¿Quién cresta se ganó el Nobel?
Lunes, Octubre 20th, 2008
Las bibliotecas públicas chilenas no tienen libros de Karl Gjellerup, Henrik Pontoppidan y Mijaíl Sholojov, tres premios Nobel que probablemente no leeremos jamás. Las reseñas son tranquilizadoras: dicen que eran ahí nomás, con méritos discutibles y textos aburridos. En cambio, si hay doce y siete libros de estadounidenses como Philip Roth y Don DeLillo, dos favoritos que volvieron a ser olvidados este año.
El ganador fue el francés Jean Marie Gustav Le Clézio y a todos les vino la certeza de que el premio de la Academia Sueca se convirtió en una lotería. Más que críticas a la calidad del premiado –como al mediocre italiano Darío Fo (1997) o la austríaca Elfriede Jelinek (2004)-, aparecieron las primeras confesiones de ignorancia: apremiado por su editor general, el encargado de libros de Los Angeles Times, David Ulin, reconoció que no sólo no había leído a Le Clézio, sino que además nunca lo había oído nombrar.
No se quedó ahí: en una actitud vaca, Ulin aseguró que el mismo desconocimiento tenían ilustres amigos como Harold Augenbraum, quien entrega cada año el National Book Award, máximo premio de la literatura estadounidense.
En Chile, el crítico literario Camilo Marks, de nulo interés en la diplomacia y con varios libros de Le Clézio en el cuerpo, concluyó que el tipo “es una lata”. Pero tampoco da para enojarse. El Nobel nunca ha sido realmente el premio al mejor escritor del mundo vivo, algo imposible de ofrecer. Basta recordar que se quedaron sin Nobel tipos que le pegaban al asunto como Tolstoi, Proust, Kafka y Nabokov. También Borges, que tuvo el pésimo tino de reunirse con Pinochet cuando era el principal candidato.
Y con Nicanor Parra el tema es otro: más allá que haya tomado el té con la mujer de Nixon en 1970, sus chistes traducidos al sueco simplemente no son tan chistosos. Y no es chiste.
Por eso hay que ver el vaso medio lleno: aunque sea un premio que deja gusto a poco, el Nobel sí puede lograr que librerías y bibliotecas como las chilenas muestren interés por abrirse a una nueva voz, y en esa apuesta nadie pierde. Para Cristián Warnken, otro de los pocos lectores de Le Clézio, sus cuentos fueron “regalos inesperados en medio de la noche y también la desesperanza”. Si otros también encuentran un regalo inesperado, bastará para darse por pagados.


