¿Deben eliminarse los chilenismos y las malas palabras del diccionario?
Miércoles, Febrero 10th, 2010Este fin de semana estaré en la XXV Feria del Libro de La Serena hablando sobre este tema.
Los idiomas crecen a fuerza de
de impurificarse imprudentemente.Pedro Laín Entralgo
En los últimos días me han llamado numerosos periodistas para consultarme por los chilenismos. La mayoría de ellos -al parecer interpretando el sentir de mucha gente- me han sorprendido con un planteamiento inesperado: ¿es legítimo y lógico que los diccionarios incluyan en sus páginas las malas palabras y los chilenismos? Luego de presentarme esta inquietud, me han explicado que quienes piensan que las groserías y giros propios de un país no deberían figurar en los léxicos, lo hacen convencidos de que lo único que se consigue es empobrecer el lenguaje y no enriquecerlo. Con franqueza, nunca se me había ocurrido ver este tema desde este curioso punto de vista.
Partamos por lo primero. Un chilenismo es un vocablo, un giro idiomático o un modo de hablar propio de los chilenos. La edición del año 2001 del Diccionario de la Lengua Española registra aproximadamente unas 1.800 voces que se usan habitualmente en nuestro país. Por ejemplo, entre las palabras incorporadas al léxico aparecen, entre otras, condoro, lorear, lesear, churrín, copetear, piñufla y canilla. También figura el adverbio de tiempo altiro que es un vocablo característico del habla nacional y que sirve para que en el extranjero se identifique de inmediato a los chilenos.
El que numerosos términos del lenguaje coloquial aparezcan en el léxico no significa que se puedan utilizar libremente en cualquier conversación. Existen niveles de comunicación que, por lo general, se respetan. Por ejemplo, en el nivel formal no es apropiado emplear el verbo lorear, en vez de observar o el sustantivo gallada por grupo de personas. El diccionario, al incorporar nuevas locuciones, en muchas de ellas advierte algunas de sus singularidades. Es el caso del verbo sapear, que significa vigilar disimuladamente, pero que el léxico clasifica como una voz coloquial; es decir, que se debe usar en un ambiente de confianza.
Lo importante es que la Real Academia de la Lengua, en nuestro caso, está acogiendo las sugerencias de la Academia Chilena de la Lengua y ha incorporado a las páginas de su diccionario numerosas palabras que son de uso común en el país y que merecían una definición apropiada y docta.
Con respecto a las malas palabras si éstas no aparecieran en los diccionarios, sustantivos como culo, caca, pene y pedo, entre otros de esta naturaleza, no tendríamos cómo explicar sus significados y algunos de los fenómenos que se relacionan con esas zonas del cuerpo humano y animal. En consecuencia, los diccionarios sólo cumple una labor informativa necesaria, básica y esencial y somos nosotros los que le damos la connotación al lenguaje.
Los diccionarios definen los vocablos existentes y, en algunos casos, nos orientan sobre sus usos, pero eliminar las malas palabras y los chilenismos me parece un despropósito.
En los próximos días -viernes 12 y sábado 13 de febrero- estaré en la XXV Feria del Libro de La Serena precisamente hablando de chilenismos y malas palabras.


