El flagelo de la piratería
Lunes, Febrero 23rd, 2009En el tema de la piratería de libros, llama la atención que muchas personas justifiquen livianamente este delito en contra de la propiedad intelectual, fraude al fisco y apropiación indebida de la inversión de empresarios editoriales, diciendo que esta actividad ha proliferado como consecuencia del precio de los libros. Si esta afirmación tuviera remotamente algún asidero moral, ético o racional, entonces también se debería justificar la falsificación de dinero (con la excusa de que el costo de la vida es alto), medicamentos, licores, perfumes, alimentos envasados, asimismo como el robo de artículos electrónicos con el fin de reducirlos posteriormente a un valor inferior.
El ser humano civilizado entendió en el siglo 15 que el trabajo intelectual del hombre tenía que ser protegido. En 1474 el senado de Venecia creó una protección especial para los inventores. Este amparo operaba si el creador revelaba el secreto de su creación. Si lo hacía, se reconocían sus derechos de prioridad sobre su obra como merced exclusiva y todos aquellos que se beneficiaran con el fruto de su hallazgo o invención tendrían que recompensarle. A esta protección se le llamó patente que es el privilegio legal que tiene una persona para usufructuar de los beneficios que pueda rendir un invento suyo.
Siglos después, en 1709, en el Reino Unido se creó el copyright, voz inglesa que significa derecho de copia. Es la prerrogativa que se reserva el autor de un libro sobre su propiedad y la facultad de reproducirlo y recibir dinero por su comercialización. Esta protección al trabajo del escritor se extendió más tarde por Europa, a partir del reconocimiento de la propiedad literaria por la Convención Francesa celebrada en 1793.
El error de calificar como elevado el precio del libro nace de un desconocimiento. El autor de una obra puede demorar años en escribirla y durante ese tiempo no percibe dinero; trabaja con cargo a sus ahorros y muchas veces en condiciones precarias. Pero de su quehacer se beneficia la sociedad, se consolidan los valores de civilización, se incrementa la cultura, se aprende de sus conocimientos y se enriquece el alma. ¿Qué sería de nuestro país sin el aporte invaluable de Alberto Blest Gana, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y José Donoso, por citar sólo algunos nombres señeros?
La piratería de libros atenta contra el espíritu creativo de la sociedad, atrofia las iniciativas que nacen del alma, destruye la sensibilidad en ciernes de los escritores más jóvenes, frustra e inhibe el entusiasmo de los empresarios del libro y opaca el prestigio intelectual de un país. En Chile hay que atribuir la proliferación de la piratería a la insensibilidad de las autoridades por este aspecto de la cultura, por su lentitud para dictar leyes eficaces que la castiguen y por el fracaso de quienes trabajamos en el mundo editorial, que no hemos sido capaces de sensibilizar a la opinión pública sobre el daño que provoca este flagelo.



El viernes 13 y el sábado 14 de febrero visitaré la Feria del Libro de La Serena. Viajaré a presentar mi último libro -“Historias curiosas de palabras de uso diario”- que, como idea, nació en la última Feria Internacional del Libro de Santiago.