Nobel Express
A muchos les parece precipitada la decisión de otorgar el Nobel de la Paz a Barack Obama. No está en duda su compromiso con el desarme, la voluntad de desmantelar Guantánamo o encontrar una salida política a todos esos polvorines que ya existen en el mundo y los que segura y desgraciadamente están por venir. Sin embargo y, repetiremos lo que escribíamos en este mismo blog a principios de año, la fuerza de gravedad de la realidad puede aterrizar varios de los sueños con los cuales llegó a la Casa Blanca. Por ejemplo, hemos visto que en el plano interno encuentra grandes dificultades para implementar su ansiada y publicitada reforma de la salud. No es por pesimismo pero razonablemente uno puede preguntarse sobre las posibilidades que tiene de derrotar a todos esos poderes fácticos estadounidenses que, de una u otra manera, influyen en la política exterior norteamericana. Para mencionar tan sólo a uno: el complejo militar-industrial. También podemos interrogarnos sobre la acogida que tendrán sus propuestas en todos esos países y movimientos que protagonizan conflictos armados. En la prensa estadounidense hemos leído a comentaristas que aconsejan agradecer al premio pero le recomiendan que desista de viajar a Oslo para recibirlo, simplemente porque todavía no cumple con sus tareas.
En realidad, el comité más que entregar un galardón parece manifestar su pleno apoyo al presidente de la principal potencia en sus esfuerzos por instaurar un clima de paz. En el caso que Obama no pueda concretar sus ideas sería injusto hacerle un reproche por no cumplir con las expectativas generadas a partir de ese premio. Muy por el contrario, los únicos que merecerían ser puestos en tela de juicio son los que tomaron la precipitada decisión de otorgárselo.


