El hombre no es un pájaro. No me acuerdo donde escuché esa frase pero desde hace mucho tiempo que comparto la idea que volar de prestado es un hecho excepcional. Volar nos fascina y aterroriza. El primer encuentro con esos artefactos remonta muy atrás en el tiempo, a mi propia prehistoria. Fue en Cerrillos, embarcándonos a bordo de un DC-6B de Lan, cuando esa compañía no tenía vínculos con candidaturas presidenciales. Al cabo de 4 largas horas de vuelo, el avión a hélice nos dejó en Ezeiza. Está claro que no hay horas más largas que otras pero, en nuestro caso, a bordo de un avión, siempre hemos perdido la lógica.
En todos estos años y contra mi voluntad, hemos subido a modelos de diferentes compañías como Air Algerie o Air Balkan. En esta línea búlgara nos zamarreamos tupido y parejo en un Antonov y también temblamos en un Tupolev 134, un modelo de jet que en la última década se ha estrellado varias veces. Dicen que se debe a la deficiente mantención de las compañías de países que alguna vez integraron la enterrada Unión Soviética. Más de una vez volamos en los DC-8 de la desaparecida Braniff que eran unos verdaderos cuadros volantes, gracias a los diseños de Alexander Calder y cuyas azafatas portaban tenidas de Pucci. Esa línea y otras como Panagra, Pan Am o TWA ahora sólo hacen volar los recuerdos. A propósito de TWA, muchos espectadores pensaron en ella cuando en 1970 un Boeing 707 debía sortear la tragedia. El film se llamaba Aeropuerto y había una bella azafata interpretada por Jacqueline Bisset y pilotos apuestos como Burt Lancaster y Dean Martin. Ese film con una bomba amenazante en la cabina revivió uno de los tantos fantasmas que rondan a bordo, es decir, la explosión en pleno vuelo. ¿Alcanzaremos a darnos cuenta que todo capotó, incluida nuestra vida?
En una oportunidad me sumergí en las estadísticas y decidí desviarme 3 mil kilómetros para llegar en Lufthansa hasta Frankfurt y abordar un 747 de la misma compañía para atravesar el Atlántico. El viaje, por el desvío, fue mucho más largo, extenuante y caro pero nuestra confianza en la seriedad alemana nos hizo transpirar mucho menos. Años más tarde, entre La Paz y Buenos Aires, el piloto de Lloyd Aéreo Boliviano nos permitió hacer todo el trayecto en el cockpit ( con aterrizaje incluido) y pudimos darnos cuenta que era más inteligente apaciguar nuestra sensación de angustia. Ver cada maniobra y la cantidad de instrumentos tecnológicos sirvió para que por primera vez nos sintiéramos plenamente seguros y hasta protegidos. Desgraciadamente esa sensación no duraría mucho tiempo. En la siguiente oportunidad, volvimos a sentarnos en clase económica, como si estuviéramos al borde del abismo. En el despegue, miramos el reloj y cerramos los ojos hasta que hayan transcurrido diez minutos, porque dicen que después de ese lapso de tiempo, el avión está completamente estabilizado. La angustia regresa a la hora de aterrizar que objetivamente es una etapa difícil.
Eso en cuanto al miedo. Del lado de la fascinación, gracias a YouTube, miramos despegues y aterrizajes desde la cabina del piloto. Es un ejercicio frecuente, unas 2 horas por semana lo que nos ha llevado a interrogarnos sobre nuestra salud mental. Pero la existencia de esos centenares de videos nos consuela porque quiere decir que hay otros locos seducidos por esta manía de desafiar la gravedad.
¿A qué viene todo esto? El accidente del Air France hizo caer en picada todo el trabajo que habíamos hecho para tranquilizarnos cada vez que caminamos por la manga de embarque. De nada nos sirven las estadísticas que prueban una y mil veces que viajar en avión es lo más seguro que hay en el mundo. Y aquí estamos, tratando de imaginar los últimos segundos de esos pasajeros que pensaban llegar a Charles de Gaulle y terminaron en ese inmenso y profundo charco del Atlántico. De nuevo, el avión se convierte en ese aparato maravilloso que hace volar majestuosamente nuestros miedos. Y no sólo a volar.