La cumbia siniestra
11 de Enero, 2010Uno sale a la calle la madrugada del 1 de enero y se escuchan bromas y buenos deseos para empezar el año. Partimos de cero, dice la gente, y además se abrazan todos. Hay música, reconciliaciones y comida para todos. Todo va bien hasta lo mismo de siempre: suena la cumbia siniestra.
Todos saben que va a pasar, pero igual los toma por sorpresa. Como la muerte, dirán los pesimistas. O el amor, según los más prendidos.
“Un año más, que se va, un año más, cuantos se han ido”, suena en los parlantes, y algunos deciden bailar y otros deciden que les da pena. Es el comienzo oficial del año para muchos: hay que tomar la primera decisión, el primer acierto o el primer error.
Es la trampa del tiempo: dejé atrás el pasado y voy a conquistar ese futuro. Pero la cumbia es aciaga, y la letra es perfecta para poner las cosas en su lugar, sin dramatismos, bailando, porque son 15, son 20 o son 30. Cuarenta, cincuenta o hasta sesenta.
“No importan los años que tienes, es el tiempo el que no se detiene”, cantan todos igual, porque ese día tiene que ser de esperanza y por ahora celebremos, ya veremos que pasa.
Afuera, los niños no saben de estas cosas y disfrutan de los colores que estallan en el cielo.



Quiero parar, decía él las pocas veces que hablábamos por teléfono. Le gustaba escribir poemas de desamor que yo consideraba horribles. Yo le propuse que leyera Norwegian Wood, de Murakami, en donde los internados aparecen como calmantes de esa soledad. A cambio me puteó y eso fue lo último que escuché de él: “Los libros de autoayuda para los hueones”.
La gente que se queja del Transantiago debería darse una vuelta por Antofagasta. Cercada por las montañas, la ciudad crece hacia los lados, y también los recorridos de las micros que bajan desde las poblaciones más nuevas hacia el centro. Pero aunque el viaje sería de unos veinte minutos en línea recta por la costa, las máquinas insisten en subir y bajar, una y otra vez, a buscar pasajeros, con el reggaetón siempre zumbando en la radio.
“El amor muere solo”, dice el narrador en un pasaje de “La flor inexistente”, uno de los muchos libros que escribió el chileno Miguel Serrano, muerto hace algunos días. Como esa frase, ingenua y luminosa a la vez, es el viaje que su autor intentó alcanzar con las palabras.
Las bibliotecas públicas chilenas no tienen libros de Karl Gjellerup, Henrik Pontoppidan y Mijaíl Sholojov, tres premios Nobel que probablemente no leeremos jamás. Las reseñas son tranquilizadoras: dicen que eran ahí nomás, con méritos discutibles y textos aburridos. En cambio, si hay doce y siete libros de estadounidenses como Philip Roth y Don DeLillo, dos favoritos que volvieron a ser olvidados este año.