Hija de citroneta
26 de Septiembre, 2008
En una fecha que algunos quieren recordar, el próximo 7 de octubre la citroneta (modelo 2 CV de la empresa francesa Citroen) cumple 60 años. Esa fecha, el año 1948, el modelo se presentó en Europa, con grandes críticas, comentan hoy con algo de revancha los fanáticos del modelo, que todavía existen y son varios. En 1957 se instaló en Chile una fábrica de montaje para tan singular vehículo y desde entonces hasta 1970 se construyeron en el país 21.444 citronetas en todos sus modelos, como se precisa en un extracto del artículo “Citroën au Chili” citado en la página del Club de la Citroneta de Chile.
Se trataba de un auto barato y aguantador, que acompañó a las familias chilenas por agunos años particularmente importantes para una generación como la mía. La citroneta, como saben todos quienes tuvieron una, no arrugaba nunca, o arrugaba siempre, pero se arreglaba rápido y con cualquier cosa, o no se arreglaba jamás, lo que en mi opinión, constituye, no sólo una paradoja, sino una gran lección de vida. A mí la citroneta, pienso hoy, me enseñó grandes cosas.
Un auditor del programa -al que le estaré siempre agradecida por el recuerdo- contó lo siguiente cuando preguntamos por recuerdos de citroneta: “Mi padre tenía una Citroneta en la cual aprendí a manejar sin instrumentos. Tenía malo todo el tablero. Ahí supe lo que es tener panas de batería, de bencina, manejar sin las luces prendidas, comprar bencina en bidón, poner una manguera en el estanque de un auto, chupar la manguera y rápidamente ponerla en el estanque de la citroneta. Empujar y subir corriendo para enganchar la segunda, ah! y todo esto con un pucho en la boca”.
No era un mundo perfecto, pero era el mundo que teníamos. No estaba mal visto que los padres fumaran encima de sus hijos, ni que fumaran a la menor provocación. Y a veces había que manejar sin luces. Y había que manejar no más. Hoy, hay gente que no se atreve a echar contacto si el auto no tiene barras de acero, doble airbag y los niños no van sentados cada uno en su silla especial.
Era un país pobre y asustado, donde la mayoría se las batía con lo que tenía. Donde, a discreción del carabinero de turno, a uno le podían pasar un parte por conducción imprudente en un auto que en sus mejores momentos, llegaba a los 60 kmts por hora. Y sin reclamar.
Pero en ese ambiente de precariedad y opresión, miles de familias se animaban a echar a andar su citroneta, y algunos se las ingeniaban incluso, a tratar de ser feliz. Y a emprender aventuras francamente improbables a bordo de tan frágil embarcación. Mi citrola familiar llegó un día hasta Chiloé.
(* Por eso, quizás, algo en mí se rebela ante películas como “Tony Manero”, y esa idea perversa de que todo un país en los años 70 era malo. Hubo gente decente allí, como la hay en todas partes. Y a mí me parece que el guión es mezquino cuando no le da espacio a ninguno de ellos. Pero esa una disgresión*).
Con la citrola cuando las cosas se ponían difíciles, había que sacar un alambrito y animarse a reparar, a componer, o por lo menos a tratar. Que a veces lo único que falta es un empujoncito. Eso es lo que a mí la citroneta me enseñó. Que las cosas no siempre están de tu lado. A veces están francamente en contra. Pero entonces, y siempre, hay que sacar un alambrito y apechugar.






Hace ya algunos años leí “El primer hombre”, una novela póstuma de Albert Camus. Encontraron su manuscrito dentro del maletín que llevaba el día que murió y fue publicada con algunas pequeñas correcciones en 1994.