Estoy terminando de escribir un libro que se llamará “Malas palabras con historia”. Será el lado B de “Palabras con historia”, que publiqué por primera vez en 1993.
En este texto, no sólo se incluirán groserías, sino que también aquellos vocablos que producen incomodidad, irritación, disgusto, temor o angustia. Llevo varios meses haciendo la selección de estas voces, pero siempre alguien me sorprende con una buena sugerencia.
¿Cuáles son las palabras más groseras, desagradables y feas de la lengua castellana? Si alguno de ustedes tiene alguna sugerencia, les ruego, por favor, hacérmela saber por esta vía.
Las malas palabras, por lo que he investigado, no son propias de la sociedad moderna. Los antropólogos han conseguido determinar que numerosos pueblos primitivos tenían prohibido pronunciar determinadas palabras. Eran los llamados términos tabú, voz polinésica que significa sagrado o consagrado, en primera acepción, y peligroso, prohibido e impuro, en segunda acepción.
Muchas voces prohibidas no eran groserías ni nada por el estilo, sino que simples expresiones que la costumbre no permitía articular: nombres de dioses, nombre de la suegra, nombres de difuntos, por citar algunos ejemplos. Las violaciones a la prohibición constituían un acto de impiedad que podía originar consecuencias desagradables y severas. Las sanciones podían ir desde la pena de calabozo, en Siam, hasta la condena a muerte, entre los guajiros de Colombia.
Aun cuando siempre se ha sabido que las palabras son sólo el nombre de las cosas, también siempre se ha admitido que algunas cosas pueden existir o llevarse a cabo pero que, como afirman numerosos estudiosos, no se pueden nombrar. La costumbre no lo permite. En este ámbito, caen las malas palabras, las groserías y los garabatos en la sociedad moderna.
Por lo tanto, la palabrota es lo que viola las reglas de la concordia social. Es la expresión o interjección que se sale de un libreto unánimemente aceptado y que nos recuerda aquello que no debe verse ni escucharse. Sabemos que las malas palabras son malas porque son obscenas. Y son obscenas -de acuerdo a los estudiosos del comportamiento social- porque nombran sin hipocresía y sin eufemismos lo que no debe mencionarse nunca en público. Estas palabras poseen, para colmo, un poder imaginativo: representan en la mente el órgano o escena sexual aludida, en la forma más clara y fiel.
GARABATOS o GROSERÍAS
El diccionario prefiere el vocablo palabrota, que define como dicho ofensivo, indecente o grosero. Un garabato, de acuerdo al diccionario, es un palo con un gancho en la punta que se emplea para coger fruta que está muy alta, en el árbol. También es escritura mal trazada. Sólo la acepción número once establece que el garabato es una palabrota.
Por su parte, grosería es una descortesía, es una falta grande y grave de atención y respeto. Viene del latín “grossus”, que es grueso, espeso. En la actualidad, la sociedad estima que la mayoría de las malas palabras, por lo general, hacen mención a ciertas partes de la anatomía humana, a sus secreciones y residuos o a conductas que suscitan deseos sexuales. Por ejemplo, los niños tienen su primera aproximación, a este lenguaje, con la palabra caca, el residuo humano más normal del hombre. “Caca, no se come”, “Caca, no se toca”, “Caca, es feo”, les repiten insistentemente los padres a sus hijos más pequeños cuando los quieren alejar de algo. Éstos, a temprana edad, empiezan a comprenden que el sustantivo caca no se debe pronunciar en público y, a ninguno, se le ocurriría decir en la mesa, ya más grandes, “permiso, voy al baño a hacer caca”. ¡Se hace, pero no se pronuncia! Antiguamente existían eufemismos para decir esto mismo. Las señoras muy pudorosas y recatadas decían: “Permiso, voy a poner un telegrama”. Y partían presurosas a defecar. En cambio, la gente más desenfadada anunciaba: “Voy a Pichilemu” y si la diligencia era más avisaban que iban “…a Chicago”.
Quedo a la espera de algunas palabrotas.