El símbolo

El desmesurado despliegue alrededor de la traída a Chile de Rafael Maureira puede explicarse en relación con el papelón que sería para la policía y el gobierno la aparición de un Jack Ruby dispuesto a tomar la justicia por mano propia en el caso de un condenado a 20 años fugado y sin notificar.
Pero también, la reacción del Estado, la solemnidad que le ha impreso a cada una de las etapas, tiene que ver con el simbolismo del reo.
Zakarach fue descubierto por una investigación periodística que, entre otras cosas, dio a conocer un nuevo delito, propio de la era de Internet, y develó de manera dramática la precariedad de la capacidad policial en ese ámbito. Inauguró una etapa de discusión pública y repudio máximo de un delito contra los niños de la peor especie. Y luego, cuando ya estaba aceptada su culpa, fue dejado en libertad provisional, aún cuando el propio acusado reconocía ser un enfermo sin remedio. Peor aún, cuando ya estaba condenado a la friolera de 20 años, no a pagar una multa precisamente, el tribunal, en un acto de desidia inconmensurable, decidió esperar que Maureira pasara un día a firmar en vez de apurar el trámite, comenzar el cumplimiento de la pena y servir a la justicia. En esa espera, Maureira se fugó y el resto es historia.
Toda la indolencia del estado frente a las víctimas fue subsidiada primero por los medios y luego por los representantes de los ofendidos. Y esa indolencia, simbolizada hoy en un hombre condenado como pederasta, es la que motivó antes los enormes cambios legislativos en torno a los delitos contra menores y ahora a la enorme operación de traslado a la que hemos asistido.
No se trata de satanizar a Maureira Trujillo. Pero aparte de cargar con sus propios fantasmas, culpas y ojalá, arrepentimientos, Zakarach deberá cargar para siempre con el peso de simbolizar un antes y un después en la persecución de los agresores sexuales de niños y en el uso de la Internet con esos fines. Como para que todos aprendamos nuestra lección.



