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	<title>Opinión en Cooperativa&#187; Manuel Guerrero A.</title>
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		<title>‘Dar la cara’, el importante mensaje de Los 80</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Dec 2014 20:53:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Derechos humanos]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Guerrero A.]]></category>

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		<description><![CDATA[Excepto la 1a temporada, no vi la serie Los 80 porque considero que fue suficiente haberlos vivido. Sin embargo, recomendado por cercanos y lejanos, sí vi el capítulo final y rescato, entre otros, el abordaje del drama de Félix y &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/derechos-humanos/20141222175357/dar-la-cara-el-importante-mensaje-de-los-80/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Excepto la 1a temporada, no vi la serie <em>Los 80</em> porque considero que fue suficiente haberlos vivido. Sin embargo, recomendado por cercanos y lejanos, sí vi el capítulo final y rescato, entre otros, el abordaje del drama de Félix y su elaboración, que en mi opinión expresan la necesidad por Verdad y Justicia en Chile.</p>
<p>La escena que comento es cuando, por un crimen cometido en la adolescencia, Félix que ha vivido atormentado por 20 años, motivado por su padre visita en el tiempo presente a la viuda del fallecido. El padre de Félix le pide a su hijo que &#8220;de la cara&#8221;, pues &#8220;la verdad libera&#8221;.</p>
<p><strong>Armado de coraje, el ahora adulto Félix va a la casa de la viuda, le cuenta la verdad de lo ocurrido, le pide perdón y se expone a su rabia. Ambos sufren, pero al abordar lo reprimido, ocurre una elaboración que les permite salir de ahí. Me parece que esta escena expresa lo pendiente de la pos dictadura chilena, tema que es difícil de abordar en cualquier realización. </strong></p>
<p>Construir el encuentro entre perpetradores y víctimas, y que resulte verosímil, es complejo. En el caso argentino fue brillantemente trabajado en <em>&#8220;El secreto de sus ojos&#8221;</em>, con Ricardo Darín.</p>
<p>En nuestro caso, la serie <em>Los 80</em> escogió a Félix para abordar la temática indirectamente. Y si bien utilizó para estos efectos un circunloquio, se trata de un accidente automovilístico y no de violaciones a los derechos humanos, si algún ex DINA es capaz de leer lo que la serie propone como conclusión de una década -que coincide con el fin de la dictadura-, el mensaje se vuelve directo:<strong> ‘La verdad libera&#8217; y aún hay víctimas que esperan ese mínimo gesto de coraje cívico de presentarse y decir la verdad. </strong></p>
<p>Sin desmerecer esta propuesta de <em>Los 80</em>, en materia de abordaje en Chile de esta temática de los DDHH (el encuentro entre el perpetrador y la víctima), destaco lo trabajado por el montaje de Teatro Cinema, de la obra ‘Sin sangre’, del escritor Alberto Baricco.</p>
<p>Porque el encuentro entre el perpetrador y su víctima puede tomar distintas formas, y en estas formas es donde se juegan las lecturas posibles que se proponen al público, que en el fondo es la sociedad toda, para que las haga suya y las elabore.</p>
<p>Por ejemplo, el encuentro puede tomar la forma del set que armó TVN entre el general Cheyre y Ernesto Lejderman: juntarlos sin encontrarse. O tomar la forma que propuso en este último capítulo <em>Los 80</em> con Félix: encontrarse, dar la cara, pedir perdón, exponerse.Y luego seguir la vida cada uno por su lado.</p>
<p>En el caso de ‘Sin sangre’, sin embargo, Teatro Cinema -con una actuación impresionante de Laura Pizarro-, ensayó algo más arriesgado, luego de encontrarse el perpetrador con la víctima, asumieron el proceso de convivir, de vivir juntos.</p>
<p><strong>De ahí el nombre &#8216;Sin sangre&#8217;, un proceso de elaboración fuerte, complejísimo, abordando la fragilidad y el daño de lado a lado (que no es lo mismo que el &#8216;empate moral&#8217; al uso chileno, que es un eufemismo de impunidad, de no hacerse cargo de nada, pues empate no hubo, ni guerra, fue masacre). </strong></p>
<p>De los procesos pos genocidas conocidos, el caso en que se han dado pasos de este tipo es Ruanda.* Decir la verdad, asumir la cárcel, realizar un proceso profundo y auténtico de arrepentimiento y luego dar el paso a generar una convivencia entre el (ex)perpetrador y la víctima, apoyándose mutuamente, estando disponibles para la vida cotidiana, pues ambas fueron alteradas por la matanza.</p>
<p>Realizar algo así, requiere de un coraje mutuo: del perpetrador y la víctima. Y hacer ese camino implica una complejización de los roles que cada uno juega en la reparación, con ambas partes muy activas en una increíble experiencia de valentía y generosidad máxima.</p>
<p>Porque en las sociedades pos genocidas la pregunta siempre queda abierta, ¿cuál es la verdad? ¿Se hará justicia, con castigo a los culpables? ¿Habrá reparación y memoria de lo ocurrido?</p>
<p><strong>Y tal vez, lo más importante para la reconstitución individual y colectiva de un país, luego de la verdad, la justicia, la reparación y los procesos de memoria, ¿podremos convivir juntos? </strong></p>
<p>En el caso chileno, lejos de la propuesta de Teatro Cinema, aún vivimos en la negación de parte de los perpetradores. El llamado &#8216;pacto de silencio&#8217; aún campea.</p>
<p>O, en el mejor de los casos, hay ciertos reconocimientos de lo ocurrido, pero se apela al “empate moral”, lo que nuevamente es una forma de negación y racionalización, que no se hace cargo de que miles de chilenos, como cantan Los Tres, vivieron la masacre sin saber porqué y aún cargan luces en el mar. Falta mucho.</p>
<p>Por ello, para el contexto de impunidad del Chile pos dictatorial (recordemos que apenas cumplen condena 60 genocidas, habiendo miles de desaparecidos, ejecutados, torturados), el gesto de ‘dar la cara’ de Félix en <em>Los 80</em> resulta loable y aleccionador.</p>
<p><strong>Hacerse responsable de los actos propios, sin apelar al contexto, sino que a la decisión o falta de ella que llevó a cometer crímenes que jamás debieran haber acontecido. Dar la cara es un mínimo, pero que en Chile aún opera como máximo.</strong></p>
<p>Estos son temas que ojalá fuesen abordados más allá del circuito de las organizaciones de víctimas y luchadores sociales, la academia y los organismos del Estado que se dedican a la justicia, memoria y reparación.</p>
<p>La televisión es un buen vehículo para la amplificación de estos tópicos, que abre preguntas sobre una temática que nos cruza como sociedad. Gracias, en tal sentido, a la serie <em>Los 80</em> y su equipo realizador. Aunque sea en el plano de la ficción y en sordina, se avanza. Y en horario prime. Para Chile, no es poco. Pero, a no dudarlo, queda mucho por hacer.</p>
<p>*El caso de Ruanda: <em><a href="http://www.accionpreferente.com/mundo/retratos-de-reconciliacion-20-anos-despues-del-genocidio-de-ruanda/">http://www.accionpreferente.com/mundo/retratos-de-reconciliacion-20-anos-despues-del-genocidio-de-ruanda/</a></em></p>
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		<title>Lo que el Muro se llevó</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Nov 2014 16:25:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Internacional]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Guerrero A.]]></category>

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		<description><![CDATA[En estos días se conmemoran 25 años de la caída del Muro de Berlín. Hay un modo dominante de recordar ese acontecimiento como gesta civilizatoria semejante a la conquista de la luna por el Hombre. Tal versión puede ser cierta, &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/internacional/20141111132512/lo-que-el-muro-se-llevo/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En estos días se conmemoran 25 años de la caída del Muro de Berlín. Hay un modo dominante de recordar ese acontecimiento como gesta civilizatoria semejante a la conquista de la luna por el Hombre. Tal versión puede ser cierta, pero no es toda la verdad.</p>
<p>Por los avatares del binomio dictadura/resistencia chilena, para  1989 me encontraba con 18 años de edad en Berlín oriental finalizando mi cuarto medio en la secundaria Emmanuel Kant de la comuna de Lichtenberg.</p>
<p>Un día inicios de noviembre estando con amigos en un club de literatura cerca de las diez de la noche, se oyó por radio el comunicado de Günter Schabowski, en que el gobierno permitía –tras cuarenta años- cruzar libremente a Berlín Occidental por una noche. Con mis amigos alemanes nos miramos atónitos por la noticia. Nadie sabía muy bien qué hacer, era una resolución insólita, fuera de lo cotidiano. Como Alicia a través del espejo, masas de “Osis” comenzaron a cruzar al “West” para conocer de primera fuente lo que por durante tanto tiempo había sido demonizado en casa o endulzado por los canales de televisión occidentales ZDF y Sat 1.</p>
<p>Ya en julio cientos de alemanes de la República Democrática Alemana (RDA) habían decidido emigrar a la Alemania Federal (RFA) vía Austria, a través de la frontera abierta por Hungría. En octubre eran unos 50 mil los que habían ocupado ese paso. <strong>Marchas multitudinarias de la sociedad civil por la democratización de la RDA se sucedían por el centro de Berlín cruzando la Alexander Platz, bordeando el Palacio de la República, ante la observación atenta de la puerta de entrada de los Jardines Colgantes de Babilonia, construida por Nabucodonosor, que desde alguna conquista prusiana ahora pendían del Museo Pergamon a orillas del Spree.</strong></p>
<p>Yo militaba desde los 14 años en las Juventudes Comunistas de Chile. A fines de 1988, cuando comenzó el movimiento social alemán, solicité que nuestro Partido, en tanto organización revolucionaria internacionalista, se hiciera parte del reclamo contra el estalinismo enquistado en el aparato del Estado que era cada vez más abierto de parte de las mayorías antes silenciosas de la RDA.</p>
<p>El socialismo es democrático o no es, nos había enseñado a través de sus discursos Salvador Allende, y ahora nos tocaba a los revolucionarios chilenos acompañar y formar parte de esa ciudadanía que pujaba por más democracia en su país, ayudados por el contexto de la Glasnost y la Perestroika de Gorbachov en la URSS. <strong>Ante mi apasionado argumento un dirigente del Partido me respondió lacónicamente “no se meta en huevás compañero”. Lo que hice fue salirme del Partido e ingresé a los Antifa Gruppen, a pelear en las calles contra los cabeza rapadas y organizar la defensa del socialismo pero reconquistándolo para la gente.</strong></p>
<p>En una línea menos radical, pero más propositiva y transversal, la escritora Christa Wolff junto al dramaturgo Heiner Müller compartían la necesidad de darle un contenido auténticamente democrático al socialismo, por lo que organizó el Nuevo Foro que logró, con mucha efectividad en razón de la ética probada de sus integrantes, convocar a amplios sectores ciudadanos a movilizarse pacíficamente, a constituirse en sociedad civil activa. El 19 de septiembre de 1989 solicitó al Gobierno el certificado de reconocimiento de su asociación, el que fue rechazado bajo la acusación de “enemiga del Estado”.</p>
<p>Cuando en 1987 llegué a mi colegio no había un centro de alumnos elegido democráticamente. La calidad de la enseñanza era espectacular, también del deporte y de las artes, todos de acceso universal y gratuito para cualquier hijo de vecino. Pero la única organización que estaba permitida era la Juventud Libre Alemana, en la que militaban casi el 100% de mis compañeros.Si no estabas ahí era muy difícil generar luego una trayectoria laboral exitosa, me explicaban.</p>
<p>La solidaridad con Chile contra Pinochet era generosa y comprometida, ¿pero por qué no actuaban por democratizar, por mejorar su propio país? “No te metas en huevadas”, me respondían antes del 89 mis amigos alemanes, “solo conseguirás que te corten la beca en el colegio y te quedarás sin Bachillerato”. <strong>Ellos no temían tanto a la ahora mítica Stasi, la seguridad interior del Estado, sino que no creían en la política como capacidad colectiva de transformación social. Habían perdido la fe en su propia capacidad de incidir en su destino.</strong></p>
<p>El 25 de septiembre del 89, en la ciudad de Leipzig, miles de personas se decidieron a realizar una marcha todos los lunes. En Berlín las protestas pacíficas eran cada vez más frecuentes y las plazas bullían de debates.</p>
<p>El 7 de octubre fuimos convocados por la directiva de nuestros colegios a asistir a la celebración del 40 aniversario de la RDA. Pasarían lista. Bordeando las calles nos dispusieron con banderitas de cartón a saludar a los jerarcas de los países socialistas del Este que venían a dar una señal de unidad del Pacto de Varsovia. Recuerdo haber visto pasar saludando a Gorbi con su mancha en la calvicie –el mapa de Afganistán comentaban mis amigos-, y a Ceaucescu, quien moriría fusilado a los pocos meses por una revuelta en su contra en Rumania.</p>
<p><strong>A la noche, frente al Palacio de la República, el histórico líder de la resistencia antifascista alemana y Jefe de Estado, Erich Honecker, arengó en un discurso con la voz quebrada por la avanzada edad a la Juventud Libre Alemana que había llegado con sus camisas azules y antorchas encendidas.Solo días después, el 18 de octubre, Honecker dimitiría de su cargo presionado por las movilizaciones sociales.</strong></p>
<p><strong></strong>El 4 de noviembre, medio millón de personas nos reunimos en el centro de Berlín convocados por la Asociación de Artistas. Christa Wolff dio un discurso de defensa del socialismo, con fuertes críticas a quienes abandonaban el barco yéndose a la RFA, la tarea era recuperar el país para las mayorías, no hacerlo desaparecer. El 8 de noviembre el gobierno comunicó que habría elecciones libres y que se le otorgaba estatuto legal al Nuevo Foro.</p>
<p>La esperanza en el cambio social se podía tocar con las manos. Obras de teatro antes prohibidas se exhibían, el Decálogo de Kieslowski se daba en el cine con traducción simultánea en vivo, regresaban artistas de izquierda disidentes como Wolf Biermann y revolucionarios como Walter Janka, antiguo comunista y combatiente de la guerra civil española, entregaban sus testimonios sobre el estalinismo y la necesidad de un socialismo democrático.<strong> El 9 de noviembre, estando en el club de literatura que frecuentábamos con mis amigos oímos el comunicado oficial de Schabowski: las leyes para viajar al extranjero habían sido derogadas con efecto inmediato. ¡Se podía pasar a Berlín Occidental!</strong></p>
<p>Salimos del club pasadas las diez de la noche. Éramos miles de personas. Yo tenía Ausweis rojo, el carnet de identidad con visa múltiple otorgado por mi calidad de extranjero, lo que me permitía ir y volver entre los dos Berlines en forma continua. Pero ese extraño privilegio no lo tenían mis amigos. <strong>Yo pasaba “al otro lado” y les traía sabrosos Döner Kebab turcos de Kreuzberg, libros de Nietzsche, Schopenhauer y Sartre que no encontrabas en las bibliotecas escolares, y vinilos de los Stones y Neil Young. Esta vez sí se podía y, junto a Jirka, André, Thomas y Frank cruzamos la frontera.</strong> Mi intención era mostrarles la pobreza disimulada en Occidente, sus prostíbulos en que las mujeres eran tratadas como objetos, la decadencia de los consumidores de drogas con sus jeringas en las calles, los cesantes vagando pidiendo limosna. Deseaba mostrarles las maldades del capitalismo para que no se arrepintieran de tener un país socialista, pero que faltaba democratizar.</p>
<p><strong>No obstante, mis amigos caminaban entre las masas de Osis que se tomaron pacíficamente las calles principales de West Berlin, y miraban las construcciones, los negocios que a las once de la noche abrieron extraordinariamente sus puertas arrojando productos gratis a la gente. Con ojos grandes miraban a los alemanes del otro lado que también los miraban a ellos con ojos desorbitados.</strong></p>
<p>No oían mis plegarias militantes, mis observaciones radicales y sesudas sobre la estratificación social capitalista en clases distinta a la estratificación burocrática del Este. Caminamos cuadras y cuadras durante la noche. Los vi felices y tristes a la vez. Era Alemania también, pero no la de ellos, aunque tampoco sentían la RDA como propia.</p>
<p>Fuimos al cine, comimos en un restaurant chileno –donde había palta y muchos productos que escaseaban en la RDA-, brindamos por la amistad y a la madrugada regresamos para llegar a la hora al colegio. A las 8:30 estábamos puntuales todos en clases. Profesores y estudiantes con ojeras, todos habían cruzado por la noche. Nadie comentaba mucho, había la voluntad que la vida siguiera su curso normal, retomar las movilizaciones, generar propuestas.</p>
<p>Sin embargo ya nunca más fue lo mismo. El mundo había cambiado. Las certezas por años aprendidas como axiomas, que otorgaban algún tipo de tranquilidad, se habían hecho añicos sin encontrar reemplazo. Lo que vieron al otro lado no era tan malo pero tampoco tan espectacular como para perder lo propio, pero esto ya era irreversible.</p>
<p>Una sorda desesperanza noté en ellos, no el entusiasmo revolucionario que atribuía Kant a la experiencia moderna e ilustrada de la libertad y la autonomía. “Sé libre, usa tu razón” vociferaba el filósofo de Königsberg imbuido del componente anímico de la revolución francesa. Pero aquí ocurría lo contrario. Algo había en el aire que los alemanes del Este notaban, algo que escapaba a su control. Un silencioso desencanto con todo, con lo propio y lo ajeno. Aún no desaparecía la RDA como país, pero ya se vivía el cambio, se observaba la canalización del proceso democratizador hacia otra cosa extraña que se jugaba no en la calle, en la plaza, en lo público, sino tras bambalinas de un tablero de magnitud geopolítica. El proceso de anexión había comenzado.</p>
<p><strong>A los años de ocurrido el 9 de noviembre mi amigo Thomas se suicidó. Su hermana también lo hizo. Y mi director del colegio también. Y varios más. No es que no celebraran la democracia, no es que quisieran regresar a lo que había. El mundo les cambió radicalmente, de haber logrado constituirse en pocos meses en actores sociales protagonistas de una posible nueva historia colectiva, pasaron a ser ciudadanos de segunda categoría de una sociedad y sistema económico preexistente, al cual fueron entregados en bandeja bajo el nombre de reunificación alemana por medio de las hábiles manos del canciller Kohl y el camarada Gorbachov.</strong> En la ex RDA advino el momento de desaprender colectiva e individualmente todo para aprender a seguir viviendo de una manera no escogida libremente.</p>
<p>Hay una memoria victoriosa del 9 de noviembre de 1989. A quienes escriben la historia les gusta poner hitos temporales y esa fecha simboliza la caída de la cortina de hierro, y el fin del muro de Berlín sirve de alegoría de lo que vendría con la desaparición de todo el bloque soviético. La conclusión del siglo XX corto, como le llama Hobsbawm, o directamente el fin de la historia, como clamó apurado Fukuyama por el triunfo del libremercado a escala planetaria. Sin embargo, eso no es todo.</p>
<p><strong>Dicen que es muy probable que Neil Amstrong  jamás pisara la luna y que toda aquella travesía no fue más que un montaje televisivo del genial Kubrick. En este otro caso el muro sí cayó, no cabe duda, pero no fue lo único que allí se derrumbó.</strong></p>
<p>Y tal vez lo principal: la destrucción quita lo que había, pero por sí misma no genera lo nuevo.</p>
<p><strong>Esa apertura a lo inédito, la conquista colectiva de una sociedad democrática y solidaria que no es el “capitalismo con rostro humano”, es lo que el muro también se llevó.</strong> Pero la memoria de haber hecho la experiencia libertaria no se borrará y a no dudar habrá nuevos intentos, por muchos muros propios o ajenos que se levanten en el camino.</p>
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		<title>Gracias a Beethoven</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Dec 2012 16:32:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Guerrero A.]]></category>

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		<description><![CDATA[En los días en que mi padre debió irse a la clandestinidad, en 1984, yo estudiaba guitarra clásica en el Conservatorio de la Universidad de Chile.Veníamos de meses de alegría por las protestas nacionales que se expresaron con fuerza por &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20121218133248/gracias-a-beethoven/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En los días en que mi padre debió irse a la clandestinidad, en 1984, yo estudiaba guitarra clásica en el Conservatorio de la Universidad de Chile.Veníamos de meses de alegría por las protestas nacionales que se expresaron con fuerza por parte de pobladores, estudiantes y trabajadores desde diciembre de 1982 (mes en que regresamos a Chile desde Hungría) y todo 1983.</p>
<p>Mi viejo se desvivía organizando a los profes cesantes e intentaba aportar a la unidad de las izquierdas -tan dadas a la fragmentación infinita- hasta que logró junto a Manuel Almeyda, Fabiola Letelier y Jecar Neghme crear el Movimiento Demorático Popular (MDP). Toda esa intensidad activista se vio frenada y reprimida por la orden de captura en su contra firmada, por <em>&#8220;orden del Presidente de la República&#8221;</em>, por el entonces ministro del Interior, Sergio Onofre Jarpa. Por doquier buscaban a mi viejo para detenerlo y expulsarlo del país.</p>
<p>En 1984 se inició así un periplo por distintas casas y nosotros, con mi hermana América, solo lo podíamos ver en ocasiones muy acotadas, a la rápida, pues debía estar siempre en movimiento para que no lo tomaran. En definitiva, dejamos de verlo mucho.</p>
<p>Sabíamos de él por cartas que nos hacía llegar, que escribía desde sus escondites.<strong>Nosotros las leíamos, disfrutábamos su letra redonda, claridad reflexiva y sentimientos auténticos de padre dolido por no poder ver sus hijos, y luego debíamos quemarlas para que no quedara huella de que tenía contacto con nosotros, pues éramos regularmente visitados por la CNI que se dejaba caer a nuestro departamento en Villa Los Presidentes en Ñuñoa.</strong></p>
<p>En ese contexto, intentaba concentrarme en lo que venía cultivando desde los 8 años en forma sistemática, y que sería a lo que me dedicaría en la vida: la guitarra clásica.</p>
<p>Asistí a las clases de teoría y armonía, y a las de instrumento principal, acompañado por amigos de la Jota que me protegían, por temor que me pudieran tomar para extorsionar a mi padre. Era muy difícil llevar una vida normal en esas circunstancias, todo apuntaba a perder el estribo, quedar dañado, lleno de un odio mudo contra este Chile intervenido por el fascismo. Esa rabia crecía en mí como un volcán interno que me intoxicaba, pues de pequeño aprendí a amar a la Humanidad, a sus creaciones, diversidad, a tener confianza y respeto por sus obras.</p>
<p>La represión era más intensa y ya nos volvíamos locos, entre querer ver a mi padre y él no poder juntarse con nosotros. Perdimos su ingreso, pues debió dejar de trabajar, y la pobreza cayó sobre nuestra familia. <strong>Salí a vender helados en la micro, para tener para fotocopias de la Facultad de Artes, y así poder ensayar en casas las partituras de los libros que ya no nos prestaban en biblioteca, pues nos retrasamos en el pago mensual.</strong> Mis amigos saldrían al Quisco de vacaciones y nosotros sin ni uno. Había que arreglárselas.</p>
<p>El mundo se tornaba oscuro, pesado, tan distinto al año 83, lleno de esperanza y colorido en las calles repletas de gente, los cacerolazos, las manifestaciones. Ahora había Estado de Sitio. Por momentos creí que no volvería a ver mi padre, cada vez sabía menos de él.</p>
<p>Mi profesor de guitarra, el maestro Ernesto Quezada, que se cuidaba -como la mayoría de Chile- de expresar sus opiniones políticas por miedo a los &#8220;sapos&#8221; que estaban infiltrados en todas partes, me regaló una invitación que le habían dado a él, para asistir a un Concierto que daría Claudio Arrau, que pasaba por Chile, en la Catedral en Plaza de Armas.</p>
<p>No sabía quién era Arrau, tampoco conocía la pieza musical que interpretaría.Estaba recién por cumplir los 14 años. <strong>Era invierno y fui, con la pesada guitarra en la mano (los estuches en esa época era de madera), y me colé lo más adelante que pude, quedando a muy pocos metros por el costado de donde se sentaría Arrau junto al piano. Y fue una de las experiencias más bellas e intensas que he tenido en mi vida.</strong></p>
<p>Arrau, de muy avanzada edad, interpretó el Concierto Nº 5, <em>&#8220;El Emperador&#8221;</em>, para piano y orquesta, que Beethoven dedicó a Napoleón, cuando éste aún encarnaba los ideales de la Revolución Francesa y se pensaba que podía llevarla a Alemania y el resto de Europa. Bellísimo.Fue una hora de música pura, ver esos huesitos de los dedos de adulto mayor de Arrau correr por el teclado, con una suavidad o fuerza insospechadas.</p>
<p>Un regalo de un amigo, mi maestro de guitarra, que sólo se comunicaba conmigo a través de la música, pues vivía aterrorizado y casi no emitía palabra. Ese contacto me iluminó y sentí vigor y confianza en la belleza nuevamente.<strong> Que lo eterno no es del orden de lo humano, que éste mal momento pasaría, que volvería a ver a mi viejo y a disfrutar juntos las pichangas interrumpidas.Que superaríamos la pobreza, y mi madre tendría posibilidad de estar tranquila sin que perdiéramos los estudios. Que mi hermana crecería feliz. Que el país se recuperaría de la pesadilla asesina.</strong></p>
<p>La música de Beethoven y la interpretación de Arrau, así como la amistad silente, pero musical, de mi profesor de guitarra que me había invitado al concierto de un compositor revolucionario, me trajeron de vuelta al goce de la vida. Esa música en la Catedral desató una conversación interna en mí en la que me sentí a salvo, tocado por complicidades delicadas, de una resistencia cívica que se ponía del lado del homenaje a nuestros propios esfuerzos, a nuestras revoluciones cotidianas, a quienes se ponían en juego aquellos días.</p>
<p>Gracias a la música de Beethoven y a la amistad, volví a creer.</p>
<p><em>*Ludwig van Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770.</em></p>
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		<title>Al tiempo que celebro la caída de Sabat, no olvido</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Oct 2012 13:10:00 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Manuel Guerrero A.]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando éramos de la Media en los 80&#8242;, salíamos a la calle en Ñuñoa, la Unión de Estudiantes Secundarios de la Zona Oriente, que pertenecíamos a la Coordinadora de Estudiantes de Enseñanza Media (COEM), antecesora del Comité Pro-Feses, para recuperar &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20121030101000/al-tiempo-que-celebro-la-caida-de-sabat-no-olvido/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando éramos de la Media en los 80&#8242;, salíamos a la calle en Ñuñoa, la Unión de Estudiantes Secundarios de la Zona Oriente, que pertenecíamos a la Coordinadora de Estudiantes de Enseñanza Media (COEM), antecesora del Comité Pro-Feses, para recuperar la Federación de Estudiantes Secundarios FESES, que había sido prohibida por la dictadura. Soy parte de esa generación de &#8220;actores secundarios&#8221; de Ñuñoa.Nuestros liceos fueron intervenidos con directores que eran carabineros o militares.</p>
<p>Aún recuerdo cómo me sacaban de las patillas de clase de religión por hacer preguntas incómodas en el Colegio Benjamín Claro Velasco, alias &#8220;el gallinero&#8221; entre Lo Plaza y Ramón Cruz, y cómo nos hacían marchar los lunes al ritmo de bandas militares.</p>
<p>Nuestros barrios iban perdiendo sus colores, la &#8220;modernización del capitalismo popular&#8221; (la de los vouchers, subsidios y chorreo, con concentración monopólica en unos pocos) venía de la mano de una estética facha monocromática. Todo rasgo de cultura popular se fue perdiendo, en la que antes era una comuna alegre y lúdica.</p>
<p>Así, por ejemplo, las Fondas de Av. Grecia, entre Juan Moya y Lo Plaza, con sus cuecas, cumbias y jolgorio, fue reemplazada por las del Estadio Nacional, todas muy controladitas, ordenadas, con estética de los Huasos Quincheros, y sin rastro de la memoria social ñuñoína.</p>
<p>En la esquina donde íbamos a la fonda quedó grabada para la historia el linaje de aquel Director de Tránsito que pasó a Alcalde designado por su &#8220;Excelencia el Presidente de la República, Capitán General don Augusto Pinochet Ugarte&#8221;: Pedro Sabat. Desde mi infancia estuvo ahí como un espectro oscuro, omnipresente en su estética y represión.</p>
<p><strong>De la misma mano desapareció el gimnasio municipal Manuel Plaza -hasta hoy convertido en peladero, murió el Parque Juan XXIII donde crecimos en sus juegos y anfiteatro griego hoy abandonado, desapareció la piscina Mundt, frente a Salvador con Grecia, con su trampolín olímpico de 10 metros, se vació el Teatro California -reconvertido a &#8220;Teatro Municipal&#8221;-. La manu militari en mi comuna, en nuestra comuna.</strong></p>
<p>Sabat, como todo el proyecto neoliberaloide criollo, soñaba, en último término, con hacernos desaparecer a los habitantes de Ñuñoa, poniéndonos traba de acceso a los liceos, expulsando a la gente de sus lugares, queriendo reconvertirnos en una comuna a lo Vitacura o Las Condes, aspiracional , consumista, carente de identidad, memoria y proyecto.</p>
<p><strong>Por eso el abandono a las villas sociales, de copropiedad colectiva, como Villa Olímpica, Villa Frei, Villa Salvador Cruz Gana, la población Empart (los edificios rojos de Salvador con Grecia), Villa Alemana, Villa Yugoeslavia. Todas villas que conservan la memoria social de su origen: fueron construídas con un horizonte de barrio comprometido, organizado, en lo posible autogestionado por sus habitantes.</strong></p>
<p>Esa era fascistoide es la que hoy se rompe en Ñuñoa, gracias a que mucha gente se movilizó durante años, mermando ese poder totalitario, que en alianza con el negocio inmobiliario, automotriz y de la basura, supo mantenerse incubado aún 20 años pasada la caída de la dictadura en el plebiscito.</p>
<p><strong>Lo que se ganó en Ñuñoa no es mérito de una campaña electoral -también, pero no en exclusivo-, sino de la acumulación de resistencias de varias generaciones que dieron la pelea en este territorio llamado Ñuñoa, y que la seguiremos dando.</strong></p>
<p>Espero que cuando se haga la película de cómo cayó Sabat, no emule la del &#8220;NO&#8221;, que hace pasar la historia social como si todo dependieran de buenas campañas electorales.</p>
<p>Tienen su mérito, pero hagamos justicia y otorguemos su verdadera dimensión como catalizador de una Ñuñoa que ya venía creciendo en los territorios, con los estudiantes movilizados en los 80, el 2006 y el 2011, en las jornadas por los peñi mapuche a quienes aplicaron la Ley Antiterrorista, en las peleas por el patrimonio, <strong>en los carnavales populares, en las luchas por una reconstrucción justa, en la resistencia cultural y uso libertario de los espacios públicos, en el movimiento sindical de los profes ante una Corporación de Educación militarizada, así como con los microempresarios exigiendo fomento productivo que nunca ha llegado, en los cicleteros con sus cardúmenes de colores exigiendo barrios amables, en los animalistas denunciando la tortura en los rodeos de la &#8220;Fiesta Chilena&#8221; de Sabat y Agustín Edwards, en las feministas peleando para que en los consultorios de Ñuñoa se entregara la Píldora del Día Después, en los activistas de la Memoria de las Violaciones a los Derechos Humanos desde la casa de José Domingo Cañas,</strong> en los ambientalistas marchando por una nueva matriz energética y preocupados por el crecimiento inmobiliario en Ñuñoa, en los &#8220;coleros&#8221; de las ferias exigiendo regularizar su situación, en los centros culturales que han sobrevivido sin subvención por no ser de la línea sabatista, y así un mar social que movió el piso, hasta lograr La Caída de Pedro Sabat.</p>
<p>Muchos fuimos parte de ello. Es una conquista social, que hoy tiene un rostro que lo encarna, pero que ha sido, es y seguirá siendo colectivo.</p>
<p>Al tiempo que celebro La Caída, no olvido.</p>
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		<title>Carta abierta al Sr. Diputado Alberto Cardemil</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Oct 2012 13:17:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Guerrero A.]]></category>

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		<description><![CDATA[Sr. Diputado de la República Alberto Cardemil, me permito dirigirme a usted, porque la fecha del Oficio Secreto Nro. 1953, de 26 de abril 1985, que ahora se da a conocer en que se entrega información en forma confidencial sobre &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/justicia/20121001101734/carta-abierta-al-sr-diputado-alberto-cardemil/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sr. Diputado de la República Alberto Cardemil, me permito dirigirme a usted, porque la fecha del Oficio Secreto Nro. 1953, de 26 de abril 1985, que ahora se da a conocer en que se entrega información en forma confidencial sobre los trabajadores de la Vicaría de la Solidaridad, y que lleva su firma, es justo un mes después del asesinato de mi padre ocurrido el 30 de marzo de tal año, junto a José Manuel Parada y Santiago Nattino. José Manuel, quien era sociólogo de la Vicaría, trabajaba en este organismo de la Iglesia Católica a cargo de su archivo. Mi padre colaboró con él, junto a la periodista Mónica González, para dar con el paradero de numerosos detenidos hechos desaparecer por la acción del Comando Conjunto en 1976, del cual fue testigo directo, en calidad de víctima.</p>
<p>Imagino que usted está al tanto del llamado &#8220;Caso Degollados&#8221;. El macabro triple asesinato fue llevado adelante por una &#8220;asociación ilícita terrorista&#8221; que actuaba al interior de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros de Chile (DICOMCAR), y que fue antecedido por una allanamiento ilegal a la imprenta de la Asociación Gremial de Educadores de Chile (AGECH), de calle Londres, porque lo que buscaban era hacer desaparecer la matriz de impresión del testimonio del ex agente FACH y del Comando Conjunto, Andrés Valenzuela, que dio testimonio sobre la acción genocida de este organismo.</p>
<p>Las personas que atentaron contra mi padre, en pleno Estado de Sitio, y premunidos de todo el aparataje estatal, buscaban pasar impunes de sus actos (secuestros, torturas, ejecuciones extrajudiciales y desaparición de compatriotas) y, desde luego, no colaborar con la Justicia para aclarar el paradero de los detenidos desaparecidos en muchísimos casos que aún se investigan en Tribunales.</p>
<p><strong>¿Sabe usted algo adicional respecto a esta causa que no se conozca en Tribunales? ¿Usted, que fue Subsecretario del Interior entre 1984 y 1988, exactamente en la fecha en que se cometió el secuestro, tortura y posterior degollamiento de mi padre?</strong></p>
<p>A mi padre no le siguieron juicio alguno. Su detención no fue tal, sino un secuestro. No fue acusado por ningún Tribunal de la República. No tenía causas abiertas. <strong>Fue secuestrado junto a José Manuel Parada a las puertas de mi colegio, a plena luz del día, estando sus hijos Javiera Parada y yo presentes como estudiantes de la Básica, a metros del plagio.</strong></p>
<p>Se cortó el tránsito para permitir la fuga. Se utilizaron helicópteros de Carabineros. Fueron llevados a la calle Dieciocho, al local de la DICOMCAR -que es el mismo que utilizó el Comando Conjunto en 1976, que llamaban &#8220;La Firma&#8221;, donde fueron torturados junto a Santiago Nattino, a quien tenían de pie esposado a un parrón.</p>
<p>A mi padre, entre otras torturas, le arrancaron las uñas de sus dedos, le quemaron el cuerpo con cigarrillos, le quebraron la frente a culatazos, y al día siguiente a los tres, que estaban amarrados y vendados, les cortaron el cuello con un cuchillo corvo atacameño, en plena vía pública camino a Quilicura, frente al aeropuerto donde hoy se elevan tres sillas en su memoria.</p>
<p><strong>A los tres los dejaron desangrar, ni siquiera les dieron un tiro de gracia. Eran Carabineros de distintos rangos quienes hicieron esto, en la época en la que usted era subsecretario del Ministerio del Interior. Por este caso tuvo incluso que renunciar de la Junta Militar el General César Mendoza Durán, el 2 de agosto de 1985.</strong></p>
<p>Yo soy un simple Concejal, electo democráticamente en sistema proporcional de votos, con escasas atribuciones que me confiere la Ley Orgánica de Municipalidades para fiscalizar.</p>
<p>Usted es un Honorable Diputado de la República y, aunque con sistema binominal, fue electo y cuenta con fuero parlamentario y un alcance en las acciones que puede emprender muy superior a las mías. <strong>Quisiera asumir que es digno de tal Honorabilidad y que, aprovechando la publicación de estos oficios secretos que llevan su firma, haga un ejercicio de introspección y colabore con la Justicia, y anime a sus entonces colegas que ocupaban cargos a también hacerlo.</strong></p>
<p>Haga memoria Diputado. Son años claves en los que usted fue Subsecretario del Interior. No se lo solicito solo por el caso de mi padre, sino por cientos de casos de ejecutados políticos y detenidos desparecidos. También creo que sería positivo para su propio sector político, la Derecha, que no tendría por qué cargar por siempre con el estigma del terrorismo de Estado, si es que, como sector, diera pasos decididos a una cultura de los derechos humanos, participando activamente en las causas que buscan la condena a su violación sistemática por parte del régimen del cual usted formó parte.</p>
<p><strong>Usted tiene una oportunidad histórica en sus manos. Puede convertirse en un ejemplo de ser humano y de autoridad política, y colaborar a sanar muchísimas heridas abiertas por decenas de años.</strong> Justicia, castigo y reparación es lo que Chile necesita para los casos de tortura, ejecución política y detenidos desaparecidos, que son crímenes de lesa humanidad. Estoy seguro que somos muchísimas personas de distintos credos, ideologías y universos valóricos que compartimos el deseo de vivir en paz, y que valoraríamos un gesto de arrepentimiento y colaboración efectiva con la Justicia.</p>
<p>Sr. Cardemil, no siga el mal ejemplo de otras ex &#8220;altas autoridades&#8221; que se hicieron los enfermos imaginarios, que decían no recordar, y jamás asumieron sus acciones u omisiones, dejando un pésimo ejemplo a las nuevas generaciones de militares y civiles. Sea, como lo señala la formalidad republicana de su cargo de Diputado, honorable. Es todo cuanto le pido.</p>
<p>Como escribiera mi padre, citado luego por Sola Sierra:<em> &#8220;Revanchismo jamás. Justicia, nada más, pero tampoco nada menos&#8221;.</em></p>
<p><em>PD: La noticia a partir de la cual le escribo aborda el próximo lanzamiento del libro &#8220;Asociación Ilícita&#8221;, del periodista Mauricio Weibel, en el que se publican los referidos documentos y archivos. cooperativa.cl</em></p>
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		<title>¡A la calle, compañeros!</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jul 2011 10:12:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Guerrero A.]]></category>

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		<description><![CDATA[A mediados de los ochenta, cuando era estudiante secundario, nos reuníamos adolescentes provenientes de distintas comunas de la región metropolitana cerca de la fuente de Ricardo Cumming con la Alameda, muy cerca del liceo Aplicación, frente al Juan Bosco. Los &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20110701061241/a-la-calle-companeros/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mediados de los ochenta, cuando era estudiante secundario, nos reuníamos adolescentes provenientes de distintas comunas de la región metropolitana cerca de la fuente de Ricardo Cumming con la Alameda, muy cerca del liceo Aplicación, frente al Juan Bosco.</p>
<p>Los encuentros masivos en las esquinas estaban prohibidos durante los múltiples estados de excepción que se vivieron en dictadura. Llegábamos de a dos o tres, y desde distintos puntos observábamos la fuente, como un objeto de deseo inalcanzable, como un lugar vacío imposible de llenar.</p>
<p>Con el paso de los minutos se agolpaban alrededor cientos de pequeños grupos de a cinco, seis “pingüinos”, y esperábamos con frenesí el rito que daría rienda suelta a nuestra marcha hacia el Ministerio de Educación.</p>
<p>Era la época en que recién se estaba implementando la nefasta municipalización de la educación. El corazón agitado, los ojos inquietos oteando a las fuerzas especiales de Carabineros que también sabían de nuestro rito.</p>
<p><strong>El tiempo se aceleraba y de pronto un valiente entre valientes, nuestro querido Juan Alfaro, se subía al borde de la fuente, articulaba algunas ideas sueltas respecto de porqué valía la pena movilizarse, vencer el temor e ir al encuentro de otros para clamar por libertad para vivir y seguridad para estudiar. Y entonces pronunciaba la contraseña mágica: “¡A la calle compañeros!”.</strong></p>
<p>Cada viernes ese grito libertario volvía a activar nuestra esperanza en que la pluralidad fragmentada por el miedo se constituyera en un nosotros colectivo activo. De ser espectadores inteligentes pero pasivos, el grito del Juan gatillaba en nosotros la posibilidad de recrearnos como protagonistas.</p>
<p>“A la calle compañeros” y ya éramos una mancha de aceite que avanzaba tumultuosa por la avenida principal, convocando, visibilizando nuestro descontento, llamando a sumarse, a vencer el tedio, a hacernos cargo en común del destino colectivo. A no padecer y reclamar aislados, sino a hacernos parte de la protesta y de la solución.</p>
<p>Cuenta Hannah Arendt que en la época de Pericles los griegos distinguían claramente entre lo que llamaban el Oikos y la Polis. En el primero dominaba la economía doméstica, la arbitrariedad de la vida atada a la necesidad, mientras que la polis era el espacio público por excelencia, donde el acto y la palabra movilizaban y visibilizaban la identidad de cada participante, diferentes e iguales a la vez, generando un lazo común, sin que en ello lo singular fuera ahogado.</p>
<p>La acción dice Arendt, como la actividad más propiamente humana, a diferencia de la labor y el trabajo, es la que permite abrir paso a la natalidad, a que advenga lo nuevo, lo inédito, aquello que no es sujeto de cálculo estadístico y que supera a cualquier intento de administración técnica.</p>
<p>Somos personas, y no piedras, ni cosas ni números, y como personas portamos identidad, memoria, proyectos. La propia polis se funda en esta capacidad humana de actuar en conjunto, siendo el poder, contrario sensu a lo que asumen erróneamente quienes ocupan altos cargos, algo que emerge del colectivo, de los lazos cooperativos, de ese nosotros que se constituye más allá del metro cuadrado en que cada uno vive su existencia individual. El poder reside en el actuar en concierto, nadie es su titular, y tiene la capacidad de generar milagros, lo impensado, lo improbable.</p>
<p>Nuestra Violeta lo tenía clarísimo cuando cantaba al arco de las alianzas y a la capacidad creadora y transformadora del amor.</p>
<p>Y cuando desde hace un mes observamos y formamos parte de una serie de eventos en que la sociedad chilena se toma en forma no violenta los espacios públicos, pienso en el Juan Alfaro, en Hannah Arendt y en Violeta.</p>
<p>Hay un poder social en acto, una energía desplegada que bien puede ser vivida como crisis o como amenaza –que es el código que hasta ahora ha asumido la autoridad gubernamental-, no obstante lo que ofrece este tiempo son posibilidades, nuevas posibilidades de ser. Hay un piso político que está emergiendo directamente desde la polis en forma de ciudadanía activa, y no desde las máquinas tecno burocráticas. Este nuevo suelo político nos llama a repensarnos, acaso a refundarnos.</p>
<p>El cuadro está abierto, gracias a que el propio soberano, el pueblo, se está pronunciando de manera contundente, poniendo temas en agenda, exigiendo, presionando, proponiendo.</p>
<p>Desnudos arriba de bicicletas un día, multicolores desde la diversidad sexual otro, con petitorios que pugnan por mejorar las condiciones laborales en el siguiente, clamando por recursos garantizados para la educación pública hoy, visibilizando las causas de los pueblos originarios ayer, y así un largo caminar que ha emprendido la sociedad chilena que llama la atención a las élites que toman decisiones respecto a que se desea iniciar un nuevo ciclo de real convivencia democrática, con mejor distribución de la riqueza, con mayores oportunidades de desarrollo para todos y todas, con espacio de participación para las distintas identidades, con un sueño que se construye y vitorea desde otro espacio de la política: la calle.</p>
<p>Y es que, efectivamente, más temprano que tarde, pareciera que se están abriendo las anchas alamedas, donde hombres, mujeres, niños y niñas, jóvenes, viejos y ancianas, estudiantes, trabajadores, empleados, académicos, chilenos, mapuche, hetero, trans, bi, lesbianas, gay, en bicicleta o a pie, carnívoros y vegetarianos, creyentes, ateos y agnósticos, variopintos, desde los colegios, universidades, sindicatos, lof, barrios y redes virtuales, aquí en Chile, así como en las alamedas del resto del mundo, están surgiendo los Juanitos Alfaro que en forma creativa se arriman a las orillas de las fuentes de la vida social, para que nos despercudamos y sumemos a la posibilidad que una nueva vida nazca. Sumémonos.</p>
<p>Con memoria y alegría, ¡adelante por la vida!</p>
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		<title>29 de marzo 1985: Te beso papá</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Mar 2011 21:13:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Guerrero A.]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo que ahora escribo lo hago con mucho dolor. En este preciso momento, que en Santiago son pasadas las 08:00 de la mañana, llegaba el 29 de marzo de 1985 al colegio, como todos los días, y vi a mi &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20110329171314/29-de-marzo-1985-te-beso-papa-por-manuel-guerrero-antequera/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;">Lo que ahora escribo lo hago con mucho dolor.</p>
<p>En este preciso momento, que en Santiago son pasadas las 08:00 de la mañana, llegaba el 29 de marzo de 1985 al colegio, como todos los días, y vi a mi a papá recibiendo a los niños, pues era profesor. Conversaba con José Manuel Parada, sociólogo de la Vicaría de Solidaridad, antiguo camarada de la época de la Jota, y apoderado del colegio. Llegué y nos saludamos de beso. Me llevó un momento a un lado y me contó que el día anterior habían secuestrado a un grupo de profesores de su asociación gremial, la AGECH, de la cual era dirigente, y que los aprehensores habían preguntado por él.</p>
<p>Me quedé atónito mirándolo. Tenía catorce años pero eso ya era edad suficiente como para tener la lógica mínima de que si te buscan, y estábamos en pleno estado de sitio, escóndete, ándate del país, qué haces aquí a las puertas de este colegio, a plena luz del día, te van tomar!!!! Se lo planteé, y él, muy pausado y mirándome con una ternura infinita a los ojos, me tomó de las manos y me dijo que no, que éste era su trabajo, éste era su país, que él ya se había ido una vez y que no lo volvería a hacer, que su lugar era junto al pueblo y su lucha para terminar con la dictadura. Buscando argumentos nuevos, que pudieran hacerlo cambiar de opinión, le pregunté si el Partido le había autorizado para irse del país, que en tal caso les hiciera caso. Paciente, se sonrió, y me dijo que pasara lo que pasara jamás culpara al Partido. Que tranquilo, ya veremos cómo salimos de ésta.</p>
<p>Lo último que me preguntó es acerca de la Gigi, que es mi abuela materna, una mujer muy sencilla que perdió cuando muy pequeñita a sus padres en el terremoto de Chillán en la primera mitad del siglo XX, y que llegó como empleada a Santiago. Ella siempre había acogido a mi padre, a pesar que no tenía formación política alguna, y estuvo con nosotros en todas las búsquedas en 1976 por los campos de concentración cuando secuestraron por primera vez a mi padre. Incluso estuvo detenida con nosotros en el Fuerte Silva Palma, en la segunda desaparición de papá ese mismo año. Ahora, en aquel viernes 29 de marzo de 1985, mi papá me contó que la Gigi, días después del Golpe, cuando papá andaba absolutamente clandestino, sucio y hambriento, escondido tratando de reorganizar a la Jota, lo recibió en su casa, corriendo un riesgo altísimo. Le había preparado un baño y comida. Pocas veces se sintió tan acogido por casi una desconocida, por alguien que se entregaba a él por puro amor, por ser el padre de su nieto y esposo de su hija. Mi padre me contó que la tenía siempre presente, y que lamentaba no haber tenido la oportunidad de agradecérselo.</p>
<p>Le di un beso y me fui a clases.</p>
<p>Mi sala daba las espaldas a la calle. A las 8:50, a minutos de lo que ahora escribo, oímos un helicóptero descender casi al techo del colegio. Nos miramos todos extrañados. Luego un freno de un auto, griterío de voces masculinas que denotaban forcejeo, un balazo y silencio.</p>
<p>Tomé el brazo del compañero de banco y le dije: &#8220;mi papá&#8221;. Él me miró sorprendido, pero preocupado a la vez. Fui muy categórico. Inmediatamente entró Carmen Leiva a la sala, que era miembro del Centro de Alumnos, con los ojos en lágrima y tirándose los dedos de las manos. Le pidió permiso al profesor que impartía la clase para hablar con el estudiante Manuel Guerrero Antequera. Yo me paré en medio de sala de inmediato y le dije: &#8220;Se llevaron a mi papá&#8221;. Asintió con la cabeza y se puso llorar e intentó darme detalles de lo sucedido.</p>
<p>Salí de la sala y me fui directo al baño. Me miré rápido al espejo y me tomé unos remedios que tenía para la taquicardia de la que padecía hacía un año. Me hablé a mi mismo preguntándome qué haría papá en una situación como ésta. Salí corriendo a inspectoría, pedí el teléfono y llamé a Sergio Campos, amigo de mi padre, que era locutor de Radio Cooperativa, muy escuchado en Chile. Me puso al aire y denuncié que sujetos desconocidos, probablemente de la CNI, habían secuestrado a mi padre junto a José Manuel Parada, y que temía por sus vidas. Llamé a que la ciudadanía se movilizara de inmediato para exigir a las autoridades su búsqueda y liberación.</p>
<p>Salí de inspectoría y fui a la calle a ver qué es lo que había sucedido exactamente. Había una confusión enorme en el colegio. Cuando se los llevaron había un curso completo que en ese momento estaba en clases de educación física y se econtraba trotando alrededor de la manzana en la calle El Vergel con Av. Los Leones. Muchos de ellos vieron el plagio. Ahí me enteré que el tránsito había sido interrumpido, minutos antes del rapto, por Carabineros de tránsito, motorizados y a pie, y que se reanudó apenas se habían llevado a mi padre con José Manuel. Que el helicóptero también era de Carabineros de Chile. Que al tío Leo lo habían baleado y que un profe se lo había llevado de urgencia a una clínica. Que Marcela, una compañera de segundo medio del colegio, intentó quitarles a los secuestradores a mi padre, que alcanzó a tomarle la mano, pero los otros era más fuertes. Que el Pelluco, uno de los dueños del colegio fue encañonado y amenazado, por lo que él pálido, probablemente para proteger a los niños o por temor a lo que ocurría, cerró la reja del colegio, dejando a mi padre y Jose Manuel peleando solos con los secuestradores en la calle, y que ahí llegó corriendo el Leo, que casi recupera a mi padre que no paraba de gritar, son de la CNI!, ayuda!, nos quieren secuestrar!</p>
<p>Me paré en la calle y me bajó la sensación que todo esto ya lo había vivido. Me preocupé absurdamente por mi seguridad, así es que compañeros me cambiaron parte de la ropa, me puse lentes oscuros, un jockey de gorra, y le pedí a Cristóbal, un compañero y amigo de la Jota del colegio, que me sacara de ahí, que yo tenía un papel que cumplir, que no me podía pasar nada.</p>
<p>Cuando nos fuimos a casa de Cristóbal había llegado la Policía de Investigaciones de Chile junto a Carabineros para preguntar qué había pasado&#8230; Me irritó el cinismo de nuestras instituciones de Orden y Seguridad y traté de pensar a qué lugar se llevaban a papá en ese momento.</p>
<p>En casa de Cristóbal conversamos qué podíamos hacer. Era todo confuso, me faltaban elementos, papá de seguro sabía lo que estaba ocurriendo, en qué debía fijarme y acordarme para entender con qué y quiénes estábamos tratando&#8230; Yo mismo no tenía clara cuál era la función de papá en el Partido, conocía su labor de dirigente público, pero debía haber algo más, pues sino porqué había tanto recurso del Estado comprometido para tomarlo en forma abierta, a la vista de niños y profesores en un colegio.</p>
<p><img class="alignnone aligncenter" src="http://3.bp.blogspot.com/-LvEs4wCMMDw/TZHFwBe3l6I/AAAAAAAAB7M/XK6zBZltxCk/s400/pasta5.jpg" alt="" width="320" height="197" /></p>
<p>Desde que papá había llegado de regreso a Chile de su exilio, el 22 de noviembre de 1982, de forma inmediata lo retuvieron en el aeropuerto. Al entregar sus documentos en el mesón de Policía Internacional, el funcionario al leer la tarjeta de embarque, dijo en voz alta &#8220;es él&#8221;, y acto seguido se lo llevaron a una sala esperando una llamada del &#8220;jefe&#8221;. Mi padre muy preocupado consultó qué es lo que sucedía y en virtud de qué lo tenían retenido. No hubo respuesta. Después que le revisaron toda la documentación y lo que traía, lo dejaron ir. Un automóvil lo siguió hasta la casa familiar de Maipú, cosa que él de inmediato -¡en su primer día de regreso al país, después de años de distancia!- denunció llamando a las radios. Así de valiente era mi viejo, y así de presente lo tenían los organismos represivos de la dictadura.</p>
<p>En diciembre de 1982 retornamos nosotros, junto a mamá y mi hermana América a Santiago, desde Barcelona. Nos reencontramos con papá quien ya estaba participando en la organización de la primera marcha del hambre que se realizó, convocada por el movimiento sindical. El año 83 fue mágico, pues las protestas nacionales eran masivas, se respiraba mucha esperanza, con actos multitudinarios. Papá se abocó a organizar a los profesores cesantes y a la creación del Movimiento Democrático Popular, MDP, que agrupaba a las fuerzas políticas de izquierda que luchaban por el retorno de la democracia, pero con contenido social. Lo acompañé a muchas manifestaciones y concentraciones. Su energía de trabajo era infinita, y siempre tenía la &#8220;película muy clara&#8221;, me comentaba la gente con quien interactuaba. Su apuesta eran las políticas de alianzas, la unidad de la oposición, el derrotar a la dictadura, pero en el marco de una transformación simultánea de la economía, de modo que ésta favorieciera a las grandes mayorías, fundamentalmente al mundo trabajador y poblacional que en aquellos años sufrían una situación de cesantía y hambruna real.</p>
<p>Llegó el año 1984, y papá trabajaba junto al Pato Madera, muralista destacado de la época de las Brigadas Ramona Parra, en el Taller Amistad que tenían en la calle San Pablo. Todo muy sencillo, pero lleno de jóvenes y viejos que hacían lienzos, pintaban cuadros, experimentaban formatos distintos de cassettes y revistas, todo con mensajes llamando a la organización y lucha contra la dictadura.</p>
<p>Asumió Sergio Onofre Jarpa de Ministro del Interior y de inmediato la CNI fue a casa a buscar a papá para detenerlo. Como él no vivía con nosotros no lo pudieron ubicar, pero dejaron una copia de la orden detención y expulsión del país de papá, junto a Mario Insunza Becker, firmada por el Ministro del Interior, con la leyenda &#8220;por orden del Presidente de la República&#8221;, es decir, Augusto Pinochet. Aún conservo ese documento, que da testimonio del lugar desde donde venían las órdenes para vigilar, detener y matar.</p>
<p>Papá tuvo que volver a la clandestinidad. Allanaron la casa de la familia Guerrero en Maipú; secuestraron al hermano menor de papá, mi tío Francisco; detuvieron a una hermana de papá, mi tía Esperanza; detuvieron y torturaron al profesor Tolosa de la AGECH preguntando por papá, en fin, la represión era muy fuerte e intensa para dar con su paradero. Mi padre comenzó un exasperante peregrinar de casa en casa.</p>
<p>En aquellos días yo había cumplido los 14 años. Vivía el inicio de mi adolescencia. Rebelde me pelié con mamá y la amenacé con irme a vivir con papá. Ubiqué a mi padre y la comuniqué mi decisión. Él estaba radiante de felicidad, siempre había soñado con volver a compartir conmigo los momentos en que me dormía y despertaba. Quedamos de acuerdo, yo tomé mis textos escolares, un poco de ropa, mi guitarra, y me fui a Maipú a encontrarme con él a tomar once e iniciar nuestra vida juntos. Llegué puntual, pero dieron las siete, las ocho y las once de la noche y papá no llegaba. Ya cuando me estaba durmiendo apareció, con los ojos llorosos. Me dió un gran abrazo y me dijo, con el dolor de su alma, que lamentablemente no podía irme con él, que habían sacado una nueva orden de detención de parte del Ministerio del Interior y ahora tendría que salir de Santiago. No lo podía creer. Me había costado mucho tomar la decisión. Ahora tendría que volver con mi orgullo en el suelo a casa, a mi pieza de niño, cuando estaba a punto de cumplir uno de mis sueños. Pero sus ojos no mentían, estaba verdaderamente preocupado.</p>
<p>De ahí no lo volví a ver durante meses. Llegó el año nuevo con el que comenzaría 1985. Con mi hermana América fuimos a la casa de mis abuelos en Maipú y celebramos contentos, pero con la ausencia de mi padre que en algún lugar, en alguna casa estaría comiendo con una familia ajena. De pronto, noté que mi abuelo se puso muy nervioso y me hablaba como enojado. Había algo raro en el ambiente. Súbitamente entró al patio de la casa el auto de mi tío Francisco, pero en reversa. Estacionó frente a la puerta de la casa, lo que no era usual. Se bajó mi tío y abrió expectante la maletera. Corriendo fuimos con mi hermana y primos a ver qué sucedía. En su interior habían frazadas, que de a poco tomaron vida y comenzaron a moverse, y de pronto, de entre ellas, se asomó el rostro de papá con su risa gigante y luminosa, mirándonos victorioso. Había burlado el seguimiento y, arriesgando su vida, se sumó a la familia para compartir unos momentos junto a nosotros.</p>
<p>Pasé toda la tarde pegado a él, como un pequeño animalito incondicional. Comimos, lavamos los platos juntos, guitarreamos un rato -ambos somos desabridos pero gozamos cantando-, y luego llegó el momento de la despedida. Yo me abracé de mi hermana mientras observábamos como se volvía a introducir a la maletera y se perdía bajo las frazadas. ¿Lo volveríamos a ver?</p>
<p>A principios del año 85 el Ministerio del Interior informó a la familia que a papá le habían levantado la orden de detención y expulsión del país. Apenas lo supo, él aprovechó de inmediato la ocasión para volver a encontrarse con los profesores y juntos pasamos los efectos del terremoto de inicios de marzo de aquel año. Papá criticaba el que los propios profesores cesantes tuvieran que juntar limosnas para repartírsela a los colegas que habían quedado sin hogar producto del sismo. &#8220;Le estamos quitando a los que no tienen, y le estamos dando miseria a los que se merecen mucho más. Tenemos que exigirle a las autoridades estatales que asuman ayudar a todos los damnificados. Esto no es una cuestión de caridad, es un problema político desde el cual debemos organizarnos para protestar y buscar unidad de propósitos con amplios sectores&#8221;, decía.</p>
<p>En eso estaba cuando el secuestro del 29 de marzo de 1985. Sin embargo esto no podía constituir motivo suficiente para que una institución del Estado secuestrara a tanta gente consultando por papá y luego se lo llevaran de las puertas de un colegio. Ese era mi intución en aquel minuto a pocas horas de ocurrido el secuestro en mi colegio. En casa de Cristóbal, trataba y trataba de dar en mis recuerdos con alguna pista para saber por dónde había que buscarlo para hallarlo vivo y salvarlo de una muerte segura, pero no supe desenrredar la madeja. Me faltó edad, experiencia, y claro, papá realizaba una actividad con mucho sigilo que solo con el tiempo pude ir reconfigurando. Ahí estaba la verdadera clave de su secuestro y posterior degollamiento. Su caso fue utilizado para atormentar a toda la sociedad, de ello no cabe ninguna duda. Pero no era solo eso, había un odio particular hacia él, desde el mismo año 1976 cuando sobrevivió la detención y desaparición, torturas y prisión política&#8230;</p>
<p>A fines de 1984, la peridiodista Mónica González de la revista Cauce, de oposición al régimen, había sido contactada por Andrés Valenzuela, alias &#8220;El Papudo&#8221;, ex agente del Comando Conjunto -organismo que coordinaba distintas ramas de las Fuerzas Armadas con el propósito de reprimir-, quien se encontraba sometido a profundos remordimientos por sus acciones pasadas y valientemente dio el paso a contar su verdad, a riesgo de que se supiera y fuera ultimado por sus propios ex colegas. Mónica González se juntó con él y no podía dar crédito a todo lo que este hombre le relataba: detalles de las detenciones, torturas, ejecuciones y lugares donde habrían dejado los restos de muchos detenidos desaparecidos durante el año 1976, el mismo año en que el Comando Conjunto había tenido detenido desaparecido a mi padre. La periodista dándose cuenta de que se trataba de información extremadamente delicada, antes de su publicación decidió validar la misma, para lo cual contactó a José Manuel Parada, que a la sazón era el encargado de Documentación y Archivos de la Vicaría de la Solidaridad. En Chile habían muy pocas personas que como él manejaban casi toda la información acerca de los aparatos represivos, pues le llegaban a diario los testimonios de los luchadores sociales y sus familiares que habían sido apresados.</p>
<p>José Manuel, al conocer el carácter de la información y antes de entrar en su detalle, le sugirió a la periodista que había una persona, la única persona en realidad, que contaba con toda su confianza y que podía triangular la información con su propia experiencia de detención en manos del Comando Conjunto y lo que indicaba Valenzuela: mi padre. Con la venia de Mónica González, los tres se pusieron a analizar las largas horas de grabación del testimonio y mi padre con José Manuel no podían creer a lo que estaban accediendo: la estructura completa del Comando Conjunto, sus acciones, las fechas de detención de los militantes comunistas detenidos desaparecidos, los sitios en que fueron ultimados, los nombres y alias de los agentes de las distintas ramas de las fuerzas armadas y de civiles que participaban en el Comando. Mi padre, absolutamente impresionado, iba confirmando una a una las informaciones. Estaban frente a una información valiosísima que permitía aclarar muchos casos de violaciones a los derechos humanos y dar con el paradero de los detenidos desaparecidos. Pero al mismo tiempo se dieron cuenta que sus vidas, como la del ex agente, corrían un enorme peligro, pues los agentes seguían activos y harían todo para que tal información no se hiciese pública. Por ello decidieron que la información se publicaría cuando Andrés Valenzuela estuviera a salvo fuera del país y cuando ellos mismos hubieran alcanzado a tomar las medidas de seguridad que evitaran su inminente captura. La decisión era presentar toda la información en un medio de circulación masiva en el extranjero, tipo Washington Post, y una vez fuera conocida, entregarla con detalles a los Tribunales de Justicia chilenos para que investigara los hechos.</p>
<p>Leyendo y releyendo el testimonio del agente Papudo, mi padre se pudo enterar de los detalles de su propia detención en 1976 cuando tenía 27 años de edad, pues Andrés Valenzuela había participado en tal episodio. Ahora comparto con ustedes parte de la información que probablemente llevó mi padre a la muerte, por el terror y cobardía de los agentes a enfrentar la verdad y su responsabilidad en los hechos, que aún siguen impunes:</p>
<p>&#8220;El operativo fue en el sector de Departamental. Recuerdo que la Pochi&#8221;, la agente de la FACH Viviana Ugarte Sandoval, estaba en el lugar con un equipo de radio para avisar su salida. Cuando salió, fue tomado por el &#8220;Chico&#8221; y &#8220;Alex&#8221;, agentes de la Marina, y a consecuencia de un pequeño forcejeo, a &#8220;Chico&#8221; se le disparó el arma, hiriendo a Guerrero en un costado. Fue conducido de inmediato a &#8220;La Firma&#8221; estando herido. Allá, el &#8220;Lolo&#8221;, el &#8220;Fifo&#8221; Palma, &#8220;Jano&#8221; y &#8220;Wally&#8221;, lo interrogaron y torturaron poniéndole electricidad directamente en la herida.</p>
<p>A consecuencias de los golpes y electricidad, Guerrero perdió el conocimiento por unos instantes por lo que se llamó al doctor Alejandro Forero &#8220;hijo&#8221;, hoy cardiólogo en el Hospital de la FACH. El doctor señaló que la herida era grave y que el detenido debía ser trasladado al hospital.</p>
<p>Alrededor de una hora después que se fue el doctor Forero de &#8220;La Firma&#8221;, se recibió el llamado telefónico de un general, no estoy seguro que fuera de la FACH, y ordenó el traslado de Guerrero al Hospital de Carabineros. Nos causó sorpresa que el general ya estuviera enterado que teníamos a Guerrero. En el hospital estuvo siempre esposado, lo que recuerdo bien ya que varias noches me tocó hacerle guardia.&#8221;</p>
<p>Con esta información, ahora quedaba claro porqué el Comando Conjunto había resuelto &#8220;entregar&#8221; a mi padre a la DINA durante su detención y desaparición en 1976: Mi madre en aquellos meses hizo todo lo humanamente posible para dar con el paradero de mi padre, concurriendo personalmente -embarazada de mi hermana América- a las oficinas del presidente de la Corte Supre ma. Él para calmarla hizo un ejercicio retórico: &#8220;Señora, en Chile no hay detenidos desaparecidos. Voy a llamar delante de usted al General Contreras, para que se de cuenta que no hay nadie del nombre de su marido detenido en algún recinto de las Fuerzas Armadas y de Orden&#8221;. Y lo hizo. Y sin saberlo o quererlo, esta llamada al despacho del coronel Manuel Contreras, que dirigía la DINA, le salvó en ese momento la vida a mi padre, pues cuando Contreras se enteró que uno de los principales dirigentes de las Juventudes Comunistas, a quien sus hombres buscaban intensamente, se encontraba en poder del Comando Conjunto, o el &#8220;Grupo de los 20&#8243; como se hacía llamar, enfureció, porque no estaba informado. Movió todos sus contactos y exigió que el director de la Dirección de Inteligencia de la Fuerza Aérea, general Enrique Ruiz Bunguer, y el director de la Dirección de Inteligencia de Carabineros, general Rubén Romero Gormaz, le entregaran a mi padre.</p>
<p>La presión del coronel Manuel Contreras se hizo insoportable y la Dirección de Inteligencia de Carabineros (DICAR) debió asumir su detención. El 18 de junio de 1976, estando mi padre ilegalmente detenido y baleado -sin que nadie de nosotros supiera su paradero- en el Hospital de Carabineros, el ge neral Romero debió entregarlo a la DINA a pesar de que la bala seguía enterrada en su axila. Un oficio firmado por el general Rubén Romero Gormaz, y dirigido al director de la DINA, acompañó a mi padre en su ingreso al campo de concentración de Cuatro Alamos, que estaba bajo control de la DINA: &#8220;Remito antecedente del dirigente de las Juventudes Comunistas Manuel Guerrero Ceballos, quien fue detenido por personal de Inteligencia y que se encuentra a disposición de la DINA, en el Hospital de Carabineros.&#8221;</p>
<p>Siete días permaneció incomunicado mi padre en Cuatro Alamos. La bala la tenía aún clavada en el costado. En esos siete días se decidió su destino, pues el viernes 25 de junio de 1976, el día de su cumpleaños y a la misma hora en que la Corte de Apelaciones de Santiago rechazó el recurso de amparo en favor de él, mi padre fue obligado a levantarse de su camastro en la celda de incomunicación en que fue arrojado. No sabía adonde lo llevarían. Esa misma mañana fue trasladado al campamento del lado, el del tránsito a la libertad, Tres Alamos. Los organismos represivos, por esta lucha entre ellos, habían decidido que viviera, pero no contaban con que mi padre denunciaría por todo el mundo lo que le habían hecho y que había reconocido a uno de los agentes, el traidor Miguel Estay Reino, el &#8220;Fanta&#8221;.</p>
<p>La información que entregó Valenzuela en su testimonio a Mónica González era una bomba, y en rigor, sigue siendo una bomba. Pues en ella se establece, entre otros aspectos, que Viviana Ugarte Sandoval, alias &#8220;La Pochi&#8221;, había participado como agente del Comando Conjunto en la detención ilegal de mi padre. Presumiblemente ella es la mujer que relata en un escrito que dejó papá con el nombre &#8220;La sesión macabra continua&#8221;, donde describe las torturas que le aplicaron, y que en medio de ellas había una mujer que lo acariciaba mientras le aplicaban electricidad.</p>
<p>Sí. Viviana Lucinda Ugarte Sandoval es la esposa del general de la FACH Patricio Campos, quien es la persona nombrada por las Fuerzas Armadas que participó en la Mesa de Diálogo que tenía por objeto recabar información acerca del paradero de los detenidos desaparecidos en Chile&#8230; Curiosamente, precisamente la información que correspondía a las víctimas del Comando Conjunto fua alterada, de acuerdo a las declaraciones de Otto Trujillo, &#8220;Colmillo Blanco&#8221;, otro agente del Comando Conjunto que contó su versión de la verdad al diario La Nación.</p>
<p>Por desgracia, y por razones que aún me cuesta comprender, la entrevista a Andrés Valenzuela fue publicada sin autorización de mi padre y José Manuel en el extranjero, antes que ellos pudieran ponerse a salvo. Los agentes del Comando Conjunto, ahora agrupados en un departamento de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR), con domicilio en calle Dieciocho, en el mismo local de la &#8220;Firma&#8221; en que tuvieron torturado a mi padre en 1976, apenas se enteraron del testimonio de Valenzuela se pusieron en alerta y decidieron cortar literalmente el problema por la raíz: eliminar a José Manuel y mi padre, para impedir que la verdad circulara por el mundo. Por ello allanaron y secuestraron la imprenta de la Asociación Gremial de Educadores de Chile (AGECH) el 28 de marzo de 1985. Buscaron frenéticos ese lugar pensando que ahí se encontraban los stenciles de publicación del testimonio de Valenzuela sobre el Comando Conjunto. La imprenta estaba a nombre del artista gráfico Santiago Nattino. Esa misma noche lo secuestraron y lo llevaron a calle Diecicho, al local de la DICOMCAR, ex La Firma del Comando Conjunto. Lo esposaron a un parrón y comenzaron su tortura. Una vez que secuestraron, al día siguiente, el 29 de marzo, como hoy, a mi padre y José Manuel, los torturaron a los tres, quemándoles cigarrillos en el cuerpo, sacándoles las uñas, aplicándoles electricidad y quebrándoles los huesos de la frente a culatazos.</p>
<p>Al día siguiente, el 30 de marzo de 1985, dirigidos por el Fanta, con un cuchillo atacameño que le había regalado Moren Brito, los degollaron bajo Estado de Sitio camino a Quilicura y dejaron que sus cuerpos se desangraran. Hoy tres sillas vacías recuerdan a don Santiago y a los Manueles en el lugar en que les dieron muerte.</p>
<p>No quisieron que se supiera la verdad, como ha sido la tónica del silencio de las Fuerzas Armadas y de Orden para no dar con el paradero de los detenidos desaparecidos. Fundamentalmente por cobardía a no enfrentar sus propios actos, sus propias decisiones. Siguen estando en deuda con nosotros, con los hijos, con la sociedad chilena. La mayoría de aquellos agentes y de quienes les dirigían no han sido juzgados, y los médicos que torturaron, los civiles que actuaron, los oficiales que participaron en tan horrendos crímenes, siguen en sus lugares de trabajo como si nada pasara.</p>
<p>Pero sí pasa y no deja de pasar. Tal como mi padre y José Manuel arriesgaron y dieron sus vidas por la verdad y la justicia, nuevas generaciones surgen y dan con creatividad las luchas del presente, vinculados con aquella memoria del crimen, pero también de los compromisos, las militancias por una vida digna.</p>
<p>Por eso hoy los recordaremos en nuestra velatón cultural. Cada uno/a tomará de la mano a don Santiago y a los Manueles, y con ellos a cada uno/a de los/as luchadores/as sociales de nuestro país, de su mundo trabajador, artístico, profesional, intelectual. Somos muchos/as. Honraremos sus vidas y no dejaremos de denunciar y exigir justicia a sus asesinos y al Terrorismo de Estado. Hacemos el esfuerzo diario de seguir enamorados de la vida, como una conquista que no nos pueden ni queremos que nos quiten. Por eso decimos, ¡Con Memoria y Alegría, Adelante por la Vida!</p>
<p>Hoy pondré mi vela por ese último beso que le di a papá, y a quien he dedicado mi modesta vida, junto a mi compañera e hijas. Ahí estaremos, en la calle, codo a codo. Y entre la gente, quiero verte bailar&#8230;</p>
<p>Todos los días, toda la vida.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Manuel Guerrero Antequera</strong><br />
Santiago, 29 de marzo 2011<br />
08:35 hrs.</p>
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