La envidia es la tristeza, descontento o pesar por el bien ajeno. Es desear intensamente algo que no se posee; es querer lo que otros tienen y sentirse mal con uno mismo por no tenerlo. Por tal razón, antiguamente era usual repetir la frase “¡ay del hombre que cause envidia y no logre, al mismo tiempo, causar temor!”. Por su parte, Erasmo de Rótterdam, el célebre filósofo holandés del siglo 16, que era más escéptico, solía decir con pesimismo que lamentablemente “la envidia, la mayoría de las veces, es inseparable de la felicidad”. Con mucha razón, otro escéptico, el español Emilio Castelar, escritor y político del siglo del siglo 19 llegó a decir que “…los tres grandes destructores de los mejores propósitos de la vida son la envidia, el tiempo y la muerte”.
El sustantivo envidia nace del vocablo latino invidere, el cual, en su sentido implícito, significa “ver algo y desearlo para sí”. El vocablo envidia no tienen sinónimos muy precisos, pero habitualmente se le relaciona con los celos, la codicia y el rencor.
Según los textos históricos, el primer envidioso en la historia de la humanidad fue Luzbel, más conocido como Satanás, que se rebeló en contra de su Señor, lo desafió y fue expulsado del Cielo.
El segundo envidioso de la historia y el primero terrenal fue Caín, quien asesinó a su hermano Abel por envidia. El Génesis de la Biblia cuenta que Caín y Abel, los hijos de Adán y Eva presentaron diversas ofrendas a Dios, quien aceptó con agrado la de Abel y rechazó la de Caín. Este último, desilusionado y con la mente envenenada por el de rencor y la rabia, asesinó a su hermano con una quijada de animal. Para muchos autores, la historia de Caín y Abel representa una parábola de los antiguos antagonismos tribales.
El color verde se viene asociando con la envidia desde los tiempos de la Antigüedad. Los griegos estaban convencidos que los sentimientos que carcomen negativamente a las personas, como la envidia y los celos, aumentaban la producción de bilis en el organismo, lo que traía como consecuencia que la piel se tornara verdosa. Esta curiosa asociación, a través del tiempo, se fue incorporando al teatro y la literatura y en el siglo séptimo antes de Cristo, la poetisa Safo describió con el verde a un amante resentido y lleno de rencor. Más adelante en el tiempo, el poeta Ovidio (”Arte de Amar”), el escritor Godofredo Chaucer (”Cuentos de Canterbury”) y el dramaturgo William Shakespeare siguieron comparando la envidia con el verde. Recordemos cuando Yago le dice a Otelo: “Cuídate, mi señor de los celos; son el monstruo de ojos verdes que se mofa de la carne de lo que se alimenta”.
Para quienes profesan la religión católica, la envidia es un pecado contra el Décimo Mandamiento: “No desearás la mujer de tu prójimo; no desearás la casa de tu vecino, ni su sirviente o sirvienta, ni su buey ni su asno, ni nada que pertenezca a tu vecino”. También la envidia es uno de los siete pecados capitales junto con la lujuria, la avaricia, la pereza, gula, ira y orgullo.
Las bases de la envidia son muchas: el dinero, los salarios, los bienes, el rendimiento, las características físicas, los éxitos, las suerte, la ropa… casi cualquier cosa puede ser factible de envidia. Se produce porque la envidia es un sentimiento oculto, furtivo, inesperado, a veces inevitable. Se manifiesta en los momentos menos pensados y a veces cuesta identificarla. Lo más grave de todo es que la envidia tiene poder autodestructivo.
Envidiar es sentirse amenazado por el éxito de otra persona, amargarse más encima, y no alegrarse porque a otra gente le va bien. Envidiar es contemplar crispado el cuerpo bien mantenido de alguien cercano y enfurecerse porque el de uno, no está tan bien cuidado y luce con sobrepeso. Envidiar es mirar furtivamente los bienes del vecino y entristecerse porque no son propios o porque son mejores. Envidiar es enrabiarse porque a un condiscípulo le fue bien en una prueba, se sacó buena nota y a uno le fue mal. En estos casos, la envidia es tan incontenible que no opera el espíritu autocrítico, sino que un malestar que apenas se puede disimular.
Los diversos estudiosos del comportamiento social ha concluido que la envidia ha existido siempre y que toda la gente, en algún momento, la experimentan. Señalan, además, que todas las personas son potencialmente envidiosas. Para finalizar, también se ha descubierto que la envidia es uno de los sentimientos básicos más perturbadores de la existencia y que los seres humanos se preocupan cuidadosamente de disimularlo. A nadie le gusta que se le note la envidia.