Lea libros malos
Este domingo se acabó la Feria Internacional del Libro de Santiago. Por lo que se dice, las cuentas son alegres. Alta asistencia, buenas ventas. Todo bien. Pero la sensación después de decenas de debates ombliguistas, hechos por y para escritores, es agridulzona, como esperando que alguna vez alguien aproveche estos espacios como una comunidad, donde discutamos abiertamente sobre varias cosas. Y también podrían venir algunas estrellas. ¿Por qué no? ¿Por qué conformarse con un lote de escritores que hablan de las FARC? Podemos entender que no venga García Márquez, pero ¿Por qué no vino Fernando Vallejo, polémico, súper ventas, genial? Al final, queda la sensación de que la feria se sigue sosteniendo por los autores chilenos, como Pedro Lemebel, y que no cambiará mucho su idea de ser un espacio donde se busca sólo vender libros, más que generar una instancia de debate sobre lo que sea.
Los esfuerzos de conversar, de compartir, que al final son la esencia de los libros, vinieron de los autores. Es el caso de “Cien libros chilenos”, de Álvaro Bisama (1975), donde se toman un centenar de obras nacionales desde “La Araucana” hasta la novela de Jorge Baradit, “Ygdrasil“, ya entrado el siglo XXI. La lista llama a releer los libros buenos y poner atención a los malos. Lea libros malos, dice Bisama también. Pase rabias. Acá está Alonso de Ercilla pero también están Papelucho y Condorito, está Tomás Moulian pero también está “El libro blanco del cambio de gobierno en Chile“, que Bisama pide leer como una pésima novela, porque él cree y quiere convencernos que las preguntas y las respuestas, el acto de lectura, se alimenta de esos libros maravillosos y también los horribles, por igual.
Por eso, el libro de Bisama puede leerse de varias formas.
- Como un diccionario de literatura chilena alternativo, en el que se nos habla de Neruda no como el Premio Nobel sino como “el mejor artista pop chileno del siglo XX”. Nos muestra a un Alberto Blest Gana y a un Federico Gana, autores oficialmente lateros, como tipos fascinantes que en su supuesto realismo esconden historias de traiciones y fantasmas, que hoy alimentan las teleseries nacionales. En esas lecturas, para tantos oscuras, aparece el entusiasmo de Bisama, contagioso. Que alguien descubra “Memorias prematuras“, que está lleno de un patetismo juvenil que Rafael Gumucio trabaja con mucha precisión o a Bruno Vidal, un autor que lee la dictadura desde la vereda de los victimarios y que habla a través de ellos.
- Como una provocación. Bisama se salta libros importantes de Neruda y Lihn y elige unos olímpicamente desconocidos. El gesto no sólo busca mosquear a los lectores más experimentados. Es una invitación a olvidar esos años escolares cuando nos enseñaban la historia de la literatura chilena y todo parecía añejo, gris, aburrido, totalmente prescindible, y a promocionar a un poeta como, Diego Maquieira capaz de generar un mundo pop, o un narrador como Juan Emar, que apuesta por imágenes oníricas, mundos fantásticos y surrealistas, en ese mismo mundo de las tapas cafés, de los horribles libros de Ercilla.
- Para disfrutar. Juan Luis Martínez, que escribió un libro lleno de acertijos y de preguntas sobre física para luego no volver a publicar en su vida, o Carlos Droguett, que se metió el horror de frente, pasan acá de lecturas académicas al goce puro bajo las claves de Bisama. Y esa es la clave. Porque a pesar de ciertas omisiones y de cierta reiteración de ideas en las reseñas, que agotan en varios momentos de la lectura, Bisama logra contar una larga historia, una novelita secreta de los dos siglos de Chile a través de los monstruos de Donoso, de las vidas mínimas de González Vera, del delirio de Bolaño, de la nostalgia de Teillier.


