Un campeón sufrido

Universidad de Chile finalmente ganó uno de estos títulos cortos, acompañado de una frase que repiten todos los seguidores azules incluyendo futbolistas, periodistas y comentaristas: “todo es sufrido para nosotros”.
Mi reflexión al respecto es que es sufrido porque todos empujan para que ello ocurra. Me pregunto por qué la U no intentó jugar siempre tal como lo hizo en el primer tiempo frente a la Unión, con un ordenamiento dentro de la cancha muy cerca del arco contrario, con los volantes centrales permanentemente presionando en campo rival, con laterales siempre dispuestos al ataque, y asumiendo riesgos con muchos metros por defender en defensa.
Este equipo azul ganó el partido final con merecimientos, reconocidos por todos, pero que pasó en el resto del campeonato. Ahí está el problema ¿Qué mostró en la cancha? Mucho correr, mucho aguantar defensivamente, muchas atajadas de Pinto, muchos errores en el manejo de la pelota, poco talento y muchos pelotazos.
Todo esto fue siempre alabado y defendido por los simpatizantes azules, no importa empatar con 11 atrás y de punta para arriba, es bueno ganar jugando mal, se escucha seguido. Con estos argumentos es imposible ganar con claridad y sin sufrimientos. Ese propio circulo que se arrastra por años tiene a la U en el sufrimiento deportivo.
Siempre me quedó la sensación que los dirigidos por Markarián estaban para intentar una propuesta más atrevida y no tan calculadora. El técnico uruguayo volvió a imponer su sello en armar equipos muy tácticos en la faceta defensiva, pero casi unilaterales en ataque. En este caso con las jugadas individuales de Montillo y Hernández, y el famoso centro para Olivera.
El mejor de la U fue Miguel Pinto, que atajó mucho y con alta complejidad, lo que también se traduce en que el bloque defensivo tampoco fue tan eficiente en sus movimientos.
Este campeón fue un equipo que buscó no quedar expuesto defensivamente, comenzó con línea de tres y terminó con cuatro en el fondo. En el medio tras la lesión de Iturra fue el turno para Seymour, más ordenado para aguantar la posición central, pero igual de impreciso que el Colocho en el manejo de la pelota. Estrada fue el lanzador, con altos y bajos, no alcanzó a tener el mismo peso que la temporada pasada. La rotación fue una constante en este sector con Marcelo Díaz, Arias, Pardo y finalmente fue Angel Rojas el que entendió que para ser titular tenía que destacarse más en la marca que en la creación. Lo consiguió.
El caso de Montillo es emblemático. Su sola presencia le dio a la U una opción de generar algo distinto en ataque y con mayor regularidad. Emilio Hernández sigue en el sube y baja, un día sí otro no. Talento tiene, pero no termina por ser el jugador de peso que sus condiciones exigen.
Olivera tuvo dos caras, la de “salvador”, cuando gana en el juego aéreo o va a las pelotas divididas, o el “enemigo”, cuando la jugada necesita asociación con una devolución en pared, que rara vez concreta. Esto último obliga casi siempre a sus compañeros a intentar la jugada individual, esa donde tratan de pasarse a cuatro rivales en línea.
Un título tapa generalmente todo este análisis y queda como que todo fue muy bueno. Varios amigos hinchas azules me dicen, “pero algo tendrá que fue campeón”. Mi respuesta apunta a este campeonato donde la excelencia técnica queda al margen por sobre el esfuerzo físico, el miedo a la derrota en el ida y vuelta y a ciertas circunstancias más de los rivales que propias, que ayudaron. Hay que recordar las facilidades de Audax sin Johnny Herrera en el arco y con Orellana en la banca; la expulsión del evertoniano Miralles.
El título hay que festejarlo porque lo ganó dentro de las reglas establecidas, pero hay que proyectarlo hacia el futuro y dejar de sufrir y comenzar a disfrutar no solo con un número estadístico, sino que también con calidad técnica en el juego y con propuestas más atrevidas.








