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	<title>Opinión en Cooperativa&#187; Juan Carlos Skewes</title>
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		<title>Bueno y malo</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Dec 2015 10:56:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[“Bueno y malo”. Es el relato a través del que Lucía Berlín en su libro póstumo A Manual For Cleaning Women  (2015) evoca su paso, en 1952, por el colegio Santiago College.Se trata, más precisamente, de los recuerdos de Ms. &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20151230075628/bueno-y-malo/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“Bueno y malo”.</em> Es el relato a través del que Lucía Berlín en su libro póstumo <em>A Manual For Cleaning Women</em>  (2015) evoca su paso, en 1952, por el colegio Santiago College.Se trata, más precisamente, de los recuerdos de Ms. Dawson, la profesora que debía mantener a ella y a sus compañeras <em>gringas,</em> hijas de funcionarios diplomáticos ejecutivos de las empresas mineras, agentes de la CIA, atadas a la historia y cultura norteamericanas.  Pero a Ms. Dawson la inspiraban otros esmeros.</p>
<p><strong>Consciente de las injusticias sociales y de la desigualdad profunda de una sociedad como la chilena intentaba – vanamente, como es de suponer – instigar un sentido crítico en sus discípulas. ¡Qué va!, nos sugiere Lucía. “si cada una de nosotras tenía un papi rico, hermoso y norteamericano”.</strong></p>
<p>“Las niñas a esa edad”, nos sugiere, “sienten por sus padres lo que sienten por sus caballos. Es una pasión. Y ella quería mostrárnoslos como unos villanos”.</p>
<p>Ms. Dawson reclamaba contra el imperialismo norteamericano y contra el elitismo de la sociedad chilena. <strong>Se sentía atraída por las luchas sociales de la época, por el comunismo que, con espanto, las compañeras de Lucía veían en esta inesperada profesora. Y doña Dawson era gringa. Gringa al modo ingenuo de ser gringo.</strong></p>
<p>Creía firmemente en las causas populares y arrastra con sus ideales y a contramano a esta única discípula que no se atreve a contrariarla y que, además, no quiere parecer tan frívola como se reconoce ser.</p>
<p><strong>¿Qué haces los sábados, los fines de semana? Ir al <em>Charles, </em>al Club de Polo, al cricket o al rugby, a los <em>thés dansants</em>, a la misa de El Bosque, a las siete el domingo. A Algarrobo o a la nieve y bailar lo más que se pueda. ¿Por qué no ir en ayuda de los pobres?</strong><strong></strong></p>
<p>Al estilo de gringa progresista, Ms. Dawson no trepida en acercarse a las luchas populares. 1952. Pero no es necesario <em>producirse,</em> como diríamos hoy. Así no más, sin sostén ni nada. A la calle y al campo. Y es así como Lucía se encuentra en las afueras de Santiago, en un fundo, con una movilización campesina, movilización que más parece ramada, fiesta y juerga que otra cosa y que, a pesar del compañero comunista que arenga a los campesinos del país a tomar posiciones de combate, el <em>copete </em>corre con más fuerza.</p>
<p>Y el <em>compañero</em> que acompaña a estas gringas no trepida en abrazar a Ms. Dawson mientras que, con la otra mano, empuña una jarra de vino. 1952. Demás está decir que la lucha popular se transforma en ímpetu carnal y que la gringa con lente <em>poto de botella </em>la verdad es que no ve. No ve ni con sus ojos ni con sus pensamientos. La causa popular no es más que una ventolera de aire festivo que amenaza con devorarla y no cabe sino huir de la escena.</p>
<p><strong>Lucía no tarda en confesar a su padre, ingeniero de la <em>Anaconda</em>, que su profesora le ha llevado por malos caminos. Ms. Dawson, acosada sexualmente por las clases populares,no tarda en ser exonerada por la elite.</strong></p>
<p>La imagino en su vejez – o quisiera imaginarla – recaudando fondos para apoyar la lucha de los pueblos centroamericanos frente al mismo imperialismo que se le hizo carne en Chile. Y, al modo de un campesino salvadoreño, enceguecido por sus pezones, no tardaría en acosarla al modo que lo hiciera un chileno treinta años antes.</p>
<p>Curiosamente Lucía Berlín nació  y murió en un mismo día del calendario: el doce de noviembre, de 1936 y de 2004, esto es, 68 años después. De Ms. Dawson nada sabemos solo que el país del que ella fue testigo pareciera no haber cambiado tanto en los últimos sesenta y cuatro años: con clases sociales bien establecidas y, en cierto modo, <strong>cobijadas bajo el statu quo las mantiene</strong> – digamos &#8211; entre San Ramón y Santa María de Manquehue, <strong>entrampados en las misma miserias en que antaño se vieran inmovilizados nuestros padres, abuelos y bisabuelos; entre la arrogancia y el acoso, entre la exoneración y el abuso del más débil</strong>.</p>
<p>Lucía Berlín logró, tras su muerte, lo que en vida no le fue posible: vendió más ejemplares de esta colección de cuentos, editada por Stephen Emerson, de lo que fue la suma de toda su obra.</p>
<p>¿Será nuestro país capaz de  sobrevivir a la contradicción patética que le impone el no querer ser de otro modo? O, ¿habremos de aceptar lo disponible que Ms. Dawson es para algunos y lo prescindible que es para otros?</p>
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		<title>Otro país</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Mar 2015 11:02:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[La Seremi de Transportes y Telecomunicaciones prohíbe a los buses rurales dejar pasajeros en el Hospital Regional de Valdivia. Este es un titular que solo podría leerse en un país desquiciado, desquiciado en varios de los sentidos que señala la &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20150319080243/otro-pais/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Seremi de Transportes y Telecomunicaciones prohíbe a los buses rurales dejar pasajeros en el Hospital Regional de Valdivia.</p>
<p><strong>Este es un titular que solo podría leerse en un país desquiciado, desquiciado en varios de los sentidos que señala la Real Academia : desencajado, trastornado, algo descompuesto, “a que se le ha quitado la firmeza con que se mantenía”.</strong> Y la firmeza no puede ser otra que la que brindan sus ciudadanos.</p>
<p>No obstante, en este remedo de república, a los desvalidos se condena a expiar y purgar las culpas de los poderosos. Se les quita del medio y por sobre sus vidas se construyen <em>obras</em> que a otros sirven.</p>
<p>Las cuatro y media de la mañana sorprende a las ancianas y ancianos de Ancapulli, Chosdoy, Milleuco o Huitag. Les sorprende porque ese día los espíritus inescrutables del bajo les consiguieron horas médicas.</p>
<p>Bajan a paso lento hasta los cruces de los caminos principales y esperan, esperan, esperan, hasta que pasa la locomoción que va a Panguipulli. Y allí una nueva espera, un mate para el frio, los huesos duelen. <strong>Aguardan la micro que les dejarán en el Regional a la una o dos de la tarde, nunca se sabe. La cita es a las tres pero, nunca se sabe,  a las cinco están saliendo con la orden para un examen para el que no hay hora sino hasta mayo. Y vuelven a los cerros, con una bolsita de remedios, esperando tener suerte en mayo, que los exámenes no salgan mal y que puedan volver a casa, a ver a los animales, los nietos y la casa. </strong></p>
<p>Pero estorban. Los colegios particulares de Valdivia generan congestión. Los autos, porque vaya que ha crecido el parque automotriz, se desplazan a tranco lento y eso que están diseñados para andar rápido. Nadie quiere perder tiempo, amén que las obras públicas de la ciudad se han convertido en hazmerreir nacional, especialmente el puente Cau Cau, lo que hace que el tránsito de buses rurales e interurbanos, camiones y autos de bien deban compartir la misma vía para ingresar a la ciudad desde el norte. Y está claro que las ancianas y ancianos que vienen al Hospital Regional los hacen en vehículos que en rigor constituyen parte importante de la historia viva del transporte colectivo  en el país.</p>
<p>¿Qué razón tendrían para venir a la ciudad los habitantes del interior que no fuera la salud?Algunas compras, los trámites y, naturalmente, a votar. A votar. A votar por los mismos quienes les privan del acceso directo al hospital (donde directo es más bien una metáfora). <strong>No basta con una, dos o tres escalas. Una cuarta hace falta para completar la penitencia: han de llegar al terminal de buses – rodoviario llaman a este pobre servicio concesionado – y de ahí, si el dinero lo permite, tomar la 20 o la 4 o un colectivo 50 que, previo pago de quinientos pesos por persona, pueda llevarles a destino.</strong></p>
<p>La distancia que separa a la Seremi  de Transportes de quienes se transportan a la ciudad desde el interior no es muy diferente de la que separa a los ciudadanos de sus gobernantes. Condenados a pagar sus impuestos, a disputar migajas de salud a costa de puñados de monedas, de rasguñar pensiones de vejez por la vía de cotizaciones obligatorias. Nada de esto es diferente a lo que ocurre en Valdivia. Hay que fortalecer las instituciones, hay que conferirles poder y creer en ellas, y, progresivamente, abandonar la fuerza propia. <strong>Es la consigna del día y contamos los días para que las cosas terminen bien. Para volver a nuestras casas sin un diagnóstico adverso, agradeciendo al sistema médico por haber reparado nuestras averías, aunque de por medio hayamos vendido la casa y juntado, merced de un bingo entre familiares y vecinos, ochocientos mil pesos que en algo alivian los cincuenta millones en deudas que nos van quedando.</strong></p>
<p>Si de magia se trata, yo preferiría importar un Presidente. ¿Se podrá? ¿Uno con mayúscula? Uno a quien no tenga que ver en vehículos blindados, vehículos y motos policiales a los que molestan los peatones.  ¿Habrá alguno que ande en un escarabajo, que dé un aventón a un trabajador rural?</p>
<p>¿Habrá un presidente en el mundo disponible para nosotros?</p>
<p>¿Habrá alguno que no esté dispuesto a cobrar a los ancianos en los transportes públicos?</p>
<p><strong>¿Alguno que no obligue a las ambulancias y a los vehículos de emergencia a pagar el peaje cada vez que circulen por una autopista? Tal vez lo haya, pero ¿se podrá importar? ¿No habrá objeciones técnicas entre tanto acuerdo bilateral que lo impida?</strong></p>
<p><strong></strong>Aunque ¿no sería más aconsejable inventar de nuevo la mejor manera de enquiciar el país, de ponerlo en orden, de afirmarlo? ¿Habrá algún modo que no sea el de repetir una y otra vez una de las canciones de Los Prisioneros para convencer a quienes nos han gobernado que, para ellos, es hora de tomar vacaciones, que han trabajado mucho y que – como decirlo – las cosas no fueron como dijeron que iban a ser?</p>
<p><strong>¿Habrá manera de restablecer la cordura, de vivir de otro modo, de garantizar a los ancianos de Reihueco que el país les quiere?</strong> ¿Habrá modo de encontrar otra forma de vincular al pueblo con sus gobiernos?</p>
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		<title>Troncos, camionetas y tecnócratas</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Jan 2015 15:21:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[Una nueva camioneta hace su entrada al mercado. Lo hace cargando – según lo muestra el aviso  – un tronco gigantesco. Tiene una capacidad de una tonelada, se asegura, y es probable que ese sea el peso de la pieza &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20150101122154/troncos-camionetas-y-tecnocratas/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una nueva camioneta hace su entrada al mercado. Lo hace cargando – según lo muestra el aviso  – un tronco gigantesco. Tiene una capacidad de una tonelada, se asegura, y es probable que ese sea el peso de la pieza que carga. El publicista que diseñó el aviso tal vez no sepa que la nueva camioneta acarrea consigo un cadáver que, privado de toda fuerza vital, no puede sino dejarse arrastrar para el regocijo de un público seducido por la nueva cuatro por cuatro, el vehículo utilitario por excelencia.</p>
<p>No sabe el autor de la publicidad que, de haber sido otra la historia, ese árbol, antes de morir, habría liberado todo sus nutrientes para beneficio de sus congéneres y de buena parte del millón de especies de microorganismos que habitan bajo el suelo.</p>
<p><strong>De haber muerto en el bosque, el árbol, cuyos despojos se exhiben en la propaganda, habría alimentado a miles de insectos y a no pocos pájaros carpinteros; se hubiera cubierto de helechos y musgos que, a su vez, serían el hogar de otros tantos seres gracias a los que la vida es posible.</strong></p>
<p>La publicidad ignora que cuando ese tronco era árbol podía acarrear desde la tierra ochenta, cien, doscientos litros de agua al día, a través de un sistemas capilar que ningún ingenio humano es capaz de emular. También ignora que esa agua evaporada puede formar nubes a través de las que los ciclos de la vida se regeneran. Al mismo tiempo, y para cuidar su delicado mecanismo hidráulico, ese árbol estaba llamado a protegerse endureciendo su tronco que sostiene la vida, aunque el maderero lo prefiera ver como <em>chips </em>para la exportación.</p>
<p>Y pese a que se les describa compitiendo por la luz solar, los árboles son mucho más sociables y generosos que sus perseguidores humanos. Bajo el suelo sus raíces se entremezclan y, en su interacción con otros organismos, van creando la condición que les da vida.</p>
<p>Frente a la amenaza de algunos depredadores, por ejemplo, los árboles secretan químicos que motivan a sus congéneres a activar sus propias defensas. Conversan a su manera y lo hacen para protegerse recíprocamente. <strong>Una colonia de álamos en Estados Unidos ha llegado a reunir 50 mil ejemplares, entrelazados por sus raíces, para formar un cuerpo de alrededor de 7000 toneladas en un área de cuarenta hectáreas. La suerte de cada individuo depende de su relación con los demás y con las asociaciones que establece con pájaros, insectos, vientos.</strong></p>
<p>Curioso porque el fabricante de autos, el publicista, el inversionista, piensa todo lo contrario de lo que los árboles piensan: la suerte de cada humano, dicen los expertos, depende de cuanto pueda sacar para sí cada quien. Algo así como la ‘capitalización individual’. Aunque en el sacar termine por dejar a los otros y, finalmente, a sí mismo sin nada.</p>
<p><strong>Tal vez ello explique la xilofobia, u odio a los árboles que caracteriza a nuestras sociedades: en su generosidad, los árboles son el reflejo invertido de economías que han tornado la avaricia, la competencia y el individualismo en una forma de vida, al punto de pensar que es ley de la naturaleza la ‘supervivencia del más apto’.</strong></p>
<p>Si una buena parte de los pueblos de la tierra reconocieron en los árboles potencias que trascendían a la propia humanidad era simplemente por sabiduría: no había en ellos superstición ni fetichismo ni una mentalidad ‘primitiva’.</p>
<p>No había ninguna de las falsas ideas con que se les acusaba desde el seno de una civilización que era la única que, en definitiva, había caído en idolatría. Sólo un mundo como el occidental, arrastrado por la codicia y por un miserable sentido utilitario de las cosas, podía llegar a ver solo madera donde habían árboles, musgos, hierbas, pájaros, insectos y una infinita variedad de otros seres.</p>
<p>¡Qué pobre la mirada de la Enciclopedia de Diderot que no ve en el bosque sino una sumatoria de árboles! “Nuestros robles”, se escribe allí, “debieran dejar de ser reverenciados para, en cambio, obtener de ellos un beneficio económico”.</p>
<p>La arrogancia de un puñado de seres humanos reunidos en torno a ideas fuerza que no superan sino las decenas de años – competencia, ganancia, lucro, escasez &#8211; no puede resultar sino absurda cuando se la mira con ojos de árbol añoso.</p>
<p>¿Qué son esas décadas para los doscientos, cuatrocientos, mil años que algunas especies arbóreas llegan vivir?</p>
<p>¿Cuántas veces los técnicos y las instituciones públicas han designado como ‘inviables’ a comunidades que llevan cientos de años habitando sus territorios?</p>
<p><strong>La mente occidental, encandilada por la Iluminación, no es capaz de reconocer que la tecnocracia es cosa reciente y que, en cuanto al saber, les preceden, y muy probablemente les sucedan, los antiguos, las y los moradores de antaño, a no ser que, en aras de un beneficio económico, no hayan introducido (vía créditos fiscales), las motosierras en las quebradas donde árboles y antiguos todavía pueden convivir.</strong></p>
<p>Qué duda cabe que la ignorancia de nuestro publicista es de larga y antigua data y que no es muy diferente de la del profesional universitario y demás representantes de un utilitarismo rentable.</p>
<p><strong>El pesado leño que ilustra la capacidad de carga de una camioneta no es más que eslabón más en la perpetuación de un analfabetismo radical: aquel que no es capaz de leer en la naturaleza los signos de la vida.</strong></p>
<p>Presuroso llega el comprador a aprovechar la oferta del mes y transa, por una decena de millones, sus esfuerzos personales, los de su familia y las privaciones que acompañan el pago de las cuotas que se avecinan en los próximos cuarenta y ocho meses.</p>
<p>A cambio puede lucir entre sus vecinos un objeto muerto que, merced a la combustión de fósiles igualmente muertos, puede trasladar trocitos de vida, aunque ello signifique asfixiarles también.</p>
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		<title>¿Están hablando de mí?</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Nov 2014 14:09:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[¿De mí? ¿Qué no saben que tengo un doctorado? ¿Qué estuve en París? ¿Qué me acaban de publicar…? Perdón, pero creo que ustedes nada saben. Los veo en sus mundos menudos, girando siempre en torno a la copucha del día, &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20141120110929/estan-hablando-de-mi/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿De mí? ¿Qué no saben que tengo un doctorado? ¿Qué estuve en París? ¿Qué me acaban de publicar…? Perdón, pero creo que ustedes nada saben. Los veo en sus mundos menudos, girando siempre en torno a la copucha del día, hablando de mí como si no tuvieran otra cosa que hacer.</p>
<p>Yo los entiendo. No es fácil llegar donde yo he llegado. A la<em> Yve League </em>no llega cualquiera. La <em>Penn University… </em>¡No tienen idea de lo que es eso! El campus lleno de esculturas, <em>Benjamin</em> (no Benjamín) Franklin está por todos lados y esas esculturas <em>postmo, </em>ese botón medio partido, perdón, poco saben de lo que es el arte.</p>
<p><strong>¿Historia conocida? ¿de sobra? ¿Le ha tocado soportar conversaciones en las que la otra persona no solo ha hecho lo que usted ha hecho sino que lo ha hecho mil veces mejor?</strong></p>
<p>“Estuve en el Museo de Gabriela Mistral”, se atreve a decir uno que se aventuró por el Elqui. “Sí, es interesante”, contesta el otro. “Pero … ¿no has ido a la casa de Atahualpa Yupanqui? Esa sí que es impresionante?” Y, de ahí, paciencia. Pisará las huellas de Anna Frank en su casa en Amsterdam, visitará el motel donde fue inmolado Martin Luther King, y así, hasta que el interlocutor se vea convocado por otras tareas más importantes, más urgentes, más necesarias, que estar perdiendo el tiempo con uno.</p>
<p><strong>Es el narcisismo. Para muchos la enfermedad de la época. Para otros, un mal de todos los tiempos, un mal necesario quizás, pero mal al fin y al cabo. Convencidos de su valía, los próceres de sí mismos suelen ser creativos, tratan de sacar ideas que de tarde en tarde dan con algunos blancos y permiten avanzar en las ciencias o en las artes. Pero, a costa de los muchos y muchas que se ven aplastados por el imperio de su inmodestia. “Aléjense de ellos lo más pronto posible”, recomienda un experto en el tema.</strong></p>
<p>¿Qué es lo patético del tiempo contemporáneo? No es el deseo – irrefrenable, a veces &#8211; de sacar adelante una idea, de inaugurar una nueva aventura tecnológica o de procurar una medicina que le lleve a uno, si no a la inmortalidad, por lo menos al Nobel. Son deseos genuinos, ¿no? Lo patético, creo, es la voracidad por ser reconocido, por demandar atención, por hacerse notar. Lo patético es tratar de hacerlo de modo irrefrenable y, en el intento, inventar credenciales y méritos que, en rigor, nunca han sido obtenidos. Lo patético es lo inauténtico.</p>
<p><strong>Lo indeseable es que se impongan los <em>hits, </em>los <em>like</em>, para medir la valía de cada cuál. Que sea el número de amigos en Facebook, las respuestas que uno genere en el Twitter, o las publicaciones <em>ISI – </em>empresa que acaba de cumplir cincuenta años contando cuantos artículos publica cada científico – que mida el quien es uno en la vida.</strong></p>
<p>Si antes nos quejamos de vivir para trabajar, hoy cabe lamentarse de vivir para puntear. El desafío es llegar a ser <em>trendy</em>, a marcar la escena con el nombre propio, como mi amigo que, al volver de Filadelfia, perdón de <em>Phily</em>, combinó sus apellidos paterno y materno, separándolos con un guión, y procuró hacérnoslo saber.</p>
<p>Y si ahí la historia se detuviera, tampoco habría gran problema. Lo escalofriante es que, a partir de estos deseos irrefrenables, se han creado instituciones o, más exactamente, se han creado mecanismos que erosionan los esfuerzos colectivos y los valores que a ellos pudieran asociarse.</p>
<p>Las universidades, por ejemplo, en algún momento concebidas, si no como la conciencia crítica de la sociedad, al menos como fuente del saber y del conocimiento, hoy no son más que grandes maquinarias que procuran puntuar unas más que otras en términos del número de <em>hits </em>que logran.</p>
<p><strong>Y no se diferencian mucho de un Real Madrid que recluta goleadores de las periferias del mundo. Futbolistas, académicos, artistas, escritores, más que jugar a la pelota, tratar de responder preguntas, crear mundos a través de la plástica o de las ficciones, lo que hacen es acumular puntos para llegar, finalmente, al <em>Philadelphia Sports Hall of Fame</em>, o a donde sea.</strong></p>
<p>Algo hay aquí que me recuerda el cuento de Adela Turín, <em>“La historia de los bonobos con gafas”</em>  que mi mujer leía a nuestras hijas. Cuatro bonobos fueron a Belfast a estudiar inglés. Al volver llegaron con maletines balbuceando palabras rarísimas: “<em>Full! Stop! Ring! Black!</em>” y, a quien las aprendiera, regalaban un par de gafas. Pero no a las bonobas, a quienes obligaban a usar un pañuelo, negándole las gafas aunque aprendieran las palabras. Al final, perdón por contar el final, las bonobas se aburrieron. Cambiaron de bosquecillo y  decidieron “hacer solo aquellas cosas que les gustaban de verdad”.</p>
<p>Instalada la marea megalómana en nuestras vidas, forzados a ganar puntos, gafas, a ir a Belfast, a Filadelfia y aprender palabras mágicas, no cabe sino emular a las bonobas, hacer lo que ellas hicieron: entregarse a lo que les gustaba de verdad.</p>
<p>Entretanto, permítanme <em>gogglearme</em>, ver como me ha ido en Academia.edu, pedir a mis estudiantes que busquen, citen, bajen y (ojalá) lean mis artículos y sancionar al colega que ose no referirme. Porque, ¿puede alguien hablar de lo que yo hablo sin citarme?</p>
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		<title>Pañuelos-a-cien</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Nov 2014 11:26:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta mañana vi que carabineros cursaba un parte a la señora que, en la Estación Los Héroes del Metro, vende pañuelos-a-cien. A veces, ante la inminente amenaza de un estornudo, le he comprado un pañuelo-a-cien. Hoy la vi angustiada mientras &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/sociedad/20141111082617/panuelos-a-cien/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta mañana vi que carabineros cursaba un parte a la señora que, en la Estación Los Héroes del Metro, vende pañuelos-a-cien. A veces, ante la inminente amenaza de un estornudo, le he comprado un pañuelo-a-cien. Hoy la vi angustiada mientras una mujer de la policía anotaba la falta en un talonario. Imagino que la señora quedaría citada al Juzgado de Policía Local, su mercadería confiscada, y forzada a pagar una multa.</p>
<p><strong>Luego recordé la edición del viernes de El Decano – así llaman al periódico más antiguo de mi país. Con fotos de múltiples colores, El Decano reclamaba la indolencia policial frente a las muchas señoras, caballeros y jóvenes que venden cosas-a-mil, a cien o tres-por-luca.Todos informales, todos ilegales, inundando las calles de una Providencia más bien indiferente o de una Alameda llena más de promesas que de otra cosa. Y pensé: “El Decano ha hecho su trabajo”.</strong></p>
<p>Luego, algunos minutos después, ya en mi oficina, mientras me preparaba el café, pensé lo importante que era que El Decano cumpliera su trabajo. La ciudad se plaga de ilegales, personas premunidas de manteles y de todo tipo de baratijas desplegadas como si la vereda fuese un bazar.Imposible transitar por ella, reclama El Decano. La labor periodística es, pues, un deber moral.</p>
<p><strong>Al final, señoras como la que vende pañuelos-a-cien defraudan el sistema tributario, ponen en jaque la economía, y amenazan a miles de ahorrantes del sistema previsional cuyas suertes dependen del buen funcionamiento del mercado.</strong></p>
<p>“Tal vez debiera estar agradecido de El Decano”, pensé. “¿Por qué no enviar una carta de agradecimiento?”Hoy tal vez pueda dormir tranquilo. Las veredas de la Providencia están aseguradas por la mirada vigilante de El Decano, mientras la señora de los pañuelos-a-cien se maldice a sí misma por no haber notado la presencia policial, por haber caído en la trampa y por haber perdido la mercadería.</p>
<p>Mientras cursaban la infracción, el rostro de los policías expresaba – o yo creía ver en ello – resignación. También el de señora de los pañuelos-a-cien y la de la señora de los jugos-naturales que, imagino habrá sufrido igual castigo.</p>
<p>La estación, los transeúntes, yo mismo, nos resignábamos al designio profético de El Decano. La ciudad, entre las 8:15 y las 8:30, era higienizada. De eso debiéramos estar agradecidos. Nadie se intoxicaría ni con los jugos, ni con las sopaipillas, ni con los sándwiches. Tampoco sería muy grande la merma para la fábrica de pañuelos-a-cien. Al final todo el país resultaba protegido.</p>
<p><strong>“Es curioso”, me dije, “El Decano ayuda, limpia, higieniza, no miente”. La sola presencia del periódico debiera ser un motivo de seguridad, de confianza, de transparencia. Debiéramos estarle agradecidos. Al periódico y a todos quienes, día a día, contribuyen a sentirnos en casa.</strong></p>
<p>A un ex alcalde que tanto hizo por el Municipio, a una senadora de mi Región que apenas pudo ganar su cupo parlamentario (porque no era de allí), a un candidato presidencial (¿o a más de uno?), a algunos funcionarios del tesoro (a quienes he visto clausurando el puesto de un zapatero por evadir sus obligaciones tributarias), hasta un chofer, un martillero público, un par de empresarios, todos quienes ameritan la condescendencia de El Decano.</p>
<p>Pienso que mañana, tal vez, compre diez pañuelos-a-cien. Mil pesos no es mucho.<strong> No tanto.Más se me fueron y se me van de mis precarios ahorros previsionales.</strong> <strong>Puede que me multen, que algún reportaje investigativo de El Decano informe de aquellos ciudadanos-cómplices de la gran trama del delito callejero, de compradores y consumidores irresponsables que mejor harían en guardar sus pesos en instituciones financieras solventes, de aquellas que aseguran el progreso del país y a las que debemos agradecer su generoso aporte, esta vez, a la Teletón.</strong></p>
<p>Si no es mañana, pasado mañana, la Alameda, la Providencia y hasta la mismísima torre de Entel volverán a su normalidad. A pesar de todo podré caminar tranquilo a mi trabajo y no me preocupará mucho el resfrío del día pues, con un pañuelo-a-cien, me siento protegido.</p>
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		<item>
		<title>Acerca de memorias y mutilaciones</title>
		<link>http://blogs.cooperativa.cl/opinion/derechos-humanos/20140320082304/acerca-de-memorias-y-mutilaciones/</link>
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		<pubDate>Thu, 20 Mar 2014 11:23:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Derechos humanos]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[La propuesta del artista sueco Jonas Dahlberg ha sido escogida por unanimidad para construir un memorial en recuerdo de setenta y siete jóvenes muertos en la masacre de Utoya, Noruega, en julio de 2011. La obra representa una memoria herida &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/derechos-humanos/20140320082304/acerca-de-memorias-y-mutilaciones/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La propuesta del artista sueco Jonas Dahlberg ha sido escogida por unanimidad para construir un memorial en recuerdo de setenta y siete jóvenes muertos en la masacre de Utoya, Noruega, en julio de 2011.</p>
<p><strong>La obra representa una memoria herida que, en forma traumática, parte la tierra en dos y se materializa en una incisión que crea un espacio abierto entre lo que ahora serán dos islas. Así se evoca la ausencia de las y los adolescentes asesinados por un desquiciado empresario fundamentalista cristiano, auto declarado como “enemigo de la sociedad multicultural”.</strong></p>
<p>La propuesta del artista pone en evidencia lo que muchos pueblos tuvieron siempre claro: lo que se haga a los seres humanos se hace a la naturaleza, y, lo que a la naturaleza se haga, a los seres humanos se hace.</p>
<p>El paisaje es el mejor espejo de las relaciones que los seres humanos establecen entre sí y con la naturaleza. La absoluta indiferencia con que se rajan los cerros para arrebatar de su interior los minerales o con que se talan los bosques para arrancar la pulpa de los troncos caídos son expresión de una mirada enferma que separa a las cosas de su origen.</p>
<p>Es impensable que la gran empresa del cobre o la industria pesquera comprendan que su acción es mutiladora, que hay trozos de vida que son sacados de cuajo para el puro lucro de algunos inversionistas.</p>
<p><strong>La vida, sin embargo, no se juega con las separaciones que en algún momento el pensamiento analítico le ha impuesto, ni con las disposiciones legales y administrativas con que ficticiamente se establecen distinciones, ni con el afán de quienes lucran con ella: no es necesario esperar el próximo tsunami para entender que mar y tierra son parte de una misma historia.</strong></p>
<p>Las islas, por ejemplo, lo son más en la imaginación humana que en el curso diario de las interacciones entre aves, corrientes marinas, vientos, polen, navegantes y desperdicios que hacen imposible advertir donde radica el aislamiento con que el pensamiento occidental las ha caracterizado.</p>
<p>¿Que los seres humanos se han nutrido de la naturaleza y que estos de aquella? ¿Qué duda cabe?</p>
<p>La pregunta es ¿cómo lo han hecho? ¿A la chilena? ¿A destajo? O,¿de un modo u otro?</p>
<p>Pareciera que – en promedio – más de lo segundo que de lo primero. Iluminados por la comprensión que entiende, al estilo de la propuesta de Dahlberg, que algo sagrado hay entre los seres humanos y la naturaleza.<strong>Se entiende, desde aquellas otras miradas, que, para cortar un árbol, hay que pedir permiso y que, como ocurre en la celebración mapuche del nguillatún, si la naturaleza no ha sido benigna es porque la gente no ha hecho las cosas como se debe.</strong></p>
<p>En Chile, ¿se han hecho como es debido?</p>
<p>Veamos una situación reciente. Cito a radio Bío-Bío:<em> “Cerca de 400 familias pehuenche de la comuna de Alto Bío-Bío podrán contar nuevamente con suministro eléctrico, tras saldar deudas históricas”</em>. Entiendo que la noticia no es especialmente popular (lleva solo 31 visitas en la red virtual). Pero, a mi parecer, es estremecedora.</p>
<p>El Estado chileno se apropia, a fines del siglo diecinueve, de tierras indígenas que proclama como fiscales. Amputación, a todas luces, o, si se prefiere, despojo disfrazado de regularización de tierras.</p>
<p>No conforme con ello, el Estado, a fines del siglo veinte, autoriza a una empresa – Endesa &#8211; a inundar el territorio para extraer de el su energía y convertirla en dividendos accionarios.</p>
<p>Amputación, ¿no? Si el sentido común nuestro pudiese ver lo que es visible a simple vista &#8211; que nos prolongamos en la naturaleza que nos rodea &#8211; sabría que cualquier cosa que se quita a la naturaleza, a los seres humanos se expropia.</p>
<p><strong>Y, vaya sorpresa, al comenzar el siglo veintiuno nos encontramos con que ¡son las familias pehuenches quienes deben saldar deudas históricas! Esto es lo más desvergonzado que me ha tocado leer en estos días.</strong></p>
<p>Vuelvo a Noruega. Un empresario desquiciado hirió al pueblo matando adolescentes. Hirió al país y el país debe recordar esa herida. Eso no puede olvidarse: la isla dividida se tornará en recuerdo permanente de lo que no debió haber ocurrido.</p>
<p><strong>Y, en Chile, ¿cuántos heridas hay que restañar? ¿Hay siquiera conciencia de las heridas en cuestión?</strong></p>
<p>Aparte de los treinta y un lectores de una noticia, ¿habrá quien se avergüence no solo de las mutilaciones que a sus pueblos han sido expuestos sino que de la desfachatez con que tales despojos han alimentado la codicia de algunos?</p>
<p>N del autor: La propuesta se puede encontrar en:<em>http:/<a href="/www.designboom.com/art/jonas-dahlberg-slices-memory-wound-utoya-island-norway-july-22-memorial-site-03-06-2014/">/www.designboom.com/art/jonas-dahlberg-slices-memory-wound-utoya-island-norway-july-22-memorial-site-03-06-2014/</a></em></p>
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		<title>Nicolasa Quintreman</title>
		<link>http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20131226121507/nicolasa-quintreman/</link>
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		<pubDate>Thu, 26 Dec 2013 15:15:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando en el verano los chilenos llegamos a los lagos y ríos del sur, nuestro impulso es zambullirnos en ellos.Algunos no tardarán en equiparse con lanchas a motor, motos de agua y tablas deslizantes; otros verán oportunidades de negocio y &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20131226121507/nicolasa-quintreman/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando en el verano los chilenos llegamos a los lagos y ríos del sur, nuestro impulso es zambullirnos en ellos.Algunos no tardarán en equiparse con lanchas a motor, motos de agua y tablas deslizantes; otros verán oportunidades de negocio y construirán costaneras, playas artificiales y edificios para vender a buen precio.</p>
<p>Unidos bajo los mismos predicamentos marchamos hacia el sur, con una pobre mirada del mundo que no tardamos en convertir en imperio. El mundo – creemos &#8211; es como lo vemos, y lo que se ve son los espejos de agua, cascadas y torrentes fluviales.</p>
<p>Y no sólo eso. El mundo ha sido dispuesto – creemos &#8211; para nuestro beneficio, para el disfrute individual y ojalá exclusivo de sus “atracciones”: playas privadas, vista exclusiva, orilla de lago o mar (aunque después lamentemos los efectos de las marejadas).</p>
<p>Pero el mundo puede ser otro. Las profundidades del <em>lafquen</em>, de esos extensos cuerpos de agua lacustre o marítima, pueden estar habitadas por otros seres que se hacen parte de la vida.</p>
<p>No sólo hay peces para el disfrute de pescadores deportivos; hay hundimientos de embarcaciones, huellas de los antiguos, restos de sacrificios rituales ofrendados a <em>Sumpall,</em> el <em>ngeno</em> dueño de las aguas, conexiones con volcanes y con los espíritus de los ancestros. Aquí las profundidades no se miden en metros; lo que cuenta es la historia densa, concentrada, de cuerpos humanos y no humanos, de espíritus y cosas que se aglomeran en el fondo para constituir un mundo numinoso y sagrado.Zambullirse en estas aguas es impensable.</p>
<p><strong>La muerte de Nicolasa Quintreman no es natural.Ninguna muerte es natural.Hoy sus espíritus, el <em>am,</em> el <em>pulli</em>, inician el largo camino que la vuelven al mundo de los antiguos. Sus espíritus siguen los devaneos de las bandurrias, el vuelo <em>raki</em> que lleva siempre de vuelta al lugar de origen.</strong></p>
<p>Tal vez alguno de estos espíritus permanezca en el fondo de las aguas apresadas por la codicia empresarial, tal vez allí anide, mezclado con los espíritus de otros difuntos cuyos cuerpos fueron olvidados en el fondo de la presa. Una ciudadela de seres trascendentes que no han sido derrotados por la codicia, como no lo ha sido Nicolasa, espera su tiempo en un fondo de aguas turbias.</p>
<p>Bien sabe el <em>pewen,</em> la araucaria, que, en un corto tramo del crecimiento de su tronco, debe tolerar la insolencia de una especie que, a diferencia de otras, necesita destruirlo todo para poder seguir siendo.</p>
<p>A fuerza de historia, los <em>pewenes</em> acumulan paciencia, refugiados en las alturas cordilleranas ofrendan sus frutos a quienes les respetan.</p>
<p><strong>Saben los <em>pwenes</em>, como sabe todo árbol añoso, sea alerce o roble, que, al cabo, volverá Nicolasa desde el <em>wenumapu</em>. Encontrará a su paso lodazales, tierra inutilizada, árboles muertos, murallones de concretos y esqueletos de artificios mecánicos de metal.</strong></p>
<p>Al igual que lo que ocurre con toda empresa bananera, lo que un día se prometió como progreso habrá dejado tras de sí un reguero de cosas inutilizadas e inutilizables.Seguirán, no obstante, habiendo <em>pewenes</em> que reciban a Nicolasa cuando ya no haya siquiera recuerdo de una empresa llamada ENDESA.</p>
<p>La muerte de Nicolasa no fue natural. Fue anunciada y tomó años en cobrar su palabra.El mal había sido tirado hacía tiempo y era cuestión de esperar.<strong>ENDESA había pronunciado su sentencia y, como suelen hacer los brujos, apresó en un pañuelo de cemento las aguas que daban vida a Nicolasa y a su gente.Lo demás es cosa sabida.</strong></p>
<p>Pero los brujos y las cosas por ellos creadas no tienen buen destino. Saben los campesinos del continente que las figuras de terno, dientes de oro y zapatos lustrosos son de temer, que donde ponen sus firmas nada crece después, que la riqueza que traen consigo es miseria del porvenir.</p>
<p><strong>Nicolasa no ha perdido. No ha sido derrotada. El maleficio caído sobre su pueblo es, mirado desde las ramas de los pewenes, un detalle en la historia.</strong></p>
<p>Mientras los chilenos seguimos año a año zambulléndonos en los ríos y en las aguas del sur, premunidos de filtros solares y preparados con dietas adelgazantes, apenas sospechamos de las formas como hemos mutilado nuestro futuro.<strong>Los triunfos empresariales son, a final de cuentas, praderas desoladas, pampas devastadas y hondonadas que, a falta de nombre mejor habido, son llamadas relaves.</strong></p>
<p>Las hermanas Quintreman tenían razón, entre ellas y ENDESA sólo había un pobre: aquel que codiciaba las tierras y aguas de las que carecía y de las que ellas eran parte.</p>
<p>El corolario de la historia, empero, no es alentador: finalmente la pobreza en cuestión ha sido endosada a las y los habitantes actuales y futuros, humanos y no humanos, de una franja de tierra llamada Chile.</p>
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		<item>
		<title>Un alivio momentáneo</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Jun 2013 13:34:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[Como si fuese un partido de fútbol, por nueve a cero la Corte Suprema de los Estados Unidos rechazó la posibilidad de patentar genes humanos. En un fallo unánime se impidió lo que en rigor es la privatización del material &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/justicia/20130615093451/un-alivio-momentaneo/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como si fuese un partido de fútbol, por nueve a cero la Corte Suprema de los Estados Unidos rechazó la posibilidad de patentar genes humanos. En un fallo unánime se impidió lo que en rigor es la privatización del material genético de la especie, pero no fue un fallo tan contundente como los números lo sugieren: la posibilidad de convertir en mercadería genes modificados se mantuvo abierta, de modo que del 9 a 0 se vuelve a un 0 a 0 inicial.</p>
<p><strong>Lo que estuvo en juego, como pudiera creerse, no fue la mercantilización de la materia que hace posible la existencia humana. No. Se trataba de discutir un caso acerca de patentes comerciales y, por lo tanto, que era lo que podía o no protegerse desde un punto de vista legal.</strong></p>
<p>El tema de fondo era, pues, el de la invención. El juez de triste recuerdo por casos de acoso sexual, Clarence Thomas, arguyó, <em>“la empresa no ha creado nada. Encontraron un gen útil e importante, pero separar un gen del material genético circundante no es un acto de invención”.</em></p>
<p>¿En que consiste la creatividad del ser humano?¿En separar cosas del mundo y presentarlas como si fuesen invento propio? ¿En replicar el mundo y reclamar autoría por ello?</p>
<p>La Corte asume que es patentable aquella manipulación genética que da como resultado algo que no existe previamente en la naturaleza. La puerta se abre para modificar el material genético y ventilarlos en el pujante sector de la salud privada (y no en el del sector privado de salud).</p>
<p>L<strong>os mercados bursátiles atentos al caso sintieron el golpe. A pocas horas de la sentencia, los especuladores hicieron caer en más de un 5 por ciento el valor de las acciones de Myriad Genetics. Sin embargo, y éste era el argumento de la empresa, aún están abiertas las puertas para poder seguir operando comercialmente con productos manipulados genéticamente. “Aún tenemos mercado, consumidores” anunciaban sus ejecutivos en medio de la refriega.</strong></p>
<p>Gran parte de la discusión generada en torno al caso se centró en los costos médicos asociados al uso del gen que hubiese sido comercialmente patentado. Los diagnósticos de cáncer ovárico y mamario no costarán los casi dos millones de pesos que hubieran costado de haber triunfado la posición de la empresa.</p>
<p>Si el caso dependiera de empresas como Myriad Genetics, de UTAH, y no de los poderes públicos ejerciendo su deber ante la ciudadanía, en breve dispondríamos de bancos genéticos entregados al libre juego de la oferta y la demanda.</p>
<p><strong>Recursos heredados en cuestiones tan dispares como la apariencia física de las personas, la propensión o la resistencia a ciertas enfermedades, serían valorizados de acuerdo a la capacidad de pago de los consumidores. No estarían “itemizados” por FONASA pero disponibles en las Isapres privadas para sus clientes selectos: hombres, jóvenes, solteros y de altísimos ingresos.</strong></p>
<p>Las empresas y consorcios asociados a la ingeniería genética estuvieron, hasta antes de este fallo judicial, a punto de dar un zarpazo final para apropiarse de lo que en definitiva nos posibilita ser humanos.</p>
<p><strong>Por esta vía, las clases superiores estuvieron igualmente a punto de zanjar biológicamente sus diferencias con los condenados de la tierra y, sin mediar campos de concentración (o sólo mediando campos de control y deportación para inmigrantes) concluir con el inacabado sueño hitleriano de una “raza” perfecta.</strong></p>
<p>Empero, la discusión de fondo acerca de la “puesta en valor” de la genética humana – modificada o no – no es materia del interés general. En la lógica comercial de Occidente, los valores del mercado determinan buena parte de los intereses, motivaciones y preocupaciones de la sociedad y, con ello, la suerte dispar de la ciudadanía.</p>
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		<item>
		<title>Una mirada a la desigualdad regional</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Apr 2012 19:30:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[El problema de las regiones en Chile puede entenderse de modo simple si se considera que los recursos no están donde están los dividendos, ni los dividendos donde se los necesitan; el poder no sirve a las personas ni a &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20120403153059/una-mirada-a-la-desigualdad-regional/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El problema de las regiones en Chile puede entenderse de modo simple si se considera que los recursos no están donde están los dividendos, ni los dividendos donde se los necesitan; el poder no sirve a las personas ni a los lugares que lo hacen posible; quienes deciden los destinos de las regiones no son de donde debieran y el país, en general, se piensa desde otra parte.</p>
<p>La ceguera centralista ignora la población y territorio que gobierna y de los que, no obstante, se sirve.</p>
<p>No debe olvidarse que las riquezas principales provienen del trabajo de las personas ejercido en lugares distintos a la capital: el cobre, la madera, la pesca, la agricultura de exportación –industrias extractivas y contaminantes por lo general- se dispersan de sur a norte, dejando las divisas en el centro y las basuras en las regiones.</p>
<p>La contaminación del plomo en Antofagasta, o del procesamiento de la celulosa en Valdivia, o de las aguas en Chiloé producto de la industria del salmón no son sino ejemplos de una lógica empresarial perturbadora.</p>
<p>El despojo de las provincias se invierte en la opulencia del centro donde se manifiesta en una obscena concentración de los recursos.</p>
<p><strong>En Avenida Las Condes, por ejemplo, se cuentan los servicentros por cuadra pero líbrese quien se encuentre sin bencina camino a Ancud.</strong></p>
<p>Uno de los requisitos del Transantiago son sus paraderos, pero no vaya a ser que a alguien sorprenda la lluvia interminable de Valdivia esperando la micro 14, vehículo, además, dado de baja en Quillota y comprado de tercera mano por un modesto empresario sureño.</p>
<p>Y ni hablar de una complicación de apendicitis que es muerte segura para quien viva en Rupumeica.</p>
<p>Frente al desparpajo metropolitano hay realidades regionales, complejas, con historias propias e identidades emergentes. Allí se vive Chile al modo propio, que es el modo postergado.</p>
<p><strong>En el pasado, con niveles de mayor autoabastecimiento y en un país donde la riqueza se vivía con cierto recato, el padecimiento provincial podía ser más llevadero.</strong> Pero la metrópoli no se conformó con embarcar el mejor trigo en el puerto de Corral para desembarcar, a cambio, uno de peor calidad.</p>
<p>Por el contrario, a través de plantaciones forestales, de los frutos de exportación y demás ingenios productivos expulsó a las poblaciones de sus tierras, les quitó el agua, y contaminó no sólo sus casas sino también a sus hijas e hijos.</p>
<p>Las rebeldías que tales imposiciones pudiesen producir se asfixian mediante un sistema político que dispone la obediencia del gobierno regional al central y, por la vía de la representación, asegura la supervivencia de la clase política de vocación centralina: debemos recordar que aquella lo es de los partidos más que de los distritos electorales.  El caso de Valdivia es elocuente por la persistencia de sus senadores designados sea por efecto de ley sea por acuerdos internos de los partidos a nivel central.</p>
<p>La asfixia política impuesta a las regiones encuentra un desahogo importante al existir una sensibilidad nacional que, al saberse defraudada por el exitismo del modelo exportador, se retrotrae a lo local.</p>
<p>Su indignación se exacerba con el contraste que se establece entre el abandono y la opulencia con que los exportadores derrochan la riqueza del país. La imagen no se aleja mucho de lo que fuera el comportamiento aristocrático en los decenios que transcurren al advenir el siglo XX como nos lo recuerdan las lecturas de Alberto Blest Gana o de Alberto Edwards.</p>
<p>La indignación regional se vehicula a través de movimientos sociales locales y liderazgos regionales que, en buena hora, desbordan las calles, profundizando así la participación ciudadana en los procesos en los que le cabe ser protagonista.</p>
<p>No basta, empero, con sofocar el ardor de la protesta con subsidios y dádivas de los regentes. Si bien necesario, el subsidio a la leña o la construcción de servicios hospitalarios debieran ser conducentes a decisiones de mayor alcance.</p>
<p>Opciones las hay pero requieren de renuncias que no siempre los privilegiados del día están dispuestos a conceder. El descontento regional supone construir otro país donde la riqueza se viva con cierta dignidad y la política se ejerza con algo de decoro.</p>
<p>En lo inmediato, difícil es pensar que los subsidios dejen de ser sólo subsidios a menos que se establezcan autonomías políticas regionales, reconocedoras ellas mismas de la diversidad cultural local.</p>
<p><strong>Se puede trocar el abandono por bienestar si se fomentan las prácticas de autoconsumo y autoproducción, si existen tributos locales y regionales y si los planes de desarrollo privilegian la retención poblacional y el bienestar de la comunidad por sobre los ingresos de las corporaciones e intereses privados.</strong></p>
<p>Habrá futuro si, frente a la depredación del territorio, se tienda a proteger, conservar y manejar sustentablemente la naturaleza, y si se fomenta la investigación científica regionalmente pertinente.</p>
<p>¿Puede Chile sostener la opulencia de Chicureo, La Dehesa o Santa María de Manquehue?</p>
<p>Sí, pero al costo de abandonar a las regiones, devastar la naturaleza y hundir al país en la desigualdad, la violencia y convulsión social.</p>
<p>La alternativa supone un mayor protagonismo del resto de la población, atenta, a través de una ciudadanía activa, al cumplimiento de las políticas públicas y acuerdos  internacionales, e involucrada en las transformaciones que truecan la escena actual por la de un país digno.</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Historias de árboles</title>
		<link>http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120102160930/historias-de-arboles/</link>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 20:09:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[Un gigantesco incendio forestal en las Torres del Paine vuelve a poner en entredicho la relación que nuestro país ha construido con la naturaleza de que es parte. Las llamas que envuelven la estepa magallánica no son, ni con mucho, &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120102160930/historias-de-arboles/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un gigantesco incendio forestal en las Torres del Paine vuelve a poner en entredicho la relación que nuestro país ha construido con la naturaleza de que es parte.</p>
<p>Las llamas que envuelven la estepa magallánica no son, ni con mucho, las únicas que hayan asolado a los bosques del sur de Chile y, probablemente, no sean las últimas.</p>
<p>El llamar a lo sucedido un desastre ambiental puede inducir a equívocos: desastre sin duda que es. Ambiental, ¿qué duda cabe? Pero el equívoco tiene otro origen: el de considerar que lo que ocurre a la naturaleza es en cierto modo inevitable.</p>
<p>A lo sumo se sancionará a la persona responsable con alguna pena remitida, se dictará un par de normas inútiles, se dispondrá de nuevo personal y, con el fin del fuego, la materia lo será del olvido.</p>
<p>Hay en la base de estas catástrofes, desencuentros de los que los propios árboles nos hablan.</p>
<p>No en vano hay quienes ven en ellos palos, metros ruma, dólares. En cualquier lugar del país los árboles y arbustos pueden ser, en realidad, considerados como sobrevivientes de la ignorancia y de las catástrofes sociales que ocurren en su derredor.</p>
<p>La principal fogata que les ha llevado a la extinción o cuasi extinción ha sido la voracidad humana ejercida a través del fuego directo, de la motosierra, del pastoreo de animales, del uso de leña o del subsidio forestal. El tamarugo, el quillay, el toromiro, el alerce, la araucaria chilena, el mañío son candidatos a ser piezas de museo más que del paisaje chileno.</p>
<p><strong>En la raíz de los incendios y daños ambientales hay un desencuentro brutal entre habitantes y territorio habitado. </strong></p>
<p>Ha primado en nosotros una curiosa voluntad de no querer ser lo que somos, de sustituir lo que tenemos por otras cosas. Hace algunos años, un periódico titulaba una de sus entrevistas señalando: “El rey es el plátano oriental y el mejor árbol para Santiago”. Los quillayes, maitenes y el olivillo quedaban excluidos, también el peumo porque “tiene un aspecto de arbusto”. Las especies nativas, por cualquiera fuera el motivo, no se consideraban en el paisajismo propugnado por el entrevistado.</p>
<p>El desencuentro reconoce no sólo el desprecio estético por las especies nativas sino también limitaciones lingüísticas para denominarlas, entenderlas y clasificarlas.</p>
<p><strong>La dificultad de pronunciar ñirre, por ejemplo, una voz del mapudungun, no sólo habla de la odiosa relación que los chilenos tenemos con las especies nativas sino que, también, con la fonética mapuche (sabemos como pesan fonemas como el ch o el tr en las escalas de prestigio lingüístico de nuestro país), y con la histórica negación que hemos hecho de nuestra condición mestiza. Los árboles nos hablan de ello. </strong></p>
<p>En las lengas y ñirres los europeos vieron sus hayas (fagus) y, para clasificarlos, su ingenio fue limitado y no pasó más allá de entender lo visto como una negación de lo que ya conocían: Nothofaguspumilio y Nothofagus antárctica, fue como respectivamente clasificaron a estos árboles.</p>
<p>La imaginación popular recrea los equívocos de conquistadores, colonos y otros visitantes al territorio nacional. Madres y padres proclaman criar a sus hijos “derechito” para que crezcan como los árboles, con el único inconveniente que los árboles nuestros, al modo de los arrayanes, por ejemplo, suelen hacer lo contrario.</p>
<p>Pero, claro, la obsesión forestal prusiana había logrado, hacia fines del siglo XVII, identificar, domesticar y plantar lo que llamaron un normalbaum, esto es, alguna especie que pudiera conformarse a los imperativos de una ciencia forestal y de un Estado que expande su control sobre un territorio cuyo “desorden” le resulta problemático.</p>
<p>El pino fue una de tales especies y, en efecto, se hacía crecer derechito, amén de impedir – muchas veces con la asistencia técnica de expertos en pesticidas &#8211; que otros árboles y arbustos pudieran florecer junto a él.</p>
<p>En la medida en que el bosque se hacía maderable y controlable desaparecían de el, leñadores, conejos, liebres, pájaros, helechos, lianas y todo lo demás que constituye un bosque. No es de extrañar, en consecuencia, que nuestras hijas e hijos entendieran como bosque lo que en realidad era una plantación.</p>
<p>El bosque templado apareció ante los conquistadores españoles y los colonos alemanes y chilenos como un masa vegetal desordenada, a ratos intransitable: una naturaleza que, al igual que en Prusia y Sajonia,  había que controlar.</p>
<p><strong>Las ilusiones y conquistas europeas se incorporan en un folclore que consagra al pino como el árbol navideño e instala un manzano en el Jardín del Edén, aun cuando las manzanas crecieran en Kazakhstan, a varios miles de kilómetros de distancia de donde se pensaba que podría haber estado el paraíso. </strong></p>
<p>El árbol es el modelo aristócrata para dar cuenta del pretendido noble e incluso divino origen de las familias de buena posición: los árboles genealógicos sirven al efecto y tal vez ello sea inspiración para que las clases chilenas emergentes, asociadas al furor del carbón y del salitre, importen ochenta mil árboles o más hacia fines del siglo XIX, buscando legitimarse como un nuevo jugador en la arena del poder.</p>
<p>La araucaria brasileña (angustiforme), las acacias, las palmeras y otras especies exóticas sirven de heraldo a los ricos de reciente cuño. El Parque Cousiño (hoy O’Higgins) es el testimonio de un Santiago poniente, ordenado de acuerdo a los cánones franceses de la época.</p>
<p>En el siglo XX proliferan en la ciudad los plátanos orientales, provocando la movilización en su contra de quienes padecen alergias que asocian a la especie.</p>
<p>Los árboles no son indiferentes a la salud pública ni a la vida política de la nación. “Se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. La fuerza poética del mensaje política y humanamente heroico del Presidente Allende conserva algo del androcentrismo propio de la época y del eurocentrismo que ha servido al país de modelo.</p>
<p>No son algarrobos, bellotos o palmas chilenas sino árboles típicos españoles los que se usaron como ornamentación de las casas patronales. De los Tres Álamos ni hablar.</p>
<p><strong>La furia antimarxista llevo al alcalde designado de Corral a eliminar los notros que embellecían la plaza de la pequeña ciudad puerto. No era admisible que árboles de flores rojas intensas se levantaran frente al edificio edilicio en momentos en que una longitud de onda de 700 nanómetros (unidad de medición del color rojo) era considerada peligrosa. </strong></p>
<p>El retorno a la democracia en Chile se deja encantar con las palmeras. Las phoenixcanariensis que antaño se emplearan para señalar los cuatro puntos cardinales de la casa del patrón, obsesionan a un mandatario y se multiplican por todas partes, especialmente en el Aeropuerto Internacional de Pudahuel donde el visitante puede evocar tierras tropicales más próximas a Hawaii o a Miami que al valle del Mapocho, donde están emplazadas. El noventa por ciento de las especies allí existentes son alóctonas.</p>
<p>No es extraño que no sepamos pronunciar la palabra ñirre y que los digüeñes, nalcas, y piñones  parezcan provenir de las profundidades de un sur desconocido, de las curiosidades de la gastronomía indígena o de libros tomados de bibliotecas ya desaparecidas.</p>
<p>Nuestra dislalia – al menos en lo que al mapudungun concierne &#8211; es el síntoma de desencuentro con el paisaje de que somos parte. Fruto de tal desencuentro, poco y nada importa lo que escapa al dogma estético que torna al jardín inglés en signo inequívoco del buen gusto aristocrático. Aquellas vastas franjas del territorio sólo importan si es que pueden alimentar la voracidad xenofílica de las elites centralinas.</p>
<p>Los árboles – y, sobre todo, los despojos de los bosques chilenos – cuentan una historia que no quiere ser oída, una historia a la que se resisten quienes prefieren entender la naturaleza como un almacén al que se puede recurrir toda vez que la tecnología, el mercado y, sobre todo, el Estado lo permitan (y, en ocasiones, incluso cuando la autoridad lo prohíbe).</p>
<p>Incendios, catástrofes ambientales y árboles muertos habrá mientras persista la ignorancia que, imbuida del poder que le confiere la ceguera pública, se vuelve arrogante frente a humedales, cursos de agua, arenales, bosques y estepas.</p>
<p>Entretanto, estaremos atentos a los resultados del próximo Rally Dakar en su paso por el desierto de Atacama.</p>
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		<title>Demasiadas certezas</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jul 2011 15:36:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[Juan René Muñoz Alarcón era de aquellos cuyas certezas eran necesarias para la época. Eran necesarias y peligrosas, tan peligrosas que – para desenfundarlas – debía enfundarse el mismo. Caminaba junto a los soldados por las graderías de nuestro principal &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20110721113617/demasiadas-certezas/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Juan René Muñoz Alarcón era de aquellos cuyas certezas eran necesarias para la época. Eran necesarias y peligrosas, tan peligrosas que – para desenfundarlas – debía enfundarse el mismo.</p>
<p>Caminaba junto a los soldados por las graderías de nuestro principal coliseo deportivo, como le llaman los comentaristas radiales. Su dedo apuntaba como fusil.</p>
<p>“Este era del Regional Santiago”, decía y su antiguo compañero caía antes de caer por las balas. “Reconocí a bastante gente”, escribe Muñoz.</p>
<p>“Muchos de ellos murieron y soy el responsable de la muerte de ellos por el solo hecho de haberlos reconocido y haberlos acusado de ser mis antiguos compañeros”.</p>
<p>Las cartas estaban echadas y las certezas eran fulminantes como rayos. Meses antes Muñoz recorría las calles de Santiago, odiando a sus compañeros de partido, sintiéndose rechazado por ellos y acusándoles de aprovechamiento sindical. Su mirada oblicua destila buena parte de su ira, ira que lo es de una época cuya efervescencia presagia un mal destino.</p>
<p>Muñoz murió apuñalado en Vicuña Mackenna, sabía mucho, hablaba mucho, odiaba mucho.  Sus certezas, sus acusaciones, se alimentaban de un poderoso fermento: la rabia y seguramente del miedo que el mundo en él provocaba.</p>
<p>Hoy se habla de modo distinto. Pero las certezas siguen afincadas en las conciencias, cimentadas en miedos y resentimientos, aguardando ser expresadas para eliminar por fin a la causa de aquellos temores.</p>
<p><strong>Desde el blog presidencial se acusa: “Dirigente comunista de los Profesores sr Gajardo, degrada al gremio” (sic) y se sentencia: “EL VIOLENTISTA SR  GAJARDO DEBERÁ RESPONDER ANTE LA JUSTICIA” (sic). Un parlamentario, Gustavo Hasbún, no duda en acusar de “negligencia inexcusable” a un juez a quien tilda de “descriteriado”. La certeza radica tanto en el Presidente como en el parlamentario: sólo un violentista o un anormal podrían obrar de modo distinto a como ellos esperan.</strong></p>
<p>Las certezas así planteadas son de temer y de temer son quienes así las formulan.</p>
<p>Son de temer pues niegan el respiro a quien se arriesga a dudar, a preguntar, a curiosear en el mundo, o, simplemente, a buscar la verdad. Más aún, son temibles pues impunemente pueden sellar la suerte de quienes calcen (o no calcen) con lo que se proclame como cierto.</p>
<p>Ser un juez que se atiene a la ley o ser militante comunista puede ser peligroso como también puede serlo ser acusado de fascista, de “sapo” o de soplón.</p>
<p>La concertación de prejuicios o la alianza de miedos inconfesados pueden tornar en paria a quien pudiera estar más cerca de lo cierto. “Sí”, aseguraron en Puerto Montt hace algún tiempo unos vecinos, “fue un gitano que atropello a los niños”.</p>
<p>La voz sirvió de fuego para encender carpas y vehículos de los acusados.</p>
<p>Naturalmente que la justicia y la policía dirían algo distinto: uno de los propios puertomontinos había sido quien cometió el atropello.</p>
<p>Los seres humanos podríamos estar cansados y cansadas de tanta cacería de brujas (nótese, de brujas, no de brujos ni mucho menos de conspiradores, ni de zalameros, ni de intrigantes) a no ser que, como en el caso de Puerto Montt o en el de Muñoz o en el del presidente o en el del parlamentario acusador, tales cazas redituaran para beneficio propio.</p>
<p>A no poco tiempo atrás, Vasco Moulian, un comentarista de espectáculos, acusaba a un pariente suyo, Rodrigo Moulian, profesor universitario, por sus orientaciones políticas, lo que le permitía denunciar el  carácter “ideologizado” que las universidades del Consejo de Rectores tienen.</p>
<p>El acusado, en este caso, es uno de los investigadores más importantes del país en el ámbito de la antropología. Tras esta enfermiza especulación cabe preguntarse qué es lo que pretende este comentarista de espectáculos.</p>
<p>No se sabe si es el sistema de universidades privadas lo que defiende o el modesto y estrecho ámbito de los espectáculos de los que vive o si son simplemente celos. No se sabe y para el caso no importa.</p>
<p>Lo preocupante es la acusación fácil, el dardo desnudo de cuyas consecuencias poco se llega a saber y que, obviamente, son indiferentes al comentarista (como lo fueron las que en su momento hiciera Muñoz o los vecinos de Puerto Montt y cuyo poder devastador hace que muchas y muchos prefieran olvidar).</p>
<p>Hay muchas certezas y muchos acusadores que las esgrimen. De temer son quienes pronuncian como verdades absolutas las creencias que profesan: aquellos que no trepidan en asfixiar a quienes les incomodan.</p>
<p>Hay más de los que el país soporta. Detrás de cada acusador está, como lo plantea el filósofo Norberto Espinoza, el deseo de que la realidad se comporte según se la piensa. Espinoza habla de personalidad ideológica. Esto es, de los igualmente inefables fiscales cuya modesta comprensión no les permite sino distinguir lo blanco del negro o lo que está escrito en letras de moldes de lo que no lo está.</p>
<p>Las cosas del mundo, no obstante, son policromas y sólo algunas de ellas, a golpe de acuerdos, desacuerdos, borrones y cuentas nuevas llegan a ver formas escritas.</p>
<p>A tanto fanático que se mueve en la arena pública convendría recordar que ni las cartas están echadas, ni las verdades están dichas. Por el contrario, es en el despliegue de las y los muchos reclamos del presente, preñados de recuerdos oficiales y no oficiales y de sueños confesados e inconfesables, como se mueven las colectividades, y como se crean los nuevos mundos.</p>
<p>Es en esta maraña de enredos y confusiones donde la vida se hace posible y es, en medio de tanta persona diversa, como la realidad se vuelve vivible. Tornar al otro en sospechoso, hacerlo porque calce o no con mi verdad, equivale construir cárceles virtuales que de tanto aislar a los demás terminan por aislar a quien las empezó a construir.</p>
<p>Peor aún, es instigar a los demás a procurar víctimas sacrificables que les hagan sentir que “teníamos la razón”.</p>
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		<title>A propósito del virus sincicial</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 12:10:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Carlos Skewes]]></category>

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		<description><![CDATA[Convertir la salud en una guerra no es una buena idea. Decir: “Estamos librando una verdadera guerra contra este virus y, en ese contexto, una vez más, la ayuda de las Fuerzas Armadas en esta guerra nos es muy preciada, &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20110712081047/a-proposito-del-virus-sincicial/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Convertir la salud en una guerra no es una buena idea.</p>
<p>Decir: “Estamos librando una verdadera guerra contra este virus y, en ese contexto, una vez más, la ayuda de las Fuerzas Armadas en esta guerra nos es muy preciada, porque nos significa dar un combate mucho mejor y con una probabilidad mucho más grande de salir victoriosos&#8221;, es dar cuenta de una visión tecnocrática que escabulle las consecuencias sociales y morales de su ejercicio.</p>
<p>Más aún, la autoridad sanitaria evidencia escasa sensibilidad cuando juega con estas palabras en un clima de hostilidades con los vecinos.</p>
<p>Es cierto que metáforas como las de combate, erradicación, lucha a muerte, son poderosas.</p>
<p>Sucede con ellas lo que suele suceder con el <em>quick fix</em> norteamericano, ese arreglo rápido y fácil que termina convirtiendo una epidemia en una pandemia o en la búsqueda de medicinas más potentes cuando se han levantado barreras a las antes creadas, como en el caso de la resistencia antibiótica.</p>
<p><strong>El uso de metáforas militares en salud ignora la naturaleza médico social de los procesos que afectan al cuerpo y con ello se facilita, entre otras cosas, la adopción de una postura bélica, la justificación de la guerra como medio legítimo de erradicar lo amenazante y la estigmatización de quienes se perciben como portadores del mal.</strong></p>
<p>La postura bélica supone que frente a cualquier instancia problemática no cabe sino buscar la <em>eliminación </em>de la causa. No tarda semejante postura en proyectarse a otros dominios de la vida social y económica.</p>
<p>El <em>quick fix</em> se aplica en la agricultura, en las demoliciones, en el <em>femicidio</em>, en la expulsión de las y los “niños problemas”, en el encierro de los pacientes mentales, en la expulsión de los migrantes.</p>
<p>En todos estos y los demás posibles casos, las consecuencias se vuelven evidentemente más problemáticas que las causas. El lenguaje de guerra, a su vez, no tarda en anclar el enemigo en la persona del o la paciente. Fácilmente las personas. portadoras del HIV, de enfermedades de transmisión sexual, o quienes padezcan cualquier otro tipo de patología se convierten en blanco fácil de todo tipo de discriminación.</p>
<p>La disposición bélica niega, a su vez, la posibilidad de explorar los fenómenos y reconocer su complejidad y descubrir formas de avanzar que desarrollen las capacidades propias de la condición humana como la ayuda mutua, la creatividad, la anticipación, en fin.</p>
<p>Pero, además, cuando la autoridad sanitaria proclama una guerra con el apoyo de las Fuerzas Armadas, no moviliza la conciencia ciudadana hacia las condiciones que determinan la prevalencia de una determinada dolencia sino que a la legitimidad que supone el uso de la fuerza para erradicarla: el problema es uno, la solución es una. En este esquema el fanatismo tecnocrático llega a ser delirante.</p>
<p>Una concepción humanista de la salud invita a pensar de  otro modo  el tema.</p>
<p>En primer lugar, una disposición sana hacia el mundo puede ser cualquiera pero menos la de la destrucción. De la autoridad sanitaria se espera que promueva, en este sentido, una actitud constructiva para resolver los problemas. Ello pasa por concebir el espacio de la vida humana, no como un campo de batalla, y por comprender que las soluciones a los problemas humanos son fruto de la investigación, la creatividad, la intuición y la capacidad de cooperación y apoyo mutuo.</p>
<p>Es tiempo de hacerse responsables de las palabras.</p>
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