Esta semana comenzó a circular en librerías mi último mi último libro: “Malas palabras con historia”. Aquí les cuento cómo se gestó.
Las malas palabras no son sólo las groserías, sino que todas aquellas que nos producen un inmenso desagrado cuando las escuchamos. Algunas de ellas nos incomodan, otras nos causan repugnancia, también están las que desencadenan en nosotros una ola de indignación, no faltan las que nos hacen sonrojarnos y, sobre todo, las que hieren nuestra sensibilidad y nos humillan. Las malas palabras no dejan indiferente a ninguna persona. Puede que algunos tengan una mayor tolerancia hacia ellas y que no reaccionen frente al sonido que las identifica, pero cuando se escuchan o se pronuncian, todos sabemos a qué están aludiendo.
Las palabrotas hacen referencia a lo que no se debería ventilar en público, a lo que debería mantenerse en el ámbito de la intimidad, mientras que las malas palabras, en general, son las que engendran irritación, rechazo y reprobación. Por ejemplo, los vocablos relacionados con las prácticas sociales indebidas caben en esta categoría,
Las palabras, en sí, son inocentes, porque sus propósitos esenciales son la explicación y la comunicación. La carga positiva o negativa la adquieren de acuerdo al contexto en que se utilizan. Si no existieran voces como culo, caca, pene y pedo, entre otras de esta naturaleza, no tendríamos cómo explicar estas partes de la anatomía y algunos de los fenómenos que se relacionan con esas zonas del cuerpo humano y animal. Lo que ocurre con el vocabulario, es que las palabras tienen el poder de la evocación y cuando se piensa en ellas, se pronuncian o se escuchan, es inevitable no reproducir en la mente lo que sugieren, incluso pueden liberar en la memoria recuerdos olfativos y poca gente disfruta pensando en el olor a mierda… aunque, por supuesto, existen las excepciones.
También existen las palabras que tienen mal sonido, que son duras, ásperas, disonantes y que carecen de armonía. Cuando se articulan, dejan la misma sensación que la desafinación, en música. El oído las rechaza, porque quiebran la musicalidad del lenguaje. Estas locuciones, además de su capacidad rememorativa, irrumpen desagradablemente en el ambiente cuando se vocalizan porque, en vez de sonar, retumban, rechinan, crepitan y desentonan.
En la selección que ofrece este libro hay malas palabras de todo tipo: aparecen las que ofenden, las que desagradan, las provocativas, las que perturban los sentidos, las que causan indignación, las que avergüenzan y encienden las mejillas, las que desatan la lujuria y las que hieren la sensibilidad. Pero estos sustantivos, verbos, adjetivos e interjecciones existen, están al alcance de nosotros, están registrados en los diccionarios, conviven al lado de los otros términos que utilizamos a diario y nos ayudan a entender la realidad. Estas locuciones adquieren su carga perturbadora conforme al entorno en que se insertan. A veces las evitamos, porque el ámbito social en que nos desenvolvemos las reprueba. En esos casos, se acude a los eufemismos, que son formas más delicadas y comedidas para decir lo mismo. Por ejemplo, un gastroenterólogo nunca le pregunta a un paciente si caga bien después de comida, lo hace consultándole si obra sin problemas.
Las malas palabras no son propias de la sociedad moderna. Han existido siempre. Los antropólogos han conseguido determinar que numerosos pueblos primitivos no permitían que se pronunciaran algunas voces. En esta categoría cabían, cuenta el psicoanalista argentino Ariel C. Arango en su ensayo Las malas palabras, los denominados vocablos tabú, voz polinésica que etimológicamente significa sagrado o consagrado, en primera acepción, y peligroso, prohibido e impuro, en segunda. Muchos términos vedados no eran groserías ni nada parecido, agrega Arango; eran sólo expresiones que la costumbre no autorizaba a que se vocalizaran en público: nombres de dioses, de la suegra, de reyes y sacerdotes o de difuntos, por citar algunos ejemplos. Las violaciones al tabú incluso podían calificarse de sacrilegios; si así ocurría, las transgresiones acarreaban derivaciones funestas. Los castigos por infringir estas prohibiciones podían ir desde la pena de prisión en mazmorras, en el antiguo reino de Siam, hasta la condena a muerte, entre los guajiros de Colombia.
Aun cuando siempre se ha tenido conciencia de que las palabras son sólo el nombre de las cosas y las acciones, también se ha admitido que algunas de estas cosas y acciones pueden existir o llevarse a cabo, pero que no deberían decirse públicamente, porque la costumbre no lo permite. En este ámbito, en las sociedades modernas, se ubican las groserías, las blasfemias, las imprecaciones, los insultos, las obscenidades y las indecencias.
En consecuencia, la mala palabra, es la que quebranta agresivamente las reglas de la coexistencia social. Es el vocablo que inesperadamente se sale del libreto unánimemente aceptado y nos recuerda de manera imprevista aquello que no debería verse ni escucharse. Sabemos que estos términos no se consideran buenos porque, en algunos casos, ofenden el pudor y, en otros, recuerdan las malas prácticas sociales. Son obscenas -de acuerdo a los estudiosos del lenguaje y el comportamiento social- porque nombran sin restricciones lo que jamás debería mencionarse en público o son inmorales, porque aluden a contravenciones de las buenas costumbres y vulneración de la legislación. Estas voces poseen, además, un poder imaginativo: provocan en la mente la representación clara del órgano aludido, de una escena sexual o de una mala acción.
Este libro se hizo con la colaboración de muchísima gente. Un gran porcentaje de las voces que aparecen en las páginas siguientes fueron sugeridas a través de personas que leen mi blog de Radio Cooperativa, de mis amigos de Facebook y mis followers de Twitter. Esta es la primera vez que me sirvo de las nuevas herramientas de comunicación, propias del siglo 21. Igualmente encontré inspiración en una serie de programas que realizamos con Cecilia Rovaretti y Rodolfo Baier en Una nueva mañana en Cooperativa y en proposiciones de clientes habituales de Feria Chilena del Libro que son grandes lectores y de estudiantes universitarios a los que les hago clases.
Nos sorprendió que numerosas personas incorporaran en sus listas de malas palabras locuciones como acosar, burocracia, chaquetear, cesantía, cogotear, coimero, colusión, delincuencia, mediocridad y sobresueldos entre otras. Esto significa que las voces que aparecen en “Malas palabras con historia” no son sólo las que tradicionalmente se califican como palabrotas, sino que también fue necesario incluir aquellas que nos provocan enorme fastidio cuando las escuchamos.
“Malas palabras con historia” fue publicado por Radio Cooperativa, Feria Chilena del Libro y Ediciones Cerro Huelén.