La cumbia siniestra

11 de Enero, 2010

Uno sale a la calle la madrugada del 1 de enero y se escuchan bromas y buenos deseos para empezar el año. Partimos de cero, dice la gente, y además se abrazan todos. Hay música, reconciliaciones y comida para todos. Todo va bien hasta lo mismo de siempre: suena la cumbia siniestra.

Todos saben que va a pasar, pero igual los toma por sorpresa. Como la muerte, dirán los pesimistas. O el amor, según los más prendidos.

“Un año más, que se va, un año más, cuantos se han ido”, suena en los parlantes, y algunos deciden bailar y otros deciden que les da pena. Es el comienzo oficial del año para muchos: hay que tomar la primera decisión, el primer acierto o el primer error.

Es la trampa del tiempo: dejé atrás el pasado y voy a conquistar ese futuro. Pero la cumbia es aciaga, y la letra es perfecta para poner las cosas en su lugar, sin dramatismos, bailando, porque son 15, son 20 o son 30. Cuarenta, cincuenta o hasta sesenta.

“No importan los años que tienes, es el tiempo el que no se detiene”, cantan todos igual, porque ese día tiene que ser de esperanza y por ahora celebremos, ya veremos que pasa.

Afuera, los niños no saben de estas cosas y disfrutan de los colores que estallan en el cielo.

Poesía de Claudio Palma en el CDF

12 de Octubre, 2009

La historia es ancestral y se repite más o menos así: por un lado hay un grupo de niños, jóvenes, padres de familia y viejos mirando la televisión con la cara en rictus, esperando para saltar o llorar, vestidos como si fueran deportistas. Del otro lado, hay mamás, pololas, hermanas, las niñas que nos gustan, mirando con respeto pero también con incomprensión.

La escena se ha repetido muchas veces, pero como es familia y manda el cariño, las mujeres cuchichean entre ellas y hacen suya esa frase que los hombres también decimos con cariño: no hay que entenderlos, hay que quererlos.

Porque es y será incomprensible entender la emoción contenida de esos hermanos, pololos, papás, que poco tienen de deportistas o guerreros atléticos, y con los goles y las clasificaciones hasta sueltan unos lagrimones que intentan ser rudos.

A cambio, los hombres tendremos un par de historias más para amenizar la vida después del partido en Colombia: nos reiremos del cagazo de Bravo, diremos que Colombia era un gran equipo y que siempre confiamos en Valdivia.

Para los hinchas, los de cartón y los otros, el fútbol siempre estará a la vereda de sus propios partidos, para recordarnos las historias importantes, los árbitros que nos cagaron, los triunfos históricos y los autogoles.

Eso lo sabe Claudio Palma, el relator del CDF, que sacó su libreto al final de la transmisión del partido para homenajear a su padre, y también recriminarle que se había ido antes de tiempo: viejo, te fuiste antes de ver a Chile en el Mundial como uno se lo imagina de niño, estamos ganando afuera y haciéndola bonita, como esas historias que uno se cansa de esperar.

Autoayuda

17 de Agosto, 2009

El viernes se mató un amigo. Se había vuelto distante hace un tiempo, tenía el corazón roto por una mujer, su compañera como le decía él, y de pronto todos nosotros, los amigos que eran el resto de ese mundo, también le parecimos rotos y vacíos al sistema que antes puteábamos con fervor.

El también estaba, como todos, vendido al sistema, o al menos arrendado por un buen rato, y trabajaba seis días a la semana para una empresa de las que apedreaba recién entrado a la universidad. Ayudaba a su familia, pero principalmente necesitaba algo de plata para fumar marihuana. Discutíamos por eso y él alegaba que nosotros no teníamos moral para nada y alguna vez nos invitó a salir de su pieza decorada con fotos de Allende y consignas del MIR.

Alfonso CalderónQuiero parar, decía él las pocas veces que hablábamos por teléfono. Le gustaba escribir poemas de desamor que yo consideraba horribles. Yo le propuse que leyera Norwegian Wood, de Murakami, en donde los internados aparecen como calmantes de esa soledad. A cambio me puteó y eso fue lo último que escuché de él: “Los libros de autoayuda para los hueones”.

Alfonso Calderón, uno de los creadores de los libritos Quimantú que recomendaba mi amigo muerto, también dejó de existir hace unos días. No sé si mi amigo muerto lo habrá conocido. Calderón renunció a enseñar cuando apareció Pinochet y mi amigo lo admiraría. Yo los consideraba a ambos malos escritores; ingenuos en su generosidad; idealistas sin capacidad de emocionar, de conmover.

Ahora releí “La tempestad” de Calderón con ganas de que me gustara, de entenderlos a los dos. Tenía ganas de decir: ahora te entiendo man. Y escribir sobre eso. Y ahora, con el libro terminado, tengo apenas un montón de críticas que me gustaría discutir con él.

La palabra más linda del mundo

3 de Julio, 2009

O al menos la del español fue malevo, que hace referencia al símil del flaite chileno, una especie de matón de los rincones de Buenos Aires, pero también tanguero y con el sabor melancólico de lo que va desapareciendo.

Ese fue el resultado de una elección por internet que contó con votos de todo el mundo, pero los argentinos se avivaron con el diario Clarín y llamaron a votar a sus compatriotas: así, esa palabra porteña por excelencia se impuso a otras como chapuza (algo que se hace sin ganas ni dedicación) o albricias (algo así como decir ¡qué bacán!).

Desde Chile no llegaron muchos votos, pero seguro hay preferencias. El maestro Héctor Velis-Meza debe tener claras las historias sobre las palabras chilenas que debieron estar. A mí me gustan viento y también resolana, para esos días cuando el exceso de sol no deja ver casi nada más.

Si Dios fuera una mujer, según Mario Benedetti

18 de Mayo, 2009

La máquina de matar

12 de Mayo, 2009

“Yo soy culpable, ustedes no lo son. Pero ustedes deberían, cuando menos, reconocer que cuanto yo he hecho, también lo habrían hecho ustedes”, dice Max Aue, el oficial de las SS que protagoniza Las Benévolas, para presentarse al lector. Habla de la lógica de la guerra, de la eficiencia y el destino, y quiere hacer el ejercicio de relatar lo que pasó, no de explicarlo.

La novela de Jonathan Littell, un mamotreto de casi mil páginas, premiada y bien vendida en todo el mundo, es eso: un relato sin el apremio torpe que le supondría buscar el perdón, pero con el apuro de despejar, en el interior del narrador, esos miles de recuerdos que arden buscando un lector, quizá en la búsqueda de un compañero postrero para compartirlos.

Pero acá no hay recursos cursis ni alusiones en búsqueda de cariño. La sequedad del relato también permite la sensación, por varios pasajes, de leer un informe pródigo en estadísticas, con algunas anotaciones de un jefe operativo que se esmeró en ser confiable y cumplir las órdenes asignadas.

Hay descripciones históricas en detalle, como la lucha multitudinaria en Stalingrado o la estructura, peldaño por peldaño, de la máquina de guerra alemana que permitió defender, por algún tiempo, la locura frontal del Tercer Reich. Pero el libro toma su voz cuando, después del reguero de pólvora en el aire, Que habla de sus rincones que siguen vivos: el estremecimiento que aún siente ante el cuerpo de un joven desnudo, el rostro borroso de la única mujer que amó.

No hay perdón ni hay olvido, podría decir en algún momento Littell, pero no es necesario: acá, desde muy lejos, también hay historias llenas de esperma, sangre y ratas, que serpentean en la memoria, cada vez más absurdas. Mientras ardan, habrá que recordarlas, parece decir Littell. Mientras ardan y entiendan lo que les trato de decir, ¿por qué no podría volver a pasar?

Corín Tellado contra Daddy Yankee

13 de Abril, 2009

La gente que se queja del Transantiago debería darse una vuelta por Antofagasta. Cercada por las montañas, la ciudad crece hacia los lados, y también los recorridos de las micros que bajan desde las poblaciones más nuevas hacia el centro. Pero aunque el viaje sería de unos veinte minutos en línea recta por la costa, las máquinas insisten en subir y bajar, una y otra vez, a buscar pasajeros, con el reggaetón siempre zumbando en la radio.

Hay fervor reggaetonero en Antofagasta. Al bajarse de la micro en el centro, medio mareado por la hora y 10 minutos de viaje en zig zag, uno se percata que los parlantes del Mercado están poseídos por Wisin & Yandel. En las schoperías, los clásicos de Daddy Yankee monopolizan los wurlitzer. Hasta los lentos suenan en los celulares de la calle, los canta Don Omar y los siguen las caderas de las antofagastinas.

En el aire, todo vale para aludir al urgente choque corporal: la lucha de clases (ya hice que sudara/toda esa ropa cara), alusiones protofeministas (ella no friega ni lava/pero baila con la brava), metáforas frutícolas (dame un besito con baba/que sepa a guayaba) y hasta afines a la jardinería (yo tengo el abono/que está pidiendo esa amapola).

En esta ciudad alegre, caliente y polvorienta, como un cuento de Pedro Juan Gutiérrez, leer en los diarios de la muerte de Corín Tellado es simplemente otro capítulo de esa película predecible. Tellado publicó por primera vez a los 19 años y nunca dejó de hacerlo hasta pocos días antes de su muerte, a los 82. Consiguió 400 millones de lectores que la convirtieron en la segunda autora más leída en español, sólo detrás de Cervantes.

Aunque con seudónimo escribió varias novelas eróticas, sus inicios quedaron marcados por las restricciones de la España franquista. “A insinuar me enseñó la censura, porque decía las cosas claras y eso me lo rechazaban”, explicó ella hace unos años. La sensualidad de las mujeres de entonces permaneció bajo sus frases: bajo la piel también, escondidas, preparando el día de su ebullición.

Ahora, en la Antofagasta de hoy, todo ese mundo ha terminado hace demasiado rato y el cuerpo debe mostrarse y las palabras salen escupidas hacia el aire caliente.

El libro de luz del escritor nazi

6 de Marzo, 2009

“El amor muere solo”, dice el narrador en un pasaje de “La flor inexistente”, uno de los muchos libros que escribió el chileno Miguel Serrano, muerto hace algunos días. Como esa frase, ingenua y luminosa a la vez, es el viaje que su autor intentó alcanzar con las palabras.

Serrano, conocido como uno de los renovadores del nazismo y adherente del hitlerismo esotérico, era embajador de Eduardo Frei Montalva cuando esta novela corta fue editada por primera vez en inglés. A Chile sólo llegó el 2004, en una edición de Beuvedráis, pero la demora no le restó nada de su fuerza: acá no hay tiempo ni lugares definitivos y el protagonista deambula por Tihuanacu, avenida Matta o las montañas del Himalaya en busca de una Ciudad de los Césares.

El intento del autor de alcanzar una mitología universal con ombligo en Chile se llena de ambiciones ciclópeas y se desprende de los sueños individuales. Por eso los personajes son difusos, miembros de una comunidad que intercambian identidades y pierden la suya, porque sólo son capaces de ver la Ciudad, su único objetivo.

Por eso, el narrador se limita a esperar una Nueva Edad que traerá Gigantes de Luna blancos, y por eso acepta la muerte de la princesa Papán, hermana de Moctezuma, el rey azteca de Tenochtitlán. El narrador, un fanático silencioso que pronto olvida todo en miras de ese nuevo mundo, cree que la princesa es la visión legítima de la Tierra por permitir la derrota de su gente ante los españoles.

También por eso, el narrador es incapaz de amar y Papán, en su melancolía tranquila, lo sabe.

El amor por el prójimo no es un tabú para Serrano y su personaje lo acepta desde el comienzo del libro, porque quiere ser más cercano a las “espinas dorsales de la Tierra”, como llama a los Andes y los Himalayas, que a sus actuales habitantes, que no encajan en su proyecto de eternidad.

Lo luminoso de “La flor inexistente” está en dibujar con precisión ese delirio, que desprecia totalmente el realismo cotidiano. Cuando no hay curiosidad por el escritor nazi, el texto ofrece esa luz para mostrarse como lo que es: una forma de resistir a la falta de belleza, a la mediocridad, en un viaje por la propia soledad.

Lea libros malos

18 de Noviembre, 2008

Este domingo se acabó la Feria Internacional del Libro de Santiago. Por lo que se dice, las cuentas son alegres. Alta asistencia, buenas ventas. Todo bien. Pero la sensación después de decenas de debates ombliguistas, hechos por y para escritores, es agridulzona, como esperando que alguna vez alguien aproveche estos espacios como una comunidad, donde discutamos abiertamente sobre varias cosas. Y también podrían venir algunas estrellas. ¿Por qué no? ¿Por qué conformarse con un lote de escritores que hablan de las FARC? Podemos entender que no venga García Márquez, pero ¿Por qué no vino Fernando Vallejo, polémico, súper ventas, genial? Al final, queda la sensación de que la feria se sigue sosteniendo por los autores chilenos, como Pedro Lemebel, y que no cambiará mucho su idea de ser un espacio donde se busca sólo vender libros, más que generar una instancia de debate sobre lo que sea.

Los esfuerzos de conversar, de compartir, que al final son la esencia de los libros, vinieron de los autores. Es el caso de “Cien libros chilenos”, de Álvaro Bisama (1975), donde se toman un centenar de obras nacionales desde “La Araucana” hasta la novela de Jorge Baradit, “Ygdrasil“, ya entrado el siglo XXI. La lista llama a releer los libros buenos y poner atención a los malos. Lea libros malos, dice Bisama también. Pase rabias. Acá está Alonso de Ercilla pero también están Papelucho y Condorito, está Tomás Moulian pero también está “El libro blanco del cambio de gobierno en Chile“, que Bisama pide leer como una pésima novela, porque él cree y quiere convencernos que las preguntas y las respuestas, el acto de lectura, se alimenta de esos libros maravillosos y también los horribles, por igual.

Por eso, el libro de Bisama puede leerse de varias formas.

  1. Como un diccionario de literatura chilena alternativo, en el que se nos habla de Neruda no como el Premio Nobel sino como “el mejor artista pop chileno del siglo XX”. Nos muestra a un Alberto Blest Gana y a un Federico Gana, autores oficialmente lateros, como tipos fascinantes que en su supuesto realismo esconden historias de traiciones y fantasmas, que hoy alimentan las teleseries nacionales. En esas lecturas, para tantos oscuras, aparece el entusiasmo de Bisama, contagioso. Que alguien descubra “Memorias prematuras“, que está lleno de un patetismo juvenil que Rafael Gumucio trabaja con mucha precisión o a Bruno Vidal, un autor que lee la dictadura desde la vereda de los victimarios y que habla a través de ellos.
  2. Como una provocación. Bisama se salta libros importantes de Neruda y Lihn y elige unos olímpicamente desconocidos. El gesto no sólo busca mosquear a los lectores más experimentados. Es una invitación a olvidar esos años escolares cuando nos enseñaban la historia de la literatura chilena y todo parecía añejo, gris, aburrido, totalmente prescindible, y a promocionar a un poeta como, Diego Maquieira capaz de generar un mundo pop, o un narrador como Juan Emar, que apuesta por imágenes oníricas, mundos fantásticos y surrealistas, en ese mismo mundo de las tapas cafés, de los horribles libros de Ercilla.
  3. Para disfrutar. Juan Luis Martínez, que escribió un libro lleno de acertijos y de preguntas sobre física para luego no volver a publicar en su vida, o Carlos Droguett, que se metió el horror de frente, pasan acá de lecturas académicas al goce puro bajo las claves de Bisama. Y esa es la clave. Porque a pesar de ciertas omisiones y de cierta reiteración de ideas en las reseñas, que agotan en varios momentos de la lectura, Bisama logra contar una larga historia, una novelita secreta de los dos siglos de Chile a través de los monstruos de Donoso, de las vidas mínimas de González Vera, del delirio de Bolaño, de la nostalgia de Teillier.

¿Quién cresta se ganó el Nobel?

20 de Octubre, 2008

Las bibliotecas públicas chilenas no tienen libros de Karl Gjellerup, Henrik Pontoppidan y Mijaíl Sholojov, tres premios Nobel que probablemente no leeremos jamás. Las reseñas son tranquilizadoras: dicen que eran ahí nomás, con méritos discutibles y textos aburridos. En cambio, si hay doce y siete libros de estadounidenses como Philip Roth y Don DeLillo, dos favoritos que volvieron a ser olvidados este año.

El ganador fue el francés Jean Marie Gustav Le Clézio y a todos les vino la certeza de que el premio de la Academia Sueca se convirtió en una lotería. Más que críticas a la calidad del premiado –como al mediocre italiano Darío Fo (1997) o la austríaca Elfriede Jelinek (2004)-, aparecieron las primeras confesiones de ignorancia: apremiado por su editor general, el encargado de libros de Los Angeles Times, David Ulin, reconoció que no sólo no había leído a Le Clézio, sino que además nunca lo había oído nombrar.

No se quedó ahí: en una actitud vaca, Ulin aseguró que el mismo desconocimiento tenían ilustres amigos como Harold Augenbraum, quien entrega cada año el National Book Award, máximo premio de la literatura estadounidense.

En Chile, el crítico literario Camilo Marks, de nulo interés en la diplomacia y con varios libros de Le Clézio en el cuerpo, concluyó que el tipo “es una lata”. Pero tampoco da para enojarse. El Nobel nunca ha sido realmente el premio al mejor escritor del mundo vivo, algo imposible de ofrecer. Basta recordar que se quedaron sin Nobel tipos que le pegaban al asunto como Tolstoi, Proust, Kafka y Nabokov. También Borges, que tuvo el pésimo tino de reunirse con Pinochet cuando era el principal candidato.

Y con Nicanor Parra el tema es otro: más allá que haya tomado el té con la mujer de Nixon en 1970, sus chistes traducidos al sueco simplemente no son tan chistosos. Y no es chiste.

Por eso hay que ver el vaso medio lleno: aunque sea un premio que deja gusto a poco, el Nobel sí puede lograr que librerías y bibliotecas como las chilenas muestren interés por abrirse a una nueva voz, y en esa apuesta nadie pierde. Para Cristián Warnken, otro de los pocos lectores de Le Clézio, sus cuentos fueron “regalos inesperados en medio de la noche y también la desesperanza”. Si otros también encuentran un regalo inesperado, bastará para darse por pagados.