Viejo Punk
Miércoles, Julio 30th, 2008
Hace poco, en la micro, vi a un tipo joven sosteniendo el Muchacha Punk de Fogwill en medio de dos grupos de cabros emos, o pokemones quizá, que se enviaban mensajes sucesivos, repetitivos, que los hacían reír. Uno de ellos llevaba un espejo y se arreglaba el pelo. El grupo de niñas, más ruidoso, le enviaba mensajes sobre la aprobación o no del peinado. El tipo joven, al centro, sostenía abstraído el Muchacha Punk de Fogwill, una versión que trae a la referida muchacha en portada, claro que una pelirroja y no rubia como dice el cuento original.
Yo no leía nada, aclaro, arrinconado por una señora también rubia pero no rubia como la Muchacha Punk de Fogwill que, entiendo, es rubia de nacimiento, no como la señora de la micro, baja y que dejaba al descubierto las raíces. Pero el joven, también apremiado por el ir y venir constante de la micro, aún en día de semana, lo que no explica la avalancha de jóvenes en tenidas de talante alternativo durante el horario escolar, lograba levantar el libro, el Muchacha Punk, por sobre las cabezas de la gente de la micro, en un gesto que si bien puede inspirar ternura por el joven, es más bien homenaje para el autor de esos cuentos magníficos que animaban esa máquina I08 que llega hasta La Farfana, atestada a las seis de la tarde.
Ese Muchacha Punk, de Fogwill -porque Fogwill se escribe así, como un futbolista brasileño: Fogwill, sin nombre- es una recopilación de cuentos publicada hace diez años en Sudamericana, un grandes éxitos de Fogwill, que incluye el famoso cuento homónimo. Ahí un argentino, aterido en un Londres donde el frío calaba los huesos, conoce a una muchacha punk rubia y hace el amor con ella, aunque eso es un decir, porque el amor –explica Fogwill- ya estaba hecho antes de su llegada a Londres, y eso que hicieron ella y él, no era un amor: era eso y solo eso era.
Hace poco vino Fogwill a Chile, aunque habló también en día de semana y horario laboral y lo pudieron ver pocos o los mismos de siempre. Probablemente ahí repitió su voz de personaje: contra el lugar común político, cascarrabias, brillante y fetichista de las armas, los autos, las minas. Ese mito masculino, tipo Batman latinoamericano, siempre le suena mejor en los cuentos, cuando le agrega el toque de ternura y fragilidad necesario para que todo calce. Lo demás es un desfile de recursos, de lucimiento para la construcción de un mundo en donde la violencia está retratada con tal elegancia que sólo subyace, como el flujo que corre por la nuca del conductor en “Dos hilitos de sangre”, una de las joyas del libro.
Ahí, como en el mar en el cuento “Japonés” o la Argentina militarizada de “La liberación de unas mujeres”, la historia siempre recae en tipos graciosos pero reservados, jactanciosos pero a la vez dueños de los tiempos, soberbios, lozanos, típicamente argentinos, según el escritor que nos convoca, viejo ya, insistente en los términos punk, desprecios punk, desórdenes y reconstrucciones del texto, en versiones propiamente punk.
Esos protagonistas reaccionan con clase mientras sus taxistas sangran de la nuca, rescatan presas políticas o abandonan amantes etéreas al amanecer. Pero esa jactancia no tiene un ápice más de lo necesario, no sobra, no flaquea y puede ser capaz, prueba empírica mediante, de imponerse sobre cualquier queja de lo caro de los libros o la imposibilidad de leer ahora en micros. La forma en que Fogwill se florea haciendo y deshaciendo frases, párrafos, tiempos, es un ejercicio vicioso que puede imponerse aún tambaleándose sobre la cabeza de un tipo joven camino a La Farfana, seis y veinte de la tarde, un viernes cualquiera en Santiago, con los cabros de 11 o 12 años hablando de sus fiestas y de sexo, nerviosos y risueños, inaudibles al lector.


