Bomba urbana
Sábado, Octubre 4th, 2008Durante décadas mi nariz ha olfateado aromas de los cinco continentes, pero aún siento el olor a levadura que penetraba nuestra sala de clase en esa desaparecida escuela pública de Vitacura. A pocos metros del pizarrón estaba la CCU. Todos los días paso por ese lugar y, pese a que es un hecho cotidiano y banal, siempre me sorprende ver esa gigantesca estructura de cemento que crece hacia el cielo. Mejor dicho, me indigna.
No siento ninguna nostalgia por el pasado y no se me ocurriría proponer que en ese lugar construyan un conjunto educacional o que planten árboles. Todos entendemos que esos metros cuadrados deben servir a las constructoras y a las empresas en general porque sin crecimiento económico sólo nos repartiríamos migajas. Pero otra cosa es sentarse en el equilibrio, la armonía y la racionalidad como lo está haciendo Cencosud con su Costanera Center. A menos que se declare una zona peatonal de 20 cuadras alrededor de ese disparate de concreto, no veo cómo podrían transitar los seres humanos por ese barrio. Instalar veinticinco mil nuevos estacionamientos es irracional. La insensatez está en los mismos genes del proyecto, puesto que requiere de mitigaciones viales.
Mitigar significa suavizar algo duro o áspero y claramente, de partida, se reconoce que Sanhattan es agresivo. ¿Hay algo de cordura en concebir una bomba urbana? Personalmente, la voracidad de los grandes grupos no me sorprende porque la desmesura forma parte de su lógica. Lo importante es que cada uno haga su pega. En ese contexto, es saludable que el Ministro de Obras Públicas declare que el MOP no pondrá un peso en esas mitigaciones. Son varios millones de dólares que Sergio Bitar, con gran sentido político, dice que prefiere destinarlos a comunas como La Pintana o Cerro Navia. Sería inexcusable ver a un gobierno seguir abriendo las grandes alamedas para beneficio de una minoría que ya ha usufructuado bastante.
Podríamos extendernos bastante sobre este tema. Por ejemplo, sobre las soluciones de Cencosud que imagina la construcción de un túnel en la avenida Andrés Bello. Es una fórmula recurrente, casi una manía, esto de perforar cerros y calles para convertir a Santiago en un enorme queso gruyere lleno de hoyos. Y ese diseño no es inocente porque retrata nuestra condición. Trabajamos como hormiguitas para ellos y ahora quieren que vivamos como ellas, fondeados en la tierra y cubiertos por moles de cemento.


