Archive for the ‘Libros’ Category

El ocio no es pérdida de tiempo

Martes, Febrero 2nd, 2010

“La última consecuencia de la civilización es su
aptitud para ocupar inteligentemente los ratos de
ocio”.

Bertrand Russell
“La conquista de la felicidad”

Siempre me preguntan por qué me gusta tanto la palabra ocio. Esta es mi respuesta.

El ocio es la cesación del trabajo, el tiempo libre de una persona. Desde un punto de vista etimológico, es el tiempo disponible para hacer algo por gusto, no por obligación. Se opone al trabajo (vocablo que surgió de una voz latina que significa tortura), pero no en el sentido de descanso. Mientras el descanso es reposo, sosiego y quietud, el ocio es la oportunidad para trabajar en aquello que a uno le apasiona. Por tal razón, unas vacaciones muy prolongadas, sin hacer nada, podrían terminan por aburrir, porque la mente permanentemente necesita de los estímulos intelectuales. No en vano, del tiempo libre nacieron de manera natural, en el pasado, algunas de las manifestaciones artísticas y culturales más importantes y que aún perduran.

El antónimo de ocio es la palabra negocio, cuyo sentido implícito es la negación del ocio. El Diccionario de la Lengua Española define este sustantivo del modo siguiente, en primera acepción: Ocupación, quehacer o trabajo. En consecuencia, el ocio puede perfectamente significar cambiar de actividad, por una mucho más placentera.

El ocio es licencia, es libertad, es autonomía para realizar aquello que nos parece grato y estimulante y que no está sujeto ni a normas ni reglamentos. En ningún caso significa mantener la mente vacía, porque la inactividad también aflige y hastía. Pues bien, si el trabajo nos permite cubrir honestamente las necesidades del diario vivir, el ocio se ocupa en cultivar los placeres que enriquecen el espíritu.

El ocio no siempre ha sido una prerrogativa de las clases adineradas. En el pasado se le considerada parte del trabajo. Fue así, como en los inviernos helados y europeos, cuando la cosecha había terminado y los granos y los animales estaban a buen recaudo, la oscuridad, el frío y las lluvias mantenían a la gente obligadamente ocupadas en algo en el interior de sus hogares. De esas ocupaciones estacionales empezaron a surgir la pintura, la poesía, el teatro, la literatura, la música y algunas manifestaciones científicas.

El ocio no es lo opuesto al trabajo, es algo mejor, como lo sugirieron, entre otros, Sócrates, Aristóteles, San Bernardo, Mark Twain y Bertrand Russell; es definitivamente la oportunidad de crear con propósitos más nobles. Rémy de Gourmont, un ensayista francés del siglo 19 llegó a decir que el ocio era la más bella conquista del hombre y  Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo 17 ya había escrito que los ocios del descanso eran los padres de la filosofía.

En este período de vacaciones, tratemos de combinar el reposo absoluto, que lo necesitamos, por ejemplo, con la lectura. Abrir un libro, como dijo Descartes, es como conversar con los hombres y mujeres más interesantes de todos los tiempos. “Los ratos de ocio siempre serán el tiempo más apto para hacer algo provechoso”. Esta frase de Nathaniel Howe (1764-1837) resume el espíritu que anima al ocio.

El vino tinto a 18 grados y el cambio de mentalidad

Lunes, Noviembre 30th, 2009

Por muchos años estuve convencido de que el vino tinto había que tomarlo “chambreadito”, es decir a más de 21 grados. En el pasado, cuando la botella que íbamos a abrir estaba muy fría, la colocábamos cerca de una estufa o chimenea, para que subiera la temperatura del líquido y éste se expresara mejor. Eso pensábamos.

En esta creencia viví despreocupado, porque consideraba que tomar el tinto temperado era un refinamiento que permitía apreciar de mejor manera sus características.

Felizmente soy una persona que puede cambiar de opinión si alguien demuestra que estoy equivocado en mis convicciones y esta capacidad para reconocer los errores son consecuencia de la educación que recibí de parte de mi madre y de los libros que leo.

Hago esta reflexión, porque el año pasado cuando Radio Cooperativa me pidió que participara en el programa “Entre Copas”, que se transmite de lunes a viernes entre 21:00 y 22.00 horas, conocí a tres acreditados someliers: Héctor Vergara, Héctor Riquelme y Mariana Martínez. Coloqué sus nombres en el orden en que los conocí.

Tengo que confesar que trabajar con ellos ha sido una experiencia muy enriquecedora, porque en el plazo de algunos meses demolieron sistemáticamente muchas de las certidumbres que tenía con respecto al vino.

En primer lugar me demostraron que el vino tinto se debe beber a 18 grados. Cuando lo probé a esa temperatura lo sentí muy frío y extraño. Como estaba junto a expertos me reservé mi opinión y esperé algunos días. Pero ellos insistían en tomarlo a 18 grados y al llegar a la radio, solicitaban que los tintos que se iban a degustar se pusieran en el refrigerador.

Durante los primeros meses probé el vino frío, pero seguía pensando que era más agradable “chambreado”, hasta que un día abrí una botella en mi casa y le medí su temperatura: 25 grados. Era un vino reserva y lo encontré intomable. Sentí que mi boca se había inundado de alcohol y la sensación que sentí fue definitivamente desagradable.

Tomé la botella y leí su contra etiqueta. Decía claramente lo siguiente: “Tómese a 18 grados”. Entonces, lo llevé al refrigerador y lo tuve 45 minutos en su interior. Después lo probé y el vino había mejorado sustancialmente. A 18 grados despidió gratamente sus aromas y en la boca esa molesta sensación del alcohol desapareció.

En dos años de programa hemos entrevistado con Mariana Martínez a los más importantes enólogos y someliers del país y ninguno ha dicho que el vino tinto deba beberse a más de 18 grados.

Es muy probable que cuando se creó el vocablo “chambreado”, que viene de la voz francesa “chambre” que significa habitación, la idea haya sido que los vinos tintos se tomarán a la temperatura ambiente que, en aquel tiempo, no debe haber sido superior a 18 grados. Pero con los años, los sistemas de calefacción se fueron perfeccionando y la temperatura de los aposentos de una casa empezaron a elevarse por sobre los 25 grados. Por otro lado, los vinos tintos chilenos subieron su grado alcohólico hasta los 14.5 grados.

Cambiar un hábito es muy difícil, porque hay que luchar contra creencias muy arraigadas en el modo de ser de las personas. Muchas veces decía Marcel Proust que “la persistencia de una costumbre está generalmente en relación directa con lo absurdo de ella”. Por su parte, Montesquieu repetía “que nada agravia tanto a los hombres como ir contra sus costumbres”.

Esta última afirmación la ponen en práctica numerosos garzones de restaurantes. Cuando solicito que pongan el tinto en el refrigerador o en una cubetera con hielo, me miran espantados. Algunos me han recordado sutilmente que estoy ordenando vino tinto y que lo que estoy pidiendo es un despropósito. Incluso, he notado que algunos de mis acompañantes se siente incómodos, porque aunque me encuentran razón, creen que los vecinos de mesa me van a mirar y decir para sus adentros: “Otro chusco que no sabe tomar”.

Hace unos días, en una tienda un señor me aseguró que el vino tinto se toma tibio. Y no hay más que hablar. No supo decirme por qué. Yo le pedí que hiciera la prueba de beberlo a 18 grados. Nada más que eso. “Haga la prueba, pero no una vez, sino que varias”, le recomendé. “Sobre todo -agregué- hágalo en verano”. Me miró dudoso, pero me prometió que lo haría. No sé cómo le habrá ido, pero un  día de éstos lo voy a visitar para preguntarle.
En todo caso, en los mejores restaurantes a los mozos no hay que pedirle que enfríen el tinto; lo sirven como corresponde, a la temperatura que sugieren las viñas y… el sentido común. Nunca me voy a olvidar que un enólogo nos dijo en una oportunidad que nunca olvidáramos que el vino es una bebida y… que tiene que refrescar.

Por lo menos, en mi familia, hoy se toma el vino tinto a 18 grados. ¡Y cómo lo disfrutamos!

Gracias Mariana por haber sido tan insistente con este tema. Gracias Héctor Vergara y Héctor Riquelme por haberme sacado de un error.

La Feria del Libro me obligó a pensar por qué escribí “Malas palabras con historia”

Miércoles, Noviembre 18th, 2009

Todos los años, en estos días, vivo un proceso más o menos parecido. Publico un nuevo libro, participo en su difusión y presentación y cumplo con el rito de firmar ejemplares en la Feria Internacional del Libro.

Este año fue algo diferente a los otros, porque tuve dos presentaciones: una en la Feria de Santiago y otro en la Feria del Libro de Los Andes, donde me presentaron el alcalde de la ciudad, Mauricio Navarro Salinas y el periodista Hernán Morales Silva.

Nunca me había presentado una autoridad y fue muy grato descubrir que el alcalde había leído mi libro con detenimiento; sus comentarios fueron oportunos, divertidos y demostraron mucho conocimiento sobre el lenguaje coloquial.

En esta oportunidad, edité un libro que indaga en los orígenes de las malas palabras. Y, en las dos oportunidades en que me presenté en público, me preocupé porque había niños presentes. Expliqué a los padres de qué se trataba el libro y agregué que si estimaban que no debían escucharme, era el momento de retirarse. Nadie lo hizo y en Los Andes, al terminar mi intervención, el alcalde me animó a conversar con los asistentes. La primera pregunta me la hizo una niñita de unos seis años. Me consultó qué era un flaite. La segunda la formuló una adolescente que quería saber cómo había manejado el tema del pudor con este libro.

Más tarde, un señor quiso saber si había una contradicción entre mi quehacer como autor de volúmenes sobre el lenguaje y este título que, aparentemente, se alejaba de lo que yo hacía habitualmente.

Fue una pregunta fundamental.

Creo que yo soy un contador de historias y mucha gente aprende con estas historias, pero debo confesar que mi finalidad nunca ha sido la de enseñar. Cuando yo preparo un programa de radio y televisión o escribo un libro, mi propósito es uno solo: hacerlo lo mejor posible. Cuando hago clases, trato que los alumnos sientan que no estoy haciendo clases. Tampoco ando corrigiendo a la gente que habla mal. No practico la censura ni la corrección (en el sentido de rectificación) ni soy un fundamentalista del lenguaje. Pero con “Malas palabras con historia” siento que hubo una intención: la de contar el origen de las palabrotas que más utilizamos, para conocerlas, familiarizarnos con ellas y así no usarlas.

La primera edición de este texto se agotó en las bodegas de Feria Chilena del Libro y de Ediciones Cerro Manquehue y la Editorial Bibliográfica Internacional vendió todo lo que llevó al Centro Cultural Estación Mapocho. Los ejemplares que quedan son los que están en las librerías. Y una vez más, numerosos ejemplares fueron comprados por los papás para sus hijos y a todos ellos les escribí en la dedicatoria que mi esperanza es que no empleen estos vocablos. Me ha costado entender porque los niños se entretienen con mis textos.

En definitiva, éstas fueron tres semanas intensas de Feria del Libro y fue muy alentador ver tanta gente recorriendo los pasillos de la antigua Estación Mapocho y que hubiera llegado a este recinto una figura tan importante de las letras latinoamericana como Carlos Fuentes que, una vez más, demostró que en los grandes hombres el talento va de la mano de la gentileza.

Si el entusiasmo me sigue acompañando, espero entregar a la brevedad la actualización de “Vicios en el lenguaje del chileno”. Con Hernán Morales Silva hemos tenido que revisarlo completamente, porque muchos de los vicios que aparecen en sus páginas… ya no son vicios.

Palabras que no producen indiferencia

Lunes, Octubre 5th, 2009

Esta semana comenzó a circular en librerías mi último mi último libro: “Malas palabras con historia”. Aquí les cuento cómo se gestó.

Las malas palabras no son sólo las groserías, sino que todas aquellas que nos producen un inmenso desagrado cuando las escuchamos. Algunas de ellas nos incomodan, otras nos causan repugnancia, también están las que desencadenan en nosotros una ola de indignación, no faltan las que nos hacen sonrojarnos y, sobre todo, las que hieren nuestra sensibilidad y nos humillan. Las malas palabras no dejan indiferente a ninguna persona. Puede que algunos tengan una mayor tolerancia hacia ellas y que no reaccionen frente al sonido que las identifica, pero cuando se escuchan o se pronuncian, todos sabemos a qué están aludiendo.

Las palabrotas hacen referencia a lo que no se debería ventilar en público, a lo que debería mantenerse en el ámbito de la intimidad, mientras que las malas palabras, en general, son las que engendran irritación, rechazo y reprobación. Por ejemplo, los vocablos relacionados con las prácticas sociales indebidas caben en esta categoría,

Las palabras, en sí, son inocentes, porque sus propósitos esenciales son la explicación y la comunicación. La carga positiva o negativa la adquieren de acuerdo al contexto en que se utilizan. Si no existieran voces como culo, caca, pene y pedo, entre otras de esta naturaleza, no tendríamos cómo explicar estas partes de la anatomía y algunos de los fenómenos que se relacionan con esas zonas del cuerpo humano y animal. Lo que ocurre con el vocabulario, es que las palabras tienen el poder de la evocación y cuando se piensa en ellas, se pronuncian o se escuchan, es inevitable no reproducir en la mente lo que sugieren, incluso pueden liberar en la memoria recuerdos olfativos y poca gente disfruta pensando en el olor a mierda… aunque, por supuesto, existen las excepciones.

También existen las palabras que tienen mal sonido, que son duras, ásperas, disonantes y que carecen de armonía. Cuando se articulan, dejan la misma sensación que la desafinación, en música. El oído las rechaza, porque quiebran la musicalidad del lenguaje. Estas locuciones, además de su capacidad rememorativa, irrumpen desagradablemente en el ambiente cuando se vocalizan porque, en vez de sonar, retumban, rechinan, crepitan y desentonan.

En la selección que ofrece este libro hay malas palabras de todo tipo: aparecen las que ofenden, las que desagradan, las provocativas, las que perturban los sentidos, las que causan indignación, las que avergüenzan y encienden las mejillas, las que desatan la lujuria y las que hieren la sensibilidad. Pero estos sustantivos, verbos, adjetivos e interjecciones existen, están al alcance de nosotros, están registrados en los diccionarios, conviven al lado de los otros términos que utilizamos a diario y nos ayudan a entender la realidad. Estas locuciones adquieren su carga perturbadora conforme al entorno en que se insertan. A veces las evitamos, porque el ámbito social en que nos desenvolvemos las reprueba. En esos casos, se acude a los eufemismos, que son formas más delicadas y comedidas para decir lo mismo. Por ejemplo, un gastroenterólogo nunca le pregunta a un paciente si caga bien después de comida, lo hace consultándole si obra sin problemas.

Las malas palabras no son propias de la sociedad moderna. Han existido siempre. Los antropólogos han conseguido determinar que numerosos pueblos primitivos no permitían que se pronunciaran algunas voces. En esta categoría cabían, cuenta el psicoanalista argentino Ariel C. Arango en su ensayo Las malas palabras, los denominados vocablos tabú, voz polinésica que etimológicamente significa sagrado o consagrado, en primera acepción, y peligroso, prohibido e impuro, en segunda. Muchos términos vedados no eran groserías ni nada parecido, agrega Arango; eran sólo expresiones que la costumbre no autorizaba a que se vocalizaran en público: nombres de dioses, de la suegra, de reyes y sacerdotes o de difuntos, por citar algunos ejemplos. Las violaciones al tabú incluso podían calificarse de sacrilegios; si así ocurría, las transgresiones acarreaban derivaciones funestas. Los castigos por infringir estas prohibiciones podían ir desde la pena de prisión en mazmorras, en el antiguo reino de Siam, hasta la condena a muerte, entre los guajiros de Colombia.

Aun cuando siempre se ha tenido conciencia de que las palabras son sólo el nombre de las cosas y las acciones, también se ha admitido que algunas de estas cosas y acciones pueden existir o llevarse a cabo, pero que no deberían decirse públicamente, porque la costumbre no lo permite. En este ámbito, en las sociedades modernas, se ubican las groserías, las blasfemias, las imprecaciones, los insultos, las obscenidades y las indecencias.

En consecuencia, la mala palabra, es la que quebranta agresivamente las reglas de la coexistencia social. Es el vocablo que inesperadamente se sale del libreto unánimemente aceptado y nos recuerda de manera imprevista aquello que no debería verse ni escucharse. Sabemos que estos términos no se consideran buenos porque, en algunos casos, ofenden el pudor y, en otros, recuerdan las malas prácticas sociales. Son obscenas -de acuerdo a los estudiosos del lenguaje y el comportamiento social- porque nombran sin restricciones lo que jamás debería mencionarse en público o son inmorales, porque aluden a contravenciones de las buenas costumbres y vulneración de la legislación. Estas voces poseen, además, un poder imaginativo: provocan en la mente la representación clara del órgano aludido, de una escena sexual o de una mala acción.

Este libro se hizo con la colaboración de muchísima gente. Un gran porcentaje de las voces que aparecen en las páginas siguientes fueron sugeridas a través de personas que leen mi blog de Radio Cooperativa, de mis amigos de Facebook y mis followers de Twitter. Esta es la primera vez que me sirvo de las nuevas herramientas de comunicación, propias del siglo 21. Igualmente encontré inspiración en una serie de programas que realizamos con Cecilia Rovaretti y Rodolfo Baier en Una nueva mañana en Cooperativa y en proposiciones de clientes habituales de Feria Chilena del Libro que son grandes lectores y de estudiantes universitarios a los que les hago clases.

Nos sorprendió que numerosas personas incorporaran en sus listas de malas palabras locuciones como acosar, burocracia, chaquetear, cesantía, cogotear, coimero, colusión, delincuencia, mediocridad y sobresueldos entre otras. Esto significa que las voces que aparecen en “Malas palabras con historia” no son sólo las que tradicionalmente se califican como palabrotas, sino que también fue necesario incluir aquellas que nos provocan enorme fastidio cuando las escuchamos.

“Malas palabras con historia” fue publicado por Radio Cooperativa, Feria Chilena del Libro y Ediciones Cerro Huelén.

“Malas palabras con historia”: Un libro con historia

Viernes, Julio 17th, 2009

Terminé de escribir “Malas palabras con historia” con la inestimable ayuda de los oyentes de Radio Cooperativa, de los lectores de mi blog, de mis amigos de Facebook y Twitter y de mis alumnos. Esta es la primera vez que preparo un libro sirviéndome de estas nuevas herramientas de comunicación y estoy muy satisfecho de la experiencia, porque he comprobado que si estos instrumentos se ocupan con el propósito de enriquecer un trabajo, los resultados son altamente positivos.

También estoy sorprendido porque este libro saldrá aproximadamente en un mes más, pero debido a este blog ya ha sido objeto de comentarios anticipados; incluso “Publimetro” anunció su aparición en portada. Transcribo a continuación una parte del prólogo con que iniciará el libro.

Las malas palabras no son sólo las groserías, sino que todas aquellas que nos producen un inmenso desagrado cuando las escuchamos. Algunas de ellas nos incomodan, otras nos causan repugnancia, también están las que desencadenan en nosotros una ola de indignación, no faltan las que nos hacen sonrojarnos y, sobre todo, las que hieren nuestra sensibilidad y nos humillan. Las malas palabras no dejan indiferente a ninguna persona. Puede que algunos tengan una mayor tolerancia hacia ellas y que no reaccionen frente al sonido que las identifica, pero cuando se escuchan o se pronuncian, todos sabemos a qué están aludiendo.

Las palabrotas hacen referencia a lo que no se debería ventilar en público, a lo que debería mantenerse en el ámbito de la intimidad, mientras que las malas palabras, en general, son las que engendran irritación, rechazo y reprobación. Por ejemplo, los vocablos relacionados con las prácticas sociales indebidas caben en esta categoría.

Las palabras, en sí, son inocentes, porque sus propósitos esenciales son la explicación y la comunicación. La carga positiva o negativa la adquieren de acuerdo al contexto en que se utilizan. Si no existieran voces como culo, caca, pene y pedo, entre otras de esta naturaleza, no tendríamos cómo explicar estas partes de la anatomía y algunos de los fenómenos que se relacionan con esas zonas del cuerpo humano y animal. Lo que ocurre con el vocabulario, es que las palabras tienen el poder de la evocación y cuando se piensa en ellas, se pronuncian o se escuchan, es inevitable no reproducir en la mente lo que sugieren, incluso pueden liberar en la memoria recuerdos olfativos y poca gente disfruta pensando en el olor a mierda… aunque, por supuesto, existen las excepciones.

También existen las palabras que tienen mal sonido, que son duras, ásperas, disonantes y que carecen de armonía. Cuando se articulan, dejan la misma sensación que la desafinación. El oído las rechaza, porque quiebran la musicalidad del lenguaje. Estas locuciones, además de su capacidad rememorativa, irrumpen desagradablemente en el ambiente cuando se vocalizan porque, en vez de sonar, retumban, rechinan, crepitan y desentonan.

En la selección que ofrece este libro hay malas palabras de todo tipo: aparecen las que ofenden, las que desagradan, las provocativas, las que perturban los sentidos, las que causan indignación, las que avergüenzan y encienden las mejillas, las que desatan la lujuria y las que lastiman la sensibilidad. Pero estos sustantivos, verbos, adjetivos e interjecciones existen, están al alcance de nosotros, están registrados en los diccionarios, conviven al lado de los otros términos que utilizamos a diario y nos ayudan a entender la realidad. Estas locuciones adquieren su carga perturbadora conforme al entorno en que se insertan. A veces las evitamos, porque el ámbito social en que nos desenvolvemos las reprueba. En esos casos, se acude a los eufemismos, que son formas más delicadas y comedidas para decir lo mismo. Por ejemplo, un gastroenterólogo nunca le pregunta a un paciente si caga bien después de comida, lo hace consultándole si obra sin problemas.