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	<title>Opinión en Cooperativa&#187; Camilo Marks</title>
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		<title>Como mínimo, tres veces por semana</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Apr 2013 21:50:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[En fechas recientes, dos artículos, aparentemente sin relación entre sí, aunque en el fondo parecidos, han figurado en las páginas de acceso de los principales servicios de correos electrónicos y se han diseminado por la internet y por los medios &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20130429175053/como-minimo-tres-veces-por-semana/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En fechas recientes, dos artículos, aparentemente sin relación entre sí, aunque en el fondo parecidos, han figurado en las páginas de acceso de los principales servicios de correos electrónicos y se han diseminado por la internet y por los medios escritos de todo el mundo, incluidos varios en nuestro país.</p>
<p>El primero de ellos ventila las profundas aspiraciones de la modelo polaca Joanna Kruppa y ha sido leído por miles de admiradores de su carrera.</p>
<p>El segundo se origina en la prestigiosa revista de viajes <em>Traveler’s Digest</em> y consiste en la enumeración de las ciudades que tienen la mayor proporción de mujeres bellas del orbe.</p>
<p>Ambos confirman, una vez más, que la estupidez reinante en la prensa de la entretención parece irreversible, que los beneficios generalizados de la comunicación virtual son en gran parte, real basura y que lo que se diga, haga o escriba para mitigar la alienación de la actual tecnología es casi inútil; <strong>hasta la farándula local está compuesta por genios en comparación con las joyas que inundan estos espacios informativos y luego se traspasan, con absoluto servilismo, al periodismo escrito.</strong></p>
<p>No obstante, si perdemos las facultades críticas, mejor nos recluimos en un monasterio o bien dejamos de leer –o ver- y como esto es impracticable, vale la pena detenerse en ambas piezas.</p>
<p>El reportaje sobre Kruppa expresa lo siguiente: ella, que ha estado en la portada de publicaciones tipo <em>Playboy</em> o <em>Maxim</em> y participa en un famoso programa de televisión, lleva 6 años como pareja del empresario de Miami Romaní Zago y decidió casarse con él. Y para contraer matrimonio, ha celebrado un acuerdo prenupcial, en el que exige a su futuro marido tener, a lo menos, relaciones sexuales 3 veces por semana.</p>
<p>Al preguntársele al novio sobre esta transacción, ha respondido que Joanna es una máquina del sexo, que los dos trabajan mucho y que como la profesional de las pasarelas se ha quejado –en público- de que en el pasado no habían tenido muchos encuentros íntimos, él, a pesar del estrés, hará lo posible por complacerla.</p>
<p>Considerar siquiera la eficacia, práctica o jurídica, de la cláusula impuesta por Kruppa es tan imbécil como sus propios términos.<strong> De modo que es preferible indagar en el eje de su propuesta, que, hay que decirlo, constituye una de las bases del paroxismo mercantilista que hoy prevalece: la cuantificación.</strong></p>
<p>Dicho en buen chileno, tres polvos a la semana como mínimo significan 12 al mes, unos 50 semestrales y una cifra superior a los 100 al año. El dilema de llevar semejantes cuentas resulta arduo, tal vez más que el cumplimiento de la obligación y se presta para refinadas especulaciones.</p>
<p>¿Si Zago pasa por una fase apasionada, calculará Kruppa con exactitud sus demandas?;¿o si anda lánguido, le perdonará su desempeño si después se porta mejor?; ¿por qué él, y no ella, debe ser impetuoso?</p>
<p><strong>Las preguntas pueden multiplicarse al infinito y nos llevan a un territorio donde el cretinismo es tan delirante que, querámoslo o no, terminamos haciéndole el juego a esta insaciable dama.</strong></p>
<p>Además, a nadie le consta que sea para tanto, porque el supuesto rendimiento sexual, mejor dicho, la supuesta capacidad para copular seguido, es imposible de comprobar.</p>
<p>Pero, de nuevo, al discutir así, seguimos siendo cómplices de Kruppa. ¿Acaso aquello que Foucault llamó un elemento determinante de la civilización es susceptible de mediciones cronométricas?</p>
<p>Desde luego que no y por más que ahora todo se tase, se calibre, se gradúe, ya sabemos que tales índices solo sirven para satisfacer al mercado o para despertar la curiosidad de individuos muy aburridos.</p>
<p>Con todo, hay algo más importante que la chacota que puedan inspirar los dichos de Kruppa. Mal que mal, no pasan de ser expresiones infantiles si tenemos en cuenta el arte y la literatura erótica de todos los tiempos.</p>
<p><strong>El problema es que ahora lo privado, lo más privado de nuestro ser, se ha vuelto un espectáculo masivo y un espectáculo denigrante, no porque sea malo ni escandaloso hablar sobre lo que se hace en la cama, sino debido a que eso ya cae definitivamente dentro del lucro y lo rentable, aportando suculentos beneficios a quienes cuentan sus cuentos carnales.</strong></p>
<p>Y ellos pasan a ser un componente adicional en la escalada por el estatus numérico: tengo cuatro autos deportivos, numerosas casas, me visto con Armani, acudo a lugares exclusivos, fornico a diario. Si a las feministas les da una pataleta, tienen toda la razón, aun cuando los varones quedamos peor parados, a juzgar por la sumisión de Zago ante Kruppa.</p>
<p>En cuanto a las ciudades con las mujeres más atractivas del planeta, otra obsesión por los rankings –los coitos requeridos por Kruppa son parte de esto-, ya hemos opinado, en este mismo espacio, acerca de temas similares, de manera que esta vez nos referiremos concisamente a dos urbes que encabezan el listado de <em>Traveler’s Digest.</em></p>
<p>Estas son Montreal y Seúl. Que la metrópolis del río San Lorenzo tenga un sitial tan destacado es inevitable, pues cualquier emplazamiento urbano de Canadá es hoy, a juicio del marketing turístico, superlativo.</p>
<p>Sin embargo, el magazine no esgrime ningún motivo para afirmar la lindura de las habitantes femeninas de Montreal y solo exhibe la foto de una chica que está lejos de ser una beldad. Da, eso sí, un argumento irrefutable: <em>“hablan el idioma más sexy del mundo, el francés”.</em></p>
<p><strong>No hay que ser ningún experto en lingüística para saber que la variante gala canadiense es un dialecto, diferente al que se usa en Francia. Aún así, ¿qué tiene esa lengua que la haga, digamos, más seductora que el italiano, el ruso, el árabe, el swahili, el urdu, etc.? Y entregar como razón de belleza física determinado lenguaje es, ni más ni menos, un disparate sin paliativos.</strong></p>
<p>La capital coreana llama la atención pues <em>“tiene una de las mejores vidas nocturnas de Asia y una reputación de bellezas impresionantes. Corea es algo así como un creador de tendencias culturales en el Oriente y está siempre a la vanguardia en la última moda de la región”</em>. Es imposible debatir la veracidad de semejantes proposiciones, pues, por lo menos en Sudamérica, muy pocos son los que pueden permitirse un viaje a tan remotas zonas del globo.</p>
<p>Es cierto que el cine asiático del último tiempo ha mostrado a actrices que cortan el aliento, si bien eso es lo que se espera, ya que nunca, o muy pocas veces, se exhiben en pantalla rostros feos.</p>
<p>Lo que a ciencia cierta se sabe de Corea es que es uno de los países con mayor cantidad de cirugías estéticas del planeta, que borra los rasgos orientales de las caras de las mujeres, para que se vean más “occidentales”.</p>
<p><strong>En nuestro país, tenemos una prueba de ello al tomar el metro y ver la propaganda de los productos Daewoo: familias completas de pelo rubio, ojos redondos y aspecto europeo, por más que se trate, evidentemente, de nativos de la península de Surcorea.</strong></p>
<p>En verdad, todo esto da lo mismo, ya que ninguna persona con dinero –y sensatez- elegiría como destino para viajar el hecho de que tal o cual país tenga a la gente más preciosa del universo.</p>
<p>Y ni qué decir tiene, nadie que no sea un megalómano exhibicionista plantearía un contrato sobre mecánica amatoria antes de casarse.</p>
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		<title>El porvenir de una ilusión</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jan 2013 23:05:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[Enrique Murillo, uno de los más importantes editores y traductores españoles -ha trabajado para Anagrama, Plaza &#38; Janés y Alfaguara, creó el suplemento “Babelia”, de “El País” &#8211; acaba de publicar un artículo para EL TIEMPO, de Bogotá. Bajo el &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20130123200501/el-porvenir-de-una-ilusion/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Enrique Murillo, uno de los más importantes editores y traductores españoles -ha trabajado para Anagrama, Plaza &amp; Janés y Alfaguara, creó el suplemento “Babelia”, de “El País” &#8211; acaba de publicar un artículo para EL TIEMPO, de Bogotá.</p>
<p>Bajo el encabezamiento <em>“De ediciones que pasaban del millón de ejemplares se ha llegado a los 1200”,</em> analiza la gravísima crisis por la que pasa el libro en su nación y la liga directamente con el lamentable momento económico que ahí se vive.</p>
<p>En síntesis, Murillo expresa que el primer problema de la edición ha sido la burbuja, similar a lo que ha sucedido con la construcción.</p>
<p>El segundo, derivado del anterior,<strong> ha consistido en la transformación del libro en un producto de consumo de las masas, lo que no solo ocurre con los superventas y los textos de autoayuda, sino también con los clásicos y los grandes ensayos.</strong></p>
<p>Y el tercero es lo que Vargas Llosa llama la <em>“civilización del espectáculo</em>”, a saber, <em>“la cultura, en el sentido que tradicionalmente ha tenido este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer”.</em> En otras palabras, los libros han dejado de ser el instrumento esencial para pensar críticamente el mundo y se han convertido en una herramienta óptima para conseguir de la gente una ciega aceptación de la vida tal como está establecida.</p>
<p>En cuanto a la burbuja editorial y sus consecuencias, Murillo es clarísimo: si en los años 90, los títulos que se vendían en lengua española alcanzaban la inusitada cifra de 300 mil a 500 mil ejemplares, poco después ese guarismo se duplicó, triplicó y hasta cuadruplicó.</p>
<p>Así, las novelas de Stieg Larsson, Dan Brown, Ruiz Zafón y los textos tales como <em>“Quién sabe dónde está mi queso</em>” u <em>“Orgasmo seguro”</em> superaban, con creces, varios millones de tomos impresos.</p>
<p>Muy pronto quedó en evidencia que el mundo literario se convirtió en una industria de consumo. <strong>Los libros se compraban de forma masiva en los malls y los supermercados, al lado de las pechugas de pollo o los detergentes.Durante esos años, se desencadenó una batalla feroz por parte de las empresas transnacionales, que liquidaron a las casas editoras independientes.</strong></p>
<p>En adelante, solo valían las listas de libros más vendidos de la semana. Los autores se convirtieron en “marcas” y el baile multimillonario llegó a Latinoamérica, donde los grupos españoles aniquilaron a nuestras editoriales.</p>
<p>Además, se disparó la transformación del escritor en “entertainer”, un sujeto cuya aparición en los medios era indispensable para que los intelectuales opinaran sobre cualquier cosa con tal de aumentar las ganancias, aunque fuera solo a base de puro exhibicionismo.</p>
<p>Ahora las condiciones han cambiado de manera dramática en España. Con 5 millones de cesantes, la gente no está para lujos como abordar la literatura. La caída en las ventas va en picada y, hoy por hoy, una tirada de 1200 ejemplares cubre sobradamente la manufactura de un vasto porcentaje de los libros impresos, incluso los bestsellers.</p>
<p>En cuanto al<em> ebook,</em> es inexistente, pues apenas alcanza el 1% de la facturación total. Frente a este desolador panorama, <strong>Murillo reflexiona sobre la función social que habían tenido los editores: publicar obras que en lugar de dejar al mundo tal como estaba, lo miraban de otra manera, lo transformaban, recordando a quienes leían que había nuevas visiones críticas de encarar la sociedad.</strong></p>
<p>Si esto ocurre en la Madre Patria, que tiene 50 millones de habitantes, o sea, un mercado enorme, y sigue siendo, pese a los aprietos que sufre, uno de los países más poderosos en Europa, ¿cómo andamos por casa? Por lo menos allá tienen conciencia de su situación y la voz de Murillo es una entre muchas otras que, a diario, se alzan para discutir y también para proponer soluciones frente a la avalancha que se les ha venido encima.</p>
<p>Desde luego, hacer paralelos siempre es complejo y puede dar como resultado confusiones; aún así, muchas cosas tenemos en común con ellos, salvo, claro está, la capacidad de fiscalizar, que aquí se ha esfumado por completo y allá parece haberse desbocado.</p>
<p>De partida, entre nosotros nadie podría escribir algo semejante al texto de Murillo, entregado en forma muy resumida, por la simple razón de que el tema que trata no nos interesa absolutamente nada.</p>
<p><strong>¿A alguna persona le quita el sueño pensar que en Chile prácticamente se ha dejado de leer?</strong></p>
<p>¿Tiene relevancia el hecho de que, a pesar de los positivos índices macroeconómicos que exhibimos, la lectura ha pasado a ser un pasatiempo de coleccionistas?</p>
<p>¿Qué más da que se lea o no se lea?</p>
<p><strong>Da exactamente lo mismo, porque eso es lo que subyace en el ámbito nacional y es lo que se dice, se escribe o se manifiesta de múltiples formas, tanto en el discurso público, como en la esfera privada.</strong></p>
<p>La literatura chilena se precipita de modo vertiginoso al nivel de un escondrijo y salvo para unos pocos prosistas, que se creen el cuento porque les va mínimamente bien –aunque son escasísimas las circunstancias en que esto acontece-, el futuro que se divisa es, por decirlo con suavidad, muy inestable. En cuanto a la producción literaria del resto del mundo, es mejor ni hablar, ya que hace tiempo que dejamos de sentir atracción por ella.</p>
<p>Nadie recuerda las terroríficas encuestas realizadas por el INE a comienzos de los 90,<strong> cuando se reveló que en una abrumadora mayoría de los hogares chilenos no se había visto ni un libro en los pasados 20 años.</strong> Ese y otros organismos han continuado estudiando el fenómeno, con balances contradictorios y, por lo general, menos alarmantes.</p>
<p>Y siempre se pregunta a las mismas personas; todas, sin excepción, son representantes del gobierno anterior o del actual. Naturalmente, responden con entusiasmo, simpatía, verbosidad, explayándose en las maravillas de nuestras bibliotecas, en el éxito de las respectivas políticas estatales, en la creciente difusión del material escrito y en otras charadas por el estilo.</p>
<p>¿Es remotamente posible que una persona que sirve a intereses determinados pueda contestar con seriedad cuando esos intereses se ven afectados? <strong>¿Es siquiera probable que un funcionario que trabaja o trabajó para instituciones oficiales reconozca aspectos negativos en cuanto a la labor realizada? Jamás de los jamases, por lo menos aquí, donde todo es, si no soberbio, muy promisorio.</strong></p>
<p>Sin embargo, en España, un país muchísimo más culto que Chile, y, por cierto, mucho más desarrollado que nosotros, hay bastantes hombres y mujeres que, lisa y llanamente, dicen la verdad: estamos viviendo una catástrofe y al paso que vamos, las librerías se demolerán. O sea, tienen plena conciencia del peligro que enfrentan. La crónica de Murillo es apenas un ejemplo de elemental lucidez y cada día aparecen reportajes semejantes.</p>
<p>Tal vez ellos han aprendido lo que nosotros definitivamente parecemos haber olvidado. <strong>En esta larga y angosta faja de tierra siguen reinando el jolgorio, el optimismo bobalicón, la mala fe del ignorante.</strong></p>
<p>Por lo tanto, si en un tiempo más el libro y la lectura se desvanecen, no tendremos derecho a quejarnos. Y si nuestros padres o abuelos pensaron que podríamos llegar a ser un país culto, eso ha pasado a ser el porvenir de una ilusión.</p>
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		<title>Guadalajara en un llano</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Jan 2013 17:51:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[Estamos tan habituados a aceptar lo reciente como si hubiera existido siempre, que ni siquiera se nos pasa por la cabeza la idea de que durante siglos la gente vivió con absoluta prescindencia de eventos que hoy se estiman indispensables. &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20130103145127/guadalajara-en-un-llano/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estamos tan habituados a aceptar lo reciente como si hubiera existido siempre, que ni siquiera se nos pasa por la cabeza la idea de que durante siglos la gente vivió con absoluta prescindencia de eventos que hoy se estiman indispensables. Las ferias del libro y los premios literarios son en términos históricos, muy nuevos y jamás se ha demostrado que fomenten la lectura o la creación de obras de valor. Pero tampoco se ha comprobado lo contrario y ya que existen, hay que tomarlos en cuenta.</p>
<p>Indudablemente, la participación de Chile como invitado de honor en la Feria de Guadalajara fue un éxito: el stand era magnífico, nuestros escritores se lucieron, los asistentes quedaron felices y suma y sigue. La mayoría de los comentarios han sido positivos, salvo unas pocas voces críticas, acalladas por la marea de ovaciones. El entusiasmo es preferible a la apatía, de modo que parece sano sumarse a este clima de panegíricos. <strong>En cuanto a las proyecciones futuras del multitudinario encuentro… es mejor dejar las cosas hasta aquí.</strong></p>
<p>Los galardones locales al mejor narrador, la mejor novela, los mejores cuentos, los mejores poemas, la trayectoria y otro sinfín de cuestiones son harina de otro costal.<strong>El Premio Nacional de Literatura está tan desprestigiado que pasa inadvertido, lo que a veces es odioso: el año pasado lo obtuvo Óscar Hahn, uno de los poetas genuinamente eminentes de la nación.</strong> El Municipal se sumió en la clandestinidad. Y hay otra infinidad de recompensas de las que apenas se enteran los familiares del laureado, porque nadie sabe de ellas.</p>
<p>Evidentemente, la mayor cantidad de recursos para promover el libro y la lectura proviene del Estado y, en concreto, del Fondo del Libro, dependiente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA), que tiene rango ministerial desde 2003. Sin perjuicio de que las cifras que muestra el CNCA con respecto a la inversión cultural son persuasivas, el alcance de su labor resulta sumamente hipotético.</p>
<p>Todos los años el Fondo del Libro abre licitaciones con el objeto de producir documentos impresos o virtuales -tratados, revistas, manuales, historietas, páginas web, etc.- y se designan comisiones de especialistas para adquirir textos destinados a las bibliotecas estatales.</p>
<p>Esto se traduce en la manufactura de miles de volúmenes -firmados por chilenos, pues la ley descarta a los extranjeros-, cuya suerte es desconocida, pese a ser financiados por las arcas fiscales. <strong>Y si es difícil que estos ejemplares secretos circulen entre un mínimo de personas, no se divisa cómo ello pueda manifestarse en un incremento de lectores.</strong></p>
<p>Desde 1993, cada año el Fondo del Libro otorga premios a los autores nacionales en las categorías de novela, cuento, poesía y ensayo, tanto para obras inéditas como publicadas. Es la distinción literaria de más alto valor económico que se concede en Chile y asciende a unos 10 millones de pesos. En ningún otro país sudamericano el Estado desembolsa cantidades semejantes para sus escritores.</p>
<p>A este beneficio se añaden las becas de creación literaria, el Premio Escrituras de la Memoria, el Roberto Bolaño, el Pablo Neruda, el Manuel Rojas, etc., por lo que la cantidad de dinero destinada a estos títulos debe alcanzar cientos de millones de pesos anuales.</p>
<p>Hasta la fecha, y limitándonos solo a los premios del Fondo del Libro que se instauraron en 1993, el Estado de Chile ha remunerado a unos doscientos literatos.<strong>Invariablemente, la acogida que este dispendio tiene en los medios de comunicación ha sido nula; si es que un periódico menciona a algún triunfador, lo hace en secciones sin visibilidad.</strong></p>
<p>La pregunta que surge enseguida es: ¿cuál autor o autora ha iniciado una carrera literaria promisoria gracias a este certamen?</p>
<p>La respuesta, tras ver las listas de ganadores es: nadie o casi nadie (ciertos escritores de prestigio han logrado la condecoración). La mayoría de los laureados consiste en nombres de insuficiente repercusión en el ámbito de las letras. Se han dado, en forma frecuente, situaciones estrafalarias: ha habido textos inéditos premiados que después no han sido aprobados por ninguna editorial.</p>
<p>Y hay otros hechos desconcertantes: <strong>muchas personas han obtenido el beneficio varias veces, a pesar de lo cual las tiradas de sus obras son minúsculas. En otras palabras, los premios del Fondo del Libro son irrelevantes, si bien todos estamos financiando un gasto millonario cuya trascendencia es ínfima para nuestra literatura.</strong></p>
<p>Todo esto puede sonar un tanto arcano, quizá un tema para expertos. No lo es en absoluto, pues están en juego instituciones oficiales. Las editoriales transnacionales y las empresas privadas también entregan condecoraciones discutibles, aunque no están sometidas al mismo escrutinio que las reparticiones estatales.</p>
<p>¿Qué leen los chilenos? La costumbre de anunciar en los diarios las listas de libros más vendidos es relativamente actual y se presta para discordias: siempre se repiten los mismos autores, nunca se indica la cantidad de ejemplares que se transan, estaría sujeta a maniobras, hay poca transparencia en el método, etc.</p>
<p><strong>Sin embargo, con todos los reparos que puedan formularse a dichos listados, algo indican sobre las tendencias de la escasísima gente que adquiere libros. Y esas tendencias son la Autoayuda, el Feng Shui, el Reiki, la Aromaterapia, las recetas, los bestsellers ocasionales y cosas peores, mucho peores.</strong></p>
<p>¿Tenemos derecho a quejarnos de que la población lectora del país sea, en verdad, insignificante o inexistente?</p>
<p>Ninguno si es que las autoridades, durante las pasadas décadas, han mostrado tanta incompetencia sobre este tema. No obstante, es injusto apuntar el dedo únicamente en contra de ellas.</p>
<p>La crisis del libro y la lectura es un fenómeno mundial, que se ha visto acrecentada a niveles inimaginables por la tecnología digital, que permite estar todo el día conectado sin que sus usuarios perciban que, por lo general, no están en contacto con ningún ser humano, sino aislados, enajenados, embrutecidos por los miles de aparatos que se inventan a cada rato.</p>
<p>De modo que no debe culparse solo a los Estados ni a los gobiernos por esta incontrolable situación; aún así, es procedente pedirles que tomen cartas en el asunto.</p>
<p>Además, en lo que concierne a los hábitos ciudadanos –leer es uno de ellos- y a la educación, es legítimo plantear reparos a las políticas públicas, aun cuando consistan en señalar las irracionalidades, el descuido burocrático o las soluciones absurdas, como el maletín literario.</p>
<p>Alone definió a la lectura como el vicio impune: nada lo supera y solo nos enriquecemos gracias a el.</p>
<p><strong>Para Somerset Maugham era una droga más adictiva que el alcohol, ya que si el borracho desprovisto de vino es capaz de tomar acetona, el lector sin libros recurrirá a los avisos de un diario antiguo y hasta a la guía telefónica.</strong>Claro que esto fue escrito hace unos 50 años, antes de que, al menos en Chile, la práctica de leer estuviera en vías de extinción.</p>
<p>Mientras tanto, Guadalajara sigue en un llano, México en una laguna y en Santiago el libro, la lectura, las librerías y todo lo relacionado con ellos tal vez tienen los días contados.</p>
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		<title>Emblemático, histórico, simbólico</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Oct 2012 17:28:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[Seguir por televisión las elecciones en Chile, de cualquier clase que sean, se ha convertido en una experiencia tan grotesca, tan provinciana y tan cerril, que puede llegar a tener consecuencias fatales. Y si mientras uno observa ese espectáculo no &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20121030142829/emblematico-historico-simbolico/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Seguir por televisión las elecciones en Chile, de cualquier clase que sean, se ha convertido en una experiencia tan grotesca, tan provinciana y tan cerril, que puede llegar a tener consecuencias fatales. Y si mientras uno observa ese espectáculo no ingiere una dosis de 500 milígramos de ravotril u otro ansiolítico y además carece de sentido del humor o se encuentra sin compañía, fácilmente puede terminar en la cárcel, el manicomio, una clínica, con una depresión endógena incurable.</p>
<p>Los cientos de reporteros que cubren el evento en todo el país hablan a una velocidad que supera la del sonido, <strong>meten los micrófonos y las cámaras hasta en las partes pudendas de los candidatos, chillan y vociferan conclusiones que enseguida desmienten, comentan hechos evidentes, como si todos los espectadores fuesen tontos (se cayó el audio, la comunicación está fallando, hay problemas de imagen, etc.) y machacan hasta el cansancio las mismas palabras que vienen repiqueteando hace décadas, en verdad, hace varias generaciones.</strong></p>
<p>Sin duda, los tres vocablos “cultos” más usados en la última contienda municipal fueron emblemático, histórico y simbólico.</p>
<p>Se dijo que la abanderada de la Concertación ganó en la emblemática comuna de Santiago, lo que no significa absolutamente nada, ya que emblema quiere decir expresión, alegoría, lema, escudo, divisa, jeroglífico, etc. ¿Tal vez descifró el enigma de los signos vecinales, desentrañó el secreto de nuestros ancestros, interpretó papiros?</p>
<p><strong>En un combate simbólico, el alcalde de Providencia fue destronado (sic).Hecha la salvedad de que aquí los gobiernos monárquicos han estado fuera de contexto durante dos siglos, ¿quizá esa competencia tuvo ribetes figurados, metafísicos, mitológicos, que son algunas de las muchas acepciones derivadas de la palabra símbolo?</strong></p>
<p>La voz “histórico” merece una reflexión más detallada, ya que a lo largo del pasado 28 de octubre participamos en momentos históricos, hubo cambios históricos, asistimos a derrotas históricas…</p>
<p><strong>La invención de la imprenta, la Independencia de Estados Unidos y las colonias sudamericanas, la Revolución Rusa, la Segunda Guerra Mundial, la llegada del hombre a la luna, la crisis del Medio Oriente quedan chicas, palidecen, se evaporan en comparación con la histórica, heroica y ejemplar gesta ciudadana que nos acaban de regalar los departamentos de información audiovisuales.</strong></p>
<p>A la radio es preferible ignorarla, pues calca, de modo prácticamente idéntico, el modelo impuesto por la pantalla chica. Sin embargo, de la prensa escrita podría esperarse algo decente, ya que se supone que ahí las noticias son elaboradas y hay artículos que publican expertos en sus respectivas materias. Por lo tanto, tenemos el derecho a exigir mejor calidad periodística, buena prosa, una redacción idónea, en suma, cultura. Y ocurre exactamente lo contrario.</p>
<p>Examinando sin detención, a vuelo de pájaro, un periódico “serio”, y solo sus páginas editoriales, más las columnas de opinión, el resultado es alarmante por la increíble cantidad de lugares comunes y, a la vez, por el nivel de rebuscamiento que exhibe.</p>
<p>La doble repetición, incluso la triple repetición, síntoma de debilidad léxica y mental, campea a rienda suelta: un especialista escribe, sin pestañear: “serían pocos, pocos esperaban, pocos sabían”, para, acto seguido, poner: <em>“las cosas están bien…, si bien se esperaba, porque bien…”</em> y otro le sigue los pasos en la extática afirmación: <em>“los que no votaron no pueden optar por no participar”</em>. Hay <em>“militantes y partisanos”</em> (o sea, guerrilleros), junto a “los chilenos más partisanos”. Y una organización<strong><em> “vivió su mejor performance”</em> (es decir, una estupenda representación teatral).</strong></p>
<p>Es preciso reconocer, de cualquier forma, la inventiva de algunos estudiosos, quienes, en forma sesuda, sutil, quizá premonitoria, cambian el género de ciertos términos:<em> “el ignominio, el evidente alza”</em> (del PGB).</p>
<p>Asimismo, logran una cualidad lírica encomiable: (el fastidio) <em>“alcanzó una masa crítica…cuando contingencias históricas entran en sincronía y ponen en ebullición toxinas&#8221;</em> (¿venenos, infecciones, bacilos?)…, para rematar con la perla negra <em>“un tibio, refractado anuncio”.</em></p>
<p>Otros son de frentón intelectuales y vaya que lo son, pues el peso cerebral que muestran es colosal, de refinada profundidad: sobre <em>“un libro que le parecía infumable&#8221;,</em> un crítico gringo sentenció… que <em>“el repertorio</em> &#8220;(a saber, lista, catálogo, compilación) para reaccionar… <em>&#8220;reflejaba otra variable más de la ecuación, esa variable no se aplicaba si hay margen para bancárselo”.</em> Esta elegancia algebraica, se sustituye, en otro comentario, por enjundiosas meditaciones: <em>“la derecha soft, alternativas que aún no despegan de la estatura de la broma…”</em></p>
<p>Los ejemplos de tales efusiones verbales son tantos, pese a que se hallan en secciones exclusivas de los rotativos, ocupando un reducido espacio de ellas, que si seguimos citándolos, el goce estético puede nublarnos el entendimiento.</p>
<p>Pero hay todavía más motivos de alborozo, gracias a que nuestros politólogos, cronistas y opinólogos, han descubierto tesoros filosóficos que únicamente existen en nuestro país y que estallan a los cuatro vientos en los sufragios populares: el laguismo, el bacheletismo, el piñerismo, el escalonismo, el lavinismo, el freísmo…</p>
<p>En otras palabras, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Sebastián Piñera, Camilo Escalona… han escrito libros fundamentales y fundado doctrinas, corrientes de pensamiento, escuelas y sistemas epistemológicos que pueden compararse con el cartesianismo, el kantismo, el hegelianismo, el marxismo, el humanismo cristiano, el existencialismo y es posible que los superen a todos.</p>
<p><strong>Por fortuna, ni Lagos, ni Bachelet, ni Piñera, ni Escalona, padecen delirio de grandeza u otras formas de megalomanía, por lo que cae de su propio peso que están exentos de responsabilidad frente a este aluvión de atributos geniales.</strong> Desde luego, para ser dirigente político hay que tener una fuerte dosis de egocentrismo, aunque nunca tanta como para creerse maestro de una ideología trascendental.</p>
<p>Lo anterior dista de ser una crítica exhaustiva al lenguaje y a la exquisita terminología de los medios de comunicación nacionales. Basta con escucharlos, o leerlos, para darse cuenta de que han caído en un cretinismo idiomático que parece irreversible, completamente insuperable.</p>
<p>Si se refirieran a la farándula, a las teleseries, a los realities, santo y bueno. Nadie en su sano juicio podría pedir un mínimo de rigor, una básica sensatez que provenga de esos engendros, sea en los formatos que sean.</p>
<p>No obstante, si se trata de analizar la realidad cívica y, en concreto, un proceso democrático, un manejo competente de la lengua o, por lo menos, un grado de sobriedad, de discreción, de conocimiento del vocabulario elemental, son el mínimo minimorum que cabe reclamar.</p>
<p><strong>En lugar de eso, hay clichés, un océano de frases hechas, un diluvio de pura tontería o claramente un pomposo recargamiento, que pretende pasar por sofisticación.</strong></p>
<p>Y en lugar de aprender algo, tenemos victorias emblemáticas, catástrofes históricas, acontecimientos simbólicos.</p>
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		<title>Castigar la pobreza</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Oct 2012 19:31:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[La cantidad de gente que en Chile se encuentra privada de libertad es tan desproporcionada, tan alarmante, que las autoridades, actuales o de gobiernos recientes, jamás comentan o analizan tal fenómeno. Al revés, el combate contra la delincuencia, bandera de &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20121008163141/castigar-la-pobreza/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La cantidad de gente que en Chile se encuentra privada de libertad es tan desproporcionada, tan alarmante, que las autoridades, actuales o de gobiernos recientes, jamás comentan o analizan tal fenómeno. Al revés, el combate contra la delincuencia, bandera de lucha de tirios y troyanos, prima por sobre toda consideración jurídica, ética o humanitaria.</p>
<p>Que tengamos entre 80 y 100 mil personas bajo rejas, en un país sin crecimiento demográfico –en 1973 éramos 9 millones, ahora alcanzamos los 16- es algo tan pavoroso que, tal vez por eso mismo, la enormidad, la monstruosidad de ese hecho, debe pasar lo más desapercibida posible.</p>
<p><strong>Con razón, la escritora Diamela Eltit expresó hace poco que los presos eran muy útiles, porque, debido a que son tantos, disminuyen los índices de cesantía. En efecto, las almas en cautiverio constituyen un número tan abismante que las estadísticas, los censos, las encuestas, han optado por ignorarlas.</strong></p>
<p>Esto no es ningún chiste. En nuestro país, 80 a 100 mil personas conforman una ciudad más bien grande, tipo Valdivia o Iquique. Y la vasta mayoría de quienes cumplen penas o esperan sentencia, se encuentra encerrada por delitos menores, como hurtos o microtráfico de drogas y no actos ilícitos graves, como homicidios, violaciones, incendios, etc.</p>
<p>Por supuesto, el 99,9% de ellos y ellas provienen de sectores desposeídos, desprotegidos, hasta indigentes. Es decir, carecen de un saber mínimo, de habilidades, de formación, de oficio alguno como para encontrar un trabajo decente e insertarse en la sociedad.</p>
<p>Ni qué decir tiene, tampoco van a “regenerarse” tras salir a la calle, regresar a sus hogares y, muchas veces, tener que volver a delinquir para no morirse de hambre.</p>
<p>Porque, ya lo sabemos, en el país hay una inmensa población que ni siquiera tiene acceso a bienes básicos, servicios elementales, instrucción digna, de modo que deben robar para sobrevivir.</p>
<p>A esta gigantesca cantidad de gente –que conforma una proporción mayor que la de los detenidos en Perú, Bolivia o Argentina- hay que agregar los que gozan de beneficios alternativos, como remisión condicional, libertad vigilada, reclusión nocturna, salida dominical, salida diaria u otros regalitos por el estilo, que jueces y funcionarios gubernamentales otorgan con absoluta arbitrariedad, en forma totalmente irracional, mediante cuentagotas, sin expresar causas y sin que el nuevo procedimiento penal haya ayudado en nada al destino de estos miles de desdichados.</p>
<p><strong>Todo lo contrario, la famosa reforma del siglo ha aumentado exponencialmente el número de individuos que están a la sombra. Los magistrados, salvo contadas excepciones, están aterrados de que se les califique de “garantistas”. Y toda la prensa, aliada con el régimen de turno, acicatea la creencia de que la puerta para librarse del presidio, la famosa puerta giratoria, es muy ancha, aun cuando sea para usarla por un tiempo minúsculo.</strong></p>
<p>Por algo, cada nuevo Presidente de la República y cada ministro del Interior que debuta en el cargo, proclama, de modo crecientemente histérico, que se acabó la fiesta para los delincuentes. ¡Vaya qué fiesta! Eso mismo deben haber pensado quienes, a fines de 2010, murieron carbonizados en San Miguel por vender discos compactos sin pagar royalties.</p>
<p>Pues bien, si sumamos los que no pueden salir a aquellos sujetos a restricciones –este último guarismo es un misterio-, los chilenos carentes de libertad deben totalizar, sin exageración, más de 300 a 400 mil personas, a saber, una urbe como Valparaíso. Y si agregamos a los sujetos con antecedentes…quizá sea mejor detenerse en este punto.</p>
<p>Que en Chile se castiga la pobreza y que el sistema punitivo del Estado persigue fundamentalmente este objetivo, dejó de ser una novedad hace mucho tiempo.</p>
<p>Es cierto que algo similar ocurre en Estados Unidos, Europa y el resto de Sudamérica, si bien jamás de la manera en que se practica en nuestra patria.</p>
<p><strong>Aquí, simplemente es impensable que alguien de La Dehesa, Lo Barnechea o Santa María de Manquehue vaya a prisión, salvo excepciones tan fuera de lo común, que por lo mismo son noticia de primera plana y figuran en programas estelares –como el caso de Pilar Pérez- juzgada y condenada por el público antes de recibir un veredicto definitivo.</strong></p>
<p>Sin embargo, los pobres, los pobres de solemnidad, empleando la odiosa nomenclatura de los códigos Civil y Penal, ingresan en masa a las penitenciarías y eso es lo más natural del mundo, es inevitable, ellos tienen la culpa.</p>
<p>¿La culpa de qué? De ser rotos, flaites, desagradables, pelientos, tener mala pinta, ser cochinos, ser hediondos, verse mal, usar vestimentas inapropiadas, en suma, y una vez más, ser pobres. Por si fuera poco, son flojos, no le han trabajado un cinco a nadie, les gusta ser como son, en fin, han obtenido su merecido. Y los sucesivos gobiernos, de todo signo, los reprimen por eso y, de más está decirlo, ni por casualidad van a invertir una fracción del erario en mejorar la vida entre barrotes.</p>
<p><strong>¿Qué clase de vida? Una existencia atroz, deleznable, espantosa. Una subcultura sin letras, sin ciencias, sin arte, sin nada de lo que nos hace mejores. Un mundo donde no cabe ningún aspecto que no sea la subsistencia, ni una sola cosa que se acerque, ni remotamente, a lo que nos hace distintos de los animales y que, a la inversa, nos torna en peores que las bestias feroces.</strong></p>
<p>Un pobretón, sobre todo si ha estado en la cana, deja de leer, deja de estudiar, se embrutece. Así como a ningún habitante de La Pincoya se le verá jamás en el Teatro Municipal, a ningún ex procesado se le preguntará si le gusta<em> La Traviata</em>, porque con toda seguridad replicará si eso se come con mayonesa o salsa de tomate.</p>
<p><strong>Los presos, por más que sea una obviedad decirlo, son ciudadanos, tienen los mismos derechos humanos que todos y poseen garantías legales y constitucionales que pueden ejercer, dentro de los límites de su condición.</strong></p>
<p>Esto, que es una perogrullada que se enseña en cualquier colegio del orbe, y que también rige en Chile, se pasa olímpicamente por alto y decirlo es casi como defender conductas criminales per se.</p>
<p>Lo anterior, los derechos de los procesados, resulta, claro, letra muerta. En cuanto al acceso a la cultura: ¿van a conciertos, escuchan música, tienen libros, practican deportes, estudian? Otra broma de mal gusto, porque cada vez son más los chilenos que parten a Argentina, a Australia, a Uruguay, donde seguir una carrera sale gratis y las universidades son muy superiores a las locales.</p>
<p><strong>Nuestra literatura del presente, en especial la narrativa, muestra cero interés en el tema: los personajes son de clase alta o media acomodada, los problemas surgen en viajes a Nueva York o París, las angustias existenciales se presentan en Estocolmo, el sexo, preocupación omnímoda, se practica en Cancún, Madrid o Estambul. De la poesía, ni hablar. En el cine, el asunto es irrelevante.</strong></p>
<p>En síntesis, decididamente se trata de algo intrascendente, estéril, latoso, así que olvidémoslo. Las decenas de miles de chilenos arrinconados en celdas minúsculas por ser feos, sucios y malos, se lo buscaron y por eso están donde están.</p>
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		<title>Calidad de vida</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Sep 2012 22:14:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[La revista The Economist, un semanario reverenciado por la derecha chilena -y además por la izquierda, la centro izquierda y en general todos los institutos de estudio influyentes- viene publicando hace tiempo un listado con las mejores y las peores &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120906181439/calidad-de-vida-2/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La revista <em>The Economist</em>, un semanario reverenciado por la derecha chilena -y además por la izquierda, la centro izquierda y en general todos los institutos de estudio influyentes- viene publicando hace tiempo un listado con las mejores y las peores ciudades del mundo.</p>
<p>Esa fascinante preocupación no es privativa del prestigioso rotativo, el cual se limita a repetir como loro cifras y datos elaborados por una agencia privada, la <em>Economist Intelligence Unit (EIU)</em>, que desde 1946 asesora a empresarios, financistas y gobiernos para entender <em>“cómo mañana será diferente a hoy”.</em></p>
<p>La <em>EIU</em> también nos regala, de manera periódica, apasionantes informaciones en torno a muchos asuntos, resaltando los países que poseen las urbes más atractivas y las más horripilantes. Los criterios para dictaminar lo bueno y lo malo son, en ambos casos, prácticamente idénticos: disponibilidad de bienes y servicios, niveles de seguridad e infraestructura.</p>
<p>Este año, <em>The Economist</em> coronó a Melbourne como el emplazamiento urbano más habitable del planeta. Australia es el país líder en cuanto a metrópolis de lujo, pues Adelaida, Sydney y Perth destacan en los primeros lugares de la lista. Le sigue Canadá con Vancouver, Toronto y Calgary. En Europa, solo Viena y Helsinki caben en el selecto club de los puestos superiores.</p>
<p>La gente que lee este tipo de artículos –y que es mucha más de lo que se piensa-, así como los pontífices del bienestar, enseguida proclaman las maravillas de semejantes paraísos.</p>
<p><strong>A nadie se le ocurre pensar que Australia, el sexto estado más grande del orbe, con apenas 20 millones de habitantes, tiene un ingreso per cápita sideral –ahí hasta los pobres son ricos- y que, para conseguir visa de turista, hay que presentar incluso el ADN de los tatarabuelos. Así, resulta facilísimo exhibir tales milagros. </strong></p>
<p>Y pocos de quienes se arroban ante esta propaganda turística toman en cuenta que Canadá es la segunda nación de la tierra en tamaño, tiene 30 millones de almas, uno de los más altos desarrollos económicos del planeta y un clima infernal (muy ventajosas serán Vancouver o Toronto, pero el invierno ártico dura 10 meses).</p>
<p>Detrás de todo esto, y a pesar de que <em>The Economist </em>es inglesa, está una de las más perversas formas de manipulación de la mente humana que se conocen, originada en la sociología estadounidense de las estadísticas y después utilizada para lo que sea.</p>
<p>En su expresión académica –o burocrática- se manifiesta en las encuestas:<strong> las encuestas nos dicen quien pierde una elección, de lo que se deduce por quién hay que votar, qué objetos adquirir, cuales son las tendencias políticas predominantes, el grado de aprobación de los dirigentes, con qué se está de acuerdo o en desacuerdo, midiendo, inclusive, hasta el nivel de felicidad individual.</strong> Su rasgo más burdo consiste en los hits, los rankings, los récords, los Top 10, el concurso Miss Universo, la mayor metedura de pata…</p>
<p>Tampoco salta de inmediato a la vista la obscenidad de calificar poblaciones idílicas en un mundo en el que hay más de mil millones de seres humanos en condición de indigencia extrema y una cantidad aun más elevada en el umbral de la pobreza.</p>
<p>Si ignoramos eso, que es lo que hacen casi toda la prensa y todas las organizaciones encuestadoras, resulta que <strong>Helsinki es la gloria, aunque posea el índice de suicidios más elevada del globo. </strong></p>
<p>O que Calgary y Sydney son fabulosas, aun cuando lo que nos ofrecen sea un ideal de existencia sanitizado, robótico, pasteurizado.</p>
<p>Ni qué decir tiene, París, Madrid, Berlín, Roma, Estambul, Atenas, cuyo aporte cultural es incalculable, figuran en sitios muy secundarios cada vez que se trata de los sublimes valores que propician la <em>EIU, The Economist</em> o rotativos semejantes.</p>
<p><strong>Con todo, lo verdaderamente escandaloso, lo decididamente repugnante, es la clasificación de las peores capitales del planeta. A la cabeza está Dhaka, de Bangladesh y le siguen Lagos (Nigeria), Harare (Zimbabue), Argel, Karachi (Pakistán), Teherán y Abiyán (Costa de Marfil). </strong></p>
<p>Tanto el eminente magazine que hemos citado, como los genios que calculan cuál es el detergente más vendido, pasan olímpicamente por alto el desastroso pasado colonial del Indostán legado por Gran Bretaña y la intervención francesa en África.</p>
<p>En el subcontinente indio, la retirada inglesa condujo a la Partición en dos estados por presuntos motivos religiosos (Pakistán e India) y a una de las guerras civiles más cruentas de que se tenga memoria, que culminó con la independencia de Bengala, hoy Bangladesh.</p>
<p>¿Es concebible que Dhaka, asediada por el hambre, las enfermedades, el fanatismo, la explosión demográfica incontrolada, sea un espacio placentero para vivir?</p>
<p><strong>¿Es imaginable que Karachi, dominada por la violencia, el negocio de los sicarios, el mercado negro del agua potable, el terrorismo, pueda mostrar el ambiente plácido y esterilizado que fomentan <em>The Economist</em> y los intelectos que analizan cuántas tazas de café se beben a diario en Milán?</strong></p>
<p>Lagos, sumida en la inestabilidad y la corrupción, Harare, donde persisten desigualdades inconcebibles, Argel, convulsionada por el caos del poder y el integrismo islámico o Abiyán, presa de explosivos disturbios raciales, por supuesto que tienen aeropuertos inseguros, son muy peligrosas e insalubres, padecen de represión gubernamental, en suma, merecen bajas notas por parte de la EIU y los medios que calcan sus aciagos diagnósticos.</p>
<p>Hay un concepto que preside todo este despliegue de porcentajes e indicadores acerca de lo bueno y lo malo: la calidad de vida. Ya está tan arraigado en la conciencia colectiva, que puede parecer inútil cuestionarlo. Y podría significar desde la manera de sobrellevar una operación, hasta la cantidad de autos, televisores, celulares, computadores o artefactos que se puedan comprar, desde las horas de sueño, hasta la práctica de algún deporte.</p>
<p>Pero, sobre todo, es la nomenclatura favorita de la ideología del consumo y de quienes la llevan a cabo por doquier, o sea, los organismos encuestadores.</p>
<p><strong>Aparte de que el término mismo es una aberración -¿se puede cuantificar, calibrar, regular, tasar, arquear, la vida humana?-, ahora todo se reduce a saber cómo es la calidad de vida en tal o cual situación, entre ciudadanos de diversas procedencias, en cualquier parte.</strong></p>
<p>Los habitantes de Toronto poseen una calidad de vida sensacional, a juzgar por su transporte, mientras que los de Teherán exhiben una calidad de vida horrenda, tal vez porque los precios del petróleo han bajado.</p>
<p>De algo sí que podemos estar seguros: Toronto es aburridísima y Teherán entretenidísima, en la primera no pasa nada y en la segunda a cada rato hay novedades. Claro que estos factores carecen de relevancia para <em>The Economist</em> y consortes, así como para los mercaderes de la opinión pública.</p>
<p><strong>Desde luego que un monje budista, una activista en derechos humanos, un profesor mal pagado, pero que hace clases con gusto y ganas, tienen una pésima calidad de vida. </strong></p>
<p>Y un empleado público de Helsinki sepultado todo el año en la nieve, una ejecutiva de Vancouver con sueldo estratosférico y muerta de hastío o un empresario de Adelaida con depresión endógena detentan, sin excepción, una óptima calidad de vida.</p>
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		<title>Manuel Rojas, Fernando Ortiz, José Manuel Parada…</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Aug 2012 20:01:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[Las innumerables personas que han leído y siguen leyendo Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, para muchos la mejor novela chilena de todos los tiempos, tienen muchos motivos para dejarse llevar por ella. Así, la simple lectura del formidable relato &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120806160111/manuel-rojas-fernando-ortiz-jose-manuel-parada/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las innumerables personas que han leído y siguen leyendo <em>Hijo de ladrón</em>, de Manuel Rojas, para muchos la mejor novela chilena de todos los tiempos, tienen muchos motivos para dejarse llevar por ella. Así, la simple lectura del formidable relato supera cualquier otra curiosidad mientras estamos absortos en esa epopeya.</p>
<p>Las aventuras de Aniceto Hevia, el chilenísimo y universal héroe, alter ego del autor, nos siguen cautivando por el asombro, el júbilo, la sensación de milagro ante el estilo de Manuel Rojas. Con todo, Aniceto tiene 17 años y si bien ya ha vivido muchas peripecias, su inventor siguió en este mundo hasta alcanzar la edad de 77 años.</p>
<p><strong>De este modo, la biografía temprana, que es el material de esa ficción, es apenas el comienzo de una trayectoria de experiencias e intelecto completamente impar en nuestras letras. Sin embargo, hoy en día parece remoto que los admiradores de <em>Hijo de ladrón </em>sepan algo más en cuanto al ambiente privado que rodeó al extraordinario narrador. </strong></p>
<p>Los miles de niños que, en la enseñanza básica o media deben leer <em>El vaso de leche,</em> de Manuel Rojas, un cuento inolvidable, un clásico de la literatura chilena, se emocionan y deleitan sin excepción con la maternal ternura y la sobriedad de la historia. Y otro tanto ocurre con los profesores que ya se la conocen de memoria. Sin embargo, es poco probable que deseen saber más acerca del gran escritor chileno.</p>
<p>Y quienes caen definitivamente en el embrujo de Manuel Rojas, con seguridad querrán abordar <em>Lanchas en la bahía</em>, su primer título, publicado en 1932.  El protagonista, Eugenio, un solitario muchacho que cuida barcos, nos transmite sus estremecedoras vivencias al sobrevivir en la miseria de Valparaíso, aunque también aprende quienes son los hombres, los amigos, los hermanos de la existencia. <strong>Sin embargo, ni esa obra ni todas las que vendrán después anticipan ni podrían anticipar el destino de los descendientes de Manuel Rojas.</strong></p>
<p>Porque es casi seguro que ninguno de los lectores actuales de Manuel Rojas sabe que <strong>su hija mayor, María Eugenia, se casó con Fernando Ortiz, dirigente comunista aprehendido el 15 de diciembre de 1976,</strong> permaneciendo en calidad de detenido desaparecido hasta hace un par de semanas.</p>
<p>Esa perpetua incertidumbre –saber qué pasó, conocer la verdad- recién finalizó cuando su familia tuvo el<em> “extraño privilegio”</em> de poder identificar sus restos, según las palabras de María Luisa Ortiz, hija de Fernando y nieta de Manuel Rojas.</p>
<p>María Eugenia también es escritora y participó en la puesta en marcha de una institución clave en la protección de los niños durante la dictadura. Y Fernando Ortiz, quien fue un destacado catedrático e historiador, publicó un estudio decisivo sobre el movimiento obrero chileno, que ha sido varias veces reeditado.</p>
<p>De más está decirlo, <strong>los seguidores de Manuel Rojas tampoco deben tener conocimiento de que su nieta Estela Ortiz, hija de Fernando y María Eugenia, era la mujer de José Manuel Parada. </strong></p>
<p>El sociólogo y funcionario de la Vicaría de la Solidaridad fue, a su vez,<strong> hijo de María Maluenda, la insigne actriz, fundadora del Teatro Experimental de la Universidad de Chile,</strong> parlamentaria, diplomática y la primera presidenta de la Cámara de Diputados durante la transición democrática.</p>
<p>Y su padre, <strong>Roberto Parada, es una de las glorias de las tablas chilenas</strong>: interpretó los papeles más complejos de la dramaturgia clásica y contemporánea, en una prolongada trayectoria que abarcó varias décadas.</p>
<p>Pese a lo anterior, lo que más se recuerda de Roberto Parada es su extraordinaria voz, similar a la de un órgano, repleta de matices y que, gracias a registros magnetofónicos, podemos apreciar cuando recita a Neruda, Vallejo, Guillén y muchos otros poetas modernos y, sobre todo, al oírlo declamar a los autores del Siglo de Oro español.</p>
<p>José Manuel fue asesinado junto a otros dos profesionales comunistas, Santiago Nattino y Manuel Guerrero, por agentes de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR), y sus cuerpos, degollados y con señales de tortura, fueron encontrados el 30 de marzo de 1985.</p>
<p>La conexión literaria está lejos de terminar aquí y las ramificaciones son vastísimas; no obstante, es preciso detenerse en honor a la claridad. Entonces, vale la pena mencionar un último lazo, que nos vuelve a remontar al mundo de los libros.</p>
<p><strong>La segunda esposa de Fernando Ortiz, María Luisa Azócar, psicóloga y poeta, es la madre de la notable poetisa Bárbara Délano, prematuramente fallecida en un accidente aéreo. El padre de Bárbara es el prolífico, infatigable, generoso, sustancial cuentista y novelista Poli Délano, una de las voces dominantes de la presente narrativa nacional. </strong></p>
<p>¿Qué quiere decir todo esto?  Es un mero recordatorio de los vínculos de parentesco de un destacado intelectual, Fernando Ortiz, cuya familia es inseparable de nuestra cultura y nuestra literatura. De ninguna manera significa ponerlo por encima de sus compañeros, tanto los que cayeron junto a él, como los que, después de él, corrieron una suerte parecida a la suya. Sus propias hijas son tajantes al respecto.</p>
<p>Aún así, es preciso recordar que, por años de años, todas las víctimas de la represión fueron difamadas, insultadas, deshonradas, tratadas como locos en el mejor de los casos y como criminales en el peor.</p>
<p>Lincoyán Berríos y Horacio Cepeda, que comparten con Fernando Ortiz el “extraño privilegio” de que sus hijos, al fin, pudieron despedirse de ellos, tienen en común con el profesor universitario haber sido sobresalientes líderes políticos.</p>
<p>El primero lo fue en calidad de conductor de una organización sindical internacional y el segundo se desempeñó como director de una empresa pública y cabeza del Instituto Chileno-Alemán (conocía cinco idiomas).</p>
<p>Para los asesinos que los secuestraron y luego los torturaron en forma indescriptible, hasta hacerlos morir, aplicando una práctica genocida, estos datos son irrelevantes.</p>
<p><strong>Daba lo mismo quienes fueran, siempre que fueran comunistas, socialistas, miristas u opositores de otros signos. Había que destruirlos a toda costa, casi siempre mediante los más inimaginables tormentos.</strong> Y con el poder omnímodo del aparato del estado, lograron eliminarlos físicamente. Pero no pudieron ni habrían podido jamás privarlos de su humanidad.</p>
<p>Esto quedó demostrado indeleblemente en los funerales que tuvieron lugar el pasado 28 de julio, en el Memorial del Detenido Desaparecido y Ejecutado Político. Es difícil, muy difícil encontrar palabras adecuadas para describir esos momentos. Fueron momentos terribles y duros, pero también hermosos.</p>
<p>Los textos que leyeron Alonso Cepeda, Marisol Berríos y María Luisa Ortiz, rememorando a sus padres, tienen un valor inaudito, que excede a la literatura testimonial. Son textos que expresan un sufrimiento indecible, una añoranza inenarrable y que revelan una singular altura de miras y una especial belleza: la belleza de la verdad.</p>
<p>Sin ninguna duda, Manuel Rojas habría estado orgulloso de sus nietas y de sus acompañantes.</p>
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		<title>Cultura en el metro</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jul 2012 21:31:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[Ni George Orwell ni Ray Bradbury, en sus obras de anticipación más espeluznantes, pudieron jamás concebir el cuadro de alucinación, desvalimiento y anestesia que hoy muestra el ferrocarril subterráneo de Santiago. Este cuadro se compone, en los horarios punta, por &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120720173158/cultura-en-el-metro/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ni George Orwell ni Ray Bradbury, en sus obras de anticipación más espeluznantes, pudieron jamás concebir el cuadro de alucinación, desvalimiento y anestesia que hoy muestra el ferrocarril subterráneo de Santiago.</p>
<p>Este cuadro se compone, en los horarios punta, por los miles,  cientos de miles de personas que a diario desfilan, en ominoso silencio, como ganado que va al matadero, por espectrales pasillos, oyendo por altavoces palabras incomprensibles, con la esperanza de conseguir un hueco, por más mínimo que sea, en alguno de los carros.</p>
<p>Y también por el gratificante espectáculo de gente que se empuja para terminar amontonada, apiñada, apretujada, aglomerada, a veces fundida en una masa humana en la que es imposible distinguir brazos, piernas, codos, rodillas, cabezas, glúteos, carteras, zapatos, mochilas, bolsas, maletas, cajas, artefactos para la comunicación y, en general, todo lo que constituye la presencia física y los elementos que las personas comunes y corrientes suelen portar consigo.</p>
<p>Sin embargo, este es el panorama, por decirlo de manera comedida, humano, demasiado humano de lo que a diario significa viajar en metro. Y para decirlo sin eufemismos, conforma el calvario que a lo largo de toda la semana deben enfrentar los santiaguinos.</p>
<p>Hay otro paisaje en el subsuelo de la vía férrea, presuntamente más civilizado, y que al comienzo fue de tipo cultural, sin la feroz estridencia que ahora penetra en todos los ámbitos de ese medio de transporte.</p>
<p>En el presente, tenemos una invasión sonora y visual generalizada, abrumadora, brutal, que ha pasado a ser una especie de Licht und Ton, luces y sonidos, colores y  destellos, que, dependiendo de cada cual, embelesan o agobian cada vez que tenemos que caminar por esos corredores o esperar en los andenes.</p>
<p><strong>Al principio, la escenificación de una cantidad de paraderos fue de tipo cultural y se tradujo en un notable resultado. Porque la iniciativa de encargar murales a reconocidos artistas chilenos, como Francisco Smythe, Sammy Benmayor, Mario Toral, Eliana Simonetti o Elisa Aguirre, por nombrar a unos pocos, fue excelente y meritoria.Como dice el bolero, todo eso pasó, todo quedó en el olvido.</strong></p>
<p>Más o menos desde hace una década, en ciertas estaciones se han levantado gigantescas pantallas de alta definición que emiten cortos sobre moda, rock y artículos deportivos. Y en todos los paraderos y en todos los coches de varias líneas se han instalado monitores de televisión, que transmiten una nutrida y fascinante programación. Tiene que ser hipnótica, porque de otro modo no se entendería que los pasajeros giren el cuello y miren embobados esos plasmas que los mantienen con la boca abierta.</p>
<p>Si Bradbury hubiera viajado a nuestro país en fechas recientes y le hubiesen mostrado el orgullo del transporte urbano sudamericano, habría concluido que <em>“Fahrenheit 451”</em> es un relato benévolo y optimista.</p>
<p>En esa ficción, publicada en 1953, los personajes viven las 24 horas del día inmersos en la contemplación de enormes tubos catódicos, colocados en cada pieza de cada casa y en cada muralla de cada una de las habitaciones. Pero lo hacen privadamente. Aquí, en cambio, es una representación pública y obligatoria.</p>
<p>El metro de la capital no funciona todo el día, pero durante el tiempo en que corre, la procesión de ruido e imágenes proveniente de los televisores es ininterrumpida. Como el Big Brother orwelliano, nos acecha sin cesar y no nos abandona nunca, hasta el punto en que, al salir, por ejemplo, a Alameda con Arturo Prat, experimentamos alivio y una sensación de calma bucólica.</p>
<p>Grosso modo, los esquemas con que nos deleitan consisten en noticieros, recomendaciones, videoclips y piezas misceláneas.</p>
<p><strong>Las noticias, que se repiten una y otra vez, nos informan sobre un partido de fútbol entre un equipo de Uagadugú, Burkina-Fasso, y otro de Bucaramanga, Colombia, un asesinato cometido en Maullín, una inundación en Bangladesh, la llegada del subsecretario de Educación de Canadá, la inauguración del nuevo policlínico de Tomé y otros apasionantes sucesos.</strong></p>
<p>Dos secciones fijas y verdaderamente excepcionales se denominan “Mujeres en línea” y “Jóvenes en línea”.</p>
<p>En la primera, siempre acompañada de música celestial, se enumeran los beneficios de cremas de belleza, se indica cómo debe cuidarse la piel cuando hay frío o calor, se sugieren recetas para mantener el cabello brillante, se entregan datos para reducir de peso, se dan consejos para eliminar las arrugas, en fin, se demuestra una preocupación profunda por el género femenino.</p>
<p>En la segunda, con la misma banda sonora, hay avisos de poleras, zapatillas de marca, ropa deportiva, patines y skates, laptops, iphones, blackberries, itunes, ipads, ipods, tablets y toda clase de artilugios tecnológicos actuales.</p>
<p><strong>Existen solo dos explicaciones para entender estos mensajes: quienes los diseñan actúan con la máxima buena fe, exhortando a los potenciales usuarios para hacer lo que se les dice o comprar lo que se les insinúa. O bien se trata de cínicos que deben pensar que todas las mujeres y los jóvenes de Chile son tarados y es absolutamente lícito usar espacios públicos para fomentar su debilidad.</strong></p>
<p>La última gracia del subway nacional es el bilingualismo. Quizá somos los únicos en el mundo que, en las estaciones y en el interior de todos los convoyes, tenemos advertencias en castellano y en inglés, con el objeto de proteger nuestra seguridad y asegurarnos un feliz trayecto.</p>
<p><strong>Indudablemente, resulta delicioso leer “<em>Change of platform only”, “Exit”, “Preferential”, “No passing”</em> y si a ello le añadimos el toque exótico, es casi imposible no sentir un alto nivel de exaltación frente a letreros que rezan “</strong><em><strong>To Maipú”, “Combination to Quilicura”</strong>.</em></p>
<p>Y los millones de turistas extranjeros que se pasean por las estaciones de Zapadores, Pudahuel, Lo Ovalle, Pajaritos, Pedrero, Los Quillayes, La Cisterna, Protectora de la Infancia, pueden creerse  en el séptimo cielo al descifrar las complejas instrucciones adheridas a puertas, postes, ventanas, pasamanos y asientos.</p>
<p><strong>Claro que también corren peligro de ser atropellados, descabezados o mutilados si, al descender, se demoran algo de tiempo mientras tratan de entender una frase digna de Proust: <em>“Please caution with the separation between the train and the platform</em>”, que en el original se dice <em>“Mind the gap”. </em></strong></p>
<p>Preguntarse cuánto dinero ha costado este despliegue de cosmopolitismo sería mezquino.</p>
<p>Tenemos el mejor sistema de movilización pública del continente. Y para distraernos cuando vamos al trabajo o regresamos al hogar, se nos proporcionan manifestaciones artísticas de lujo.</p>
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		<title>La dama de barro</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2012 22:07:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace un par de semanas, en la versión digital de Cooperativa, apareció una entrevista a Jimmy Wales, creador de Wikipedia, quien profetizó que más o menos en 10 años, Hollywood desaparecería. Agregaba que eso le parecía bien y que nadie &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120504180757/la-dama-de-barro/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace un par de semanas, en la versión digital de Cooperativa, apareció una entrevista a Jimmy Wales, creador de Wikipedia, quien profetizó que más o menos en 10 años, Hollywood desaparecería. Agregaba que eso le parecía bien y que nadie iba a echar de menos la tradicional industria del celuloide.</p>
<p>El artículo era brevísimo y solo se refería al séptimo arte en Estados Unidos; sin embargo, resulta forzoso pensar que si ocurriera algo semejante, el fenómeno se extenderá a todos los países con tradición cinematográfica, tales como Francia, Italia, Reino Unido, Japón, Rusia, India, China y varios más; dada la interdependencia mundial de la economía, es imposible que Hollywood se venga abajo y el resto del cine siga incólume.</p>
<p>El vaticinio de Wales se inspira en una observación familiar: su hija de 11 años se lo pasa haciendo filmes a diario, por lo que en una década más podrá competir con los grandes directores de hoy.</p>
<p>Naturalmente, Wales está chocho con las gracias de su niña y vive inmerso en un medio donde se deben usar computadores hasta para comer. Pero no es ningún tonto y con todas las dudas que merecen estos augurios, algo de razón puede tener.</p>
<p>Se equivoca medio a medio, eso sí, al despachar de una plumada a D. W. Griffith, Orson Welles, John Ford, John Huston, Sidney Lumet, John Cassavetes, o realizadores más recientes como Clint Eastwood, David Lynch, Woody Allen, Martin Scorsese, Francis F. Coppola y una larga enumeración de cineastas, sin los cuales no veríamos el mundo como lo vemos.</p>
<p>Sea como fuere, el panorama que hoy muestran las pantallas estadounidenses, y por extensión, las del resto del orbe, es deplorable. Y, además, provinciano, repetitivo, de nulo valor estético.</p>
<p><strong>Descontando la basura de los efectos especiales, los remakes, las adaptaciones de teleseries, queda poquísimo para ver. Prueba de ello está en las vistosas ceremonias anuales de las estatuillas Oscar, donde, una y otra vez, se corona a vacuidades o a cintas enteramente desechables. </strong></p>
<p>Este año, el premio a la mejor actriz correspondió a Meryl Streep por su papel en La dama de hierro, obra dirigida por Phyllida Lloyd, que cosechó muchos otros galardones. Por descontado, todo lo que haga Streep lo hace tan bien que es un placer verla.</p>
<p><strong>No obstante, aquí falla algo fundamental, que debe estar fuera de su responsabilidad: el personaje de Margaret Thatcher se mueve entre el Alzheimer agudo y los momentos de gloria, con ocasionales flashbacks a su época juvenil, de modo que no hay progresión dramática, sino una rigidez permanente. </strong></p>
<p>El film exhibe un aspecto aún más grave: el retrato íntimo de la líder derechista resulta de una puerilidad tan abrumadora, que es imposible sentir un mínimo nivel de proximidad con ella.</p>
<p>Los momentos privados son una serie de tics que transmiten su deterioro y los instantes de esplendor público-con la incongruente voz de María Callas cantando “Casta Diva”-, caen en un puro despliegue de artificialidad british.</p>
<p>¿Podría haber sido de otra forma? En verdad, la respuesta a tal pregunta no tiene ninguna importancia, porque Thatcher es tan relevante para nosotros como la religión shintoísta.</p>
<p>Su mediocre biografía fílmica se agrega a la andanada de cintas del pasado, o de fechas cercanas, sobre la actual monarca inglesa, sobre Jorge VI, sobre la reina Victoria, sobre Isabel Tudor, sobre Enrique VIII y sobre cuanto noble británico haya pisado la faz de la tierra. Para los escasos anglófilos que quedan, pueden ser un festín y para el público en general, una soberana lata.</p>
<p>Con todo, conviene detenerse, aunque sea a la pasada, en el mito Thatcher. Si bien es peligroso hacer comparaciones entre realidades políticas muy dispares, su gobierno tuvo, en lo económico, cierto parecido con el régimen militar chileno: <strong>poco le faltó para privatizar hasta el aire y destruir uno de los mejores sistemas educacionales del mundo, junto a una institucionalidad cultural ejemplar. </strong></p>
<p>Si no lo logró, estuvo cerca de alcanzarlo y de alcanzarlo en democracia, lo que es bastante más difícil de obtener sin ayuda armada.</p>
<p>En cuanto a su popularidad, está sobradamente demostrado que jamás habría sido reelegida sin la guerra de las Malvinas, cuyos más oscuros episodios –en especial, el hundimiento del Belgrano- recién están saliendo a la luz.</p>
<p><strong>Lo que nunca se ha aclarado por completo, es el nivel de compromiso que Chile tuvo en ese conflicto y el supuesto apoyo prestado a la marina inglesa para actuar en contra de una nación hermana. </strong></p>
<p>Hoy a nadie se le pasa por la cabeza que Thatcher haya sido una figura querida ni admirada.</p>
<p>Que se necesitara un putsch interno en el Partido Conservador para sacarla del poder, sin que mediaran elecciones, ilustra hasta qué punto ella se había convertido en una indeseable, dentro y fuera del aparato del estado. Y presentarla como una adalid de las pequeñas industrias y comercios, cuando entregó toda la riqueza de su país a las corporaciones transnacionales, es, ni más ni menos, un chiste de mal gusto.</p>
<p><strong>En rigor, Thatcher representa el lado peor de los ingleses: chovinismo cerril, prepotencia ilimitada, apego a un pasado colonial que, pese a la subsistencia de vergonzosos lunares –Gibraltar, las Malvinas- se derrumbó hace tiempo.</strong></p>
<p>El hecho de que sea mujer no hace variar en un ápice estos desagradables aspectos de su personalidad; muy por el contrario, los acentúa. Mucho se ha dicho y escrito sobre lo arduo que fue para ella hacer carrera en un medio dominado por hombres y hay incluso quienes la ven como una figura señera en el camino de las mujeres por conseguir su emancipación.</p>
<p>Nada hay más lejano de la realidad, ya que aparte de perjudicar severamente a las trabajadoras con sus medidas, Thatcher jamás simpatizó, ni remotamente, con causas de género. El hecho de que ninguna feminista siquiera la mencione habla por sí solo.</p>
<p><strong>¿Por qué, entonces, hacer una película sobre su vida? Hay una palabra, pasada de moda y por ahora en desuso, que quizá explica en parte esta producción, destinada a un rápido olvido: imperialismo.</strong></p>
<p>El imperialismo es mucho más que la fase superior del capitalismo, mucho más que la hegemonía económica y política de unas naciones sobre otras. Es también la imposición de la cultura, de los valores, de la ideología, de los hábitos, de una determinada manera de ver la historia.</p>
<p>Para los norteamericanos –y su apéndice europeo en Gran Bretaña- Thatcher puede ser un carácter fascinante, pues estimula todo aquello en lo que creen.</p>
<p>Para nosotros, da exactamente lo mismo que haya sido una dama de hierro o una dama de barro.</p>
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		<item>
		<title>La ruina urbana</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Apr 2012 12:23:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[Chile debe haber sido el país más insignificante del imperio español, no solo por ser uno de los más pobres, sino también por encontrarse, literalmente, en el último rincón del mundo. En consecuencia, no se levantaron ciudades esplendorosas, construidas sobre &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120412082321/la-ruina-urbana/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Chile debe haber sido el país más insignificante del imperio español, no solo por ser uno de los más pobres, sino también por encontrarse, literalmente, en el último rincón del mundo.</p>
<p>En consecuencia, no se levantaron ciudades esplendorosas, construidas sobre las ruinas de civilizaciones arrasadas –como México o Lima- ni tampoco tuvimos urbes coloniales y poscoloniales que pudieran rivalizar con las europeas, como es el caso de Buenos Aires, Río de Janeiro o Quito.</p>
<p>Santiago, nuestra capital, jamás pudo rivalizar con ellas en cuanto a arquitectura, trazado vial o poderío económico.</p>
<p>Sin embargo, era tranquila, poco pretenciosa,  tenía su gracia y estaba emplazada en un marco geográfico espectacular, al pie de la cordillera de los Andes. <strong>Todo esto duró, más o menos, hasta los años 50, porque hoy debe ser una de las ciudades más feas, menos atractivas y más contaminadas del orbe.</strong></p>
<p>Es difícil saber con algo de precisión cuándo comenzó la decadencia irreversible de Santiago, pero es factible establecer ciertos hitos que la fueron transformando en el indescriptible adefesio que ha pasado a ser hoy en día.</p>
<p>Hace unas tres décadas, se abrió un horrendo tajo en mitad de la Alameda, llamado carretera Norte-Sur, un atentado urbanístico, un horror a la vista, un sinsentido mayúsculo, que además se tradujo en la demolición de antiguas calles y hermosas mansiones señoriales, sin otro propósito que ver circular, durante las 24 horas del día, vehículos motorizados que hacen un ruido insoportable y han convertido a esa extensa zona en algo que da miedo ver.</p>
<p>Más tarde, se abrió otra zanja gigantesca, esta vez en la avenida General Velásquez, con similares características, convirtiéndose nuestra capital en la única ciudad importante del planeta que fue seccionada en dos partes para beneficio de autos, buses, camiones y otros medios de transporte.</p>
<p><strong>Como todo nos llega tarde, se emplazaron rotondas viales cuando ya se sabía que solo servían para congestionar el tráfico, se alzaron caracoles cuando ya se había descubierto su falta de utilidad comercial y ahora último comenzó la fiebre de los malls y las autopistas. </strong></p>
<p>Los centros comerciales al estilo norteamericano no parecen, por el momento, batirse en retirada, pero las autopistas interiores sí, porque solo sirven para producir caos, atochamientos de horas y gravísimos problemas a sus usuarios.</p>
<p>Además, ¿a quienes sirven?</p>
<p>En Santiago, exclusivamente a un reducidísimo sector de la población, que se traslada en poco rato desde los suburbios del lujo y la riqueza hasta el centro o el aeropuerto; la inmensa mayoría de los habitantes nunca conocerá sus hipotéticas ventajas ni estará en condiciones de pagar los estratosféricos peajes. De modo que a las multimillonarias inversiones, debe agregarse su muy escasa utilidad.</p>
<p>En cuanto a áreas verdes, el tema da para componer un réquiem a todo cuanto huela a pasto, a silvestre o a ínfimamente ecológico.</p>
<p><strong>Las calles arboladas desaparecieron, los parques se han reducido a espacios raquíticos, las plazas se han cubierto de concreto o han pasado a ser sitios esmirriados y hasta peligrosos. </strong></p>
<p>Donde antes había vegetación y se podía escuchar el canto de los pájaros u oler la fragancia de las flores, ahora hay pavimento, concreto, hormigón, en suma, peladeros desolados.</p>
<p>Tenemos un récord universal en cuanto a aniquilamiento de una joya arbolada, única en el continente: el cerro Santa Lucía.</p>
<p><strong>El que otrora fuese uno de los centros de esparcimiento más bellos de la capital, se encuentra en el presente cubierto íntegramente por edificios, todos horrorosos, de modo que no es posible mirarlo en forma completa desde ningún punto de Santiago. </strong></p>
<p>No hay que ser fatalista, sino simplemente realista, para predecir que lo mismo sucederá con el San Cristóbal, que será tapado por el cemento, los vidrios y el acero y perforado de túneles por donde correrán coches que se dirigen a misteriosos enclaves.</p>
<p>Es natural que la gente quiera vivir en departamentos, pues son cómodos, prestan múltiples servicios y tal vez den seguridad. Pero no es racional destrozar barrios enteros para alzar miles de torres que, a estas alturas, impiden contemplar cualquier cosa, desde las veredas hasta el cielo.</p>
<p>El famoso Sanhattan, aparte de ser una monstruosidad que liquidó elegantes sectores residenciales, carece del más mínimo sello propio y bien podría confundirse con Atlanta o Kansas City.</p>
<p>Desde la Plaza Italia hasta Maipú se han erigido incontables construcciones que conforman un vastísimo e interminable paisaje, devastado y deprimente hasta para los optimistas acérrimos.</p>
<p>Al igual que sucedió con los caracoles, se hallan condenados a un envejecimiento y desgaste lentos, al comienzo imperceptible y a la larga inevitable.</p>
<p>El negocio inmobiliario (en España se le llamó burbuja) casi siempre tiene un inicio eufórico y un final nada de feliz.</p>
<p><strong>La deficiente calidad de las habitaciones, las terminaciones baratas, el ahorro en los costos y otros factores, pronto convertirán a estos mamuts en viviendas depreciadas, en creciente deterioro, a veces tan inhóspitos como para querer salir arrancando a cualquier lugar. </strong></p>
<p>Lo que ahora puede parecer un feliz destino para una familia de clase media aspiracional, en el futuro podría pasar a ser un callejón sin salida</p>
<p>Fealdad irremisible, degradación ambiental, suciedad irremediable, aridez y polvo incesantes, son una parte del paisaje de Santiago.</p>
<p>Y se trata del paisaje más habitable y grato, el que ocupan las clases altas y medias, no el otro, esa  tierra de nadie conformada por las poblaciones periféricas y las zonas sin Dios ni ley donde campean la pobreza extrema y el delito. Porque ahí sí que no hay grandes obras de infraestructura, sino calles apenas transitables y casas que de eso únicamente tienen el nombre.</p>
<p>En esa inmensa superficie donde, mal que mal, vive la mayor parte de los santiaguinos, no habrá supercarreteras, pasos peatonales, puentes ni otros<br />
trabajos de envergadura.</p>
<p>Ni tampoco las empresas constructoras, apoyadas por bancos e instituciones financieras, erigirán sus mastodónticos edificios, destinados a succionar los ahorros de la gente para cumplir el sueño de una vida.</p>
<p><strong>La ruina urbana de Santiago expresa, una vez más, la insalvable división en clases sociales y la total ausencia de participación de los ciudadanos.</strong></p>
<p>A nadie se le ha preguntado jamás si quería lo que ahora tiene. Muy pocos, poquísimos en verdad, son conscientes de lo que ven a diario. Y como viene sucediendo en los últimos tiempos, un grupo minúsculo decide todo lo que tenemos y vemos.</p>
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		<item>
		<title>La vida sin Carlos</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 13:43:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi vida con Carlos, la película de Germán Berger, recién se pudo exhibir por Televisión Nacional y para el grueso público de Chile el pasado sábado 14 de enero a las 23.45 hrs. El horario de trasnoche conspiraba contra una &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120124094322/la-vida-sin-carlos/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Mi vida con Carlos</em>, la película de Germán Berger, recién se pudo exhibir por Televisión Nacional y para el grueso público de Chile el pasado sábado 14 de enero a las 23.45 hrs. El horario de trasnoche conspiraba contra una recepción masiva del film.</p>
<p>También hubo factores disuasivos, como la ínfima promoción, la nula propaganda, la pusilanimidad de las agencias culturales y otra serie de contratiempos.</p>
<p><strong>Sin embargo, la producción fue vista por decenas de miles, tal vez cientos de miles de personas y así lo verifican no solo el rating, sino el contundente respaldo de las redes sociales, que literalmente se repletaron con mensajes de ardorosos espectadores que, por varios días, dejaron sus impresiones en twitter, facebook, YouTube, blogs y otros sitios virtuales. </strong></p>
<p>Si se escribiera un libro sobre el fenómeno, sería un libro rico, variado, extenso, gratificante, que nos proporcionaría una visión más digna acerca de nosotros que la que a diario nos imponen.</p>
<p>Nada de esto apareció en la prensa, ni una sola línea figuró en diarios, revistas o rotativos, ningún comentario mereció la cinta de Berger en los medios de comunicación nacionales.</p>
<p>Como dato esperpéntico, días antes, una dama que reside en un condominio de Chicureo quiso limitar la circulación de las nanas por el complejo habitacional, noticia que a juicio de los directivos de periódicos indicó un trending topic, o sea, una preocupación ciudadana debido a los numerosos textos de twitter que el hecho suscitó.</p>
<p>La obra de Berger, que recibió una atención abrumadoramente superior, quizá no cabe dentro de tal categoría.</p>
<p><em>Mi vida con Carlos</em> es, desde todo punto de vista, una película extraordinaria, incalificable, completamente excepcional.</p>
<p>Es mucho más que un testimonio autobiográfico, mucho más que un documental y mucho más que lo que casi siempre se ha hecho en el cine nativo al tratar un tema tan terrible como el que aquí se aborda.</p>
<p><strong>Con sobriedad, soltura narrativa, en cuidadas y bellas imágenes, sin que sobre o falte nada, desde la música hasta el montaje, Berger realiza una búsqueda, ética y existencial, de su padre, el abogado y periodista Carlos Berger, asesinado por la Caravana de la Muerte en octubre de 1973.</strong></p>
<p>Germán tenía un año cuando ocurrieron los hechos, por lo que pudo conocerlo únicamente a partir de retazos, fragmentos o historias que, a lo largo de los años, le fueron contando familiares y amigos.</p>
<p>No hay un ápice de resentimiento, odio ni amargura en <em>Mi vida con Carlos</em>. Mucho menos encontraremos truculencia, sensacionalismo o detalles de mal gusto en la notabilísima creación para la pantalla grande.</p>
<p>Esto es doblemente asombroso, porque los sucesos narrados en el film son horrendos y porque jamás ha habido justicia cabal en torno al exterminio genocida perpetrado por la Caravana de la Muerte.</p>
<p>Lo que al joven director le interesa va mucho más allá de la denuncia o una evocación cronológica del pasado reciente y el modo en que ese pasado ha marcado a fuego su existencia.</p>
<p>Lo que le interesa es reconstituir, mediante los pocos antecedentes que posee, a la manera de un exorcismo, la figura pública y privada de su padre.</p>
<p><strong>En una estructura fílmica tensa, concentrada, límpida, logra que conozcamos quién fue, cómo fue, qué es lo que hizo Carlos Berger. </strong></p>
<p>Hay escenas imborrables, secuencias originales y mucha tragedia en la película, pero también se teje un relato presidido por una profunda introspección y una fina dosis de humor.</p>
<p>Son particularmente emocionantes los encuentros con Ricardo y Eduardo Berger, hermanos de Carlos y resultan conmovedores, sin dejar de ser divertidos, los diálogos con Carmen Hertz, esposa de Carlos y madre de Germán.</p>
<p>Fiel a sí misma, Carmen parece inconsciente de su ironía cuando le explica a Germán que ella, ni por un momento, pensó en un “padre sustituto”, ya que el único que pudo cumplir esa función fue Carlos Berger.</p>
<p><em>Mi vida con Carlos</em> se estrenó, a ambos lados del Atlántico, en España y Estados Unidos, en el año 2010 (en el último país fue presentada por el eximio director Costa Gavras).</p>
<p>Desde entonces, ha dado la vuelta al mundo y ha sido vista en los cinco continentes, obteniendo cerca de una veintena de premios en prestigiosos festivales internacionales.</p>
<p>En Chile, jamás entró en el circuito comercial y antes de su veloz muestra televisiva, solamente se presentó en dos ocasiones, la primera en el Parque por la Paz Villa Grimaldi y la segunda en el Museo de la Memoria.</p>
<p><strong>Esto es, desde luego, una vergüenza. Asimismo, conforma una inaudita falta de respeto hacia un artista que nos ha entregado un aporte de fuerza incalculable, tanto en lo estético como en lo moral, para saber quienes somos y dónde estamos pisando. Y peor aún, es una prueba más de la frivolidad, la amnesia, la insensibilidad, la ignorancia en la que hemos caído con respecto a la verdad de la dictadura que nos rigió durante casi dos décadas.</strong></p>
<p><em>Mi vida con Carlos </em>no es otro expediente acerca de las violaciones a los derechos humanos cometidas en ese período. Eso se da por sentado y el autor, que conoce muy bien la materia, no se detiene mayormente en ella.</p>
<p>El asunto que subyace en el relato es nuevo, personal y bastante inédito en nuestra cinematografía: indagar en la biografía de un hombre, un personaje, un militante político, un ser humano ejemplar, que no fue ni un santurrón ni un beato, sino nada más y nada menos que eso, un ser humano ejemplar.</p>
<p>Para los que conocimos a Carlos Berger, lo anterior dista de ser una novedad. Aún así, el trabajo de su hijo revela facetas ignoradas y complejas que nos desconciertan y claro está, nos enternecen.</p>
<p><strong>Su muerte bestial, insensata hasta la locura, corrobora, una vez más, el lado peor de este país. Carlos Berger era alguien irreemplazable, pero también lo fueron todos los ejecutados por la Caravana de la Muerte, todos los detenidos desaparecidos de la DINA, todas las víctimas de la CNI y los organismos represivos de la dictadura. </strong></p>
<p>Se liquidó a una generación completa, tal vez la mejor que ha entregado Chile. Se enmudeció a un país entero, se aterrorizó a la población, se destruyeron familias en su integridad.</p>
<p>Nada ni nadie lograrán que vuelvan a estar con nosotros y solo nos resta especular cómo habría sido nuestro vivir de haber seguido ellos existiendo.</p>
<p>La película de Germán Berger, ni qué decir tiene, está lejos de tales elucubraciones.</p>
<p>No obstante, posee el valor implícito de hacernos pensar que la  vida sin Carlos Berger y los demás mártires de la dictadura ha sido mucho peor sin ellos y habría sido mucho mejor si continuaran vivos.</p>
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		<title>Las palabras y las cosas</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 10:44:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Camilo Marks]]></category>

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		<description><![CDATA[La polémica por el cambio de la palabra “dictadura” al término “régimen militar” en los manuales de enseñanza básica ha sido más prolongada y en ella han participado más personas y agrupaciones que las que tomaron parte cuando se presentó &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120111064444/las-palabras-y-las-cosas/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La polémica por el cambio de la palabra “dictadura” al término “régimen militar” en los manuales de enseñanza básica ha sido más prolongada y en ella han participado más personas y agrupaciones que las que tomaron parte cuando se presentó el libro <strong><em>Prisionero por servir a la patria</em>,</strong> de Miguel Krassnoff.</p>
<p>No deja de ser curioso, pues parece evidente que las atrocidades cometidas por la DINA resultan mucho más graves que sustituciones léxicas en los textos de estudio. Aquellas fueron acciones destinadas a eliminar al enemigo, estas semejan reformas algo inocuas.</p>
<p>Y es sorprendente que a diario se entreviste a historiadores (¿hubo alguna vez tantos historiadores e historiadoras como en el presente?), expertos, sociólogos, politólogos y a una extensa gama de personalidades, a las que hay que agregar a inefables columnistas que se desgañitan para explicarnos las diferencias entre una u otra forma de sistema político.</p>
<p>O que organizaciones tan disímiles como la Sociedad de Escritores de Chile y la CUT continúen emitiendo comunicados para protestar en contra de la nueva designación.</p>
<p>Además, los diarios extranjeros, en forma unánime, han reprobado la última gaffe del radiante gabinete de Piñera.</p>
<p>La verdad es que la expresión “gobierno militar” para referirse a la administración de facto que rigió en Chile desde 1973  a 1990, se usó, por primera vez, en las oficinas del Comité Pro Paz, cuyos documentos daban cuenta de los brutales atropellos que se cometían en un lenguaje serio, jurídico, comedido, en fechas tan tempranas como los últimos meses de 1973; la  Vicaría de la  Solidaridad, sucesora de esa institución, siguió empleando esos dos vocablos en todos sus informes, hasta su disolución en 1992.</p>
<p>Pero eso era absolutamente comprensible: se trataba de otorgar credibilidad a lo que se escribía, sobre todo en el exterior, donde la situación de Chile impactaba como nunca antes había impactado ningún derrocamiento por obra de la violencia armada.</p>
<p><strong>La locución “dictadura” habría parecido panfletaria o propagandística, propia de organizaciones opositoras y lo que se buscaba era otorgar la máxima  objetividad al describir situaciones que superaban a la imaginación en cuanto al horror de lo que se experimentaba, sin caer en confrontaciones con los gobernantes de entonces.</strong></p>
<p>Por lo demás, ninguna entidad humanitaria –Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Médicos sin Fronteras, etc.- ha usado nunca la palabra “dictadura” en sus comunicados.</p>
<p>Desde luego, nadie que trabajara en la Vicaría u organismos similares, ninguna víctima, familiar, amigo de los perseguidos y tal vez la vasta mayoría de los habitantes del país, incluidos muchos que apoyaron en sus inicios el pronunciamiento, pensó jamás que en Chile se vivía otra cosa que no fuera la peor dictadura de la época, una de las peores del mundo.</p>
<p>No eran necesarias clases de Derecho Constitucional, Instrucción Cívica o puntualizaciones semánticas para saberlo, así como tampoco debates terminológicos acerca de esto, aquello o lo de más allá.</p>
<p><strong>Todos la vivimos día y noche, todos sabemos lo que fue, todos pudimos constatar cientos de veces, miles de veces, en qué consistió. Por consiguiente, a estas alturas, las disquisiciones en torno a lo que es o no es una dictadura parecen redundantes y enteramente superfluas.</strong></p>
<p>¿A qué viene entonces tanto alboroto por una renovación en el modo de denominar al modelo político de Pinochet?</p>
<p>Aparte de que da grandes oportunidades de explayarse a los mismos de siempre, que dicen lo mismo de siempre, hay, claro, una causa más profunda: la incesante búsqueda de legitimidad de un régimen que convirtió a Chile en paria internacional, produjo repulsa en todo el mundo, hizo sinónimo al país de una tiranía sangrienta, se tradujo en la más siniestra imagen que, por casi dos décadas, haya tenido una nación sudamericana.</p>
<p>Con todo, quienes llevan a cabo esta empresa, en el fondo saben que es inútil.</p>
<p>¿Y por qué se les viene a la cabeza justo ahora hacer esa drástica alteración en los libros de estudio?</p>
<p>En gran medida, porque muchos de ellos, que sirvieron a los militares –no todos, por suerte- vuelven a tener acceso al poder y, por lo tanto, les asiste la facultad de cambiar las palabras por las cosas que prefieren.</p>
<p>Pero hay más. La derecha chilena, mejor dicho un sector de ella, jamás ha abjurado de Pinochet y aunque no debe haber sido grato para sus miembros ver el nombre del régimen que apoyaron como lo más execrable del planeta, saben bien que una modificación de nombre no mudará el juicio de la historia.</p>
<p><strong>Más aún, tienen pleno conocimiento de que lo que hoy hacen, puede ser sustituido mañana. Es erróneo, por consiguiente, pensar que la derecha no se enorgullece del período 1973-1990 y que se molesta por el verdadero nombre con que se le denomina. Ha mostrado reiteradamente que estos asuntos le importan un rábano.</strong></p>
<p>Lo más grave de todo reside en que, tras 22 años de democracia, haya no solo un grave retroceso en estas materias, sino una radical ignorancia sobre conceptos elementales en torno a los compromisos ciudadanos.</p>
<p>La responsabilidad no recae en el gobierno actual -¿es factible esperar avances de el?-, sino, en gran medida, en sus predecesores.</p>
<p>¿En qué quedó el ramo de Derechos Humanos que se iba a implantar en colegios, institutos castrenses, academias policiales y otros establecimientos? En nada.</p>
<p>¿En qué quedó la difusión del Informe Rettig y textos similares a lo largo de la nación? En nada.</p>
<p>¿En qué quedaron tantas promesas y buenos propósitos? En nada.</p>
<p>¿Y la cultura de la vida, del respeto, de la tolerancia al otro? En casi nada.</p>
<p>Más estéril todavía es la negligencia, la frivolidad, la palabrería, la verborrea para figurar seguido en los medios de comunicación. Porque nadie parece haberse detenido a pensar por un instante que si un ministro puede proponer lo que le de la gana, se debe a que hemos hecho posible que proponga lo que le da la gana.</p>
<p><strong>Y si mañana deciden ponerle a la Alameda el nombre Augusto Pinochet, enseñar cualquier disparate, promover la discriminación, el sexismo, el chovinismo, el antisemitismo, se debe, única y exclusivamente, a que lo hemos permitido, creando el clima para que ello sea posible.</strong></p>
<p>Las palabras no son siempre equivalentes a las cosas que se quieren decir y puede haber un territorio de ambigüedad en el habla.</p>
<p>No obstante, existe un área en la que ello es impracticable: un gordo no es flaco, un sueco no es zulú, la dictadura no es régimen militar. Y no es concebible equivocarse, salvo en el Chile actual.</p>
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