pudimos echar los huesos sobre alguna horizontal, en el sector hotelero para los funcionarios administrativos. Era un mundo perfecto de casitas todas iguales, niños felices en bicicleta, canchas y piscinas, como el pueblo de Ben en “Lost”. Donde hay una mina, hay plata (interprétese como sea).

Nuestro trabajo de dos días ahí estuvo caluroso y polvoriento, pero con una gran experiencia: yo tuve la oportunidad de viajar de copiloto en un camión minero gigante, “ayudar” a cambiar llantas monstruosas (no hice nada), y asistir a una voladura. Mientras tanto, Juan trataba de mover montañas de producción, así que a la noche estábamos agotados y un poco chatos.

Necesitábamos escapar y poder evaluar sobre nuestros avances, así que fuimos “a Colombia”, o sea que salimos de ese ficticio mundo perfecto de trabajadores perfectos al cercano y muy imperfecto pueblo de Albania, donde la música fuerte y los niños a pie pelado nos recordaron quiénes somos (sudacas nomás). Me gustó más la cerveza “Águila” que la “Club Colombia”, y la sierra a la plancha me pareció ni fú ni fá.

Aprovechando nuestro único y último día libre, partimos ayer al Parque Nacional Tayrona, 15.000 hectáreas de selva y mar Caribe donde alguna vez vivieron los indios ídem y hoy llegan gringuitos piel blanca a destrozársela con el sol. Para llegar a las playas no se puede entrar en auto, así que ahí partimos Juan y yo cabalgando en “Negro” y “Bernardo”, estupendos ejemplares equinos que se ganan la zanahoria de cada día haciendo la horita para allá y la horita para acá llevando a un pelotudo diferente cada día.

Hay que imaginarse una película de Indiana Jones pero sin Harrison y con dos panzones incapaces, pero el entorno era mayor y mejor: selva tropical, senderos de fango, monos tití en las alturas… y el sonido, ese sonido maravilloso e inconfundible de los insectos por millones que uno nunca alcanza a ver y que te mantienen a raya diciendo “vos no sos de acá”.

Con el culo destruido llegamos por fin al playa del Cabo, que era una postal viva: arenas claras, olitas suaves, agua cristalina… ¡y dos viejas argentinas! Bueh… menos mal no había un chileno. Qué maravilloso lugar, que maravilloso tirarse al mar después de haber tragado toneladas de tierra, qué maravilloso olvidar por una tarde que uno trabaja en la tele y todas sus consecuencias. Y otras consecuencias, las tres últimas, y que me persiguen hasta ahora, en el último avión, mientras escribo esto: me duele el orto, tengo la piel tan quemada que hasta la polera me acuchilla, y los mosquitos me comieron las canillas.

Todo vuelve donde partió hace una semana: cruzar la cordillera de Los Andes. Después de la pesadilla de tres aviones (el segundo lleno de chilenos high volviendo de vacaciones, ¡qué acento horrible!), perdernos la final de la Copa América, volver con la pega hecha hasta por ahí nomás… al final de este viaje sólo quiero llegar a casa.

Leo la editorial no firmada de ese diario grande que cuesta agarrar y compruebo que todo sigue tan facho o peor que siempre en mi país, así que mejor lo dejo a un lado y termino de poner esto en no-papel para que no se me olvide, y con suerte, para que alguien lo lea.

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