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	<title>Opinión en Cooperativa&#187; Sonia Montecino</title>
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		<title>La chiva expiatoria</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jun 2012 14:20:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Sonia Montecino]]></category>

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		<description><![CDATA[En el habla chilena una “chiva” es una mentira, un embuste, y en términos sociológicos universales un “chivo expiatorio” es alguien que paga por las culpas colectivas. Es un mecanismo conocido en muchas comunidades el señalar a un hombre o &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20120607102016/la-chiva-expiatoria/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el habla chilena una “chiva” es una mentira, un embuste, y en términos sociológicos universales un “chivo expiatorio” es alguien que paga por las culpas colectivas.</p>
<p>Es un mecanismo conocido en muchas comunidades el señalar a un hombre o a una mujer como el responsable que se debe sacrificar para re-establecer el orden; casi siempre los chivos expiatorios emergen en momentos de violencia, anomia o desestructuraciones sociales, y también en periodos en los que el poder desea entronizarse (no olvidemos la construcción por parte de los nazis de los “judíos” como portadores de males que había que eliminar, cargando una culpa ontológica (étnica en este caso) por la cual debían pagar y que el nazismo se encargaba de hacer punir reproduciendo con ello su poder ).</p>
<p><strong>Hoy día asistimos  a la configuración perversa de la presidenta Michelle Bachelet como el “chivo expiatorio” del descalabro que vivió toda la sociedad chilena y sus instituciones cuando el terre-mare-moto del 2010 asoló nuestra zona centro sur.</strong></p>
<p>Es casi de manual antropológico el modo en que se diseña a esta emblemática mujer como la causante de las muertes ocurridas en el sismo.</p>
<p>Esta operación simbólica tiene un plano obvio en la manipulación política, en tanto busca destruir el prestigio de la presidenta (la única mujer en Chile en acceder a ese sitial y con una enorme aprobación ciudadana a su gestión) y con ello tratar de mitigar la amenaza que significaría su eventual re postulación al gobierno. Eso es lo más evidente.</p>
<p>Sin embargo tras esta maniobra hay otros niveles que se ocultan al simple análisis.</p>
<p><strong>El primero se relaciona con el imaginario de la “mala madre”, Bachelet es la madre que dejó a sus hijos (a los huachos/as) abandonados a su suerte y por ello debe pagar.</strong></p>
<p>Tras esto emerge otra dimensión, la psíquica, que coloca la  muerte (simbólica) de la madre –también la del padre- como necesaria  para el desarrollo del hijo(a), y, por último, se asoma en la maniobra el gesto femicida que corona las estructuras del dominio masculino en la sociedad contemporánea.</p>
<p>Convertir a Bachelet en “chivo expiatorio” supone colocar a toda la comunidad contra ella y así producir la unión (nacional) en torno a su expiación.</p>
<p>Con ello sería posible olvidar otras “culpas” y no cuestionar o más bien negar y ocultar problemas nuestros más estructurales.</p>
<p>Por ejemplo, el de las fallas en la transmisión transgeneracional de las experiencias telúricas (por suerte los mapuches aún relatan el mito del Kai Kai y Ten Ten que alerta sobre los maremotos y la salvación huyendo a los cerros); el de los saqueos como parte no solo de un “desbocamiento” en momentos de caos, sino de una conducta ligada al fetichismo del objeto que nuestra chilenidad de mercado propicia incansable (la conducta japonesa al respecto pone de manifiesto que la cultura –y no “el animal que llevamos”-es la base de la actitud ante un desastre natural); el de la contradicción entre lo que promovemos como autoimagen (el país exitoso, con mayor tenencia de TIC y parque automotriz) y lo que somos (el día del terremoto todo falló, las instituciones más eficaces de la guerra no pudieron controlar nada). Y así podríamos seguir.</p>
<p><strong>La imagen de la Presidenta culpable entonces es un muy buen argumento para la trama de un poder que necesita perdurar, pero un asunto que al destaparlo, buscando todos sus pliegues, hace emanar un dejo de podredumbre y de cinismo porque juega con víctimas (los muertos y sus deudos) y victimarios (la Presidenta y su equipo).</strong></p>
<p>Nadie en una experiencia como la que vivimos espera que el (la) jefe de un Estado diga qué hay que hacer, y que omnipresente nos dé ordenes de  colocarnos en los dinteles o huir despavoridos; espera, por cierto, que luego de la catástrofe su presencia restituya la ruptura del orden social.</p>
<p><strong>Esta construcción del “chivo-expiatorio Bachelet” nos infantiliza como país: los niños (los huachos) culpan a  la madre de sus propios males (esto es algo típico de la chilenidad: si los hijos son drogadictos o enfermos o malos estudiantes, es culpa de la progenitora), ella no nos dijo cómo teníamos que actuar, ella no tenía conocimientos sismológicos, la madre no ejerció su función “divina” y trascedente.</strong></p>
<p>El procedimiento, sin embargo, puede perder su eficacia porque no toma en cuenta un factor determinante: la sociedad chilena no necesita un chivo expiatorio porque no está ni fracturada ni hambrienta, y tampoco está dispuesta a asesinar a la madre, la madre no es el problema, es más bien el poder del padre que, desesperado, quiere borrar la potencia de una silueta femenina que de manera inquietante adquiere otros dominios.</p>
<p>De allí entonces que se arme esta “chiva” que sin duda, no logrará resolver el duelo social (como no lo pudo hacer la Teletón pos terremoto) ni reparar las pérdidas (tangibles e intangibles), justamente porque se enuncia como embuste y faramalla y no como gesto reflexivo y elaboración colectiva  de lo sufrido.</p>
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		<title>El neomachismo en “tiempos de cólera”</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2011 14:25:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Sonia Montecino]]></category>

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		<description><![CDATA[Dudé si titular esta columna “Aún tenemos patria (matria) ciudadanas”, pero decidí no hacerlo para motivar a una reflexión sobre las agitadas aguas que vivimos las mujeres en estos periodos de transformación social -que avizoramos y experimentamos- y de los &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/cultura/20111212102545/el-neomachismo-en-tiempos-de-colera/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dudé si titular esta columna “Aún tenemos patria (matria) ciudadanas”, pero decidí no hacerlo para motivar a una reflexión sobre las agitadas aguas que vivimos las mujeres en estos periodos de transformación social -que avizoramos y experimentamos- y de los cuales aún no hay interpretaciones que, al menos en mi caso, satisfagan la comprensión de la multiplicidad de elementos que en ellos eclosionan.</p>
<p>Nadie podría dudar que asistimos en Chile, como en otras partes del mundo, a lo que he llamado un “crujido”, a una suerte de agrietamiento en las estructuras, o en el “sistema” como se denomina eufemísticamente al modelo social de mercado que predomina y moldea el devenir mundial.</p>
<p>Desde una perspectiva de género no deja de ser relevante el comprobar que el neomachismo, en tanto postura y actitud que considera políticamente correcta la igualdad entre hombres y mujeres, pero que en la práctica no permite que ello suceda, se aprecia de manera nítida cuando vemos la realidad estadística y la cultural.</p>
<p>Las cifras de las desigualdades en el acceso al empleo, las brechas de sueldos, la escasa representación política de las mujeres, las diferencias al interior de éstas a la hora de escudriñar dónde están situadas las más pobres, las que pertenecen al mundo indígena, las migrantes, las adultas mayores, entre otras.</p>
<p>El panorama de los números es desolador, pero es aún más el que se relaciona con los mecanismos profundos que hacen que las transformaciones y luchas en pro de la igualdad entre hombres y mujeres no advenga con facilidad.</p>
<p>La historia demuestra que una vez conquistados ciertos derechos, las mujeres debemos seguir bregando por la aparición de nuevas inequidades, y ello tiene una causa no muy difícil de encontrar: se trata del hecho que los cambios en las estructuras simbólicas y psíquicas que constituyen la cultura, no mutan tan rápido como sí lo hacen las económicas y políticas.</p>
<p>Hemos insistido en demostrar que es, precisamente, en ese poderoso nivel en el cual se van construyendo los estereotipos, los modelos, las formas de socialización, las valoraciones y desvalorizaciones que impregnan la vida personal y social.</p>
<p>Las definiciones, significados y sentidos valóricos que construyen las relaciones de género son un núcleo potente desde el cual las sociedades van erigiendo los lugares, posiciones y condiciones de hombres y mujeres, y al mismo tiempo las vinculan con sistemas mayores de prestigio y poder.</p>
<p><strong>Cuando un alcalde se refiere a la dirigente estudiantil Camila Vallejo como una “endemoniada”, cuando el propio presidente se permite hacer chistes sexistas y un columnista dominical de El Mercurio advierte sobre el peligro de P.M (el partido de las mujeres), alertando a los hombres, podemos darnos cuenta que estamos ya no frente a una escondida (“encapuchada”)fórmula del neomachismo, sino ante el rostro descubierto de una reacción conservadora –semi atávica- que devela los mecanismos culturales a los que nos referimos antes.</strong></p>
<p>Ya lo dijo Freud, el inconsciente no tiene sentido del humor, y cuando las bromas se movilizan desde el ámbito de lo íntimo al político, las estructuras simbólicas emergen con toda su fuerza.</p>
<p>En el caso del “humor” presidencial al comparar políticos y mujeres, a lo que apunta es a la idea decimonónica y machista que una mujer que dice “sí” es una “puta”, no una “dama”, con todas las connotaciones que esa diferencia implica, y con toda la negatividad que supone la asertividad en una mujer.</p>
<p>Escuché en una mesa de almuerzo a dos connotados cientistas sociales repetir el chiste y reír a mandíbula batiente e imagino que lo mismo habrá ocurrido en otros segmentos profesionales.</p>
<p>No es que el humor no sea sano, sino que hay ciertos tipos cuya función es perpetuar estereotipos y discriminaciones.</p>
<p><strong>Sigamos con Freud, lo que nos provoca risa es algo que nos angustia, que no podemos controlar sino exorcizando sus contenidos a través de la carcajada hilarante que nos permite su liberación. ¿Qué angustia es esta, masculinamente transversal?</strong></p>
<p>La respuesta se puede convertir en otro chiste: la creciente presencia de las mujeres en el ámbito del conocimiento, de lo público, de la política, del arte y sus logros respecto a los derechos femeninos provocan una amenaza al orden de género, a los espacios tradicionales, y a las formas establecidas de vincularse hombres y mujeres.</p>
<p>De allí justamente es desde donde nace el neomachismo: de esa constatación que la humanidad avanza sin vacilaciones hacia el respeto a los derechos humanos y dentro de ellos a los de las mujeres.</p>
<p>Esa realidad no puede ser desmentida porque es producto de una historia colectiva de luchas y no del capricho individual, ni de la búsqueda de ganancias personales; no se puede estar contra ello a pesar que los antiguos resortes, sobre todo cuando no hay una elaboración intelectual sobre estas luchas, pugnan por negarla, reprimirla, ironizarla, invisibilizarla.</p>
<p>Sin duda que una joven como Vallejo puede ser construida en el imaginario como una endemoniada, en la medida que su carisma logra movilizar a muchas personas y por cierto, evoca –aunque de otro modo- el de Bachelet, convirtiéndose en la escena del espectáculo (que reina en nuestra cultura) en blanco de sentimientos, emociones diversas en la medida en que su ser mujer (su cuerpo) es lo que “aparece” como el primer reflejo.</p>
<p>Escuchamos con frecuencia este año en pasillos y reuniones decir a los hombres, jóvenes y viejos, sobre la dirigenta: “aunque sea comunista, es “rica”; “me rindo ante sus ojos”.</p>
<p>La belleza de la joven mujer “conmueve” y es lo que prima en el escenario de los medios, despertando simpatías, a veces adoración y en otros casos aversión: la belleza, ya sabemos puede llegar a ser monstruosa por lo insoportable.</p>
<p>El alcalde de marras moduló lo que muchos tenían en el inconsciente, el “embrujo” de la belleza se relaciona con el demonio. No debe extrañarnos que el mito de La Quintrala posea tanto arraigo en Chile: desde tiempos antiguos, libros, novelas, telenovelas y series se van sucediendo para mostrar una mujer con poder, linda y relacionada con el “mal” que oprime a quienes se rinden ante sus malas artes y hermosura.</p>
<p>Por cierto nadie destaca la inteligencia, los conocimientos y la asertividad de la Quintrala (ni  de la joven Vallejo, que es vista como una ventrílocua del PC, alguien sin identidad propia y se discuta si su liderazgo proviene de algo más que de su belleza), no son esos atributos de importancia para las mujeres valoradas o tomadas en consideración solo en tanto prisioneras de un cuerpo canónicamente bello y único lugar desde donde se piensa emana su influencia.</p>
<p>Este “dispositivo” mental chileno ha queda este tiempo al desnudo, casi caricaturesca y perversamente desnudo; pero más allá de eso lo que nos mueve a reflexión es el hecho de cómo es posible encarar los profundos y ciegos mecanismos del sexismo tanto desde la perspectiva de las mujeres como de los hombres.</p>
<p>En el primer caso, echamos de menos en los liderazgos femeninos actuales una real conciencia de género, en el sentido de conocer la historia de la discriminación en sus más penetrantes consecuencias y en el riesgo que el cuerpo-mujer sea secuestrado por los modelos convencionales y aceptados por el mercado (que tiene su correlato en la política) que todo lo aprovecha y deshecha.</p>
<p><strong>Sin esa conciencia y sin un horizonte claro en relación a la lucha por cambiar las desigualdades básicas entre hombres y mujeres, es muy fácil caer en la trampa de la “eficacia simbólica” del sistema. No basta por ello con ser mujer para tener esa conciencia de género.</strong></p>
<p>Por otro lado, es necesario que los hombres conozcan las luchas que las mujeres hemos dado por construirnos en dignidad e igualdad, que se produzca una aceptación real de que tenemos que inventar una vida social equilibrada, inclusiva de las diferencias y que las brechas que existen no son inventos del “feminismo”, sino crudas realidades que, junto a otras, tendemos a “naturalizar”.</p>
<p>Llama también la atención que en la mayoría de las reivindicaciones que hemos escuchado este año, no se escucha la necesidad de una educación no sexista; sin duda que la lucha de los movimientos indígenas lograron –peleando, por cierto- que, al menos la palabra interculturalidad se pronunciara.</p>
<p>El trabajo del modelo ha sido muy bueno en cuanto a retroceder en materias que son amenazas a lo que podemos llamar un  “liberalismo a la chilena”, que le interesa ser liberal en lo económico, pero no en lo cultural. Una de esas amenazas la constituyen los avances en términos de género.</p>
<p>Cuando pensé en el título “aún tenemos patria (matria) ciudadanas” fue cuando escuché que la ministra del Sernam acusó recibo del sexismo del presidente.<strong>Consuela saber que, al menos, en una autoridad femenina hubo una respuesta sensata y moderna ante los burdos comentarios del mandatario.</strong></p>
<p>Sin duda las ciudadanías femeninas están tensionadas y vulneradas, así como otras, y que vivimos un momento de vuelta atrás de ciertos logros, pero ello no significa que no exista la instalación de una conciencia de que  “el machismo mata”.</p>
<p>En tiempos de “cólera” salen los sentimientos guardados y reprimidos de  todos(as), de quienes reproducen el conservadurismo y de quienes intentan transformar los viejos estilos.</p>
<p>Cada vez con mayor nitidez se observa que los liderazgos femeninos son complejos y provocan diversos miedos en todos los espectros de las tendencias políticas.</p>
<p>El neomachismo es una actitud y un modo de pensar ambiguo, es un juego de apariencias y doble estándar, pero hoy está “calato” como el rey, y reclama a la cofradía masculina para protegerse, como dice el columnista mercurial, del “partido de las mujeres” (el desacato de la ministra por cierto hace temer al establishment, pues hizo una crítica a su “jefe” que todos(as) sabemos justa).</p>
<p>Pero, ojo, el neomachismo no es sólo privativo de los hombres. Hemos dicho, sin cansarnos, que es preciso un cambio profundo que compete a ambos géneros y el primer paso es comprender que la cultura (una parte fundamental de ella es el lenguaje, con el que se cuentan chistes, se escribe y se habla) es clave a la hora de analizar el porqué de las desigualdades, es allí donde se tejen las imágenes sexistas, la violencia simbólica y las desvalorizaciones.</p>
<p>La expresión de esto se encuentra en los números –que tanto gustan a todos los sectores- que ponen de manifiesto nada más que lo que la cultura dibuja y graba a fuego: las posiciones y condiciones desiguales de hombres y mujeres en la vida social.</p>
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		<title>Nuevas y viejas cacerolas: devenir de un estruendo</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Aug 2011 15:11:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Sonia Montecino]]></category>

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		<description><![CDATA[El estrépito salido del orden doméstico a la calle fue inaugurado por las mujeres de derecha previo al Golpe Militar de 1973, la marcha de las “ollas vacías” fue el símbolo del “poder femenino” del mundo conservador y de las &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20110808111131/nuevas-y-viejas-cacerolas-devenir-de-un-estruendo/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El estrépito salido del orden doméstico a la calle fue inaugurado por las mujeres de derecha previo al Golpe Militar de 1973, la marcha de las “ollas vacías” fue el símbolo del “poder femenino” del mundo conservador y de las élites  que clamó a los hombres, sobre todo a los militares que se “pusieran los pantalones”.</p>
<p>Recordemos que incluso esas mujeres les tiraron trigo en sus cuarteles simbolizando así que eran unos “gallinas” (es decir cobardes) frente al “caos” que el marxismo producía en el “orden” chileno.</p>
<p>Las cacerolas fueron luego re-significadas en la dictadura como un modo posible de protestar desde el interior de las casas –el toque de queda, y a veces el estado de sitio, impedía la libre manifestación- produciendo una singular manera de expresar el descontento.</p>
<p>Ya no eran las ollas vacías, sino el vacío de democracia, la falta de libertad, los atropellos a los derechos humanos, la implantación del sistema neo liberal que lentamente fue haciendo su trabajo de privatización y transformación del(a) ciudadano(a) en consumidor(a) o cliente, por lo que sonaban esas cacerolas.</p>
<p>Con las luces apagadas, al interior de las casas o departamentos, los utensilios domésticos, aquellos que hacen posible la reproducción cotidiana –en manos de las mujeres- fueron las armas que muchas noches sirvieron para decir el profundo rechazo al “orden” impuesto por los militares y por parte de una clase política que lo legitimó.</p>
<p>Esa arma de las cacerolas es el ruido, es el atronar, el bramido.</p>
<p>En muchas sociedades y culturas el ruido estrepitoso está plagado de sentidos que se relacionan a veces con provocar una disyunción cósmica (como cuando hay eclipses), en otros casos para coronar ritos de pasajes (el casamiento de las mujeres y su posterior salida a otra comunidad) matrimonios de viudos o viudas (como las cencerradas), a veces para espantar a los malos espíritus.</p>
<p>Es decir el ruido, los rugidos, la estridencia provocada colectivamente está internalizada en nuestra psiquis y obedece, entonces, a profundos modos en que los seres humanos –desde milenios- conjuramos miedos, cambios, poderes.</p>
<p>Y es este sentido el que llama a una reflexión sobre lo que podríamos entender como discurso simbólico y discurso político en relación a estos nuevos caceroleos, después de 17 años de dictadura y de 21 años de  democracia.</p>
<p><strong>¿Por qué hoy recurrir a esta misma forma de protestar llenando la ciudad de ruidos salidos desde los artefactos de la cocina? ¿Qué puede significar hoy día un caceroleo?</strong></p>
<p>Sin duda, y como en todas las manifestaciones en las calles que estamos viendo, protagonizando y debatiendo, hay un conjunto de elementos que se imbrican y que no se pueden entender separadamente.</p>
<p>Desde el punto de vista de un análisis cultural las marchas estudiantiles, las ambientalistas, las de derechos de las reivindicaciones homosexuales, entre otras, utilizan una performance pública que se distancia de las meras consignas y de sus homólogas del pasado,  enarbolando humor, cuerpos que danzan, acciones de arte, disfraces.</p>
<p>Alguien ha definido estas expresiones como “carnavalescas” y quizás tenga razón en la medida que el carnaval, en la mayoría de las sociedades, intenta poner el mundo al revés.</p>
<p>El sentido de “fiesta” que posee el carnaval tiene el profundo mensaje de romper, irrumpir en las rutinas para propiciar un momento de ruptura con las normas (productivas, sobre todo), un tiempo en que la colectividad hace lo que está prohibido el resto del año.</p>
<p>Pero, junto a ello, podríamos decir que el lenguaje de las marchas, de nuestras marchas chilenas de hoy, es una clara interrogación al discurso político clásico porque justamente se expresa a nivel simbólico y no en el plano de la “racionalidad” de las negociaciones institucionalizadas.</p>
<p>Llama también la atención que los desfiles y protestas no sólo comprometen cuerpos estudiantiles o académicos o docentes o funcionarios, sino que incorpora a otros(as) sujetos, ya sea hijos(as) de los participantes, madres, padres, abuelos(as), así como expresiones relacionadas con las diferencias: étnicas, de género, de opciones sexuales.</p>
<p>Es decir se construye una comunidad transgeneracional y transversal en relación a la desigualdad que como cuerpo marcha para decir un sinnúmero de cosas. Y para decirlas de otro modo.</p>
<p>Los analistas tradicionales ven con mucha preocupación que este lenguaje simbólico domine en las marchas y protestas porque evidentemente pone de manifiesto la ya cliché pérdida de confianza en el mundo de la política y de los(as) políticos(as) y la obvia falta de proyectos o relatos que encarnen una nueva manera de concebir el país.</p>
<p><strong>Los caceroleos tienen que ver de manera prístina con la irrupción, otra vez &#8211; en el espacio de la reivindicación ciudadana- de un poderoso conjunto de signos, que de pre-políticos pasan a re-significarse como políticos en la medida que tienen una historia (1970-1980).</strong></p>
<p>No me parece que esos ruidos, estas “cencerradas” puedan ser simplemente definidas en tanto  “malestar” como se ha querido “eufemísticamente” denominar a un quiebre, a un punto de inflexión de la sociedad chilena, que se ha hecho carne cuando un gobierno de derecha ha asumido el poder y ha colocado la ambigüedad y el doble estándar como horizonte político.</p>
<p>No podemos olvidar que un 51% de chilenos(as) votaron por Piñera, y  que muchos de ellos(as) lo hicieron como repudio al orden sustentado por los gobiernos anteriores  (esos(as) electores(as) que también acuden a las marchas) quizás pensando ingenuamente en los anuncios de una “nueva era”. Un empresario, por cierto, coronaba simbólicamente el proceso exitoso de las políticas de mercado que la Concertación administró brillantemente.</p>
<p>¿Por qué entonces surgen las cencerradas?</p>
<p>El caceroleo tiene un significado que todos(as) conocemos: necesidad de democracia, es decir de participar, de ser tomado(a) en cuenta en las decisiones del destino del país.</p>
<p><strong>Un ruido que advierte: estamos presentes, existimos, escúchennos; un sonido que no nace de un partido político, ni de un movimiento, sino que desde la vida cotidiana, de la casa misma, de las personas; pero también es un estruendo que quiere conjurar algo del pasado que se hace presente. </strong></p>
<p>No es extraño que ante la respuesta agresiva del gobierno, a la represión inusitada y calculada como en un campo de batalla del día jueves 4 de agosto, las cacerolas también operen para espantar un recuerdo que de manera maldita (porque no ha sido zanjada, hablada y elaborada socialmente la parte más oscura de la dictadura)  retorna a la memoria social.</p>
<p>Es justamente esa memoria la que emerge en el símbolo caceroleo porque de nuevo la oposición orden/caos emergió para justificar la violencia del Estado. Hay que poner “orden” al “caos” que los manifestantes provocan en las calles.</p>
<p>Prohibir la marcha y demostrar que se tiene “pantalones” es el subtexto de la imposibilidad de producir diálogo y participación. Sin prohibición, sin represión, ¿los caceroleos habrían inundado con sus potentes significados la ciudad de Santiago y las principales del país?</p>
<p>Es preciso saber escuchar: nuevas y viejas ollas se ponen en el fuego de la cocina de la política.</p>
<p>No se trata, al parecer, de meros cambios dentro de un modelo que por sí mismo se basa en la desigualdad.</p>
<p>La educación ha sido el significante que hoy día ha producido el estruendo, pero más allá la salud, con su negocio de las Isapres (y un Fonasa que al igual que los liceos públicos apenas sirve para mitigar el dolor de los cuerpos pobres y de las clases medias), el magnífico negocio de las AFP que simplemente dejan en la miseria a los(as) jubilados(as) de su sistema.</p>
<p>Es decir, aquellos pilares y derechos en los cuales se asienta el ciclo de la vida humana están siendo cuestionados porque al fin se han desnaturalizado (el exitismo económico nos convenció que eran la única salida) y la resignación chilena comienza a buscar los cauces de un empoderamiento, de una búsqueda de otras “vías”, más humanas, para partir desde el piso de la igualdad y no para repartir “equidad”.</p>
<p>Por eso, no me gusta ni creo en la palabra malestar, que como es la costumbre, desde hace un tiempo, torna “light”, amortigua, un abismo que todos(as) hemos ayudado a crear con la complacencia de aceptar una idea de desarrollo que ahora comprobamos sólo nos lleva  a ser más desiguales, más segmentados, más injustos en los planos vitales de nuestro ser social.</p>
<p><strong>Mucha zapatilla de marca y poco acceso a pensar, debatir, participar y atreverse a construir nuevos proyectos y modelos, ni las viejas martingalas ni las nuevas panaceas, sino la audacia de repensarnos como sociedad. </strong></p>
<p>Las cacerolas pueden combinar otros alimentos y hacerse muy grandes para que todos(as) y todas podamos sentarnos a la mesa a comer como hermanos(as), como iguales.</p>
<p>Eso es parte de lo que el símbolo quiere decir y que el discurso político –que va de la mano con el económico- no se atreve a pronunciar; peor aún: las autoridades parecen no inquietarse por la carga emblemática del estrépito nocturno, el discurso simbólico corre por su potente y subterráneo río y el discurso político oficial, por la indiferencia y la respuesta autoritaria.</p>
<p>¿Es posible un diálogo con estos dos cauces así desatados? Ojalá estos nuevos ruidos sean capaces de “destapar la olla” y producir un nuevo engarce entre cultura y política, de ello dependerán muchas de las soluciones a las grietas que hoy se abren como acantilados ante nuestros ojos.</p>
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		<title>Naiden es más que naiden/ Ser alguien en la vida</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Jul 2011 17:10:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Sonia Montecino]]></category>

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		<description><![CDATA[Tal vez de lo que más carecen los actuales debates sobre la educación, las explicaciones de los sentidos de las protestas ciudadanas, el “malestar” de los(as) chilenos(as), la compleja coyuntura del país, es de un análisis cultural. Entre millones más, &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20110725131028/naiden-es-mas-que-naiden-ser-alguien-en-la-vida/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tal vez de lo que más carecen los actuales debates sobre la educación, las explicaciones de los sentidos de las protestas ciudadanas, el “malestar” de los(as) chilenos(as), la compleja coyuntura del país, es de un análisis cultural.</p>
<p>Entre millones más, millones menos para solucionar el “raspe y gane”, se escuchan muy pocos sonidos que articulen la actual coyuntura con el desarrollo histórico y con los imaginarios que inciden en las formas y en el surgimiento de las protestas colectivas.</p>
<p>Las comparaciones, aunque a veces son perversas, han sido buenas para reflexionar en el campo antropológico porque permiten un juego de espejos y el surgimiento de semejanzas y diferencias que hacen posible mirarse autocríticamente y también “situarse”, “ubicarse” en el locus donde uno reside y en sus proyecciones.</p>
<p>Hace unos días visitó nuestra Universidad –me refiero a la de Chile- el rector de la Universidad de la República del Uruguay, el profesor Rodrigo Arocena, reuniéndose con diversas audiencias para hablar sobre el papel de las universidades públicas en América Latina.</p>
<p>Varias materias se relevaron –revelaron también- en sus conversaciones, una de ellas fue precisamente con quien nos comparamos.</p>
<p>Acostumbrados como estamos a que los rankings que miden los logros académicos (universitarios y de la educación en todos sus niveles) provengan de Estados Unidos o Europa, el que lo latinoamericano emerja como modelo o al menos tenga una voz, un paradigma que sin ninguna vergüenza –como lo demostró el Rector Arocena- se entiende como fruto de un proceso cultural y territorial (América Latina y su situación de coloniaje externo e interno), fue un muy buen espejeo de la continuidad de nuestro blanqueamiento.</p>
<p>En la medida en que el profesor Arocena se “ubicaba” con mayor fuerza en la raigambre común de nuestro continente, muchos(as) sentíamos que nosotros cada vez nos hemos ido re-ubicando fuera de esa genealogía para arribar a otra que es –desde mi punto de vista- la medida exacta de nuestras angustias.</p>
<p>Baste sólo colocar la sigla OCDE para que se entienda lo que quiero expresar. Las mediciones internacionales, que nos colocan en ese lugar pantanoso de “pertenecer” a los países desarrrollados, pero con los más bajos índices en casi todos los rubros, no pueden si no generar ansiedad y horror de nosotros mismos.</p>
<p><strong>Es decir seguimos siendo perseguidos por aquellas figuras de nuestra mitología que, como el ñirrivilu (zorro-culebra), el colo-colo (un lagarto con plumas) y otros, portan simultáneamente rasgos de distintas especies y por ello producen miedo. ¿Qué somos respecto a la OCDE sino una suerte de animal monstruoso con mucho “equilibrio económico” y mucha desigualdad social?</strong></p>
<p>Cuando el rector Arocena planteó los horizontes de su universidad, su “misión”, como la de la democratización del conocimiento y la búsqueda constante de metodologías (pedagogías) de inclusión, utilizó una metáfora literaria para explicitar la densidad cultural de esta forma de comprender la educación superior, relatando que en su país la gente crecía en la tradición oral  del dicho “naiden es más que naiden” –inspirada en El Facundo de Sarmiento.</p>
<p>Con ello, aludía a una antigua manera popular y campesina de hablar sobre la igualdad.</p>
<p>Nadie es más que nadie. ¿Cuál es nuestra sentencia? “Ser alguien”, a la cual se agrega a veces, “en la vida”. Estas dos maneras de aproximarse a la existencia, que podrían tener una cierta contigüidad, ponen de manifiesto los “estados de ánimo” de los imaginarios en juego en ambas fórmulas.</p>
<p>En el primer caso, se parte de la premisa de que hay una igualdad “primigenia”, que la igualdad es la medida de los seres humanos y quizás su valor.</p>
<p>En el segundo caso, se arranca de la idea de que se es nadie y que se debe llegar a ser alguien (una suerte de “existencialismo” chileno).</p>
<p>Sabemos que la educación formal fue y sigue siendo el “vehículo” en nuestro país para “ser alguien”, primero la básica y media, y hoy casi exclusivamente la universitaria.</p>
<p>Como somos “nadie” los modelos del “ser alguien” han tomado diversos rostros a lo largo de nuestra historia, inclinándose casi siempre hacia aquellos mundos idealizados de lo “blanco” (lo no indio, lo no mestizo, lo no pobre) que pueden resumirse en los rostros del poder (antes el patrón, el apellido, la piel blanca, el pelo liso; hoy el empresario, el hombre de negocios, en definitiva el ganador, y nótese lo masculinizado de los términos).</p>
<p>Los sociólogos y economistas traducen el “ser alguien” del Chile profundo, con el concepto de movilidad social y han cambiado la noción de igualdad por la de equidad, como se ha quejado Agustín Squella.</p>
<p>Me pregunto si no estará en las bases de los temblores sociales nuestros, la conflictividad que produce, en un mundo como el de hoy,  ese llegar a “ser alguien en la vida”.</p>
<p>En primer lugar porque “la vida” se ha definido desde proyectos que confiaron al mercado una capacidad casi religiosa de solucionar las diferencias y colocaron al consumo como el motor de la felicidad.</p>
<p>Es decir, a partir de un materialismo extremo, el de la posesión de bienes como sinónimo de la bonanza personal y nacional,  el “ser alguien”, se convirtió en una lucha despiadada por existir a través del “tener” cosas que por fin nos “blanquearan”.</p>
<p>Para ello, había que pagar un precio: pagar la educación, pagar la salud, pagar la previsión.</p>
<p>Es decir endeudarnos en el ciclo de la vida, de la permanencia, de la vejez y de la muerte, en la creencia que el dios de la economía era perfecto y nuestro “sacrificio” valía la pena (aunque con ello sacrificáramos también la idea de reciprocidad entre generaciones).</p>
<p>De esa manera naturalizamos la resignación: para llegar a “ser alguien” teníamos que aceptar la “normalidad” de que unos cuantos –chilenos y transnacionales- se hicieran más y más ricos con nuestro pago por educación, por salud, por nuestra vejez, por nuestra muerte.</p>
<p>Eso era ser un “alguien” moderno. Pero cuando el “llegar y llevar” mostró su cara real, cuando el Dicom se convirtió en un Index, cuando la existencia misma se transformó en una deuda perpetua y el proyecto que parecía perfecto, aplicado a nuestra realidad (latinoamericana, claro) no hizo más que profundizar las distancias sociales, étnicas, de género, nuestro ideal de “llegar a ser alguien en la vida” comenzó a temblar, comenzamos a espabilarnos.</p>
<p>El precio es demasiado alto, demasiado desigual también el pago.</p>
<p>Por ello no es difícil explicarse la conjunción de demandas, emociones y lemas que aparecen en las calles, nuestro ser “nadie” emerge de nuevo en medio de las contradicciones de un liberalismo que quiere sólo serlo en lo económico, pero no en lo cultural (¿una modernidad a la chilena?): no al matrimonio gay, no a los Archivos del Cardenal, no al aborto terapéutico, no a la educación pública –sigamos en lo mixto del ñirrivilu-, no al concepto de género (sí al de “familia” como si se opusieran, además).</p>
<p>Si se cree que son las redes sociales, el ciber espacio, los indignados de España, los “infiltrados” de siempre, los “políticos”, el gobierno, la Concertación, los que explican o son los “culpables” –como se escucha decir- de  las rabias ciudadanas chilenas, me parece que se olvida que hemos ido creando un imbunche (ese niño robado por los brujos para hacer sus maleficios, al que se le cuecen los orificios del cuerpo) del cual todos(as) somos responsables.</p>
<p>Salir del imbunchismo es hacernos cargo de que “ser alguien” supone, primero, definir lo que queremos y entendemos por “vida”, es decir espabilarnos de verdad.</p>
<p>Quizás el ejercicio de pensar en modelos que están al lado nuestro, también al interior nuestro, como ese “naiden es más que naiden” como punto de partida y no de llegada, pueda ayudarnos a superar las angustias de ser un nadie que quiere ser un alguien bajo el único modelo de la OCDE.</p>
<p>Democratizar el conocimiento desde la universidad también quiere decir que todos los saberes son valiosos, y que todos los sujetos que los portan igualmente lo son (¿el médico es más sabio que una machi?).</p>
<p>Democratizar la cultura es el ejercicio que hace falta en Chile pues desde allí nos socializaríamos escuchando que somos alguien porque nacemos por y para los demás, igual que los demás.</p>
<p>No queda más que agradecer al rector Arocena por sus lecciones de humanidad y por la posibilidad de vernos en su espejo latinoamericano, en el espejo de una historia común que no podemos seguir negando.</p>
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		<title>Racismo, clasismo y sexismo: manual de &#8220;carroña&#8221;</title>
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		<pubDate>Fri, 13 May 2011 17:50:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>manola</dc:creator>
				<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Sonia Montecino]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace unos días tuvimos conocimiento del Taller “Enfrentándonos al Mundo Laboral” promovido por el SERNAM. Aunque al parecer esta iniciativa no siguió implementándose, pues al emerger la polémica fue retirado de circulación, sus contenidos resultan de gran valor para conocer &#8230;<span class="br01"></br></span><a href="http://blogs.cooperativa.cl/opinion/politica/20110513135015/racismo-clasismo-y-sexismomanual-de-carrona/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días tuvimos conocimiento del Taller “Enfrentándonos al Mundo Laboral” promovido por el SERNAM. Aunque al parecer esta iniciativa no siguió implementándose, pues al emerger la polémica fue retirado de circulación, sus contenidos resultan de gran valor para conocer cuáles son los supuestos ideológicos acerca de la configuración social de la mujer que tiene como horizonte dicho servicio, y por extensión el gobierno que lo avala.</p>
<p>Sabemos, desde la antropología del género, que cada sociedad construye un modelo de lo que es femenino y masculino, y que en su gran mayoría esas representaciones se convierten en estereotipos que muchas veces impiden superar las desigualdades entre hombres y mujeres.</p>
<p>Las luchas femeninas y feministas desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX han buscado, precisamente, transformar los sistemas simbólicos que han acantonado a la mujer a  un simple cuerpo, reduciendo su existencia a la de objeto de los intercambios parentales (¿qué era el matrimonio sino un vínculo entre familias gracias al intercambio de mujeres?) .</p>
<p>El avance de la economía de mercado y el liberalismo, de modo paradojal, han profundizado cada vez más esa noción del cuerpo de la mujer como objeto, en la medida en que su imagen sirve para vender (por ejemplo, la publicidad que interpela a consumir bebidas –sobre todo alcohólicas- deviniendo las mujeres botellas o viceversa), para levantar grandes industrias como la cosmética, para producir ideologías y prácticas nutricionales y médicas asociadas a los “cuerpos perfectos”, para hacer, en suma, de las mujeres no sólo objetos para el consumo, sino objetos del consumo.</p>
<p>En este sentido, podríamos decir que, como nunca antes, se vive un momento cultural  en que las mujeres están más presas en (de) su cuerpo. Si en la década de los 60 del siglo pasado el liberarse de los sostenes, de los embarazos obligatorios y de los mandatos de género relacionados a un conjunto de estereotipos y desvalorizaciones (la suavidad, la debilidad, la delicadeza, lo doméstico, la emocionalidad), fueron una bandera de lucha, hoy día son otras las restricciones que claman por una ruptura, en la medida que no sólo obedecen a un sistema de prestigio y poder androcéntrico, sino sobre todo a un sistema económico que se engarza con éste para reproducir ganancias y diferencias.</p>
<p>¿Cómo se relaciona lo anterior con la capacitación propiciada por el Sernam? Se trata de varios talleres que los municipios debían impartir para que las mujeres de los sectores sociales pobres aprendan estrategias para conseguir un empleo.</p>
<p>En la  portada del que hemos podido acceder se  aprecian cuatro imágenes femeninas, ligadas al mundo popular: una cocinera, una que trabaja en una mina, una al mundo de la pesca y una adulta mayor. En principio esta iniciativa no tendría nada criticable, por cierto.</p>
<p>Sin embargo cuando leemos sus contenidos no podemos sino sorprendernos por su abierta carga ideológica y de función “disciplinaria”. El nudo central que persigue la actividad es modelar la “proyección de la imagen” que debemos tener a la hora de conseguir un trabajo; se trata de alcanzar una imagen “correcta”, potenciando la “esencia femenina”.</p>
<p>Se nos habla de conceptos como “naturaleza femenina”  y se define lo femenino “…asociado a lo intuitivo, pasivo, ternura, sensibilidad, a lo receptivo, empático y emocional entre muchas otras bondades”.</p>
<p>Aquí es donde ya comienzan nuestras aprensiones: un somero análisis de este sustrato ideacional pone de manifiesto concepciones ya no del siglo pasado, sino decimonónicas.</p>
<p>En primer lugar, hace mucho se ha cuestionado la idea de una “naturaleza femenina” en la medida en que son las culturas las que construyen sus definiciones sobre lo que se considera femenino o masculino, por lo tanto se trata de rasgos sociales y no biológicos los que cuentan a la hora de definir ese término, variando éste entre culturas, regiones y aún clases sociales.</p>
<p>De allí, las luchas que las mujeres han promovido desde sus inicios por  el cambio de los estereotipos, como parte crucial para lograr igualdad no sólo económica, sino simbólica.</p>
<p>Por otro lado, la vinculación de lo femenino con  atributos como la pasividad, la intuición, la sensibilidad forma parte de un conjunto de antiguas oposiciones  que sitúan a los hombres en lo activo, fuerte, racional, etc. ¡y todos(as) estamos conscientes de las profundas desigualdades de género que esas oposiciones han legitimado!</p>
<p>Sigue nuestro taller indicándonos que el “arreglo personal” muestra “valores y principios” (entendidos estos como la “interioridad” de las personas-mujeres) y que el cuerpo femenino entonces será la carta de presentación y de aceptación o no de lo que somos.</p>
<p>Así cuando busquemos trabajo ¡seremos juzgadas por nuestra apariencia personal! ¡reducidas, entonces, a nuestro cuerpo! El taller naturaliza así una sociedad que discrimina por “apariencia” sin siquiera cuestionar ese estado de cosas, más bien nos enseña a “adecuarnos” a la discriminación.</p>
<p>Sigue de ello que para causar una “buena impresión” debemos ocuparnos en primer lugar del aseo. El taller nos “educa” en lo que tenemos que hacer en la mañana (“ducha, lavado de uñas, cepillado de dientes, peinado, lavado de pelo si es necesario, desodorante, humectación, maquillado”); después del trabajo (“lavado de manos y uñas”) y en la noche (“lavado de dientes/hilo dental/lavado de cara/desmaquillado).</p>
<p>El sentido común nos indica el clasismo de las anteriores preocupaciones: las mujeres populares son sucias, por un lado, pero también susceptibles de ser convertidas en consumidoras de productos de cosméticos y dentales. Nada alejado de lo que fueron las ideas asistencialistas y pater(mater)nalistas de las viejas organizaciones privadas  de ayuda a los pobres –generalmente compuestas de mujeres de las clases altas católicas, las “patronas”, las dueñas de fundo- y de las estatales de mediados del siglo pasado.</p>
<p><strong>El mensaje parece ser: hay que “civilizar” y modelar a este contingente de mujeres para que encuentren trabajo  porque, claro, son ignorantes, desaseadas, de mal aspecto, poco preocupadas por su ropa, y en la lógica del mismo taller eso implica que sus “valores”, su interioridad es negativa y hay que convertirla en positiva.</strong></p>
<p>Antes se hablaba de la lucha por la “higiene” del pueblo, la cartilla lo llama ahora el “aseo básico del cuerpo” y permeada –seguramente por alguna empresa de couching de moda- nos quiere convencer de que siguiendo esos consejos seremos unas “verdaderas” y “correctas” mujeres de acuerdo a los parámetros de nuestra “esencia femenina”.</p>
<p><strong>Recordemos que las acciones del SERNAM en los lugares asolados por el terremoto y maremoto del 2010 fue justamente la de llevar a las mujeres damnificadas, masajes, autoayuda y sesiones de maquillaje y peinado (se trata por ello de una “política” y no de simples hechos o conceptos aislados).</strong></p>
<p>Pero, esto no es todo: como ¡oh descubrimiento siniestro! las personas tenemos “aspectos que nos desfavorecen”, debemos superarlos y las mujeres nos sentiremos muy seguras si lo logramos.</p>
<p>¿Cuáles son los factores?: “estatura y tamaño; contextura y peso; edad; color de piel y pelo; forma de cara”. Huelgan los comentarios: como adivinamos cuál es el modelo de mujer que persigue nuestro taller, los “aspectos que nos desfavorecen” pueden, sin duda, llevarnos a correr por una cirugía plástica, por blanquearnos al máximo, por usar tacos muy altos para crecer, por ponernos anoréxicas, alisarnos el pelo y así.</p>
<p>Ya sin tapujos el cuadernillo declara: “Tanto peinado, maquillaje, como vestuario constituyen una puerta de entrada para el mundo laboral. Si no se logra un concepto armónico de la apariencia física, difícilmente se podrá reflejar una imagen atractiva, cómoda y segura de sí misma”. Ese “concepto armónico” significa: peinarse “sin tapar el rostro”, el pelo debe estar limpio y ordenado, y si es teñido más limpio aún; el maquillaje: debe ser moderado, “los labios nunca demasiado rojos (hidrátalos con brillo), ni los ojos demasiado pintados. Se debe parecer natural”, y por último el vestuario debe favorecer “una figura armónica y estilizada”. El taller nos aconseja los colores de la ropa: negro, gris y azul porque permiten “verse más delgadas” y no resaltan; pero sobre todo debemos usar trajes dos piezas de pantalón y chaqueta porque nos hacen “elegantes”; el buzo y las calzas no son serios para el trabajo.</p>
<p>Racismo y clasismo se hermanan en este casi increíble taller. ¿Qué es lo armónico, lo estilizado, lo elegante? Por cierto no lo es la figura que la mayoría de las mujeres chilenas, mestizas (profusamente de indígena y español) tenemos, porque claro ¡las pasarelas no son nuestro escenario laboral, ni vivimos en la obsesión de la delgadez!</p>
<p>Es lo que el lenguaje coloquial denuncia como la “cultura pelolais” lo que se asoma en los consejos que el SERNAM quiere darnos, y más aún construir un molde y un imaginario femenino acorde con los cánones estéticos de la clase social que hoy ostenta no sólo el poder económico, sino en el poder político.</p>
<p>Resulta extravagante que el Servicio Nacional de la Mujer, creado a partir de las reivindicaciones de igualdad de las mujeres, buscando su acceso a la vida pública en las mismas condiciones que los hombres, luchando por prácticas de inclusión no sexistas,  promueva este tipo de representaciones que justamente lo que hacen es reproducir el sexismo: las mujeres valen por su cuerpo (de ahí hay un paso a la violencia, a la apropiación sexual y comercial), pero no cualquiera sino el que mejor se aproxime al cuerpo de una clase (alta) y una etnia (“blanca”).</p>
<p>Pero, casi como en un chiste, ahora de grueso calibre, este taller no termina ahí, sino que se adentra a una mezcla de manual de comportamiento y disciplina: debemos expresarnos lenta y suavemente, estar con el “abdomen contraído”, sin “risas y carcajadas fuertes”; y nos enseña ¡cómo comer!, a “no hablar con la boca llena” y tener las manos sobre la mesa.Sobre todo, nos recuerda que tenemos que ser “agradecidas”, no gritar, escuchar sin interrumpir.</p>
<p>El “ideal” femenino del SERNAM es una mujer leve, dulce, que no se insubordine, que no rompa con ningún modelo de poder, una “mujercita perfecta”. Es decir una mujer subordinada, “agradecida” de tener un trabajo, limpiecita y “bien vestida”.</p>
<p>Como la institución de los CEMAS y Cemitas, muy manipuladas por la dictadura, dejaron de existir como orgánica del disciplinamiento femenino popular, hoy día se opta por la moda de los talleres y capacitaciones para buscar un efecto similar, pero, por cierto, acorde con los dictados de la circulación económica neoliberal al interior de un modelo cultural conservador y retrógrado.</p>
<p>Esta mezcla monstruosa produce estas iniciativas que, superando el Manual de Carreño de fines del XIX, se convierten en manuales de “carroña”, es decir en preceptos que trabajan sobre los desperdicios, la carne ya muerta, para vivir, revivir los ideales del racismo, el clasismo y el sexismo en pleno siglo XXI y en una sociedad donde las desigualdades de género no son más que la expresión de los profundos abismos sociales que nos circundan.</p>
<p>So pretexto de superar el profundo escollo de la miserable participación de las mujeres en el mercado de trabajo, se despliega la ideología más aterradora, aquella que soterradamente, “suave y calladamente” se instala a nivel de las representaciones y de los símbolos asociados a la construcción de lo femenino, con sus ideas discriminadoras en términos “raciales”, sociales y de género y con la reducción del concepto “mujer” al cuerpo y a su consumo. ¿Sociedad que se codea con la OCDE? Más bien imbunche y “maquillaje” de modernidad de las aspiraciones cada vez más vampirescas del maridaje político-empresarial que hoy ostenta el poder.</p>
<p>Se trata de un manual de disciplinamiento, un Manual de Carroña</p>
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