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	<title>Opinión en Cooperativa&#187; Jorge Elías</title>
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		<title>No hay mañana sin ayer</title>
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		<pubDate>Wed, 15 Jun 2011 12:27:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Internacional]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Elías]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Sobre el desierto de Atacama, a bordo del avión presidencial, Ricardo Lagos se ve obligado a interrumpir un animado diálogo con ministros y congresistas. “Me llama Chávez”, se excusa. Y al tiro, como dicen los chilenos, se refugia en la recámara. Es un espacio modesto, con un escritorio, la butaca principal y, enfrente, dos para invitados. Los monólogos del presidente bolivariano suelen ser agotadores.</p>
<p>Esta vez, desde París, se limita a agradecerle la gestión conciliadora del canciller chileno, Ignacio Walker, con la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, para atenuar el conflicto entre Venezuela y los Estados Unidos, persistente durante el gobierno de George W. Bush.</p>
<p>Falta poco para aterrizar. Lagos comienza a creer en los milagros: la comunicación con Chávez no ha durado más de cinco minutos. Un récord. Nos guiña un ojo, complacido.</p>
<p>Abordamos después un Hércules C130 de la Fuerza Aérea chilena rumbo a El Salado, pueblo terroso y aislado en el que va a inaugurar una planta de tratamiento de cobre. Es el jueves 10 de marzo de 2005, la víspera de su quinto aniversario en el Palacio de La Moneda (sede del Gobierno) y el día después de la resolución de otra crisis en Bolivia. Estalla, esta vez, por la ley de hidrocarburos.</p>
<p><strong>En varias ocasiones, Lagos me cuenta que intenta convencer a Bush de que le convendría proponer una agenda positiva para la región en lugar de concentrar sus críticas en Venezuela. </strong></p>
<p>En el aire, mientras el canciller Walker cabildea en Washington respaldando la candidatura del ministro de Interior chileno, José Miguel Insulza, como futuro secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), merodean las sospechas sobre el apoyo de Chávez en Bolivia al diputado opositor Evo Morales, líder aymara del Movimiento al Socialismo (mas), en momentos en que el mandatario de ese país, Carlos Mesa, intenta superar la crisis que ha creado, o recreado, con su renuncia irrevocable, rechazada por el Congreso.</p>
<p>En la intimidad, Lagos duda del desenlace. Procura evitar una exaltación de nacionalismo en Bolivia, siempre contraproducente. Por canales diplomáticos, le ha transmitido a Mesa el consabido compromiso con la democracia y las instituciones.</p>
<p>Algo más, menta, se habría prestado a malentendidos, sobre todo desde que el gobierno de ese país ha reavivado el reclamo de una salida al mar para Bolivia, deuda histórica de Chile desde la Guerra del Pacífico, entre 1879 y 1883.</p>
<p>A Lagos, consciente de las dificultades de Mesa para afirmarse en la presidencia, asumida de apuro por la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada a causa de un nuevo conflicto por el control de los hidrocarburos, poca gracia le causa que un dilema añoso ocasione tensiones.</p>
<p>Tantas tensiones ocasiona como la irregular provisión de gas a Chile desde la Argentina. Su presidente, Néstor Kirchner, acepta una imposición de su par de Bolivia, mientras negocia la compra de gas de ese país para consumo interno: “ni una molécula” debe cruzar los Andes. Es una provocación innecesaria y gratuita.</p>
<p>Lagos no responde. En ese viaje por Atacama, impresionante desierto que converge en el océano, parece más dispuesto a quedarse que a irse de La Moneda. Le pregunto, tres años antes, qué lleva en los bolsillos: “Mira”, empieza a palparse. “Una carta que me entregaron hoy día. La llave con la que abro mi casa.</p>
<p>Si no está la empleada, me dejan fuera. Tengo también, no sé por qué, el documento de identidad. Un poquito de dinero, porque nunca se sabe. Y una peineta (peine) no obstante mi pelo”. Es una humorada: su cabellera es más bien escasa.</p>
<p>Nada ha cambiado en los bolsillos de Lagos, pero, superado largamente el ecuador de su gobierno, sabe que pronto volverá a poblarlos. Me dice ahora que ha pensado en dos candidatas para sucederlo, y que ambas son “espléndidas”.</p>
<p>De regreso, en Santiago, tras cerrar con Kirchner el capítulo de desencuentros por la provisión del gas, se ve forzado a definirse por una de ellas antes de las internas de la Concertación, alianza que gobierna Chile desde el final de la dictadura militar hasta 2010.</p>
<p>Se vale de un eufemismo: “No me cabe duda de que el presidente Eduardo Frei debió de haber votado por el senador Adolfo Zaldívar, su colega democristiano”; alude a las internas en las cuales él obtuvo su candidatura presidencial en 2000.</p>
<p>Es, en realidad, un guiño a una socialista como él, Michelle Bachelet, marcada por la dictadura militar como él, en desmedro de Soledad Alvear, democristiana. Ambas han sido miembros de su gabinete.</p>
<p>Es, a su vez, el epílogo de aquello que, en un diálogo que mantenemos a solas, Lagos define como el broche de su gestión: “Uno, la mejora clara de los indicadores económicos y la sensación de que el país va en la dirección correcta; dos, que la gente entendiera cuál es el modelo, la visión de desarrollo que queríamos imprimir en estos seis años de gobierno”. Bachelet, a diferencia de él y Alvear, no ha trabajado “toda la vida” para ser presidenta de Chile ni milita, dentro del Partido Socialista (PS), en su fracción.</p>
<p>Ella permanece expectante. Es la favorita para las elecciones presidenciales del 11 de diciembre de 2005, mientras la derecha chilena, representada durante seis años por Joaquín Lavín, encuentra al final del camino una voz discordante en otro candidato, el empresario Sebastián Piñera, ganador en el siguiente turno. Es una voz que, por quebrar el coro solista de ese sector, beneficia a Bachelet, resuelta la interna de la Concertación por la deserción de Alvear, la otra candidata “espléndida”.</p>
<p>Bachelet está en vías de convertirse en la primera presidenta de la historia de Chile. En el tiempo invertido en forjarse a sí misma y ejercer la presidencia, amargamente culminada a comienzos de 2010 con terremotos, tsunamis, réplicas, víctimas y la primera derrota en dos décadas de la Concertación en elecciones generales, ha acumulado tanto capital político como capital económico su sucesor, Piñera, el primer presidente de derecha elegido en más de medio siglo. Su fortuna es de tal magnitud que ocupa un lugar en la lista de multimillonarios de la revista Forbes, encabezada por el magnate mexicano Carlos Slim.</p>
<p>Más allá de su ideología conservadora y su obsesión por reactivar la economía, el “presidente de la reconstrucción” se caracteriza por ser práctico: es dueño del Colo-Colo, el club de fútbol más popular del país, pero es hincha de su clásico rival, la Universidad Católica.</p>
<p>Durante la ceremonia de la toma de posesión, la tierra vuelve a temblar. Desde el comienzo de su mandato, Piñera no tendrá otra alternativa que asumir como propia una frase pronunciada por Bachelet, poco antes de abandonar La Moneda, en marzo de 2010: “Hay que ponerse en los zapatos del otro”, hay que aprender a escuchar.</p>
<p><em>Fragmento del último libro del autor, El poder en el bolsillo, Intimidades y manías de los que gobiernan (Grupo Editorial Norma, Argentina, y Algón Editores, España; e-book: http://t.co/58MoxN9 &#8211; www.bajalibros.com)</em></p>
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		<title>¿Cómo inventar un país?</title>
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		<pubDate>Wed, 11 May 2011 02:20:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Internacional]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Elías]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>EN 2007, el príncipe Michael de Sealand puso en venta una isla artificial, frente a Inglaterra, valuada en 750 millones de euros. El contrato fijaba como requisito el compromiso de continuar con la farsa de legitimar el principado en una plataforma de hormigón de mil metros cuadrados, montada sobre dos pilares, en el Mar del Norte. No es cuento.</p>
<p>Tampoco es cuento que China alquila ahora sus islas. No por un par de semanas, sino por medio siglo o más. Con la condición de no dañar el ambiente, compañías y ciudadanos extranjeros pueden emular a Robinson Crusoe y su compañero viernes. Lo permite una ley aprobada en 2010. La provincia de Zhejiang tiene casi 3000 cerca de la costa. Miden entre 500 y 1000 metros cuadrados. Están deshabitadas. Sus moradores deberán arreglárselas para disponer de vivienda y servicios básicos, como el agua y la electricidad, así como de alguna protección contra los frecuentes tifones.</p>
<p>No van a crear nuevos países, pero, después de mucho tiempo en ellas, seguramente se sentirán sus dueños. Un excéntrico como Michael Oliver, millonario de Las Vegas, no dudaría en cumplir con un sueño hasta ahora esquivo. Pretendía inaugurar la República de Minerva en unos arrecifes al sur de Fiji. Por medio de la Ocean Life Research Foundation, con sedes en Nueva York y Londres, invirtió varios millones en el proyecto desde 1972 hasta que descubrió, como el príncipe de Sealand, que no todo puede comprarse.</p>
<p>Lo creyeron los diputados alemanes Josef Schlarmann y Frank Schäffler, de la coalición de centroderecha de la canciller Ángela Merkel, al proponerle a las autoridades de Grecia que zafaran de sus quebrantos con la venta de sus islas. De 6000, esparcidas en los mares Egeo y Jónico, sólo 227 están habitadas. “¡Vendan sus islas, griegos quebrados! –proclamó el periódico sensacionalista alemán Bild–. Y la Acrópolis también”. Con ese tono, rayano en el insulto, difícilmente sea atendido el consejo.</p>
<p>Si de vender o comprar territorio extranjero se trata, en 1993, el diputado alemán Dionys Jobst formuló “la propuesta más loca” de Bonn, aún capital de Alemania: puesto que “Mallorca se había convertido casi en una isla con habitantes alemanes, el gobierno federal debía entablar contacto con España para tratar de comprarla”. Un par suyo, Peter Ramsauer, sugirió un “arrendamiento hereditario por 99 años”. Titulaba el Bild: “Mallorca ha de ser alemana”.</p>
<p>¿Es descabellado? Tanto como crear un país. En el listado de propiedades en venta del Estado italiano, también acosado por deudas, Silvio Berlusconi no tachó la isla de Caprera, situada al norte de Cerdeña, en el archipiélago de la Magdalena. En ella, con “la playa más sexy del mundo”, está la tumba de Garibaldi.</p>
<p>De adquirirla un pionero con bueno ojo para los negocios como el príncipe de Sealand o el millonario Oliver podría convertirla en el Estado número 195 de las Naciones Unidas después de las inscripciones de Kosovo, independizada de Serbia, y de Sudán del Sur, cuyos habitantes votaron en forma unánime por la autonomía de Sudán.</p>
<p>Sin ir más lejos, los Estados Unidos compraron en efectivo gran parte de su territorio. Los negociadores lograron, en general, precios irrisorios. Fue el precursor un holandés en Nueva York. La descubrió en 1524 Giovanni da Verrazzano, navegante florentino al servicio de Francia. Un siglo después, en 1624, la compañía holandesa de las indias occidentales fundó allí Nueva Amsterdam. En dos años, el gobernador, Peter Minuit, compró la isla de Manhattan a los indios carnasie; les pagó 60 florines (como mucho, 24 dólares).</p>
<p>Era una estafa: no del gobernador Minuit, sino de los indios carnasie; la isla pertenecía a otra tribu. En 1664, barcos de Inglaterra, en guerra contra los Países Bajos, echaron anclas frente a sus costas. En honor al duque de York, Nueva Amsterdam pasó a ser Nueva York. Por el Tratado de Breda, firmado al final de la guerra, en 1667, los Países Bajos cedieron Manhattan y sus alrededores a Inglaterra; recibieron a cambio Surinam (ex Guayana Holandesa).</p>
<p>Declarada la independencia, los Estados Unidos pasaron a ser el único país que compró territorios para expandirse. Les pagaron cinco millones de dólares a España por Florida y poco más del doble a Francia por Louisiana (el Estado homónimo y varios más; en total, el 23 por ciento del actual territorio nacional). Anexaron, en otras circunstancias, California, Texas y Nuevo México.</p>
<p>De no ser por la compra de Alaska, la ex candidata a vicepresidenta republicana Sarah Palin, puntal del movimiento ultra conservador Tea Party, no sería opositora de Barack Obama, sino compatriota y quizás aliada de Vladimir Putin. En 1867 cerraron el trato por Alaska los emisarios del zar Alejandro II y del presidente Andrew Johnson. Los Estados Unidos desembolsaron por ese suculento trozo de hielo, supuestamente inhabitable, una suma ridícula: 7.200.000 dólares (actualizados, poco más de 90 millones).</p>
<p>El negociador ruso, Eduard de Stoeckl, fue premiado por pelear hasta el último centavo la venta de un extenso territorio improductivo, de clima extremo, colonos sufridos y, en caso de invasión, defensa insostenible. Del lado norteamericano, la operación resultó ser, según The New York Tribune, “la estupidez de Seward”, apellido del secretario de Estado que obtuvo por un voto en el Capitolio la venia para concretarla. ¿Lo barato salió caro? Lo aparentemente caro salió barato. Descubrieron oro y petróleo.</p>
<p>En 2010, las islas de Curaçao y San Martín dejaron de pertenecer a las ahora disueltas Antillas Holandesas para constituirse en Estados semiautónomos del Reino de Holanda. ¿Cuántos países hay, entonces? Eso depende de cuántos reconozca cada gobierno, no del mapamundi. Si los Estados Unidos reconocen 251, otros pueden reconocer apenas 200 o menos y ser reconocidos por idéntica cantidad.</p>
<p>En la revista Foreign Policy figuran los requisitos para crear una nación en cuatro pasos. El primero: asegurarse de cumplir con los requisitos para ser seleccionado, tener un territorio definido (no una isla artificial), poseer una población permanente (no sólo a la familia y Viernes), contar con un gobierno y ser capaz de interactuar con otros Estados. El segundo: declarar la independencia. El tercero: ser reconocido por otros países. El cuarto y último: unirse a las Naciones Unidas.</p>
<p>Si todo sale bien, tal vez el nuevo país no participe de las eliminatorias del próximo campeonato mundial de fútbol al igual que Transdniéster, Somaliland y otros menos conocidos, pero, al menos, habrá hecho los trámites para lograr que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas remita a la Asamblea General la recomendación para aprobar, por mayoría de dos tercios, que es un “Estado pacífico” y, por ello, debe ser aceptado. El resto, como corresponde en esa instancia, depende de mucha paciencia y mejores amigos que el príncipe de Sealand o el millonario Oliver.</p>
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