La última trinchera
16 de Octubre, 2009
Para decirlo en una figura que comprenderán de inmediato: éstas no son mis canchas. Como muchas mujeres, yo crecí convencida de que podía y tenía que jugar en cualquier terreno. Pero el fútbol, lo cedo. No es que no logre comprenderlo (¿o de verdad creen que no podemos comprender la posición de adelanto?). Es que sencillamente, no quiero. En un mundo donde las mujeres pueden pelear, y con derecho, todo aquello que alguna vez se reservó para los hombres, el fútbol es, para mí, la última trinchera. El último rito secreto, ese que los hombres juran en la oración perpetua del eterno misterio del contragolpe, el juego a dos bandas, el centro, el corner y el medio campo.
El fútbol es la fraternidad secreta que une a mi padre con mis hermanos, a mi esposo con sus hijos, a mis hijos con sus compañeros en el patio, a mis vecinos en la rotonda, a mis colegas en la liga y a miles en los estadios y, cuando amerita, en Plaza Italia. Son 90 minutos es los que se permiten (¡por fin!) llorar, y tomarse las manos, morderse los nudillos, maldecir sin hacer daño a nadie y, en esas raras ocasiones en que les toca la victoria, saltar del sillón, ponerse de rodillas y fundirse un abrazo.
Chile clasificó al Mundial, y yo ni siquiera vi el partido que abrochó tan colosal aventura. Digamos, no lo vi en el pasto. Lo vi en sus caras, en su alegría, en la emoción que los vuelve ingenuos, les devuelve la esperanza y los convence, quizás sin pensar demasiado, en que, una vez más, la vida no es tan mala y ellos pueden animarse a todo.
No comprendo el fútbol, pero me saco el sombrero ante una pasión que vive, muere y resucita en cada partido. Así que, de una u otra manera, yo también, que nada sé de fútbol, que no lo sigo, ni me interesa, he vivido esta clasificación como se viven esos días inolvidables en nuestras vidas. Yo también, la noche del domingo, después del partido con Colombia, agarré a mis hijos y los saqué a dar vueltas por las calles, para que vieran cómo sonaban las bocinas, cómo ondeaban banderas y todos nos saludábamos gritando: “¡Viva Chile!”. Y cuándo me preguntaban, todavía pequeños, qué era esto tan extraordinario que pasaba esta noche, sólo tenía una cosa que contarles: “Esto, mis niños, es el fútbol”. Felicitaciones a todos los que vibraron con el triunfo.
Esta columna fue publicada el pasado jueves en el Diario Las Ultimas Noticias.




Su espectáculo se vende como un concierto, se presenta como un musical, pero se vive como una transmisión televisiva, un DVD proyectado en un home theater gigante, acompañado de otros miles que comparten la capacidad de pago, la alegría y el entusiasmo loco del que se habló en estos días. Si Madonna canta o no canta (cosa que hace sólo ocasionalmente), aquello no tiene ninguna importancia en el marco de una actuación diseñada esencialmente desde la perspectiva de los resultados (y de la única que parecen valorar los medios).