Don Otto
Martes, Septiembre 16th, 2008El alcalde de Providencia no aceptará que las tribus urbanas se tomen los parques de Providencia. La declaración de Cristián Labbé es aceptable como un grito de rabia o una expresión de tristeza frente a la descabellada y cruel insensatez de los jóvenes que ultimaron a Víctor Garrido.Es bastante menos aceptable como idea de un alcalde, en tanto que responsable elegido para conservar la sangre fría y analizar en perspectiva todas las situaciones, incluso las más horribles.En primer lugar ¿para qué sirve un parque sino es para ocuparlo? Acepto que según la ortodoxia del Manual de las Buenas Costumbres en Parques y Jardines, lo correcto es que circule gente con sanas y buenas intenciones.
Por ejemplo, enamorados que se besan, niños que juegan, jubilados que caminan y oficinistas que duermen una pequeña siesta sobre el pasto. Sería ideal pero no todos han sido preparados para vivir en un mundo de algodón. Ese mismo viernes, horas antes del homicidio de Víctor Garrido, tuve que pasar por Nueva de Lyon. Tenía una reunión a las8. P.M. y pude ver como esas “hordas” de muchachos y muchachas se encaminaban hacia Providencia para trepar a un bus y volver a sus comunas. Es un espectáculo que puede resultar inquietante para un ciudadano que tranquilamente camina por el sector. Hablé con cuatro de ellos. Una jovencita venía de La Pintana, su partner era de La Granja, mientras que otra pareja quinceañera se había desplazado desde La Florida. Como me han metido en la cabeza que el Transantiago es un infierno no pude dejar de preguntarles por qué hacían un viaje tan largo y sacrificado. La respuesta fue simple y contundente: “es un lugar agradable para reunirse”.
Se congregan todos los viernes a partir de las tres de la tarde y como no son unos santos, ellos mismos confesaron que beben una chela, un roncito o un pisquito. Me pareció que no era uno sino varios roncitos pero no debe ser más que los litros de alcohol ingeridos por muchos universitarios del barrio República, a quienes hemos visto tambaleándose en las veredas. Pregunta ¿también habría que desalojar a los estudiantes de ese barrio tradicional? Aceptemos que los adolescentes de los grupos C2, C3 y D no tienen el monopolio del botellazo en la cabeza. En la medida que se acerca el verano, vamos preocupándonos por lo que nuevamente podrá suceder en las afiebradas noches de Maitencillo o Cachagua. Vuelvo a preguntar. ¿Habría que prohibir la estadía en esos balnearios a todos esos beodos ocasionales que pululan por la playa? ¿ Y no debería suceder lo mismo en Cartagena y El Quisco? En el caso que a todos los alcaldes afectados se les ocurriera desplazar a los adolescentes con problemas, sería urgente buscar un sitio para encerrarlos.
A muchos, “tribu urbana” les suena como algo inquietante y amenazador. Piense lo que quiera pero habrá que acostumbrase a la idea. Las tribus ya no viven en la selva sino en medio del asfalto. Numerosos estudios indican que nunca en la historia se había visto a tantos individuos vivir en la ciudad y esta tendencia mundial va en aumento. Por otra parte, no es la primera vez que los grupos que se concentran en una zona desencadenan todos nuestros temores. Recuerdo una vieja comedia musical, ” West Side Story”, donde los muchachotes peleaban sin darse tregua. En esa época, se llamaban pandillas y créame que eran mucho más violentas que estas tribus de lampiños. Para seguir en el presente, en Buenos Aires, la fauna es tan diversa como la nuestra y quizás un poco más. Existen los Floggers, Neohippies,Rolingas,Metaleros, Hip-Hop, Goticos, Skaters, Cumbieros,Punks,Rastamanes y Emos.
Pero volvamos a nuestra Providencia. Para los vecinos no debe ser muy agradable ver a esos foráneos invadir una parte de su territorio. Pero no creo que la solución sea golpear con una varilla a los abejorros del Parque Uruguay como se haría con un avispero. ¿No es más conveniente saber donde están y vigilarlos sutilmente? ¿Dejarlos hacer hasta un límite conveniente y estar listos a intervenir en caso de desborde? No lo sé, pero tengo la impresión que el alcalde Labbé está tentado por repetir la antigua y fracasada historia de Don Otto y el sofá.


