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	<title>Opinión en Cooperativa&#187; Leonardo Piña Cabrera</title>
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		<title>3 a 3, empatados, indiferentes y gozosos</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Mar 2015 12:32:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Leonardo Piña Cabrera]]></category>

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		<description><![CDATA[“A house still doesn’t make a home”  (U2) “Escuché que trabaja con las personas que viven en la calle”, me interpela un interesado y bastante bebido parroquiano en uno de los pocos viejos boliches que van quedando en nuestra ciudad. &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/sociedad/20150302093205/3-a-3-empatados-indiferentes-y-gozosos/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“A house still doesn’t make a home”  </em>(U2)</p>
<p>“Escuché que trabaja con las personas que viven en la calle”, me interpela un interesado y bastante bebido parroquiano en uno de los pocos viejos boliches que van quedando en nuestra ciudad. “¿Y qué hace exactamente con ellos?”, pregunta, apurando con sentido de lo concreto una respuesta que, como él mismo se encargará de aclarar, difícilmente podía ir o estar en otra línea: <strong>“¿les lleva comida por las noches, trabaja en alguna hospedería, qué?”, arremete, respondiendo por él aquello que ya no era solo mío ni, tampoco, posible en alguna otra dirección. </strong></p>
<p>Expropiado de mi propio hacer, ya que no solo de mi respuesta, algo digo de la antropología y la necesidad de comprender los mundos desde el foco de esos mundos y no, creo que este fue el hincapié, de nuestra ajena idea de lo que ellos son o podrían ser. No muy claro, lo que sería el inicial trabalenguas de esa noche, ahora lo pienso, no estaría muy distante de lo que a diario hacemos en la ciencia; lo que siguió, para pesar nuestro, tampoco de la falta de entendimiento que no siempre logramos vencer y, peor aún, siquiera apreciar en tal ostensible derrota.</p>
<p>“¡No ha contestado mi pregunta!”, entusiasta, al rato exhorta Juan Pablo, ya con nombre, mientras camina hacia la puerta por un poco del mezquinado aire libre que sus pulmones, la industria del tabaco y nuestras restrictivas leyes han ayudado a encerrar.</p>
<p>Haciéndome el desentendido, trato de girar el tema hacia lo que él hace, las razones de su interés, incluso al hecho de que tuviera que salir para poder disfrutar de lo que sea que obtenga bajo el humo del cigarro.</p>
<p><strong>Contando, ahora él, que cada cierto tiempo lleva café a quienes duermen fuera de la posta central junto a algunos de sus compañeros de trabajo, la reiteración de la palabra compasión y su lectura de la calle como un espacio solo de pesares, me llevan a plantear que la protección no es patrimonio de la vida bajo techo y, menos, que sus puertas sean sinónimo solo de umbral.</strong></p>
<p>Cerradas, afirmo, a la aceptación de su papel en lo que a la situación de calle se refiere, también, me escucho decir, lo están a la comprensión del abrigo que en la calle se puede encontrar cuando todo lo otro se ha cerrado (o, tratando de controlar el ímpetu, a lo que ella puede ofrecer como espacio distinto al del domicilio). Segundo fracaso, su insistencia en lo material y la propia en las muchas formas en que ello puede ser significado, separando aguas otra vez nos dejan en los bordes de la ciencia: lejos de entendernos y a ambos pugnando por, y creyendo en, su resistido cruce.</p>
<p>Proponiendo, entonces, que la privación no resulta convincente como solitario factor del fenómeno, mientras afirmo que de serlo sus números tendrían que ser más cercanos a los índices de pobreza, y él que la calle aun así podía seguir siendo terrible para la vida, los ecos de la muerte, no tan reciente, de <strong>Mario Barosi Cisternas,</strong> un estacionador de automóviles de 63 años de edad en las afueras del hospital Salvador, impiden que su insistencia sea solo insistencia.</p>
<p><strong>Ocurrida la noche del 13 de septiembre pasado como producto de una herida mal cuidada, el hecho que a su muerte no llegara la asistencia de lo domiciliado, nuevamente nos llevan al lugar de la desprotección y la inasible pregunta por su procedencia.</strong></p>
<p>Sin sentido, en varios sentidos, su interés por las razones que pueden llevar a alguien de vivir bajo techo a hacerlo fuera de él, poniendo el foco en el quiebre con y sin domicilio, como en las teorías con que se aborda el tema, también acá señalan esa distancia y a ese momento como cruciales en su comprensión.</p>
<p>De paso, la experiencia de la calle y su continuidad como efectiva trayectoria vital sin saltos resulta obscurecida por nuestras dificultades para observarla; lo mismo, pero consagrada por la autoridad del observador, la perspectiva con que es construida como convencimiento y, más tarde, alzada como realidad.</p>
<p>Lejos, pues, de la pregunta por la vida o del hecho que la gente también muera puertas adentro de sus casas, la continuidad de la conversación, copa a copa como argumento y tal como en los canales de la academia donde <em>paper</em>, ponencias y otras presentaciones pueden embotar de verdad lo que en rigor no es más que puntos de vista, ya más cerca de la barra y con otros concurrentes integrados a la discusión, siguió el imaginable curso de las cosas: abrirse a otros temas y ahogar en su embriaguez lo que más acá de su efecto no lo era.</p>
<p>Girando, entonces, hacia el tipo de patente del lugar y el precio que podía llegar a tener en caso de una hipotética venta, la imposibilidad de reunir las escuchas –imagen de bar que también se puede oír y no oír en los no siempre abiertos pasillos de la ciencia–, habiendo cruzado las voces, ya que no las perspectivas que las levantaban, no logró llevar su asunto mucho más allá de la pura enunciación. La expansión de lo domiciliado, afuera como edificación en altura y adentro como su equivalente en la conversación, literal y metafóricamente había cooptado nuestra atención.</p>
<p><strong>Desplazada en importancia, y ésta la última derrota de la noche, lo que minutos antes había sido cuestión de apasionado intercambio, solo un rato después lo era de empatada y consentida indiferencia.</strong></p>
<p>La similitud con lo sucedido en la calle, donde la presencia de esta población puede ni siquiera ser notada, amén de brillar en los ojos tanto como en los chorreados vasos de la concurrencia, repetía bajo techo lo que fuera no es exactamente brillante. Más bien opaco, su pérdida de piso, o de techo si se quiere, no era muy distinta a la señalada por el material proceso de gentrificación; la pugna por significarlo de uno u otro modo, tampoco del distinto control y acceso que tenemos a los medios de producción de sentido y a sus canales de circulación.</p>
<p><strong>Ahí el resumen de la noche, que varias semanas después <em>Luchito</em>, un conocido estacionador de vehículos de la comuna de Santiago, otra vez quedara en la calle por obra y gracia del municipio local que botó a la basura la mayoría de sus pertenencias, ya no podía ser importante. </strong></p>
<p>No, si tal cosa se ha instalado como el incuestionable modo de compeler a la puesta bajo techo de esta población. Y menos, si lo público ha dejado de entenderse como el patrimonio de lo público y la conversación, puerta al entendimiento, sigue atada a la casa y ésta cerrada a lo que sea que del otro lado también pudiese haber.</p>
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		<title>Pura ficción, pero que no se entere la OCDE</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jan 2015 12:16:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[Leonardo Piña Cabrera]]></category>

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		<description><![CDATA[ “Lo estamos pasando muy bien, eah, eah, oh!”  (Los Prisioneros) Supongamos que paso de los 45 años de edad, estoy felizmente casado y tengo cuatro hijos, la más pequeña no hace mucho destetada. Agreguemos que soy técnico pesquero, trabajo en &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/salud/20150116091632/pura-ficcion-pero-que-no-se-entere-la-ocde/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em> “Lo estamos pasando muy bien, eah, eah, oh!”  </em>(Los Prisioneros)</p>
<p>Supongamos que paso de los 45 años de edad, estoy felizmente casado y tengo cuatro hijos, la más pequeña no hace mucho destetada. Agreguemos que soy técnico pesquero, trabajo en un laboratorio veterinario especializado en análisis marinos, y que las expresiones marea roja, virus ISA y muestra por contraste no me son desconocidas. Localicemos esta historia en el sur de Chile, esa bella parte de nuestra geografía a la que muchos de nosotros peregrinamos cada verano atraídos por su verde permanente y esa extraña promesa, siempre cumplida, de buena mesa e inigualable buen trato. Supongamos que aunque llueva, tal como dice el refrán, el cielo no se nubla y cada mañana no únicamente sale el sol sino, generoso, nos acompaña al trabajo y trae de vuelta al hogar. Una maravilla.</p>
<p>Imaginemos, entonces, que el mundo es bello y el vaso no solo está medio lleno sino es objeto de sistemático brindis, celebraciones y otros brotes de humor afines a su alegre tintinear y nada metafórico chorreo. O que los pajaritos cantan y que acá, como se trata de una suposición, no hay vieja alguna que, amargada, tenga que levantarse a hacerlos callar ni cuento infantil que, curiosidades del género, lo celebre como un acierto.</p>
<p>¿Se podría pedir más?</p>
<p>Ahora supongamos que un buen día –un mal día, en rigor–, me levanto con fuertes dolores en la espalda y los analgésicos que gentilmente me ofrece mi madre (y más solícita trae mi señora), progresivamente pierden su efecto y, sin excusa ya, me animo a pedir hora y consultar con un especialista.</p>
<p><strong>Imaginemos que el diagnóstico se demora (qué raro), los facultativos llaman a otros facultativos (más extraño aun), los medicamentos suben de gramaje y valor (imposible), y que el tratamiento, además de demandar reposo, exige una primera licencia, luego otra y otra más (¡qué miedo!).</strong></p>
<p>Supongamos que debo hacerme una resonancia magnética de columna lumbar y que, siguiendo con la suposición, no hay modo de hacerlo en el sur patrio porque el precio es prohibitivo y de los 51 días de licencia extrañamente solo se me pagan 21 (¿dije que se trataba solo de una suposición?).</p>
<p>Pues bien, supongamos que el examen finalmente se lleva a cabo en Santiago y que su costo, aunque no parezca creíble, es igual a cero, lo mismo que la información disponible para que alguien con cotizaciones de salud al día se pueda enterar y haga uso de su invisible y más que bienvenida oferta. ¡Uf!</p>
<p>Así que supongamos que la información estuvo, el examen pudo concretarse y el horizonte de recuperación, obscurecido por la ficción que antecede, nuevamente volvió a su creíble y pigmentado color rosa a pesar de la existencia de tres hernias discales, una discopatía degenerativa dorsal y lumbar multisegmentaria, y un muy doloroso cuadro de espondiloartrosis también lumbar.</p>
<p><strong>Y que entonces, con diagnóstico médico en la mano, mi buen jefe y su dedicado director de personal, preocupados de la recuperación de su empleado, deciden despedirme porque, tal como dijo uno y el otro asintió, “lo primero es la salud”. Qué ironía.</strong></p>
<p>Pero como esto es solo una suposición y cualquier coincidencia con la vida real no es más que pura casualidad, digamos que ello podría haber sucedido un día lunes, el mismo día en que regreso al trabajo sin cobertura de licencia porque, con semejante distorsión en mis ingresos, me niego a conseguir otra sin la seguridad de que su equivalente económico me sea devuelto. Un error. Un error, claro, si es que ello fuese verdad y lo que se dice acá hubiese sucedido.</p>
<p>¿Porque podría ser posible que algo así fuese real? ¿Podría serlo en un país que se encuentra discutiendo una reforma laboral movido por una honda preocupación por sus trabajadores y un más que irrestricto y probado sentido de igualdad ante la ley?</p>
<p><strong>¿O en un país que está orgulloso de sus índices de empleo y seguridad social?¿Un país donde los que tienen más tributan más y los que tienen menos no tributan o lo hacen en menor medida?</strong></p>
<p>¿Sería posible si vamos en franca dirección al desarrollo y la apuesta por un país más solidario es tan clara al final de ese camino que nadie tiene necesidad de levantar la voz, marchar por las calles o querer un nuevo trato en la materia que sea?</p>
<p><strong>¿Sería posible si somos ejemplo en nuestro continente y el sistema de AFPs e Isapres, por mencionar dos de nuestras más sólidas invenciones, son objeto de emulación en otros países?¿Lo sería? ¿Podría serlo?</strong></p>
<p>No, claro que no. Imposible.</p>
<p>Pero como ya se dijo, esto es solo una suposición y las cosas que aquí se dicen, todas, o casi todas, no son más que ficción, pura y terrible ficción.</p>
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		<title>¿Y si Dios fuera una mujer?</title>
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		<pubDate>Sat, 10 May 2014 11:50:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Leonardo Piña Cabrera]]></category>

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		<description><![CDATA[“Nada cambia si nadie lo hace cambiar” (Pedro Aznar) “¿Y si Dios fuera una mujer?”, se pregunta Juan Gelman casi al inicio de un poema que titula Preguntas, una bella y terrible defensa de la divinidad, esa que cada uno &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20140510075005/y-si-dios-fuera-una-mujer/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“Nada cambia si nadie lo hace cambiar”</em> (Pedro Aznar)</p>
<p><em>“¿Y si Dios fuera una mujer?”</em>, se pregunta Juan Gelman casi al inicio de un poema que titula <em>Preguntas</em>, una bella y terrible defensa de la divinidad, esa que cada uno de nosotros lleva y guarda consigo pero que, cada tanto, aplastamos por falta de entendimiento e imposición.  </p>
<p><em>“¿Y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon?”</em>, insiste, <strong>adjudicando con nombre propio tal posibilidad también a quienes han sido mezquinados del juicio amable, aquel que voceado como mayoría, pero con discutible sentido de tal, cotidianamente se niega a lo distinto.<br />
</strong><br />
<em>“¿Y si Dios moviera sus pechos dulcemente?”</em>, por tercera vez arremete, abriendo el cuadro de lo posible a las prácticas tenidas por impropias, juicio moral mediante, y que en el caso del texto en cuestión termina con la quema de las susodichas, luego la muerte de Dios, por haber sido vistas saliendo de hospedajes sospechosos, en camas de burdel o <em>“fornicando con sastres, zapateros, carniceros de toda Pickapoon”.</em></p>
<p><em>“Si Dios está en cada uno de ustedes, están asesinando a Dios cada día”</em>, con increíble sentido de la intertextualidad y a propósito de los diarios crímenes humanos interviene Rantés, el personaje que lúcidamente interpreta Hugo Soto en la aún más preclara <em>Hombre mirando al sudeste</em>. </p>
<p><strong>No en sentido estricto y sí apuntando a nuestra manchada de sangre indiferencia, su apelación a la estupidez como la más mortal de las armas humanas lo hace cuestionar nuestra normalidad, y la felicidad que se le asocia, sosteniendo lo enfermo que es encerrar a quien muere de tristeza para no verlo, dilapidar lo que se tiene en vez de entregarlo a quien tiene hambre, o mirar al costado cuando alguien nos pide ayuda</strong>. </p>
<p>En ello nuestra ceguera y su acostumbramiento, la pregunta por nuestro doble estándar –“¿por qué no dejan de una buena vez la hipocresía y buscan la locura de este lado?”–, sitúa en su borroso margen una línea que no sirve única e inocentemente a la declarada búsqueda de salud de la psiquiatría, tampoco, aunque parezca redundante, a la lucha contra la insania que se arroga.</p>
<p>Allá y acá una directa alusión a nuestras formas de relacionarnos con la diversidad y lo creadora o poiética que ésta es, su aplastamiento en nombre de la razón, irracional en el caso de la hoguera a que van a dar las <em>Seis Enfermeras de Pickapoon</em> e inexplicable en el estado de catatonia a que se induce progresiva y terminalmente a Rantés, otra vez pone en cuestión, sin que se cuestione por supuesto, el estado de las cosas y lo establecido como excusa para no hacer mucho en otro sentido. </p>
<p>En manos del sistema la inacción, o a manos del sistema el hecho de lavárnoslas en el, nuestro no reconocimiento como parte suyo escaso margen deja a una comprensión del mismo como cosa viva y menos a la posibilidad de hacer algo para modificarlo. </p>
<p><strong>Conservadores quienes defienden a gusto lo existente y conservadores también quienes lo terminan haciendo sin disgusto, su cotidiana y compartida mantención tampoco deja ver los muchos hilos que lo sostienen, no pocos en manos de quienes dicen o decimos estar en contra de lo que ahí hay.</strong></p>
<p>A la salud de quién, la pregunta que en consecuencia tendríamos que hacernos cada vez que invocamos al sistema y dejamos de ir contra corriente, deja a la vista el fortalecimiento que de su informe figura hacemos todas aquellas veces que cerramos los ojos y no bregamos ante lo que nos parece irremontable. </p>
<p>Más cuando invitamos o condicionamos a otros a hacer lo propio, bajar los brazos a estos efectos aparece como la mitad pasiva de aquella otra que llama a subirlos, pistola en mano, o como sea que su dominante y acomodaticio discurso se nos presente. </p>
<p>Caras de una misma moneda, su llamado a entrar en vereda, léase aceptar los contenidos y maneras de la norma, no resulta muy distinto que impedir a otros sostener sus creencias, prácticas u opiniones solo por ser diferentes o no ajustarse a lo hegemónicamente saludable. </p>
<p>No es el caso del recientemente fallecido poeta argentino, que una y otra vez golpeó las puertas de la incomprensión, su lucha contra la falta de respuestas, literales y metafóricas,<strong> lo sitúan a la cabeza de la pequeña y gran batalla diaria por la coherencia, esa que oponiéndolo íntimamente al totalitarismo de su tiempo, también lo hace, doble valor, con respecto a la solapada y no reconocida encarnación de ese impulso en nosotros mismos.</strong> Gran virtud, la insistencia de su poesía, hermosa y necesaria, no permite soslayar la fuerza con que viene escrita.</p>
<p><em>“¿Y acaso Dios no sale de los hospedajes con una mirada triste en la boca?”</em>, la reflexión que con sentido de la perplejidad descubre en lo diverso su humana y equivalente divinidad, más acá de su escritura y a poco de su muerte –la de Dios, travestido en las protagonistas del poema, y la suya, el mensajero que nos habla de esa diaria agonía–, no puede no decantar en la interrogante por las veces en que fuimos parte de tal u otra lapidación. </p>
<p>Su respuesta, personal y no endosable, no tiene, ni podría tener, la belleza con que Gelman llama a no hacernos los desentendidos o inocentes. </p>
<p>La razón, y tal como él mismo dice en otra parte, es porque “<em>sólo la esperanza tiene las rodillas limpias”.</em> Y ello, a no equivocarnos, es porque “sangran”, tal como Dios, <em>las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon</em>, Rantés o cualquiera de nosotros cuando esas piedras, certeza y no veleidades de la física, vuelven sobre nos y ahí, golpe sin regreso, hacen su calvario, cruz y espada, normalidad o mayoría.</p>
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		<title>Calles que no vemos, personas que no sabemos</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Oct 2013 17:05:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Leonardo Piña Cabrera]]></category>

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		<description><![CDATA[“La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas”.(Oliverio Girondo) “La calle no es un lugar para vivir”, dice la  conductora del programa 21 días de TVN, hace algunas semanas, cerrando con sentido de la autoridad una apuesta televisiva &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/sociedad/20131011140523/calles-que-no-vemos-personas-que-no-sabemos/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas”.</em>(Oliverio Girondo)</p>
<p>“La calle no es un lugar para vivir”, dice la  conductora del programa 21 días de TVN, hace algunas semanas, cerrando con sentido de la autoridad una apuesta televisiva que busca <em>experienciar</em> la vida de otros con una cámara sobre el hombro.</p>
<p>“No es un lugar para vivir”, y la vida en situación de calle que ha conocido, o las muchas que ha tenido oportunidad de apreciar, se esfuman como inexistentes, incorpóreas, falsas sombras proyectadas en la pared del fondo de una obscurecida caverna sin fuego.</p>
<p>Contra la pared, como los castigados niños de nuestra historia escolar que fuimos, la vida de Domingo, de Eduardo y de Daniel, de Nora, de Manuel y Aracely, o de Alfonso, terminan siendo la reiteración de un cuento que ya conocemos, <strong>sin comprender por cierto, cual es el de la carencia y la desprotección, y por oposición, también el de la feliz vida puertas adentro que llevamos quienes, por decirlo con similar pero distinto sentido del eufemismo, estamos en situación de casa.</strong></p>
<p>Sin análisis relativo, sin siquiera levantar una u otra de sus muchas capas componentes, esa misma oposición deja fuera de ecuación el hecho de que son las calles, las mismas que se denuestan por peligrosas y terribles, las únicas que abrieron sus puertas cuando las otras, las felices como diría un viejo poeta del sur, se fueron cerrando.Y afuera, en consecuencia, a los muchos hombres, mujeres y niños que en ellas viven y hacia allá siguen llegando.</p>
<p><strong>Segunda expulsión, o tercera, cuarta y cuántas más, sus testimonios, página que se aplasta contra el artificio del siguiente comercial, otra vez pierden la textura de la propia voz y actoría, y otra vez se reducen a problema, problema social, habitacional, de empleo o seguridad, como casi no se dice y se dice.</strong></p>
<p>A cambio, la promesa de la inclusión o la también esquiva e ilusoria de la atención, se esfuma en el juicio sabido y repetido, ahora hecho post de televisión y artículo de consumo.</p>
<p>O de entretenimiento, como en Bélgica, donde un certamen de belleza eligió, en 2009, a Thérese Van Melle como miss vagabunda so pretexto de <em>“intentar sensibilizar a la gente sobre las causas y consecuencias de la vida en la calle”,</em> o en Alemania, dos años antes, cuando los creadores de un videojuego on line titulado mendigogame adujeran lo propio, haciendo furor y mucho dinero por supuesto.</p>
<p><strong>¿Y Nora mientras tanto, o Alfonso, ambos distintamente menospreciados por el autoerigido espacio de la protección, léase la casa y los juicios domiciliados con que enfocamos lo que pasa dentro y fuera suyo?</strong></p>
<p>¿O Manuel y Aracely, con todo en las calles apostados buscando alternativas tras sus pérdidas pos terremoto de 2010? ¿Dónde van a dar sus pasos con una afirmación como aquélla?</p>
<p><strong>¿O las palabras de Domingo, explicando como libertad, su decisión de no acudir a las hospederías dado el hecho de que ahí, a diferencia de lo que ocurre afuera, el horario de entrada y salida no le pertenece?</strong></p>
<p><em>“Lo más difícil de estar en la calle –respecto de la relación con y sin techo </em>dice uno de los no identificados usuarios del albergue que cada invierno se emplaza en el estadio Víctor Jara<em>– es preocuparse de la mirada de los demás, de cómo te miran a ti… por sobre el hombro […] como un mono feo”.</em></p>
<p>De paso, el lugar desde donde se levanta la mirada y se construye opinión, queda obscurecido por el desprecio con que viene hecha, discriminación mediante, obviándose su incidencia en la valoración de lo que ahí hay o puede haber. Sin casa y sin todo aquello que hace parte suyo, la posibilidad de observarlos en propiedad de sujetos, esto es como personas con posición y proyecto, pasa a mejor vida, o cae a la calle, como suele escucharse, donde solo se puede ser o estar transitoriamente, como transeúnte, en ningún caso ocupándolas privada o íntimamente.</p>
<p>“Me cuesta entender que alguien elija ese lugar”, señala la conductora en relación al sitio ocupado por Alfonso, Víctor y Mary, al costado de una autopista de alta circulación vehicular.“Llegar ahí es un acto suicida”, agrega, marcando como desapego a la vida la búsqueda de un lugar protegido, y a su elección, distinta a la que ella misma podría hacer, como equivocada y no levantada desde el lugar que se ocupa.</p>
<p>Dislocada, que tal determinación no lo esté y sea el resultado de otra lógica, apenas puede vislumbrarse; que la llegada a la calle se pueda entender no solo como caída, esto es que en ella actúe, por difícil que pueda parecer, la búsqueda de aquellas posibilidades que en lo domiciliado ya no hay, también.</p>
<p>Solo caída, o solo sufrimiento o problema de salud, como puede leerse en los resultados del último censo nacional de esta población, no deja mucho margen a su también diverso mundo que, en adelante, queda reducido a una mínima fracción de el, y las personas que lo conforman, a la estrechez del juicio, o prejuicio, que los sitúa hasta como peligrosos. Y ello, en los días que van, sí resulta peligroso.</p>
<p><strong>Y no poco, habría que añadir, a la luz de acciones que privatizan lo público, como las del tristemente célebre programa Rescate Social de la Municipalidad de Santiago, o las de expulsión, que su equivalente de Providencia, Labbé a la cabeza, emprendiera en 2007.</strong></p>
<p>“Acá le puede pasar algo”, advierte a la conductora un carabinero ante el uso de un cajero automático como eventual sitio para pernoctar.</p>
<p>“Acá vienen a dormir indigentes”, explica, no solo cerrando la puerta a la posibilidad de ocuparlos y/o abrirlas a la comprensión, sino a entender su diversidad y que el sufrimiento, como ha dicho García Canclini en reciente viaje a nuestro país, no puede existir sin negociación ni solidaridad, vale decir que en su extremo también hay posición, entiéndase condición de posibilidad, o, más simple, que afuera no es el fin del mundo, como contrariamente podía leerse en un rayado de calle Fernández Albano, en la comuna de San Ramón, hacia mediados de los años noventa.</p>
<p>Frontera integrada, integrarlas al entendimiento emerge como tarea; no hacerlo, como el persistente velo que no deja ver el ancho mundo que ahí también hay.</p>
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		<title>Acerca de la democracia y no (necesariamente) cerca de ella</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Aug 2013 21:25:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Leonardo Piña Cabrera]]></category>

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		<description><![CDATA[“¿Y ahora quién nos liberará de nuestros liberadores?” (Nicanor Parra) Alguna vez escribí que hubo una época en que la gente –alguna gente, no toda, claro–, rayaba en las paredes cosas tales como “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Un tiempo &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/sociedad/20130828172536/acerca-de-la-democracia-y-no-necesariamente-cerca-de-ella/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“¿Y ahora quién nos liberará de nuestros liberadores?” (Nicanor Parra)</em></p>
<p>Alguna vez escribí que hubo una época en que la gente –alguna gente, no toda, claro–, rayaba en las paredes cosas tales como <em>“seamos realistas, pidamos lo imposible”.</em></p>
<p>Un tiempo en que el horizonte era el límite y como éste, en una muestra de su infinita sabiduría, siempre estaba más allá del alcance de la mano, nos hacía esforzarnos porque no se nos fuera de las manos, esto es de construirla a pulso, entre todos, de manera de estar a la altura de su permanente ensanchamiento geográfico con sueños que si no lográbamos, al menos creíamos merecer.</p>
<p>Una época en que a nadie, o así lo parecía, le ruborizaba que lo señalaran de utópico, soñador o poeta. Un tiempo en que la gente, en muchas partes y en muchos idiomas, sonreía por la palabra futuro, prometedora proyección de otra, la aún más expectante palabra presente.</p>
<p>Esa época, claro, ya no está, y para no parecer nostálgico, o padecer de <em>nostalgía</em> como podría llamarse a esa no tan rara enfermedad que mira al pasado como todo, repetiré que no fue todo lo maravillosa o arcoírica que esper(áb)amos. No entonces y no después.</p>
<p><strong>Sino, cómo podríamos explicarnos, metáfora mediante, que a vuelta de página los libros aplastaran su relieve, las calles se vaciaran de personas, los muros se borraran de colores o las voces se fueran apagando.</strong></p>
<p>O que manifestarse esté camino al vandalismo, su sentido a sinónimo de pasamontaña, y éste a pasaje al infierno, o a la cárcel, que si no es lo mismo es igual, como solía cantarse al son de canciones que también hemos ido olvidando.</p>
<p>O que nuestro país, esa hermosa casa esquina con vista al mar que fuimos, se llenara de carteles de ‘se vende’ o ‘se arrienda’, y sus barrios fueran transformándose en condominios, sus plazas públicas en centros comerciales, y nuestra ciudadanía en capacidad de compra, <strong>léase el paso de ser sujetos de derechos políticos a serlo de derechos como comprador, tal como reza o no reza la misión del Sernac, suerte de inocua defensoría de nuestra indefensión consumista o consumida.</strong></p>
<p>Ahora, con el mercado como “la mejor red social”, como alguna vez dijera Tironi –o como el real delimitador del bien y del mal, de otra forma–, o con la educación como “un bien de consumo”, como por su parte dijera la primera magistratura patria no hace tanto, <strong>los sueños parecen escribirse con el puño cerrado, no ya porque así se los defienda o exija como antes, sino porque su alcance viene marcado por lo posible,</strong> esa limitada extensión acordada entre las cuatro paredes, el piso y el techo de las casas de nuestra clase política y económica, que, curiosidades del lenguaje, cada tanto nos cita a las urnas no sabemos si para ver nacer la democracia o para ayudarla a morir.</p>
<p><em>“No se puede ir más allá de lo posible”</em>, alguna vez apuntó Enrique Correa a propósito del ancho de la democracia, bien delgada habría que decir, y ahora que la fiesta vuelve a lanzarse, cínica y no cívicamente habría que agregar, la pregunta por su encerrado sentido casi no tiene sentido, no al menos en los definidos resultados de diciembre, terminados, terminales.</p>
<p>Hubo otra época, otros actores y otros anhelos. Un tiempo distinto&#8230; aunque tal vez no tanto.</p>
<p>¿O acaso no hubo entonces, como ahora, amables invitaciones a cruzarnos de brazos porque la Historia era de otros y, conforme a ello, otros podían guiarnos hacia su encuentro mejor de cómo nosotros mismos podíamos siquiera pensar?</p>
<p>“La conciencia cotidiana no puede explicarse a sí misma”, al respecto explicaba un prestigiado y todavía muy citado antropólogo norteamericano. ¿No se dijo, pues, y así se ha seguido repitiendo, que a las masas había que conducirlas, a los pobres darles techo y pan, o a las mujeres discriminarlas positivamente?</p>
<p>¿No hubo, por aquí o por allá, apoderados siempre dispuestos a representarnos y ser la voz de los sin voz, la punta de lanza de procesos democratizadores, el foco para su posterior desarrollo? ¿O, en clave educativa, los custodios del aprendizaje y no los acompañantes del mismo?</p>
<p>Pues bien, cantando una vieja canción de Serrat que dice que <em>“una vida sin utopías es como un ensayo general para la muerte”</em>, y aunque la ‘cordura’ mande confesarnos ‘realistas’, <strong>me anoto en la fila de los soñadores, aunque no en la de los dormidos, y me resisto a creer que la realidad es una, lo posible esto, y la democracia solo una raya vertical sobre otra horizontal que cada cuatro años se (hace como que se) nos pide.</strong></p>
<p>No vaya a ser cosa que esa sea la estrategia y cada uno de nosotros, en su casa y frente a la pantalla de un nuevo aparato de TV –cada vez más plano, sea por su tecnología led o por su tontería lesa–, terminemos pensando que eso es la democracia: un ejercicio que otros juegan y uno observa, un acto de representación y no de represión, como irónicamente también dijera otro antropólogo, no tan citado como el otro, claro.</p>
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