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	<title>Opinión en Cooperativa&#187; Gonzalo León</title>
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		<title>El economista marginal</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Dec 2011 20:11:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Iván Heyn era subsecretario de Comercio Exterior del flamante nuevo gobierno de Cristina Fernández, militaba en La Cámpora (la agrupación de jóvenes kirchneristas creada por Máximo Kirchner), pero ese día se encontraba en su primera Cumbre del Mercosur, cuando decidió &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20111229161131/el-economista-marginal/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Iván Heyn era subsecretario de Comercio Exterior del flamante nuevo gobierno de Cristina Fernández, militaba en La Cámpora (la agrupación de jóvenes kirchneristas creada por Máximo Kirchner), pero ese día se encontraba en su primera Cumbre del Mercosur, cuando decidió practicar un juego sexual conocido como hipoxifilia, o estimulación erótica a través de la semi estrangulación.</p>
<p>Para eso recurrió a su cinturón que ató al barrote del placard. El resultado es conocido. El llamado “economista callejero” falleció estrangulado hace ya diez días, a los treinta y cuatro años, dejando a una novia y el dolor de la Presidenta, a quien le costó recuperarse.</p>
<p>Con los días se comprobó la tesis de la hipoxifilia, que también practicaba Michael Hutchence, vocalista de INXS, quien hace catorce años moría estrangulado a una edad muy similar a la de Heyn. Pero no es ésta la coincidencia que me importa, sino otra más perturbadora y banal, al menos para mí.</p>
<p>El economista vivía en mi misma calle, en Estados Unidos, pero a la altura del mil quinientos, en la parte más pituca o cheta del Barrio Constitución. Cuando la Presidenta informó de su domicilio, no lo pude creer, sobre todo porque ella le erró al barrio: dijo San Telmo, y si bien Estados Unidos se prolonga hasta allá y en dirección contraria hasta Boedo, la numeración, según corrigió diario Perfil, daba a Constitución.</p>
<p>La tarde de Navidad me encaminé hacia aquella altura. Para llegar desde mi departamento hay que cruzar la Avenida Entre Ríos, que es la continuación de Callao hacia el sur de Rivadavia.</p>
<p>Decidí eso sí dar un rodeo, así es que me metí por Chile (por estos barrios las calles con nombres de países abundan) y recordé que ahí, apenas llegué a Buenos Aires, habían encontrado el cuerpo de una mujer entre las bolsas de basura apoyadas sobre un árbol. La mujer resultó ser una madre, que había sido asesinada por su propio hijo.</p>
<p>Seguí mi camino casi sin mirar el árbol, con el bisbiseo de los petardos que a esa hora los niños lanzaban de todas partes de Buenos Aires; enfilé por Avenida Independencia, pasé por Editorial Planeta, doblé por Sáenz Peña y después de una cuadra ahí estaba. Justo entre una farmacia y un local de lotería, el edificio del economista.</p>
<p>Para mi sorpresa era una arquitectura antigua pero bien conservada y bonita. En la esquina había un bar, en donde imaginé a Iván Heyn con su novia, festejando su designación como subsecretario de Comercio Exterior. Cruzando la calle divisé un local de tango y en la vereda opuesta, un estacionamiento.</p>
<p>Por alguna razón continué bajando por Estados Unidos y llegué a la Academia del Lunfardo, casi esquina San José, a dos cuadras de Avenida 9 de Julio.</p>
<p>Si hubiera venido otro día habría encontrado la Feria del Libro Lunfardo y Tanguero, pero como era Navidad, estaba cerrada. Al lado de la Academia del Lunfardo estaba el Hotel Boquitas Pintadas, en el que, cuenta el mito, una vez alojó Lou Reed; hoy, sin embargo, se encuentra cerrado. No quise seguir bajando hasta San Telmo, o llegar a la casa que alguna vez ocupó el escritor Osvaldo Lamborghini, en calle Piedras. Regresé.</p>
<p>Cuando lo hice, volví a pasar por el edificio del economista y me quedé contemplándolo.</p>
<p>De verdad está bonito, pensé.</p>
<p>Cuando estaba por cruzar la calle y preguntarle al portero a cuánto estaban los arriendos, la cordura me llamó y volví tras mis pasos, realizando el mismo trayecto pero en dirección contraria: Independencia, Chile, hasta llegar nuevamente acá, en donde escribo esta suerte de nota necrológica.</p>
<p>Lo único que pienso en estos momentos es que suena paradójico que un “economista K” haya vivido en Estados Unidos.</p>
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		<title>Ecos del que se vayan todos</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Dec 2011 11:15:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Internacional]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[De más está decir que no viví la crisis del 19 y 20 de diciembre de 2001, que culminó con el estado de sitio, con la consecuente muerte de treinta y nueve personas (hay discrepancias en las cifras) y con &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/internacional/20111217071517/ecos-del-que-se-vayan-todos/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De más está decir que no viví la crisis del 19 y 20 de diciembre de 2001, que culminó con el estado de sitio, con la consecuente muerte de treinta y nueve personas (hay discrepancias en las cifras) y con la fuga del Presidente De la Rúa en helicóptero desde La Rosada.Sólo seguí la noticia como muchos en Chile, a través de la televisión.</p>
<p>Hoy se cumplen diez años de ese hito y aquí es tema.Desde esta semana la televisión pública anuncia la emisión del documental “2001: relatos en primera persona”, dirigido por el periodista Martín Rodríguez y el historiador Javier Trimboli. En uno de los tráilers se puede ver a la animadora Mirtha Legrand (la abuela de Juanita Viale), mirando a la cámara y diciendo: “Cuando se meten con la propiedad privada, la cosa es muy seria: es anarquía”.</p>
<p><strong>Muchos en Chile han tomado el “que se vayan todos”, la consigna piquetera de ese movimiento, como un ejemplo a seguir, pensando en que ahí hubo una verdadera revolución.</strong> Pero como señaló Javier Trimboli la singularidad de ese movimiento fue la participación de la clase media. Martín Rodríguez, en tanto, advirtió que los alcances de lo que sucedió en ese momento no se podían ver ahí, porque todo era muy confuso. Se necesitaba tiempo para tener perspectiva.</p>
<p>No es fácil analizar esto, más si uno no es argentino. Pero sigamos.</p>
<p>El periodista y escritor Miguel Bonasso escribió algo muy acertado sobre la opinión que, desde la perspectiva que les otorgaba la provincia de Santa Cruz, tenía el matrimonio Kirchner sobre esa crisis: “… tenían cierto grado de razón de vacunarnos contra un entusiasmo precipitado, en advertirnos sobre la índole conservadora y mezquina de gran parte de la clase media argentina que había guardado absoluto silencio frente a los treinta mil desaparecidos”.</p>
<p>Y agregó: “… tenían razón en augurar ‘piquetes y cacerolas, la lucha es una sola’ se acabaría en cuanto cada uno regresara a su clase o a su definitivo desclase”.</p>
<p>En otras palabras lo que menos tuvo ese movimiento de piqueteros fue ese carácter revolucionario que desde Chile se ha persistido en levantar. Porque cuando se tocó el bolsillo de la clase media, ahí la anarquía de la que hablaba Mirtha Legrand recién se hizo “realidad”, pero ya sabemos, la clase media no estaba por la anarquía, sino por exigir lo suyo, el dinero “acorralado”.</p>
<p>Cuando escribo estas líneas leo en el suplemento feminista de Página 12 de hoy, una entrevista a la socióloga Graciela di Marco, quien por casi diez años estuvo estudiando el impacto de esta revuelta en lo que denominó el “pueblo feminista”.</p>
<p>Dicho estudio salió como libro, cuyo título es “El pueblo feminista. Movimientos sociales y lucha de las mujeres en torno a la ciudadanía”. Para Di Marco lo ocurrido el 2001 fue una oportunidad: “Hubo además una estrategia política inteligente de parte de militantes feministas y militantes populares para que todo se articulara de esta manera. Uno de los resultados fue esta construcción: el surgimiento de un pueblo feminista”.</p>
<p>Pero esa consecuencia es acotada, aunque, reitero, no viví ese 19 y 20 de diciembre. Lo más cercano que vi fueron sus consecuencias a finales de 2003, cuando vine a Buenos Aires por primera vez. Nada de lo que había visto fue similar a eso: los sándwiches de milanesa estaba a un peso, cualquier comida era muy barata en realidad.</p>
<p>Y a ese niño vestido solamente con pañales en la calle y a esos otros niños pidiendo limosna en los restaurantes son algo que todavía no consigo sacarme de la cabeza, al igual que muchos argentinos quienes al menor atisbo de crisis económica, imaginan nuevamente un “corralito”.</p>
<p><em>Enlace sugerido por el autor: http://www.youtube.com/watch?v=Tycc3VPKmek</em></p>
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		<title>La extinción del librero</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Dec 2011 11:29:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Si bien la figura del librero se ha ido extinguiendo, no sólo en Buenos Aires, sino en todo el mundo, aún existe una caterva de libreros que sirve como guía para no perderse en este mundo editorial, que año a &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20111209072922/la-extincion-del-librero/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si bien la figura del librero se ha ido extinguiendo, no sólo en Buenos Aires, sino en todo el mundo, aún existe una caterva de libreros que sirve como guía para no perderse en este mundo editorial, que año a año va incrementando su cantidad de títulos.</p>
<p>La desorientación podría ser total sin el crítico y el librero. Pero como el crítico ya es un dinosaurio, no por lo grande, hoy son los libreros quienes pueden orientar a los lectores-consumidores.</p>
<p>En Santiago el librero español de Takk es un ejemplo de estos guías, Víctor López y Sergio Parra de Metales Pesados son otros, Víctor y Rodrigo en Ulises son quienes aumentan el número, pero, ojo, no son muchos los que saben de literatura o tienen una noción personal de lo que se está publicando.</p>
<p>Puede que esa noción sea equivocada, que responda a un “canon”, y creo que eso está bien, porque en el fondo se trata de una librería: la exposición de un canon.</p>
<p><strong>Una buena librería, en este sentido, no debe contar con todo, de hecho ninguna librería tiene “todo”; puede que algunas den esa idea, como las cadenas, pero ya sabemos tanto en Chile como en Argentina que éstas marginan, por ejemplo, a las editoriales independientes y a su vez a las editoriales independientes no les interesa trabajar con las cadenas, debido a la cantidad de ejemplares por título que exigen y a los plazos de pago.</strong></p>
<p>Es en las librerías medianas y pequeñas donde la presencia de las editoriales independientes –que son las que más se esfuerzan por tener un catálogo propio– se nota más: Takk, Lea + (GAM), Crisis de Valparaíso y las mencionadas arriba.</p>
<p>En Buenos Aires esta situación es similar, porque es en estas librerías donde el librero subsiste. En las cadenas no es necesaria una orientación, sencillamente porque ahí está casi todo, y donde está casi todo se hace necesario saber nada.</p>
<p>Hace un mes me tocó ir a Cúspide, una cadena que distribuye, entre otras editoriales, a Anagrama y me tuvieron esperando para pagar por veinte largos minutos. La chica de la caja contaba el dinero que ingresaba a la registradora una y otra vez, luego conversaba con un cliente, enseñándole el escote. Al final me fui y ella ni se dio cuenta. Pude haber llamado su atención, pero era “musho”, ¿no?</p>
<p>Cuando voy a una cadena en Buenos Aires es cuando no me queda otra alternativa. Y por lo general voy por encargos de Chile. En otras palabras son mis amigos chilenos los responsables. Por mí no entraría en ellas.</p>
<p>En Hernández, por ejemplo, se enojan si les sacas el plástico a los libros para hojear de qué se trata. No todo lo que uno husmea lo conoce. Y como además ya me pasó que llevé a Chile un libro de Beatriz Sarlo con varias páginas en blanco, hoy abro el plástico y verifico que estén todas las páginas. No quiero estafas.</p>
<p>En las librerías medianas y pequeñas, en cambio, uno puede hojear libros eternamente, incluso avanzar en la lectura de algunos, sin tener que comprar, o incluso puedes dejar un abono e irlo pagando en cuotas.</p>
<p>Por eso me gustan estas librerías: De la Mancha (y los chismes de escritoras que cuenta el librero), La Libre (y sus generosas invitaciones a cervezas), La Internacional Argentina (y el diálogo siempre interesante con su dueño, el también editor de Mansalva Francisco Garamona), Caterva (y el cafecito con Roberto Papateodosio). Con todos ellos he aprendido algo. A todos ellos les he comprado libros. Y ninguno de ellos se me ha pegado a la cara para preguntarme si ando buscando algo en especial. Eso lo agradezco.</p>
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		<title>Te voy a cagarte</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2011 21:35:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Estuve tres semanas en Santiago y creo que, por lejos, fueron las peores semanas del último tiempo. Aunque como mis expectativas antes del viaje eran altas, puede que esta sensación se deba a la disonancia entre lo vivido y esas &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/sociedad/20111201173557/te-voy-a-cagarte/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estuve tres semanas en Santiago y creo que, por lejos, fueron las peores semanas del último tiempo. Aunque como mis expectativas antes del viaje eran altas, puede que esta sensación se deba a la disonancia entre lo vivido y esas expectativas.</p>
<p>Yo esperaba juntarme con los dos amigos que tengo en Chile, con mi hermano, con mi sobrino, con la gente que conozco, y si bien eso sucedió, menos lo de mi hermano y mi sobrino, capté algo que quizá está en la idiosincrasia del chileno.</p>
<p>Esto es: si puedo, te cago. Aparte de su falta de amabilidad y afectuosidad, el chileno –y acá reconozco que estoy haciendo sociología barata– no le gusta discutir, prefiere pelear, terminar todo con un puñetazo en la cara del contrincante convertido en “enemigo”; tampoco le gusta intercambiar opiniones medianamente sesudas sobre algo, prefiere el chisme ramplón, porque así se descalifica al adversario, o dicho de otro modo: con quién cresta se acuesta, a quién se cagó, por qué lo echaron de la pega.</p>
<p>Debo admitir que en esas tres semanas jamás discutí de literatura o de política con la gente que conozco en Chile, salvo con mis dos amigos, pero en general se mantuvo la regla.</p>
<p><strong>Resultaba increíble comprobar, por otra parte, cómo todo se llevaba al terreno personal: si a uno no le gustó un libro, por ejemplo, uno le tenía mala al autor; si a uno le gustó un libro, la objetividad se imponía. En otras palabras, sólo te podía gustar algo, de lo contrario pasabas a ser un resentido, un mala leche, un amargado, alguien que envidiaba y odiaba.</strong></p>
<p>Pero tal vez esta singularidad de cagarte si pueden es la que más me impactó.</p>
<p>Me di cuenta de que no sólo un taxista podía quedarse con unos pesos de más porque no tenía vuelto, sino que todo estaba urdido como un complot para cagarte.</p>
<p>Sé que suena a paranoia, pero contaré un hecho ilustrativo: vi en la pizarra de una fuente de soda en Irarrázaval la palabra “lentejas” y de inmediato entré para preguntar si estaban buenas. “No”, me respondió el encargado, “están malas”.Repliqué entonces que tenía ganas de comer un plato de lentejas malas, pensando en que lo suyo había sido una ironía. Sin embargo cuando llegó el plato me percaté que había sido verdad: las lentejas estaban malas.</p>
<p>Unos días después, cuando un tipo había quedado en pagarme una deuda importante, repentinamente su celular se apagó, los mails no los respondió y supe que me estaba cagando y que volvería a Buenos Aires sin ese dinero en el bolsillo.</p>
<p>Cuando una editorial por la que publiqué me mandó un mail informándome de mis derechos de propiedad intelectual, no me sorprendió que saliera una cantidad negativa. Es más, era lo que esperaba. Debía treinta mil pesos a esa editorial y, aparte de preguntarme cómo o por qué se había producido esa deuda, la situación no me alteraba. Cagarme era lo normal.</p>
<p>Llegué a Buenos Aires con una sensación extraña: tal vez eso de cagarme no era una cosa de la idiosincrasia chilena, sino algo que a mí me estaba pasando. En tal caso el problema lo tendría en Santiago, en Buenos Aires, en Shanghái, en cualquier lado.</p>
<p>Pasaron los días y esperé a que alguien me cagara, en la verdulería, en el supermercado chino, en los bares, en los taxis o micros, pero nada de eso sucedió. Sólo en Chile me cagaban. Sólo los chilenos me cagaban. Y eso, pese a lo que se pudiera pensar, me alivió, ya que sé dónde está el problema.</p>
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		<title>Dakar en Buenos Aires</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Nov 2011 14:56:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Internacional]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Acostumbran a ponerse en una esquina con una mesita plegable o a ofrecer sus productos en los bares.Son negros, altos, delgados, como príncipes africanos, visten con colores alegres y cargan un maletín negro imponente. Son senegaleses, me dijo una noche &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/internacional/20111117105625/dakar-en-buenos-aires/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acostumbran a ponerse en una esquina con una mesita plegable o a ofrecer sus productos en los bares.Son negros, altos, delgados, como príncipes africanos, visten con colores alegres y cargan un maletín negro imponente.</p>
<p>Son senegaleses, me dijo una noche una chica en el bar Yrigoyen, frente a la Plaza del Congreso, y yo quedé mirando al negro que en ese momento, con la maleta abierta, nos ofrecía relojes y chucherías. Está lleno de ellos, agregó la chica como si fueran una plaga.</p>
<p>¿Son falsos?, pregunté refiriéndome a los relojes, y la chica sólo se encogió de hombros y pidió otra cerveza.Era pleno invierno. Hacía frío y yo me preguntaba cómo el pobre senegalés aguantaba esa temperatura.</p>
<p>Pasó el tiempo y continué viendo a negros, altos, delgados, como príncipes africanos, en distintos bares.</p>
<p>Alguna vez incluso pensé que era el mismo, pero un día vi mi error; así es que eran varios, y por lo general interrumpían una conversación y tras el “no” o el gesto se iban sin insistir ni decir nada.</p>
<p><strong>De hecho nunca los he escuchado decir una sola palabra, por lo que una vez llegué a pensar que los senegaleses que deambulaban por las calles de Buenos Aires eran víctimas de la violencia política de su país y que se les había cortado la lengua. Pobrecitos, exclamé en voz baja, cuando una tarde vi a dos de ellos cruzando una calle, cada cual con su maletín negro.</strong></p>
<p>Un día me di cuenta de que no podía asegurar que estos príncipes africanos que vendían chucherías eran senegaleses, me estaba basando en una información entregada por una chica en un bar, por lo que decidí recurrir a Los Cuadernos de Antropología Social del 2009 y al artículo “Allá en África, en cada barrio por lo menos hay un senegalés que sale de viaje: la migración senegalesa en Buenos Aires”.</p>
<p>En el se detallaba el aumento de esta población. En 2001 de los africanos en Buenos Aires, sólo un seis por ciento era de Senegal, pero entre 2006 y 2008 de las casi seiscientas solicitudes de refugio recibidas por el Comité de Elegibilidad para los Refugiados (CEPARE) casi cuatrocientos cincuenta eran de senegaleses. De hecho desde hace más de dos años existe la Asociación de Residentes Senegaleses.</p>
<p>Por lo general, según el estudio, los hombres migran solos, sin sus familias, porque su intención es “ahorrar dinero y regresar en algún momento”.</p>
<p>Lo más interesante del informe es que confirma lo que dijo la chica en el bar: cuando llegan, se van a vivir a una pensión del Barrio Once, lugar donde reside la inmensa mayoría, y “gestionan inmediatamente el préstamo de mercadería junto al ‘maletín negro’ en el cual se transporta y se ofrecen anillos, cadenas, relojes y pulseras”.</p>
<p>Lo que no sabía era que parte de esa mercadería venía de Brasil, otra parte de Senegal y otra de locales del mismo Barrio Once, en donde aparte de africanos también hay peruanos, chinos, rusos y otros inmigrantes.</p>
<p>A finales del 2010 estuve en el lanzamiento del rally París-Dakar aquí en Buenos Aires, rally que ahora sólo conserva el nombre, pero no me percaté de la presencia de ellos. Quizá porque esos quince días en que estuve alojé en La Paternal, lejos de los barrios que ellos acostumbran a circular: básicamente todos los del barrio sur, como San Cristóbal, Balvarena, Montserrat, Constitución&#8230; No los vi, ¡pero estaban!</p>
<p>Y lo paradójico es que para la partida del rally, todos los senegaleses debieron haber sido espectadores de primera fila, ya que la mayoría proviene, precisamente, de Dakar.</p>
<p>Recuerdo que ese día estaba almorzando a cinco cuadras de la largada. Tal vez simplemente no los quise ver.</p>
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		<title>Vecino de Manuel Rojas</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Nov 2011 16:12:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Siempre me pasa. Cuando llevo medio año en un lugar recién empiezo a conocer a mis vecinos. Primero están las calles, los lugares, no extraviarme y luego las personas. No es que no me importen, sino que solamente las dejo &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20111110121200/vecino-de-manuel-rojas/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre me pasa. Cuando llevo medio año en un lugar recién empiezo a conocer a mis vecinos. Primero están las calles, los lugares, no extraviarme y luego las personas. No es que no me importen, sino que solamente las dejo para el final.</p>
<p>Ahora que lo pienso mejor, mis vecinos en un comienzo son como fantasmas que prefiero ignorar. Hasta que eso se torna inevitable y hay que mirarlos y bueno, te das cuenta de… ¡oh! Esto mismo me pasó en el edificio donde vivo hace seis meses.</p>
<p>La otra vez, sin ir más lejos, se celebró el Día de la Madre (16 de octubre) y en el ascensor conversé con una brasileña, ¡una vecina!, que iba con un ramo de flores a la casa de su progenitora. Me tuve que levantar a las ocho para encontrar un ramo lindo, dijo y enseguida se despidió con amabilidad. Nunca antes la había visto.</p>
<p>Ignorar a los vecinos puede ser algo normal, pero ignorar la historia de las calles es como ignorar los puntos cardinales, al menos para mí, y eso es imperdonable.</p>
<p>Cuando vivía cerca de la Plaza de Armas sabía que ahí habían llegado los incas y que en la Estación Mapocho había habido un cementerio. O eso contaba la leyenda.</p>
<p>Las calles de esta parte de mi barrio, San Cristóbal, llevan nombres de países. Vivo, de hecho, a dos cuadras de Chile, a tres de México, a cuatro de Venezuela, pero sobre Estados Unidos. Soy, podría decirse, un imperialista. Hasta hace poco sólo en eso había reparado.</p>
<p><strong>Sin embargo, una tarde, “intrusiando” en Internet llegué a una crónica escrita por Volodia Teiltelboim sobre la infancia de Manuel Rojas en Buenos Aires. Volodia contaba que la infancia del autor de “Hijo de ladrón” transcurrió en “Boedo, en la calle Colombres, en la cuadra entre Independencia y Estados Unidos”.</strong></p>
<p>De más está decir que cuando leí esto, casi me caí de espaldas. Porque esas cuadras las conozco bien: mi verdulería preferida está en Independencia y, cuando llego por la noche, el taxi toma Estados Unidos.</p>
<p>Pero no sólo conozco estas calles, sino que un amigo argentino, Oliverio Coelho, vive a escasas dos cuadras de la casa de infancia de Rojas: en México, entre Castro Barros y Colombres. Pero además por ahí hay un restaurante, en el que estuve comiendo hace apenas dos meses con otra escritora, Cynthia Rimsky. Recuerdo que pedimos una lengua a la portuguesa con papas cocidas.</p>
<p>Me hubiera gustado decirle que estábamos a una cuadra de la casa de infancia del Premio Nacional de Literatura y a media del colegio en donde estuvo un par de años, el Martina Silva de Gurruchaga.</p>
<p>Como  eso, también ignoraba que se había colocado una placa en honor de Manuel Rojas en el mencionado colegio. Así es que una noche, aprovechando la invitación de Oliverio para comer unas empanadas, me detuve en el Martina Silva de Gurruchaga para mirar la placa. No vi nada. De pronto, pensé, está adentro. Porque sólo había dos placas y no eran de metal, sino plásticas.</p>
<p>Al llegar a la casa de Oliverio, él me contó que por el barrio se andaban robando las placas y pensé: esto lo hubiera aprobado Rojas.</p>
<p>Seguí investigando y llegué a un artículo publicado en La Nación de Argentina, en donde se informaba que Manuel Rojas había sido uno de los fundadores del Grupo de Boedo (cambio social), nacido en oposición al Grupo Florida (renovación estética), que integraban, entre otros, Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo.</p>
<p>No pude con la tentación y llamé a Oliverio, mi amigo, para decirle que refundáramos el grupo. La respuesta sonó en mis tímpanos.</p>
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		<title>Librerías y libros</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Nov 2011 21:30:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Empezó otra versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago. No sé en qué número va ni tampoco creo que importe. Lo que sí recuerdo de los últimos años es que he estado en el stand de La Calabaza &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20111102173009/librerias-y-libros/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Empezó otra versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago. No sé en qué número va ni tampoco creo que importe. Lo que sí recuerdo de los últimos años es que he estado en el stand de La Calabaza del Diablo, la editorial de la cual he sido editor por cinco años.</p>
<p>Pero como esto lo escribo desde Buenos Aires, a pocos días de partir a Santiago después de seis meses, me gustaría referirme a algunos mitos sobre el mundo del libro que se ha construido desde “allá”.</p>
<p>Para empezar, los libros no siempre han sido baratos en Buenos Aires. Durante la dictadura, el gobierno de Alfonsín y entrado el primer mandato de Menem no lo eran.</p>
<p>Ésa es una construcción que se ha armado en el último tiempo, apoyada en lo que fue la crisis del 2001, que posibilitó que muchos chilenos pudiéramos venir a Buenos Aires, muchos por primera vez, y que hizo que los precios estuvieran por los suelos.</p>
<p>La primera vez que vine coincidió con los primeros meses de Néstor Kirchner en el poder y recuerdo que Avenida Corrientes era una “zona de liquidación”, y no sólo de libros. Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, lo adquirí en la desaparecida librería Gandhi en quince pesos. Ahora que lo pienso, el título del libro era representativo de ese momento de la historia argentina.</p>
<p>Pero como las experiencias personales no bastan para demostrar hechos, me remitiré a Elsa Drucaroff, escritora y académica de la UBA, que hizo una interesante y polémica investigación sobre la escena literaria de pos dictadura, entendiendo este período desde los ochenta hasta el 2007.</p>
<p>En una parte de esta investigación de más de quinientas páginas (Los prisioneros de la torre, Emecé, 2011) se refiere a la Revista Babel, dirigida por Jorge Dorio y Martín Caparrós, y que fue protagonista de la escena literaria argentina entre 1988 y 1991. <em>“La ingeniosa bajada que seguía al título Babel era ‘todo sobre los libros que nadie puede comprar’. La revista aludía al elevado precio de estas mercancías culturales durante la última época del alfonsinismo, situación que cambiaría radicalmente con la convertibilidad menemista”.</em></p>
<p>Menem hizo que todos pudieran comprar lo que quisieran: la paridad con el dólar lo permitía. Podríamos decir que cuando nosotros teníamos paridad con el dólar los libros en Buenos Aires eran baratos, pero no sé cuánta gente se habrá animado a finales de los setenta, comienzos de los ochenta, a viajar hasta acá para comprar libros.</p>
<p><strong>Hoy los libros nuevamente están subiendo de precio. Pero además el eje del mercado del libro, que antes era Corrientes, se trasladó a Palermo.</strong></p>
<p>Las librerías que permanecen en la famosa avenida casi todas son grandes y poseen más de una sucursal: Cúspide, Hernández, Prometeo. En ellas uno encuentra de todo y nada. Todo lo que podría encontrar en Chile pero nada exclusivo, o inencontrable. Aunque claro, para los fieles seguidores de Anagrama, ahí tienen a Cúspide, su distribuidora.</p>
<p>Lamentablemente sus vendedores son escasamente competentes y se parecen mucho a los vendedores de las cadenas en Chile.</p>
<p>Podría continuar con eso de que los argentinos están especialmente preparados para la lectura y afirmar que eso también es falso. La otra vez estuve en la Feria del Libro Independiente y Alternativa (FLIA) en la UBA, y el comprador tenía poco o nada conocimiento de libros, y los estudiantes que daban vueltas estaban más preocupados de una cerveza que de otra cosa. No los culpo, yo hacía lo mismo a su edad.</p>
<p>Podría decir finalmente que para una editorial independiente argentina vender seiscientos ejemplares de un título es un éxito, pero ¿para qué?… Está claro el punto, ¿onofre?</p>
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		<title>Cristina súper estar</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Oct 2011 11:54:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Internacional]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[El domingo pasado Cristina fue reelecta con casi un 54% de los votos. La imagen de la Presidenta en La Rosada festejando con los jóvenes es algo que se convirtió en más que una noticia y recorrió los noticiarios de &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/internacional/20111027075459/cristina-super-estar/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El domingo pasado Cristina fue reelecta con casi un 54% de los votos. La imagen de la Presidenta en La Rosada festejando con los jóvenes es algo que se convirtió en más que una noticia y recorrió los noticiarios de casi todos los canales de TV.</p>
<p>Pero el triunfo, pese a ser contundente, no fue sorpresivo.</p>
<p>Ya para las primarias del 14 de agosto Cristina había confirmado su liderazgo y acallado las críticas de la oposición y las dudas que venían desde el propio kirchnerismo.</p>
<p>Ver el cambio de opinión de columnistas y panelistas de TV resultó impactante.</p>
<p><strong>Mariano Grondona, en Canal 26, una semana antes había dicho que el gobierno atravesaba por una crisis. A la semana siguiente, el mismo Grondona se corregía y decía que la oposición era la que atravesaba por esa crisis, “porque quién podría ser la figura de la oposición, ¿Daniel Scioli?”.</strong></p>
<p>Daniel Scioli era el candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires por el Frente por la Victoria (FPV), que lideraba la Presidenta, y el disparate de Grondona sólo demostraba el desconcierto.</p>
<p>El golpe se acusaba porque las semanas anteriores, con las elecciones a gobernadores de varias provincias, en donde el FPV no obtuvo la votación esperada, la oposición había albergado algunas esperanzas en derrotar a la actual Mandataria.</p>
<p>Después de ese 14 de agosto el punto fue cómo hacerlo, o mejor dicho quién lo haría.</p>
<p>¿Eduardo Duhalde, Ricardo Alfonsín, Hermes Binner, Jorge Altamira, Elisa Carrió, Alberto Rodríguez Saa?</p>
<p>¿Quién de ellos aglutinaría el descontento del que tanto hablaban Clarín, TN, La Nación?</p>
<p>Sin embargo, ninguno de los candidatos depuso sus intereses en favor de otra opción presidencial, porque como en octubre también había elecciones de diputados y senadores, las distintas candidaturas consideraron que hacerlo era afectar a la lista parlamentaria.</p>
<p>Hay cosas que no es necesaria decirlas. Por ejemplo, cuando empezó la franja electoral, Elisa Carrió desapareció de las pantallas, lo que se interpretó como una “desaparición de la carrera presidencial”.</p>
<p>Esta “bajada” fue la causa de su último lugar en la carrera presidencial. Aunque antes la Carrió ya había dado muestras de su desconcierto al despacharse frases como éstas: “Yo aseguro que le gano a Cristina, no tengo dudas” (marzo/2011) versus “Si la oposición va unida, Cristina gana en primera vuelta” (mayo/2011).</p>
<p>Al triunfo de las primarias por casi el 50% de los votos, se sumaron las vacaciones de Mauricio Macri y su paternidad este 10 de octubre.</p>
<p>Macri había tomado la determinación de repostularse como jefe de gobierno de la ciudad, derrotando con comodidad al candidato del FPV, pero además había optado por consolidar su partido, el PRO, a nivel nacional, por lo que podía darse el lujo de observar desde una butaca la carrera presidencial, sin descuidar en ningún momento la lista parlamentaria del PRO, que llamó al “corte de boleta” o, en bien chileno, al “voto cruzado” (cualquier otro candidato presidencial pero parlamentarios de su partido).</p>
<p>Todo esto sucedió antes del 23 de octubre.</p>
<p><strong>Justo a las seis de la tarde de ese día, sin ninguna urna escrutada, los noticiarios de los canales de TV ponían el siguiente mensaje en su generador de caracteres: “Cristina gana”. Aunque Canal 23, del Grupo  del 23 (consorcio periodístico partidario del gobierno), fue más allá: “la tienen adentro”.</strong></p>
<p>A esa hora la gente reunida en la Plaza de Mayo no le importaba la música estridente del entorno.</p>
<p>El teléfono de mi casa sonó. Era un conocido que me llamaba para  que nos encontráramos allá. Decliné la invitación.</p>
<p>Hoy, me arrepiento de eso, porque la imagen de Cristina bailando en La Rosada, como si fuera una lola, se me clavó en la mente. Y me hizo pensar en Woodstock y en esos superstars que alguna vez seguí.</p>
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		<title>El bar del ping pong</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Oct 2011 11:14:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Corrientes y a la altura de Acevedo, en plena Villa Crespo, hay un bar que continúa conservando la porteña costumbre de estar abierto hasta las cinco o más de la madrugada. El bar se llama San Bernardo. Su entrada &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20111018071421/el-bar-del-ping-pong/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por Corrientes y a la altura de Acevedo, en plena Villa Crespo, hay un bar que continúa conservando la porteña costumbre de estar abierto hasta las cinco o más de la madrugada.</p>
<p><strong>El bar se llama San Bernardo. Su entrada es como la de cualquier bar viejo: con mesas y sillas de madera, con una barra antigua y un mozo calvo. Más allá hay mesas de pool y billar, y  al fondo mesas de ping pong.</strong></p>
<p>El bar está consagrado a uno de los fundadores de Atlanta, equipo del barrio que subió hace poco a la B Nacional. Aquella histórica noche estuve ahí, mirando cómo grandes y chicos, con la camiseta de sus amores, ingresaban y al llegar a la barra, donde estaba el administrador, ensayaban un grito que ahora se me escapa de la memoria.</p>
<p>El San Bernardo –así le dicen– lo conocí hace más de un año y medio. Hacía frío, o había llovido, una de dos, y al siguiente día junto a unos amigos emprenderíamos regreso a Chile, pero ahí estábamos, estoicos, aunque el más estoico era Matías Capelli que llegó en su bici.</p>
<p>Recuerdo que lo quedé mirando, asombrado, no tanto por ver a alguien en bicicleta, cosa que es común ver en Buenos Aires y en Santiago, sino por su valentía para soportar el frío o la humedad.</p>
<p>Pero no miremos pal lado: quien nos había convocado hasta ahí había sido Martín Gambarotta, un poeta que durante años se empeñó en vivir en Villa Crespo, como si ése fuera su territorio, su punctum. Aunque en este punto exagero. Sí, siempre lo hago. Más cuando estoy borracho; sin embargo cuando escribo estas líneas estoy sobrio, o trato de estarlo. Bah.</p>
<p><strong>Bah, eso es lo que dije cuando la mesa se colmó. Ahora estaban Alejandro Rubio, Oliverio Coelho y nosotros tres, “los chilenos”, como le gustaba decir a Rubio. No sé quién lo propuso ni cómo surgió la idea, pero de pronto me vi jugando ping pong con “los chilenos”.</strong></p>
<p>Nunca perdimos de vista nuestros vasos, que no eran de agua helada precisamente.<br />
Tampoco recuerdo cómo fue el partido, o si jugamos uno en realidad.</p>
<p>Al volver a la mesa Matías, sonriendo, preguntó: ¿Y qué tal? Y uno de nosotros soltó un “la raja”. Después de las risas, mis compatriotas pidieron más tragos, pero yo, consciente de que al otro día tenía que levantarme temprano, me despedí.</p>
<p>En enero de este año volví a ir, y el San Bernardo estaba igual, con el mismo mozo calvo, que con pequeños gestos nos iba atendiendo. Pero hace seis meses, algo cambió. Martín me citó un sábado ahí y por primera vez noté un poco más de público juvenil. Luego, alguien dijo que los martes se hacían fiestas electrónicas. Ahí no pude más y fui.</p>
<p><strong>La sorpresa fue grande, cuando al fondo del remodelado San Bernardo observé a varias decenas de chicos y chicas jugando ping pong, como si fuera algo normal hacerlo a la una de la mañana de un ¡martes!</strong></p>
<p>Me acerqué y conversé con quien parecía ser su líder, un tal Lautaro, quien me contó que eran un grupo de Facebook.</p>
<p>Yo imaginé que el nombre del grupo era “amigos del San Bernardo”, o algo por el estilo, pero él me dijo que no, que se llamaba “ping pong” y que venían a eso.</p>
<p>¡Pero tan tarde!, exclamé, y Lautaro sin inmutarse respondió: esa es la idea, jugar ping pong en todas partes, a cualquier hora.</p>
<p>No pude seguir hablando con el supuesto líder: la música estaba muy fuerte y las chicas lindas que raqueteaban una y otra vez distraían mi atención.</p>
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		<title>La transformación del bar Celta</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Oct 2011 21:47:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay un bar en Rodríguez Peña con Sarmiento, justo en la esquina, se llama el bar Celta y tiene una placa al costado de su entrada que recuerda su fundación hace bastantes años. A una cuadra de Avenida Corrientes, este &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20111008174712/la-transformacion-del-bar-celta/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay un bar en Rodríguez Peña con Sarmiento, justo en la esquina, se llama el bar Celta y tiene una placa al costado de su entrada que recuerda su fundación hace bastantes años.</p>
<p>A una cuadra de Avenida Corrientes, este bar se ha ido transformando rápidamente en menos de diez años. Y eso sorprende un poco, porque por lo general los cambios en los lugares de reunión en Buenos Aires no son tan drásticos.</p>
<p>Ahí está La Academia, un bar con billar a dos cuadras del Celta, que ha permanecido intacto desde que lo conocí hace cinco años. Cosa similar sucede con el San Bernardo, en Villa Crespo. Pero bueno, el San Bernardo es un tema para una crónica entera.</p>
<p>La primera vez que entré al bar Celta fue a finales del 2003, y Argentina recién despegaba de la crisis del 2001.</p>
<p>Quizá por eso yo me había animado y había “despegado” de Chile hacia acá, en compañía de una amiga.</p>
<p><strong>Como el cambio era bastante favorable nos hospedamos en el Hotel Waldorf, que no era como el mítico Waldorf-Astoria de Nueva York, sino un hotelucho tres estrellas en el barrio de Retiro, en donde había muchos huéspedes rusos borrachos, que le ofrecían a mi amiga, en chapucero inglés, dinero por acostarse con ellos.</strong></p>
<p>Aún Avenida Corrientes era el centro de las librerías de Buenos Aires, así es que luego de dar unas vueltas por ahí, encontrando joyitas y libros nuevos mucho más baratos que en Chile, tuvimos hambre y nos metimos por Rodríguez Peña. ¡Ahí estaba el bar Celta!</p>
<p>Por fuera tenía el aspecto que uno imaginaba de un restaurante típicamente porteño. El interior nos gustó más, la carta, huummm, pedimos unos ravioles, lo típico que uno ordena cuando es su primera vez en esta ciudad.</p>
<p>Conversamos con el mozo, bebimos cerveza Quilmes, en fin, hacíamos las de turistas, cuando a través de la mampara divisé a un chico descalzo -no habrá tenido más de dos años- que caminaba con los pies arqueados. El niño hubiera estado desnudo, a no ser por un pañal que lo cubría.</p>
<p>Se lo comenté a mi amiga que estaba de espalda a la escena, quien al darse vuelta vio aparecer a los padres, quienes vestidos humildemente perseguían al chico para que no fuera a cruzar la calle. Mi amiga se giró hacia mí y espetó: ¡Qué malos!</p>
<p>Algo nos pasó después de eso. Luego, incluso de explicarle a mi amiga y de recordar yo la crisis por la que pasaba Argentina. Caminamos hacia el sur, hacia el Congreso, y vimos varios locales de comida con la oferta de sándwich de milanesa a un peso.</p>
<p>La gente adentro de esos locales tampoco era mucha, me refiero a que por ese dinero uno hubiera esperado verlos repletos, pero no, al parecer tampoco había plata para eso, o tal vez los sándwiches eran muy malos, ¡vaya uno a saber! Y, como dije antes, algo nos pasó.</p>
<p>El 2010 volví a ir al bar Celta, y si bien la fachada se conservaba, aunque con retoques, el interior estaba renovado, en otras palabras se veía mejor. Pedí la carta y la cocina también había cambiado, ahora era internacional. Comí algo que no recuerdo pero que en cualquier caso era olvidable.</p>
<p>Hace unos días volví a pasar por esa esquina: el bar estaba cerrado y anunciaba otra remodelación, quizá otro dueño, pero su placa al lado del ingreso se mantenía intacta.</p>
<p>Pensé en este bar, en lo que había cambiado Argentina, y concluí que la historia de un país podía estar en un bar como éste.</p>
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		<title>Vida de barrio</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Oct 2011 10:48:25 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay una novela de César Aira en la que el protagonista toma café en la misma cafetería mientras repasa los años que ya ha vivido. No sé si es “Cumpleaños” u otra, porque con las novelas de Aira me sucede &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20111001064825/vida-de-barrio/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay una novela de César Aira en la que el protagonista toma café en la misma cafetería mientras repasa los años que ya ha vivido.</p>
<p>No sé si es “Cumpleaños” u otra, porque con las novelas de Aira me sucede que confundo las tramas y todas se me juntan en una gran novela, que como en uno de esos legos, uno va armando a su pinta.</p>
<p>Algunos construyen un dinosaurio, otros una casa, yo no sé. El punto es que cuando leí ese pasaje del protagonista interactuando con el mozo no supe a qué se refería. Ricardo Strafacce lo explica mejor en “La transformación de Rosendo”, en la que relata la vida de un conocido café ubicado en Paraguay y Scalabrini Ortiz.</p>
<p>Vida de barrio, a eso creo que apelaban ambas novelas, y por primera vez después de mucho tiempo sentí que estaba teniendo mi momento de vida de barrio, ya que por diez años viví en el centro de Santiago, en donde la cosa impersonal y el no-lugar se imponían.</p>
<p><strong>Hoy vivo en San Cristóbal, en donde si bien hay avenidas y locales impersonales, es en las calles interiores por donde se abre paso la vida de barrio, con barcitos, almacenes, pastelerías, verdulerías de peruanos, supermercados chinos, lavanderías, en donde te tratan como habitué.</strong></p>
<p>En este punto habría que describir un poco el barrio. Desde el río de La Plata, San Cristóbal está al oeste de Montserrat y de San Telmo en línea recta y más al este de Boedo y Caballito. Por ese eje se mueve.</p>
<p>Al contrario de otros lugares se consigue un buen salmón a precio módico, así como mariscos y calamares congelados en bandejas rústicas. El pescado y los calamares son tan o más baratos que en Chile, lo que hace que coma más pescado y calamares que antes.</p>
<p>San Cristóbal es un barrio más sucio que Palermo.Por ejemplo, la basura se acumula en las calles y por las noches las ratas circulan por el canto de las veredas. Pero no es un barrio decadente: hay edificios relativamente nuevos, como en el que vivo, y otros bastante bien conservados. La gente suele gritar más que en otros sitios, pero también, aunque suene extraño, es más amable.</p>
<p>Pese a haber entablado relación con las chicas de la lavandería, con los peruanos de la verdulería, con el español del café, no sentía que estaba haciendo vida de barrio hasta hace una semana, cuando fui a uno de los barcitos de barrio y me senté solo a ver un partido de fútbol en la tele. No recuerdo qué partido vi.</p>
<p>Pero sí al señor de la mesa de al lado –canoso, bien educado– que comía un plato de carne con verduritas y que de pronto me dijo: “Che, ¿de dónde sos?”.</p>
<p>En realidad el señor escuchó mi acento cuando le pregunté al mozo cuánto valían las cervezas.</p>
<p>“¿No querés?”, dijo mostrando su botella de cerveza medio llena, “pero pedí algo para comer”.</p>
<p>Con don Camilo nos pusimos a conversar de Chile, de educación, de política, y resultó ser que era profesor de educación física, que había estado casado y que ahora se estaba mudando de departamento pero en el mismo edificio.</p>
<p>Don Camilo me hizo sentir la vida de barrio que alguna vez sentí, cuando vivía en la Población Empart de Viña del Mar y los viejos me hablaban como si fueran familia.</p>
<p>Don Camilo me recordó a mi abuelo, con quien viví en esa población, y por eso me sentí como en casa después de mucho tiempo.</p>
<p>Eso sí, don Camilo, para la próxima invito yo.</p>
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		<item>
		<title>Siesta en el Filba</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Sep 2011 20:58:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo León]]></category>

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		<description><![CDATA[La semana pasada terminó la tercera versión del Festival Internacional del Libro de Buenos Aires (FILBA). Participaron escritores de varios países –tres chilenos, entre ellos– y el Premio Nobel J.M. Coetzee. Un tema de los muchos que se abordaron en &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20110922165802/siesta-en-el-filba/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada terminó la tercera versión del Festival Internacional del Libro de Buenos Aires (FILBA). Participaron escritores de varios países –tres chilenos, entre ellos– y el Premio Nobel J.M. Coetzee.</p>
<p>Un tema de los muchos que se abordaron en las diferentes mesas llamó mi atención: Circuitos de Legitimación. O cómo hacer la pata, interpreté.</p>
<p><strong>Como no soy un “escritor legitimado”, decidí aprender cómo se lograba eso, y bueno ahí adelante aparecieron mis guías: la española Elvira Lindo (diciendo que no sabía por qué la habían invitado a discutir sobre legitimación, y que ella solamente escribía), el chileno Sergio Missana (citando con desesperación a Borges y a Saer, que era como decirles a los argentinos cómo se hacía un buen asado) y el local Martín Kohan (que lució no por su brillantez, sino por el uso del sentido común).</strong></p>
<p>La gente, reunida en buena cantidad, escuchaba con atención, aunque yo me imaginaba qué pasaba por sus cabezas cuando esos escritores hablaban.</p>
<p>Imaginé un caballo, un burro, un caballo diciendo burradas, un burro pegando caballazos, dos burros y un caballo. No me emocionó nada de lo que escuché.</p>
<p>Y como había llevado a una chica como compañía (para que aprendiera a legitimarse) y se terminó enojando con lo que, según ella, eran unos tipos que “no vivían la realidad”, llegué a mi casa bien temprano.</p>
<p>Nada de cervezas, ni de conversaciones, porque entre la recriminación de mi compañía y la desilusión por no haber encontrado la manera de hacer la pata, me había aburrido.</p>
<p>No soy de las personas que se dejan guiar por las primeras impresiones, así es que le di una segunda oportunidad al FILBA.</p>
<p>Cynthia Rimsky, la escritora chilena más “normal” de los chilenos invitados, me dijo que quería ir a comprar unos libros y yo, como buen caballero andante, la acompañé hasta la librería de un amigo, que también es editor de Mansalva.</p>
<p>Entre conversa y cerveza, de pronto estuvo decidido: iríamos al cóctel, si Dalia Rosetti, escritora argentina presente también en la librería, conseguía que la carreta de ese cartonero, que iba <em>ayá</em>, nos llevara al lugar del cóctel, a unas quince cuadras.</p>
<p>Dalia aceptó el desafío y negoció con el chico de la carreta, que resultó ser de Villa Fiorito.</p>
<p>Cuarenta pesos, cobraba, más del doble que un taxi.</p>
<p>Subimos a la carreta y llegamos al lugar del cóctel, que era en otra librería. Estos eventos son tan originales que uno ya no sabe qué pensar.</p>
<p><strong>En el camino habíamos imaginado que habría gente afuera y que al vernos bajar de la carreta del chico de Villa Fiorito nos aplaudiría, pero no, sólo estaba el guardia de la librería. </strong></p>
<p>Entramos. Y cosa curiosa: sólo había un puñado de escritores bebiendo copas de vino o vasos de cerveza con desgano. El resto eran trabajadores de la librería y del FILBA (buenos chicos, todos). Nada del glamour que había esperado Dalia Rosetti.</p>
<p>Aparte de conversar con autores y de beber, lo único rescatable fue que me quedé dormido.</p>
<p>A los dos días, Oliverio Coelho, otro escritor local (que por estos días anda en Chile “protestando”), me escribió un mail para invitarme a la fiesta final, pero le respondí algo vago.</p>
<p>De más está decir que aquella noche me acosté temprano. A esta edad, como solía decir mi abuelo, ya no ando para estos trotes.</p>
<p>Bueno, ésa fue mi experiencia en FILBA. Me gustaría contar que degollé a un escritor vivo, pero lamentablemente no encontré a ninguno y el cuchillo que tengo para estos casos lo dejé olvidado en una caja, en Santiago.</p>
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