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Corín Tellado contra Daddy Yankee

Lunes, Abril 13th, 2009

La gente que se queja del Transantiago debería darse una vuelta por Antofagasta. Cercada por las montañas, la ciudad crece hacia los lados, y también los recorridos de las micros que bajan desde las poblaciones más nuevas hacia el centro. Pero aunque el viaje sería de unos veinte minutos en línea recta por la costa, las máquinas insisten en subir y bajar, una y otra vez, a buscar pasajeros, con el reggaetón siempre zumbando en la radio.

Hay fervor reggaetonero en Antofagasta. Al bajarse de la micro en el centro, medio mareado por la hora y 10 minutos de viaje en zig zag, uno se percata que los parlantes del Mercado están poseídos por Wisin & Yandel. En las schoperías, los clásicos de Daddy Yankee monopolizan los wurlitzer. Hasta los lentos suenan en los celulares de la calle, los canta Don Omar y los siguen las caderas de las antofagastinas.

En el aire, todo vale para aludir al urgente choque corporal: la lucha de clases (ya hice que sudara/toda esa ropa cara), alusiones protofeministas (ella no friega ni lava/pero baila con la brava), metáforas frutícolas (dame un besito con baba/que sepa a guayaba) y hasta afines a la jardinería (yo tengo el abono/que está pidiendo esa amapola).

En esta ciudad alegre, caliente y polvorienta, como un cuento de Pedro Juan Gutiérrez, leer en los diarios de la muerte de Corín Tellado es simplemente otro capítulo de esa película predecible. Tellado publicó por primera vez a los 19 años y nunca dejó de hacerlo hasta pocos días antes de su muerte, a los 82. Consiguió 400 millones de lectores que la convirtieron en la segunda autora más leída en español, sólo detrás de Cervantes.

Aunque con seudónimo escribió varias novelas eróticas, sus inicios quedaron marcados por las restricciones de la España franquista. “A insinuar me enseñó la censura, porque decía las cosas claras y eso me lo rechazaban”, explicó ella hace unos años. La sensualidad de las mujeres de entonces permaneció bajo sus frases: bajo la piel también, escondidas, preparando el día de su ebullición.

Ahora, en la Antofagasta de hoy, todo ese mundo ha terminado hace demasiado rato y el cuerpo debe mostrarse y las palabras salen escupidas hacia el aire caliente.