Archive for Agosto, 2009

Modernidad, mantenimiento y capacitación

Lunes, Agosto 24th, 2009

Me abruma una sensación de incertidumbre, que nace de algunas experiencias aisladas. Hace algunos meses comencé a tener problemas para cruzar los pórticos del Metro. Mi tarjeta no era aceptada, pese a que siempre tenía una carga suficiente de dinero. Traté de que me la cambiaran, pero los cajeros de las estaciones se negaron, porque después que le sacaban brillo con la manga, la tarjeta volvía a funcionar. Yo, agradecido, seguía mi viaje, hasta que retornaba al Metro y otro cajero se daba el trabajo de limpiar mi tarjeta. Tras dos semanas de limpiezas intensas, me vi en la obligación de tomar una decisión: o comprarme un trapo amarillo de aseo y llevarlo a todas partes o comprar otra tarjeta. Le perdí el afecto a unos pocos pesos y opté por la segunda alternativa, porque la del trapo no me pareció que tenía categoría. A la semana volvieron los problemas y hoy, pese a los esfuerzos que hago, algunos pórticos definitivamente no me dejan cruzar ni con la tarjeta antigua ni con la nueva. He pensado en llevar las tarjetas a una lavandería, pero me parece un exceso. Creo que no debería haber comprado una nueva. Me parece que la solución es darle un mantenimiento adecuado a los pórticos.

Continúo. La semana pasada pretendí sacar dinero de un cajero automático. Partí en Huérfanos, al llegar a Mac Iver. Después de visitar seis de ellos, sin que ninguno me reconociera mi tarjeta de red-compra, llegué a uno de Monjitas con José Miguel de la Barra, donde por fin conseguí mi objetivo. Lo más insólito, es que en uno de Miraflores divisé a una señora zamarreando el cajero de igual manera como lo hacen algunas personas cuando el teléfono público no devuelve la ficha. A ése no me atreví a entrar. También encontré un  par que tenían pegado un papel con scotch en el que decía “fuera de servicio”. Después de esta experiencia volví a evaluar la adquisición de un trapito.

Sigo. El fin de semana, como soy rápido para comprar, me dirigí a una multitienda con nombre de capital de país europeo y adquirí una aspiradora. La vendedora demoró algunos minutos en atenderme, pero la persona que me hizo la factura me tuvo media hora esperando el documento. En ese lapso, que se hizo eterno, un contingente de funcionarios hizo de todo para que el computador de marras imprimiera mi nombre en la factura, pero éste se negaba porfiadamente a hacerlo. Cuando desistí de la compra, parece que el ordenador se dio cuenta de que iban a perder el cliente y se dignó registrar mi gracia, como se decía antiguamente. Claro que el sistema funcionó cuando llegó la jefa máxima y advirtió que sus subalternos se habían saltado una etapa del procedimiento, que era el que “guardaba” los datos del comprador.

Chile pretende ser un país moderno, pero la modernidad también es consecuencia del mantenimiento de los “fierros” y la capacitación permanente del personal que los utiliza.

Gracias Alfonso Calderón

Lunes, Agosto 10th, 2009

Muchas gracias Alfonso…

  • Por haber convertido las horas de clases en horas de provechoso placer.
  • Por mejorar la sintaxis de nuestros textos.
  • Por reforzar, en los que fuimos tus alumnos, el amor a los libros.
  • Por la disciplina de trabajo que nos inculcaste.
  • Por aconsejarnos mirar hacia arriba, hacia los lados y hacia abajo y no sólo hacia adelante.
  • Por enriquecer nuestra imaginación.
  • Por ayudarnos a valorizar a Joaquín Edwards Bello.
  • Por enseñarnos a usar el diccionario.
  • Por habernos corregido sin ofender nuestras epidermis.
  • Por las permanentes lecciones de humildad y modestia que siempre nos diste.
  • Por iniciarnos en el pensamiento creativo.
  • Por exigirnos ser autocríticos.
  • Por alejarnos del aburrimiento.
  • Porque nos hiciste descubrir lo fascinante que es el cine de los años de 1940 y 1950.
  • Porque los que seguimos tus pasos como académicos, tratamos de no aburrir a nuestros alumnos, claro que no como nos encantabas tú con tu sabiduría.
  • Porque gracias a ti, el periodismo se convirtió en nuestras vidas en algo fascinante y no rutinario.
  • Porque desde que te conocimos descubrimos que Santiago era muy diferente a lo que nosotros creíamos.
  • Por ser tan amable y considerado.
  • Porque gracias a ti estamos pendiente de no repetir palabras en un texto y estamos atentos a las concordancias verbales, de número y género.
  • Por adiestrarnos en el arte de la conversación.
  • Porque debido a ti sabemos que la progresión dramática en un texto es fundamental.
  • Porque nos hacías clases y no nos dábamos cuentas de que estabas enseñando; por esta razón ningún de nosotros se perdía tus clases.
  • Porque todo lo que nos enseñaste siempre nos ha sido de muchísima utilidad. Siempre que me paro frente a un curso, me acuerdo de ti y trato de hacer lo que tú hacías con nosotros: estimular nuestras aptitudes, muy modestas al lado de las tuyas.
  • Por alejarnos de los pleonasmos y los lugares comunes.
  • Porque nunca se me ha olvidado que aconsejabas tener varios libros en el velador y escoger cada noche el que mejor se avenía a nuestro estado de ánimo. Como el velador se me hizo chico, mandé confeccionar un mueble con ruedas para tener los libros debajo de la cama.
  • Porque nos hiciste entender que el que habla y escribe mal es como si estuviera desafinando en música.
  • Por habernos dado la inmensa alegría de leer en los diarios que te habían concedido el Premio Nacional de Literatura. ¡Cuán orgulloso me sentí ese día por haber sido tu alumno y cuánta pena tenemos hoy día, porque ya no vas a estar con nosotros!

Ser amable y cortés nunca será un sacrificio

Miércoles, Agosto 5th, 2009

Las reglas de urbanidad no son más que elementales normas de respetuosa convivencia, las que cualquier persona con un mínimo de sentido común puede cumplir sin problemas. Se vienen adquiriendo, de manera natural, desde que el hombre comenzó a organizarse comunitariamente y necesitó de normas mínimas de relación para facilitar la cohabitación.

El ser humano comienza a adoptar pautas de comportamiento desde temprana edad y las hace suyas observando el modo de conducirse de quienes le rodean: padres, hermanos, familiares cercanos, amigos, vecinos y compañeros de colegio. Por lo tanto, los patrones de urbanidad obedecen a las relaciones sociales, motivo por el cual, en una persona educada, se observan de una forma natural y sencilla, pues son consecuencia de una manera de vivir enriquecedora, considerada y racional.

El conglomerado de cánones que conforman la urbanidad, etiqueta y protocolo tienen como su propósito más básico facilitar las relaciones sociales y hacerlas más fluidas, armónicas y dinámicas.

Los expertos en urbanidad, buenas maneras, etiqueta y protocolo, más aquellas personas que por su rango y posición social y empresarial deben someterse a sus pautas y sugerencias, coinciden en afirmar que estas particularidades de la vida en comunidad, nunca han sido obstáculo o impedimento para la espontaneidad, sino que todo lo contrario; las consideran una contribución indispensable para el buen desempeño en una actividad pública, pues quienes conocen y dominan las normas de comportamiento saben con precisión cómo conducirse y relacionarse con el universo que los rodea. De esta manera, se evitan desaciertos, yerros y equivocaciones lamentables.

Se tiende a creer erróneamente que la etiqueta de los tiempos que corren es exigente. En tiempos pasados sí que era rigurosa y estricta y no perdonaba los errores. Las etiquetas babilonias, egipcias y romanas fueron extremadamente formales en la Antigüedad; también lo fue la china y continúa siéndolo la japonesa. Un error en los pretéritos rituales japoneses, podía significar que quien lo cometiera tuviera que pagar su equivocación con el harakiri. El historiador Herodoto cuenta que el rey Deyocés de los medos, promulgó una disposición que estipulaba que nadie podía reír o escupir en su presencia. Por su parte, Chaka, jefe supremo de los zulúes disponía la pena capital para quien carraspeaba o estornudaba en su presencia.

La etiqueta española también se caracterizó por su severidad; llegó a sus mayores extremos en el reinado de Felipe II (1527 - 1598) y elevó hasta la condición de auténticas divinidades a los soberanos. Por ejemplo, una de las reglas de comportamiento real ordenaba categóricamente que los monarcas nunca debían reírse. Por lo tanto, las sonrisas y las alegrías tuvieron que erradicarse de la Corte de Madrid. Algunos cronistas de aquel entonces escribieron que Felipe IV (1605 - 1665) sólo se rió en tres ocasiones durante su vida.

Otra curiosidad de la normativa protocolar hispana establecía que los pies eran toscos y vulgares, motivo por el cual se decretó que sus majestades carecían de ellos y nadie en la corte podía nombrarlos. En una ocasión, Ana de Austria (1543 - 1580), cuarta esposa de Felipe II y madre de Felipe III recibió de regalo unas primorosas medias de seda; a la autoridad provincial que se las obsequió con la mejor intención, se le reprendió con sequedad y se le recordó de mala manera, y amenazadoramente, que la reina no tenía pies.

Istvan Rath-Vegh, en su libro Historia de la estupidez humana relata otro episodio que deja al descubierto los excesos de la antigua etiqueta española. Nadie, que no tuviera sangre real y que estuviera expresamente autorizado para hacerlo -como por ejemplo los ayudantes de cámara- podía tocar a los reyes de España. En una oportunidad, una soberana castellana fue arrastrada varios metros por un caballo encabritado, que la derribó de la montura, mientras paseaba. Dos oficiales que la escoltaban, a duras penas pudieron sujetar la cabalgadura, luego le liberaron el pie, que había quedado trabado en el estribo y le salvaron la vida. Los nobles caballeros, una vez que depositaron delicadamente a la reina en el pasto, montaron prestamente sus corceles y se dirigieron sin demora hacia la frontera. La atravesaron y escaparon de la pena de muerte, que era la sanción que correspondía a quienes tocaban al rey o a su esposa.

Felipe III (1578 - 1621), hijo de Felipe II, casi pereció por culpa de las exigentes normas reales de su país. Un día de mucho frío, mientras trataba de temperarse al lado de la chimenea, sin que él se diera cuenta a tiempo, su ropa empezó a arder. Estuvo a punto de morir achicharrado por el fuego, porque los lacayos, que observaban aterrorizados el espectáculo, no se atrevían a tocarlo para apagar las llamas. Finalmente vencieron los temores y sofocaron el incendio. En esa oportunidad, el monarca, contra la opinión de sus asesores, perdonó a los que lo salvaron.

Comportarse con amabilidad, sensatez, llaneza y espontaneidad no debería significar sacrificios. Basta, para ello, tener conciencia de las propias limitaciones, aquellas que señalan con mucha claridad que nuestra libertad termina exactamente donde comienza la de las otras personas. Además, se debe tener presente que el trato que dispensemos a los demás, es el que vamos a recibir de vuelta. Si éste es atento y comedido, no cabe duda que a través de la retribución, se obtendrán muchas satisfacciones y agrados, pero, si por el contrario, nuestra conducta es grosera, agresiva y desconsiderada, la respuesta inevitablemente se cargará de rencores y resentimientos.