Isabel Allende y el lloriqueo

3 de septiembre, 2010

El desconocido Sady Zañartu, premiado por rescatar los “grandes valores nacionales” en 1974, el ingeniero Arturo Aldunate Phillips y el filólogo Rodolfo Oroz son parte de la lista de ganadores del Premio Nacional de Literatura. No se lo ha ganado gente como Bolaño. A Gabriela Mistral se lo dieron después del Nobel. Si no ganas, no pasa nada.

Isabel Allende se lo tomó en serio. Hizo literalmente campaña y ganó. Tuvo parlamentarios a su favor y hasta los ex Presidentes Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet. Y agradeció con lágrimas el premio. Una campaña que podría tener su slogan: “51 millones de lectores en el mundo no pueden estar equivocados”.

¿Es mejor narradora Allende que decenas de escritores chilenos? Seguro que sí, tiene talento y deja siempre la sensación de que si se tomara más tiempo para publicar alcanzaría un mayor vuelo. ¿Basta con eso para obtener el premio? Para el Nacional chileno ha bastado con mucho menos. ¿Se lo merecían otros más que ella? A mí me gustaba más Germán Marín, pero le hará mejor a su fama de maldito.

Porque este es un premio político, y lo político a los políticos. El jurado tuvo al ministro de Educación y a dos rectores de universidades. El poeta Raúl Zurita y el profesor Cedomil Goic, también integrantes, no votaron a favor de Allende. Pero no pasa nada, en serio.

Ahora en los diarios aparecen diatribas de uno y otro bando. Los escritores son gente difícil de entender. Y de querer. Probablemente los maquinistas de trenes no se atacan así entre ellos. O los jardineros. Me cuesta pensar en declaraciones filosas entre los otorrinolaringólogos.

Estos tipos que rasgan vestiduras parecen apasionarse por fin para esgrimir sus luchas de legitimidad. Demuestran que tienen sangre en vez de coca cola y eso está muy bien. Para pasar las penas, caballeros, nada mejor que leer. Los premios no lo impiden ni lo impedirán.

La horrible vida real

12 de agosto, 2010

En “La carretera”, de Cormac McCarthy, las cenizas son una gruesa capa que aplasta y ahoga los campos, un hombre y su hijo caminando solos, mordiendo una naranja y sin hablar.

A veces un diálogo sobre cómo reunir fuego para poder dormir con calor y a veces otros sobre conseguir zapatos. Otras veces una frase pequeña y cómplice del padre: Recuerda que somos los buenos.

Una vez el padre piensa en una bata de seda que se cierra sobre el pecho de una mujer, para guardarlo para siempre, para un tiempo más.

En San José, otros padres y otros hijos entre ductos y rocas vivas, con el suelo quemando, cobre, bauxita y humo. Son tantos, pero podría ser uno solo, y su casa será entonces esa carretera y el mar también será ahí gris y espeso, fútil.

Seguro que allá abajo algunos se abrazan, se tocan los rostros para sentir algo y piensen en sus amores y en sus pequeños, en las figuras cálidas de sus negras, sus princesas y sus cabros.

Algunos van a llorar y otros no: hay hombres que nunca van a llorar.

Fuera los demás podemos mirar. Hablar de pena, seguridad laboral, odio y responsabilidades: por un par de semanas flotarán delante nuestro lo que creemos son sus caras y no mucho más.

Después los vamos a olvidar. Quedarán sus casas cubiertas de ceniza de aquí a todos los años que podamos contar. Sin heroísmos, con demasiados absurdos que lamentar.

Leer como un sueño, como escapar: como la posibilidad de construirse un propio hogar. Y fuera, la horrible vida real.

El vivo de Nicanor

11 de junio, 2010

Niños: si encuentran “El Salustio y el Trúbico” de Alfonso Alcalde en algún local de libros usados, hay que comprarlo. Tiene amor y sexo, pero todo bañado en humor, y algo así no puede terminar mal.

Yo lo quería releer, pero esos libros de Quimantú los quemaron después del golpe y lo único que encuentro del autor es una autobiografía que le encargó Don Francisco.

Alcalde, que falleció en 1992, era bueno porque se equivocaba y seguía jugando. Igual que lo que hace Nicanor Parra. En los colegios los libros de ambos deberían correr como el agua: los cabros entenderían que leer es un goce y, a mediano plazo, mirarían con curiosidad cómo en Chile Checho Hirane decía que era humorista y nadie le decía nada.

“El Chile antes de Nicanor: Las corrientes de Hirane y Bombo Fica”, podría llamarse ese encuentro. Sería en 20 años, con éxito de público.

Así que la alegría ya viene. Por ahora, tendremos que ver cómo los niños que ya tienen plasmas se ganarán plasmas por ser mejores que otros niños.

Nicanor puede ser la estrella que cambie eso. Más que un gran escritor, es un buen poeta que abre puertas y ventanas a sus lectores. Y eso lo mantendrá con vida, aunque los papanatas todavía no lo tengan claro.

La cumbia siniestra

11 de enero, 2010

Uno sale a la calle la madrugada del 1 de enero y se escuchan bromas y buenos deseos para empezar el año. Partimos de cero, dice la gente, y además se abrazan todos. Hay música, reconciliaciones y comida para todos. Todo va bien hasta lo mismo de siempre: suena la cumbia siniestra.

Todos saben que va a pasar, pero igual los toma por sorpresa. Como la muerte, dirán los pesimistas. O el amor, según los más prendidos.

“Un año más, que se va, un año más, cuantos se han ido”, suena en los parlantes, y algunos deciden bailar y otros deciden que les da pena. Es el comienzo oficial del año para muchos: hay que tomar la primera decisión, el primer acierto o el primer error.

Es la trampa del tiempo: dejé atrás el pasado y voy a conquistar ese futuro. Pero la cumbia es aciaga, y la letra es perfecta para poner las cosas en su lugar, sin dramatismos, bailando, porque son 15, son 20 o son 30. Cuarenta, cincuenta o hasta sesenta.

“No importan los años que tienes, es el tiempo el que no se detiene”, cantan todos igual, porque ese día tiene que ser de esperanza y por ahora celebremos, ya veremos que pasa.

Afuera, los niños no saben de estas cosas y disfrutan de los colores que estallan en el cielo.

Poesía de Claudio Palma en el CDF

12 de octubre, 2009

La historia es ancestral y se repite más o menos así: por un lado hay un grupo de niños, jóvenes, padres de familia y viejos mirando la televisión con la cara en rictus, esperando para saltar o llorar, vestidos como si fueran deportistas. Del otro lado, hay mamás, pololas, hermanas, las niñas que nos gustan, mirando con respeto pero también con incomprensión.

La escena se ha repetido muchas veces, pero como es familia y manda el cariño, las mujeres cuchichean entre ellas y hacen suya esa frase que los hombres también decimos con cariño: no hay que entenderlos, hay que quererlos.

Porque es y será incomprensible entender la emoción contenida de esos hermanos, pololos, papás, que poco tienen de deportistas o guerreros atléticos, y con los goles y las clasificaciones hasta sueltan unos lagrimones que intentan ser rudos.

A cambio, los hombres tendremos un par de historias más para amenizar la vida después del partido en Colombia: nos reiremos del cagazo de Bravo, diremos que Colombia era un gran equipo y que siempre confiamos en Valdivia.

Para los hinchas, los de cartón y los otros, el fútbol siempre estará a la vereda de sus propios partidos, para recordarnos las historias importantes, los árbitros que nos cagaron, los triunfos históricos y los autogoles.

Eso lo sabe Claudio Palma, el relator del CDF, que sacó su libreto al final de la transmisión del partido para homenajear a su padre, y también recriminarle que se había ido antes de tiempo: viejo, te fuiste antes de ver a Chile en el Mundial como uno se lo imagina de niño, estamos ganando afuera y haciéndola bonita, como esas historias que uno se cansa de esperar.

Autoayuda

17 de agosto, 2009

El viernes se mató un amigo. Se había vuelto distante hace un tiempo, tenía el corazón roto por una mujer, su compañera como le decía él, y de pronto todos nosotros, los amigos que eran el resto de ese mundo, también le parecimos rotos y vacíos al sistema que antes puteábamos con fervor.

El también estaba, como todos, vendido al sistema, o al menos arrendado por un buen rato, y trabajaba seis días a la semana para una empresa de las que apedreaba recién entrado a la universidad. Ayudaba a su familia, pero principalmente necesitaba algo de plata para fumar marihuana. Discutíamos por eso y él alegaba que nosotros no teníamos moral para nada y alguna vez nos invitó a salir de su pieza decorada con fotos de Allende y consignas del MIR.

Alfonso CalderónQuiero parar, decía él las pocas veces que hablábamos por teléfono. Le gustaba escribir poemas de desamor que yo consideraba horribles. Yo le propuse que leyera Norwegian Wood, de Murakami, en donde los internados aparecen como calmantes de esa soledad. A cambio me puteó y eso fue lo último que escuché de él: “Los libros de autoayuda para los hueones”.

Alfonso Calderón, uno de los creadores de los libritos Quimantú que recomendaba mi amigo muerto, también dejó de existir hace unos días. No sé si mi amigo muerto lo habrá conocido. Calderón renunció a enseñar cuando apareció Pinochet y mi amigo lo admiraría. Yo los consideraba a ambos malos escritores; ingenuos en su generosidad; idealistas sin capacidad de emocionar, de conmover.

Ahora releí “La tempestad” de Calderón con ganas de que me gustara, de entenderlos a los dos. Tenía ganas de decir: ahora te entiendo man. Y escribir sobre eso. Y ahora, con el libro terminado, tengo apenas un montón de críticas que me gustaría discutir con él.

La palabra más linda del mundo

3 de julio, 2009

O al menos la del español fue malevo, que hace referencia al símil del flaite chileno, una especie de matón de los rincones de Buenos Aires, pero también tanguero y con el sabor melancólico de lo que va desapareciendo.

Ese fue el resultado de una elección por internet que contó con votos de todo el mundo, pero los argentinos se avivaron con el diario Clarín y llamaron a votar a sus compatriotas: así, esa palabra porteña por excelencia se impuso a otras como chapuza (algo que se hace sin ganas ni dedicación) o albricias (algo así como decir ¡qué bacán!).

Desde Chile no llegaron muchos votos, pero seguro hay preferencias. El maestro Héctor Velis-Meza debe tener claras las historias sobre las palabras chilenas que debieron estar. A mí me gustan viento y también resolana, para esos días cuando el exceso de sol no deja ver casi nada más.

Si Dios fuera una mujer, según Mario Benedetti

18 de mayo, 2009

La máquina de matar

12 de mayo, 2009

“Yo soy culpable, ustedes no lo son. Pero ustedes deberían, cuando menos, reconocer que cuanto yo he hecho, también lo habrían hecho ustedes”, dice Max Aue, el oficial de las SS que protagoniza Las Benévolas, para presentarse al lector. Habla de la lógica de la guerra, de la eficiencia y el destino, y quiere hacer el ejercicio de relatar lo que pasó, no de explicarlo.

La novela de Jonathan Littell, un mamotreto de casi mil páginas, premiada y bien vendida en todo el mundo, es eso: un relato sin el apremio torpe que le supondría buscar el perdón, pero con el apuro de despejar, en el interior del narrador, esos miles de recuerdos que arden buscando un lector, quizá en la búsqueda de un compañero postrero para compartirlos.

Pero acá no hay recursos cursis ni alusiones en búsqueda de cariño. La sequedad del relato también permite la sensación, por varios pasajes, de leer un informe pródigo en estadísticas, con algunas anotaciones de un jefe operativo que se esmeró en ser confiable y cumplir las órdenes asignadas.

Hay descripciones históricas en detalle, como la lucha multitudinaria en Stalingrado o la estructura, peldaño por peldaño, de la máquina de guerra alemana que permitió defender, por algún tiempo, la locura frontal del Tercer Reich. Pero el libro toma su voz cuando, después del reguero de pólvora en el aire, Que habla de sus rincones que siguen vivos: el estremecimiento que aún siente ante el cuerpo de un joven desnudo, el rostro borroso de la única mujer que amó.

No hay perdón ni hay olvido, podría decir en algún momento Littell, pero no es necesario: acá, desde muy lejos, también hay historias llenas de esperma, sangre y ratas, que serpentean en la memoria, cada vez más absurdas. Mientras ardan, habrá que recordarlas, parece decir Littell. Mientras ardan y entiendan lo que les trato de decir, ¿por qué no podría volver a pasar?

Corín Tellado contra Daddy Yankee

13 de abril, 2009

La gente que se queja del Transantiago debería darse una vuelta por Antofagasta. Cercada por las montañas, la ciudad crece hacia los lados, y también los recorridos de las micros que bajan desde las poblaciones más nuevas hacia el centro. Pero aunque el viaje sería de unos veinte minutos en línea recta por la costa, las máquinas insisten en subir y bajar, una y otra vez, a buscar pasajeros, con el reggaetón siempre zumbando en la radio.

Hay fervor reggaetonero en Antofagasta. Al bajarse de la micro en el centro, medio mareado por la hora y 10 minutos de viaje en zig zag, uno se percata que los parlantes del Mercado están poseídos por Wisin & Yandel. En las schoperías, los clásicos de Daddy Yankee monopolizan los wurlitzer. Hasta los lentos suenan en los celulares de la calle, los canta Don Omar y los siguen las caderas de las antofagastinas.

En el aire, todo vale para aludir al urgente choque corporal: la lucha de clases (ya hice que sudara/toda esa ropa cara), alusiones protofeministas (ella no friega ni lava/pero baila con la brava), metáforas frutícolas (dame un besito con baba/que sepa a guayaba) y hasta afines a la jardinería (yo tengo el abono/que está pidiendo esa amapola).

En esta ciudad alegre, caliente y polvorienta, como un cuento de Pedro Juan Gutiérrez, leer en los diarios de la muerte de Corín Tellado es simplemente otro capítulo de esa película predecible. Tellado publicó por primera vez a los 19 años y nunca dejó de hacerlo hasta pocos días antes de su muerte, a los 82. Consiguió 400 millones de lectores que la convirtieron en la segunda autora más leída en español, sólo detrás de Cervantes.

Aunque con seudónimo escribió varias novelas eróticas, sus inicios quedaron marcados por las restricciones de la España franquista. “A insinuar me enseñó la censura, porque decía las cosas claras y eso me lo rechazaban”, explicó ella hace unos años. La sensualidad de las mujeres de entonces permaneció bajo sus frases: bajo la piel también, escondidas, preparando el día de su ebullición.

Ahora, en la Antofagasta de hoy, todo ese mundo ha terminado hace demasiado rato y el cuerpo debe mostrarse y las palabras salen escupidas hacia el aire caliente.




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