Ánimo para el desganado
Con mucho brío solidarizo con el desgano de Literal. Me siento plenamente identificado con el caballo que olímpicamente demostró que los seres vivientes estamos sometidos a cadencias que no guardan relación alguna con la diversidad de los ritmos biológicos.
En el mundo hay perezosos, trabajólicos, calmados y agitados.
Literal tiene un carácter tranquilo y el calor agobiante del país del dragón debe haberle causado tal modorra que se chantó como un burro porfiado. Dicen que cuando lo examinaron no demostró ningún entusiasmo por participar en la famosa competencia.
Puchas el caballo, dijeron algunos, con todo lo que costó llegar hasta aquí, se hace el desganado. A ver. El corcel no es el único que en su vida ha experimentado la sensación de sentir las piernas como plomo, cuando quedan segundos para entrar a una crucial entrevista de trabajo. Allá en China, dijeron que la descalificación era exagerada porque con una píldora el desgano desaparece. Pobre cuadrúpedo, querían aplicarle la misma receta que a los esclavizados bípedos. Es decir, una cajita de Supradyne con decenas de vitaminas y minerales, para andar despierto a la fuerza.
¿Qué es eso de vivir a marcha forzada? Nadie es creativo, enérgico a todas las horas, todos los días. Basta con darse una vuelta por una oficina, a las dos de la tarde, para ver los efectos que tiene la popular hora de colación.
Perdóneme, nadie puede tener los parpados muy arriba, después de haberse mandado por el buche, un buen plato de porotos, un pollo arvejado o una chorrillana. Lo razonable sería partir directo a una cama para dormir una buena siesta. Pero eso no ocurre. Llega el jefe, que está igual de somnoliento y te increpa por andar desganado. ¡Por favor!
Puede que el trabajo santifique como decía Escrivá de Balaguer pero otra cosa es la permanente tortura contra nuestro reloj biológico.
Por algo, hay empresas inteligentes que permiten a sus empleados elegir su ritmo de trabajo.
Ni hablar de esos viajes de negocios intercontinentales y los estragos que produce el “jet lag”. Imagino a nuestro representante deportivo de cuatro patas, viajando en el estomago de un Boeing carguero, midiendo en función del meridiano de Greenwich, todas las horas de diferencia entre Santiago y Beijing. Y además querían que se pusiera a saltar.
No hay razones para que Literal sienta vergüenza. Sus colegas que en el pasado soportaron en sus ancas el peso de Napoleón, O’Higgins o San Martin, seguramente cabalgaban con el mismo desgano. La diferencia es que en esa época, los veterinarios no se interesaban por el estado de ánimo de los caballos.
Por todas estas razones, solicito a Iván Valenzuela que tenga la gentileza de transmitir toda mi simpatía al desganado.


