Es tradición comer a las doce de la noche del 31 de diciembre, doce granos de uva al compás de las campanadas del reloj; eso significa suerte, prosperidad y salud para los doce meses del año que se inicia, porque en diversas culturas la uva es alegoría de vida. Esta es una tradición del Viejo Mundo, hemisferio que celebra la Navidad en invierno, época en que el organismo necesita más energía (para soportar el frío), la que se consigue a través de los alimentos. Otra explicación asegura que este ritual fue inventado por vitivinicultores españoles, para vender los excedentes de uva del año.
La tradición recomienda ingerir lentejas a las cero horas del 31 de diciembre, para atraer buena suerte y bienestar para el nuevo año que se inicia. La costumbre sugiere comerlas con cucharones de madera. La ingesta de lentejas, por sus calorías, vitaminas y sales minerales, permite enfrentar el invierno con mejores defensas. Como se puede apreciar, ésta es una tradición del Viejo Mundo, porque en Europa, el Año Nuevo se recibe en invierno y, como es obvio, se necesitan muchas calorías para soportar las bajas temperaturas.
Limpieza de Año Nuevo
Desde hace siglos se cree que con la basura también se bota la mala suerte y todos los lastres que impiden la felicidad. Por tal razón, numerosas personas barren meticulosamente sus hogares en los últimos minutos del año, para -de este modo- espantar las malas vibraciones y la suerte adversa. En estos casos, la costumbre aconseja tirar la basura hacia la calle y dejar la escoba al lado de la puerta, porque si llega a pasar una bruja verdadera, va a creer que en esa casa vive otra bruja y va a seguir su camino. Recordemos que la escoba es el transporte por excelencia de las brujas.
En la Edad Media se inició una costumbre para celebrar el Año Nuevo que, en algunos lugares, se mantuvo hasta bien entrado el siglo 20. Esa noche, la cena con que se esperaba el nuevo año era presidida por el integrante de más edad de la familia y, también, por el más joven. Ambos se sentaban en los extremos de la mesa. De este modo tan sencillo, se representaban el año que estaba terminando y el nuevo, que estaba comenzando.
Numerosas personas, el día de 31 de diciembre, mantienen una tradición, que fue habitual en décadas pasadas: escriben en una hoja todos los errores, desaciertos y malas acciones que cometieron en el año que termina y, a las doce en punto, toman ese papel, lo doblan cuidadosamente, y lo queman con la esperanza de no volver a incurrir en ninguno de esos yerros, desatinos, torpezas y conductas erráticas y desafortunadas.
Las maletas no sólo son el símbolo más emblemático de los viajes, sino que también representan lo que se va acumulando y guardando a través de los años: experiencias, recuerdos, conocimientos, estudios, habilidades, hábitos y anhelos cumplidos y no cumplidos. Desde muy antiguo se cree que al dar las doce de la noche del 31 de diciembre hay que tomar un par de maletas y dar -con ellas a cuesta- una vuelta a la manzana. De este modo, se dice, es posible que el nuevo año sea pródigo en viajes y en nuevas y enriquecedoras experiencias.
Se dice que el agua de un jarro tiene la capacidad de atraer hacia sí las malas vibraciones de una habitación. Para deshacerse de ellas, cuando se han acumulado, hay que botar el agua; nunca bebérsela. Por esta razón, mucha gente, a las doce en punto del 31 de diciembre tira por la ventana de su casa, hacia afuera, un jarro con agua que han mantenido durante todo el día, almacenando mala suerte y malas vibraciones. Eso sí se recomienda tener cuidado, al tirarlo, de que no vaya pasando ninguna persona por la calle, en ese momento. Eso, además de mala suerte, puede acarrear un contratiempo.