Hija de citroneta

26 de Septiembre, 2008

Citroneta

En una fecha que algunos quieren recordar, el próximo 7 de octubre la citroneta  (modelo 2 CV de la empresa francesa Citroen) cumple 60 años. Esa fecha, el año 1948, el modelo se presentó en Europa, con grandes críticas, comentan hoy con algo de revancha los fanáticos del modelo, que todavía existen y son varios. En 1957 se instaló en Chile una fábrica de montaje para tan singular vehículo y desde entonces hasta 1970 se construyeron en el país 21.444 citronetas en todos sus modelos, como se precisa en un extracto del artículo “Citroën au Chili” citado en la página del Club de la Citroneta de Chile.

Se trataba de un auto barato y aguantador, que acompañó a las familias chilenas por agunos años particularmente importantes para una generación como la mía. La citroneta, como saben todos quienes tuvieron una, no arrugaba nunca, o arrugaba siempre, pero se arreglaba rápido y con cualquier cosa, o no se arreglaba jamás, lo que en mi opinión, constituye, no sólo una paradoja, sino una gran lección de vida. A mí la citroneta, pienso hoy, me enseñó grandes cosas.

Un auditor del programa -al que le estaré siempre agradecida por el recuerdo- contó lo siguiente cuando preguntamos por recuerdos de citroneta: “Mi padre tenía una Citroneta en la cual aprendí a manejar sin instrumentos. Tenía malo todo el tablero. Ahí supe lo que es tener panas de batería, de bencina, manejar sin las luces prendidas, comprar bencina en bidón, poner una manguera en el estanque de un auto, chupar la manguera y rápidamente ponerla en el estanque de la citroneta. Empujar y subir corriendo para enganchar la segunda, ah! y todo esto con un pucho en la boca”.

No era un mundo perfecto, pero era el mundo que teníamos. No estaba mal visto que los padres fumaran encima de sus hijos, ni que fumaran a la menor provocación. Y a veces había que manejar sin luces. Y había que manejar no más. Hoy, hay gente que no se atreve a echar contacto si el auto no tiene barras de acero, doble airbag y los niños no van sentados cada uno en su silla especial.

Era un país pobre y asustado, donde la mayoría se las batía con lo que tenía. Donde, a discreción del carabinero de turno, a uno le podían pasar un parte por conducción imprudente en un auto que en sus mejores momentos, llegaba a los 60 kmts por hora. Y sin reclamar.

Pero en ese ambiente de precariedad y opresión, miles de familias se animaban a echar a andar su citroneta, y algunos se las ingeniaban incluso, a tratar de ser feliz. Y a emprender aventuras francamente improbables a bordo de tan frágil embarcación. Mi citrola familiar llegó un día hasta Chiloé.

(* Por eso, quizás, algo en mí se rebela ante películas como “Tony Manero”, y esa idea perversa de que todo un país en los años 70 era malo. Hubo gente decente allí, como la hay en todas partes. Y a mí me parece que el guión es mezquino cuando no le da espacio a ninguno de ellos. Pero esa una disgresión*).

Con la citrola cuando las cosas se ponían difíciles, había que sacar un  alambrito y animarse a reparar, a componer, o por lo menos a tratar. Que a veces lo único que falta es un empujoncito. Eso es lo que a mí la citroneta me enseñó. Que las cosas no siempre están de tu lado. A veces están francamente en contra. Pero entonces, y siempre, hay que sacar un alambrito y apechugar.

Respeto

8 de Septiembre, 2008

Admiro la entereza que han demostrado las familias de las niñas muertas en el norte. Admiro su silencio y su contención en medio de un dolor lacerante como la muerte de un hijo. Entiendo por sus familias a sus consanguíneos, pero también a sus amigos, sus profesores, sus compañeros. Contrasto aquello con las reacciones de histeria que muchas veces acompañan ciertas tragedias cotidianas, dolorosas, pero menos duras, y por lo pronto, reparables. No como la muerte, que es definitiva, inapelable.

Admiro también el respeto público para el dolor de esas familias. Creo que allí radica, en una parte pequeña, pero al menos en una parte, el valorable ejemplo de fuerza que han demostrado en sus horas más oscuras. No es necesario creer para comprender que la verdadera fuente de su valor y resistencia es la presencia de una fe capaz no sólo de encajar un golpe salvaje como éste, sino también de cargarlo de valor y de aquello que, en última instancia, puede confortar: el sentido. Pero en lo que respecta a la tranquilidad y la intimidad de estos primeros días de un duelo que quizás no termine nunca, la mesura y la discreción de los medios ha sido también, de alguna manera, una valorable muestra de condolencia pública, de piedad y de respeto. En la prensa del fin de semana, los inevitables reportajes a las muertes del norte apenas publican algunos nombres y referencias.

Uno quisiera lo mismo para todos y este es un buen momento para recordarlo. Quisiera que todos pudieran encontrar valor y significado en sus momentos de mayor dolor, y quisiera que se los respetara en ellos. Que no se le lanzaran los micrófonos en la cara a quienes pierden a sus hijos, no sólo en el momento inexorable de la muerte; tampoco en la lenta condena de la enfermedad, la adicción, el crimen o la cárcel. Los que pierden el techo donde protegerlos, la tierra donde los criaron, o ven flaquear los recursos para abrigarlos y alimentarlos. Uno quisiera que todos contaran con certezas que los sujetaran ante la desesperación, pero también el espacio para soportar esos momentos al amparo de quienes los conocen y les tienen cariño.

Sin ignorarlos, los medios podrían, tal como han hecho frente a este accidente, replegarse ante aquello que cuenta como expresión íntima de sentimiento, y buscar otros caminos, otras herramientas para retratar la humanidad en las desgracias públicas y privadas. Los medios no tienen ningún papel en el consuelo personal de los que sufren. Pero tienen cada día la opción, pocas veces elegida, de dejar pasar la oportunidad de exhibir y lucrar con ese dolor ajeno. Y el caso del Cumbres, nos recuerda cómo podrían hacerlo.

Acuerdo para el Transantiago: Yo ya me estaba entusiasmando

2 de Septiembre, 2008

Yo ya me estaba entusiasmando con la idea de un acuerdo político para el Transantiago. Me parecía un acto posible de nobleza ciudadana de parte de nuestros representantes, encaminado a resolver al menos las fallas más insultantes del sistema, aquellas que más directa y diariamente afectan a quienes dependen del sistema para su traslado.

Las declaraciones de José Miguel Insulza desde Estados Unidos, recién llegado de la convención del Partido Demócrata, me hicieron pensar que, quizás sí, existe todavía en la clase dirigente una cierta vocación común de servicio público, de amor por la camiseta, de respeto por sí misma que, al final del día, cuando ya se han dado todas las batallas, la une en torno a ciertos temas de importancia para alcanzar, más allá de sus intereses personales, un logro que nos beneficie a todos. Incluyéndolos a ellos mismos, por  supuesto. Cuando escuché a Enrique Correa en la Cooperativa hablar de la conveniencia y la posibilidad de los acuerdos, me sentí convencida.

Es cierto que la opción de una clase política que pelea en público y se abuena en privado resulta también, bastante odiosa (¿no podían abuenarse en público y pelear en privado, como los matrimonios?), pero en fin, en pos de algunos resultados, uno puede comprar esa mecánica o cualquier otra.

Pero no. No creo que hoy exista opción de acuerdo político en torno al Transantiago. Diez minutos escuchando a Sebastián Piñera y resulta evidente que el mentado acuerdo no es ni siquiera una quimera. Es mucho menos que eso. Como un marido que quiere abuenarse con la señora y llega agarrando los muebles a patadas, Piñera no deja pasar ninguna oportunidad de culpar al gobierno actual, y al anterior, por los errores de diseño e implementación del plan; calificó al Ministro Cortázar de “bueno”, pero ineficiente (o sea malo); describe a quienes participan o han participado del Transantiago, de irresponsables y contumaces.

Remató hablando del pobre crecimiento y la delincuencia fuera de control. Nadie que habla así de su adversario puede estar pensando en un acuerdo.

Y al frente nadie está por aceptarlo tampoco. Si el gobierno le cerró la puerta a Piñera ya la semana pasada, hoy varios en la Concertación quieren también echar el pestillo utilizando directamente el 2 por ciento constitucional destinado a las catástrofes, evitándose el bochorno en el Senado, y cerrando un espacio de negociación que aparentemente ni siquiera existe- pero que, en teoría, beneficiaría a Piñera. Pero, como bien sabe el candidato de Renovación Nacional, medidas extraordinarias exigen esfuerzos extraordinarios, y todos los ministros del gabinete deberían hacerse responsables solidarios del uso de estos fondos (respondiendo por ellos con su propio patrimonio, como nos contó). Independiente de lo que diga el Ministro Viera Gallo “que en un esfuerzo por restar dramatismo recordó que lo mismo había hecho” Carlos Ibáñez del Campo- la idea no parece especialmente buena.

La UDI en tanto, eventual socia de Piñera en la materia, se regocija esta semana con la idea de un fallo del Tribunal Constitucional que condene el préstamo que ya hizo el Banco Interamericano de Desarrollo al Administrador Financiero del Transantiago, lo que dejaría al gobierno, no sólo sin financiamiento, sino - como advirtió el más férreo de los opositores, Adolfo Zaldívar- eventualmente también al margen de la Constitución, de acuerdo a las maniobras. El propio gobierno al margen de la Carta Magna, es el tercer escenario posible en este drama.

¿Cómo puede ser todo aquello mejor que un acuerdo, político o de cualquier tipo?

Pues lo es. O al menos nuestra clase política, en esta vuelta y por algún motivo, así lo cree.

Madonna: ¿premio o castigo?

26 de Agosto, 2008

A las puertas del primer concierto de Madonna en Chile, sólo tengo preguntas, y las plantearé:

Tras varios años viendo todo tipo de espectáculos en Chile, todavía no logro comprender por qué a veces, como en el caso de Madonna, los conciertos en el país son más caros que en cualquier otro lugar del mundo, si muchas veces -y hasta antes del Arena Santiago- se ve poco, se escucha más o menos, no hay dónde dejar el auto y es difícil llegar en micro, si hace calor el público lo sufre, si hace frío, generalmente no hay calefacción. La entrada más cara para Madonna en Chile cuesta 205 mil pesos. Y la que le sigue, 160 mil. En Suiza los boletos eran más baratos. Y en Inglaterra. Y en casi todo Estados Unidos.

Me encantaría recibir la ayuda de un economista en este tema. Quizás los precios que se pagan en el país estén en relación, por ejemplo, a una población que, en general, disfruta de mejores rentas que el resto del continente. Quizás. Pero no es eso lo que dicen los productores. En general, la industria se defiende diciendo que el país está “lejos”, pero tengo la impresión de que, a dos horas en vuelo de Buenos Aires, Argentina está tan “lejos” como Chile, y allí, en Buenos Aires, las entradas para Madonna costarán casi 100 mil pesos menos que en Santiago, en el River Plate, un marco tanto o más glamoroso que el recinto ñuñoíno. Se argumenta también que el precio es alto porque el mercado pequeño. Es cierto. Somos los que somos. Pero en Santiago se espera vender por lo menos unos 45 mil boletos. No es poco. En todo Brasil son 140 mil tickets a la venta.

A veces, sólo a veces, pienso que sólo nos cobran más caro por una razón poderosa y suficiente: porque pagamos, como me comentó mi colega del deporte, Álvaro Lara  (porque allí también pagamos: la selección chilena en sus partidos también cobra lo que ninguna). Pagamos lo que nos pidan. Y en el caso de los conciertos, desde que se puede comprar a crédito y en tarjetas, más pagamos. Pagamos la entrada, los cobros por servicio y luego, el interés asociado a las cuotas. Felices pagamos.

Pero olvidemos el precio, como olvidaremos las cuotas de la tarjeta. Porque el precio es sólo una de las restricciones para ver a Madonna. Sólo en Chile, nuevamente, la pre-venta de boletos está sometida a una doble restricción: ser cliente, no sólo de una, sino de dos empresas al mismo tiempo. Sólo quienes cumplan ese doble requisito podrán comprar por adelantado, y hasta seis entradas cada uno. Es un premio de las empresas a sus clientes, parte de su proceso de fidelización. El mismo gracias al cual la gente no sale del supermercado sino le validan sus puntos, grita el carnet a voz en cuello en las farmacias, y muestra sus tarjetas-club donde se la pidan. Una práctica totalmente legítima, de la que yo sólo espero que premie a sus clientes sin castigar a los demás. Yo me pierdo los premios si no quiero juntar puntos, pero no he perdido todavía mi derecho comprar.

Nada se pierde en el caso del show de Madonna, sólo se retrasa. Se posterga. Pero aún así, los clientes debidamente registrados no tendrán su entrada garantizada a menos que entreguen también, su carnet de identidad. No imagino por qué es necesario dar el número de carnet para comprar una entrada para un espectáculo. Supongo además que las empresas tienen el carnet de todos sus clientes. En esto eso sí, Chile no es el único. En Brasil también quieren exigir documentos para la venta de entradas para Madonna. Y la Fundación de Protección de Defensa del Consumidor está investigando si la medida es legal.

Finalmente, de qué quejarse: las entradas que queden, que deberían ser muchas, estarán a la venta para todos los que puedan pagar en efectivo a partir del 8 de septiembre. Casi un mes antes del recital. Después de todo, este fue el concierto por el que se la jugaron diputados y hasta el ministro Vidal. Chiledeportes prestó la cancha, por 8 millones de pesos y hasta un 7 % del borderó. Como dije, yo en esto sólo tengo preguntas. Y nada más.

Facebook

16 de Agosto, 2008

Son tan buenos los argumentos para no inscribirse en Facebook. Son argumentos que, en general, denotan seguridad: una agenda ocupada - que no da espacio a estar “perdiendo el tiempo” en Internet- , una vida social acotada, pero intensa; cierto sutil desinterés y falta de necesidad de los demás; una actitud “humana”-a partir de la cual la tecnología sólo contamina las relaciones - y, en general, una mirada lanzada hacia el futuro, para la cual la idea de reencontrarse con, por ejemplo, los ex compañeros de colegio, resulta no sólo inútil, sino trivial y hasta un poco ordinaria.

Yo estaba totalmente de acuerdo. Yo me sentí totalmente representada con la frase de Pedro Peirano en su ya pivotal columna “El tradicional barrio Facebook”, en el suplemento Cultura de La Tercera (31 de mayo): “Ni me imagino que será de Facebook una vez que su novedad haya mutado en rutina. Cuando ya no haya nadie que encontrar y corrobores que la gente que dejaste en el pasado, debió permanecer donde estaba”. 

“Eso es”, pensé yo: el pasado, pisado. Me sentí ligeramente decepcionada por el entusiasmo que mostró por Facebook un economista tan preclaro como Eduardo Engel, donde relacionaba el sitio con la teoría de los “seis grados de separación” (”Si estamos a un paso de quienes conocemos, a dos pasos de alguien que conoce a alguien que conocemos, y así sucesivamente, una conjetura de larga data dice que todos estamos separados, a lo más, por seis pasos, es decir, por seis grados de separación”). Pese a la sutileza con la que Engel presenta el argumento, en un país con tan poca movilidad social como el nuestro, la teoría me pareció tristemente improbable. Tiendo a pensar que lo que efectivamente ocurre es que en Chile un grupo pequeñito está a menos de seis grados de separación, mientras el resto ni se entera, y ser parte de Facebook era, en alguna medida, sumarse a esa falacia.

Así pensaba yo.

Hasta que me escribió una compañera del 4° Medio. Ya estaban todas listas y coordinadas para su reencuentro (por Facebook por supuesto) y sólo faltaba yo, a quien habían tenido que encontrar a través de la Cooperativa. “Nos costó, pero lo logramos”, fue lo primero que leí en un mail que denotaba entusiasmo, y un poco de incredulidad. La reunión era esa misma semana y llegué apenas. Por esos mismos días, una ex compañera de universidad hacía malabares para invitarme personalmente al reencuentro respectivo. Su mensaje me llegó a través de un hermano, su marido y una ex compañera de colegio, hasta la llamé por teléfono.

Y he aquí la gran revelación de esos días: no sólo me sentí desconectada, lo que, después de todo, puede ser opción legítima. Me sentí odiosa. Llena de mañas. Me sentí como Ebenezer Scrooge, el avaro que recibe al fantasma de las navidades pasadas en la novela de Charles Dickens y en la película que pasaban todos los años por la tele (no sé si todavía). Lo pasé bien con mis ex compañeras, gente que recuerda cosas de mí que ni siquiera yo recuerdo. Me habría perdido un poco de mí misma si no hubiera ido. Me inscribí en Facebook, para no perderme otra cita como esa. Pero me encontré también con los amigos de siempre, en amable plática, mostrándose fotos que no les había visto, tomándose dos minutos cada tanto para ponerse al día.

No quiero ocupar una metáfora injusta, como la de la rueda, pero para quienes Internet no es “lengua madre”, sino aprendida, Facebook puede ser algo muy amenazante.  Pero, no inscribirte, si puedes, y tus amigos de carne y hueso te han invitado y te lo han pedido, es como no querer que te instalen teléfono, porque no vas a saber quién te va a llamar, o cómo cortarles las llamadas. O creer que te van a llamar muchas personas todo el tiempo. O que sólo te van a llamar de ocio, y para molestarte. O que la relación se va a quedar en eso, en el teléfono. No estoy tan segura. Probablemente los que están fuera de Facebook sean muy parecidos a las que están dentro: son personas buscando a personas. Y tu privacidad esté tan amenazada como lo está en las páginas blancas -donde ya lo estaba-. Si existen y las reparten todavía.

“La buena vida”: Una película necesaria

5 de Agosto, 2008

A veces, algunas personas me han preguntado cómo se puede leer las noticias, considerando  que muchas veces la información diaria resulta deprimente, atemorizante, decepcionante, o amenazadora. Es cierto, hay cosas que todos preferiríamos no saber, y mejor aún, que preferiríamos que no pasaran. Sucede con los maltratos, las negligencias, la violencia, la corrupción, los robos y tanta otra cosa. Pero mi respuesta es que, en todos casos, y sobre todo en ellos, el mejor espacio para buscar consuelo, valor, contraste o sentido, se encuentra, precisamente, en el cuadro más grande al que esas tragedias pertenecen. En la ciudad donde tienen lugar, la frecuencia con la que efectivamente ocurren, y sobre todo, en todos los casos en los que, pudiendo pasar, no pasan. Tratar de saber un poco más, y no menos, es mi respuesta y puede ser un consuelo pobre, pero es el que tengo.

Cuento esto porque precisamente, una de las noticias más tristes que yo recuerde del Chile de los últimos años, es parte de “La Buena Vida”, la nueva película del director de “Machuca”, Andrés Wood, que tuvo pre-estreno en el barrio de Estación Central la noche del lunes. De manera inesperada, la película toma este hecho real profundamente doloroso, y lo convierte en la última línea, y la única realmente irremediable, en una ciudad de personajes imperfectos, pero en su mayoría, amables, y en la que por fin nuestros hombres y mujeres de a pie, nuestro vapuleado chileno medio, encuentra un retrato a la medida de su dignidad y sus pequeñas bondades.

En la película, que se estrena el 14 de agosto, se cuentan en forma intermitente y entrelazada, tres historias. Aline Kuppenheim, más triste y hastiada que nunca, da vida a “Teresa”, una sicóloga que trabaja con prostitutas en el centro de Santiago. Para “Teresa”, el trabajo es personal, y su dedicación explica, quizás, el complejo trance en el que se encuentra su única hija. El padre que debería completar esta familia, no tiene en un primer momento, ni siquiera el tacto de permanecer ausente, lo que, se adivina, sería menos dañino que el desapego que muestra hacia su ex mujer y su hija.

En una segunda historia está “Mario” (a cargo del actor Eduardo Paxeco), un músico que inexplicablemente ha abandonado la exquisita oportunidad de una carrera en el circuito artístico europeo, para volver a Chile a batallar por alguna de las exiguas oportunidades de trabajo que se le presentan. Como le apremian el tiempo y la plata, “Mario” es reclutado en el Orfeón de Carabineros y se convierte en músico uniformado. En uno de sus momentos más peripatéticos, “Mario” es empujado bus abajo por un grupo de pasajeros convencidos de que él puede detener a un ratero.

Finalmente, en un salón de belleza en el centro de Santiago, trabaja “Edmundo”, peluquero y “esteticista integral” que vive con su madre viuda. “Edmundo” hace la fila en el paradero, se aprieta en la pisadera, se bambolea en un bus articulado camino al trabajo y anda a las carreras tratando de conseguirse un crédito para comprar un auto. No es mucha plata, pero la quiere, quizás porque el auto le parece una meta mucho más abordable que cualquier otra, incluyendo la posibilidad de concretar el incipiente romance con la ejecutiva que le tramita la plata. Madre e hijo viven en un departamento viejo y oscuro, en especie de homenaje permanente hacia el padre que murió hace mucho tiempo y quien, de acuerdo a los registros del sindicato de peluqueros, destacaba, igual que “Edmundo”, por las deudas y la simpatía. El vencimiento de la sepultura de este padre, que nadie visita en el cementerio hace 20 años, enfrenta sorpresivamente al personaje a una decisión incómoda, que inicialmente, no tiene ganas ni presupuesto para afrontar.

Hay buenas historias en “La Buena Vida” y hay buenas actuaciones. Bélgica Castro está perfecta como la madre que controla y contiene, y a Alfredo Castro le bastan tres frases para retratar a un miserable. Pero es “Edmundo” el gran hallazgo de la película. No es muy alto, la ropa le queda ancha, el corte de pelo lo afea, el trabajo no se ve bien encaminado y, para peor, vive con la mamá, pero el actor Roberto Farías logra interpretar el personaje con una singular cuota de dignidad y decencia. “Edmundo” es inmaduro, su escala de prioridades  necesita ajustes y puede ser realmente irresponsable, pero no exuda la maldad ni la perversión que por años se le ha achacado en la ficción chilena -y en la realidad- al chileno de la medianía. En “Mea Culpa” “Edmundo” sería un asesino, en el trasnoche televisivo, un libidinoso, y en cualquier programa de reportajes, un estafador o un delincuente. En “La Buena Vida” en cambio, “Edmundo” es un típico ser en la ruta del tentempié, como decía Charly García.

Y en un par de decisiones que importan, sorprende. “Edmundo” es el marco amplio donde transcurren las historias tristes y a veces irremediables de “La  Buena Vida” y es él quien puede hacer de esta, una película necesaria. Una donde ver también, un retrato un poco más noble de nosotros mismos, no  sólo porque queramos verlo, sino porque lo más probable es que, de hecho, esa nobleza exista y quizás, sea más frecuente de lo que a veces pensamos.  Por terribles que a veces sean las noticias.

Un desaparecido de 31 años

31 de Julio, 2008

Hace ya algunos años leí “El primer hombre”, una novela póstuma de Albert Camus. Encontraron su manuscrito dentro del maletín que llevaba el día que murió y fue publicada con algunas pequeñas correcciones en 1994.

Ignoro los méritos técnicos del libro y no estoy ni de lejos capacitada para su análisis literario. Pero fue para mí un libro muy importante; de los más valiosos que he leído. Habla de un niño en sus primeros 14 años, criado en medio de un hogar de miseria. No conoce a su padre, que murió durante la Primera Guerra Mundial, y crece en medio del silencio de una familia pobre y analfabeta.

Un profesor, que le llama “mosquito”, decide entrenarlo a él y a otros para que vaya al liceo. Se abre una oportunidad allí donde no había nada. Muchos años después, el niño visita la tumba de su padre, y le ocurre lo siguiente: “Leyó las dos fechas sobre la lápida, 1885  - 1914, y calculó: 29 años. De pronto, le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. Él tenía 40 años. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él”.

También de golpe comprendí yo, que un hijo no está preparado para ser más joven que su padre. Malamente, los hijos nos vamos habituando a la realidad de empezar a ser más ágiles, más firmes y más fuertes que nuestros padres. Mayores, ni hablar. Pero es un dato, que con el tiempo, iremos siendo más viejos que los que murieron.

La noticia de la detención en España de un abogado de 73 años, Alfonso Podlech Michaud, nos sorprendió ayer en la tarde. Ex Fiscal Militar de Cautín, Podlech viajaba hacia una de las ciudades más lindas de Europa, Praga, probablemente sin imaginar que existía una orden europea de detención en su contra, solicitada por la justicia italiana que investiga la desaparición, entre otras personas, de Omar Venturelli, ex sacerdote chileno-italiano. La justicia sabrá si Podlech tiene alguna responsabilidad es muerte.

Su familia -su hijo- ha dicho que él quiere presentarse lo antes posible ante la justicia italiana y que allí aclarará su situación.

La información nos llevó hacia la viuda de Venturelli, Fresia Cea Villalobos, quien se encontraba en Roma, donde está tratando un cáncer, y en medio de la noche italiana, nos fue contando de la detención de Venturelli. Nos contó que lo vio por última vez el 15 de septiembre de 1973. Luego lo visitó varias veces en la cárcel. Allí recibió algunos mensajes suyos. En una referencia extraña y dolorosa, Venturelli le cuenta en mensajes desde la cárcel, que lo que vivía “era peor que cualquier western italiano”. Que busque ayuda.

Fresia recordó en la entrevista que Omar Venturelli se presentó voluntariamente ante los militares el 15 de septiembre de 1973, y que lo acompañó su padre. ¿Qué edad tenía este ex sacerdote cuando fue ante los militares, que lo acompañó su papá?: “31 años”, me respondió Fresia.

Yo tengo más de 31 años. Soy parte de la última generación que se fue a inscribir con urgencia a los registros electorales, poco antes del plebiscito del 89. Para mí y muchas otras personas, varios desaparecidos, como Omar Venturelli, empiezan a ser personas que tenían mi edad, pronto tendrán un poco más, y en algún tiempo serán mucho más jóvenes que yo. Y esta tarde pensé que, probablemente, y al revés de lo que muchos dicen, el tiempo no me irá alejando de la tragedia y las muertes del Chile de 1973. Sólo me la hará más cercana, y todavía un poco más triste.

La vida simplemente

29 de Julio, 2008

La semana partió gritona y vociferante en Viña del Mar, con las partidarias de la Alcaldesa Virginia Reginato amenazando a tres concejales (del PC y la Concertación) que terminaron penosamente encerrados en un café mientras fuerzas especiales de Carabineros intentaban controlar la situación, marcada por la particular beligerancia que mostraron algunas señoras escudadas tras los carteles donde se veía oronda y sontiente a la Alcaldesa UDI cuestionada por Contraloría.

En Santiago en tanto, poco antes de las ocho de la mañana María Música Sepúlveda volvió a clases en el liceo Darío Salas de la mano de su madre y en medio de una marcha de estudiantes y dirigentes (el ex candidato presidencial Tomás Hirsch entre ellos). Sepúlveda se veía nerviosa, pero alegre, protagonista impensada y cuasi símbolo de un debate que la excede del todo, donde las legítimas demandas por una mejor educación se enredan con las reivindicaciones gremiales del profesorado, el cálculo político de quienes se alimentan de la frustración social - sin importar su causa ni mucho menos su solución- y los decepcionados de siempre ?algunos de ellos con muy buenas razones, otros no tanto-.

Y eso que la semana está comenzando. Ya que la canción de cierre del programa del lunes está tan tocada como algunos de las manifestantes de hoy (”Rehab” de Amy Winehouse), el tema para los exigentes lectores del blog es distinto y viene en video. Es la muy intensa “Para el final”, canción de cierre de “La Buena Vida”, de Andrés Wood, el director de Machuca, que se estrenará el 7 de agosto. Aparentemente, Wood tiene lista una película diferente. No es la comedia picaresca chilena, ni el thriller de bajo fondo criollo. Wood parece intentar nuestra propia “Amores Perros”, con un cruce de historias de frustración, deseo, deudas, sueños y soledad atravesando el centro de Santiago. Basta escuchar al singular Chinoy de San Antonio (auténtico hallazgo reciente de la música popular chilena) para ver que la mano, esta vez, se viene más pesada y que más que buena, esta es la vida no más, simplemente.

 

Estrenos de cine: “El rey de California” y los “Expedientes Secretos X: Quiero creer”

26 de Julio, 2008

Cifras como las del comercio, que se conocieron ayer, hablan de restricciones en el consumo de los chilenos: no en el cine. La Cámara de Comercio Cinematográfico informó que en la semana del 17 al 23 de julio se batió el récord de asistencia a las salas, sumando 704.208 espectadores, superando la anterior marca de 670.159.

La mezcla de la súper publicitada “Batman, el caballero de la noche”; la muy recomendable “Wall-E” y la singular comedia de acción animada, “Kung Fu Panda” resultó irresistible para el público. En un aspecto negativo del fenómeno, el mega-éxito de esos estrenos hace más difícil el estreno de otras películas más pequeñas o dirigidas a otro público, por ejemplo, uno más adulto. Dos filmes se estrenan esta semana en el país.

Y aquí va la Cartelera de Lo Que Queda del Día, con las recomendaciones.

Una canción para el viernes

26 de Julio, 2008

Inspirado en los cassettes, la canción elegida fue “Al final de este viaje”, quinta y última canción del Lado B del disco del mismo nombre que Silvio Rodríguez grabó en 1978 en España, y que circuló en Chile en cantidad indefinible de copias legítimas y caseras. Incluye efecto especial “rewind”.