La leyenda
Para un país tan carente de emociones deportivas, los tenistas han llenado un vacío histórico. No sólo ganan, además lo hacen en batallas imposibles, dramáticas, más cercanas a la gesta y al heroísmo que al mero tránsito competitivo.
Lo de Fernando González ante James Blake fue de esas gestas para enmarcarlas. Presentes en un Court Central plagado de españoles y estadounidenses, ver llorar al medallista fue una imagen increíble, impensable, sobre todo después de tener el partido casi perdido.
Bajo nuestro puesto de transmisión, dos periodistas italianos se tomaban la cabeza cada vez que el Feña metía un latigazo, y terminaron gritando los puntos con nosotros. Al lado, Alex Corretxja comentaba para la televisión española. Comenzó susurrando y terminó a los gritos, entusiasmado con el coraje del chileno. Luego tendría su propio calvario con Nadal y Djokovic, lo que anticipa que en la final de mañana el court estará lleno de chinos.
González, la noche previa al partido, se quedó dormido a las cinco de la mañana. Y ese factor pudo pasarle la cuenta. Ahora, frente a Nadal, se lo tomará con más calma, seguro, porque debe entender que la responsabilidad no es suya, y la ansiedad debe correr por cuenta del español.
Un último apunte. James Blake acusó al chileno de falta de espíritu deportivo por no haber reconocido que la pelota dio en su raqueta en ese punto que alegó –con razón- y que terminó por “sacarlo” del partido en los puntos clave. Lo discutimos mucho con los enviados especiales, por lo del juego limpio y esas cosas, y llegamos a una conclusión: ese no fue el punto clave del partido, el estadounidense no lo perdió ahí y en el deporte los errores referiles marcan siempre los resultados. Fueron duras y, a mi juicio, exageradas las críticas de Blake, aunque en se instante el chileno hiciera mutis del acalorado debate.
González está en la final y tiene varias teorías que sólo confirman lo mismo: se convirtió en el mejor deportista olímpico de la historia. Si gana el oro, se transforma en leyenda.


