Adiós a Beijing
24 de Agosto, 2008
Dicen los que saben que estos Juegos serán los más grandiosos de la historia. Los más organizados, los de mejores marcas, los de figuras más rutilantes.
China logra así el principal de sus propósitos, ayudado por una tríada imparable: Michael Phelps, Usain Bolt y Yelena Isinbayeva, que aportaron lo suyo para que los récords estuvieran acompañados de un condimento humano, de historias de vida conmovedoras.
Serán recordados por siempre por la enorme efervescencia que se vivió en los estadios, por la cordialidad del pueblo chino, por la categoría de los participantes. Pero desde el tráfago de la información, es difícil precisarlo. Se los dejo a ustedes, desde la interactividad que propone este blog. Libre elección para la imagen que perdurará en el tiempo.
Mientras, la Muralla seguirá aquí, inconmovible, y la Ciudad Prohibida continuará siendo visitada por turistas ávidos de comprender la milenaria cultura china, los chilenos guardaremos la actuación de Fernando González como banderita permanente para el recordatorio. Porque, en el balance, seamos honestos, no hay mucho más. Nos alcanza con participar, al antiguo estilo, para establecer presencia, aunque los nuestros ni siquiera repitan sus mejores marcas o sientan la fatiga, el cansancio y la presión tras las competencias, como le aconteció ayer a Roberto Echeverria, nuestro maratonista que estuvo al límite de los cincuenta primeros.
Existe la esperanza de que, con el paso del tiempo, lleguemos con más opción gracias a una política deportiva que comprende más recursos, más apoyo, más infraestructura para nuestros deportistas. Mientras eso no pase, viviremos la fiesta asombrados, extasiados y casi envidiosos de la gran competencia, que sólo pudo ser compensada en los últimos tres juegos con lo mejor de nuestros profesionales del tenis y del fútbol.
Atrás queda Beijing. Por delante viene un debate que no admite trampas. Ya han surgido las voces que pretenden organizar los Juegos del 2020 como una manera de integrarnos al gran mundo del espectáculo deportivo. Pero yo pondría las prioridades del modo justo: primero tenemos que competir. Luego pensemos en poner la casa para la fiesta.





Lo de Fernando González ante James Blake fue de esas gestas para enmarcarlas. Presentes en un Court Central plagado de españoles y estadounidenses, ver llorar al medallista fue una imagen increíble, impensable, sobre todo después de tener el partido casi perdido.