La verdad de Peiyi
Hay cierta dosis de hipocresía en la crítica a los chinos por la ceremonia inaugural. Los mismos medios que hoy utilizan la palabra fraude suelen utilizar el doblaje, la pregrabación y el “diferecto” como argumentos consolidados para estructurar sus espectáculos.
Los efectos especiales digitalizados de los fuegos artificiales de la caminata olímpica se han justificado, con cierta dosis de razón, en el argumento de que el cielo estaba cubierto ese día y que existía un riesgo más que probable de lluvia. Ni venial. Y la sincronía para llegar al estadio fue perfecta.
El doblaje de Lin Miaoke era evidente en la ceremonia y no es peor que lo de Chayanne o Madonna en sus shows. Y qué decir de Umberto Tozzi. Lo que bien vale una crítica, y fuerte, es que no se doblara a sí misma, sino a Yang Peiyi, otra niña china que no tuvo la posibilidad de vestirse de rojo, ni mostrar su sonrisa alba al mundo porque no eran ni tan agraciada, ni tan graciosa, ni tan fotogénica. La pobre de Peiyi es más bien redondita y tiene la dentadura imperfecta.
El pecado de siempre: privilegia la estética al talento, lo que tampoco es un pecado que los medios puedan criticar.
La mesura llama a comprender lo realizado por los organizadores, entendiendo que fue un acto increíble, asombroso e irrepetible, aunque, en los factores claves, se afirmara en la tecnología. Ni fraude, ni decepción. Aunque Yang Peiyi se tiene merecido su minuto de fama. Postergada por su físico, dicen que le lloverán ofertas para ofrecer su música.
Igual es bonita, graciosa y para el resto están los frenillos.


