Un cerdo te mira…
El hombre, que finge ser un poco más sofisticado que el resto de los miembros del reino animal, ha vuelto a entrar en conflicto con un vertebrado. Esta vez, el destinatario de nuestro temor es el cerdo. No será la primera ni la última vez en la historia. Para no remontar tan lejos en el tiempo, recordemos la gigantesca incineración de miles de aves de corral y el temor que experimentamos ante la llegada de aves migratorias que podían transmitirnos la gripe aviar. En muchos episodios, los humanos hemos sido responsables de la infección pero como estos procesos son de ida y vuelta, siempre caemos en la tentación de colocar en el banquillo de los acusados a los otros. Algunos capítulos son más complejos, como sucede ahora con el virus de la gripe porcina que tiene ocho fragmentos génicos. Entre ellos, el NA del porcino euroasiático, el NP del porcino norteamericano y el HA del porcino que ya estuvo en la gripe española del año 1918, una pandemia de triste memoria. Así nos encontramos con una recombinación y variación de virus de las gripes porcina, aviar y humana que ofrece notables diferencias con el virus de la gripe porcina del pasado.
Estos brotes, además de las consecuencias que tiene para la salud, pone en jaque nuestras certezas y por qué no decirlo, nuestra soberbia. Nosotros que nos sentimos tan seguros de todo y modificamos el curso de los ríos para aumentar nuestro consumo de energía, que sembramos vertederos a tajo y destajo, que inundamos el espacio de chatarra espacial, que alimentamos artificialmente a los animales, ahora estamos acorralados por la gripe porcina. El miedo se propaga a mayor velocidad que el virus, azuzado por algunos medios de comunicación que encuentran en los porcinos una excelente oportunidad para aumentar los puntos de rating y la venta de ejemplares. Corremos detrás de las mascarillas de papel, cuyo precio las farmacias - con su habitual sentido de la solidaridad- aumentan según la fría ley de la oferta y la demanda.
Pero, en la medida que somos seres extraños, apenas se hayan enterrado los muertos y sanado los enfermos, retornaremos a nuestro majestuoso trono con la altanería de siempre.


