Autoayuda
El viernes se mató un amigo. Se había vuelto distante hace un tiempo, tenía el corazón roto por una mujer, su compañera como le decía él, y de pronto todos nosotros, los amigos que eran el resto de ese mundo, también le parecimos rotos y vacíos al sistema que antes puteábamos con fervor.
El también estaba, como todos, vendido al sistema, o al menos arrendado por un buen rato, y trabajaba seis días a la semana para una empresa de las que apedreaba recién entrado a la universidad. Ayudaba a su familia, pero principalmente necesitaba algo de plata para fumar marihuana. Discutíamos por eso y él alegaba que nosotros no teníamos moral para nada y alguna vez nos invitó a salir de su pieza decorada con fotos de Allende y consignas del MIR.
Quiero parar, decía él las pocas veces que hablábamos por teléfono. Le gustaba escribir poemas de desamor que yo consideraba horribles. Yo le propuse que leyera Norwegian Wood, de Murakami, en donde los internados aparecen como calmantes de esa soledad. A cambio me puteó y eso fue lo último que escuché de él: “Los libros de autoayuda para los hueones”.
Alfonso Calderón, uno de los creadores de los libritos Quimantú que recomendaba mi amigo muerto, también dejó de existir hace unos días. No sé si mi amigo muerto lo habrá conocido. Calderón renunció a enseñar cuando apareció Pinochet y mi amigo lo admiraría. Yo los consideraba a ambos malos escritores; ingenuos en su generosidad; idealistas sin capacidad de emocionar, de conmover.
Ahora releí “La tempestad” de Calderón con ganas de que me gustara, de entenderlos a los dos. Tenía ganas de decir: ahora te entiendo man. Y escribir sobre eso. Y ahora, con el libro terminado, tengo apenas un montón de críticas que me gustaría discutir con él.


