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El vino tinto a 18 grados y el cambio de mentalidad

Lunes, Noviembre 30th, 2009

Por muchos años estuve convencido de que el vino tinto había que tomarlo “chambreadito”, es decir a más de 21 grados. En el pasado, cuando la botella que íbamos a abrir estaba muy fría, la colocábamos cerca de una estufa o chimenea, para que subiera la temperatura del líquido y éste se expresara mejor. Eso pensábamos.

En esta creencia viví despreocupado, porque consideraba que tomar el tinto temperado era un refinamiento que permitía apreciar de mejor manera sus características.

Felizmente soy una persona que puede cambiar de opinión si alguien demuestra que estoy equivocado en mis convicciones y esta capacidad para reconocer los errores son consecuencia de la educación que recibí de parte de mi madre y de los libros que leo.

Hago esta reflexión, porque el año pasado cuando Radio Cooperativa me pidió que participara en el programa “Entre Copas”, que se transmite de lunes a viernes entre 21:00 y 22.00 horas, conocí a tres acreditados someliers: Héctor Vergara, Héctor Riquelme y Mariana Martínez. Coloqué sus nombres en el orden en que los conocí.

Tengo que confesar que trabajar con ellos ha sido una experiencia muy enriquecedora, porque en el plazo de algunos meses demolieron sistemáticamente muchas de las certidumbres que tenía con respecto al vino.

En primer lugar me demostraron que el vino tinto se debe beber a 18 grados. Cuando lo probé a esa temperatura lo sentí muy frío y extraño. Como estaba junto a expertos me reservé mi opinión y esperé algunos días. Pero ellos insistían en tomarlo a 18 grados y al llegar a la radio, solicitaban que los tintos que se iban a degustar se pusieran en el refrigerador.

Durante los primeros meses probé el vino frío, pero seguía pensando que era más agradable “chambreado”, hasta que un día abrí una botella en mi casa y le medí su temperatura: 25 grados. Era un vino reserva y lo encontré intomable. Sentí que mi boca se había inundado de alcohol y la sensación que sentí fue definitivamente desagradable.

Tomé la botella y leí su contra etiqueta. Decía claramente lo siguiente: “Tómese a 18 grados”. Entonces, lo llevé al refrigerador y lo tuve 45 minutos en su interior. Después lo probé y el vino había mejorado sustancialmente. A 18 grados despidió gratamente sus aromas y en la boca esa molesta sensación del alcohol desapareció.

En dos años de programa hemos entrevistado con Mariana Martínez a los más importantes enólogos y someliers del país y ninguno ha dicho que el vino tinto deba beberse a más de 18 grados.

Es muy probable que cuando se creó el vocablo “chambreado”, que viene de la voz francesa “chambre” que significa habitación, la idea haya sido que los vinos tintos se tomarán a la temperatura ambiente que, en aquel tiempo, no debe haber sido superior a 18 grados. Pero con los años, los sistemas de calefacción se fueron perfeccionando y la temperatura de los aposentos de una casa empezaron a elevarse por sobre los 25 grados. Por otro lado, los vinos tintos chilenos subieron su grado alcohólico hasta los 14.5 grados.

Cambiar un hábito es muy difícil, porque hay que luchar contra creencias muy arraigadas en el modo de ser de las personas. Muchas veces decía Marcel Proust que “la persistencia de una costumbre está generalmente en relación directa con lo absurdo de ella”. Por su parte, Montesquieu repetía “que nada agravia tanto a los hombres como ir contra sus costumbres”.

Esta última afirmación la ponen en práctica numerosos garzones de restaurantes. Cuando solicito que pongan el tinto en el refrigerador o en una cubetera con hielo, me miran espantados. Algunos me han recordado sutilmente que estoy ordenando vino tinto y que lo que estoy pidiendo es un despropósito. Incluso, he notado que algunos de mis acompañantes se siente incómodos, porque aunque me encuentran razón, creen que los vecinos de mesa me van a mirar y decir para sus adentros: “Otro chusco que no sabe tomar”.

Hace unos días, en una tienda un señor me aseguró que el vino tinto se toma tibio. Y no hay más que hablar. No supo decirme por qué. Yo le pedí que hiciera la prueba de beberlo a 18 grados. Nada más que eso. “Haga la prueba, pero no una vez, sino que varias”, le recomendé. “Sobre todo -agregué- hágalo en verano”. Me miró dudoso, pero me prometió que lo haría. No sé cómo le habrá ido, pero un  día de éstos lo voy a visitar para preguntarle.
En todo caso, en los mejores restaurantes a los mozos no hay que pedirle que enfríen el tinto; lo sirven como corresponde, a la temperatura que sugieren las viñas y… el sentido común. Nunca me voy a olvidar que un enólogo nos dijo en una oportunidad que nunca olvidáramos que el vino es una bebida y… que tiene que refrescar.

Por lo menos, en mi familia, hoy se toma el vino tinto a 18 grados. ¡Y cómo lo disfrutamos!

Gracias Mariana por haber sido tan insistente con este tema. Gracias Héctor Vergara y Héctor Riquelme por haberme sacado de un error.

La Feria del Libro me obligó a pensar por qué escribí “Malas palabras con historia”

Miércoles, Noviembre 18th, 2009

Todos los años, en estos días, vivo un proceso más o menos parecido. Publico un nuevo libro, participo en su difusión y presentación y cumplo con el rito de firmar ejemplares en la Feria Internacional del Libro.

Este año fue algo diferente a los otros, porque tuve dos presentaciones: una en la Feria de Santiago y otro en la Feria del Libro de Los Andes, donde me presentaron el alcalde de la ciudad, Mauricio Navarro Salinas y el periodista Hernán Morales Silva.

Nunca me había presentado una autoridad y fue muy grato descubrir que el alcalde había leído mi libro con detenimiento; sus comentarios fueron oportunos, divertidos y demostraron mucho conocimiento sobre el lenguaje coloquial.

En esta oportunidad, edité un libro que indaga en los orígenes de las malas palabras. Y, en las dos oportunidades en que me presenté en público, me preocupé porque había niños presentes. Expliqué a los padres de qué se trataba el libro y agregué que si estimaban que no debían escucharme, era el momento de retirarse. Nadie lo hizo y en Los Andes, al terminar mi intervención, el alcalde me animó a conversar con los asistentes. La primera pregunta me la hizo una niñita de unos seis años. Me consultó qué era un flaite. La segunda la formuló una adolescente que quería saber cómo había manejado el tema del pudor con este libro.

Más tarde, un señor quiso saber si había una contradicción entre mi quehacer como autor de volúmenes sobre el lenguaje y este título que, aparentemente, se alejaba de lo que yo hacía habitualmente.

Fue una pregunta fundamental.

Creo que yo soy un contador de historias y mucha gente aprende con estas historias, pero debo confesar que mi finalidad nunca ha sido la de enseñar. Cuando yo preparo un programa de radio y televisión o escribo un libro, mi propósito es uno solo: hacerlo lo mejor posible. Cuando hago clases, trato que los alumnos sientan que no estoy haciendo clases. Tampoco ando corrigiendo a la gente que habla mal. No practico la censura ni la corrección (en el sentido de rectificación) ni soy un fundamentalista del lenguaje. Pero con “Malas palabras con historia” siento que hubo una intención: la de contar el origen de las palabrotas que más utilizamos, para conocerlas, familiarizarnos con ellas y así no usarlas.

La primera edición de este texto se agotó en las bodegas de Feria Chilena del Libro y de Ediciones Cerro Manquehue y la Editorial Bibliográfica Internacional vendió todo lo que llevó al Centro Cultural Estación Mapocho. Los ejemplares que quedan son los que están en las librerías. Y una vez más, numerosos ejemplares fueron comprados por los papás para sus hijos y a todos ellos les escribí en la dedicatoria que mi esperanza es que no empleen estos vocablos. Me ha costado entender porque los niños se entretienen con mis textos.

En definitiva, éstas fueron tres semanas intensas de Feria del Libro y fue muy alentador ver tanta gente recorriendo los pasillos de la antigua Estación Mapocho y que hubiera llegado a este recinto una figura tan importante de las letras latinoamericana como Carlos Fuentes que, una vez más, demostró que en los grandes hombres el talento va de la mano de la gentileza.

Si el entusiasmo me sigue acompañando, espero entregar a la brevedad la actualización de “Vicios en el lenguaje del chileno”. Con Hernán Morales Silva hemos tenido que revisarlo completamente, porque muchos de los vicios que aparecen en sus páginas… ya no son vicios.