Señora de las tres décadas

11 de Agosto, 2008

Desde la irrupción de Nadia Comanecci en los juegos del 76 en Montreal, el prototipo clásico de las gimnastas ha sido el de niñas de catorce o quince años, gráciles y livianas, con el eje de gravedad lo más bajo posible para permitir mejores piruetas.

Por eso que una mujer de 33 años clasificara a las finales individuales en estos juegos ha provocado admiración y elogios. Pero la verdadera historia de Oaksana Chusovitina es mucho más que una cuestión deportiva. Es un drama de vida.

Oaksana nació y compitió en Barcelona 92 –ganando una medalla de oro- en Uzbekistán. Cuando decidió que su carrera había casi finalizado, se casó con un luchador y dio a luz a Ulisher, un niño que fue tempranamente diagnosticado con leucemia. Agobiada por la enfermedad y sus costos, Oaksana decidió seguir compitiendo, despertando la solidaridad internacional de un deporte que es, por esencia, un terreno sin Dios ni ley. Se hicieron colectas, veladas de ayuda y todo tipo de cooperación para una mujer que, ahora sí, competía por dinero.

Hasta que los entrenadores del equipo alemán de Colonia decidieron ofrecerle un cupo en la escuadra, solventarle parte del tratamiento y la nacionalidad a la gimnasta, a su esposo y a Ulisher.

Oaksana compite por quinta vez en los Juegos Olímpicos. Ahora bajo bandera alemana. Una mujer grande, madre, desarrollada en un mundo donde la idea es, precisamente, retardar la madurez. Ha clasificado a las finales individuales pese a que su escuadra no lo consiguió.

Ver su ejecución en el piso es todo un poema. No en el sentido clásico del deporte. La que evoluciona es una mamá que merece, con creces, una medalla.

Cosas raras

10 de Agosto, 2008

Sandra Saakashvili, la primera dama de Georgia, reunió a su equipo olímpico, compuesto por 37 personas y les rogó que, por encargo de su marido, se mantuvieran en la competencia, pese a que las dramáticas imágenes de la guerra del Cáucaso eran exhibidas en la televisión local e internacional, generando una sensación de profundo temor en los deportistas.

Pocas horas después, una mujer llamada Nino (sic) Salukvadze ganaba la primera medalla de bronce para su país en estos juegos en… pistola de aire.

Fue extraño también el grosero e inexplicable asalto de un ciudadano chino al suegro del entrenador de voleibol de los Estados Unidos en el hermoso Templo del Tambor, en pleno centro de la ciudad. Lo atacó con arma blanca, dejó herida a su esposa y luego se suicidó lanzándose desde el segundo piso del monumento. Si hay una ciudad en el mundo donde se puede pasear sin temores ni de robo ni de violencia es Beijing, y el violento ataque puede ser interpretado como una increíble desgracia.

La situación -sin embargo- ha generado un nuevo clima de tensión, donde hay incidentes graves, como el ya descrito, y otros menores, como la insólita falla en el himno estadounidense cuando Michael Phelps ganó los 400 combinados con record del mundo. George Bush estaba ahí, en el Cubo de Agua, tratando de que no se note la supremacía local en el medallero encumbrando a sus principales figuras.

Hay imágenes que, sin embargo, nos conmocionan sólo a nosotros. Ver a la señora de Andrónico Luksic avivando a chiflidos a Fernando González en el court del tenis nos amortiguó un poco, sólo un poco, la ausencia de la Tía Sonia. Uno de los empresarios más ricos del mundo, que le vende cobre a manos llenas a la emergente economía local, se pasea en shorts por las instalaciones, supervisando su importante y saludable inversión en los deportistas nacionales en el Plan Ado.

Y, por último, está Patricio Almonacid. Un ciclista que pasó del anonimato al centro de la polémica. El muchacho de Puerto Montt, que está -como muchos de nuestros alcaldes- en proceso de terminar su cuarto medio, decidió ser protagonista del ciclismo en ruta escapándose en solitario durante ciento ochenta y nueve minutos para robar cámaras de la transmisión internacional. Atrás, el grupo venía de paseo, rodando despacio y hasta saludando a los turistas en la Muralla China, mientras Almonacid se rompía el alma para mantenerse al tope, para que las cámaras captaran su rostro, su camiseta, su bicicleta. Se reventó de cansado, por cierto, y abandonó luego, con su objetivo cumplido.

Recordé a Gabriela Andersen, la suiza que se desmayó extenuada a la meta del Maratón; al equipo de Bobsleigh (trineo) de Jamaica que llegó cabeza abajo y que inspiró la película Jamaica Bajo Cero; a Eric Moussambani, el nadador que no sabía nadar en Sydney 2000 pero, casi ahogado, llegó al otro lado de la piscina. Evoqué a tantos héroes que lo dejaban todo por cumplir su objetivo: llegar como fuera.

Almonacid, el chileno, se dio otro gusto, menos glorioso pero más rentable. Se mostró al mundo en una variante más mediática, más moderna y más polémica del antiguo espíritu olímpico. Lo que importa no es llegar, sino saber donde está la cámara.

El tigre, el dragón y Lin Hao

8 de Agosto, 2008

Mientras  China deslumbraba al mundo con la más bella ceremonia masiva jamás vista, Rusia invadía Georgia.

Los niños eran homenajeados de distintas maneras en la obra de Zhang Yimou preparada durante siete años, sin saber que pocas horas antes, el Presidente de los Estados Unidos fustigaría una vez más a las autoridades chinas por la utilización de menores en trabajos inhumanos y por sus discutibles políticas laborales.

Un nativo de Sudán -que se salvó de la muerte por hambre huyendo- fue el abanderado de los Estados Unidos, mientras Nicolás Sarkozy aplaudía desde la tribuna después de amenazar en vano con un boicot si las situaciones del Tibet, Dafour y los derechos humanos no se resolvían. Lo que, obviamente, no ocurrió.

¿No era que los Juegos eran una tregua universal? ¿Puede la sublime belleza expresada a través del arte hacer olvidar las contradicciones sociales de un pueblo? ¿Los ochenta mandatarios que presenciaban emocionados los fuegos artificiales están verdaderamente comprometidos con los valores del olimpismo?

Puedo decir que jamás vi nada semejante. Y creo que no lo volveré a ver. Los chinos demostraron que son una maquinaria bien aceitada cuando se trata de emprender obras en conjunto, marcadas por la gradiosidad. Tienen la épica de la grandes gestas, la minuciosidad de los detalles, las ansias permanentes de volar, de trascender, de levitar, de forzar las reglas de este mundo.

Fue un espectáculo grandioso, único, irrepetible. Que, como suele acontecer con los Juegos, nos hace soñar con un mundo mejor, con una competencia sana, con la unidad de los pueblos. Pero los tanques en la frontera de Rusia y Georgia, el menguado desfile de la intervenida delegación de Irán, el sudanés que portaba la bandera estadounidense se insinuaron nítidamente bajo las sombras de los imponentes fuegos artificiales.

Yo prefieron quedarme en el detalle de Lin Hao, el niño de nueve años que acompañó a Yao Ming, el gigante abanderado de los locales. El pequeño se convirtió en héroe para el terremoto de Sicuani, cuando salvó a varios de sus compañeros de bajo los escombros de la Escuela Primaria de Yuzixi. Desde su cándida ingenuidad, corriendo al lado de su ídolo, en un homenaje sencillo y noble, Lin Hao nos deja sin pirotecnia un mensaje para el verdadero mundo mejor.

La bandera de todos

7 de Agosto, 2008

Fernando González escuchó a la distancia con emoción y risas. El contacto telefónico con la Presidenta Michelle Bachelet lo ungía como el abanderado chileno, una distinción que alcanzó por votación popular.

En China, donde las cosas se hacen de otra manera, las autoridades determinaron que sea Yao Ming, el basquetbolista más famoso en la historia del país, el que represente a los locales en la ceremonia inaugural.

En Estados Unidos, como corresponde a los garantes de la democracia, fueron los mismos deportistas los que eligieron a su abanderado, poniendo en primera fila una de las historias más conmovedoras que entregan estos Juegos. El elegido fue un atleta de 23 años llamado López Lomong, quien participa en los 1500 metros y es oriundo de Sudán.

Su historia es increíble y contingente. Cuando tenía apenas seis años López supo que en Sudán estaba condenado a la muerte segura, por lo que aceptó la invitación de dos amigos –de ocho y nueve años- para huir a la frontera con Kenia. Caminando a oscuras durante días para eludir a las patrullas militares, llegó a un campo de refugiados donde fue admitido, pero sus amigos debieron volver por ser considerados “adultos”. Despidiéndose entre lágrimas, Lomong juró que jamás los olvidaría.

Diez años vivió como refugiado. Como era pequeño y rápido le asignaron labores de “correo”, por lo que estaba corriendo siempre: para llevar un encargo, para buscar un mensaje, para ser el primero en la repartición de la comida.

Cuando finalmente Estados Unidos lo acogió, debió aprender el idioma y luego demostrar que podía ser un gran mediofondista, la diferencia entre la fama y el anonimato en la nueva tierra. Lomong, estudiando y corriendo, lo logró rápidamente. Con carta de ciudadanía, ganó los trials para clasificar a los Juegos de Beijing.

Emocionado tras el triunfo, sus primeras palabras fueron de agradecimiento para los dos muchachos que lo ayudaron a escapar de su propia patria. Sudán –apoyado económica y bélicamente por China- mantiene oprimida y sometida por la violencia a la mayor parte de la población, y el conflicto en Dafour ha puesto en jaque a las autoridades de Beijing, que han vetado todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU para condenar al gobierno sudanés.

López Lomong será el estandarte de todos los que condenan al país anfitrión. En la batalla ideológica, podrá decirse que los estadounidenses también son condenados por sus políticas intervencionistas o protectoras en materia internacional, por lo que el desafío del desfile sólo consigue desatar un enfrentamiento inevitable para los tiempos que corren.

La historia más emotiva y polémica de la ceremonia inaugural la contará un abanderado que llevará, con honor, un estandarte que no es el suyo. Es el de todos.

La muralla de Weiwei

6 de Agosto, 2008

Manu se mueve lento, como todos los tipos demasiado altos. Circula entre centenares de chinos y un grupo de atletas ucranianos que insten en ensayar malabarismos sobre la muralla. Sí, sobre la muralla, haciendo alarde de su capacidad para mover los pies pequeños entre las piedras de la primera de las maravillas del mundo.

Emmanuel Ginóbili –Manu- aprovecha sus últimas horas libres antes de defender el oro del básquetbol argentino para recorrer –con sus pies gigantes- las piedras lisas de la más maravillosa de las construcciones del imperio sin mostrar demasiado entusiasmo, quizás porque eligió, como nosotros, el segmento de Badaling para decirle a familiares y amigos que estuvo en la Gran Muralla, una serpiente de seis mil kilómetros que atraviesa el territorio chino como una cicatriz que, dicen, se ve desde el espacio. “El mayor cementerio del mundo”, porque se asegura además que en su construcción murieron millones de trabajadores, un sacrificio vano si se considera que como todas las fortificaciones de tierra, no impidió que los mongoles pasaran. Pero inmortal si se piensa que fue y seguirá siendo el mayor símbolo de la cultura milenaria de las dinastías gobernantes en la tierra de los dragones.

Pero, seamos honestos, Badaling se parece más a Disneylandia que a la muralla de las láminas de un libro extraordinario que me muestra los restos increíbles de una estructura que vence todos los obstáculos naturales. Este trozo, ubicado a menos de una hora de Beijing y hasta donde se puede llegar en amplia carretera o en tren, es un sector altamente turístico que, perdónenme la insistencia, es esencialmente local.

A partir de estos Juegos es probable que la imagen de China pase a ser un Nido de Pájaros, una estructura que, al igual que la Opera de Sydney, perdurará como símbolo de una nación que se desarrolla en base a la originalidad y la audacia arquitectónica.
 
El Nido es, al mismo tiempo, todo un símbolo de estos Juegos. Obra de Ai Weiwei, el hijo de un opositor político del régimen en la Revolución Cultural, que debió abandonar su patria muy pequeño para radicarse en los Estados Unidos, donde estudió arquitectura. Ganó el concurso para construir el principal estadio de los Juegos con un sentimiento contradictorio: no está de acuerdo con el Gobierno ni sus políticas de derechos humanos, pero le edificó el edificio en el que se cimentará la imagen de su modernidad. “Al menos sé que en el futuro será utilizado por generaciones que sabrán crecer en espacios más libres”, se justificó públicamente.

Weiwei le ha dedicado la obra a su padre, un perseguido. Y así podrá vivir en paz, sabiendo que, como en el pasado, lo que perdura son las estructuras capaces de trascender al paso del tiempo.

Negociar sin transar

5 de Agosto, 2008

El Palacio de la Seda es sólo un lindo nombre. En una de las esquinas más concurridas de Beijing, un edificio cuadrado de seis pisos alberga puestos pequeños que, divididos por categorías, ofrecen clones de grandes marcas de vestuario, imitaciones de carteras, artículos electrónicos legítimos y de los otros, artesanía y joyas. Una suerte de Meiggs que haría el sueño de cualquier chileno bien nacido.

Por tres lucas 200 se puede comprar un par de zapatillas Puma, donde el felino aparece saltando…al revés. O una cartera Dolce & Gabana en diez lucas. O un Iphone en 70. Para llegar a esos precios hay que hacer una negociación de regateo de casi media hora, histriónica y absurda, donde no hay contemplaciones: el que no juega no compra. Si usted pretende pagar la mitad de lo que le piden sin trámites, no le aceptan. Y puede llevárselo al décimo de lo inicial si finalmente opta por el jueguito más delicioso para los que se han convertido en adictos a estas prácticas.

Ah, y de seda hay muy poco.

Es que acá todo suele ser bellamente adornado. Por ejemplo, el último de los esfuerzos gubernamentales para maquillar su apertura. Liu Shaowu, el responsable de seguridad del Comité Organizador, dictó en las páginas de Internet del ente las normas para realizar protestas públicas antes de los Juegos. Se pueden hacer en tres parques –dos de ellos muy alejados de los recintos deportivos-, avisar con cinco días de anticipación y no dañar “los intereses nacionales, sociales y colectivos”.

Si se mira con perspectiva, las normas soñadas de cualquier Intendente de Santiago antes del día del Joven Combatiente.

El tema no es menor si se consideran, en todo caso, los temores chinos, que prevén y anuncian actos terroristas como el vivido ayer en Xinjiang, donde murieron 16 policías en un ataque con explosivos. Por eso el anillo de misiles en torno al Nido y las normas restrictivas para los asistentes a los Juegos.

Realidad o mito generado para apretar las restricciones, la seguridad es un tema que no se percibe en las calles. No hay camiones con militares ni ostentación de metralletas o tanques. En Tiananmen se celebró un concierto sin desmanes hace un par de noches y todo parece en calma. Pero en estas cosas nunca se sabe. Y, como en el Palacio de la Seda, los chinos están dispuestos a negociar sin transar. Con paciencia de lo que ustedes saben.

Maldito Bertolucci

3 de Agosto, 2008

Los chinos son ruidosos. Hablan fuerte por celular en el metro, tocan la bocina y venden sus productos voceándolos sin pudores.

Son, para compensar, tipos muy generosos y cordiales. Que hacen un esfuerzo impresionante para comunicarse. Yo creo, honestamente, que es pérdida de tiempo aprender chino mandarín, porque con los Juegos muchos chinos hacen un esfuerzo para irse al inglés sin más trámites, aunque digan a cada rato “good evening”, que está obsoleta hasta para mi precario dominio de la lengua madre.

Del español ni soñarlo: encontrar un folleto, un catálogo o una instrucción olímpica en castellano es imposible. Francés, japonés y árabe son las lenguas que la llevan en estos Juegos que, como les dijimos, tienen pocos turistas. Ayer refrendé la teoría en el Palacio de Verano, el sueño de la última emperatriz, Cixi. Algún día vamos a hablar de Pearl Buck, y como condicionó mi mirada -y la de mucha gente más imagino- de China con las historias de campesinos y monarcas chinos en la literatura.

Es que Occidente ha vivido construyendo su visión de los chinos a partir de lo que nos cuentan los artistas. La peor manifestación de este sacrilegio lo viví en La Ciudad Prohibida, la ciudadela que vivió su esplender entre el siglo XIII y el XVII, albergando a varias dinastías milenarias y que se abrió al público recién en 1924. Allí, donde está el mayor acopio de la cultura imperial, los escasos turistas que llegan -incluyendo a mis compañeros de visita- asocian cada rincón a “El último emperador”.

¡Aquí salía el niñito a la terraza!, ¡por acá andaba en bicicleta!, ¡este es el salón del grillo!, se escuchan cuando uno recorre cada rincón de los palacios, sin que, obviamente, haya mención alguna a la cinta de Bertolucci en los salones o los pasillos del extenso e imponente recinto.

El italiano tiene su mérito, por cierto, pero no podemos reducir cientos de años de historia a una película. Culpa de los chinos, también, que fieles al espíritu misterioso que los mueve, mantuvieron cerradas sus puertas durante décadas al turismo. Como la Ciudad Prohibida, que hoy las nuevas generaciones chinas recorren con respeto sin saber quién diantres es Bertolucci, el hombre que condicionó por un buen rato al visitante que viene de occidente.

Son todos chinos

3 de Agosto, 2008

En el Museo de la Guerra de Beijing, están todas las armas que ha empleado el imperio para defenderse. Desde las espadas de las dinastías milenarias, pasando por los fusiles para combatir la invasión japonesa hasta los tanques de la revolución.

Los chinos muestran con orgullo sus primeros satétiles y misiles que parecen demasiado frágiles como para atemorizar al mundo, aunque esos tiempos ya están lejanos. Con autorización previa, no sólo se puede filmar cada rincón del lugar, sino que entrevistar a los visitantes, que son todos …chinos.

En la Ciudad Prohibida, se circula libremente. Se graba, se fotografía y hasta se permite que algún niño imite la célebre escena de Pu-Yi, saltando entre las piedras milenarias de la ciudadela, sin más restricciones que en el Foro Romano o las ruinas griegas. El acceso a los medios es con una sonrisa y una invitación.

Hay historias que hablan de un camarógrafo argentino detenido, de un equipo completo de la televisión española perseguido en Tiananmen o las denuncias televisadas de periodistas norteamericanos que acusaron, indignados, que les estaban leyendo los mails, pero eso forma parte de la mitología de estos Juegos, que en la primera impresión, muestran una ciudad abierta como pocas, donde lo que se impone es el respeto.

Hasta ahora son todos chinos. No hay ataques masivos de turistas, ni invasiones de aficionados. De las ventanas de la Villa cuelgan los pabellones de las naciones representadas, colocados allí por los deportistas ávidos de acción. Esa es la diferencia fundamental: no es como Roma, o Berlín, o Ciudad de México. Acá, incluso en el más turístico de los rincones, todos son chinos. Salvo, por supuesto, en el énclave olímpico, donde hay seguridad y bastante, pero sin llegar a los niveles de histeria de cualquier aeropuerto norteamericano. Te revisan, pero no te humillan; te previenen, pero no te culpan previamente; te imponen normas, pero nada que supere los márgenes de lo tolerable. Además, todo con encantadoras sonrisas, lo que hace más llevadero el trámite.

Es fácil decirlo cuando los Juegos no comienzan aún, o desde la primera aproximación al trabajo periodístico, pero créanme, no parecen ser la competencia de la restricción ni de las censuras. Es, simplemente, una cultura diferente, en plan de apertura, que vive hasta ahora con el temor ancestral de un ataque al centro de su Imperio. Por eso construyeron una muralla -que falló- y ahora un escudo de misiles en torno al Nido. Por eso se abren al comercio desde la época de Marco Polo -y ahora del McDonalds, presente en cada esquina- pero se resisten a los últimos cambios que parecen inevitables.

En el Museo Militar estaban todos los miedos de China. Pero los chinos ni se daban cuenta: vendían avioncitos y portaviones de juguete, a tres lucas.

El Orinokia

24 de Junio, 2007

Nelson Acosta, que suele ser un hombre muy vivo (sagaz, astuto, cazurro, pícaro), intentó solucionar los problemas de convivencia de la selección con una medida muy rioplatense, y por ende, muy futbolera: organizó un asado. Pero no cualquier asado.

La diferencia no estuvo ni en la carne, ni en los choripanes ni en la ensalada. Tampoco en los invitados, que fueron pocos: el jefe de seguridad, algunos soldados de la custodia, el chofer del bus. La diferencia estuvo en el lugar escogido, una pequeña isla en medio del río Caroní, con arenas blancas, vegetación ad hoc y un quincho. Allí, en un universo cerrado y clausurado, sin presencia de periodistas, hinchas ni asesores, lejos de los empresarios y los delegados de la Conmebol, la selección eligió a su nuevo líder.

Mientras eso acontecía, yo visitaba el Parque La Llovizna, un paraíso selvático a 15 minutos del centro que le lleva cataratas, vegetación, monos, tortugas, peces, guayaneros trotando y con sus hijos y… una enorme represa hidroeléctrica. Asegura el guardia que hay, además, anacondas y que hace algunos días una de siete u ocho metros cruzó una de las avenidas a ritmo lento, ante el pavor de unos pocos testigos privilegiados por esta suerte de “Monstruo del lago Ness” que habita a pocos minutos de la segura habitación que ocupo en el Mara Inn.

La selección nacional ya tiene un lugar preferido en Venezuela: el mall Orinokia, un gigante de cemento que promete buenos precios, cine y comida chatarra a cinco minutos del hotel.
 
Puerto Ordaz, para mayor saber, es una ciudad nueva, que tiene apenas 50 años. Nació producto de la planificación ordenada por las empresas mineras, hidroeléctricas y agrícolas de la zona. Está al otro lado del río de San Andrés, el poblado histórico, hoy muy venido a menos. Por eso, conviven con elegancia la vegetación y el cemento, y a nadie parece preocuparle que para generar el 75 por ciento de la energía del país –que es mucha, si consideramos el indispensable aire acondicionado- haya sido necesario construir cuatro centrales –y sus ineludibles lagos- de su río más caudaloso.

Desde La Llovizna se ve el estadio, la represa, un hotel y el centro de la ciudad. Hay una isla de playas blancas –la de la democracia en la selección- en el río, a 20 minutos del centro. Y eso habla de algún respeto por la naturaleza, que acá se hace sentir y fuerte.

Cosas que a los jugadores parece importarles poco, a menos que haya un asado de por medio. Los encargados de la delegación, algo preocupados por el ocio, ya preguntaron por paseos, y la conclusión llegó donde mismo: al mall Orinokia, un gigante de cemento que promete buenos precios, cine y comida chatarra a cinco minutos del hotel.

Después del asado y la coronación de Valdivia, Basay (Ivo, el equilibrio de Acosta, siempre tan reacio a los videos y el análisis de los rivales) se encerró a ver el partido de Ecuador y Colombia en Barranquilla. Los rivales de Chile, clasificados a los últimos dos mundiales, tuvieron una pésima jornada, y me pareció ver una sonrisa más amplia dibujada en la cara del ex magallánico.

Mientras tanto, en la práctica de la mañana –que también se trabaja, hombre- don Nelson esbozó el equipo. Apenas tres incrustaciones (Vargas, Contreras y Mark) en el Colo Colo de 2006. Pero de eso no hablo porque el calvo estratega se enoja, enfurece, estalla, en el nuevo ánimo estrenado en esta Copa: hay mucha gente que lo quiere dañar –nos dice- y que, colateralmente, ese daño caerá sobre la selección.

Mucho análisis para el paraíso en la selva. En Puerto Ordaz se demuestra: es posible avanzar sin hacer mucho estropicio.

El Transvenezuela y la ameba

22 de Junio, 2007

Ya instalados en Puerto Ordaz, nos aprontamos a vivir la más política de las todas las Copas. Jamás en la historia tanto esfuerzo estatal estuvo invertido en el éxito de un evento, y la gigantografía de Chávez se asoma tras cada recodo de los recién inaugurados caminos. Tiene, por lo demás, todo el derecho. El hombre construyó estadios que son un lujo para cualquier país del mundo y puede sentirse orgulloso de eso.

Anuncia el Gobierno, forondo, que vienen 46 buses Marco Polo desde Brasil, no con la torcida de los pentacampeones, sino para integrarse a la primera empresa estatal de transporte público de Bolívar, que se sumarán a otros 100 armados en Venezuela para eliminar unos buses llamados “perreras”, lo que dará una idea de como son. En todas partes se habla lo mismo.

Hoy se inaugura el Nuevo Estadio de Cachamay, una obra de monumental envergadura que despierta la envidia de cualquier amante del fútbol. Hermoso, grande, moderno, techado y alegre. El Gobernador del Estado de Bolívar, Francisco Rangel Gómez, se despacha con una frase que bien podría haber pronunciado cualquier alcalde en Chile: “Queríamos traer a una figura musical de primer nivel para inaugurarlo, pero luego preferimos una fiesta con nuestra propia gente”.

La plata se la gastaron en el recinto, y me parece propio que lo inauguren en una de esas fiestas multitudinarias y locales, con más de 2.500 personas en la cancha, propias del socialismo latinoamericano, que luce hoy tan lejano al nuestro.

Llueve esta mañana sobre Puerto Ordaz, ciudad que no conozco aún, pero que promete ser un festín de parques y vegetación. Me amenazan con unos monos que tiran maní a los turistas, lo que, de ser cierto, marcaría un récord mundial y ratificaría la creencia de que aquí, en Venezuela, por estos días el mundo está al revés. Prometo averiguarlo. Cómo también los temores del Presidente Chávez, quien asegura que los Estados Unidos le quieren boicotear la Copa América. No se me ocurre, hasta ahora, cómo, porque las protestas de mineros, estudiantes y otros gremios son genuinamente criollas.

Lo más entretenido que se avizora será la elección del capitán, donde la “bancada” colocolina tratará de imponer a su candidato: Jorge Valdivia, un líder talentoso pero inmaduro. En la práctica de ayer gozó tirándole pelotazos a los periodistas, fotógrafos y camarógrafos que seguían sus evoluciones en el increíblemente bello Centro Italo-Venezolano de la Guayana.

¿El candidato alternativo? Jorge Vargas, un peso pesado que tiene vasto recorrido en Europa pero desgastado por el peor período de la selección en muchos años, sobreviviente sólido de los planteles tan dramáticamente desjerarquizados en las últimas Copas Américas y las dos eliminatorias pasadas. ¿El cambio light o los liderazgos de viejo cuño? A la larga, todo es política.

El doctor Montes, curtido en este tipo de coberturas, lanza una amenaza con ribetes dantescos: “Cuídense de la ameba”. Dice que está en el agua y, por ende, en el hielo. Lejos, lo más atemorizante. Yo estoy haciendo caso. Agua no tomo.